Imprescindible su novela "La historia", un clásico de la literatura italiana del siglo XX.
El cuento pertenece al volumen "El chal andaluz" de 1963.
La versión es la de Flavia Cartoni.
Había terminado el primer año de universidad y me fui a veranear como de costumbre a mi pueblo, F., donde mis padres. En esa época yo era un jovencito delicado y tímido. Por estas cualidades, además del pelo rubio y el esplendor de mi sonrisa, me había ganado entre los compañeros el sobrenombre de «Poeta». Otros me comparaban, por el aspecto, con un caballero antiguo. Es una pena que del poeta no tuviera el talento y, del caballero, la valentía.
El turno de los exámenes se había retrasado y, como llegué a F. un poco más tarde con respecto a los demás veraneantes, me encontré con que mis conocidos tenían ese año una nueva diversión. Hay que admitir que las diversiones escaseaban en F. Las muchachas, por respeto a las antiguas costumbres, eran reservadas y caseras, y teatros no había. El único recurso que quedaba era alguna burla o alguna partida de cartas.
Pero ese año hizo su aparición en el pueblo una veraneante nueva, la señorita Candida V., invitada de una tía suya vieja y soltera. Por otro lado, la señorita también era poco menos que una solterona, pues ya había pasado en algunos años la treintena. Ella aseguraba que tenía veintiséis años, y aún se mantenía bastante joven. Pequeña y gordita, caminaba sobre sus cortas piernas moviendo las caderas con aplomo. Tenía una gran melena negra, la cara redonda con ojos brillantes, pestañas largas, dientes blancos y menudos. La historia de esa señorita se puede contar rápidamente.
Había consumido la juventud sola con su padre viudo en una ciudad provinciana del suri. Prisionera del viejo austero y celoso, su vida había sido la de las llamadas «monjas en casa» y, debido al terror de la ira paterna, había reprimido su exuberante naturaleza. Era curiosa, golosa y vil; pero su sencilla inocencia se conservaba intacta.
Cuando su padre murió, como le había dejado una modestísima renta y la muchacha estaba sola, fue a guardar el luto a la capital, donde unas primas bastante frívolas. Su luto, su estupor y su torpeza le impedían participar en esa vida, ante la cual sin embargo abría sus grandes ojos ávidos. Aquellas muchachas afortunadas sólo vivían para su placer, sólo se ocupaban de frivolidades, y el asunto más apasionado de sus charlas era el amor.
Terminado el luto, las primas enseñaron a Candida el arte de maquillarse y le aconsejaron que se comprara vestidos de tonos claros, pero a sus espaldas se reían de ella. Una muchacha siempre vestida con batas grises, que nunca ha usado polvos para la cara, y que por primera vez se ve en el espejo con el pelo rizado, con colores en las mejillas, vestida de azul celeste, sólo puede verse guapa. La señorita Candida se consideraba guapísima y, puesto que por naturaleza era un poco tonta, no puso freno a su nueva exultación.
Precisamente en esa época fue a veranear a F. Si en la gran ciudad la vergüenza de ser provinciana la había atolondrado, aquí, después de su estancia en la metrópoli, Candida casi se sentía de la capital entre los provincianos. Y allí estaba, envuelta en una nube de felicidad y seguridad, aterrizando entre nosotros. Se vestía con unas falditas cortas, con muchos volantes y de colores chillones; pegados a la frente llevaba unos rizos cautivadores; se embadurnaba con polvos y carmín la cara hasta la nariz y los lóbulos de las orejas; y pasaba con la cabeza bien alta y el brillo del triunfo en sus ojos.
La realidad es que su juventud contenida maduraba de golpe, impetuosa y fuera de temporada; y Candida, poseída por esa locura, vivía entre sueños de pasiones y de bodas. Convencida de ser la más guapa, no tardó en crearse la ilusión de ser irresistible: todos aquellos simpáticos jóvenes la amaban, le repetía su corazón ingenuo y dichoso. La amaban de forma distinta a como se ama a las muchachas a quienes se pide matrimonio; la amaban como a las mujeres ensalzadas de las novelas y a aquellas damas cuyo nombre grababan los caballeros en su escudo en otros tiempos. Y si se callaban ante ella, era por amor; y si huían, era por exceso de amor.
En aquel mundo amoroso suyo retozaba, y se la veía coquetear, se la oía canturrear. Segura de despertar envidia, confesaba a las mujeres: «Éste me ama, aquél me corteja», y ellas fingían asombro para luego reírse a sus espaldas. La única confidente fiel y crédula era su tía, quien por la noche gustaba de escucharla y complacerse con esos sueños.
Para mis conocidos, la salida diaria de Candida se convirtió pronto en un espectáculo. Al principio, cuando la veían llegar tan peripuesta y provocativa, la rodeaban entre bromas y risas que ella tomaba como galanterías; pero después, para divertirse más, decidieron complacerla. Unos y otros, apartados en algún sendero del campo, le hablaban de amor, como ella quería, con énfasis caballeresco. Luego se contaban entre burlas sus suspiros y sus pestañeos, y el casto pudor con el que ella respondía a cada declaración de amor. Con tantos honores, Candida pareció florecer de nuevo, y se volvió cada día más gruesa y soberbia. Pronto todos le habían declarado su amor, excepto yo. Aunque no me atrevía a confesarlo, no compartía la diversión de los demás. En realidad, esas palabras exaltadas que utilizaban para embaucar a Candida, yo las veneraba demasiado, dentro de mi corazón, para que fueran objeto de juego. Las reservaba, como una ofrenda sagrada, para una muchacha que todavía no había encontrado, pero que se me antojaba guapísima y sencilla. Además, en lugar de considerarla ridícula, Candida me daba pena. Cuando la veía pasar entre nosotros, tan altiva, con sus vestiditos arreglados, la desazón me producía escalofríos. Y no podía sentirme a gusto a su lado.
Ella se extrañaba de tanta indiferencia por mi parte, y se sentía ofendida. Mi romántica apariencia, de la cual ya he hablado, seguramente era la más parecida a sus ideales. A menudo me miraba con aire interrogante, risueño, como si me invitara. Y los compañeros me empujaban e insistían: —¡Venga, Poeta! ¡Anímate! ¡No te hagas el tímido! ¡Declara tus sentimientos a la señorita!
Candida no tardó en creer que esos sentimientos existían de verdad, y que sólo la timidez me impedía expresarlos. Desde aquel día, cuando se encontraba con mi pandilla, sólo me miraba a mí, con una mirada rebosante de complicidad y de femenina satisfacción que hacía que corriera frío por mis venas. La irritación, la vergüenza y una lamentable compasión me inflamaban el rostro, y eso acrecentaba las burlas de mis jóvenes amigos.
Maduró entonces en mí la decisión que os contaré; ¿quién me la dictó? Fueron, al escuchar a mi conciencia, el honor, la verdad, la compasión y otras cosas dignas. Pero a veces incluso nuestra propia conciencia nos engaña.
Un buen día, mientras paseaba solo, me encontré con Candida. Ella me echó una mirada fulminante, y prosiguió su camino contoneándose; pero yo, tembloroso y ruborizado, seguí llamándola:
—¡Señorita! Señorita!
Ella se volvió con aire de reina; le dije balbuceando que tenía que hablarle:
—¿Por qué no? —dijo ella con coquetería.
Mi turbación, mi boca temblorosa le prometieron quién sabe qué dulzuras. Su estúpida exaltación, que percibí de forma precisa y aguda, me produjo una especie de extravío, y tuve la tentación de huir. Pero ya estaba en ello, y me di ánimos. Entonces, como les ocurre a los tímidos, de pronto me dominó una lúcida audacia, de la cual disfrutaba en raras ocasiones.
Por una callejuela nos adentramos en la plaza, en la que se erigía el llamado «Círculo»: sala de encuentro del pueblo, donde se escuchaba la radio y se jugaba a las cartas. Sabía que a esa hora mis compañeros se encontraban en el «Círculo»: yo mismo los había dejado allí poco antes. Me paré entonces en la callejuela y, con aire protector, aunque no sin cierto disgusto, puse la mano sobre el brazo colorado y desnudo de Candida.
Ella rió y se retiró:
—No, se lo ruego, señorita —le dije—, no dé a este gesto mío el significado que le sugiere su ilusión. Sí, porque usted es una ilusa, y yo que para usted soy un verdadero amigo, quiero descorrer el velo de sus ojos. Señorita, sé que mis compañeros le han hablado con ligereza de amor y de cosas por el estilo. Usted, a pesar de no ser ya una niña, se lo ha creído. Ahora tiene que saberlo: ninguno de ellos la ama. Venga, señorita, ya es momento de conocerse a sí mismo y la vida. A una mujer de su clase y de su edad la vida le ofrece otras cosas. Puede leer buenos libros, dedicarse a las buenas obras y a la costura. Sepa que mis compañeros fingen con usted, se divierten a sus espaldas. En fin: usted es el hazmerreír y la mayor diversión de este sucio pueblo. ¿Quiere alguna prueba? —ella me miraba estupefacta, y sonreía parpadeando incrédula—. Quédese aquí, detrás de la cortina del Círculo —le aconsejé—, y mire y escuche. Yo provocaré a mis compañeros para que hablen de usted, y usted misma podrá ver la consideración que les merece.
Dejé a Candida detrás de la cortina y entré en la desolada sala. Estaba pálido, mis ojos ardían, sentía una exaltación y un arrojo que no me resultaban naturales. Pero no fue necesario provocar a esos jóvenes para que hablaran de Candida; ellos (que no sospechaban que la muchacha estaba todavía cerca y los oía) me recibieron con risas y alboroto:
—¿Dónde has dejado a tu preciosidad? —me gritaron—, os hemos visto por la ventana hace poco. ¡Tú colorado como la cresta de un gallo, y ella se iba pavoneando!
—Me he declarado —exclamé con un falso cinismo.
Esas palabras despertaron entre mis compañeros la hilaridad: «¿Qué le has dicho, Poeta? ¿Qué ha respondido?», preguntaba uno. «¿La has enamorado como Dios manda?», se informaba otro. Incluso un tercero imitaba a Candida, con voces y movimientos más propios de un pato que de una muchacha. Y todos a su alrededor la imitaron, y enriquecían su comedia con risas descompuestas, con frases brutales y poco honestas que no quiero repetir aquí.
Cuando creí que la prueba era ya suficiente incluso para el alma sencilla de Candida, me escapé fuera del pasillo y me encontré con la muchacha detrás de la cortina. No olvidaré, creo, el nuevo semblante con en el que se me apareció. Estaba llorando, y enseguida juzgué estúpido y poco decoroso aquel llanto: pero los sollozos que le sacudían el cuerpo eran más parecidos a los escalofríos de la fiebre que a los sofocos del dolor. Me miró como si no me viera; y sus ojos estaban llenos de un horror profundo, como los del niño que ha encontrado un fantasma.
Aquella visión, no sé por qué, me inspiró antipatía y rencor. Al acompañarla de regreso procuraba no mirar su cara gordita, sucia por la pintura y las lágrimas, y sobre la que habían aparecido de golpe las arrugas de la vejez. Pero a pesar de andar mirando hacia abajo y de alejar mi rostro de ella, me ensañé con Candida a lo largo de todo el camino. Le desvelé lo poco decorosos que eran sus modales, lo ridículo de sus vestidos, lo caricaturesco de su maquillaje, y la banalidad de su vida. Con una hipócrita honestidad, la impulsé de nuevo hacia las modestas ocupaciones que se corresponden a las mujeres maduras. Ella no respondía, pero sacudía la cabeza mordiéndose los labios, con la mueca de los niños cuando lloran. Al final, balbuceó con dificultad:
—¡Ay, pare, pare! —y con un último suspiro se alejó de mí hacia su casa. Yo también me dirigí a mi casa. Sentía la boca amarga y los huesos molidos como si hubiera soportado un gran esfuerzo físico.
Se acercaba el Otoño, y llegó el día de mi regreso a la ciudad sin haber vuelto a ver a Candida. Tal vez ella, por vergüenza, ya no se atrevía a salir de casa. Y yo, un poco más tarde, en la habitación amueblada y fea que en la ciudad representaba todas mis posesiones, en la soledad a la que mi carácter esquivo me condenaba, pensaba a menudo en la última escena con Candida; hasta que ese rostro, que había evitado mirar, se me apareció como la máscara del remordimiento y de la piedad. «Era feliz —me repetía—, ¿para qué desilusionarla?», y recordaba mi dolor cuando, durante la infancia, un compañero más listo que yo me explicó que los Reyes Magos no existían. Otros recuerdos de mi mortificada adolescencia, de mis sueños y de mis ambiciones desengañadas, se mezclaban con el remordimiento, tanto que a veces me hacían llorar. En la triste exaltación de aquellas horas solitarias llegué a fantasear, para remediar el mal que había hecho, con que corría donde Candida, le pedía perdón y me casaba con ella. Con tanta incertidumbre y angustia me agitaba en la cama, entre las sombras lluviosas del otoño. Y el desorden de mi corazón llegó al máximo cuando recibí la noticia de que Candida había enfermado de tifus poco después de mi marcha, había muerto y la habían enterrado en el pequeño cementerio de mi pueblo. Fue mi madre quien, en una carta, entre las novedades y los pequeños cotilleos de F., me anunció su muerte. No sabía que caería en un confuso y extraño dolor. En realidad yo era morbosamente romántico; y pronto me convencí de que yo mismo había matado a Candida: «Sólo la ilusión —me repetía—, la mantenía viva. Al matar esa ilusión, la maté a ella.» Entre esos reproches y remordimientos llegó la Navidad. Yo solía pasar la Navidad en mi pueblo, con mi familia.
Me encontraba entonces en el pueblo, y era la antevíspera de la fiesta. No era un mes de diciembre frío, sino borrascoso. Lluvias violentas mezcladas con un viento casi templado hacían más sombrío el aburrimiento de esas tardes. Me encontraba justo en la plaza del Círculo, donde le dije a Candida: «Usted misma podrá verlo, Señorita...» Y allí, más aguda que nunca, me atrapó la añoranza de los frustrados y magnánimos hechos, de la caridad frustrada, junto con el deseo agudo de remediar de alguna forma el daño que había hecho.
En mi alma quedaba (vil y caprichosa alma en realidad) un fondo de religión supersticiosa, último fruto de las enseñanzas maternas, de las santas historias que la nodriza me había contado, de las oraciones infantiles. Fue exactamente un momento de ardor místico el que me aconsejó rendir un extremo homenaje a Candida cara aplacar su patética sombra y merecer el perdón. Y después de recoger en la huerta detrás de mi casa unos crisantemos escasos y algunas hierbas, humilde ramillete de temporada, hice un ramo con ellas y me dirigí al Camposanto para depositarlo en la tumba de Candida.
Caminaba entre la neblina lluviosa con palpitaciones, con una especie de fervor galante, como un paje enamorado que a escondidas lleva un don a su dama. Y después de recorrer el sendero entre dos cercas de guijarros, casi distinguía ya entre las gotas de la lluvia la verja en la que una lápida reza: «Pulvis et umbra sumus — Siste, viator»; cuando me crucé con un elegante joven, uno de los alegres compañeros de antes. Con una risa desdeñosa en su boca colorada, me gritó: —Eh, Poeta, ¿qué haces con ese bouquet?
—¿Cómo? —balbuceé— ¿te refieres a este ramillete? —y sintiéndome más que nunca un muchachito y además ridículo, me ruboricé por la vergüenza. Me pareció que debía a mi compañero alguna explicación, y rápidamente le conté que había recibido esos crisantemos de una joven campesina, de una pequeña mendiga a quien poco antes había dado una limosna—: Ha querido agradecérmelo con esto a toda costa —añadí bastante desenvuelto, con una risa falsa—, realmente no sé qué hacer con ellas —y dicho eso, tiré con rabia las flores a la orilla del sendero donde más tarde se las comieron las cabras.
Luego, riéndome de forma servil de no sé qué tontería que decía mi compañero, retomé el camino de vuelta, bajo mi gran paraguas, junto a él.
Novelista, cuentista, poeta, ensayista, es tal vez, junto a Natalia Ginzburg, la autora italiana más importante de la segunda mitad del siglo XX. Meticulosa en las descripciones, su obra se caracteriza también por la presencia de fuertes pasiones y sensaciones: el amor, el odio, el miedo, la soledad, la desesperanza o la muerte. También se centra en los sueños y en las contradicciones del hombre, criticando el exceso de racionalismo que ella entendía que dominaba el pensamiento europeo de la época.
Fue muy severa consigo misma siendo por ello reacia a publicar aquello de lo que no estuviera plenamente convencida (llegó a destruir algunos trabajos inéditos).
Este cuento pertenece a "El chal andaluz" de 1963, clasificado en ocasiones como recopilación de cuentos para niños o jóvenes.
La traducción es la de María Esther Benítez.
El tres de diciembre (era un jueves), el hombre salió de su sórdido estudio situado en la periferia de la ciudad. Sus cabellos estaban enmarañados, la barba, larga y rígida por el frío, y las ojeras ponían en sus mejillas una sombra negra. Tuvo la sensación, vaga y casi extraña, de tambalearse, y el rechinar de la escalera de madera sonó como un estruendo muy cerca de sus oídos.
En la entrada de los estudios, la portera que quitaba la nieve con una pala se detuvo y lo miró.
—¿Qué hora es? —le preguntó.
—Son las nueve —contestó ella, y lo siguió curiosamente con sus ojos rojos—. ¿Ha estado usted fuera estos días? —preguntó al final.
—¿Qué días? —dijo él, fatigándose terriblemente al pronunciar las palabras—. No me he movido de la ciudad.
—Lo decía porque no lo he visto —explicó la portera.
El hombre habría querido recordarle que justo la tarde anterior había pasado por su chiribitil a retirar el correo, pero pensó que era inútil perder el tiempo con semejante bruja. Y prosiguió su camino por la calle helada, seguido por su mirada estúpida.
Eran las nueve; iría a la lechería a desayunar y después trataría de pasar de cualquier manera las horas hasta el momento de ir junto a ella. El día antes, por ser fiesta, no había podido verla. «Horrible domingo», pensó. Recordaba que había errado todo el día por las calles de la ciudad, bajo las casas altas y oscuras y por la nieve sucia, tratando de divisar en algún sitio aquellas redondas pantorríllas desnudas, aquellos graciosos ojos de pájaro. Quizá por ello se había despertado con los huesos rotos. Naturalmente, ayer había sido inútil todo su errar de loco; pero hoy, como de costumbre, la vería. Ante esta certeza una niebla cubrió sus pupilas, y la sangre corrió a su corazón, cortándole el aliento.
Caminaba por la blanda nieve sin mirar, hundiéndose a menudo en las negras pisadas de los caballos. Larguísimos árboles sin sombra sobresalían de las casas de tejado blanco. Ante la lechería, tres hombres habían encendido un fuego; se sentó en su sitio de siempre, dando la espalda al espejo empañado, y se quitó las gafas. Presurosa, la lechera acudió junto a él; pero tenía la sensación de ver las caras que le rodeaban extrañamente retorcidas y encogidas, llenas de ojos, y sin labios. Una vez más, se sentía tambalear.
—¿El señor ha estado enfermo estos días? —preguntó la voz de la lechera.
—¡Claro que no! —contestó secamente—. Recordará usted que ayer vine por aquí y estaba perfectamente.
—¿Cómo? —exclamó la otra, asombrada—. Usted no viene por aquí desde el domingo.
—Y justamente ayer fue domingo —murmuró, agotado.
—¡Pero si hoy es jueves! —continuó la mujer.
Él sacudió la cabeza y calló, despreciativo. Nadie mejor que él podía recordar que el día antes era domingo; nadie conocía como él la excitada fiebre de los domingos, las continuas vueltas, las inútiles esperas. Ahora una incomprensible niebla se adensaba en torno suyo y experimentaba el oscuro temor de desmayarse en aquel lugar. «Mi frente chocará con el mármol de la mesa», pensó. Pero sintió que sus dientes penetraban en el pan fresco, y que su árida lengua se humedecía. Las manos le temblaban al partir el pan, y tragaba a duras penas; pero ahora, tras el cristal opaco, divisaba con claridad los árboles similares a grandes pájaros inmóviles. Creyó oír el silbido del viento, y salió a la calle; desde la tienda lo seguían unas miradas compasivas. «Es jueves —pensó—, y ayer era domingo. No es posible». Y se rió con sarcasmo de semejante absurdo.
—Veamos, chico, ¿qué día es hoy? —preguntó al guarda del establo, con pinta de borracho.
—Jueves —contestó el otro, mirándolo torvo, con desconfianza.
—¡Dios mío! —murmuró, y trató con esfuerzo de recordar, y volvió a ver sin lugar a dudas la tarde anterior, festiva, las tiendas cerradas, la muchedumbre, su ansia, y cómo se había encerrado en su estudio, por la noche, tras haber retirado el correo en portería.
Atravesó el puente de hierro, con barandilla de arabescos, en equilibrio sobre el río helado. El cielo estaba verduzco, pesado. Aparecieron las cúpulas de la ciudad, los campanarios puntiagudos. «¿Dónde se han metido estos tres días?», pensó oscuramente. Y se rió con fuerza, oyendo cómo su voz repercutía prolongadamente sobre el puente vacío.
—Pues no bebo nunca —dijo en voz alta, como justificándose.
Y de repente advirtió que se encontraba ya cerca de la escuela. El patio estaba cuidadosamente barrido, pero el tejado estaba cubierto de nieve. «Aún faltan dos horas para la salida», pensó aturdido, y caminó de arriba abajo por el patio, con los brazos caídos a los costados, como una marioneta. Por último salió del patio y echó a andar, inerte, por el prado, oyendo el angustioso crujido de la nieve bajo sus pies; se detuvo bajo un árbol no muy alto, de ramas finas y secas, y sonrió, pensando en que ahora sólo tenía que esperar allí y que la vería. Pero le pareció ver su propia sonrisa deformada, nueva, ante sí, en un espejo, y tuvo un sobresalto.
Por aquella calle no pasó nadie; en ciertos momentos oía el ruido amortiguado de un carro, las patas de los caballos que golpeaban en la nieve. Pero todo resultaba remotísimo. El frío y la inmovilidad lo dejaron inerte y su inercia lo espantaba; pero la idea de mover un miembro del cuerpo, aunque sólo fuera alzar una mano o pestañear, lo llenaba de un espanto aún mayor. Sentía que a duras penas se mantenía en equilibrio ante un enorme vacío, y que bastaría un mínimo gesto para hacerlo resbalar por el borde. «Ahora perderé la razón, me quedaré ciego y me caeré, no puedo impedirlo», pensó con repentina lucidez.
Pero en ese instante advirtió que sonaba la campana de la salida. Inmediatamente después oyó los gritos de las alumnas y vio correr fuera a las primeras, con sus impermeables y sus gorritos y las carteras colgando de las correas. Hablaban en voz alta, se apretaban entre sí y reían; le pareció ver relampaguear entre ellas aquella sonrisa, y le acometió un temblor convulso; pero se había equivocado. Ahora sentía un calor abrasador en todo el cuerpo, salvo en las manos, que estaban sudorosas y gélidas.
Por último, vio salir a su grupo. Reconoció en seguida a las tres chicas que salían todos los días con ella, pero hoy ella no estaba. Caminaban tranquilas, sin hablarse, y él reconoció desde lejos el abrigo marrón de la más alta y su orgulloso modo de andar, sacando la barbilla. Sentía que no podía soportar la espera y la duda un minuto más, pero no daba un paso. Vio entonces con claridad que una de las tres se apartaba del grupo y caminaba hacia él.
A medida que se acercaba, pudo distinguir mejor aquella adolescente robusta, su rostro redondo de ojos oscuros y vivos, las manos gordezuelas que sostenían la cartera. Llevaba un corto abrigo por el que asomaba un borde del delantal. No tenía, como las otras, las piernas desnudas, sino abrigadas con medias de lana. Se detuvo ante él y lo miró, dubitativa, moviendo apenas los labios. El sintió una voluntad desesperada de formular la pregunta, pero ningún sonido salió de su pecho.
—Murió ayer —dijo la chica, sin esperar la pregunta—, murió de repente, pero ya estaba enferma.
—¿Cómo? —dijo, y se espantó al oír su propia voz distinta y clara.
—El profesor habló de ella y todas nos pusimos de pie —continuó la otra—. También yo dije «presente» cuando en la lista pasaron su nombre.
Al hablar observaba al hombre, con atenta curiosidad. El estaba inmóvil contra el árbol y las gafas empañadas ocultaban su mirada; tenía extrañas hinchazones en las sienes y la frente, y la barba hacía grisácea su cara viscosa y enferma. Sus labios caídos, sin color, balbucieron débilmente, y el cuerpo sobre el cual aquellas ropas sórdidas parecían como pegadas se agitó convulso, mientras sus manos parecían aferrarse al vacío. Sin hablar, se volvió y la niña lo vio bajar por el sendero; con los brazos abandonados y los hombros inclinados, con una pesada torpeza, pareció desvanecerse en la niebla.
La niña retrocedió hacia la escuela; sus compañeras, seguramente cansadas de esperarla, se habían marchado, y las ventanas estaban cerradas; también la verja estaba cerrada, y ella se asombró de que la escuela, tan animada antes, se hubiera quedado desierta en pocos minutos. Le pareció que tenía ante sí un largo trecho de tiempo que no sabía en qué gastar. Una niebla inesperada, pesada, había recubierto la parte baja de la ciudad, pero las cúpulas y las cimas de las torres aún estaban visibles y parecían colgadas de lo alto. Desde la explanada ella veía las calles, el puente y el río, pero todo indistinto, sumergido. Caminó entre los árboles, y ya no se veía la escuela; recorría un sendero de nieve sin pisotear y se dio prisa, pensando: «Voy a verla».
El lugar al que llegó no le resultaba conocido; era vasto, anegado por la niebla, y en él se alzaban elevados edificios cuyas formas y colores no se distinguían bien. Una gente oscura se ajetreaba con una velocidad febril, sin chocar entre sí ni detenerse, y ella no conseguía distinguir las caras ni la forma de los trajes de esta multitud innumerable; todos se cruzaban y se adelantaban a su alrededor, y el sonido de sus pasos era continuo, similar a una lluvia, y como amortiguado por una inmensa distancia.
Entonces ella echó a correr.
—¡María! —llamó con fuerza; y un eco replicó a su voz, después otro eco, desde puntos lejanos.
—¡María! —repitió, deteniéndose confusa.
Una voz sofocada, huidiza, como cuando se juega al escondite, contestaba por último:
—¡Clara!
Y ella echó a andar sin dirección entre aquella muchedumbre presurosa, que la rozaba sin tocarla. Gritaba, corriendo, el nombre de su compañera, hasta que la vio inmóvil en medio de la gente, de pie. La distinguía con mayor claridad cada vez; sólo llevaba puesto su delantal de la escuela, y tenía los ojos fijos y desorbitados.
—¿No tienes frío? —le preguntó, y no obtuvo respuesta—. El viento te ha despeinado —le dijo.
Entonces la otra, con un gesto distraído, se pasó dos dedos entre los rizos.
—¿Sabes? ¡Lo he visto y le he hablado! —continuo Clara, en voz baja. Su amiga se apartó de ella con una mirada asustada, meneando la cabeza.
—No quería meterte miedo —se excusó Clara a toda prisa, y la asaltó una angustia penosa.
En el rostro de su compañera se habían formado unas arrugas, sus pupilas se volvían opacas y parecía mucho más flaca.
—Seguramente es su enfermedad —pensó Clara.
—Fue él quien me mató —dijo la otra de inmediato, con una voz tan aguda que ella se estremeció.
No era posible hacerse oír sin gritar; ahora toda aquella gente en fuga hacía nacer a su alrededor un viento fragoroso y era necesario apretarse el cuerpo con los brazos para sujetar los vestidos.
—¿Por qué quieres hablar en medio de tanta gente? —preguntó ella— ¿Por qué no nos retiramos a una esquina?
Pero no consiguió que oyese su pregunta, ni su acento de reproche.
María inclinó la cabeza, seria y absorta, como quien recuerda a duras penas. Cuando empezó a hablar de nuevo, bajó el tono de la voz, hasta el punto de que sus palabras se perdían en el silbido del aire y apenas se comprendían por el movimiento de los labios. Parecía no advertir la niebla y la fuga circundante, y hablaba ya de prisa ya despacio, como un pájaro perdido que bate las alas.
—Me esperaba todos los días junto al árbol —murmuró, mirando de soslayo a su alrededor.
—Todos los días, junto al árbol.
—Y cuando enfermé —prosiguió la otra, en secreto—, entró de repente en mi cuarto. El aire no era claro, y yo creía encontrarme con vosotras en la calle. Vosotras os reíais de sus gafas, y yo os grité que lo echarais; pero después me acordé de que me había quedado en la cama con fiebre y de que aquél era mi cuarto. Él se agrandaba como una mancha negra, avanzando desde el fondo de la pared, y decía: «Aquí estoy, he venido». Sus dientes se entrechocaban, mientras trataba de sonreír. Yo grité: « ¡No te conozco! ¡Vete! » Entonces se quitó las gafas para darse a conocer, y descubrí sus dos ojos inmóviles. «¿Por qué me miras como un ciego?» —pregunté. «Porque duermo —me contestó—, estoy cansado. Ayer fue vacación, tú tenías fiesta, y he vagado hasta la noche para encontrarte, olfateando la nieve como un perro para buscar las huellas de tus pies. Estoy cansado, los brazos me pesan, las rodillas se me doblan». «¡Vete! —le dije—. Este cuarto es mío. Tengo miedo.»
«Quiero darte miedo —contestó balbuciendo—. Pero aún no me atrevo a tocarte». Y yo comprendí que iba a matarme, por la forma en que agitaba las manos. Me daba vergüenza hablar de él a mí madre, que no lo veía, aunque él seguía de pie en un rincón. Durante todo el día y toda la noche se quedó allí, y yo lo miré sin poder dormir ni un minuto, porque el colchón quemaba y las mantas pesaban. Por la mañana me dijo: «Mañana», y repetía «mañana» cada vez más despacio. Me habría escapado a la calle, pero no tenía fuerzas en las piernas. Nadie me liberaba.
Todos caminaban de puntillas, y después empecé a gritar, porque la habitación se vació, y yo no vi a nadie, excepto a él. Estaba mal vestido, pálido, clavaba en mí los ojos, y se tambaleaba, apretando los puños y sonriéndome. Sentía que la nieve caía alrededor, y las paredes descendían replegándose sobre mí y sobre él. Entonces fue cuando mi madre dijo: «Incluso con tantas mantas tiene frío. Tiembla, la criatura. Hay que ponerle otro camisón, el de lana».
Acabada la segunda noche, el tercer día fue corto como un minuto, y yo sentí que él se reía con un rumor bajo. Su carcajada corría por el cuarto como un ratón, y yo no conseguía expulsarla, ni siquiera tapándome los oídos. Oía a lo lejos vuestras voces que hablaban de mí, y comprendía que errabais en torno a mi cama. «No es posible —pensé—, que le permitan acercarse». Y en cambio sentí un aliento en la cara. « ¡No! —grité—. ¡No quiero! » Él ya no hablaba y sus manos, cuando me mataron, quedaron flojas como trapos; echó a andar por una calle lejana, subió unos peldaños de madera, hasta una puerta, y sus ojos se cerraban de sueño. Entonces pude alejarme de él.
—Has gritado tanto, antes —observó, pensativa. Clara.
—Nadie lo comprendía —dijo la otra, con voz de llanto, airada; y volvió hacia su amiga una cara como envejecida, con ojos secos que parecían agrandados por un maquillaje.
—Ya no está —murmuró con un suspiro—. Se ha marchado.
En medio de aquellas casas altas e informes, ella parecía tan pequeña que a Clara le dio pena.
—Hoy —le anunció entonces en secreto— todas hemos contestado «presente», en la lista, cuando leyeron tu nombre.
María se sacudió y le dijo:
—Ven.
Las dos amigas se cogieron de la mano. María conducía a Clara y caminaba temerosa, empujando hacia adelante su nueva y pequeña cara marchita. El viento se debilitaba y la muchedumbre raleaba a su paso; cuando llegaron junto a un muro bajo, sobre el que crecía la hierba, la niebla se había vuelto transparente como un cristal.
—Ya no hay nadie —bisbisearon.
María se detuvo recelosa, aún jadeando. Después sacudió la cabeza y se arrimó al muro, con una ansiosa y extravagante sonrisa.
—¡Mira! —exclamó con un breve chillido de triunfo. Y despacio, con infinita trepidación y respeto, como quien descubre un misterio, se abrió el escote del delantal.
«No lleva nada debajo», pensó la otra.
E inclinadas, miraron juntas, conteniendo la respiración, asombradas. Se veía que el pecho empezaba a nacer; en la piel infantil, blanca, a los dos lados, despuntaban dos pequeñas cosas desnudas, parecidas a dos yemas nacientes de una flor.
Se rieron juntas, muy bajito.
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“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
Samuel Johnson
"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
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"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
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"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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