La mención llega con una semana de retraso. El pasado 22 de marzo murió Chinua Achebe, poeta, uno de los padres de la novela africana moderna y mi eterno candidato al Nobel.
La mención llega con una semana de retraso. El pasado 22 de marzo murió Chinua Achebe, poeta, uno de los padres de la novela africana moderna y mi eterno candidato al Nobel.
Una madre en un campo de refugiados
Ninguna Virgen con el niño podría conmover
Su ternura por un hijo
Pronto debería olvidar…
El aire estaba tan pesado con los olores de diarrea,
De niños no lavados con costillas macilentas
Y traseros desecados balanceándose con pasos dificultosos
Detrás de vientres vacíos reventados. Otras madres allí
Hace rato han parado de cuidar, pero no ésta:
Sostiene una sonrisa fantasmal entre sus dientes,
Y en sus ojos la memoria
Del orgullo de una madre….ella lo había bañado
Lo había masajeado con las palmas desnudas.
Ella tomó de su atado de posesiones
Un peino roto y peinó
El cabello color ladrillo que quedaba en su cráneo
Y luego-zumbando en sus ojos-comenzó cuidadosamente a separarlo
En su antigua vida esto era tal vez
Un pequeño acto cotidiano sin consecuencias
Antes de su desayuno y escuela, ahora ella lo hizo
Como poniendo flores en una tumba diminuta.
La versión es la de Myriam Rozenberg
Poesía andalusí
Posted by La mujer Quijote in abu bakr, al-faradi, al-mutamid, al-turtusi, ibn hazm, ibn hisn, ibn utman, ibn waddah, ibn zaydun, poesía, walláda
Cuando se habla de literatura española (entendiendo lo de español como una indicación geográfica simplificada, no como ese sentimiento nacionalista ridículo que Goytisolo denuncia en su “Homo hispanicus...”) se habla siempre de la literatura hecha en latín y, a partir de los siglos X-XI, en lenguas romances.
al-Ándalus
Sin embargo existen otras literaturas españolas que nunca se estudiaban (ni siquiera se mencionaban, ignoro lo que ocurre en la actualidad) en la escuela y son la literatura escrita en árabe por los habitantes árabes de la península ibérica a lo largo de ocho siglos y la literatura hispano-hebrea.
La literatura hispano-árabe, conocida como literatura andalusí, abarcó desde la poesía a la historia, desde la filología a la ciencia, desde la filosofía a la religión.
A continuación pongo algunos ejemplos de la poesía andalusí que se escribió entre los siglos X al XIII.
Las versiones son de María Lourdes y Francisca Íñiguez Barrena, Emilio García Gómez, José María Sola-Solé y Rosa María Pentimalli de Varela.
ALLÁH MUHAMMAD AL-MUTAMID (Beja, 1039 - 1095). Se le conoce como el Rey-Poeta. Escribió poesía árabe clásica valiéndose principalmente de casidas. Sus temas fueron: el amor, el vino, la música y los placeres. Sus poesías no fueron recogidas en ningún Diwán ni publicadas en su época. Ibn Bassám y Al-Saqundí insertaron algunas de ellas en sus antologías.
Acróstico
Ignoran mis ojos tu presencia, pero vives en mis entrañas.
Te saludo con mil lágrimas de pena y mil noches sin dormir.
Ingeniaste cómo poseerme, algo difícil, y viste que mi amor es fácil.
Mi deseo es estar contigo siempre. ¡Que me conceda este deseo!
Asegúrame que cumplirás la promesa y no te cambiarás por mi lejanía.
Di cabida a tu dulce nombre aquí, escribiendo sus letras: Itimad.
ABU-L-HASAN ALI IBN HISN (Sevilla, Siglo XI).
El pichón
Nada me turbó más que un pichón que zureaba
sobre una rama, entre la isla y el río.
Era su color de alfóncigo, de lapislázuli
su pechuga, tornasolado su cuello, castaño el dorso
y el extremo de las puntas del ala.
Hacía girar sobre el rubí de su pupila párpados de
perla, y orillaba sus párpados una línea de oro.
Negra era la aguda punta de su pico, como el cabo
de un cálamo de plata mojado en tinta.
Se recostaba en el ramo del arak como en un trono,
escondiendo la garganta en el repliegue del ala.
Mas, al ver correr mis lágrimas, le asustó mi llanto,
e, irguiéndose sobre la verde rama,
desplegó sus alas y las batió en su vuelo,
llevándose mi corazón. ¿Adónde? No lo sé.
IBN AL-SABUNI ABU BAKR (Sevilla, 1169 - 1236).
Regalando un espejo
Te envío un espejo precioso: haz surgir en su alto horizonte tu rostro,
luna de buen agüero.
Así apreciarás con justeza tu hermosura y disculparás la pasión
que me consume.
¡Ay, con ser furtiva, tu imagen es más accesible que tú, más benévola
y mejor cumplidora de promesas!
ABU MUHAMMAD ALÍ IBN HAZM (Córdoba, 994 - 1063). Perteneció al grupo de poetas que defendían el clasicismo árabe frente al bilingüismo de Al-Andalus. Se considera que fue de gran influencia en los poetas medievales castellanos y provenzales.
La visita de la amada
Viniste a mí un poco antes de que los cristianos tocasen las campanas,
cuando la media luna surgía en el cielo
como la ceja de un anciano cubierta casi del todo por las canas,
o como la delicada curva de la planta del pie.
Y, aunque era aún de noche, con tu venida brilló en el horizonte
el arco del Señor,
vestido de todos los colores, como la cola de los pavones.
ABU-L-WALID AHMAD IBN ZAYDUN (Córdoba, 1003-1071). Estuvo enamorado y fue rechazado por la princesa y también poetisa Walláda. Parte de su larga Casida en nun dedicada a Walláda figura en Las mil y una noches, probablemente añadida en el siglo XIV.
Casida en nun
Alejados uno de otro, mis costados están secos de pasión por ti,
y en cambio, no cesan mis lágrimas...
Al perderte, mis días han cambiado y se han tornado negros,
cuando contigo, hasta mis noches eran blancas...
Diríase que no hemos pasado juntos la noche, sin más tercero
que nuestra propia unión,
mientras nuestra buena estrella hacía bajar los ojos de nuestros censores:
Éramos dos secretos en el corazón de las tinieblas,
hasta que la lengua de la aurora estaba a punto de denunciarnos.
WALLÁDA BENT MUHAMMAD III (Córdoba 994 -¿1077?). Fue tataranieta de Abderraman III. Los dos poemas siguientes fueron dedicados a uno de sus amores, el poeta antes mencionado ABU-L-WALID AHMAD IBN ZAYDUN.
Visita
Espera mi visita cuando apunta la oscuridad,
pues opino que la noche es más encubridora de los secretos.
Tengo algo contigo que si coincidiera con el sol,
éste no brillaría
y si con la luna, ésta no saldría
y si con las estrellas,
éstas no caminarían.
La separación
Tras la separación, ¿habrá medio de unirnos?
¡Ay! Los amantes todos de sus penas se quejan.
Paso las horas de la cita en el invierno
sobre las ascuas ardientes del deseo, y como no, si estamos separados.
¡Qué pronto me ha traído mi destino
lo que me temía! mas las noches pasan
y la separación no termina,
ni la paciencia me libera
de los grilletes de la añoranza.
¡Qué Dios riegue la tierra que sea tu morada
con lluvias abundantes y copiosas!
IBRAHIM IBN UTMAN (Córdoba, S. XII).
Disculpa
No me tachéis de inconsecuente porque mi corazón haya sido apresado
por una voz que canta:
Hay que estar serio unas veces y otras dejarse emocionar:
como la madera,
de la que sale lo mismo el arco del guerrero que el laúd del cantor.
ABU BAKR AL-TURTUSI (Tortosa, 1059 - 1126).
Ausencia
Sin cesar recorro con mis ojos los cielos,
por si viese la estrella que tú estás contemplando.
Pregunto a los viajeros de todas las tierras,
por si encontrara alguno que hubiese aspirado tu fragancia.
Cuando los vientos soplan, hago que me den en el rostro,
por si la brisa me trajese tus nuevas.
Voy errante por los caminos, sin meta ni rumbo:
tal vez una canción me recuerde tu nombre.
Miro furtivamente, sin necesidad, a cuantos me encuentro,
por si atisbara un rasgo de tu hermosura.
AHMED IBN WADDAH, apodado AL-BUQAYRA (Murcia, muerto hacia 1135).
El arco
Me maravillo de la ingratitud del arco,
porque no es leal con las palomas del boscaje.
Cuando era rama, fue su amigo,
y ahora que es arco las persigue.
¡Así son las vicisitudes de los tiempos!
ABÙ-L-WALÎD ‘ABD ALLÂH IBN MWHAMMAD IBN YÛSUF MASR AL-AZDÎ AL-MA’RÛF BI IBN AL-FARADÎ(Córdoba 962-1013).
Cautivo y lleno de culpas
estoy, Señor, a tu puerta,
temiendo que me castiguen,
aguardando mi sentencia.
De mis faltas el cúmulo
con tu mirada penetras;
por Ti me angustia el temor
y la esperanza me alienta,
¿pues de quién, sino de Ti,
el alma teme o espera?
Es inevitable el fallo
de tu justicia tremenda,
cuando a abrir llegues el libro
donde escribistes mis deudas,
la suma de mis maldades
temo escuchar con vergüenza;
ilumíname y consuélame,
del sepulcro en las tinieblas,
donde yaceré olvidado
de mis más queridas prendas,
y que el perdón de mis culpas
tu gran bondad me conceda,
pues tendré sin tu perdón
una eternidad de penas.
Cuentista, novelista, poeta y periodista italiana. Es considerada, con Natalia Ginzburg y con Elsa Morante (Ortese fue una admiradora de "La Historia" de Morante), una de las más grandes autoras italianas del siglo XX.
Su obra ha sido enmarcada por algunos en el neorrealismo (este cuento es claramente neorrealista), por otros en un neorrealismo un tanto particular y exclusivo (una especie de verismo un poco caótico y extravagante que mezclaba la lógica de lo creíble con los fantasmas) aunque para la mayoría fue una autora inclasificable.
Este cuento pertenece a "El mar no baña Nápoles" de 1953, un volumen que es presentado a veces como una novela, a veces como una colección de cuentos, pero que no encaja exactamente con eso ya que en realidad es un conjunto de cuentos, crónicas y estampas de la Italia de posguerra.
La versión es la de María Esther Benítez.
—Hace sol..., ¡hace sol! —canturreó, casi en el umbral del bajo, la voz de don Peppino Quaglia.
—¡Estará de Dios! —contestó desde el interior, humilde y vagamente alegre, la voz de su mujer, Rosa, que gemía en la cama con sus dolores artríticos, complicados con una enfermedad del corazón; y agregó, dirigiéndose a su cuñada, que se encontraba en el retrete: —¿Sabe lo que voy a hacer, Nunziata? Dentro de un rato me levanto y saco la ropa del agua.
—Haga lo que le parezca, pero para mí es una verdadera locura —dijo desde su cuchitril la voz seca y triste de Nunziata—. Con los dolores que tiene, ¡un día más de cama no le vendría mal!
Un silencio.
—Tenemos que poner más veneno, esta mañana me encontré una cucaracha en la manga.
Desde la camita que había al fondo del cuarto, una verdadera cueva, con una bóveda baja de la que colgaban telas de araña, se alzó, frágil y tranquila, la voz de Eugenia:
—Mamá, hoy me pondré gafas.
Había una especie de júbilo secreto en la voz modesta de la niña, la tercera de don Peppino (las dos mayores, Carmela y Luisella, vivían con las monjas y pronto tomarían el velo, tan persuadidas estaban de que esta vida es un castigo; y los dos pequeños, Pasqualino y Teresella, roncaban aún, cabeza abajo, en la cama de la madre).
—Sí, ¡y rómpelas en seguida, por favor! —insistió, detrás de la puerta del cuartito, la voz perpetuamente irritada de la tía.
Ésta les hacía pagar a todos los disgustos de su vida, y el primero entre ellos el de no haberse casado y tener que estar sujeta, como contaba, a la caridad de su cuñada, aunque no dejase de añadir que ofrecía a Dios esta humillación. Pero tenía algún dinero suyo y no era mala, hasta el punto de que se había ofrecido a pagar las gafas de Eugenia, cuando en casa se habían dado cuenta de que la niña no veía.
—¡Con lo que cuestan! ¡Ocho mil liras contantes y sonantes! —agregó.
Después se oyó correr el agua en la palangana. Se estaba lavando la cara, restregándose los ojos llenos de jabón, y Eugenia renunció a responderle.
Por lo demás, estaba muy, muy contenta.
Había ido una semana antes, con su tía, a una óptica de Via Roma. Allí, en aquella tienda elegante, llena de mesas brillantes y con un reflejo verde, maravilloso, que caía desde una cortina, el médico le había medido la vista, haciéndole leer varías veces, a través de ciertas lentes que después cambiaba, columnas enteras de letras del alfabeto, impresas en un cartel, unas grandes como cajas y otras pequeñísimas como alfileres.
—Esta pobre cría está casi ciega —le había dicho luego, con una especie de conmiseración, a la tía—. No deberá quitarse nunca las gafas.
Y en seguida, mientras Eugenia, sentada en un taburete y toda temblorosa, esperaba, le había aplicado a los ojos otro par de gafas con montura de metal blanco y le había dicho:
—Y, ahora, mira a la calle.
Eugenia se había puesto en pie, con las piernas temblando de emoción, y no había podido reprimir un gritito de gozo. Por la acera pasaban, nitidísimas, apenas algo más pequeñas de lo normal, muchas personas bien vestidas: señoras con trajes de seda y rostros empolvados, jovenzuelos de pelo largo y jerseys de colores, vejetes de barba blanca con la mano rosa apoyada en un bastón de pomo de plata; y, en medio de la calle, había unos preciosos automóviles que parecían de juguete, con la carrocería pintada de rojo o de verde petróleo, muy resplandeciente; trolebuses grandes como casas, verdes, con los cristales bajados, y tras los cristales mucha gente elegantemente vestida; al otro lado de la calle, en la acera de enfrente, había tiendas muy bonitas, con escaparates como espejos, llenos de cosas finas, que al verlas le daban casi escalofríos; algunos dependientes con batas negras los abrillantaban desde el exterior. Había un café con mesitas rojas y amarillas y muchachas sentadas afuera, con las piernas cruzadas y cabellos de oro. Reían y bebían vasos grandes, de colores. Encima del café, balcones abiertos, porque ya era primavera, con cortinas bordadas que se movían, y, detrás de las cortinas, piezas de pintura azul y dorada, y pesadas arañas de oro y cristal, como cestos de fruta artificial, que centelleaban. Una maravilla. Arrobada ante tanto esplendor, no había seguido el diálogo entre el médico y la tía. La tía, con el vestido marrón de ir a misa, y manteniéndose alejada del mostrador de cristal, con una timidez poco natural en ella, abordaba ahora la cuestión del precio:
—Doctor, se lo ruego, que no cuesten mucho... Somos pobres... —y cuando oyó decir «ocho mil liras», por poco se desmaya.
—¡Dos cristales! ¡Pero, qué dice! ¡Jesús, María y José!
—¡Lo que hace la ignorancia! ... —contestaba el médico, dejando las otras gafas tras haberlas limpiado con el guante—. No se calcula nada. ¡Póngale dos cristales, a la pobre criatura, y ya me dirá luego si ve mejor! Tiene nueve dioptrías en un lado y diez en el otro, si lo quiere saber... Está casi ciega.
Mientras el médico escribía el nombre y apellido de la niña: «Eugenia Quaglia, calleja de la Cupa en Santa María in Portico», Nunziata se había acercado a Eugenia, que en el umbral de la tienda, sosteniéndose las gafas con las manecitas sucias, no se cansaba de mirar:
—¡Mira, mira, guapita! ¿Ves cuánto nos cuesta arreglarte esto? ¡Ocho mil liras! ¿Has oído? ¡Ocho mil liras contantes y sonantes!
Casi se ahogaba. Eugenia se había puesto muy colorada, no tanto por el reproche como porque la señorita de la caja la miraba, mientras la tía le hacía aquellas observaciones que denunciaban la miseria de la familia. Se quitó las gafas.
—Pero, ¿cómo puede ser tan miope, tan joven? —preguntó la señorita a Nunziata, mientras firmaba el recibo del anticipo—. ¡Y también está muy flaca!
—Querida señorita, en nuestra casa todos tenemos buenos ojos, ésta es una desgracia que nos ha caído encima... junto con las demás. A perro flaco todo son pulgas...
—Vuelvan dentro de ocho días —había dicho el médico—, las tendrán listas.
Al salir, Eugenia había tropezado en un peldaño.
—Se lo agradezco, tía Nunzia —había dicho al cabo de un rato—; soy muy descarada con usted, le contesto, y usted es tan buena que me compra las gafas...
La voz le temblaba.
—Hija mía, más vale no ver el mundo que verlo —le había contestado con repentina melancolía Nunziata.
Tampoco esta vez Eugenia le respondió. Tía Nunzia era a menudo muy rara, lloraba y chillaba por nada, decía muchas palabrotas y, por otra parte, iba a misa con compunción, era una buena cristiana y cuando se trataba de socorrer a un desdichado se ofrecía siempre, llena de buen corazón. No había que hacerle caso.
Desde aquel día, Eugenia había vivido en una especie de arrobamiento, en espera de aquellas benditas gafas que le permitirían ver a todas las personas y las cosas en sus menores detalles. Hasta entonces había estado envuelta en una niebla; la habitación donde vivía, el patio siempre lleno de ropa tendida, la calleja desbordante de colores y gritos, todo estaba cubierto para ella por un sutil velo; sólo conocía bien el rostro de sus familiares, especialmente el de la madre y los hermanos, porque a menudo dormían juntos y a veces se despertaba de noche y los miraba a la luz de la lámpara de aceite. Su madre dormía con la boca abierta, se veían sus dientes rotos y amarillos; sus hermanos, Pasqualino y Teresella, estaban siempre sucios y cubiertos de forúnculos, con la nariz llena de mocos; cuando dormían hacían un ruido extraño, como si tuvieran animales dentro. Eugenia, a veces, se sorprendía mirándolos fijamente, aunque sin comprender lo que estaba pensando. Sentía confusamente que fuera de aquel cuarto, siempre lleno de ropas mojadas, con las sillas rotas y un retrete apestoso, había luz, sonidos, cosas bellas; y en el momento en que se había puesto las gafas tuvo una verdadera revelación: el mundo, afuera, era bello, muy bello.
—Mis respetos, marquesa...
Era la voz de su padre. Su espalda, cubierta por una camisa desgarrada, que hasta ese momento había estado encuadrada por la puerta del bajo, no se vio ya. La voz de la marquesa, una voz plácida e indiferente, decía ahora:
—Tendría que hacerme un favor, don Peppino...
—A su disposición... Usted manda...
Eugenia se escurrió de la cama, sin hacer ruido, se puso el vestido y acudió a la puerta, aún descalza. El sol, que a primeras horas de la mañana, por una abertura en la manzana de casas, entraba en el feo patio, salió a su encuentro, tan puro y maravilloso, iluminó su rostro de niña vieja, el pelo de estopa, todo enmarañado, las manecitas bastas, leñosas, con uñas largas y sucias. ¡Oh, si en aquel momento hubiera tenido las gafas! La marquesa estaba allí, con su traje de seda negra, con plastrón de encaje blanco, con aquel aspecto suyo majestuoso y benigno que fascinaba a Eugenia, con sus manos blancas y llenas de joyas; pero la cara no se veía bien, era una mancha blanquecina, oval. Allá arriba temblaban unas plumas violetas.
—Oiga, tendría que hacerme el colchón del niño... ¿Puede subir hacia las diez y media?
—Con mil amores, pero no estaré libre hasta la tarde, señora marquesa...
—No, don Peppino, tiene que ser por la mañana. Por la tarde vendrá gente. Se sube a la azotea y trabaja allí. No se haga de rogar... hágame este favor... Ahora están tocando a misa. Cuando sean las diez y media, me llama...
Y sin esperar respuesta se alejó, esquivando hábilmente un hilillo de agua amarilla que se escurría desde un balcón y había hecho un charco en el suelo.
—Papá —dijo Eugenia, siguiendo a su padre que volvía a entrar en el bajo—, ¡qué buena es la marquesa! Lo trata como a un caballero. ¡Dios se lo pagará!
—Una buena cristiana, eso es lo que es —contestó, con un significado muy distinto del que se podía entender, don Peppino.
Con la excusa de que era propietaria de la casa, la marquesa D’Avanzo se hacía servir continuamente por la gente del patio; a don Peppino, por los colchones, le daba una miseria; Rosa, además, estaba siempre a su disposición para las sábanas blancas, aunque estuviera reventada tenía que levantarse para servir a la marquesa; es cierto que ella había hecho enclaustrar a sus hijas, salvando así dos almas de los peligros de este mundo, que son muchos para los pobres, pero por aquella planta baja, donde todos habían enfermado, se embolsaba tres mil liras, ni una menos.
—Voluntad sí que hay, lo que falta es dinero —le gustaba repetir con cierta flema—. Hoy, querido don Peppino, los señores son ustedes, que no tienen preocupaciones... Den gracias..., den gracias a la divina Providencia, que los ha puesto en esta situación..., que los ha querido salvar.
Doña Rosa sentía una especie de adoración por la marquesa, por sus sentimientos religiosos; cuando se veían, hablaban siempre de la otra vida. La marquesa no creía mucho en ella, pero no lo decía, y exhortaba a aquella madre de familia a tener paciencia y a esperar.
Desde la cama, doña Rosa preguntó, algo preocupada:
—¿Le has hablado?
—Quiere hacer el colchón de su sobrino —dijo don Peppino, fastidiado. Sacó afuera las trébedes con el hornillo para calentar un poco de café, regalo de las monjas, y volvió a entrar a coger agua en un cacillo—. No se lo hago por menos de quinientas —dijo.
—Es un precio justo.
—Y, entonces, ¿quién va a retirar las gafas de Eugenia? —preguntó tía Nunzia saliendo del cuchitril.
Llevaba, sobre la camisa, una falda rota, y chancletas en los pies. Por la camisa asomaban los hombros puntiagudos, grises como piedras. Se estaba secando la cara con una toalla.
—Lo que es yo, no puedo ir, y Rosa está enferma...
Sin que nadie lo viera, los grandes ojos casi ciegos de Eugenia se llenaron de lágrimas. Vaya, quizás pasaría otro día sin tener sus gafas. Se acercó a la cama de su madre, abandonó los brazos y la frente sobre la colcha, en una actitud lastimera. Una mano de doña Rosa se alargó para acariciarla.
—Voy yo, Nunzia, no se sulfure... Creo que me sentará bien salir...
—Mamá...
Eugenia le besaba la mano.
A las ocho reinaba una gran animación en el patio. Rosa había salido en ese momento por el portalón, alta figura desvaída, con el abrigo negro, sin hombreras, lleno de manchas y tan corto que dejaba al descubierto las piernas, semejantes a palillos, con la bolsa de la compra bajo el brazo, porque al regreso de la óptica compraría el pan. Don Peppino, con una larga escoba en la mano, estaba quitando el agua del centro del patio, trabajo inútil porque del lavadero salía continuamente, como de una vena abierta. Allí dentro estaban las ropas de dos familias: las hermanas Greborio, del primer piso, y la mujer del señor Amodio, que había tenido un niño dos días antes. Justamente la criada de las Greborio, Lina Tarallo, estaba sacudiendo las alfombras en un balconcillo, con un estruendo terrible. El polvo bajaba poco a poco, mezclado con verdaderas inmundicias, sobre aquella pobre gente, pero nadie se preocupaba. Se oían chillidos agudísimos y lloros: era tía Nunzia, que desde el bajo ponía a todos los santos por testigos para afirmar que había sido una desgraciada, y la causa de todo esto era Pasqualino que lloraba y aullaba como un condenado porque quería irse con su mamá.
—¡Miren a este mamarracho! —gritaba tía Nunzia— ¡Virgencita mía, concededme esta gracia, hacedme morir, pero en seguida, si así lo queréis, porque en esta vida sólo están bien los ladrones y las malas mujeres!
Teresella, más pequeña que su hermano, porque había nacido el año que el rey se fue, sonreía sentada en el umbral de la casa y, de vez en cuando, lamía un cacho de pan que había encontrado debajo de una silla.
Sentada en el peldaño de otro bajo, el de Mariuccia la portera, Eugenia miraba un trozo de revista infantil que había caído desde el tercer piso, con muchas figuritas coloreadas. Metía la nariz encima, porque si no, no leía las palabras. Se veía un riachuelo azul, en medio de un prado interminable, y una barca roja que navegaba..., navegaba.., a saber a dónde. Estaba escrito en italiano y por eso ella no entendía demasiado, pero de tanto en tanto, sin ningún motivo, se reía.
—De modo que hoy te pones las gafas... —dijo Mariuccia, asomándose a sus espaldas.
Todos, en el patio, lo sabían, porque Eugenia no había podido resistir a la tentación de contarlo, y también porque la tía Nunzia había creído necesario dejar bien claro que, en aquella familia, ella gastaba su dinero.., y que, en resumidas cuentas...
—¿Te las ha pagado la tía, eh? —añadió Mariuccia, sonriendo bonachonamente. Era una mujer bajita, casi enana, con una cara de hombre, llena de bigotes. En aquel momento se estaba peinando el largo pelo negro, que le llegaba hasta las rodillas; una de las pocas cosas que atestiguaban que también era una mujer. Se peinaba lentamente, sonriendo con sus ojillos de ratón, astutos y bondadosos.
—Mamá ha ido a recogerlas a Via Roma —dijo Eugenia con una mirada de gratitud—. Pagamos por ellas ocho mil liras, ¿sabe? Contantes y sonantes... La tía es... —y estaba añadiendo «muy, muy buena», cuando tía Nunzia, asomándose al bajo, llamó enfurecida:
—¡Eugenia!
—Aquí estoy, tía —y corrió como un perro.
Detrás de la tía, Pasqualino, muy colorado y asustado, con una mueca terrible, entre el desdén y la sorpresa, esperaba.
—Ve a comprarme dos caramelos de tres liras, al estanco de don Vincenzo. ¡Y vuelve pronto!
—Sí, tía.
Cogió el dinero en el puño, sin preocuparse más de la revista, y salió ligera del patio.
Por un verdadero milagro esquivó un carro de verduras, alto como una torre y tirado por dos caballos, que se le echaba encima a la salida del portalón. El carretero, con el látigo desenvainado, parecía cantar, y de su boca salían estas palabras: «buena... fresca...», arrastradas y llenas de dulzura, como un canto de amor. Cuando el carro quedó a sus espaldas, ella, alzando hacia lo alto sus ojos saltones, descubrió el resplandor cálido, azul, que era el cielo, y sintió, aunque sin verla claramente, la gran fiesta que había a su alrededor. Carretas de mano, una tras otra; grandes camiones con americanos vestidos de amarillo que asomaban por las ventanillas, bicicletas que parecían rodar. En lo alto, los balcones estaban atestados de cajas de flores, y de las rejas colgaban, como gualdrapas de caballo, como banderas, mantas acolchadas amarillas y rojas, trapitos celestes de niños, sábanas, almohadas y colchones expuestos al aire, y se desataban las cuerdas de los cestos que descendían hasta el suelo de la calleja para retirar la verdura o el pescado que ofrecían los vendedores ambulantes. Aunque el sol no llegaba sino a los balcones más altos (la calle era como una raja en la masa desordenada de las casas) y el resto era sólo sombra e inmundicia, se presentía tras todo ello la enorme fiesta de la primavera. Pese a ser tan pequeña y pálida, ligada como un ratón al fango de su patio, Eugenia empezaba a respirar con cierta prisa, como si aquel aire, aquella fiesta y todo aquel azul que estaban colgados sobre el barrio de los pobres fuera también algo suyo. Mientras entraba en el estanco, la rozó el cesto amarillo de la criada de Amodio, Rosaria Buonincontri. Era gorda, vestida de negro, con piernas blancas y un rostro rubicundo, pacífico.
—Dile a tu mamá que si puede subir un momento arriba, que la señora Amodio tiene que hacerle un encargo.
Eugenia la reconoció por la voz.
—Ahora no está. Ha ido a Via Roma a recoger mis gafas.
—Yo también tendría que ponérmelas, pero mi novio no quiere.
Eugenia no comprendió el sentido de aquella prohibición. Respondió sólo, ingenuamente:
—Cuestan bastante, hay que cuidarlas mucho.
Entraron juntas en el tabuco de don Vincenzo. Había gente. A Eugenia la empujaban siempre hacia atrás.
—Adelántate... realmente estás ciega —observó, con sonrisa bonachona, la criada de Amodio.
—Pero ahora tía Nunzia le ha comprado las gafas —intervino, guiñando el ojo, con pinta de burlona inteligencia, don Vincenzo, que la había oído. También él llevaba gafas.
—A tu edad —dijo, tendiéndole los caramelos —yo veía como un gato, enhebraba agujas de noche, mi abuela siempre me quería a su lado... Pero ahora estoy viejo.
Eugenia asintió vagamente.
—Ninguna de mis compañeras tiene lentes —dijo. Después, volviéndose a la Buonincontri, pero hablando también para don Vincenzo—: Yo sola... Nueve dioptrías en un lado y diez en el otro... ¡Estoy casi ciega! —subrayó dulcemente.
—Ya ves qué suerte tienes... —dijo don Vincenzo, riendo; y a Rosaria—: ¿Cuánta sal?
—¡Pobre criatura! —comentó la criada de Amodio, mientras Eugenia salía, muy contenta—. La humedad es lo que la ha arruinado. En esa casa los mata. Ahora doña Rosa tiene dolores en los huesos. Deme un kilo de sal gorda, y un paquete de la fina...
—Está usted servida.
—¡Qué mañana hace hoy! ¿Eh, don Vincenzo? Parece ya de verano.
Caminando más despacio que cuando había venido, Eugenia empezó a desenvolver, sin darse mucha cuenta, uno de los dos caramelos, y después se lo metió en la boca. Sabía a limón.
«Le digo a tía Nunzia que lo he perdido por el camino», se propuso en su fuero interno. Estaba contenta, no le importaba que la tía, tan buena, se enfadara. Sintió que le cogían una mano y reconoció a Luigino.
—¡Estás ciega! —dijo riendo el chaval—. ¿Y las gafas?
—Mamá ha ido a buscarlas a Via Roma.
—Yo no he ido a la escuela, hace muy buen día... ¿Por qué no vamos a dar una vuelta?
—¡Estás loco! Hoy tengo que portarme bien...
Luigino la miraba y se reía, con su boca como una alcancía, ancha hasta las orejas, despreciativo.
—Toda despeinada...
Instintivamente, Eugenia se llevó una mano al pelo.
—Yo no veo muy bien y mamá no tiene tiempo —contestó humildemente.
—¿Cómo son esas gafas? ¿Con montura dorada? —se informó Luigino.
—¡Toda dorada! —contestó Eugenia, mintiendo—. ¡Brillantes, muy brillantes!
—Las viejas llevan gafas —dijo Luigino.
—Y también las señoras, las he visto en Via Roma.
—Esas son negras, para la playa —insistió Luigino.
—Lo dices porque tienes envidia. Cuestan ocho mil liras...
—Cuando las tengas, enséñamelas —dijo Luigino—. Quiero asegurarme de que la montura es dorada..., eres tan mentirosa... —y se marchó a sus cosas, silbando.
Al entrar por el portalón, Eugenia se preguntaba ahora con ansia si sus gafas tendrían o no montura dorada. En caso negativo, ¿qué podía decirle a Luigino para convencerio de que eran algo de valor? Pero, ¡qué bonito día! Quizás mamá estaba a punto de volver con las gafas metidas en un paquete... Dentro de poco las tendría en la cara... tendría... Unas furiosas bofetadas llovieron sobre su cabeza. Un verdadero desastre. Le parecía que se derrumbaba. Se protegía inútilmente con las manos. Era tía Nunzia, naturalmente, enfurecida por la tardanza, y detrás de tía Nunzia, Pasqualino, como un loco, porque no creía ya en la historia de los caramelos.
—¡Me comen la sangre! ... ¡Ten! ... ¡Ciega asquerosa! Y yo que he dado mi vida por estos ingratos... ¡Acabarás mal, a la fuerza! ¡Ocho mil liras contantes y sonantes! ¡Estos maquetrefes me chupan la sangre de las venas!
Dejó caer las manos, sólo para estallar en un desesperado llanto.
—¡Virgen de los Dolores, Jesús mío, por las llagas de vuestro costado, hacedme morir!
También Eugenia lloraba, a todo llorar.
—¡Ay, tía, perdóneme! ... ¡Ay, tía!
—Uh..., uh..., uh... —hacía Pasqualino, con la boca abierta.
—Pobre criatura... —dijo doña Mariuccia acercándose a Eugenia, que no sabía dónde esconder la cara, toda listada de rojo y de lágrimas, ante el disgusto de su tía—; no lo ha hecho adrede, Nunzia..., tranquilícese... —y a Eugenia: ¿Dónde tienes los caramelos?
Eugenia contestó bajito, perdidamente, ofreciendo la otra manecita sucia: Uno me lo comí. Tenía hambre.
Antes de que la tía se moviese de nuevo, para echarse encima de la niña, se oyó la voz de la marquesa, desde el tercer piso, donde había sol, que llamaba despacio, plácidamente, suavemente:
—¡Nunziata!
Tía Nunzia alzó hacia arriba el rostro amargado, como el de la Virgen de los Siete Dolores, que estaba en la cabecera de su cama.
—Hoy es primer viernes de mes. Ofrézcaselo a Dios.
—Marquesa, ¡qué buena es! Estas criaturas me hacen cometer tantos pecados, estoy perdiendo mi alma, yo... —Y hundía el rostro entre las manos como garras, manos de trabajador, con la piel marrón, escamosa.
—¿No está su hermano?
—Pobre tía, hasta te paga las gafas, y se lo agradeces así... —decía entre tanto Mariuccia a Eugenia, que temblaba.
—Sí, señora, aquí estoy... —contestó don Peppino, que hasta ese momento había estado semiescondido tras la puerta del bajo, agitando un cartón ante el hornillo donde hervían las alubias de la comida.
—¿Puede subir?
—Mi mujer ha ido a recoger las gafas de Eugenia... yo me estoy ocupando de las alubias... Tendrá que esperar, si no le importa...
—Entonces mándeme a la criatura. Tengo un vestido para Nunziata. Quiero dárselo...
—Dios se lo pague... muchísimas gracias -contestó don Peppino con un suspiro de alivio, porque eso era lo único que ahora podía calmar a su hermana.
Pero, mirando a Nunziata, advirtió que ésta no se había alegrado nada. Continuaba llorando desesperada, y aquel llanto había asombrado tanto a Pasqualino que el niño calló como por encanto, y ahora se lamía los mocos que le bajaban de la nariz, con una pequeña y dulce sonrisa.
—¿Has oído? Sube a donde la marquesa, tiene que darte un vestido... —dijo don Peppino a su hija.
Eugenia estaba mirando algo en el vacío, con los ojos que no veían: eran inmóviles, inmóviles, y muy grandes. Se estremeció y se puso en pie al instante, obediente.
—Dile: «Dios se lo pague», y no pases de la puerta.
—Sí, papá.
—Tiene que creerme, Mariuccia —dijo tía Nunzia, cuando Eugenia se alejó—, yo quiero mucho a esa criatura, y después me arrepiento, bien lo sabe Dios, de haberla maltratado. Pero se me sube la sangre a la cabeza, debe creerme, cuando tengo que pelear con los niños. La juventud se ha ido, ya lo ve... —y se tocaba las mejillas hundidas—. A veces, me siento como una loca...
—Por otra parte, también ellos tienen que desfogarse —contestó doña Mariuccia—, son almas inocentes. Ya tendrán tiempo de llorar. Yo, cuando los veo, y pienso que tendrán que ser igual que nosotros —fue a coger una escoba y barrió una hoja de col del umbral—, me pregunto qué hace Dios.
—¡Se lo ha quitado completamente nuevo! —dijo Eugenia, metiendo la nariz en el vestido verde extendido sobre un sofá en la cocina, mientras la marquesa estaba buscando un periódico viejo para envolverlo.
La D’Avanzo pensó que la niña no veía nada, porque si no habría advertido que el vestido era viejísimo y estaba lleno de remiendos (era de su hermana difunta), pero se abstuvo de hacer comentarios. Sólo tras un momento, mientras se adelantaba con el periódico, preguntó:
—¿Y las gafas que te ha comprado tu tía? ¿Son nuevas?
—Con montura dorada. Cuestan ocho mil liras -contestó de un tirón Eugenia, conmoviéndose una vez más ante la idea del privilegio que se le concedía—, porque estoy casi ciega —agregó sencillamente.
—En mi opinión —dijo la marquesa, envolviendo con suavidad el vestido en el periódico, y abriendo después otra vez el paquete porque sobresalía una manga—, tu tía podía habérselas ahorrado. He visto unas gafas estupendas, en una tienda de la Ascensione, por sólo dos mil liras.
Eugenia se puso colorada. Comprendió que la marquesa estaba descontenta. «Cada uno en su sitio... todos debemos limitarnos... », le había oído decir muchas veces, hablando con doña Rosa, que le llevaba la ropa lavada, y se entretenía un rato lamentándose de su penuria.
—Quizás no fueran buenas.., yo tengo nueve dioptrías...—replicó tímidamente.
La marquesa enarcó una ceja, pero Eugenia, por fortuna, no la vio.
—Eran buenas, te lo aseguro... —se obstinó con voz ligeramente más dura la D’Avanzo. Después se arrepintió—. Hija mía —dijo más dulcemente—, hablo así porque conozco los problemas de tu casa. Con seis mil liras de diferencia, comprabais el pan de diez días, comprabais... A ti, ¿de qué te sirve ver bien? ¡Para lo que hay a tu alrededor! ... —Un silencio—. Leer, ¿leías?
—No, señora.
—Pues alguna vez te vi con la nariz metida en un libro. También mentirosa, hija mía..., eso está muy mal...
Eugenia no contestó. Experimentaba una verdadera desesperación, clavaba los ojos casi blancos en el vestido.
—¿Es de seda? —preguntó estúpidamente.
La marquesa la miraba, reflexionando.
—No te lo mereces, pero quiero hacerte un regalito —dijo de pronto, y se dirigió a un armario de madera blanca.
En ese momento el timbre del teléfono, que estaba en el pasillo, empezó a sonar, y en vez de abrir el armario la D’Avanzo salió para contestar al aparato. Eugenia, abrumada por aquellas palabras, ni siquiera había oído la consoladora alusión de la vieja, y en cuanto estuvo sola se puso a mirar a su alrededor todo lo que le consentían sus pobres ojos. ¡Cuántas cosas bonitas, finas! ¡Como en la tienda de Via Roma! Y allí, justo delante de ella, un balcón abierto, con muchas macetas de flores.
Salió al balcón. ¡Cuánto aire, cuánto azul! Las casas, como cubiertas por un velo celeste, y allá abajo la calleja, con muchas hormigas que iban y venían... ¿Qué hacían? ¿A dónde iban? Salían y entraban en los agujeros, llevando grandes briznas de pan, eso hacían, habían hecho ayer, harían mañana, siempre... siempre. Tantos agujeros como hormigas. Y en torno, casi invisible entre la gran luz, el mundo hecho por Dios, con el viento, el sol, y allá abajo el mar limpio, grande... Estaba allí, con la barbilla clavada en los hierros, repentinamente pensativa, con una expresión de dolor que la afeaba, de extravío. Sonó la voz de la marquesa, plácida, pía. Llevaba en la mano, en su lisa mano de marfil, un librito encuadernado en cartón negro, con letras doradas.
—Son pensamientos de santos, hija mía. La juventud, hoy, no lee nada, y por eso el mundo ha equivocado el camino. Ten, te lo regalo. Pero tienes que prometerme que leerás un poco cada noche, ahora que te han hecho las gafas.
—Sí, señora —dijo Eugenia apresuradamente, enrojeciendo de nuevo porque la marquesa la había encontrado en el balcón; y cogió el librito que le daba. La D’Avaazo la miró complacida.
—¡Dios te ha querido preservar, hija mía! —dijo, yendo a coger el paquete con el vestido y metiéndoselo entre las manos—. No eres guapa, al contrario, y pareces ya una vieja. Dios te ha querido preferir, pues así no tendrás ocasiones de pecado. ¡Te quiere santa, como a tus hermanas!
Sin que estas palabras la hiriesen realmente, porque hacía tiempo que estaba preparada ya como inconscientemente a una vida carente de alegrías, Eugenia experimentó de todos modos cierta turbación. Y le pareció, aunque sólo un instante, que el sol ya no brillaba como antes, e incluso la idea de las gafas dejó de alegrarla. Miraba vagamente, con sus ojos casi apagados, un punto del mar, donde se extendía como una lagartija, de un color verde apagado, la tierra de Posillipo.
—Dile a papá —proseguía entre tanto la marquesa—, que hoy no puede hacerse lo del colchón del niño. Me ha telefoneado mi prima, estaré en Posillipo todo el día.
—Yo también, una vez, estuve allí... —comenzaba Eugenia, reanimándose ante aquel nombre y mirando fascinada, hacia aquella parte.
—¿Sí? ¿De verdad? —La D’Avanzo se mostraba indiferente, para ella aquel nombre no significaba nada. Con toda la majestad de su persona, acompañó a la niña, que aún se volvía hacia aquel punto luminoso, hasta la puerta, que cerró despacio a sus espaldas.
Mientras bajaba el último peldaño y salía al patio, aquella sombra que había nublado su frente por unos momentos desapareció, y su boca se abrió en una risa de gozo, porque Eugenia había visto llegar a su madre. No era difícil reconocer su gastada y familiar figura. Tiró el vestido sobre una silla y corrió a su encuentro.
—Mamá! ¡Las gafas!
—¡Despacio, hija mía! ¡Casi me tiras al suelo!
De inmediato se formó a su alrededor una pequeña aglomeración. Doña Mariuccia, don Peppino, una de las Greborio, que se había detenido a descansar en una silla antes de empezar a subir las escaleras, la criada de Amodio que entraba en ese momento y, es inútil decirlo, Pasqualino y Teresella, que querían ver también y chillaban alargando las manos. Nunziata, por su parte, estaba observando el vestido que había sacado del periódico, con cara de desilusión.
—Mire, Mariuccia, parece bastante viejo... ¡esté todo gastado bajo los brazos! —dijo, acercándose al grupo.
Pero, ¿quién le hacía caso? En aquel momento doña Rosa sacaba del cuello del vestido el estuche de las gafas y lo abría con infinito cuidado. Una especie de insecto brillantísimo, con dos ojos muy, muy grandes y dos antenas curvadas, centelleó en un mortecino rayo de sol, en la mano larga y roja de doña Rosa, entre aquella pobre gente admirada.
—¡Ocho mil liras.., una cosa así! —dijo doña Rosa, mirando religiosamente, aunque con una especie de reproche, las gafas.
Después, en silencio, las colocó en la cara de Eugenia, que tendía las manos, extática, y le acomodó con cuidado aquellas dos antenas detrás de las orejas.
—¿Qué tal ves? —preguntó, angustiada.
Eugenia, sosteniéndolas con las manos, como con miedo de que se las quitaran, con los ojos medio cerrados y la boca semiabierta en una sonrisa arrobada, retrocedió dos pasos, de modo que fue a tropezar con una silla.
—¡Enhorabuena! —dijo la criada de Amodio.
—¡Enhorabuena! —dijo la Greborio.
—Parece una maestra, ¿verdad? —observó complacido don Peppino.
—¡Ni siquiera da las gracias! —dijo tía Nunzia, mirando amargada el vestido—. ¡Y, encima, enhorabuenas!
—Tiene miedo, ¡pobre hija mía! —murmuró doña Rosa, echando a andar hacia la puerta del bajo para dejar las cosas—. ¡Se ha puesto las gafas por primera vez! —dijo, alzando la cabeza al balcón del primer piso, donde se había asomado la otra hermana Greborio.
—Lo veo todo pequeño, muy pequeño —dijo con una voz extraña, como si saliera de debajo de una silla, Eugenia—. Negro, muy negro.
—Claro, las lentes son dobles. Pero, ¿ves bien? —preguntó don Peppino—. Eso es lo importante. Se ha puesto las gafas por primera vez —dijo también él, dirigiéndose al señor Amodio, que pasaba con un periódico abierto en la mano.
—Le advierto —dijo el señor Amodio a Mariuccia, tras haber mirado por un momento, como si sólo fuera un gato, a Eugenia— que la escalera no ha sido barrida... ¡He encontrado espinas de pescado delante de la puerta! —Y se alejó inclinado, casi encerrado en su periódico, donde venía la noticia de un proyecto de ley sobre pensiones, que le interesaba mucho.
Eugenia, sin dejar de sujetarse las gafas con las manos, fue hasta el portalón, para mirar afuera, a la calleja de la Cupa. Las piernas le temblaban, la cabeza le daba vueltas y ya no sentía la menor alegría. Con los labios blancos, quería sonreír, pero la sonrisa se cambiaba en una mueca atontada. Repentinamente los balcones empezaron a multiplicarse, dos mil, cien mil; los carros de mano con las verduras se le precipitaban encima; las voces que llenaban el aire, los pregones, los latigazos, le golpeaban en la cabeza como si estuviera enferma; se volvió tambaleándose hacia el patio, y la terrible impresión aumentó. El patio parecía un viscoso embudo, con la punta hacia el cielo, y los muros leprosos atestados de miserables balcones; los arcos de las plantas bajas, negros, con luces brillando en círculo en torno a la Dolorosa; el empedrado blanco de agua jabonosa, las hojas de col, los trozos de papel, los desechos y, en medio del patio, aquel grupo de cristianos andrajosos y deformes, con rostros marcados por la miseria y la resignación, que la miraban amorosamente. Comenzaron a retorcerse, a confundirse, a agigantarse. Se le echaban todos encima, gritando, en los dos círculos embrujados de las gafas. Mariuccia fue la primera que se dio cuenta de que la niña se encontraba mal, la que le arrancó a toda prisa las gafas, porque Eugenia se había doblado en dos y, quejándose, vomitaba.
—¡Le han revuelto el estómago! —gritaba Mariuccia, sosteniéndole la frente—. ¡Traiga un grano de café, Nunziata!
—¡Ocho mil liras contantes y sonantes! —gritaba tía Nunzia con los ojos fuera de las órbitas, corriendo al bajo a coger un grano de café en una caja sobre la cómoda; y levantaba hacia lo alto las gafas nuevas, como pidiendo a Dios una explicación—. ¡Y ahora están equivocadas!
—Pasa siempre eso, la primera vez —decía tranquilamente la criada de Amodio a doña Rosa—. No se impresionen; después se acostumbrará poco a poco.
—No es nada, hija, no es nada, ¡no te asustes! —Pero doña Rosa sentía encogérsele el corazón al pensar en lo desgraciados que eran.
Regresó tía Nunzia con el café, gritando aún:
—¡Ocho mil liras contantes y sonantes! —mientras Eugenia, pálida como una muerta, se esforzaba inútilmente por arrojar, porque ya no le quedaba nada dentro. Sus ojos saltones estaban casi torcidos por el sufrimiento, y su rostro de vieja, inundado de lágrimas, como entontecido. Se apoyaba en su madre y temblaba.
—Mamá, ¿dónde estamos?
—Estamos en el patio, hija mía —dijo doña Rosa pacientemente; y la sonrisa finísima, entre compasiva y maravillada, que iluminó sus ojos, aclaró repentinamente las caras de toda aquella pobre gente.
—¡Está medio ciega!
—¡Medio tonta es lo que es!
—Dejadla en paz, pobre criatura, está maravillada —dijo doña Mariuccia, y su rostro estaba torvo de compasión, mientras entraba en el bajo, que le parecía más oscuro que de ordinario.
Sólo tía Nunzia se retorcía las manos:
—¡Ocho mil liras contantes y sonantes!
"Black Betty" es una canción cuya autoría se atribuye a Leadbelly aunque no fue el primero en grabarla (la primera grabación conocida es la de los musicólogos Alan y John Lomax en 1933). Parece ser que la canción (una canción de trabajo) derivaría de una marcha del siglo XVIII. Se ha discutido mucho sobre qué es "Black Betty", ya que no es una mujer, y se han propuesto desde una botella de whisky a un mosquete pasando por un látigo o un carro de transporte de presos. Sea lo que sea, se ha convertido en un clásico de la música del siglo XX.
Leadbelly
En primer lugar, como siempre que es posible, el original.
Tom Jones
Una versión funky-disco del "Tigre de Gales".
Stag
Una versión con sintetizadores muy ochentera
Nick Cave and The Bad Seeds
Una versión a lo Nick Cave.
Ram Jam
Por último, la versión más famosa del tema, fue todo un superventas en los '70.
Novelista, cuentista, dramaturga y ensayista (además de activista antiapartheid) surafricana. En su obra tiene un papel importante siempre la situación social y política surafricanas. En sus primeras obras, sobre todo sus primeras colecciones de cuentos, se narra la vida cotidiana de la clase media blanca analizando las tensiones que el racismo del apartheid conlleva. También suele tener un papel importante en sus historias la clase media blanca liberal, ese grupo (al que ella pertenece) formado por miembros de la raza dominante pero que está obligada a vivir en una situación con la que no está de acuerdo.
Fue premio Booker en 1974 y Nobel en 1991.
Este cuento pertence al volumen "Dos metros de tierra" (o "Seis pies de tierra" dependiendo de la traducción -Six Feet of the Country-) de 1956.
No sé quién es el traductor de esta versión
Mi esposa y yo no somos auténticos granjeros, y Lerice aún menos que yo, desde luego. Está nuestra finca a tres leguas de Johannesburgo, junto a una de las carreteras principales, y la adquirimos con ánimo de introducir un cambio en nuestra vida, supongo. Hay mucho de desconcertante en un matrimonio como el nuestro. Cuando sondea uno un matrimonio, espera encontrar un profundo silencio de satisfacción. No es que la granja nos lo haya deparado, por supuesto, pero ha conseguido otras cosas inesperadas, ilógicas. Lerice, a quien había esperado ver encerrada en una melancolía a lo Chejov durante un par de meses, dejando después el campo libre a los criados mientras volvía al intento de obtener un papel de su agrado, a fin de llegar a ser la actriz con que siempre soñara, se ha enfrascado totalmente en el trabajo de administrar la finca, poniendo en ello la misma seriedad y vehemencia con que en otro tiempo se desvivía por interpretar los recovecos de la mente de un dramaturgo. Hace tiempo que yo hubiese dejado la granja de no haber sido por ella. Sus manos, antes menudas, suaves, bien cuidadas —no era de esas actrices que se pintan las uñas y llevan sortijas de brillantes—, son bastas ahora como los pulpejos callosos de un perro.
Como digo, yo sólo paso allí las noches y los fines de semana. Soy socio de una agencia de viajes de lujo, un negocio floreciente, pues no tiene más remedio que serlo, como digo a Lerice, para poder sostener la granja. Sin embargo, aunque sé que está fuera de mis posibilidades, y aunque el olor dulzón de las gallinas que cría Lerice me pone malo, de modo que procuro siempre no tropezarme con ellas, la granja tiene un no sé qué de hermoso que yo había prácticamente olvidado. Sobre todo los domingos por la mañana cuando me levanto y voy a los corrales, y no veo las palmeras, ni los viveros, ni las pajareras de piedra artificial del extrarradio urbano, sino los patos blancos en el estanque, el campo de alfalfa reluciente como ordenado por un escaparatista, y el toro pequeño y rechoncho de ojos atravesados, rijoso pero aburrido, dejándose lamer cariñosamente la cara por una de sus concubinas. Lerice sale despeinada. Trae en la mano un palo del que gotea desinfectante para el ganado. Se detiene y parece ensimismada por un momento, como si estuviera representando una de sus comedias. «Se juntarán mañana», dice. «Ya llevan dos días. Fíjate cómo le quiere a mi pequeño Napoleón.» De forma que cuando viene gente a vernos el domingo por la tarde, no es raro que yo mismo me sorprenda diciendo a quien sea, mientras preparo las copas: «Cuando vuelvo a casa todos los días desde la ciudad, al pasar por esos bloques de casas de las afueras, me pregunto cómo demonios hemos podido aguantar el vivir allí... ¿Queréis echar un vistazo a esto?» Y entonces me llevo a una guapa muchacha y a su joven esposo a trompicones hasta la orilla del río, la chica enganchándose las medias en las cañas de maíz y sorteando boñigas de vaca rumorosas de moscas verdes como esmeraldas, mientras dice: «...las tensiones de la maldita ciudad. ¡Y tú además estás cerca, si un día quieres ir al cine o al teatro! ¡Qué estupendo! ¡Tienes las dos cosas!»
Y yo por un momento acepto el triunfo como si de veras hubiese logrado ese imposible por el que llevo luchando toda mí vida; precisamente como si la verdad estuviera en lograr esas «dos cosas», en lugar de contentarse no con la una o con la otra, sino con una tercera, por cuya consecución no hubiera dado paso alguno.
Pero hasta en nuestros ratos de mayor desapasionamiento, cuando los entusiasmos agrícolas de Lerice me parecen tan insoportables como en otro tiempo sus afanes histriónicos, y ella ve en los que llama mis «celos» por su capacidad de entusiasmo una prueba tan grande como siempre de mi incapacidad de identificación con ella, creemos sinceramente que, en definitiva, hemos sabido sustraernos de veras a esas tensiones propias de la ciudad de que hablan nuestros visitantes. Cuando la gente de Johannesburgo habla de «tensión», no se refiere a los transeúntes apresurados en las calles populosas, a la lucha por el dinero o al carácter de competencia generalizada de la vida urbana. Alude al hecho de que los blancos hayan de dormir con las armas debajo de la almohada, y a las rejas que protegen sus ventanas contra los asaltos. Piensa en esos momentos insólitos que se dan en las calles de la ciudad cuando un negro no quiere ceder la acera a un blanco.
Pero en el campo, sólo a tres leguas de distancia, la vida es otra cosa. En el campo todavía queda el rescoldo de épocas anteriores; nuestras relaciones con los negros son casi feudales. Injustas, de acuerdo; anticuadas, pero más cómodas para todos. Aquí no tenemos ni rejas en las ventanas ni armas. Los gañanes de Lerice viven en la granja con sus esposas y sus críos. Destilan su cerveza ácida sin miedo a las batidas de la policía. Si vamos a decir, siempre nos hemos sentido bastante orgullosos de que los pobres diablos que viven con nosotros no tengan mucho que temer; Lerice hasta se interesa por los niños, con la competencia que puede suponerse en una mujer que no ha tenido hijos propios, y aun hace de médico de todos ellos —niños y adultos— y los cuida como a unos angelitos cuando se ponen malos.
Esta es la causa de que no nos sobresaltáramos demasiado cuando una noche del invierno pasado el mozo Albert vino a llamar a nuestra ventana mucho después de la hora de acostarnos. Yo no estaba en la cama, sino durmiendo en la pequeña pieza inmediata, antealcoba y ropero en una pieza, ya que me había disgustado con Lerice y estaba dispuesto a no dejarme ablandar sólo por el suave aroma de los polvos de talco sobre su piel, recién bañada. Vino ella y me despertó.
—Dice Albert que uno de los muchachos está muy enfermo —me dijo—. Más vale que vayas a ver, creo yo. No iban a despertarnos a estas horas si la cosa no tuviese importancia.
—¿Qué hora es?
—La que sea, ¿Qué más da? —Lerice es de una lógica exasperante.
Me levanté con aire desmañado, bajo sus ojos atentos (¿Por qué he de parecer siempre un necio cuando he desertado de su cama?).
De todos modos, por la forma en que procura siempre no mirarme cuando me habla en el desayuno al día siguiente sé que está herida y humillada por mis desatenciones; y salí, medio sonámbulo.
—¿De qué muchacho se trata? —pregunté a Albert por el camino, a la luz fluctuante de una antorcha.
—Está malo. Muy malo, baas —dijo por toda respuesta.
—¿Pero quién? ¿Franz? —Me acordé de Franz, que había tenido un fuerte catarro la semana anterior.
Albert no contestó; me había cedido la senda y caminaba a mi lado, entre las altas hierbas secas. La luz de la antorcha le dio de lleno en la cara, y observé que parecía profundamente turbado.
—¿Pero qué es lo que pasa? —inquirí.
El bajó la cabeza, rehuyendo la luz.
—No es cosa mía, baas. No sé. Me ha mandado Petrus.
Irritado, le hice apresurarse hacia las cabañas y allí, en el propio catre de Petrus (un armazón de hierro montado sobre soportes de ladrillos), vimos a un joven muerto. Aún brillaba en su frente un leve sudor frío, pero el cuerpo lo tenía caliente. Rodeábanle los muchachos en esa actitud que adoptan en la cocina cuando se descubre que alguien ha roto un plato: distantes, silenciosos. La mujer de uno de ellos se movía en la sombra, retorciéndose las manos bajo el delantal.
Hacía que no veía yo un hombre muerto desde la guerra. Aquel era completamente distinto. Y me sentí como los demás: extraño, inoportuno.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
La mujer se dio unos golpecitos en el pecho y meneó la cabeza, expresando así la angustia de no poder respirar.
Debía de haber muerto de pulmonía. Me volví hacia Petrus:
—¿Quién era este muchacho? ¿Qué hacía aquí? —La luz de una vela colocada en el piso reveló que Petrus estaba llorando. Salí, y él detrás.
Una vez fuera, en plena oscuridad, esperé a que hablase. Pero seguía encerrado en su mutismo.
—Vamos, Petrus, tienes que decirme quién era ese chico. ¿Era amigo tuyo?
—Es mi hermano, baas. Vino de Rhodesia a buscar trabajo.
La historia no dejó de sorprendernos, tanto a Lerice como a mí. El muchacho se había venido desde Rhodesia para buscar trabajo en Johannesburgo. Debió de coger frío de dormir a la intemperie durante el viaje, y había caído enfermo en la cabaña de su hermano Petrus, cuando llegó tres días atrás. Los demás no se habían atrevido a pedirnos ayuda, ya que ni siquiera teníamos idea de su presencia. A los indígenas rhodesianos les está prohibido entrar en La Unión, a no ser que dispongan de salvoconducto; el joven era un inmigrante ilegal. Sin duda nuestros muchachos habían conseguido arreglarlo todo con éxito en varias ocasiones anteriores; una buena serie de parientes debió de recorrer en su día los mil y pico kilómetros que van de la pobreza al paraíso de los trajes charros y baratos, de las batidas de la policía y de los barrios bajos negros que es su Egoli, su Ciudad de Oro: nombre bantú de Johannesburgo. Todo se reducía a tener escondido al hombre en nuestra granja hasta encontrar la oportunidad de emplearle con alguien que quisiera correr los riesgos de una denuncia por dar trabajo a un inmigrante ilegal, a cambio de los servicios de una persona no corrompida todavía por la urbe... De todos modos, aquel ya no volvería a levantarse.
—Podían habérnoslo dicho, por lo menos —comentó Lerice a la mañana siguiente—. Una vez que el muchacho se puso enfermo... ¿Cómo no nos avisaron...?
Cuando algo le llega al alma, tiene una forma de quedarse parada en mitad de la habitación como el que está a punto de salir de viaje, lanzando miradas escrutadoras a su alrededor y deteniéndose en los objetos más familiares como si los viese por vez primera. Pude advertir que en presencia de Petrus, en la cocina, esa misma mañana más temprano, había mostrado una actitud como de estar ofendida con él o poco menos, como si se sintiera lastimada en lo más vivo.
De todos modos yo, francamente, ya no tengo tiempo ni ganas de indagar en todos esos detalles de nuestra existencia que Lerice quisiera que indagáramos, según adivino en sus ojos alarmados y apremiantes. Ella es mujer a quien no importa parecer fea o estrambótica; y dudo que le importase aunque supiera lo rara que está cuando una viva perplejidad le desencaja las facciones.
—Supongo que ahora me tocará a mí pringar con todos los trámites —dije.
Ella continuaba mirándome fijo, escudriñándome con esos ojos suyos... Pero perdía el tiempo.
—Tengo que dar cuenta a las autoridades sanitarias —dije con calma—. No pueden enterrarlo por las buenas. Después de todo no sabemos de qué ha muerto.
Continuó inmóvil, sin decir palabra, como dándolo todo por perdido. Ni me veía ya, sencillamente. Creo que en mi vida me he sentido más irritado.
—Puede haber sido algo contagioso —aventuré—. Sabe Dios.
No obtuve respuesta.
No me seducen nada los monólogos. Así que salí y di voces a uno de los muchachos que abriese el garaje y tuviera listo el coche para mi viaje matinal a la ciudad.
Como me figuraba, todo se volvieron complicaciones. Tuve que avisar no sólo a las autoridades sanitarias, sino también a la policía, y responder a un montón de preguntas fastidiosas: ¿Cómo es que no sabía nada de la presencia del muchacho? Si no inspeccionaba los alojamientos de los nativos, ¿cómo sabía que tales cosas sucedían a menudo? Etcétera, etcétera. Cuando me harté y les dije que mientras que mis nativos hicieran su trabajo no consideraba derecho ni asunto mío el meter las narices en sus vidas privadas, recibí del grosero y estólido policía una de esas miradas que no dimanan de un proceso intelectivo del cerebro, sino de aquella facultad tan generalizada entre cuantos viven fanatizados por la teoría de la raza superior: Una mirada llena de insensato y necio convencimiento. Me sonrió con una mezcla de desdén y regocijo por mi estupidez.
Después tuve que explicar a Petrus por qué las autoridades sanitarias tenían que llevarse el cadáver para la práctica de la autopsia, y también en qué consistía la autopsia. Cuando telefoneé al Departamento de Sanidad unos días más tarde para saber el resultado, me dijeron que la causa de la muerte fue, como habíamos supuesto, la pulmonía, y que habían procedido al traslado del cadáver. Fui entonces a ver a Petrus, que estaba preparando el pienso para las gallinas, y le dije que todo estaba arreglado y que no habría complicaciones; su hermano había muerto de un mal en el pecho. Petrus dejó en el suelo la lata y preguntó: —¿Cuándo podremos ir por él, baas?
—¿Ir por él?
—Sí; ¿Querría usted preguntar cuándo tenemos que ir?
Entré en la casa y me puse a llamar a Lerice por todas partes. Andaba en el piso de arriba, por los cuartos de huéspedes, y cuando bajó le dije: —¿Y ahora qué hago? Cuando se lo he contado a Petrus, se ha limitado a preguntarme tranquilamente que cuándo pueden ir a recoger el cadáver. Creen que van a poder enterrarlo por su cuenta.
—Vaya, hombre; pues vuelve y explícaselo —dijo Lerice—. Tienes que explicárselo. ¿Por qué no se lo has explicado?
Volví para hablar con Petrus, que me escuchó cortésmente.
—Mira, Petrus —le dije—. No puedes ir a recoger a tu hermano. Ya lo han enterrado ellos; lo han enterrado, ¿Entiendes?
—¿Dónde? —preguntó lenta, obtusamente, cual si pensara que quizá no había entendido bien.
—Verás, tu hermano era extranjero. Ellos sabían que no era de aquí; lo que no sabían es que tuviese familia en el país, de modo que creyeron su deber enterrarlo. —Era difícil, a un entierro de beneficencia, darle visos de privilegio.
—Por favor, baas, tiene usted que pedírselo. —Pero no quería decir con aquello que necesitaba saber dónde estaba enterrado el difunto. Ignoraba por completo la incomprensible maquinaria que, según le expliqué, se había puesto en marcha sobre su hermano muerto; lo único que él quería era que le devolviesen a su hermano.
—Pero, Petrus —le dije—, ¿Qué puedo hacer yo? Tu hermano ya está enterrado. No puedo ir a reclamarlo ahora.
—¡Oh, baas! —exclamó. Permaneció inmóvil, las manos sucias de salvado caídas fláccidamente a ambos costados, con una contracción nerviosa en la comisura de los labios.
—¡Pero por Dios bendito, Petrus, si no me van a hacer caso! Y aunque quisieran, no tienen atribuciones. Lo siento, pero no puede ser. ¿Comprendes?
El seguía mirándome, persuadido de que los hombres blancos lo tienen todo, lo pueden todo; si no lo hacen, es porque no quieren.
Más tarde, durante la cena, atacó Lerice.
—Por lo menos podrías telefonear.
—Pero ¿quién crees que soy yo? ¿Es que esperas que devuelva la vida al muerto?
No había manera humana de sustraerme a la ridícula responsabilidad que habían cargado sobre mis hombros.
—Telefonéales —insistió ella—. En último extremo siempre podrás decirle que has puesto todo de tu parte y te han explicado que es imposible.
Después del café, Lerice se fue para la cocina. Al rato volvió y me dijo:
—El padre viene de Rhodesia para asistir al entierro. Ha conseguido un salvoconducto y ya está en camino.
Desgraciadamente, no era imposible conseguir la devolución del cadáver. Las autoridades dijeron que la cosa era un tanto irregular, pero teniendo en cuenta que se habían cumplido debidamente todos los requisitos higiénicos, no podían negar su permiso a la exhumación. Calculé que con los derechos de la funeraria vendría a costar todo unas veinte libras. Bueno, pensé, ya está solucionado. Petrus gana cinco libras al mes. ¿Cómo va a disponer de veinte? Y aunque las tenga, poco puede hacer con ellas en favor del muerto. Y desde luego yo no voy a ofrecérselas. Hubiese gastado veinte libras —o cualquier otra cantidad razonable para el caso— sin refunfuñar demasiado en médicos o medicinas que pudieran haber valido al muchacho cuando aún vivía. Una vez muerto, no tenía la menor intención de animar a Petrus para que tirase por la ventana como si tal cosa más de lo que gastaba en vestir a su familia en un año.
Cuando se lo participé en la cocina, esa misma noche, dijo él:
—¿Veinte libras?
—Sí, exactamente, veinte libras —repetí yo.
Por un momento, viendo la cara que ponía, creí que estaba haciendo cálculos. Pero cuando habló de nuevo, pensé que debía habérmelo figurado.
—¡De modo que hay que pagar veinte libras! —dijo con esa voz abstraída con que se habla de algo tan inasequible que ni siquiera se molesta uno en pensarlo.
—Como lo oyes, Petrus —repuse, y me volví al cuarto de estar.
A la mañana siguiente, antes de marchar a la ciudad, Petrus dijo que quería verme.
—Por favor, baas —titubeó, alargándome un fajo de billetes con visible embarazo. Están tan poco acostumbrados a dar, en lugar de recibir, que no aciertan a entregar dinero a un hombre blanco. Pero allí estaban las veinte libras, en billetes de una y de media, algunos arrugados y doblados, pringosos como harapos sucios, otros suaves y bastante nuevos: el dinero de Franz, supongo, y el de Albert, y el de Dora la cocinera, y el de Jacob el jardinero, y Dios sabe de cuántos más de todas las granjas y pequeñas haciendas del contorno. Aquello, más que sorprenderme, me irritó, produciéndome un verdadero desasosiego el despilfarro y la inutilidad de tal sacrificio en gentes tan pobres. Como los pobres de todas partes, pensé, que se privan de todo en la vida con tal de que no les falten los lujos de la muerte. Algo incomprensible para personas como Lerice y yo, convencidos de que la vida debe vivirse con prodigalidad, y si en algún momento pensamos en la muerte, la consideramos la bancarrota definitiva.
Los criados no trabajan los sábados por la tarde, de modo que era un buen día para el entierro. Petrus y su padre nos habían pedido prestados los borricos y el carro para traer el ataúd de la ciudad, donde, según dijo Petrus a Lerice a su regreso, todo había ido «de maravilla»: el féretro les estaba esperando, ya cerrado para que no sufrieran una visión sin duda bastante desagradable, al cabo de las dos semanas transcurridas desde la inhumación. (Pues dos semanas habían tardado las autoridades y la funeraria en ultimar los preparativos para el traslado del cadáver.) Toda la mañana permaneció el féretro en la cabaña de Petrus en espera del viaje hacia el pequeño cementerio situado junto a la linde oriental de nuestra granja, reliquia de los tiempos en que esto era un verdadero distrito agrícola más que una elegante finca campestre. Fue pura casualidad que yo estuviese abajo, junto a la cerca, cuando pasó el cortejo; Lerice había vuelto a olvidar la promesa que me tiene hecha de no volver la casa inhabitable los sábados por la tarde. Cuando llegué de la ciudad me la encontré con unos pantalones viejos y mugrientos, y sin peinar desde la noche anterior, después de haber raspado todo el barniz del suelo del cuarto de estar, sin más ni más. De modo que, todo furioso, agarré un palo de golf y salí a practicar un poco. Con el disgusto, me había olvidado por completo del entierro, y no me acordé hasta que vi venir el cortejo hacia mí por el sendero que bordea la cerca; desde donde yo estaba se veían las sepulturas con toda claridad, y ese día precisamente reverberaba el sol en diversos fragmentos de cacharros rotos, una cruz casera desvencijada y varios tarros renegridos llenos de agua de lluvia y flores secas.
Pasé mi poco de apuro, sin decidirme ni a seguir pegando a mi pelota de golf ni a suspender el juego, al menos mientras no se hubiese alejado lo suficiente la comitiva fúnebre. El carretón crujía y rechinaba a cada vuelta de las ruedas, avanzando con una marcha lenta y renqueante que se avenía bien con la pinta de los dos pollinos que lo arrastraban, despeluzadas por el roce las pequeñas panzas peludas, hundidas las cabezas entre las varas y amusgadas las orejas con aire de sumisión y encogimiento; todo a tono también con el grupo de hombres y mujeres que lentamente los seguían. El paciente asno. Creo que, observándolo, se comprende la razón de que este animal llegara a ser un símbolo bíblico. Mientras tanto, el cortejo llegó a mi altura y se paró, y yo tuve que dejar mi palo de golf. Sacaron el ataúd del carro —era de madera reluciente, barnizado de amarillo como los muebles baratos— y los asnos comenzaron a espantarse las moscas con las orejas. Petrus, Franz, Albert y el anciano padre llegado de Rhodesia cogieron el ataúd en hombros, y el cortejo siguió su camino a pie. Fue un momento de veras peliagudo. Yo me mantenía junto a la cerca como embobado, en absoluta inmovilidad; y muy despacio, sin mirar, pasaron los cuatro hombres doblados bajo el peso del féretro de madera barnizada, y detrás, rezagados, los demás asistentes al duelo. Todos ellos eran criados de la casa, o de las haciendas vecinas, a quienes conocía por haberlos visto de charla con los nuestros en el campo o en la cocina. Se oía el resuello del anciano.
Me acababa de agachar para recoger mi palo de golf cuando sobrevino una especie de conmoción en el fluir ponderado y solemne del cortejo; la sentí de inmediato, como una oleada de calor en el aire, o como una de esas corrientes frías que nota uno en las piernas cuando se baña en un raudal apacible. La voz del viejo murmuraba no sé qué; la gente se había parado, confundida; se empujaban unos a otros, quiénes pugnando por seguir adelante, quiénes siseándoles que no se movieran. Vi muy bien que estaban todos desconcertados, pero no podían desoír aquella voz; así las palabras oscuras de un profeta, aunque incomprensibles al principio, cautivan siempre el ánimo. El lado del ataúd que le tocaba cargar al viejo habíase vencido por una punta; como si el hombre quisiera deshacerse de la carga. Petrus le reconvenía.
El chiquillo que había quedado al cuidado de los asnos soltó los ramales y corrió a mirar. No sé por qué —como no fuera por la misma razón que la gente se agolpa en torno al que se ha desmayado en el cine—, pero es el caso que separé los alambres de la cerca y me llegué hacia el grupo.
Petrus levantó los ojos hacia mí —creo que hacia cualquiera que se hubiese acercado— con angustia y horror. El anciano de Rhodesia había soltado por completo el ataúd, y los otros tres, incapaces de sujetarlo ellos solos, lo depositaron en el suelo, en la misma senda. Una fina capa de polvo empañaba ya tenuemente su brillante superficie. No entendía yo lo que el anciano decía, y tampoco me decidía a intervenir. Pero todo el grupo bullicioso aguardaba expectante a que rompiera el silencio. El propio anciano se me acercó y me interpeló directamente, diciendo algo que no comprendí, pero debía de ser sorprendente y extraordinario, a juzgar por el tono en que eran pronunciadas las palabras.
—¿Qué pasa, Petrus? ¿Qué sucede? —inquirí.
Petrus extendió las manos, dio unas cuantas cabezadas histéricas, y luego, de pronto, alzó la vista y me miró.
—Pues dice: «Mi hijo no pesaba tanto».
Silencio. Hacíaseme perceptible el jadeo del anciano, que tenía la boca entreabierta como suelen los viejos.
—Mi hijo era joven y delgado —explicó al fin en inglés.
Volvió a reinar el silencio. Luego prosiguieron los murmullos. El viejo despotricaba contra todo el mundo; sus dientes eran pocos y amarillos, y lucía uno de esos magníficos bigotes grises, poblados y caídos, que no se ven ya mucho en estos días, y que se había dejado crecer en recuerdo de los primeros fundadores del Imperio. Parecía revestir todas sus expresiones de una especial solemnidad, quizá sólo por ser el símbolo de la tradicional prudencia de los años —idea tan terriblemente arraigada que todavía entraña algo pavoroso, de más allá de la razón. Consiguió conmover a todos; pensaron si estaría mal de la cabeza, pero no tuvieron más remedio que escucharle. Con sus propias manos, comenzó a tantear la tapa de la caja, pretendiendo levantarla, y tres hombres se adelantaron a ayudarle. Entonces se sentó en el suelo, y allí fue de verle, tan viejo, tan débil, que no acertaba ni a hablar, limitándose a levantar su mano temblorosa hacia lo que tenía delante. Renunciaba. Se lo dejaba a los demás. Ya no tenía fuerzas.
Todos se agolparon para mirar (y yo también), y todos olvidaron la índole de la sorpresa y la ocasión de pesadumbre en que se originaba, y por unos instantes sintiéronse transportados por la grata estupefacción de la sorpresa misma. Todos gesticulaban y se excitaban ruidosa y animadamente. Aún tuve tiempo de observar al chico que se había hecho cargo de los asnos saltando en todas direcciones, casi llorando de rabia, porque las espaldas de los mayores le impedían disfrutar del espectáculo.
En el ataúd yacía un sujeto al que nadie había visto jamás: Un indígena de constitución robusta y piel bastante clara, con el costurón de una cicatriz bien marcado en su frente: Reliquia quizá del golpe recibido en una pelea en la que hubiera sufrido también otras heridas de efectos más graves y tardíos, causa probable de su muerte.
Una semana me pasé discutiendo con las autoridades a propósito del cadáver. Tuve la impresión de que estaban consternados —es lo menos que se puede decir— por su propio error; mas con la confusión que aquel muerto anónimo representaba no acertaban a poner las cosas en claro. «Estamos haciendo lo posible por encontrarlo», me aseguraban, y «Continuamos indagando». Parecía como si en el momento menos pensado fueran a llevarme al depósito y a decirme: «¡Vamos!, levante las sábanas; a ver si encuentra al hermano del encargado de su gallinero. Hay tantas caras negras... ¿No será uno de estos?»
Y todas las tardes, al volver a casa, Petrus me estaba esperando en la cocina.
—Continúan buscando. No lo han olvidado. El baas está pendiente de tu asunto, Petrus —le decía.
—Diablos, el tiempo que debía estar en la oficina me lo paso dando vueltas por la ciudad, investigando el asunto —confesé a Lerice cierta noche, en un aparte.
Ni Petrus ni ella apartaban de mí los ojos mientras les hablaba, y cosa extraña, en esos momentos los veía exactamente iguales, por imposible que parezca: Mi esposa con su frente despejada y blanca y su talle delgado de mujer inglesa, y el mozo del gallinero con los curtidos pies descalzos asomándole de los pantalones caqui, que llevaba amarrados con cuerdas bajo las rodillas, y el peculiar tufo a sudor que brotaba abundante de su piel.
—¿Y por qué tan indignado y tan resuelto ahora? —me preguntó Lerice de repente.
Clavé los ojos en ella.
—Es cuestión de principios. ¿Por qué se han de salir siempre con la suya? Ya es hora de que estos funcionarios den con alguien que les obligue a moverse.
—¡Vaya, hombre! —exclamó.
Y cuando Petrus, en vista de que la conversación no era ya de su incumbencia, abrió despacito la puerta para marcharse, ella se largó también.
Continué sosteniendo las esperanzas de Petrus, una tarde tras otra, pero a pesar de decirle siempre lo mismo, y con la misma voz, la verdad es que sonaba cada día más débil. Al final se hizo evidente que jamás conseguiríamos encontrar al hermano de Petrus, ya que nadie sabía en realidad dónde estaba. Quizá en algún cementerio uniforme como el plano de un edificio, con un número equivocado, o acaso en la Facultad de Medicina, reducido laboriosamente a secciones de músculo y tiras de nervio. Dios sabe. Un ser sin identidad alguna en el mundo.
Fue entonces cuando, con voz avergonzada, me pidió Petrus que consiguiese la devolución del dinero.
—Por la manera de decirlo parece como si estuviera robando a su hermano muerto —comenté con Lerice más tarde. Pero como ya he dicho, Lerice había tomado el asunto tan a pecho que no era capaz de apreciar ni un asomo de ironía.
Intenté que me devolvieran el dinero; Lerice también. Ambos telefoneamos, y escribimos, y discutimos; pero no conseguimos nada. Al parecer el gasto más importante había sido el de la funeraria, que al fin y al cabo había hecho su trabajo. Total, que fue como haber tirado el dinero: un dispendio para los pobres diablos aún mayor de lo que yo imaginara.
El viejo rhodesiano venía a tener aproximadamente la talla del padre de Lerice, de modo que le regaló un traje usado de su padre, y el infeliz volvió a su casa mucho mejor, por ser invierno, de como había venido.
Poeta, dramaturga, novelista, actriz, diseñadora y bohemia inglesa (aunque luego se nacionalizó estadounidense). Sus trabajos bebieron de todas las vanguardias de principios del siglo XX. En París formó parte del círculo de Gertrude Stein, fue amiga de Djuna Barnes y frecuentó el salón literario de Natalie Barney (Loy es Patience Scalpel en "El almanaque de las mujeres", la obra que Barnes dedicó al círculo de Barney), en Roma se relacionó con el futurismo, con Papini y con el propio Marinetti, en Nueva York se integró en el grupo que se formó alrededor de la revista Others que incluía a Man Ray, William Carlos Williams, Marcel Duchamp y Marianne Moore, fue amiga de Ezra Pound y Tristan Tzara. Aunque muy influenciada por los futuristas, estos también sirvieron de alimento a sus sátiras contra el machismo del movimiento. En muchas ocasiones ha sido calificada de una modernista menor olvidando toda su obra en otros movimientos.
No hay vida ni muerte,
sólo actividad,
y en lo absoluto
no hay mortandad.
No hay amor ni deseo,
sólo tendencia a
Quien quiera poseer
es una no entidad.
No hay primero ni último,
sólo igualdad,
y quien quiera dominar
es uno más en la totalidad.
No hay espacio ni tiempo,
sólo intensidad,
y las cosas dóciles
no tienen inmensidad.
Una mujer anciana
El pasado se aparta
vagan acontecimientos
el futuro es una vaina sin semillas
el presente dolor. Ni siquiera la pena tiene aquella precisión
con la cual golpeó en la juventud. Años como polillas
corroen los órganos internos
colgando o cayendo
en un armario estropeado. ¿Tu espejo te confunde?
¿O es lo imposible
posible para la senilidad? ¿Cómo podría el antiguo
ágil y delgado yo
aquella silueta estrecha
venir a contener
esta incógnita enorme
esta abultada forastera
sólo para ser exorcizada por la muerte? La dilatación ha dominado
por completo tu larga realidad.
Songge Byrd
Para Isadora Duncan
Ave canora empujada por el escándalo
volaste sobre los hombres
los acariciaste
con las pumas de tus ojos
mirando sin la censura de la sorpresa
que como a ti
hizo descender de los cielos
a tantos dioses.
Traducción de Esther Sánchez-Pardo
Mis pies
Golpean las losas
Que son restos de tu caminar
El viento me llena los pulmones y la nariz
Con la suciedad de la calle blanca
Pájaros enloquecidos
Prolongando el vuelo hacia la noche
Sin nunca llegar
Varan voces en los confines de la pasión
Deseo Sospecha Hombre Mujer
Se concilian en la húmeda carnicería
La carne de la carne
Extrae el deleite indisoluble
Que atrapa besando entre jadeos
Será cierto
Que te he apartado
Intocable en tu cristalización absoluta
De todos los empujones de la multitud
Me enseñaron de buena gana a vivir para compartir
O serás tú
Solamente la otra mitad
De la necesidad de un ego
Que fustiga el orgullo con compasión
Hasta el superficial sonido de la disonancia
Y el estampido del aliento en fuga.
Traducción de Isabel Castelao
Las versiones de los poemas son las de Manuel Jiménez Lucena.
El primer poema pertenece a El interior de la ola (1957). Los otros dos poemas pertenecen a Astillas y cenizas (1948). El título en castellano de los poemarios puede ser algo diferente dependiendo del traductor.
Elegía de una mujer sin valor
Imágenes de un callejón de Bagdad
Partió sin que palideciera ninguna mejilla ni temblara ningún labio,
las puertas no oyeron la historia que contaron de su muerte,
no se levantó la cortina de una ventana ni se derramó la tristeza,
las miradas fijas vieron desaparecer el ataúd,
sólo los restos de un esqueleto hicieron temblar su memoria,
una noticia errante en las callejuelas sin hallar morada,
se refugió en el olvido de algún agujero
y la luna lloró su pena.
La noche indiferente se recogió, la mañana
trajo la luz, la voz de la vendedora de leche, el ayuno,
el maullido de un famélico gato hambriento
y la discusión de los vendedores; con la amargura,
con la cloaca de agua sucia por la calle, con los olores,
fue abandonada de las puertas de las azoteas, sin amigos,
casi en un profundo olvido.
Extraños
Apaga la vela y déjanos aquí desamparados,
somos dos partes de la noche ¿Qué significa el destello?
Cae la luz sobre quimeras en los párpados de la tarde,
cae la luz sobre algunas esquirlas de esperanza,
llamada por nosotros, llamada por mí, cansancio.
Somos aquí como la luz,
extraños.
El encuentro es el estupor, el frío como el día lluvioso
fue una muerte para mis canciones y una tumba para mis sentidos.
Las horas llaman en la oscuridad,
las nueve, las diez,
desde mi dolor escucho y cuento.
Preguntaba perpleja al tiempo:
Tú que sabes más, ¿para qué mi alegría
si hemos pasado las tardes como
extraños?
Pasan las horas como el ayer, cubriéndose marchitas,
como el ignorado mañana desconoce si será o no puro.
Pasan las horas,
y el silencio, como el aire de invierno,
les concede inundar mi sangre y ahogar mi aliento,
les concede susurrar en mi alma:
Bajo el remolino de la tarde sois
extraños.
Apaga la vela y los espíritus en la noche densa.
Cae la luz como el color del otoño.
¿No lo ves? Nuestros ojos están marchitos y fríos.
¿No lo oyes? Nuestros corazones están parados
y la extinción de nuestro silencio
es el eco de un temeroso aviso,
burlón de que nos volvamos
extraños.
¿Somos unos que traen el día?
¿Desde dónde empezamos?
El ayer no nos reconoce como amigos... y nos rechaza.
Saltamos el recuerdo como si no hubiera un día de juventud
en que algún amor precipitado nos recorriera
y nos olvidara después.
¡Ah! si volvieramos allí de donde somos antes de perecer
aún seríamos
extraños.
Grandeza
....No me preguntes, no hieras el secreto en mi alma,
no anules la grandeza de mi silencio;
si yo hablara, en cada frase
habría la tumba de un sueño y el alba de una mortal herida.
Si yo hablara, cómo temblarían los versos,
de tristeza e incapaces yacerían;
si yo revelara el profundo secreto
¿qué quedaría de mí si no los restos?
Si yo hablara, un temblor en mi vida
y en mi existencia imploraría hablar,
mi alma escondería mi silencio profundo,
mi corazón casi se quebraría.
Si yo hablara, si yo callara, dos gritos
profundos como la vida sangrarían,
todos mis secretos se encontrarían en ellos
y llorarían un verso, un amor y un fuego.
La vida sigue creando en mi rostro
una cruel máscara, desbordando agua sorda
y helada, y su veneno
esconde alguna grandeza.
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“El patriotismo es el último refugio de los canallas.”
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"Lo que se afirma sin pruebas puede ser rechazado sin pruebas" (La Navaja de Hitchens)
Christopher Hitchens, filósofo inglés.
"La mujer no puede liberarse bajo ninguna religión, ni cristianismo, ni judaísmo ni islamismo, porque las mujeres son inferiores en todas las religiones."
Nawal El Saadawi (psiquiatra, escritora y activista egipcia)
"Dime quién te lee y te diré cómo escribes"
Anónimo
"Tengo una historia maravillosa que contar, pero no conozco el modo de contarla"
Sherwood Anderson
"Las religiones se preocupan de la vida antes de la vida, se preocupan de la vida después de la vida, pero les trae sin cuidado la vida durante la vida"
Anónimo.
"Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia"
Derek Bok (ex-rector de la Universidad de Harvard)
"La Iglesia dice que la Tierra es plana, pero yo sé que es redonda, porque he visto su sombra en la luna. Por eso tengo más fe en las sombras que en la Iglesia"
Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
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Fernando de Magallanes (c. 1480-1521), navegante portugués.
"Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero."
El Niño Gusano (de su canción "Un rayo cae").
"Existe sólo un bien, llamado conocimiento, y sólo un mal, llamado ignorancia"
Platón (c. 428-c. 347 a.C.), filósofo griego.
"Prefiero ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán".
Paul Broca (1824-1880), cirujano y antropólogo francés.
“En primer lugar, acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de ese invento de que No Saber Nada es un signo de Sabiduría"
Isaac Asimov
No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue Paulina, pero lo que más recuerdo es Mango Street, triste casa roja, la casa a la que pertenezco sin pertenecerle.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
Lo escribo en el papel y entonces el fantasma no duele tanto. Lo escribo y Mango me dice adiós algunas veces. No me retiene en sus brazos. Me pone el libertad.
Un día llenaré mis maletas de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango. Soy demasiado fuerte para que me retenga. Un día me iré.
Amigos y vecinos dirán, ¿qué le pasó a esa Esperanza?, ¿adónde fue con todos esos libros y papel?, ¿por qué se marchó tan lejos?
No sabrán, por ahora, que me he ido para volver, volver por los que se quedaron. Por los que no.
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