Novelista, cuentista biógrafa, ensayista y poeta barcelonesa. Además hay que añadir su importantísima faceta de editora.
El cuento está recogido en el volumen "La niña lunática y otros cuentos" de 1996 aunque originalmente había sido publicado en la revista "El Semanal" del 14 de agosto de 1994.


El episodio había pasado a formar parte de la saga familiar y mucho tiempo después, cuando los hermanos rememoraban juntos su infancia (que parecía a trechos, tan dispares eran los puntos de mira, dos infancias distintas), Sara se refería a él, jocosamente y sin poder contener la risa, como «la increíble, sanguinaria y abominable historia de los pollos asesinados», y Oscar rectificaba, también jocosamente, aunque para él, y Sara tenía que saberlo, no se trataría nunca, ni aunque viviera mil años, de un chiste ni de una broma, «alevosamente asesinados».

El episodio había tenido lugar pocos años después de haber terminado la guerra civil, cuando la familia —él padre, la madre, los dos niños y una tía soltera, acompañados de una cocinera y una camarera— había abandonado el pueblecito, al que huyeran acosados por el hambre y sobre todo por los bombardeos que asolaban la ciudad, y habían regresado al piso que ocupaban antes de la contienda. Era un clásico piso del Eixample barcelonés, que se abría en la fachada por tres balcones de piedra al paseo arbolado y se asomaba en la parte trasera, a través de una galería acristalada —allí solían merendar los niños y hacer los deberes, y allí criaba la madre sus canarios—, a los patios interiores, donde crecían, entre buganvillas y geranios, cuatro magníficas palmeras y donde jugaban a la hora del recreo los niños del colegio vecino.

Sara acababa de cumplir ocho años, derrochaba energía por los poros, no le tenía miedo a nada, o a casi nada (Oscar, caso de haber sido preguntado, no hubiera sido capaz de establecer a qué le temía su hermana), y parecía decidida a comerse el mundo de un bocado (no había llegado todavía a ese momento inevitable en que las niñas, unas antes y otras después, descubren que el mero hecho de ser mujeres les pone muy difícil comerse el mundo de uno o varios bocados: en aquel entonces, el mundo, para Sara, consistía en la casa y el colegio y allí campaba a sus anchas, hacía y deshacía a su antojo, sin que le preocupara lo más mínimo que la tildaran de déspota y mandona, o en las clases —porque era además una excelente alumna— de sabihonda y empollona).

Óscar tenía seis años. Había nacido, comentaban los adultos, «en plena guerra civil», y al niño le parecía que estas palabras, sobre todo en boca de la madre, escondían un latente reproche, como si ya desde el comienzo hubiera hecho las cosas torcidas y al revés, y hubiera incurrido, si no en un delito, si en una gaffe espantosa, porque ya eran ganas de fastidiar nacer tan a destiempo y en tan inadecuadas circunstancias, cuando bastantes problemas de supervivencia tenían todos para cargar además con un bebé. Para colmo había elegido para nacer una noche de intenso bombardeo y había costado Dios y ayuda conseguir que una comadrona se desplazara hasta la casa, y, pocos días después, había abierto al mamar una grieta en uno de los pechos de la madre, que ésta no podía recordar sin que se le crispara el rostro del dolor. Y, sin embargo —le contaban—, se habían desvivido literalmente por él, se habían quitado todos la poca comida que tenían de la boca para que el pequeño y su hermana Sara no carecieran de nada.

Entonces, recién cumplidos los seis años, Oscar caminaba con los pies obstinadamente torcidos hacia adentro (cualquier día iban a tropezar el uno con el otro y se iba a romper él la crisma), tenía un ojo loco, el izquierdo, que, en lugar de acoplar su mirada a la del ojo derecho, miraba hacia donde le daba la real gana, estaba gordito y era el único niño del parvulario que no había conseguido ni una sola vez dar una voltereta a derechas: se le torcía el cuerpo a la mitad y se desplomaba de lado sobre la colchoneta. Huelga decir que ni se le pasaba por la cabeza comerse el mundo, ni siquiera un cachito, y que centraba todas sus energías y temores (si Sara no conocía casi ninguno, el niño era un genio inventándolos múltiples y variopintos, a cual peor) en que el mundo no lo devorara a él.

El padre era médico —un tipo racionalista, descreído y humanitario como pudiera serlo un científico del Siglo de las Luces— y trabajaba todas las mañanas, desde las ocho hasta las tres, en el hospital. Pero, en aquellos primeros tiempos difíciles que siguieron a la guerra civil, atendía, para desesperación de la madre, por las tardes en casa. Tenía el despacho en una de las tres habitaciones delanteras que daban al paseo y la sala de espera en la pieza contigua, y, como era un buen médico, pero no un médico caro ni a la moda, se llenaba la sala de espera de gentes en su mayor parte humildes, que la desbordaban a veces a lo largo del pasillo e invadían incluso el recibidor, peligrosamente próximos a la zona trasera del piso, donde la madre, cual una reina hipersensible y ultrajada (un punto ridícula en su pose de princesa del guisante), se había refugiado con un libro o una labor en su dormitorio, que no abandonaría bajo ningún pretexto hasta que hubiese desaparecido el último paciente, y hubiera aireado la criada las habitaciones y eliminado el rastro de tanta posible mugre.

Muchos de estos pacientes humildes que acudían a la consulta privada procedían de pueblos próximos a la ciudad. Seguramente se recomendaban el médico unos a otros, en un boca a boca extremadamente eficaz (se hacían cruces hombres y mujeres de su prodigioso ojo clínico, y las muchachas de la increíble brevedad de las cicatrices rastro de sus intervenciones quirúrgicas). Y algunos de estos pacientes satisfechos y agradecidos enviaban luego un obsequio, coincidiendo casi siempre con la Navidad. Solía tratarse de productos del campo: unas docenas de huevos grandes y oscuros, unas morcillas o un jamón de la última matanza, unas tortas caseras con aroma y sabor a anís que rezumaban aceite por los cuatro costados, un pote de miel, un saco de naranjas, y también, en ocasiones —provocando, justo es reconocerlo, una consternación general, no únicamente de Oscar—, un par de pollos vivos, que cacareaban y aleteaban torpemente con las patas atadas, a los que la madre no quería ni ver y que procuraba sufrieran el mínimo tiempo de cautiverio posible, pero a los que la cocinera de turno (él se había forzado a contemplarlo años después, ya en la adolescencia: ¿por qué no iba a poder soportar él algo que los demás, sobre todo los varones, sí soportaban) les cercenaba sin miramientos (y aquí reconoció Oscar adolescente que cuantos menos miramientos mejor, más rápido todo; no quería ni imaginar lo que hubiera sido una operación de este tipo llevada a cabo por alguien tan pusilánime con él) el pescuezo (como si no se tratara de un ser vivo, había pensado entonces, no más vivo que unos tomates o unas patatas que había que trocear antes de mezclarlos en la ensalada o meterlos en la cazuela, eliminado así el riesgo de cualquier posible identificación).

Pero esto tuvo lugar mucho más adelante, porque de niño, cuando tenía poco más de cinco años, creía, ingenuamente creía, porque así se lo habían dicho los padres —más puritanos en el respeto a la verdad que en ninguna otra cuestión y que nada castigaban acaso con tanto rigor como la mentira—, que aquellos pollos que habían llegado vivos a la casa, por más que la gente del pueblo los hubiera enviado como regalo con la intención de que se los comieran, no eran sacrificados entonces ni iban a serlo jamás, sino que eran llevados a una granja —¿qué iban a hacer las aves en un piso del Eixample?—, donde vivirían felices para siempre, sin otra ocupación ni compromiso que poner buenos huevos las hembras, cuando les viniera en gana, y cacarear los gallos anunciando el amanecer, para fallecer de buena muerte en el límite extremo de la vejez.

Y lo peor era que alguien —no recordaba Óscar quién, pero no los padres— había agregado a la mentira inicial otra mentira gratuita y en consecuencia peor, casi un escarnio aunque no fuera deliberado, al asegurarle a Óscar que los pollos se los habían cedido y eran de él. De modo que iba el niño como un idiota —razón tenía Sara cuando lo tildaba de auténtico idiota—llevando cuidadosa cuenta —con los dedos de una mano, de las dos, luego de los pies, acumulando palotes de colores en un cuaderno cuando los dedos no bastaron— de los pollos que iba reuniendo en el gallinero de una paradisíaca granja, y que podría ir cualquier día a visitar. Y hasta se lo iba contando a todo el mundo, sin que se le ocurriera relacionar una cosa con otra, ligar cabos, sin advertir la cara que ponían al escucharle cuantos estaban en el secreto, y de duda y perplejidad los que no estaban en él. Hasta que un día, cuando los pollos acumulados por Óscar eran ya más de cuarenta, Sara —en parte porque le irritaba que su hermano fuera todavía tan tontorrón y tan ingenuo, tan ajeno a las realidades de la vida, pero arrastrada sobre todo por la furia de una de esas escaramuzas fratricidas que jalonarían su infancia y buena parte de su adolescencia—, tras gritarle «¡idiota!», había adivinado qué era lo que más le podía herir y, a pesar de que no venía para nada a cuento, porque el motivo de la discusión (que Óscar ha olvidado hace mil años) nada tenía que ver con los pollos, había añadido: «¡A la fuerza has de ser idiota para tragarte el cuento de que no nos comemos los pollos que le regalan a papá, sino que los guardan para ti en una granja!».

Y ahí tuvo Óscar uno de los primeros atisbos —sin necesidad de escapar por tres veces, como Siddharta, y lanzarse a recorrer los caminos para encontrarse sucesivamente con un viejo, un enfermo y un cadáver: sólo con descubrir lo que ocurría en la cocina de su casa, que no era siquiera un palacio, aunque la madre se diera en ocasiones aires de reina—, los primeros atisbos, pues, de la existencia del mal, entrevió la faz brutal y oscura de la realidad, tuvo el presentimiento de que tal vez no vivía, no vivía nadie, en el mejor de los mundos imaginables, sino en un extraño y sombrío planeta poblado de seres vivos que subsistían, el hombre incluido, a base de devorarse los unos a los otros. Y lo más sorprendente era que todos cuantos vivían a su alrededor parecían encontrarlo normal.

«Claro que es normal», había dictaminado el padre, tras propinarle a Sara una buena regañina, tal vez por sentirse, en esta ocasión, también él culpable y pillado en falta. Y Óscar: «Entonces, ¿por qué no me dijisteis la verdad?». (Que los padres fueran capaces de mentir y de mantener esa mentira durante casi un año era tan escandaloso e inesperado como el asesinato de los pollos). Y el padre: «Cuando nos trajeron el primer pollo no parabas de llorar, por eso te engañamos, y después estabas tan ilusionado con la dichosa historia de la granja, que no sé a quién demonios se le ocurrió inventar, que no hemos encontrado tu madre ni yo el momento adecuado para confesarte la verdad. De todos modos, este asunto no es tan catastrófico como a ti ahora te parece. El mundo está hecho así, y, a medida que vayas creciendo, te irás acostumbrando».

Pero Oscar pensó aterrado que él no se acostumbraría jamás, que era otro de sus fallos incurables, como haber nacido en plena guerra civil, andar con los pies hacia adentro, mirar torcido o ser el único chico de toda la clase incapaz de dar una voltereta. Estaba desesperado ante la sospecha de que la tierra toda, la entera creación, era un puro dislate, un lugar plagado de terribles padecimientos y crueldades, en el que él no iba a poder sobrevivir, y de los que no era, para colmo, nadie responsable.

«Claro que conocemos al responsable, claro que hay un culpable», había dictaminado con energía el cura que estaba preparando a Sara para la primera comunión y que había tenido sin duda noticia de la parábola de los pollos (tal vez la madre se lo había explicado para que hablara con Óscar e intentara tranquilizarlo). «Los culpables son dos, Adán y Eva, nuestros primeros padres. Si ellos no hubieran cometido, incitados por el príncipe de los ángeles caídos metamorfoseado en serpiente, el pecado original, no hubiera penetrado el mal en el Paraíso, no se hubiera transformado éste en el valle de lágrimas que conocemos, no existirían todos estos padecimientos y crueldades que tanto te escandalizan, y, entre otras muchas cosas, los animales, incluido el hombre, no tendrían que devorarse los unos a los otros».

Pero estas palabras del cura, sin duda bien intencionadas, no disiparon la angustia del niño, sino que le sumergieron en una perplejidad mayor, pues ¿qué relación podía establecerse entre que la cocinera de su casa, las sucesivas cocineras de su casa y seguramente de todas las casas, que no le parecían aquejadas siquiera de una especial maldad, asesinaran a los pollos y el hecho de que Adán y Eva, sometidos por un Dios incomprensible a una prueba absurda por lo innecesaria (a los padres, que no eran Dios, no se les hubiera ocurrido jamás respecto a sus hijos una idea tan siniestra e incluso tan mezquina), se hubieran zampado, y ni siquiera entera, una manzana entre los dos?

Era casi imposible para un niño como Óscar (tan imaginativo y tan sensible, decían los padres y otros muchos adultos; tan miedica y tan bobo y tan blandengue, dictaminaba Sara), aceptar que sus pollos, innumerables veces contados (en aquel momento sumarían cuarenta y tres) y representados en el cuaderno de dibujo, no existieran ya en ninguna parte y hubiesen muerto para colmo de malísima y alevosísima muerte. De modo que andaban todos por la casa cabizbajos y con aire culpable, tratando al niño con especial mimo y cuidado, como si estuviera aquejado de una extraña dolencia. Hasta que Sara, que era la que había desencadenado la catástrofe, pero no parecía sentirse en absoluto culpable, se hartó de la situación y se enfrentó a su hermano: ¿qué era esa tontería de que no había ni sospechado la verdad?, ¿nunca le había llamado la atención que, al día siguiente de ver a los pollos aletear en la cocina, se sirviera pollo en el comedor?, y, por otra parte, cuando comía él un bistec o unas albóndigas o un bocadillo de jamón, ¿no sabía acaso que, para que ellos lo comieran, habían tenido que ser los animales previamente sacrificados?, ¿no sabía que los pollos, los terneros, los conejos, los cerdos, los pavos, eran criados con el único fin de ser alimentos para el hombre?, y había todavía algo más: ¿tanta diferencia suponía, tanto importaba, que se tratara de aquellos concretos pollos a los que había visto en la cocina, a los que se había empeñado en dar dé comer y de beber, en aflojarles o quitarles las ataduras, en acariciarles y hablarles como si se tratara de unos gatitos, y no de otros pollos anónimos, a los que personalmente no conocía?

De modo que los humanos, había descubierto el niño, ayudado por Sara y a raíz del incidente de los pollos —aunque poco importaba, porque lo hubiera descubierto de todos modos, antes o después—, incluso cuando eran tan delicados y exquisitos como la madre, muy amante de los animales e incapaz de matar por su propia mano ni a una mosca, o tan pacíficos y humanitarios como el padre, del que todos aseguraban que era un santo (un santo ateo, pero un santo), no podían dejar de comportarse como bestias carnívoras y depredadoras. Y no se limitaban a cazar y a pescar, sino que habían convertido buena parte del mundo, especies enteras, en un matadero.

E incluso él, cuando transcurridas unas semanas (no muchas, pero las semanas de la infancia duran casi una eternidad) se le pasó el berrinche y la congoja, volvió a comer sobrasada y mortadela y jamón en el bocadillo del desayuno o la merienda, y después unas croquetas, unas albóndigas, un bistec, una chuleta, y luego, sin pensar, una pechuga de pollo.

Y a pesar de que más tarde, a lo largo de su vida, no había permitido que lo arrastraran jamás a la matanza del cerdo en los pueblos, y había pasado en la adolescencia dos días de vómitos y fiebre tras presenciar la muerte (cataratas de sangre oscura brotándole de la boca) del primer y para él último toro de la primera y última corrida de su vida, a la que sí habían logrado con malas artes arrastrarle, y aunque no iba a permitir jamás que se introdujeran en su casa pollos o conejos vivos, y aunque, esporádicamente, la langosta elegida dentro del acuario o pataleando ya en las manos del maître, las piezas de caza colgadas por las patas traseras a la entrada del restaurante, las aves o el lechón que llegan a la mesa sin que se hubiera tomado la precaución de amputarles la cabeza para enmascarar así su carácter de cadáveres, le quitaran el apetito y lo indujeran a pedir una ensalada, y aunque siempre alguna de estas imágenes evocara, por un cortocircuito establecido en la infancia, la evidencia de que no era nuestro mundo —⁠se debiera o no al pecado original— un lugar mínimamente aceptable, lo cierto es que no dejaría nunca de comer carne e incluso regalaría abrigos y chaquetones de piel a algunas de las mujeres que había amado o creído amar. De modo que sí resultaría ser cierto el vaticinio del padre: la realidad era ésta y Óscar acabaría también por acostumbrarse.

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