Novelista, cuentista, poeta, ensayista y dramaturga mexicana. Ella dice que su estilo está profundamente influenciado por Borges y Cortázar. En su obra retrata la realidad de la vida contemporánea a través de personajes dibujados con un humor y ternura y nos muestra el mundo fantástico que se desarrolla detrás de las apariencias.Papá había hecho con nosotras lo que nadie había hecho con él: Querernos, mimarnos, jugar en la cama, bañarse en la fuente del jardín, darnos dinero y hacernos sentir a cada una que no podíamos vivir sin él. Así que a los cuarenta años seguimos todavía a su lado, dejando que nos quiera, nos mime, juegue con nosotras, nos dé dinero y nos haga sentir que no podemos vivir solas.
El cuento pertenece al volumen "La Señora Rodríguez y otros mundos" de 1990.
Mamá, por el contrario, hizo exactamente lo que habían hecho con ella: Sobreprotegernos, corregirnos e imponernos su voluntad, haciéndonos sentir que no podía vivir sin nosotras, lo cual era lo mismo que hacía papá, pero con otras palabras. En resumen el “no poder vivir sin...”, nos fue envolviendo: girábamos unos en torno de otros atrayéndonos, amándonos, repeliéndonos, cada vez más intensamente, hasta el día en que mamá murió. Salió de nuestras vidas con asombro de todos y la vimos alejarse despedida por la fuerza centrífuga que habíamos generado en aquel vertiginoso girar. Cuando la perdimos de vista nos dimos cuenta de que, tal cual ella lo había previsto, no podíamos vivir sin ella y entonces empezamos a morir. De esto hace ya cinco años. De pronto nos sentimos más niñas y antes de hacer algo pensábamos qué diría mamá. Nunca se nos ocurrió pensar qué diríamos nosotras mismas, pues sería ofenderla. Sus ropas seguían intactas en el clóset y nosotras seguíamos intactas vigilándonos como ella lo hacía. Con la muerte de mamá heredé a papá de inmediato, el resto hasta que papá muera, es decir, hasta que mamá lo permita, pues estoy segura de que ella va a venir por él en el momento preciso. Sí, porque mamá lo cuidaba igual que a nosotras, ¿cómo iba a abandonarlo así, para siempre? Por eso yo, en cuanto ella murió, me hice cargo de cuidarlo hasta que lo ponga de nuevo en sus manos. Es terrible pensar que algo llegara a sucederle a papá y que no pudiera entregárselo como me lo dejó. Afortunadamente, hasta ahora todo va bien, papá sigue queriéndonos, mimándonos, dándonos dinero y haciéndonos sentir que no podemos vivir sin él. Y yo cada vez me parezco más a mamá, es posible que en unos cuantos años ni yo note la diferencia.
Sin embargo, éramos felices. Papá amaba a mamá, mamá me amaba a mí, yo amaba a mi hermana, mi hermana amaba a mi papá y, en consecuencia, todos nos amábamos. Papá nunca hacía enojar a mamá. Recuerdo muy bien que a ella no le gustaban las lanchas de motor y papá nunca le compró ninguna. Por otro lado, no la necesitaba, no vivíamos en la costa, ni junto a un río, ni siquiera junto a un lago, así que mamá, que odiaba hacer el ridículo, se sentía feliz de no tener una lancha de motor en medio de la sala. Ella, por su parte, procuraba hacer enojar a papá para que demostrara su carácter ante nosotras y pudiéramos admirarlo más. Nosotras no sabíamos qué hacer con tantas muestras de cariño y no hicimos nada.
La famosa incompatibilidad de caracteres jamás se manifestó en nuestra familia. Mamá se entretenía en ser y papá en hacer, ¿qué mejor manera de adaptarse uno al otro?
Cuando yo me casé, no sé si no pude vivir sin ellos, o ellos no pudieron vivir sin mí, el caso es que antes del año me divorcié, en cuanto nació Toñito. El ahora tiene quince años y también es querido, mimado, educado y consentido por nosotros: Papá, mi hermana, que no piensa casarse nunca, y yo. Tal vez algún día lleguemos a reproducirnos sin necesidad del sexo opuesto, únicamente por el amor que nos tenemos. Aunque hace poco vi a Toñito devorar el retrato de papá, casi con furia. Debió haber tenido hambre el pobrecito. Los adolescentes son así, no entienden lo felices que son. Lo mismo sucedía con nosotras, mamá quería que fuéramos como ella y papá como él. Finalmente ganó el tío Quico, a quien conocíamos por una fotografía, pues se había largado hacía veinte años y nadie sabía de él.
Lo que sí tenía mamá es que era muy divertida. En las fiestas cantaba y bailaba durante horas y no se cansaba de que le aplaudieran. Ahora nos hemos hecho tan aburridos que, a pesar de lo felices que somos, no podemos disimularlo; y es que como ya dije, hace cinco años empezamos a morirnos. Por más empeño que pongo en parecerme a mamá, papá extraña las tardes del domingo, frente al televisor, con sus manos entre las suyas; las comidas un tanto insípidas de mamá, a las que ya estaba acostumbrado: su voz, su mirada, su apoyo... y cada día está más triste. Y por eso yo trato de bromear, contando la historia de su vida para hacerlo reír, pero acabamos llorando.
This entry was posted
on 17 julio 2026
at 16:55
and is filed under
cerda,
cuento
. You can follow any responses to this entry through the
comments feed
.

