Elena Correa - "Las niñas sucias"

Posted by La mujer Quijote in ,



Cuentista canaria. Hasta donde yo sé, solo ha publicado un libro de cuentos.
Este cuento pertenece a "Niñas sucias" de 2025.





Todos los días quedamos al salir del colegio. Comemos rápido, hacemos la tarea, nos ponemos un chándal viejo y nos encontramos en la plaza del pueblo. Recorremos los alrededores; entramos en el camino de las pencas y raspamos la cochinilla. Machacamos esos insectos contra las piedras hasta que forman un amasijo rojo del color de la sangre. Nos pintamos las uñas y los labios. Si alguna trae un Nenuco viejo y desgreñado, le dibujamos lágrimas rojas con ese amasijo colorado. Llevamos tomates maduros y se los echamos a los lagartos que chillan mientras los devoran.
A veces hacemos un tejo grande en la plaza de la iglesia y brincamos a la soga. Las viejas nos miran: siempre estamos llenas de mierda, con los pelos rebujados y los pies descalzos. Cuando llegamos a casa por la noche, nuestras madres nos pegan con una vara de palmera seca. Con el culo encarnado nos vamos a la cama y deseamos que llegue el día siguiente para vernos en el colegio.
Las estaciones pasan, pero el tiempo siempre es el mismo: el sol nos tuesta todo el año y estamos tan morenas que nos confunden a unas con otras. Los fines de semana nuestros padres nos dejan ir a la playa, que se vacía en otoño, invierno y primavera. Las olas rompen en nuestras canillas y jugamos a ahogarnos hasta que estamos a punto de perder el conocimiento. Nos secamos en la orilla y luego nos lamemos unas a otras la sal de los brazos y de las piernas hasta que se quedan unos caminitos húmedos en la piel reseca.
Cuando llega el verano, el pueblo cambia. El sol quema con más fuerza, se acaba el colegio y las calles se llenan de niñas rubias. No las entendemos, ni a ellas ni a sus padres. Hablan en otro idioma, tienden sus toallas en la primera fila de la playa y pasean por la plaza de la iglesia. Borran las marcas del tejo con sus sandalias de purpurina.
—¡Hola! ¡Jelou, jelou! —dice una de nuestro grupo que siempre sonríe a todo el mundo. Tiene las paletas torcidas y amarillentas. Su madre, Carmita la peluquera, las tiene iguales. Les enseña un Nenuco con las greñas trasquiladas; intenta dárselo a una niña rubia que lo tira al suelo y se limpia las manos en su falda rosa.
—¡Buah! Sucks! —grita la niña, y todas se ríen de manera escandalosa, como si fueran lagartos comiéndose tomates maduros. Salen corriendo y repiquetean sus sandalias nuevas en los adoquines calientes.
Las madres se ponen nerviosas, los padres salen más a pescar. Los bares se llenan y las calles también. El calor es asfixiante y no podemos ir descalzas. ¿Qué va a decir toda esa gente de ustedes? ¿Que son unas salvajes?, dicen nuestras madres mientras nos ponen unas cholas viejas que nos hacen daño entre los dedos. Ahora ya no podemos quedar después de comer porque tenemos que coger huevos, ir a ayudar al bar de la esquina, barrer la entrada de nuestras casas y ayudar a las viejas a hacer dulces para venderlos por el pueblo.
Las niñas rubias parecen las barbies que vemos en los escaparates de las jugueterías. Cada vez que pasamos por delante de ellas, les hacemos un corte de mangas. La de las paletas torcidas sonríe y las saluda agitando la mano. La empujamos y a veces la agarramos por las greñas oscuras. Antes, le iba con el cuento a Carmita la peluquera. Entraba a la peluquería chillando a grito pelado, con las lágrimas cayéndole por la cara sucia. Ya no llora ni se queja: está acostumbrada. Si nos ven los vecinos por la calle, se lo dicen a nuestras madres para que nos peguen con la vara de palmera.
—No nos gustan las barbies —decimos un día mientras le cortamos el pelo a un Nenuco viejo con unas tijeras de cocina.
La de las paletas torcidas intenta siempre guardar uno, esconderlo para que no le cortemos la melena. Quiere conservar su pelito rubio a buen recaudo, como si fuera el bebé de una de las niñas rubias. A veces nos pasamos horas escondidas en los corrales de las cabras, aunque haya moscas, hormigas y lombrices. Calladas, hablamos entre susurros, para que nadie nos descubra, para no tener que ayudar en el bar o limpiar el pescado que traen nuestros padres.
Los viernes por la tarde, los hombres colocan banderines de colores en la plaza: los sábados hay baile y viene una orquesta. Los padres y las madres de las niñas rubias beben sin parar. Los domingos nuestras madres no nos dejan salir a la calle hasta por la tarde porque los hombres rubios siguen en la plaza de la iglesia, gritándose unos a otros, vomitando en las papeleras y meando en los árboles. Las niñas rubias hacen castillos en la arena negra.
Sus cuerpos flacos y blancos destacan en nuestra playa. Juegan con Nenucos limpios que llevan bañadores de colores pastel. Se meten todas juntas en el agua agarradas de las manos. Nosotras miramos desde el paseo, porque cuando las rubias están en la playa, nuestras madres nos prohíben bañamos. Por la tarde, las niñas rubias comen helados de fresa, de chocolate o de vainilla de la heladería del paseo. No se les derriten ni les chorrean por las manos. Las miramos con la frente sudorosa y ellas nos sacan la lengua, que tiene el color de los helados.
El verano pasado, una niña rubia se separó del grupo, vino con nosotras y jugamos a las ahogadillas con ella. El mar estaba revuelto. Cada vez que sacaba la cabeza, apretábamos fuerte hasta el fondo. Queríamos que se pinchara los pies con las rocas picudas. Queríamos que la sal le entrara por la boca, la nariz y los pulmones. No le daba tiempo a gritar ni a hablar, ni siquiera podía abrir los ojos.
—¡Paren! ¡Paren! —chilló la de las paletas torcidas. Lo dijo tan alto que la marea no tapó sus gritos.
Los padres rubios se acercaron a la orilla y soltamos a la niña. Tenía los ojos rojos, no supimos si por la sal o de tanto llorar.
Durante todo el verano, nuestros padres salen a pescar por la mañana y por la tarde, a veces hasta la madrugada. Las madres hacen mermeladas, tartas y dulces secos. Los padres de las niñas rubias desayunan huevos todos los días. A las gallinas no les da tiempo a poner. A las viejas les entran nervios y les dan de comer hierbajos frescos, que recogen cuando baja el sol. Pero, aun así, no son suficientes.
—A buscar huevos al pueblo de al lado —dicen nuestras madres.
—No queremos —gritamos. Las varas de palmera seca vuelven a zumbar como abejas.
Nos vestimos con el chándal viejo y caminamos una hora de ida y otra de vuelta por la vereda de piedra. Volvemos de noche con los pies llenos de ampollas. Tiramos huevos contra las paredes de la iglesia. Al día siguiente, las varas de palmera zumban como abejas. Los padres rubios desayunan huevos fritos con salchichas.
—Las niñas se tienen que ir del pueblo —decimos mientras aplastamos la cochinilla contra una piedra caliente.
Nos miramos con las manos manchadas de rojo y la frente sudorosa. No nos hace falta decir nada, asentimos y nos sonreímos unas a otras.
El sol de finales de agosto baña las calles. Las viejas se abanican con trozos de cartón en las puertas de las casas. Bajamos a la playa a la hora de la siesta. No tocamos en la puerta de la de las paletas torcidas ni tampoco en la peluquería de Carmita. Pasamos por delante de puntillas, agachadas. No hacemos ruido, pero vemos cómo alguien corre la cortina de croché de su ventana.
Las niñas rubias se tuestan al sol, rojas como los helados de fresa. Los padres duermen debajo de la sombrilla. Nos acercamos a ellas.
Jelou. Jelou. —Las saludamos con la mano.
Ellas nos miran como si fuéramos las cabras de los corrales. Les enseñamos un Nenuco limpio, con el pelo rubio y ropa azul pastel recién estrenada. Nos sonríen, con los dientes blancos y pequeños. Se levantan de la toalla y, silenciosas, nos siguen en fila.
No pasamos por delante del bar, ni de la plaza, ni por la puerta de la casa de las vecinas. Vamos por el camino de tierra a la zona de las pencas. Ellas se dan codazos, se ríen y murmuran cosas que no entendemos. Las pencas proyectan sus sombras oscuras en el camino. Las niñas miran nuestro escondite de Nenucos viejos, con la cabeza rapada, llenos de mierda. Levantan la nariz y el labio. Se los damos y los acunan como si fueran madres rubias que necesitan proteger a sus criaturas.
Mientras mecen a los muñecos, nosotras raspamos la cochinilla de las pencas. La machacamos contra las piedras. Formamos un círculo alrededor de las niñas rubias. Agarramos a la primera, que chilla como los lagartos cuando tienen hambre. Las tijeras de cocina cortan. Los Nenucos caen al suelo. Las niñas rubias intentan correr. Las sandalias nuevas se les resbalan en los riscos calientes. La purpurina se desprende y se esparce por la tierra. Las agarramos. El pelo cae sobre el suelo de tierra. Escuchamos carreras por la vereda y vemos el polvo levantarse.
—¡Paren! ¡Paren! —grita la de las paletas torcidas.
Le cerramos la boca para no ver sus dientes amarillos. Ella muerde, clava, llora. La sangre chorrea. Las tijeras zumban como varas de palmera. Su pelo negro y desgreñado cae sobre el de las niñas rubias. Lamemos sus pieles blancas y saladas, como si fuera un helado de fresa o vainilla, y pintamos lágrimas rojas en sus caras coloradas.

This entry was posted on 23 junio 2026 at 17:53 and is filed under , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

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