Novelista, cuentista y ensayista chilena.
El cuento pertenece al volumen "No aceptes caramelos de extraños" de 2011. La autora indica que versiones de esos cuentos ya habían sido publicados anteriormente en diversas antologías y revistas. Desconozco dónde fue publicado por primera vez este cuento.
Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba.
Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia.
Clarice Lispector
Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia.
Clarice Lispector
Tres tristes tigres. Me entristecí tanto cuando llegaste por la entrepierna de mamá. Fue en un entreabrir y cerrar de ojos. Ese día nadie me vio. Yo estaba arrinconado contra la pared. Vino mucha gente y todos pasaban rápido con paquetes envueltos en cintas rosadas. «Qué bonita la niñita, es igual a la mamá, sacó sus ojos celestes». Pequeña querubín, quebraste el triángulo perfecto que teníamos con papá y mamá, mis siete años de reinado. Ahora formamos una ronda imperfecta donde debo renunciar a uno de ellos. Cría, criatura, no cabes en mis dibujos: una casa con chimenea y dos ventanas: una, de la habitación de los papás; y otra, de la mía.
Envolver a mi hermanita en una bolsa negra de plástico. Con esa idea me despierto en las mañanas. Depositarla con cuidado entre los tarros de basura, como en las noticias, abrigar todo su cuerpecito con una funda negra. Si el tercero que pasa frente a la ventana es mujer, no repito de curso. Si piso más allá de la línea de la vereda, le gusto a mi vecina. Me quiere mucho, poquito, nada. Camino por la ciudad cruzando pasos de cebra, contando siete rayas perfectas, cinco grandes y dos pequeñas cebras galopando con más patas de las que era de esperar, la cebra grande seis, cruzo con los ojos cerrados, escucho el rumor de los motores prendidos. No, nadie va a pasar. Es una apuesta, yo voy a ganar.
Te observo dormir en tu pequeña cuna. Siseas, chasqueas la lengua, de pronto suspiras algo semejante a una sílaba. Cuando duermes nos das unas horas de tregua, una posibilidad de calma. Hay tanto silencio en casa cuando por fin duermes. Pese a que eres una extraña acá, tengo que reconocer que hay algo de nosotros en ti: el modo cómo arriscas la nariz al mismo tiempo que tensas el entrecejo. Esta es la mejor forma de decirlo: tengo una hermana de mi misma sangre, pero ha venido a arruinar nuestra vida. Acaricio las pelusas, el pelillo erizado de tu cabeza ovalada como huevo. Sal, sal, este huevito es para mí. ¿No te gustan mis mimos, mis arrumacos, tanta monería que te hago? La hebilla metálica de papá destella contra la luz cada vez que me sorprenden con las manos encima de ti. Por qué no le dices que es sólo un divertimento de niños. Traidora, minúscula traidora. Papá se está enamorando de ti, te mira obnubilado. «Preciosa, hermosa, mi reina», dice una y otra vez. Abandonará a mamá por tu culpa. Mamá no es la misma, ahora se sienta con las piernas abiertas, los calzones a la vista. Tiene ojeras violáceas. Ya no usa aros ni se pone perfume. Cuando papá la abraza por atrás, ella lo esquiva. La mejilla desviándose de un beso insulso. Papá encogiéndose de hombros. Tú no conociste a esa otra mamá alegre y juguetona. Hoy en día ella es una jaqueca permanente, hundida en el agotamiento, con las encías inflamadas como esponjas, todo el santo día tendida en la cama. «Mamá, ven», la llamo para que vea mi nueva torre de legos, «Me duele la cabeza», responde. «Perdona, pero no dormí nada anoche», agrega. Desde que tú llegaste mamá no me toma más en brazos. Deja la bandeja de la comida intacta en el velador. Apenas la veo en la oscuridad de su habitación, cuando quiero abrir las cortinas, me dice «no, la luz me molesta». Todo le fastidia, incluso yo. Creo que ha dejado de quererme, se deja de querer despacio, se deja de querer de desilusión en desilusión, entre el fastidio y la tristeza. Papá habla por teléfono con el doctor y sólo escucho un «sigue igual». No sé cómo ayudar, basta de mamadas, basta de llantos, de trasnoches.
Ayer mamá se puso un vestido lindo y se maquilló, me propuso salir a pasear a la plaza, yo pensé que todo era como antes, pero cuando estábamos en la puerta, tú despertaste con inconsolables gemidos, «pero si le acabo de dar leche», «estaba profundamente dormida, quizás tiene un gas». Mamá temblando en la puerta, yo arriba de la bicicleta con un pie en el pedal, «vamos, vamos, ya se va a callar, que llore hasta que se canse». Mis latidos se aceleran, «me lo prometiste, mamá», mamá divagando, musita «es la escala de Edimburgo», «qué cosa», «nada, nada». No estaba verdaderamente molesta conmigo, aunque actuara como si lo estuviera, como si verdaderamente estuviera molesta. No volví a ver más la palma de sus manos, ni a abrazarla acariciando la parte posterior de su cuello.
En las noches permanezco con los ojos abiertos contemplando el techo. Una oveja, dos, tres ovejitas, brincan encima de una reja, te muerden el cuello, te arrancan los ojos. En mis sueños tu silueta se disuelve una y otra vez en la penumbra. Juguemos a algo, seamos cómplices, guardemos un secreto entre los dos. Uno, dos, tres. Roza el cuchillito, la punta roma de la tijera cerca de los dedos rosados. Soy un lobo feroz que introduce su cabeza en tu cuna. No te asustes, es un disfraz, mi máscara preferida. Paseas impávida tus ojos redondos por el cuarto. Deseas el beso que me obligan a estamparte. Me miras con tu cara de luna llena o me devuelves un gesto cerrado como puño. Bebé cochina, olor a vómito fermentado. Qué agresión más grande el orín de los pañales. Bebé inmundo que trepas por las tetas de mamá, las succionas. Yo te enseñaré los nombres que llevan nuestras partes íntimas. ¿Por qué no me la mamas a mí? Suavecito, con ritmo, con tus labios transparentes.
Vamos a la cocina, ahí están los vasos, las cucharas, tus fotos sobre el refrigerador: con un gorro de lana, con una mantilla, con un chupete de goma. Ahí están los manteles, las cacerolas y los cuchillos. Te voy a cortar la lengua para que nunca digas nada. No muerde la lengua, lame, traga. La lengua dentro de la boca, podría atrapar el sabor que está a punto de extinguirse. Si prendo la cocina se quemará tu mano, tu cara, tu pie de ala de pollo. No, no juguemos con fuego. Mírame sin parpadear. Seré médico, abogado, padre, arquitecto, me casaré con mamá. Escondo la lengua, porque no digo lo que no tengo que decir. Desde que tú estás por acá, todo está a medias, desordenado, sucio.
A veces papá llega tarde, escucho el sonido de los pantalones de cotelé cuando sube la escalera apurado y entra a la pieza donde está mamá. Lo escucho desde que pisa el linóleo del vestíbulo, luego cuando sigue por los peldaños alfombrados. Cuando entra en nuestro cuarto, yo estoy listo para darle un beso y decirle «hola», pero él sumerge la cabeza en tu cuna y me ignora. Yo cuento uno, dos, tres, cuatro: sé retener el aire.
Benjamina que no hablas, balbuceas tonteras que nadie entiende. Papú, tata, papa, upa. Corre que te pillo, corre que te... ¿Cómo te llamas?, ¿cuál es tu seudónimo? Nómbrame, sólo eso te pido, llámame con tu primitivo lenguaje. No tolero que me mires sin saber quién soy, sin siquiera pronunciar mis sílabas. Tienes el tórax chato y las caderas estrechas. Te mueves sin gracia, balanceando piernas y brazos sin tener pleno control de nada. ¿Y si te llevo a pasear en el coche y te dejó en la mitad de la calle? «Le juro, mamá, me di vuelta un segundo y ¡zas! que no estaba la niña. Alguien la raptó, el hombre del saco o quizás fue una gitana que andaba echando la suerte en la plaza. Me quedé columpiándome toda la tarde por si volvía al lugar de los hechos».
Púber entrometida, qué es lo que quieres que entrevea en tus ojos escurridizos, demasiado plomizos aún para determinar su azul mestizo. Sí, me salió rima ¿y qué? Acaso no puedo hablar como un poeta. Me ofreces tu sonrisa lactante, yo entrecruzo las piernas y te sonrío de vuelta. Acaricio tu pelo entrecano y te doy un entremés crudo, pero alimenticio. Un bocado para tu hocico de pescado. ¿Quieres ser mi esposa, casarte conmigo para toda la vida o durante estos sesenta segundos? Le vendo los ojos a la gallinita ciega, que pierde una prenda por cada desacierto. Estamos en la pieza oscura, nos enfrentamos en las tinieblas. ¡Prenda, prenda! El ave de corral erró en una de sus carreras. Pero después quedé inmóvil, con la mirada en negro por el golpe que me acertaste al final del juego. Guíñame un ojo, chicoca, si eres tan lista, si sabes quién es el asesino.
Siamesa entrañable, fraterna consanguínea, juguemos mientras espero que te conviertas en mi novia, en mi señora, mi mujercita, mujerzuela. «Tráeme el diario, sírveme desayuno, el café me gusta más cargado y con menos azúcar». Antes de ayer supe que era el elegido. Soñé contigo, ya te habían salido los dientes. Pero sólo duraban unas horas y se te caían. Yo me los llevaba a mi boca y los iba triturando con mis muelas para escupirlos debajo de tus sábanas. Tu camita, un cementerio de incisivos, encías y molares. Nena, no te asustes, soy el doctor, expongo mi impresionante instrumental, late el corazón, tiene el trasero cocido, aceite todas las noches. «Abra la boca, la lengua afuera, diga aaa, respire profundo, abra las piernas; sí, sin miedo, es sólo para ver que todo marcha bien». Como todos los bebés, aúllas de hambre en los cojines de raso de los nidos, aún sigo aquí escuchándote, yo me pregunto cuándo te callarás o harás una pausa entre los lamentos. ¿Quieres que me deshaga de ella?, digo yo despacito cuando mamá se pasea nerviosa. «Hijo, ¿has dicho algo?». Pero ella llora, no deja escuchar lo que decimos en el antejardín, prestas más atención a su apetito voraz.
Mamá dice algo al teléfono: «no soy yo, no puedo cuidarla, temo hacerle daño». Observo a mamá, la piel transparente, el vientre redondo, las piernas flacas, la mandíbula temblando. Una vez simulé una caída estruendosa en el piso. Me dio la impresión de que mis huesos eran tablas como si yo entero fuera de madera. Mi madre corrió por las escaleras, buscó un paño y lo puso con sumo cuidado en mi regazo. Yo me quejaba, pero cuando vi que estaba a punto de romper en llanto, dije que estaba bien, que había sido sólo un tropiezo. Me llevó en brazos hasta mi dormitorio para asegurarse de que no me cayera, provocando otro desastre.
«Miguel, tu mamá necesita ayuda, la dejaremos tranquila, vendrá alguien a cuidarlos». Escuché inmóvil diciendo para mí mismo: «Mamá, has dejado de quererme, reconócelo, se deja de querer despacito, de desilusión en desilusión, de tristeza en tristeza». Me restregaba la piel de los nudillos, hasta arrancar un pedazo de piel que rodaba hecho una viruta; la verdad es que no sangraba por el sitio donde me había herido. Yo actuaba como si no supiera nada. Antes de que viniera el médico yo sabía que todo estaba terminado, que nunca más íbamos a ser la familia de antes. Lo sabía incluso antes de ponerme los calcetines y los zapatos para ir a conocer a mi hermana al hospital el día que nació. Cuando llegaron a casa, sólo por consideración a ella, actué como si estuviera contento con su presencia. Sentí toda la agitación de la llegada –regalos, bolsos, puertas– mientras estaba encerrado en el baño. Finalmente, bajé las escaleras mientras me repetía: «Nada ha cambiado, sigo siendo el chico que reina en su hogar, el chico que siempre le gana a los demás».
La niñera tiene una misión: asegurarse de que me porte bien, y que tú llores lo mínimo. Nunca dice nuestro nombre, nos trata con un genérico «niños». No se ha dado cuenta de que somos diferentes. Todas las tardes la señora arrodillada, con los brazos en el agua, me da un baño y luego me espera sujetando una toalla grande. La niñera nos lleva a la plaza y conversa con sus amigas. Me pongo a jugar en el cajón de arena, he llevado rastrillos, baldes y una pala. Cavé una zanja a lo largo, en movimientos mecánicos demasiado enérgicos. Me sentí un sepulturero. Escarbé otra pequeña zanja. Mis uñas se llenaron de granos de arena. Cuando me entristecí, comencé a hacer montoncitos. La niñera hablaba con la vecina, la escuché como si estuviera oyendo algo de lo cual no supiera nada: «la madre está mal de acá». «Acá» era un gesto que apuntaba con un movimiento de espiral a la sien derecha. Cuando ella hace el aseo y pasa bruscamente la aspiradora en nuestro cuarto pienso a juzgar por las masticaciones turbulentas de la máquina que parece tragar sillas, cortinas, juguetes; que un día podrías desaparecer por el tubo.
Hubo ocasiones en que me llamaron para que entrara a casa y estuviera impecable porque venían visitas a ver a mi hermanita, pero nadie reparó en mis pantalones limpios ni en mis zapatos lustrados. Escondo el chupete y te da un ataque, te pones roja, abres tu boca que es como una caverna de estalactitas. No me vengas con quejas, tranquilízate. No te alteres. Una voz llamándonos: «hijos, ¿qué están haciendo?». Creo que dije tu nombre muy despacio y cerré la puerta. Agito el cascabel para no escuchar tu llanto entrecortado, que ahora se convierte en hipo. Me tapo los oídos y tus chillidos traspasan mis tímpanos. Tomo el elefante de peluche y te hago mimos. No soporto que solloces. La trompa afelpada te toca los labios, arriscas la nariz. Te abrigo fuerte con la mantilla a croché que te tejió mamá mientras crecías impaciente en su barriga, desbordando su cuerpo monstruoso.
Bebé entrometido que sólo cruzas miradas conmigo, ¿qué te traes entre cejas? Yo te entronizo como la segundona, y yo como el primogénito. Acaricio mi corona de soberano, tú eres mi súbdita, pequeña holgazana, que sólo sabes dormir. «Arrurrú mi guagua, duerme mi angelito». Nuestros padres quieren enlazarnos, que nos sintamos uno, que te cuide cuando lloras, que te acompañe cuando estás sola; si pasa algo, yo tengo la culpa; yo soy el malo, el horripilante criminal. ¿Sabes?, estoy cansado de tanto entuerto. Meona, mamona, mocosa. Chiquilla sin dentición, ya te saldrán los colmillos que afilarás en la vida. Es hora de que te destetes. Enumero: uno-dos-tres; siempre hay un sólo ganador, el otro sobra. ¿Tú o yo? ¿A quién quieres más, mamá?; no mientas, no se puede querer a dos hijos por igual, no exactamente igual. No te conmuevas, no sientas pena de ti. Cabra chica, un gesto tuyo me irrita, un gesto de desprecio, una lengua pequeña que chasquea se burla de mis dilemas. ¿Por qué no te doy un baño? Se elimina tu olor ácido y te relajas. Tomo los patitos de hule que alguna vez fueron míos, abro la llave, escucho el siseo del agua, hago rodar las gomitas que flotan. Te quito el vestido, lo dejo en el suelo, me demoro, intento cubrirlo con un paño y te libero de los pañales mientras estaba atento a las burbujas del jabón cuando te puse desnuda en el agua tibia. Me observas con agradecimiento, se te achinan los ojos grises. Respira conmigo, vamos. Me envalentono, antes de saber a quién prefiere mamá te hundo en la tina. Es sólo un juego, no te pongas morada, te ves fea, es una broma. Uno... el único heredero del amor de mamá; dos... el preferido soy yo. Vamos trata de respirar. Tres. Uno. Dos. Tres…momia es.
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on 29 mayo 2026
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