Wame M. Molefhe - "Lluvia de Botsuana"

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Cuentista y autora de literatura infantil botsuanesa. Sus cuentos se pueden etiquetar como literatura social. En ellos está presente la situación de la mujer, de gays, lesbianas o trans o los conflictos entre tradición y modernidad en la sociedad de Botsuana.
El cuento pertenece al volumen “Ve, cuéntaselo al sol” de 2011.
La versión es la de Federico Vivanco.


Fue mi madre quien llamó para contármelo. Lo hizo, a esa hora intempestiva de la noche, cuando se transmiten normalmente los mensajes de que alguien ha nacido o muerto. Sentí la vibración del móvil que estaba en la mesita de noche.
—Sethu —dijo cuando atendí—, tengo que darte una triste noticia.
Supe entonces que sería grave. Era raro que mi madre me llamara por el nombre que solía usar cuando yo era niña, y más raro que no supiera elegir las palabras adecuadas.
—Kgomotso se ha marchado.
—¿A qué te refieres con que se ha marchado, mamá?
—Ha fallecido.
—No, mamá... ¿Cómo?... ¿Cuándo? —susurré.
Presioné el móvil sobre mi oído y esperé a que hablara. La escuchaba respirar, oía los latidos mi corazón en la cabeza. Me arrepentí de haber preguntado la causa de la muerte de Kgomotso, pero necesitaba saberlo, aunque yo misma despreciaba la forma en que la gente de Botsuana indagaba sobre la causa del fallecimiento de una persona; de la misma forma en que una enfermera buscaba en tu brazo la vena correcta de donde extraer la sangre.
—Se suicidó. Su cuerpo fue encontrado ayer. El funeral será este sábado. Y… Sethu, te dejó una nota.
¿Una nota? ¿Por qué Kgomotso se quitó la vida y por qué me dejó una nota? El miedo se esparció por mi estómago como quien deja caer una piedra en una gaseosa de cola.
Thato estaba dormido a mi lado. Dormía profundamente, como lo hace nuestro bebé, con la boca ligeramente abierta y un brazo envolviendo su cabeza.
¿Qué pasa si la nota de Kgomotso revela mi secreto? Me escabullí de la cama cuidando de no despertarlo, preguntándome si alguna vez volveré a dormir de forma tan plácida.
*
Cuando era niña la vida llevaba un orden. Los inviernos eran fríos y secos, los veranos calurosos y húmedos, tal como decía el libro de texto de geografía sobre el clima de Botsuana. Los días de lluvia corría afuera y chapoteaba dejando que el lodo se me escurriera entre los dedos de los pies. Agitaba mis manos al aire gritando «Lluvia, lluvia, hazme crecer», mientras me dedicaba a perseguir grillos blindados que aparecían con el arco iris como soldados en marcha.
Después de la lluvia, jugaba al fútbol descalza en la arena, y no me importaba que la gente me confundiera con un niño. Cuando el sol ardía, descansaba en la sombra con las piernas flexionadas y los codos sobre las rodillas. Mamá se acercaba de forma sigilosa detrás de mí, para aplaudir como un relámpago crepitante y decía «¡Sethunya! Siéntate como es debido, no como un campesino». Estiraba las piernas presionando los muslos, para parecerme más a una señorita.
En aquel entonces, Kgomotso era mi mejor amiga. Tenía diez años cuando su familia se mudó a la casa en nuestro callejón sin salida. Nos gustaba tumbarnos juntas de espaldas bajo el árbol de marula, cogidas de la mano, y succionar su fruta amarilla. Ella era una soñadora, incluso en aquel entonces. Le contaba una historia tonta y se partía de la risa. Decía: «Shhhh, Sethunya. Escucha. El viento me está susurrando mi futuro... escucha. Dice que un día volaré a una tierra lejana donde podré ser lo que yo desee».
Cuando mis caderas de niña ganaron volumen, las nalgas se redondearon y suavizaron y mis senos del tamaño de la marula se hincharon en el pecho, mamá me dijo: «Los niños son un problema. Huye de los problemas».
Pero ella no debería haberse preocupado. ¿Muchachos? No me interesaban. Era la persona más feliz del mundo cuando estaba con Kgomotso y no quería compartirla. Cuando todas las chicas de mi clase cuchicheaban y reían como tontas por los chicos, para indagar a quién le iban a preguntar si acudirían al baile de la escuela, a mí realmente me tenía sin cuidado. Aun así, les seguí el juego. No quería ser la rarita. 
A medida que crecía, la vida me puso a prueba. Casa. Colegio. Iglesia. En todas partes, parecía como si me estuvieran echando en un molde.
En la escuela tenía que memorizar qué hacía diferente el polvo a la tierra. Luchaba para recordar si había que barrer primero y luego abrillantar, abrillantar primero y luego barrer. En casa mamá preguntaba: «¿En qué clase de mujer te vas a convertir?». A medida que crecía, su pregunta mutaba a: «Oh, Madre del Amor Hermoso, ¿qué clase de esposa serás?». Me esforzaba por ser una hija obediente, una buena mujer.
Todos los domingos me vestía con mi conjunto floral de dos piezas para asistir a la misa matutina. Cada vez que el padre Simon advertía «el infierno arde más que el fuego» y ordenaba «expulsar al diablo», sentía llamas que chamuscaban mi cuerpo y me retorcía en mi asiento. Enseñaba en la escuela dominical, era parte del coro de la iglesia y temía al Señor. Quería con todas mis fuerzas ser hija de Dios y poder ir al cielo donde todos éramos familia y donde todos éramos felices.
Me esforzaba para apagar esa cosa que habitaba en mí y que impedía que me durmiera por la noche deseando estar con Kgomotso. No podía decirle que no a ella. Cuando me abrazó y me apretó contra su cuerpo, prometí que nunca volvería a suceder.
*
Mi amor por Kgomotso era como la lluvia de Botsuana. Impredecible. Se lo entregaba con moderación. Cuando ella respondía, yo contenía mi amor. Entonces se aferraba a mí, como un puñado de hierbas que crecían profundamente en la grieta de una roca, tratando de absorber la máxima humedad posible.
Pero Kgomotso estaba muerta... ¡No! Había partido a esa tierra lejana que soñaba con delicados rosas y verdes pasteles, donde el sol no brillaba demasiado y ya hacía un tiempo los corazones de las personas se secaban y endurecían como el biltong, la cecina. Al menos, este pensamiento me consolaba.
*
Reviví la última vez que la visité. Me había llamado, diciendo que necesitaba hablar. Nos encontramos en su casa. Cuando me abrazó, dejé que mis brazos se quedasen suspendidos. La noté distante; sus palabras moraron en mí, incluso después de haberme marchado, como charcos después de la lluvia, turbios y marrones, ocultos tras las rocas, debajo de la superficie.
*
—¿Piensas a veces en mí? —quería saber.
—A veces —respondo.
—¿Lo amas?
—Por supuesto. Es mi esposo.
—Tal vez podrías visitarme… de vez en cuando.
No respondí.
—¿Has pensado alguna vez en suicidarte?
Su pregunta me dejó perpleja. «Jamás. El suicidio es un pecado mortal», le respondí utilizando la voz de mi catequista dominical. Mis palabras paralizaron sus preguntas. Me preparó un café, con dos azucarillos, sin leche, de la misma manera que lo hacía yo.
Me observaba mientras yo comía la tarta que me había ofrecido; de chocolate, mi favorita. Pero pronto el silencio entre nosotras se hizo insoportable.
Me marché.
*
Aunque no quería, Thato me acompañó al funeral de Kgomotso. Era mi esposo y siempre hacía lo correcto; así era él. Condujo en silencio desde nuestra casa a la de ella. Me quedé mirando por la ventana preocupada por lo que la nota de Kgomotso pudiera revelar.
Su casa parecía más lejos de lo que recordaba, pero tal vez era porque Thato conducía despacio. La lluvia había removido el pavimento de la carretera, para crear un mosaico de gravilla, alquitrán y baches. Cuando íbamos acercándonos a su casa, vi a una mujer sentada sola a la sombra de la marula, el árbol donde solíamos estar con Kgomotso, fingiendo ante el mundo que solo éramos amigas.
*
Mientras Thato conducía, recordé cuando lo conocí. Yo tenía veintitrés años y él acababa de regresar del extranjero. Tocaba el órgano y cantaba en la iglesia. Me enamoré de su voz. Al cantar, las notas resurgían desde el fondo de su garganta y se expandían por el templo. Se reía fácilmente. Sus hombros eran anchos y me ganaba en altura; tenía que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos. Me había acompañado a casa, después de los ensayos del coro, durante algunas semanas.
Una noche me preguntó: «¿Tienes novio?».
—No.
—¿Y eso? ¿Cómo puede ser que una chica tan bonita y que su nombre signifique “flor” no tenga novio?
—Tal vez estaba esperando a que llegaras tú —le dije con una sonrisa.
Se rio, tomó mi mano y le dio vuelta para depositarla en la suya. Luego acarició la palma. Mi mano parecía diminuta sobre la suya, pero sus caricias eran suaves, como las de una mujer. «Me gustas», dijo, «mucho».
Sonreí. Le gusto a Thato. De todas las mujeres que tenía para elegir, me escogió a mí. Pensé en Kgomotso y retiré la mano. Me miró y dijo: «A veces te miro, Sethunya, y me pregunto si estás aquí conmigo».
Ao? Re mmogo, Thato. ¿Qué? Estoy aquí contigo. No me has visto nunca con nadie más, ¿no?
Negó con la cabeza y dijo: «Un día, Sethunya, me llevarás contigo, a ese lugar donde sueles ir».
Sonreí. Resultaba ser más simple que encontrar las palabras para algo que no podía explicar. En ese momento, aprendí que era más fácil mentir en mi lengua materna.
Después de un año de estar saliendo juntos, Thato envió a sus tíos a mi casa. Llegué a ella y olía a tabaco de ron y arce. Su tío, un fumador de pipa, había venido para decirles a mis tíos que su sobrino buscaba una segametsi, una portadora de agua. El aroma de la pipa no se había diluido en la habitación, cuando mamá ya estaba llamando al padre Simon para anunciarle «Sethunya se va a casar». Un mes más tarde llegaron diez cabezas de ganado, vivas, con Thato corriendo detrás. Nuestras familias habían hablado. Me convertiría en la esposa de Thato.
Vi orgullo en el balanceo de caderas de mamá al dirigirse hacia el banco de adelante en la iglesia. Mantenía la cabeza erguida como si estuviera portando sobre ella un cubo lleno de agua. Escuché cuando, en el verso final, las notas musicales que reproducía vibraban más alto que todas las demás. Sentí su placer mientras acariciaba las suaves sedas con las que dijo que me haría un hermoso vestido de novia.
Su emoción era contagiosa. El día de la boda, llevaba un vestido blanco con una larga cremallera y unas pinzas que me levantaban los pechos, y me rozaba desde los muslos hasta los tobillos. Tenía una cola que barría todas mis dudas debajo de la alfombra roja que conducía a la iglesia. Repetí las palabras del Padre Simon, que amaría y obedecería a mi esposo, tanto en la enfermedad como en la salud, y recité el resto de palabras destinadas a definir el matrimonio.
Cuando el padre Simon dijo: «Ahora los declaro marido y mujer», Thato levantó impaciente mi velo para besarme. Sonreí, recatadamente como una buena mujer. Con nuestras manos unidas, bailamos al ritmo de «Fiela, fiela, fiela ngwanyana»(1) mientras un grupo de extraños se concentraban conforme nosotros saludábamos a la congregación. Marido y mujer. Comenzó a lloviznar cuando salimos de la iglesia. Pequeñas gotas de agua se entremezclaban con el confeti mientras todos coincidían en que habíamos sido bendecidos.
«Recuerda agradecerle al Señor por darte un esposo tan maravilloso», dijo mi madre.
En la primera mañana de nuestra vida de casados, mientras descansaba junto a Thato, seguía lloviendo. Las suaves gotas golpeaban las ventanas con un tímido tamborileo, en contraposición a las tormentas de Botsuana que generalmente tronaban como si Dios estuviese enfurecido.
Giré la mano de un lado a otro y vi brillar mi anillo. Quería quedarme quieta en la cama y oír la lluvia; escuchar mis pensamientos. Cerré los ojos y olí a coco y fresa. Mientras me acordaba de Kgomotso, sonreí con tristeza.
—Dime, Sethunya. Sabes que puedes contarme lo que estás pensando —susurró Thato mientras trazaba mis labios con su dedo.
—Oh, solo estoy feliz por la lluvia —repuse, pero sus palabras lograron robarme una sonrisa haciendo que me escabullera de sus brazos. Si no hubiese hablado, estropeando mis recuerdos, me habría quedado.
Cuando Thato me dijo que me amaba, contuve mi cuerpo a la espera de otra sensación, la misma que me arrastraba en una ola cuando Kgomotso me rozaba el cuello con los labios. Cuando olía el dulce coco de sus cabellos, cuando sus labios sabían a fresa. Mis pezones se endurecían como si fueran ligeramente besados por una fría brisa y sentía calor en zonas cuyos nombres no podía pronunciar en voz alta. Luego ella tomaba mi mano entre las suyas y reposábamos juntas en su cama, volando a aquellas tierras que yo solo había soñado.
Pensaba en Kgomotso mientras yacía junto a mi esposo; en cómo el silencio no era una amenaza para ella, no la inquietaba como a Thato.
Recordé cómo le había hablado de él. Fue un domingo después de la iglesia, el día en que solía ir a verla. Esperé a que se acomodara en el sofá y luego tomé la silla más alejada de ella.
—¿Cómo te lo cuento? Sabes que me he estado viendo con Thato, ¿no?
—¿Viéndolo? Dijiste que era un buen amigo.
—Es un buen amigo... un muy buen amigo. Me ha pedido que me case con él. Le he dicho que sí. Nos vamos a mudar. Tiene un trabajo, en Johannesburgo.
Ella miró hacia otro lado, desconcertada como un pájaro que se da contra el cristal de la ventana. Luego me miró y dijo: «Pobre Thato. Estás cometiendo el mayor error de tu vida, Sethunya».
—Pero, Kgomotso, sabías que esto sucedería algún día. ¿Cómo quieres que termine esto? Vivo con el miedo a ser descubierta. Imagina la vergüenza. La policía... la cárcel...
—Ah, es tu vida. Sigue mintiéndote a ti misma.
No pude responder. No me acompañó hasta la entrada como solía hacerlo. Solo cerró la puerta principal cuando salí. No sé si me vio caminar hacia la verja. No miré hacia atrás. ¿Qué sabía ella sobre el amor legítimo?
Dejé de ir a su casa después de ese día, evité los lugares que ella frecuentaba. Cuando la veía por la calle, la saludaba con educación, como lo hacía con la gente mayor, «Dumela mma. O teng, mma?»(2). Cada vez que se mencionaba su nombre, fingía no escucharlo; o hacía eco de las palabras que otras personas decían cuando hablaban de ella. Le ponían motes horribles, decían que pretendía parecerse a un hombre, que todo lo que necesitaba era uno que la curara, que estaba enferma, que qué le pasaba a la chalada esa.
Pero cuando me encontraba sola, recordar a Kgomotso me llenaba de anhelo. Pensaba en sus ojos de liebre, que la hacían parecer adormilada, imaginaba acariciar su suave piel oliva y besar su nariz, que era pequeña y puntiaguda dentro de un rostro ovalado.
*
El sol brillaba cuando apenas llegamos a la casa de Kgomotso. Pero a medida que el servicio fúnebre avanzaba, unos nubarrones comenzaron a juntarse, igual a como se amontona el ganado. Pronto, la lluvia golpeó la tierra y lanzó al aire el olor del suelo recién mojado.
Había escogido un traje con cuidado y cubrí mi temor dentro de un uniforme de respetabilidad. Llevaba un vestido del tamaño de una tienda de campaña, un chal sobre los hombros, un doek en la cabeza y unas gafas oscuras de sol. Caminaba al lado de mi marido, con altos tacones que hacían ruido, como si estuvieran chapoteando o besando la tierra empapada. Me estaba comportando como una buena mujer motsuana.
Mientras bajaban el cuerpo de Kgomotso a la tumba inundada, el ataúd entraba chocando y dando golpes a los lados del hoyo. Los hombres lo rellenaron con sus palas provocando que el sonido seco del barro contra la madera devorase mi alma. Thato se quitó la chaqueta, cubrió mis hombros con ella y luego cogió también una pala. Observé los músculos de sus brazos mientras cubría a mi amante con tierra. Sentí el escozor de las lágrimas, parpadeé y parpadeé para evitar que cayeran.
Cuando entré en la casa para ofrecer mis respetos, la madre de Kgomotso me dio un sobre. Sentí que me observaba mientras le daba la vuelta al meterlo en mi bolso. Más tarde, lo saqué y lo abrí lentamente:

S
No pude soportarlo. Me voy a un lugar mejor.
Kgomotso


Eso fue todo. Después de leerlo lo doblé de nuevo.
Sus palabras fueron tan insípidas como la comida del funeral, pero lo entendí. Había firmado su nombre con su característico lazo gigante en la “g” y líneas dobles debajo. Recordé cómo solíamos practicar nuestras firmas.
—No presiones tanto el papel —le decía.
—No puedo hacer florituras como tú, Sethunya.
Quería llorar hasta quedarme sin aire. Quería vestirme de negro y quedarme tumbada como la tradición les exigía a las viudas, envuelta en el dolor, para que todos supieran que había perdido una parte de mí. En cambio, evité llorar, como los hombres. Nadie me dijo «Ao, qué desgracia. Pobre criatura. Ya pasará. Intenta ser fuerte».
Vi que Thato me miraba. No le enseñé la nota, tampoco me pidió verla.
La mañana después del funeral, acostada en la cama junto a Thato, empecé a echarla de menos. Me di cuenta de que debería haberme escapado con ella; deseaba que un día la encontrase en ese oasis donde todos eran felices.
Esto es lo que estaba pensando cuando mi marido tocó mi hombro. Pero me alejé de él y cerré los ojos.
Entonces nuestro hijo gritó: «Papá».
Vi a Thato salir de la cama y levantar a Lerang de la cuna. Lo trajo a la cama, se acostó y se lo puso sobre el pecho.
Nos acostamos juntos en silencio, mi marido, mi hijo y yo.


(1) Fiela ngwanyana es una canción popular que se canta y baila en los casamientos de la etnia tsuana. La canción se titula «Barre chica» y cuenta solo con dos estrofas que se van repitiendo constantemente: Barre, barre, barre, chica / barre chica / no comas en una casa sucia. Tu suegra es una arpía / una arpía de mujer / barre chica / no comas en una casa sucia. [N. del T.]

(2) Forma de saludo. [N. del T.]

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