Alfredo Molano Bravo - "Rosita, la Peligro"

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Cuentista, historiador, sociólogo y ensayista colombiano. Recorrió las zonas rurales de Colombia para conocer las otras realidades que la habitany en su obra muestra otra perspectiva sobre los orígenes y desarrollo de procesos sociales tan complejos como el de la violencia, el desplazamiento forzado y las problemáticas rurales. Carlos Arcos señaló que "las historias de Alfredo Molano son un recordatorio de que no hay víctimas anónimas de la violencia; todas tienen su historia, sus amores, sus fracasos; son historias de vida como la suya o la mía".
El cuento pertenece al volumen "Del otro lado" de 2011.


A Don Fermín, que tenía negocio de madera y pescado entre los Puertos —Leguízamo y Asís—, lo paró la banda de los Champas, por ahí abajito del Carmen, o sea en Tres Fronteras —Perú, Colombia y Ecuador— y lo aliviaron de cien kilos de cristal que llevaba listos y calienticos para entregar en La Tagua, al otro lado, sobre el río Caquetá, donde también el hombre tenía negocios y hacía cruces. Suponen las malas lenguas, que son siempre las buenas, que con armas también trataba. Cien kilitos valían tanta plata, que no se sabía contar. Los Champas, que eran gente de monte peruana y que antes se mentaban Sendero Luminoso, cometieron un error grande que muchos tuvimos que pagar: dejaron vivo a Don Fermín. No eran prácticos en la guerra o le tenían miedo al blanco. O, quizá, hasta gente temerosa de Dios era. O quién sabe qué les pasó, pero dejaron vivo al hombre, que para más veras era un paisa de Titiribí, Antioquia, muy echado para adelante, bravo y parado, pero peligroso como la misma culebra cuatronarices. Llegó escaldado al puerto, pero sin decir nada. Y siguió derecho para Urabá. Dicen unos que fue en Turbo, otros que en Chigorodó, no importa, lo cierto fue que contrató a un tal Vitamina, un cliente sin agüeros ni miedos ni querencias. Lo contrató al pormis, es decir, por la mitad de lo que los Champas le habían quitado: 50 kilos de espina de pescado, como llamaban la coca más pura.
El Vitamina llegó con sus cuatro pistolocos, todos expertos en sangre, detrás de los Champas, derecho a trochar monte. A encontrarlos a como diera lugar, guiados por ese mal que se les mete en la sangre a los quiñadores y que solo con otras sangres pueden aliviar. Los hombres contratados eran probados, nada se les daba cortando lenguas, mochando orejas, desprendiendo manos y patas, y, lo más cruel: sabían cortar los trapecios del cuello y echar al cristiano al río para que, sin esos músculos, no pudiera nadar y la sangre avispara las pirañas que al final daban cuenta del finado sin dejar huella. Cuando se contaba su maña, nadie creía hasta que veía los carramanes carcomidos. Revolotearon sus pistolas unos días por la montaña hasta que encontraron el trillo de los Champas y fueron descontando deudas uno a uno. Dar cuenta de sus muertes era la mitad del contrato. La otra mitad debía ser cobrada en Leguízamo y con guerreros de las FARC, porque siempre se había dicho que los senderos de allá y los farucos de acá eran los mismos. Este trabajo era más fácil que el que habían hecho en Perú porque la Armada de Leguízamo les dio la lista de milicianos o de gente que debían eliminar. Pero a cambio tenía que hacer la inteligencia que a los marinos no les gustaba hacer. Vitamina llegó con listado en mano: nombre del cliente, de su mujer, de sus hijos, de sus parientes y amigos; fotos del hombre y de su casa. Mejor dicho, ficha ubicada. Y comenzaron a liquidar, fueran o no enemigos, a dos manos. Lo mismo daba porque lo que contaba era que aumentaran los positivos, como se les llamaba a los finados hechos con esas mañas. La fórmula era la misma: necropsia, tiros por aquí o por allí, certificados por los mismos forenses de la Armada y al hueco como guerrilleros NN. Gente murió así, mucha gente.
2
A John Freddy le tocó administrar esa cara con que nació, en las buenas y en las otras, que son siempre las más. A las mujeres nos gustaban sus ojos y su trato, pero a la autoridad no le gustaba porque era parado y no se arrugaba. Así le pasó la vez que saliendo de aserrar, juagado en sudor y oliendo a monte, lo paró la Armada entrando a Leguízamo. Le pidieron papeles, pero ¿qué papeles puede tener un aserrador que anda con la mera camisa pegada al cuero y ensopada en sudor? ¡A ese ácido no hay plástico que le aguante! La cédula se le había derretido varias veces hasta que dejó de cargarla. Los infantes de marina no le entendieron. Y si le hubieran entendido, de todos modos se lo habrían cargado porque era una orden. Y se encontraron con ese negro, alzado como era. Les respondió en el mismo tono en que le preguntaron que dónde tenía los papeles:
—Los tengo debajo del colchón —y los miró a la cara.
No hay peor delito que mirar a la autoridad a la cara, se ofende, ella quiere que de entrada uno baje la cabeza, para llevarlo humillado al matadero. Él era moreno, como somos todos, pero más fuerte que muchos. Nada se le daba tumbando un cedro de 300 piezas. Por eso se le echó encima toda la patrulla entera. Todos querían dejarle la huella del puño en la cara y el culatazo en los riñones. Como perros envenenados se le fueron encima. Lo golpearon hasta que se desplomó y en el suelo lo seguían golpeando. Medio muerto le pusieron las esposas y al hombro lo metieron en el camión, atado de patas y manos como si fuera un marrano. Hasta ahí dieron cuenta los vecinos que vieron y que nunca hablaron. Se lo llevaron por desacato a la autoridad y por falta de papeles. A los tres días el expediente había cambiado y lo tenían preso por el traslado de siete fusiles de Sendero Luminoso a La Tagua para entregárselos a las FARC. El caso era grave. Todo se supo después, porque todo se sabe en este mundo de peleas. Como se supo que preso JF, maltratado, sangrando de la cara, sin comida, sin agua, sin poder pararse del suelo, una noche, noche ya, le vino un teniente de navío a decirle:
—Usted va a pagar por los fusiles, la pena de rebelión y terrorismo, que son treinta años; ya tienen listo todo para hundirlo: jueces, testigos, sentencia. Yo conozco el asunto porque soy abogado. Si usted no es de ellos, como dice, pues nada les debe y por ellos no va usted a pagar lo que no debe. Le dan la oportunidad de acogerse al programa de Justicia y Paz y entregarse. Por armas no se preocupe, que eso es lo que tenemos. Usted se entrega, se le declara reinsertado, se le fotografía y hasta una declaración a la radio puede dar. Total, sale usted libre de pelo y paja de este hueco. JF debió de mirarlo a la cara con esas lanzas y mandarlo para la mierda. En la escuela —contaba— el maestro se la tenía sentenciada porque dizque lo miraba como para matarlo. Él cerraba los ojos y entonces lo golpeaban con la regla para despertarlo. Con la primera plata que consiguió de niño pescando en los caños, compró unas gafas oscuras para ni mirar al maestro ni cerrar los ojos. De nada le sirvió el remedio porque en clase —decía el maestro— no se puede usar anteojos verdes porque dizque entonces el maestro no sabía si uno estaba haciendo mal uso de las manos. El niño no entendía. Sus ojos, que son, más que grandes, negros, han sido su caída. Eso de que los ojos son la ventana del alma ha sido para él una maldición porque la gente cree que, mirando como mira, está tramando algo o escondiendo lo de más allá. El caso fue que cada nada, en las calles de Asís o de Leguízamo o de La Tagua, la Policía, el Ejército o la Infantería de marina lo paraba, lo esculcaba, le pedía papeles a las malas y cuando él les levantaba la vista para mirarles los ojos, era ya hombre preso. No había nada que hacer. A la autoridad se le mete una cosa en la cabeza y de ahí no vuelve a salir, y como la cabeza de ella son los archivos de orden público, el que entra en ellos ahí se queda. Él no tenía nada que ver con las guerrillas, pero no iba a terminar su vida trabajando con la ley como cualquier sapo. Porque después de la reinserción vienen la colaboración, el señalamiento, el sapeo hasta de inocentes, porque la inteligencia echa mano de lo que puede y quiere. Dijo no. Firmó así su sentencia de muerte y alivió de pagos a Don Fermín, con quien JF había disgustado por negocios de madera.
3
Rosita es madrugadora y se despierta siempre antes de que suene el despertador, a las 4:30. Se sienta en la orilla de la cama, se recoge su pelo largo y negro sobre la nuca y se lo asegura con un caimán rojo. Aquel día algo le caminaba pierna arriba mientras buscaba con el dedo gordo las cotizas, porque no daba paso sin ellas. Les tenía asco a las culebras porque de miedos no conocía. Esa madrugada se sintió incómoda con un runruneo que se le encaracoleó en la cabeza sin mostrarle la cara. Más molesta porque aquel día, como todos los meses por la misma fecha, le iban a llegar a Leguízamo los mil galones de ACPM que entregaba en la base de la Armada y seiscientos para el motor que alimenta la planta eléctrica de la antena del celular. Siempre ese trámite la ponía nerviosa. Pero el barullo era más fuerte que el solo hecho de tener que ir a tratar con esa gente.
Ya había puesto el agua en la estufa para colar tinto cuando oyó que algo pasaba en el patio trasero, pero, como la perra no había ladrado, pensó que era el runrún. Esperó sin mover los ojos a ver si se trataba del meneo que hacía el animal con la cola al sentirla en la cocina. Un golpe seco y el grito de un «¡abra ya!» la sacaron de la ilusión. Largó al suelo la coladera con que iba a preparar el tinto, pero no abrió la puerta. Dio un par de pasos y miró por la hendija. Eran tres hombres malencarados que nunca había visto. El agua del tinto comenzó a hervir y ella, en vez de abrir la puerta que ya habían cogido a patadas, se puso a colar el café. Tumbaron la puerta y entraron los hombres engatillando sus pistolas.
—Identifíquese —gritaron.
—Esperen —dijo ella—, les estoy preparando el tinto.
—Nada —volvieron a gritar.
—Entonces, ¿para que soy buena? —les preguntó con picardía sorbiéndose el tinto.
—Para que firme este papelito, que es la orden de allanamiento declarando que no la hemos maltratado.
—Pero lo harán, como saben hacerlo —les reviró.
—Tiene derecho a una llamada, a un abogado y, recuerde —dijo uno de los hombres—: todo lo que diga podrá ser usado en su contra. Empaque un vestido y el cepillo de dientes porque nos vamos.
—Nos vamos no —les dijo ella—, me llevan, porque de aquí no salgo sino muerta o cargada.
Y cargada se la llevaron. ¡Quién no quería cargar esa mujer!
Rosita era llanerita, nacida en El Tablón de Támara, en Casanare, tierra cafetera. Había buscado el río Putumayo desde el día en que el Ejército bombardeó la vereda Cizareque, donde vivía con su familia. El viejo era uno de esos llaneros que todavía usaban bayetón para arriar una madrina de ganado y sabía darle consejos cantándole para amansurarla. Huyeron de las bombas con el mero encapullado. En El Yopal recuperaron el aire y se montaron en un bus para Sogamoso. El viejo tenía un hermano por los lados de Caquetá y se dio mañas de encontrarlo por teléfono aunque no supiera marcar los números. Así llegó primero a Florencia y por ahí se fue dejando llevar de las aguas hasta La Tagua, donde se estacionó y acabó de levantar la familia. Rosita se crio entre los cuentos del taita y los afanes de la selva. Vivía con John Freddy de vez en cuando. No eran pareja de asiento sino de ocasión, pero ella le había cuidado en cama la fractura de la cadera que le dejó un accidente de moto. Fueron seis meses de recuperación en los que Rosita le limpiaba la herida de la pierna todas las noches y cuando le quitaron el yeso al hombre, su mano fue subiendo hasta la cadera. O mejor dicho, hasta que se enamoró de él. Mientras se recuperaba, Rosita aprendió a manejar la moto del herido, aprendió a tramitar los papeles del combustible que entregaban en el río y tenía que subir hasta La Tagua para entregarlo. Aprendió a tratar con la Armada, a consignar, a cobrar y hasta hacerle el amor a JF sin molestarle la cadera.
En la Sijín le tenían el tamal preparado.
—Usted —le dijo un capitán— está acusada del delito de robo de combustible. ¿Qué tiene que decir?
—Nada —dijo ella—, yo tengo todos los papeles de la compra de combustible y puedo mostrárselos. No me la vengan a montar por ese lado porque se resbalan.
—Le damos una hora —le gritó el oficial— para que aparezcan esos papeles, certificados y sellados. Use la llamada a la que tiene derecho.
Rosita me marcó a mí, que soy su vecina y su amiga, porque JF no tiene teléfono. Yo busqué al hombre y saltando por el aire llevó el bulto de papeles rosados y verdes que le pedían. Todo en orden. Recibos de compra, permisos de transporte, sellos de entrega firmados por la gente que manejaba el motor de la antena como por el teniente que recibía la gasolina en el puesto de La Tagua. El capitán miró uno a uno los papeles, los manoseó y hasta los miraba de los dos lados. No encontró nada de qué prenderse. Acorralado, le dijo a Rosita:
—Lo que pasa y sucede, estimada señora, es que usted no solo le vende combustible a esta gente, sino a la otra. O, para ser exacto, a las FARC. Ahora, tráigame los recibos de esas entregas, o mejor, entréguese usted misma.
En la puerta estábamos JF y yo cuando la vimos salir esposada. La montaron en una camioneta blanca, blindada, con la que saben hacer sus porquerías. JF me miró como diciéndome le toca a usted seguirla para no perderla. Lo sabíamos. Era necesario que ellos se dieran cuenta de que alguien los seguía. Los seguí hasta que la encaramaron vendada en un helicóptero de la misma Policía y se la llevaron. En Asís la descargaron. Yo ya había llamado a una prima que tengo en ese puerto y ella, avisada, vio cuando la bajaban. Desde la malla gritó para que la oyeran:
—Rosita es inocente.
Más me demoré yo en llegar a la casa que la Policía en caerme. Estaba sacando la llave cuando me abrieron ellos mismos la puerta.
—Bienvenida —me dijo el capitán.
Eran cinco hombres armados hasta en los cachumbos; vestían con uniformes de combate, anteojos negros y botas de cuero. No se les veían los ojos y si supe el rango del capitán fue por la voz. Era el mismo que daba los zarpes para el transporte de combustible a La Tagua. Yo soy propietaria de una de las bombas de gasolina de La Tagua que todos conocen como «la de La Mona». Y con ese nombre comenzó el capitán.
—Mona: Usted y Rosita son socias de una línea de contrabando de gasolina y de venderle combustible a la guerrilla. Queda detenida.
No esperaron a que me cambiara de calzones ni que sacara una muda ni que pudiera avisarle a mi hermano. Nada. Me subieron a la misma camioneta en que habían llevado a Rosita y comenzaron a investigarme en una oficina oscura, sin ventilador, donde los pasos hacían eco. Temblé de miedo. De aquí no salgo viva. Me investigaron dos policías que se presentaron como el capitán Cortés de la Sijín y el teniente Pardo de la Armada. Me preguntaron por los negocios que tenía, por el dinero que tenía, por los carros que tenía, por los hijos que tenía, por los maridos que tenía. Les di razón de cada cosa. Razón y contrarrazón porque yo no tenía nada que esconder. Ellos fueron sintiéndose corridos; se inventaban una y otra cosa para martillar y para volver a martillar, porque hacían que yo les repitiera la historia no una, sino tres y cuatro veces. Me tenían soronga con tanta preguntadera. Ellos perdían la confianza que yo ganaba. A las tres de la tarde llamaron, me volvieron a esposar y me llevaron al aeropuerto de Caucayá. El Satena salía a las cuatro para Puerto Asís, Neiva y Bogotá, un vuelo que llega siempre a las nueve de la noche a su destino final porque siempre sale retrasado. En el avión todos me miraban porque todo el mundo me conoce. Yo les sonreía a todos como diciéndoles que miraran el atropello. El vuelo dura poco. En el Tres de Mayo me esperaba un operativo como si llevaran preso al mismísimo Mono Jojoy: agentes del DAS, infantes de marina, activos del Ejército, agentes de la Policía, dos tanquetas de la naval, tres camionetas blancas de vidrios polarizados de la Fiscalía. Un gran operativo. Me sentí honrada y me dio hasta risa. Desde entonces me llaman alias «La Mona». Se les excusa, los militares tienen que mostrar que trabajan, que hacen cosas muy delicadas, que les echan mano a grandes cabezas, que todos estamos infiltrados y que ellos saben hasta cuántas plumas tiene el Espíritu Santo.
A Rosita la habían llevado con una caravana igual a la base de la Policía en Asís. De entrada le volvieron a preguntar:
—¿Sabe usted por qué razón está detenida?
—No, señor, no sé —respondió Rosita mirándole los anteojos que hacían que el oficial pareciera una mosca gigante, cuya función es hacer más misterioso y peligroso el trato con un ser anónimo.
—Pues por rebelión. Usted es miembro del grupo terrorista Far.
—FARC, dirá usted —le corrigió ella con altanería.
—Llámela como se le dé su puta gana. Aquí son Far.
El militar la condujo a un cuarto pequeño, cerrado, donde no había ni un solo asiento, y le ordenó:
—Espere aquí a sus compañeros —acentuando el término con ironía.
Al rato oyó que me traían. Nos miramos y ella me saludó:
—Hola Mona, esta gente anda loca.
Nos dejaron solas. Pasaron las horas. Convenimos sin hablar de mantenernos calladas. Sabíamos que nos miraban y nos vigilaban. Pasaron horas.
Al anochecer solo habíamos comido un pan con gaseosa que nos trajo un infante. Al rato, un mando nos ordenó:
—Vamos a dormir al río.
Yo le dije a Rosita:
—Aquí fue, ahí vamos a quedar, ojalá balseemos al tercer día. Solté el llanto. Lloré a moco tendido. Cuando bajábamos por la plataforma que da al río, me dijo:
—Tranquila, Mona, que no se atreven. Están pagándole a Don Fermín. Él es el que los acosa.
Temblé. Rosita no murmuraba, le tenía recelo al río. Pero no nos dejaron a dormir en el playón sino que nos subieron a una cañonera de la Armada, con el argumento de ser nosotras dos personas de altísima peligrosidad. Dormimos en el suelo un rato antes del amanecer. Cada cual metida en su propio rollo.
A las ocho de la mañana fuimos entregadas a los fiscales que habían llegado de Bogotá. La rutina de siempre: nombres completos, edad, estado civil, hijos, ocupación, bienes, y la última pregunta de rigor:
—¿Es usted culpable o inocente de los cargos que se le formulen?
—Pero si no sabemos cuáles son —dijimos al tiempo.
—Rebelión —respondió uno de los fiscales, de anteojos él, ya mayor.
—¿Rebelión contra qué o por qué? —preguntó Rosita.
—Contra el Estado constitucional.
—¿Causa o razón? —preguntó otra vez.
Respondió el doctor, muy apacible sí:
—Colaboración con el terrorismo. Ustedes están acusadas de cambiarle a la guerrilla combustible por coca y de abastecerla de remesa, que a ustedes se la pagan también con clorhidrato de cocaína o «mercancía», que también llaman.
Quería hacer un chiste, o suavizar la situación, pero ni lo uno ni lo otro nos hizo sonreír. Nosotras no estábamos para juegos. Sin más vueltas nos llevaron al aeropuerto, nos montaron en un avioncito para seis pasajeros: dos tripulantes, dos presas y dos guardianes. Aterrizamos en Neiva a reabastecerse de combustible y al mediodía entrábamos al búnker de la Fiscalía. La acusación fue corta:
—Ustedes le venden a la guerrilla coca que sacan de vender combustible a los cocaleros en el río Caguán, en el río Orteguaza y en el río Caquetá.
—En qué quedamos, señor juez —le preguntó fuera del costal Rosita al fiscal—: ¿Les vendemos o nos venden? ¿Cuál es pues el trato con esa gente del que nos acusan?
El fiscal se limitó a decirle:
—Eso es lo que ustedes tienen que aclararle al Estado.
Mientras tanto, JF daba vueltas y revueltas para ayudarnos. Habló con medio pueblo. Hizo mil llamadas hasta que una ONG le aconsejó hablar con el doctor Carrascal, abogado experto en derecho penal. Había sido defensor de gente del ELN y del M-19. Sacó a muchos de la cárcel y a otros les evitó condenas de treinta años. El problema fue plata. Había que pagar sin remedio y sin tanto tire y afloje porque el doctor Carrascal era de pocas palabras: «Tanto». De ahí no se movía. Nos endeudamos a buena cuenta. Varios melones, uno sobre otro, hasta completar el guacal. Desde el Buen Pastor íbamos llevando las cuentas y asistiendo al juicio. La acusación no tenía mucha fuerza y la poca que tenía era la que Don Fermín le bombeaba para salir, él también, de su bollo. En Puerto Leguízamo y en La Tagua JF hizo una rifa de 10 millones que consiguió prestados. Todo el mundo sabía que no era una rifa sino una contribución para sacarnos de la cana y por eso la gente se tocó el bolsillo sin reparo. Ni boleta pedían, como diciendo: Si nos ganamos el billete, quédense ustedes con él para que esas mujeres salgan ligero. Salimos ligero, con deudas sí, pero sobre todo con el perro encima: Don Fermín.
4
Llevábamos tres meses libres y en paz, reponiéndonos del golpe. JF no convivía de plano con Rosita, ella es esquiva en amores. Él se quedaba alguna que otra noche en su cama. Por eso no lo echó de menos la noche que no arrimó. Cuando la planta del puerto se apagó, estaban matándolo de cinco tiros en la cara. Murió de rayo. La llamaron entre oscuro y claro para darle la noticia de que lo habían —dijo la voz— «desgraciado» en el río. Ella sintió en el pecho el golpe de la verdad, como si lo hubiera visto en sueños. Se medio vistió sin recogerse el pelo y temblando llegó a la base de la Armada.
—Nosotros aquí nada sabemos del caso. Busque en la Policía o si no, en La Tagua, puede que allá sepan. Aquí no ha entrado nadie con ese nombre.
Rosita, enloquecida, lo buscó donde le dijeron, pero no daban razón de nada ni de nadie. Encuelló a un policía y le gritó «malnacido» a un capitán, y nada. Por la tarde un infante de marina fue a decirle que el comandante de la base quería entrevistarse con ella. Estuvo a punto de mandarlo para la puta mierda, pero terminó corriendo al comando para saber lo que para ella había dejado de ser un presentimiento. El capitán de fragata no la miró de frente, le botó, mirando el río por la ventana:
—Está en el campo de básquet.
Ella le tiró la puerta y corrió por los corredores hasta donde encontró un cuerpo tirado en el piso, irreconocible porque los balazos le habían desfigurado la cara.
—¿Reconoce al occiso? —le preguntó un médico legista delante de los infantes que se agolpaban para gozarse la pena de la mujer. —No —dijo ella—, no reconozco ese pedazo de carne que dejaron ustedes muerto.
Rosita sí lo había reconocido por la ropa, pero se negó a darles el gusto. Les volteó la espalda y se fue. Regresó al día siguiente cuando fueron a buscarla de nuevo. Le habían lavado la cara con un cepillo de limpiar los pisos que estaba recostado al pie del tablero de básquet. Miró el cadáver, le levantó la camisa ensangrentada y les dijo:
—Sí, es él, reconozco la herida que le hice con mis propias uñas, malnacidos.
No dijo más. Desde ese día la llaman «La Peligro» y no por ella ni por su muerto, sino porque JF era un peligro con la moto, con la que ya se había se había dado contra el mundo matando gallinas, perros, marranos y hasta una danta, en la carretera que va de La Tagua a Puerto Leguízamo.
Al otro día, después de la necropsia y de las vueltas que yo le hice para enterrar a JF, que soltó ella misma en el hoyo, me dijo:
—Le dejo mi muerto a su cuidado. Me voy de esta mierda de país.
Y al Ecuador fue a dar.
No le habría quedado difícil viajar por agua hasta Puerto El Carmen, pero prefirió volar a Bogotá y de allí a Pasto para pasar por tierra la frontera en Ipiales. Tenía una prima hermana en ese pueblo de comerciantes y usureros y en casa de ella vivió unos días para orientarse y saber por dónde comenzar su nueva vida. La prima tenía amistades en Ibarra, una de ellas, la de un médico, propietario de una farmacia muy aprestigiada en el centro mismo de la ciudad. El hombre convino en emplearla, siempre y cuando fuera bien presentada. Por este lado Rosita las ganaba todas. Trampeó los papeles en Ipiales y pasó la aduana de Rumichaca como si fuera un pájaro. Llegó a Ibarra, la Ciudad Blanca, de nochecita y se encontró con su nuevo patrón, don Olegario Quiceno, en el parque Víctor Manuel Peñaherrera, donde funcionaba la farmacia, llamada de La Merced por dar cara a la basílica. El doctor Quiceno simpatizó con Rosita y al otro día estaba ya vestida con una bata blanca atendiendo a la clientela. Al principio el dueño la destinó a drogas menores, las que la gente pide para el dolor de cabeza, el dolor de muela, el dolor del cuerpo. Un medicamento con diferentes nombres que sirve para todo. Ella se fue amañando con los nuevos aires que respiraba en Ibarra. Dejaba atrás ese clima pesado, húmedo y oliendo siempre a sangre de Putumayo para vivir en un pueblo a donde se dice que todo viajero quiere volver. El patrón le ayudó mucho. Le adelantó el sueldo, le consiguió una alcoba donde unos parientes que le daban además desayuno y comida. Entraba a trabajar a las ocho de la mañana y llegaba caminando sin afán por las aceras. Le gustaba mirar el volcán Imbabura, visitar los domingos el monumento del arcángel san Miguel y con el tiempo la laguna de Yahuarcocha. No tenía gana de volver a tener más hombres en su vida y por eso a don Olegario no le atendió los perros que el tipo le soltaba. Quería vivir al escampado. Yo le manejaba el negocio de Leguízamo y de vez en cuando me pedía para comprarse una cosa u otra. Yo sabía que ella miraba, estudiaba la plaza y que cualquier día regresaría a hacer lo que tenía que hacer. No era mujer de rencores, pero a JF lo llevaba puesto.
Se fue familiarizando con el negocio. Al año, el patrón le soltó el mando y ella se le hizo irreemplazable. Era la prenda de la farmacia y muchos clientes llegaban a manosearla con los ojos. Ella lo sentía porque sentir era lo que sabía. Fue clasificando a los compradores, a los distribuidores de medicamentos; calibrando a don Olegario, a su familia; preparando el terreno. Despachaba pedidos a pueblitos cercanos: Urcuqui, Atuntaqui o Angochagua. Recibía cargamentos de «droga blanca» mandados desde Quito. Ella tenía las riendas de todo, hasta el día en que la mujer del patrón estalló en celos. Rosita se hizo a un lado y pegó para la capital a rebuscarse sin ayuda. No quería deberle a nadie porque lo que andaba calentando entre silencios era pesado. A Quito llegó derecho a un Internet. En la misma estación de buses entró directo a www.empleo.com.ec y allí encontró una oferta inmediata de trabajo en un colcénter. Esa misma tarde revoloteó alrededor de la oficina antes de presentarse. La atendieron con un «¿Tiene papeles? ¿Tiene hoja de vida?». Con eso no tenía problemas. Tuvo que hacer una entrevista, que, claro, Rosita pasó bien calificada. Al entrevistador le gustó el tono de la voz de ella, o quizás ella misma. La recibieron en el curso de inducción al que se presentaron veinticinco muchachas para concursar por dos puestos de trabajo. El curso duró ocho días y las aspirantes tenían que pagarlo. Les explicaron lo que debían hacer, paso por paso; la manera como tenían que modular la voz, las preguntas que les tocaba hacer según las respuestas. La clave era enredar al cliente, y el oficio, vender cursos de inglés de la Universidad de Inglaterra. A la gente había que convencerla de la importancia del idioma preguntándole si se sentía satisfecha en su trabajo, si aspiraba a ganar más, si tenía hijos, si quería triunfar. Había que hacerla entender que sin inglés y sin computador no era posible vivir la vida hoy día. La conversación comenzaba por un «¿Sabe usted cuál es la lengua más hablada en el mundo? El inglés. ¿Usted habla inglés? No. No todavía, se responde, porque con el curso que usted va a comprar hablará inglés en dos meses o se le devolverá el dinero todo, todito». No se podía suponer que la gente supiera de qué se estaba hablando, había que explicarle todo, así la respuesta a la pregunta que se le hacía fuera cierta. Al interlocutor «hay que dejarlo sin aliento, no hay que dejarle salida». Todo debe llevar a hacer indispensable la compra. Rosita no solo pasó el curso, sino que fue felicitada y comenzó a trabajar desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde. Le daban un listado de personas con nombre propio y teléfono. Cada llamada no podía pasar de tres minutos ni ser menor de uno y tenía que hacer por lo menos cincuenta cada día. Le daban diez minutos de descanso cada dos horas. Era controlada por una monitora que de tanto en tanto entraba en línea sin dejarse oír. Al mes Rosita notó que la monitora entraba cada cuarto de hora, lo que era raro porque a sus compañeras solo las escuchaba cada hora, cada dos horas. Se le hizo muy raro, pero quiso pasar de agache, hasta que la mujer se le declaró:
—Rosita, yo la quiero a usted.
Ella, que era ducha en propuestas, dijo «Pago por ver». Y se dejó llevar. Que vamos a comer juntas, que vamos al cine juntas, que paseemos juntas el domingo. Rosita se dejaba engatusar. Un día aceptó quedarse a dormir con la monitora sin compromiso. Pero el compromiso llegó porque no hay plazo que no se cumpla. Se hicieron amigas, Rosita buscaba y buscaba lo que quería encontrar, hasta que lo encontró: amistades y casa con comida. Vivió un tiempo de compañera; conoció al hermano de ella, cabo del Ejército: una corona. El hombre era explosivista, lo que quiere decir que sabía armar y desarmar minas quiebrapatas, bombas y demás artefactos mortales. Los que manejan explosivos con sus manos y su vida son personas muy nerviosas: brincan con cualquier ruido, oyen a kilómetros el sonido de un relojito de pulsera; huelen la pólvora, la dinamita y todos y cada uno de sus componentes, a metros. Saben orientarse vendados. Y sin embargo, saben controlarse. Son relojeros. Muy pocos mueren haciendo su oficio, todos mueren de infarto. Tienen las manos finas, los dedos muy finos, la piel muy sensible. Ella se enamoró de esa delicadeza. Él le fue abriendo camino para llegar a donde Rosita quería. No solo manejaba explosivos, sino que también negociaba con ellos. Y quien dice dinamita, dice munición, armas, contrabando, contactos, redes. Era lo que ella venía buscando con paciencia. La vida no podía negarle esa oportunidad, no habría sido justo. Había sufrido mucho, botado mucha lágrima. Quería armas para acercarse al negocio de Don Fermín. El problema fue la monitora. No era capaz de confesarle que se había enamorado de su hermano sin querer, que no quería hacerle daño, pero que era una realidad. La monitora le armó pataleta. Gritos, patadas, intentos de suicidio. Rosita, cansada de tanta escandola, le soltó la joya: ¿Preferirías que él —y lo repitió a gritos— se enterara de que somos amantes? Punto final. Sutura hecha. Rosita se dedicó con su nuevo amor a preparar el terreno: contrabando de armas y explosivos. Él manejaba una red de contactos y negocios que iba de Ecuador a Perú y de Perú a Putumayo. Ni mandada a hacer. La vida, como dicen, da muchas papayitas, pero una sola papaya y hay que saber cuál es.
Los primeros negocios fueron de ensayo. Como pisando cáscaras de huevo. Pasito a pasito. Un par de pistolas negociadas por mí en Leguízamo con unos bandidos, como para bajar bandera. Ellos se encargaron del resto y lo demás fue llegando. Tres, cuatro, cinco armas cortas, dos fusiles, unos cincuenta tacos de pentonita, doscientos. El negocio se hacía por la frontera con Perú, como si Rosita quisiera desenchipar el problema. Los pedidos se enviaban por el río Napo hasta Nueva Rocafuerte, donde el cabo tenía su parche. De ahí salía por un camino pasando por Puerto Cavero y Zúñiga hasta Güepi y de ahí por el Putumayo a Puerto Ospina. Unas veces con unos, otras veces con otros, pero siempre con alguien. La chipa se fue abriendo hasta que cayeron los propios de Don Fermín. A Vitamina lo habían licenciado, por lo que Don Fermín quedaba a tiro de as. La paciencia logra lo que la dicha no alcanza. Se quedó en llevarles munición 7.65 a un punto donde el viejo hacía sus cruces en el Caucayá. Al don ya se le había dado confianza y el hombre llegó tranquilo, inocente, a recibir lo que nunca esperó: Rosita armada. No lo dejó ni asustarse. Descargó dos proveedores enteros sobre el cadáver de Don Fermín y se perdió con su cabo en Perú. La volví a encontrar unos años después en Manaos. Me escribió invitándome a visitarla. Tenía una empresa de viajes y turismo por el Amazonas y dos hijos. Era feliz.

Heinz von Lichberg - "Lolita"

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Novelista, cuentista y periodista alemán cuyo nombre real fue Heinz von Eschwege. Fue un autor con cierto renombre en el periodismo nazi de entreguerras, pero desconocido en el mundo de la literatura. Su fama actual se debe a este cuento gótico escrito en 1916 y publicado en el volumen "Die verfluchte Gioconda" (La Gioconda maldita), y esto debido a que en los primeros años 2000, el germanista y crítico literario Michael Maar argumentó en varios artículos y posteriormente en un libro que Nabokov había plagiado los personajes, argumento y estructura de este cuento en su "Lolita" (aunque Rosa Montero mantiene "no entiendo por qué se dice que este relato ha podido servir de idea germinal para Lolita", dice que es un escándalo artificial y que la única coincidencia es el nombre de la niña).
La versión es la de Carmen Torregrosa y Oliver Spranger.


Alguien mencionó en la conversación a E.T.A. Hoffmann y sus cuentos musicales. Beate, la joven señora de la casa, se dirigió al poeta mientras depositaba en el plato la naranja que se disponía a pelar:
—¿Podrá usted creer que sus relatos (y la verdad es que lo leo poco) consiguen robarme el sueño durante noches enteras?
El sentido común me dice que son sólo imaginaciones; y sin embargo…
—¡Es que no lo son, señora condesa!
El consejero de legación sonrió afablemente.
—¡No estará usted insinuando que Hoffmann vivía realmente todas esas aprensiones!
—No lo insinúo —replicó el poeta—, lo afirmo. No que las viviera en carne propia, desde luego; pero, como poeta que era, experimentaba lo que escribía, o, mejor dicho, escribía sólo lo que vivía en su espíritu. Ésa es la diferencia entre el poeta y el simple escritor: ¡en la mente del poeta, la imaginación se encarna por medio de la reflexión!
Se hizo el silencio en el comedor estilo Imperio de la hermosa condesa Beate.
—No le falta a usted razón —dijo el profesor, de aspecto muy joven y gusto refinado—; me gustaría contarles algo que desde hace años llevo dentro, y todavía hoy no sé a ciencia cierta si viví o imaginé; pero me llevaría unos minutos…
—Adelante —dijo la señora de la casa.
El erudito comenzó así su relato:


Hacia finales del siglo pasado, estudiaba yo en la Universidad de una ciudad grande y muy antigua del sur de Alemania.
Hará de esto unos veinte años.
Había fijado mi residencia en un angosto callejón de casas antiquísimas. En las inmediaciones se hallaba una pequeña taberna que no dudaría en describir como una de las cosas más extraordinarias que jamás han visto ni verán mis ojos.
Solía frecuentarla en otoño, cuando al atardecer hacía un alto en mi trabajo.
La taberna consistía en una sola estancia muy mal construida, de techos bajos, hundidos y sombríos. Junto a las ventanas que daban a la calle había dos mesas muy fregoteadas escoltadas por rígidas sillas de madera. En un rincón oscuro, junto a la estufa de azulejos, se hallaba una tercera mesita con dos extrañas butacas tapizadas con un estampado de algodón profusamente colorido. Sobre el respaldo de una de ellas podía verse una mantilla de encaje negro como las que, según creo, llevan las españolas los días de fiesta. Nunca vi por aquel lugar más parroquianos que yo mismo, y todavía hoy me pregunto si en verdad se trataba de un local público. De cualquier modo, sus puertas y contraventanas se cerraban todas las tardes puntualmente a las siete. Nunca pregunté por qué, pues pronto empecé a sentir un agudo e inexplicable interés por los taberneros.
Se llamaban Aloys y Anton Walzer, y parecían de edad muy avanzada. Ambos eran increíblemente altos y delgados; estaban completamente calvos y lucían unas barbas largas y desgreñadas de color gris rojizo. Nunca les vi vestidos de otra forma que no fuera con unos pantalones amarillentos y unas negras chaquetas largas y holgadas. Debían de ser gemelos, pues guardaban entre sí un notable parecido y me llevó un tiempo distinguirlos, lo que conseguía gracias al timbre algo más grave de la voz de Anton.
Cuando entraba en la taberna me servían invariablemente, con una sonrisa amable y sin mediar palabra, una copa de un extraordinario vino dulce español en la mesa que estaba junto a la estufa. Aloys se sentaba siempre a mi lado, y Anton solía apoyarse en el alféizar de la ventana dándome la espalda. Ambos fumaban un tabaco muy aromático en una de esas pipas que suelen verse en los grabados flamencos. Parecían estar esperando algo.
Mentiría si dijera que los dos viejos me resultaban grotescos, porque la palabra «grotesco» esconde un matiz de burla. En realidad, la impresión que los Walzer me causaban era más bien la de un hastío y una angustia indecibles, rayando en lo trágico.
No parecía que en la casa viviera una mujer; yo, al menos, nunca vi nada que así lo hiciera sospechar.
Mi visita a la estancia envuelta en humo se convirtió pronto en una necesidad; sobre todo cuando llegó el invierno con sus atardeceres prematuros y sus largas veladas. Empezaba a intimar con los taberneros, que de vez en cuando me daban algo de conversación. Parecían haber perdido completamente la noción del presente, pues hablaban siempre de tiempos remotos y sus voces tenían un curioso timbre marchito y reseco como un crujido. Les contaba de mis viajes, y cada vez que mencionaba países del Sur veía brotar en sus ojos un brillo de desasosiego e impaciencia que, a veces, tenía un trasfondo de melancólica esperanza. Parecían instalados en el recuerdo de algo. Yo salía de allí cada vez con la vaga sensación de que algo espeluznante estaba por ocurrir, y al mismo tiempo no podía dejar de sonreírme por estos pensamientos.
Una noche en que pasaba por allí relativamente tarde, oí tras las ventanas cerradas una tenue música de violín de una delicadeza celestial, tan cautivadora que me retuvo parado en la calle un buen rato. Al día siguiente pregunté a los ancianos qué había sido aquello; pero ellos se limitaron a mover la cabeza mientras sonreían.
Pasaron algunas semanas y otra noche volví a pasar junto a las ventanas; puede que fuese incluso más tarde que la primera. De pronto, escuché tras los postigos tan salvaje griterío, tan increíbles maldiciones e injurias que me detuve aterrorizado. No cabía duda: las voces procedían de la estancia que yo conocía perfectamente, pero no eran los dos ancianos quienes mantenían la violenta discusión, pues ellos nunca hubieran podido producir sonidos tan graves, vigorosos y airados. Tenían que ser dos hombres jóvenes y fuertes enzarzados en una disputa. Los gritos redoblaron su volumen; la excitación fue subiendo de tono desmesuradamente, y de cuando en cuando se oía el golpear violento de un puño contra la mesa.
De pronto sonó una risa cristalina de mujer, y segundos después las excitadas voces se tornaron un rugido de locura.
La sangre se me heló en las venas. Ni por un instante se me pasó por la cabeza abrir la puerta para averiguar qué pasaba.
La voz femenina emitió un grito, un solo gritito, pero tan aterrado y de un pánico tan atroz que aún hoy no he conseguido olvidarlo. Después, se hizo el silencio.
Cuando al día siguiente entré en la taberna, Anton, sonriente como de costumbre, me sirvió una copa de vino en la mesa; todo permanecía tan igual que empecé a dudar si no lo habría soñado, y no me atreví a preguntar a los viejos.
El invierno tocaba a su fin cuando, una tarde, les comuniqué a los dos hermanos que no seguiría acudiendo a mi cita porque me marchaba a España al día siguiente.
Tal manifestación pareció ejercer un extraño efecto sobre Anton y Aloys, pues al punto se les mudó el semblante y sus ojos buscaron el suelo. Salieron de la habitación y los oí murmurar afuera.
Al cabo volvió a entrar Anton y me preguntó con nerviosismo si pasaría por Alicante. Ante mi respuesta afirmativa, se apresuró a salir con paso ridículo para reunirse nuevamente con su hermano.
Luego volvieron a entrar, actuando como si nada hubiera sucedido.
Ocupado en los preparativos del viaje, pronto me olvidé de los dos ancianos; pero esa noche tuve un sueño confuso en el que se me aparecía una casita inclinada de color salmón en uno de los barrios de mala nota del puerto de Alicante.
Cuando al día siguiente me dirigí a la estación, me llamó la atención que Anton y Aloys tuvieran cerradas las contraventanas en pleno día.
El viaje y los estudios me hicieron olvidar rápidamente estas experiencias menores que había vivido en el sur de Alemania. Es tan fácil olvidar en los viajes.
Pasé unos días en París, que dediqué a visitar a amigos y a deambular por el Louvre. Una noche, cansado de cuadros, me dirigí a un cabaret del Barrio Latino para escuchar a un singular bardo, de cuyo arte se hacía lenguas un conocido mío. Resultó ser un anciano ciego que cantaba francamente bien con voz solemne y melancólica. Su hija, una hermosa joven, lo acompañaba al violín con maestría.
A continuación ella tocaba un solo, en el que súbitamente reconocí la delicada melodía que semanas antes me había sorprendido al pasar junto a la casa de los Walzer. Pregunté: se trataba de una gavota de Giovanni Lully, de la época de Luis XIV.
Días después puse rumbo a Lisboa, y a principios de febrero llegué a Alicante pasando por Madrid.
Siempre he sentido debilidad por el Sur, y muy especialmente por España. Allí se vive, por así decirlo, «al máximo exponente»: todas las vivencias se multiplican por sí mismas. El sol torna cálida e indómita cualquier forma de vida.
Su gente es como su vino: fuerte, ardiente y dulce; pero también colérica y peligrosamente iracunda cuando fermenta.
Yo tengo para mí que todos ellos llevan dentro algunas gotas de la sangre de Don Quijote.
En realidad, no tenía nada especial que hacer en Alicante, pero me gustan las noches inefablemente dulces del puerto, cuando la luna se detiene sobre el castillo de Santa Bárbara creando contrastes súbitos y espectrales. Será que todo alemán esconde un poeta romántico en su fuero interno.
En el mismo instante en que entré en la ciudad a lomos de mi cabalgadura se apoderó de mí con ridícula intensidad el recuerdo de los hermanos Walzer y su singular morada. Pudo ser, claro está, una ilusión o una reconstrucción de la memoria, pero tengo la impresión de haber guiado mi mula casi maquinalmente hasta el puerto, pasando por el palacete de Algorfa. Allí, en una de las viejas calles donde viven los marineros, encontré el alojamiento que andaba buscando.
La posada de Severo Ancosta era un inmueble pequeño e inclinado con grandes balcones, apostado entre otros del mismo estilo. El amable y locuaz posadero me asignó una habitación con espléndidas vistas al mar, promesa cierta de una semana de paz y belleza imperturbables.
Hasta que el segundo día apareció Lolita, la hija de Severo.
Era, para nuestra mentalidad nórdica, casi una niña; tenía los ojos oscuros de las mujeres del Sur y el cabello de un inusitado tono cobrizo. Su cuerpo era delgado y ágil como el de un muchacho, su voz llena y profunda.
Pero no fue sólo su belleza lo que me cautivó, sino el halo de misterio que emanaba, sobrecogedor como un enigma en las noches de luna.
A veces, limpiando mi cuarto, se detenía en mitad de la labor; fruncía los labios carmesíes y risueños hasta convertirlos en dos finos trazos y se quedaba absorta mirando al sol con los ojos llenos de inquietud. Tenía el ademán de una gran actriz trágica en el papel de Ifigenia. En esos momentos, yo sentía una imperiosa necesidad de tomar a la niña en mis brazos para protegerla de algún peligro desconocido.
Había días en que los grandes ojos de Lolita me miraban tímidamente esbozando una pregunta muda, y noches en que la veía romper en desconsolados sollozos.
Nunca pensé por aquel entonces en irme. El Sur y Lolita me tenían cautivo.
Días cálidos y dorados, noches plateadas y melancólicas.
Y entonces llegó aquella tarde entre inolvidable realidad y caprichosa ensoñación, en que Lolita como tantas otras veces estaba sentada en mi balcón, cantándome en voz baja. De pronto dejó la guitarra en el suelo y se acercó con pasos vacilantes a la barandilla en la que me apoyaba. Y al tiempo que sus ojos buscaban la luz refulgente de la luna en el agua, me echó al cuello sus bracitos temblorosos como un niño suplicante, reclinó su cabeza en mi pecho y comenzó a sollozar con desconsuelo. En sus ojos había lágrimas, pero su dulce boca reía.
El milagro se había producido.
—Eres tan fuerte —susurró.
Los días y las noches se iban como llegaban. El misterio de la belleza la mantenía investida de una serenidad imperturbable y melodiosa.
Los días se habían convertido en semanas y yo empezaba a ser consciente de que había llegado el momento de partir; no porque me reclamara obligación alguna, sino porque el amor excesivo y peligroso de Lolita empezaba a infundirme terror. Al anunciarle mi partida me miró de forma indescriptible e inclinó la cabeza sin decir palabra. Luego se apoderó rápidamente de mi mano y la mordió, con toda la fuerza de su boca chica. Ni los veinticinco años transcurridos desde entonces han logrado borrar estas cicatrices del amor.
Antes de que pudiera decir nada, Lolita había desaparecido dentro de la casa. Sólo volvería a verla una vez más…
Esa tarde, en el banco de la entrada, mantuve con Severo una conversación muy seria sobre su hija.
—Ven —me dijo—, te voy a enseñar algo y te lo contaré todo…
Me llevó arriba, a una habitación separada de la mía tan sólo por una puerta. Me detuve sorprendido.
En la habitación, baja y rectangular, había únicamente una mesita y tres butacas. Pero eran las mismas, o casi las mismas, que las de la taberna de los hermanos Walzer. ¡Y en ese instante comprendí que era la casa de Severo Ancosta la que había visto en sueños la víspera de mi partida de Alemania!
De la pared colgaba un dibujo que representaba a Lolita con una perfección tal que no pude por menos que acercarme para observarlo.
—Crees que es Lolita —dijo Severo sonriendo—, pero es Lola, la abuela de la bisabuela de Lolita, ¡que hace cien años fue estrangulada por sus amantes en una reyerta!
Nos sentamos, y Severo empezó a hablar con su acostumbrada amabilidad. Contó que Lola había sido en su época la mujer más hermosa de la ciudad: tanto que llevaba a la muerte a los hombres que la amaban. Hasta que, poco después de dar a luz a su hija, dos de sus amantes que ella martirizaba hasta la locura acabaron con su vida.
Desde entonces pesa una maldición sobre la familia: las mujeres tienen una hija e, invariablemente, semanas después del parto sucumben a la locura. Pero todas ellas son hermosas, ¡tan hermosas como Lolita!
—Mi mujer murió así —musitó gravemente—, ¡y así morirá mi hija!
Apenas pude encontrar palabras de consuelo, tan intenso era el miedo que me asaltó por la suerte de mi Lolita.
Cuando por la tarde entré en mi habitación encontré sobre la almohada una florecilla roja de una especie para mí desconocida.
Regalo de despedida de Lolita, pensé, y la tomé entre mis manos. Entonces me di cuenta de que en realidad era blanca, teñida por la sangre de Lolita.
Era su forma de amar.
Esa noche no pude dormir. Un tropel de sueños me asaltaba. Y de pronto, hacia mitad de la noche, el horror se consumó.
Vi cómo se abría de golpe la puerta de la habitación contigua. En las butacas de la mesa del centro de la pieza estaban sentadas tres personas: a la derecha y a la izquierda dos jóvenes rubios y fuertes, y entre ambos Lolita. Pero no era Lolita: era Lola. ¿O tal vez sí era Lolita?
Tenían frente a sí sendas copas de vino tinto. La chica reía a carcajadas con desenvoltura, pero su boca esbozaba una rígida mueca de desdén.
Los dos hombres tomaron sus violines y empezaron a tocar. Sentí cómo la sangre se me agolpaba con furia en las sienes: había reconocido en la melodía la antigua gavota de la época del Rey Sol.
Cuando terminaron, la mujer arrojó su copa al suelo con un gesto entre arrogante y juguetón, y volvió a escucharse su cristalina risa de paloma.
Uno de los mozos, el que tenía de frente, gritó mientras dejaba el violín en la mesa:
—¡Y ahora dinos con cuál de los dos te quedas!
Ella se echó a reír.
—¡Con el más guapo! ¡Pero sois tan guapos los dos! Tenéis una belleza insólita y fría desconocida por estos lares.
El otro gritó con mayor intensidad:
—¿Le quieres a él o me quieres a mí? ¡Responde, mujer! O te juro por Dios que…
—Me queréis —dijo ella expectante—. ¡Los dos me queréis! Pero si vuestro amor es de verdad tan grande, lucharéis por mí con todas vuestras fuerzas, y yo le pido a María Santísima que con un milagro me ayude a saber quién de los dos siente un amor más intenso. ¿Estáis de acuerdo?
—Sí —respondieron los mozos, mirándose con hostilidad a los ojos.
—¡Elegiré, pues, al más fuerte de los dos!
Al oír estas palabras ambos hinchieron los músculos con tal virulencia que reventaron las mangas de sus chaquetas: pero resultaron ser tan fuertes el uno como el otro.
—¡Elegiré al más alto de los dos! —Y al decirlo, sus ojos centelleaban.
Los hombres crecieron y crecieron; sus cuellos se estiraron; las mangas de las chaquetas les quedaban por los codos. Los rostros se afearon y desfiguraron hasta tal punto que se podía oír el crujir de sus huesos. Pero ninguno de los dos resultó un centímetro más alto que el otro.
Con los puños deformes golpearon la mesa; cayeron por tierra los violines y comenzaron a blasfemar.
—¡¡Elegiré al más viejo de los dos…!! —bramó ella.
Cayó de las cabezas el cabello; en los rostros se dibujaron surcos profundos, las manos perdieron en fuerza y ganaron en temblor; y al alzarse trabajosamente y entre espumarajos de rabia, presas de una intensa agitación, les temblaban las rodillas. De sus miradas furiosas había desaparecido el brillo, y sus alaridos de rabia y decepción no eran ya sino graznidos.
—¡Por el amor de Dios, mujer —aulló uno de ellos—, pide una última cosa, una última, o irás de cabeza al infierno con tu belleza tres veces maldita!
Doblada en dos por la risa, bañados los ojos en lágrimas, la mujer les espetó:
—Elegiré… ¡elijo al que tenga la barba más larga y fea!
De los rostros descompuestos de los hombres brotaron largos cabellos rojos; de sus gargantas gritos bestiales y dementes de rabia y desesperación. Se hallaban cara a cara, los puños en alto. La mujer intentó huir.
Pero ambos se abalanzaron sobre ella a un tiempo, estrangulándola con sus largos dedos huesudos.
Yo era incapaz de moverme; un escalofrío me recorría la espalda y me obligó a cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos me di cuenta de que los dos hombres de la estancia contigua, que acababan de alzar la mirada del objeto de su venganza, eran Anton y Aloys Walzer.
Supongo que entonces me desmayé.
Me desperté cuando el sol había alcanzado su cenit, y vi que la puerta que daba a la habitación estaba cerrada. La abrí rápidamente y encontré todo tal y como estaba la tarde anterior. Me pareció advertir apenas que había desaparecido la fina capa de polvo que cubría antes los muebles. Además, creí percibir un vago olor a vino en el aire.
Una hora más tarde salí a la calle. Severo se me acercó trastornado y pálido, con lágrimas en los ojos.
—Lolita ha muerto esta noche —dijo en voz baja.
No puedo describir lo que pasó por mi interior al escuchar estas palabras; e incluso si pudiera, me parecería un sacrilegio.
Mi adorada chiquilla estaba tumbada en su camita estrecha con los ojos abiertos de par en par. Tenía mordido el labio inferior, y su cabello rubio y perfumado caía en desorden.
No sé de qué murió: en mi infinita turbación se me olvidó preguntarlo. En cualquier caso, no del cortecito que tenía en el brazo izquierdo: con él sólo había teñido de rojo la blanca flor con que me había obsequiado.
Cerré sus tiernos párpados y, arrodillado, hundí mi cabeza en su fría manita; no sé cuánto tiempo permanecí así.
Hasta que irrumpió Severo para recordarme que el barco que había de llevarme a Marsella partía en una hora.
Sólo entonces me fui.
Cuando el barco ya se había adentrado en alta mar reconocí otra vez la silueta de Santa Bárbara. Caí en la cuenta de que aquel castillo anguloso era mudo testigo de cómo se daba tierra al cuerpecito amado. No pude evitar que mis ojos y mi corazón suplicaran a las altas torres con un ansia para mí desconocida: «¡Despedidla de mi parte, abrazadla en sus últimos momentos y siempre, siempre!».
Pero el alma de Lolita la llevé conmigo.
Años más tarde volví a visitar aquella antigua ciudad del sur de Alemania. En la pequeña taberna de los Walzer vivía ahora una mujer poco agraciada que vendía semillas.
Le pregunté por los hermanos, y así fue como me enteré de que la mañana siguiente a la noche en que murió Lolita los habían encontrado muertos y sonriendo apaciblemente en sus butacas junto a la estufa.


El erudito, que no había levantado la mirada del plato mientras hablaba, alzó la vista.
Instantes después, la condesa Beate abrió los ojos.
—Es usted un poeta —dijo. Y le estrechó la mano con un movimiento tan rápido que tintinearon las pulseras en su grácil muñeca.

Patrick Chamoiseau - "La última dentellada de un ladrón de bananas"

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Novelista, cuentista y ensayista martiniqués. Es un autor interesado en las formas culturales en riesgo de desaparición de su isla natal y en el uso de su lengua materna, el criollo, lengua que debió de abandonar y sustituir por el francés cuando comenzó en la escuela. Esto es una seña de identidad de su estilo lingüístico, el uso de un lenguaje híbrido accesible para los lectores de la metrópoli pero cargado de los valores socio-simbólicos criollos.
La versión y las notas son de Amelía Hemández.


Si Cestor Livenaj no hubiera tenido aquella mata de bananas amarillas, digo que nadie lo habría envidiado. Yo no quiero malhablar de él, y si mi palabra afecta será con toda inocencia ya que es palabra lavada por el silencio de medianoche, bien limpia, bien lustrada, y la suelto con la fe puesta en Dios. Pero, verdaderamente, es que Cestor Livenaj no tenía buena presencia. La gente de nuestra barriada (una barriada cerro arriba, donde el viento se amanceba con el pájaro malfini (1) no era gente de mucha pinta pero, por más que sea y por más que se diga, hay que guardar un mínimo de apariencia cuando uno existe en este mundo: una camisa blanca para salir y bajar al burgo cuando llaman a misa, un calzado reluciente que uno lleva en la mano por encima del barro, un sombrero bien puesto, un paraguas negro, un pañuelo perfumado con agua de Colonia ... Minucias, todas estas cosas, pero en esta vida nada fácil son la señal de que una persona enfrenta su destino siguiendo un eje. En fin, hablo y hablo y no digo lo que hay que decir, y siempre es así para describir a este Cestor Livenaj. Ya no está entre nosotros hoy día, pero cuando sí estaba, bien vivo como todos nosotros, no le importaban ni la misa, ni los entierros, ni las vísperas, ni las serenatas a las que subían los cantores desde el burgo, ni nada. No se tomaba la molestia de quitarse el barro de entre los dedos de los pies, ni de ponerse en días de asueto un traje comprado al marchante árabe. Uno lo miraba y siempre parecía estar como cuando sudaba en las escarpaduras de sus conucos, que nadie había visto pero que al parecer estaban ubicados hacia Mome-Caco,justo después de Fond-Blanchi. Tampoco se tomaba el tiempo de quitarse las legañas de los ojos, ni de peinarse el pajar que le servía de cabellera. A la hora de las cuatro, los domingos en la tarde, cuando las mamás de la barriada reunían en sus regazos a las damitas para tejerles loanguitos (2), él, Cestor Livenaj, se ponía a gritar que les dejaran crecer el cabello en libertad, como el suyo, sobre el que se desplomaba un sombrero bakuá (3) hasta el borde de las cejas. Aquel pajar llevaba una vida de desbarajuste y cada quien podía constatarlo cuando, ante alguna persona estimada, Cestor Livenaj, con modales pulidos como piedra de río, se quitaba el viejo sombrero amarillento, inclinándose bajo el peso de un saludo. Y no era sólo su ropa sudada y su cabello granoso; era también que nuestro hombre vivía más solo que una mangosta, en una cabaña de palo-bomba empalmado según alguna misteriosa técnica. Nadie veía que esa cabaña tuviera algún arranque contra la vida, como para agarrarse al destino. Era, mejor dicho, una cabaña «detenida»; parecía que quería hundirse hasta el fondo de la tierra roja surcada por las lluvias acá y allá, con largos rasguños sangrientos, casi trágicos; parecía que quería ponerse como la corteza de esas tres grandes matas de mango que le aumentaban la sombra, o la de esas ceibas que ningún viento mecía, no por falta de viento sino por ser demasiado añosas. Seguro, y no es palabra ociosa, que los árboles demasiado añosos desalientan al viento. Quien no lo sepa, nada sabe de la vida. En las barriadas de estas alturas sabemos observar, pero sobre todo sabemos oír las palabras que se dicen, y fue Cestor Livenaj, sí, él mismo, quien declaró un día que los árboles no se mueven cuando tienen más allá de mil años. Eso nos permitió saber la edad de nuestros viejos árboles y comprender que nuestra barriada, con su arboleda de pan de fruta (4), caimitos, chirimoyas y palo-bomba, venía de un tiempo mucho más remoto de lo que nosotros podíamos tratar de imaginar; nosotros, pero no Cestor Livenaj, quizás . . . En sus soledades, nunca parecía que lamentara no tener a alguna mulata para calentarle las hojas secas de su colchón, o que echara de menos una cantidad de chiquillería capaz de demostrar al mundo entero que él era de buena raza. Estaba entre nosotros pero sin parecerse a nosotros y sin moverse ni hacia el burgo ni hacia la ciudad, solamente aquí, entre nosotros, hablando con él mismo más que hablándonos, y viviendo un tiempo más remoto que el nuestro, mucho más mágico también, como si él pudiera ver mejor que los gusanos de luz en esa especie de oscurana que nos apremiaba, no a la hora en que se pone el sol sino precisamente a la hora en que sale, cuando hay que sacudirse la pesadez del sueño para hacer un intento de vivir. Él, Cestor Livenaj, no parecía tener ese problema, o entonces parecía que se las arreglaba mejor. Los domingos, a cierta hora, en el silencio del trapiche y el adormecimiento de las cañas, mientras todos estábamos ahí recostados y sintiendo venir las ganas de quedarnos quietos, atrapados bajo el peso del cielo y el viento que pasaba sin tocar nuestros árboles, él, Cestor Livenaj, vestido con su sudor, su sombrero viejo, su barro en las piernas, su pajar granoso, y rechupando su vieja pipa de bambú ennegrecido, sacaba fuerzas para caminar, subir y bajar, no por un lugar preciso y para algo preciso sino, visiblemente, para zanquear algún espacio que todos ignorábamos y que, sin embargo, se extendía aparentemente en medio de nosotros, con grandes horizontes y vientos zumbantes. Y si le decíamos: «Pero Cestor, ¿adónde vas?, ¿cuál es el asunto?, ¿en qué andas metido?», él contestaba: «Ando metido, metido, mis negros, metido, metido . . . ». También había una inquietud que salía en palabras por su boca; palabras nunca ociosas pero tampoco muy sensatas, como si él no dominara el habla y utilizara su créole (5) o su francés como piedritas calientes que reunía raudo y veloz, para dejártelas ahí más rápido aún, con una mueca de bribón muy avieso. Siempre repetía alguna palabra de la frase que le habíamos dicho y te la volteaba de varias maneras: o repitiéndola sin cesar (le decías: «Eh, Cestor, ¿qué tal, chico? . . . », y él contestaba: «Chico, chico, chico, chico, chico . . . », sin parar y en trece tonos), o descomponiéndola en sílabas y petrificándolas en la punta de la lengua, sin quitarte los ojos de encima. Y daba la impresión, como una angustia, de que la frase que habías soltado con espontánea gentileza, sin pensarlo, se te devolvía más cargada y misteriosa que esos árboles inmóviles que, desde el señalamiento de Cestor, habitaban nuestros sueños aunque sin convertirlos en pesadilla, más bien insuflándoles la paciente quemazón de esos hornos de carbón de los que nadie sabe qué maderas estarán rumiando. Todo lo cual se agregaba a lo demás (pero si hay que hablar de lo demás, cómo hablarlo sin malhablar de él. . . Cómo hablar de su presencia nocturna en el umbral de su casa, mirando la luna . . . Cómo hablar de los gusanos de luz amontonados por encima de su cabaña como moscas encima de un jarabe, y que se ponían a relucir hasta contrariar nuestro dormir como los relumbrones de una tormenta . . . Y de qué servía ese miedo nuestro a las serpientes, que él no compartía pues lo veíamos surcar los barrancos sin hacer los gestos que hay que hacer, ni apartarse de los sitios propicios que favorecen a la Bestia, ni siquiera hacer una señal de la cruz para pasmar esas vidas inquietas en las hondonadas oscuras . . . ); entonces todo eso, digo, hacía que nadie lo envidiara. Tampoco se le temía: él no se había destacado por ser agorero, ni curandero, ni palabrero (6) como esos insignificantes que se lucen en las veladas mientras destilan sus cuentos, transformando de golpe su existencia en llamarada de luz. No. En nada se había destacado. Nada nos aportaba y nada parecía esperar de esta tierra. Y eso era lo fastidioso porque, aquí donde estábamos, batiendo y debatiendo, luchando contra nosotros mismos y luchando contra la vida, era difícil soportar junto a uno a alguien que nada enfrentaba y que parecía estar a gusto sin nada pedir a Dios ni al Diablo. Eso era algo fastidioso, algo difícil de entender, pero sobre todo difícil de envidiar, por eso lo digo sin temor a malhablar de él. Y sin embargo hubo un cambio, que fue aquella mata de bananas amarillas. La vimos crecer en las inmediaciones de su cabaña, del lado del río, en un sitio con agua, sombra y sol. Un lugar donde habitualmente sólo echaban tallo unos berros endebles. Vimos surgir, un día, una escultura de verdor. Vimos esa cosa en forma de huso ansiando el sol, prometiendo desarrollarse y desplegando de repente grandes hojas lustrosas. El rocío les entregaba sus gotitas que la luz convertía en alhajas y que la furia del sol no lograba secar. Especulábamos acerca de esa variedad de banana: ¿Banana-manzano o banana-bejuco? ¿Banana-tisana o banana- topocho que te pone la lengua áspera? ¿O esa banana dulcísima que se deshace en la boca como crema suave y te da la impresión de estar tomando leche de savia . . . ? Ésas fueron las primeras preguntas y las primeras apetencias a medida que la mata de banana se impulsaba hacia el cielo. Se abría con una majestuosidad tan asombrosa que empezamos ( de repente) a darnos cuenta de que en nuestra barriada, bajo los árboles inmóviles, bajo las matas de pan de fruta y otros frutos seleccionados según confusas leyes, nada se había exigido a nuestras negras perfidias, ni siquiera que produjeran una mata de bananas. Y todo eso empezó a contrariar nuestros sueños, sobre todo cuando vimos que Cestor Livenaj había encontrado algo así como un interés en su vida; no es que se puso a existir, sino que empezó a tener gestos mejor dirigidos en función de la existencia. Por ejemplo, por fin pudimos ver el trabajo de su machete cuando cortaba los retoñitos del banano que surgían de noche y se estiraban, egoístas impacientes, contrariando la propia crecida del tronco; también lo vimos hurgar la tierra alrededor de la mata de banana cuando tuvo que dejarla respirar; lo vimos atento, acechando las grandes hojas que se volvían andrajosas al frecuentar el viento; lo vimos enfrentar bichos invisibles afanados en las raíces; lo vimos transportar tobos de bosta de vaca cuando algunas hojas se pusieron pardas y empezaron a secarse; y lo vimos bregar para apuntalar el tronco cuando se combaba bajo el peso de la flor y luego bajo la gloriosa carga del racimo. La envidia se nos hizo cruel cuando a todos nos quedó claro que se trataba de una mata de bananas amarillas y de buena calidad, de ésas que te aromatizan por siempre el recuerdo cuando te las encuentras metidas en un hervido de treinta y dos pescados rojos, o cuando las mezclas con la excelencia cremosa de un ocumo-bocoyí y sabes agregarle la buena sazón de un ragú de cerdo. El racimo de bananas empezó a engordar a medida que nuestros sueños se quedaban inmóviles y decaían cada día más ante la idea de los árboles inmóviles y ante esos faros nocturnos operados por los gusanos de luz. Nos pusimos a dar los muy buenos días a Cestor, a mostrarnos un poco más amables, e incluso a reflexionar acerca de las palabras que nos devolvía, e incluso a decirle: «¿Cómo dices, Cestor?», siendo que antes lo dejábamos tranquilo con su misterio. Todos esperábamos estar ahí cuando descolgara su racimo de frutos benditos. Todos nos veíamos regresando a nuestras cabañas con dos o tres bananas y poniéndonos a vivir de una manera diferente. Y todas las mañanas, al salir el sol, a medida que la mata de banana iba madurando su racimo, nos pusimos a envidiar a Cestor Livenaj, a percibir mejor el ritmo de su vida, a comprender mejor su ir y venir incesante, a apreciar mejor la ubicación de su cabaña entre sombras y luces, y a percibir de manera increíble una especie de justo sentido de lo que hay que vivir en esta vida insensata. El día de la cosecha fue acercándose. Todos reducíamos nuestras horas de sueño. Todos recortábamos nuestros desplazamientos con el fin de estar ahí en el momento adecuado y de poder merodear por la cabaña dando los buenos días que incitan a compartir. Pero nadie pudo ver madurar el racimo. Sólo oímos, al despertar una mañana, el grito desesperado de Cestor Livenaj . En la noche, un canalla se había llevado el racimo. La mata de bananas amarillas estaba decapitada. Cestor daba vueltas y más vueltas alrededor, no más contrariado que lo usual. Entonces nos entró la duda de que el grito lo hubiera dado él. Tal vez habíamos sido nosotros, ya que él, con su vieja pipa en la boca, no hacía sino dar vueltas alrededor del banano, mirándolo y mirándolo. Le murmuraba palabras que parecían no agotarse jamás ni nunca. Podó el banano tan pronto como un nuevo retoño se elevó desde las raíces. Y otra vez el mismo trajín: nuestros sueños contrariados, y nuestras apetencias, y esa oleada de palabras que él derramaba ante el banano cada vez que el racimo a punto de madurar desaparecía de repente, una vez, dos veces, tres veces, hasta la cuarta vez, que resultó tremendamente mortal. Aunque era de esperarse, el hecho es que todos nos quedamos sorprendidos. Había gran sobresalto en la barriada al ver cómo iban desapareciendo las bananas. Y en cada desaparición, acudíamos presurosos junto a Cestor para clamar nuestra indignación, pero sobre todo para ver mejor la mata de banana que parecía provenir de un lugar distinto a esta tierra. También queríamos oír lo que él rezaba ante la mata pero aunque nos acercáramos, aunque oyéramos su voz, nos era imposible entender su murmullo. Parecían palabras más allá de las palabras. Lo que decía nos salpicaba como un rocío frío. En realidad, aquel lenguaje se nutría de nuestras propias carnes y nuestras propias sombras. Por eso es que al tercer robo nos quedamos junto a Cestor silenciosos y amargados. Nos callábamos para participar mejor en su hablar al banano, y para hallar en lo hondo de nuestro corazón un resto de lenguaje, no meras palabras sino las de adentro, las que latían en nosotros desde el año de la nana, las que nublaban nuestros sueños y embadurnaban nuestras vidas, las que nos atormentaban sin saberlo, salvo en ciertas horas, cuando alguien aferrado a algún vestigio se ponía a gritar una palabra que no era un grito. Fue quizás después del tercer robo cuando participamos verdaderamente en lo que decía Cestor alrededor de la gran mata. Ésta absorbió todo lo que le lanzamos desde nuestra desesperanza de nunca poder saborear sus promesas. Todo se lo tragó, como agua, como luz, como sol. Su tronco se puso de un verde diferente que debió habernos alertado y, sin siquiera cambiar de retoño, en un dos por tres volvió a despacharnos un nuevo racimo imposible, una nueva esperanza, un portento de bananas amarillas inconcebibles que, justo la noche en que quedaron en su punto, el ladrón volvió a robarse. Pero esta vez Cestor Livenaj no brindó palabra alguna a su mata majestuosa. Nosotros, reunidos, nos quedamos mudos por no saber hablar como él sabía hablar. Se limitó a mirar el banano y volvió a sus quehaceres acostumbrados. Nos habíamos quedado en silencio, con la sensación de una fatalidad irremediable, imposible de nombrar. Fue una semana después cuando se descubrió a un cercano vecino de Cestor Livenaj, un tal Fabrice Silistin, muerto dentro de su casa, con lo que quedaba del racimo de bananas colgado por encima de su cama. Fabrice Silistin era una buena persona, alguien como es debido, y nadie habóí sospechado que se levantaba de noche para concretar nuestras apetencias, cargando, él solo, con nuestras ganas de ese racimo, y comiéndoselo en nuestro nombre y por todos nosotros. No dejaba ningún deudo, ya que su mujer culí (7) se había largado hacía tiempo a la ciudad con sus siete hijos; sólo dejaba su cabaña y lo que quedaba del racimo, que nadie tocó. La mata de bananas amarillas siguió echando otras cargas de frutas que Cestor ignoró, y nosotros más aún, ya que nadie se atrevía a correr el riesgo de hincar el diente en aquella maravilla que nuestra verdadera palabra, nuestra imposible palabra, había envenenado por los siglos de los siglos.


(l) El pájaro malfini o mansfenil es el gavilán de las Antillas.
(2) Pequeñas y apretadas trenzas africanas.
(3) Bakuá o abaca, especie de banano cuya fibra sirve para tejer cuerdas, alfombras, sombreros, etcétera.
(4) Planta morácea de grandes frutos harinosos comestibles, que forman parte integral de la comida caribeña; según las regiones, se llama también fruta de pan, pan de palo, pan de pobre o pan del año.
(5) El créole (criollo) es la lengua tradicional que se habla en las antillas francófonas.
(6) En las islas del Caribe, el palabrero (o «cuentacuentos», como se dice actualmente) es el que transmite la tradición oral: los cuentos, las anécdotas y las crónicas. No tiene que ver con el palabrero de ciertas comunidades indígenas del continente americano, que es un mediador en los conflictos vecinales o familiares.
(7) Término peyorativo para designar a la gente de origen asiático.

Deseo

Posted by La mujer Quijote in ,

¿Será este el año?
El jueves la solución.
Descarto a Thiong'o por estar muy cercano el de Gurnah y ya se sabe cómo va esto. 
 
Actualizado 05/10/23. Pues no, no lo fue.