Henry Lawson - "La mujer del ganadero"

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Poeta y narrador australiano (hijo de la también narradora y poeta, además de editora y feminista australiana, Louisa Lawson). No cabe duda que su madre ejerció una fuerte influencia intelectual sobre él. Sus trabajos, narrados con sencillez, suelen centrarse en mostrarnos la vida de hombres y mujeres del campo australiano, la dureza de esa vida, la soledad, la solidaridad.
Este cuento, publicado en 1892 en The Bulletin, fue incluido posteriormente en diferentes volúmenes. La ilustración es de Francis Mahony y apareció en el volumen While the Billy Boils de 1913 que incluye el cuento (en el enlace puede leerse el libro completo en inglés).
Este cuento no está relacionado con el cuento del mismo título de Murray Bail (también australiano) que ya puse en el blog hace tiempo.
La versión es la de Mónica Monleón, Montse González Barri, Imma Raluy y Eloísa Moyano.
La casa tiene dos habitaciones; está construida con troncos, tablas y corteza fibrosa, y el suelo está hecho de tablas resquebrajadas. La cocina, también de corteza, está al final y es más grande que el resto de la casa, terraza incluida.
Alrededor sólo hay monte. Un monte sin fin en una eterna llanura. No hay colinas a la vista. El monte es de manzanos enanos y carcomidos. Pero no hay arbustos, ni nada en que descansar la vista, salvo el verdor de algunas encinas cuyo follaje susurra sobre un arroyo seco. Hay que recorrer diecinueve millas para encontrar alguna señal de civilización: una choza junto a la carretera principal.
El ganadero, que tuvo en su día tierras propias, está lejos, conduciendo rebaños de los grandes propietarios, mientras que su mujer y sus hijos se quedan aquí solos.
Los niños están jugando alrededor de la casa; son cuatro, y tienen un aspecto andrajoso y polvoriento. De pronto uno de ellos grita:
—¡Una serpiente! ¡Mamá, aquí hay una serpiente!
La mujer, delgada y de piel morena, sale precipitadamente de la cocina, recoge al pequeño del suelo, lo apoya sobre su cadera izquierda y coge un palo.
—¿Dónde está?
—¡Aquí! ¡Se ha metido en el montón de leña! —grita el hijo mayor, un pilluelo de once años de cara delgada—. ¡Quédate ahí, mamá! ¡La cogeré! ¡Apártate! ¡Maldita sea! ¡La cogeré!
—Tommy, ¡ven aquí o te morderá! Ven en seguida cuando te llamo. ¡Basta ya, te digo!
El más pequeño acude inmediatamente con un bastón más grande que él. De repente, grita triunfante:
—¡Se cuela por allí, por debajo de la casa! —y se lanza a perseguirla con el palo en alto. El perro, que es grande, negro y tiene los ojos amarillos propios de su raza, muestra un enorme interés por el incidente, rompe la cadena y echa a correr detrás de la serpiente. Pero llega demasiado tarde y, cuando mete la nariz por la grieta de la pared, la cola de la serpiente ya se ha escondido. A su vez, el niño al golpear con el bastón le pela la nariz al perro, quien apenas lo nota y sigue inspeccionando la casa. Con un poco de esfuerzo consiguen amansarlo y lo atan. No pueden permitirse el lujo de perderlo.
La mujer del ganadero hace que los niños se queden juntos cerca de la caseta del perro mientras que ella vigila a la serpiente. Pone leche en dos platos y los deja junto a la pared para hacerla salir; pero una hora más tarde aún no se ha dejado ver.
Pronto se pondrá el sol, y se aproxima una tormenta. Los niños deberían entrar en casa, pero ella sabe que la serpiente está allí y que en cualquier momento podría asomar por una de las grietas del suelo. Por eso, hace varios viajes a la cocina cargada de leña y luego lleva a los niños allí. El suelo de la cocina es de tierra o «natural» como dicen en esta zona. Sienta a los niños a una gran mesa de madera sin pulir que hay en el centro. Son dos niños y dos niñas, muy críos. Les da algo de cenar y antes de que oscurezca, entra rápidamente en la casa para coger algunas sábanas y almohadas, temiendo que la serpiente se le pueda aparecer entre la ropa. Improvisa una cama para los niños en la mesa y se sienta al lado para vigilar durante la noche.
Tiene los ojos bien abiertos, un palo a mano, el costurero y un ejemplar de Young Ladies’ Journal. El perro también está con ellos.
Tommy se va a la cama protestando; dice que permanecerá despierto toda la noche y destrozará a esa maldita serpiente.
Su madre recuerda cuántas veces le ha advertido que no diga palabrotas.
El niño se ha llevado el bastón a la cama. Su hermano, que está a su lado se queja:
—¡Mamá! ¡Tommy no hace más que molestarme con el palo! ¡Quítaselo!
Tommy:
—¡Cállate enano! ¿O quieres que te muerda la serpiente? Jacky se calla.
—Si te muerde —dice Tommy—, se te hinchará y apestarás. Te pondrás rojo y verde y azul y de todos los colores, y entonces reventarás. ¿Verdad mamá?
—Vamos, no asustes al niño —dice ella—, y haced el favor de dormir.
Los dos pequeños se ponen a dormir. Jacky no para de quejarse de que está «apretujado», y al final su hermano tiene que dejarle más sitio.
Entonces Tommy dice:
—¡Mamá! ¿Oyes esos pequeños rabopelados de m***? Me gustaría retorcerles el jo*** pescuezo.
Jacky protesta adormilado:
—¡Pero si esos pequeños de m*** no nos hacen ningún daño!
Madre:
—¡Oye! ¿Cómo tengo que decirte que no enseñes palabrotas a Jacky?
Pero lo que ha dicho Jacky la hace sonreír.
Jacky se queda dormido.
Poco después, Tommy pregunta:
—¡Mamá! ¿Crees que llegará un día en que exterminen a los malditos canguros?
—¡Pero por Dios! ¿Cómo quieres que sepa yo eso, criatura? ¡Duérmete!
—¿Me despertarás si sale la serpiente?
—Sí... Duérmete ya.

Es casi medianoche. Los niños están durmiendo; ella continúa allí sentada, a ratos cosiendo, a ratos leyendo. De vez en cuando echa una mirada al suelo y al zócalo y cuando oye un ruido agarra el palo. La tormenta se acerca y el viento que se cuela por las grietas de las paredes de piedra amenaza con apagar la vela, que coloca con reparo en la rinconera y protege con un periódico. A cada relámpago, las grietas de la pared brillan como plata pulida. Se desencadena la tormenta y empieza a llover a cántaros.
Caimán, el perro, está estirado a sus anchas en el suelo, con los ojos vueltos hacia un tabique interior; y gracias a esto, ella sabe que la serpiente está allí. En ese tabique hay enormes grietas que se abren por debajo del suelo de la vivienda.
Ella no es cobarde, pero recientemente han sucedido cosas que le han sacudido los nervios. No hace mucho, al hijo pequeño de su cuñado le mordió una serpiente y murió. Además, hace seis meses que no tiene noticias de su marido y está preocupada por él.
Él era ganadero, y empezó a ocupar estas tierras cuando se casaron, pero la sequía de 18** lo arruinó y tuvo que sacrificar los animales y marcharse a trabajar para los grandes propietarios. Cuando está en casa, suele llevar a la familia al pueblo más cercano, y cuando no está, su hermano, que vive en la carretera principal, les trae provisiones cada mes. La mujer tiene aún un par de vacas, un caballo y unas cuantas ovejas. De vez en cuando, su cuñado mata una oveja; ella se queda con lo que necesita y él se lleva el resto a cambio de provisiones.
Está acostumbrada a quedarse sola; en una ocasión su marido estuvo fuera durante un año y medio. Como todas las chicas, de joven, ella también construyó castillos en el aire, pero aquellas esperanzas y anhelos ya se han desvanecido. Ahora toda la distracción y el entusiasmo que desea lo encuentra en Young Ladies’ Journal, y a la pobre le encanta mirar las ilustraciones de moda.

Tanto su marido como ella nacieron en Australia. Él es algo despreocupado, pero un buen marido al fin y al cabo. Si pudiera, la llevaría a la ciudad y la trataría como a una reina. Están acostumbrados a vivir separados, al menos ella sí lo está. «¿Para qué atormentarse?», suele decir. Quizá haya momentos en los que él olvide que está casado, pero siempre que vuelve a casa con dinero se lo da casi todo a ella. Antes de que la sequía lo arruinara, la llevaba a la ciudad, alquilaba un coche-cama en el ferrocarril y se hospedaban en los mejores hoteles. Además, en una ocasión incluso le compró una calesa, aunque más tarde tuvieron que venderla, junto con todo lo demás.
Las dos hijas pequeñas nacieron en la casa, una mientras su marido traía a la fuerza a un médico borracho para que la atendiera. Ella estaba sola, y se sentía débil. Había estado enferma y con fiebre, y pidió a Dios que le enviara ayuda. Dios le envió a la Negra Mary, la aborigen más «blanca» de la región.
Uno de sus hijos murió cuando su marido no estaba allí y ella cabalgó diecinueve millas con el niño muerto en busca de ayuda.

Deben ser cerca de la una o las dos. El fuego arde lentamente. Caimán está echado con la cabeza apoyada sobre las patas, mirando hacia la pared. No es un perro demasiado bonito; la luz descubre viejas cicatrices donde el pelo no volverá a crecer. No teme a nada sobre la faz de la Tierra ni debajo de ella; atacaría a un buey con la misma facilidad con que atraparía a una mosca. Odia a todos los perros (excepto a los de la caza del canguro) y siente una gran antipatía hacia los amigos o conocidos de la familia, aunque apenas les visitan. A veces se hace amigo de extraños. Odia las serpientes y ha matado muchas, pero algún día lo morderá una y Caimán morirá: la mayoría de los «perros serpiente» acaban así.

De vez en cuando, la mujer deja su trabajo y observa, escucha y piensa. Piensa acerca de su propia vida, pues hay poco más en qué pensar.
Gracias a la lluvia, la hierba volverá a crecer. Eso le recuerda cómo luchó una vez para apagar un incendio en el monte, cuando su marido se encontraba lejos. La hierba estaba seca y muy crecida, y el fuego amenazaba con abrasarla. Se puso unos pantalones viejos de su marido e intentó apagar las llamas con una rama verde, hasta que gotas de un sudor negro le cubrieron la frente y le resbalaron por los brazos ennegrecidos. A Tommy le divertía ver a su madre en pantalones; el niño trabajó a su lado como un pequeño héroe, aunque gritaba con fuerza para que lo cogiera en brazos y, de no haber sido por cuatro hombres valientes que llegaron justo a tiempo, el fuego la habría vencido. Fueron momentos de una gran tensión: cuando fue a coger al niño, éste gritó y se debatió con fuerza creyendo que se trataba de un «negro»; y Caimán, confiando en el instinto del chiquillo más que en el suyo propio, atacó furiosamente, y (puesto que era viejo y ligeramente sordo) tan emocionado como estaba, no reconoció en un primer momento la voz de su dueña, por lo que no la soltó hasta que Tommy tuvo que obligarlo a echarse atrás golpeándolo con la correa de una silla de montar. El dolor que el perro sentía y su impaciencia por que los demás comprendieran que todo había sido un error resultaban evidentes: una enorme sonrisa bastó para reconfortarlo. Fue un episodio glorioso para los niños; un día para recordar y del que hablar y reír durante muchos años.
Recuerda cómo luchó contra una inundación estando su marido ausente. Permaneció durante horas bajo un fuerte aguacero y cavó un canal de desagüe para salvar la presa del arroyo. Pero no lo consiguió. Una campesina tampoco lo puede hacer todo. A la mañana siguiente la presa estaba rota y su corazón también estuvo a punto de romperse al pensar cómo se sentiría su marido cuando volviera a casa y viera destrozado el fruto de meses de trabajo. Entonces lloró.
También se enfrentó a «la pleuro», medicó y sangró las pocas reses restantes y lloró de nuevo cuando murieron sus dos mejores vacas.
En otra ocasión luchó contra un novillo enloquecido que sitió la casa durante un día. Hizo balas y las disparó con una vieja escopeta por entre las grietas de la pared. Al día siguiente el novillo había muerto. Lo despellejó y obtuvo 7 peniques con 6 chelines por su piel.
Hace frente asimismo a los cuervos y águilas que tienen la vista puesta en sus gallinas. Su plan de campaña es muy original: los niños gritan «¡Mamá, cuervos!», ella sale corriendo, les apunta con un mango de escoba como si se tratase de una pistola, y dice «¡Bang!». Los cuervos salen volando; son astutos, pero una mujer lo es aún más.
A veces viene un campesino borracho y sin dinero, o un haragán sin trabajo de aspecto salvaje, y le dan un susto de muerte.
—Mi marido y dos hijos están trabajando en la presa —suele decir al sospechoso desconocido, porque ellos siempre preguntan por «el jefe».
Precisamente, la semana pasada un jornalero con cara de pocos amigos, tras informarse y comprobar de que no había hombres en el lugar, dejó caer su hatillo en el porche y pidió comida. Cuando ella le hubo dado algo de comer, él mostró intenciones de quedarse a pasar la noche. El sol se estaba poniendo. Ella cogió una barra del sofá, soltó al perro y se enfrentó al desconocido:
—¡Váyase ahora mismo! —dijo con la barra en una mano y el collar del perro en la otra. Él miró a la mujer y al perro.
—¡Tranquila, ya me voy! —dijo servilmente, y se fue. La mujer parecía decidida. Los ojos amarillos de Caimán se fijaban en él de un modo desagradable. Además, la mandíbula del animal era bastante parecida a la de un verdadero caimán.
Ahora, sentada junto al fuego, en guardia contra una serpiente, tiene pocas alegrías en las que pensar. Todos los días le parecen iguales. No obstante, los domingos por la tarde se viste, arregla a los niños, acicala al bebé y sale a dar un solitario paseo por el camino del bosque, empujando ante sí un viejo cochecito. Hace lo mismo todos los domingos. Pone tanto afán en que todos, tanto ella como los niños, estén elegantes que parece como si se fuera a ir a pasear a Sydney, y sin embargo no hay nada que ver ni nadie con quien encontrarse. A menos que se sea un campesino, se pueden andar veinte millas sin encontrar ningún punto de referencia. Esto es debido a la similitud perpetua y enloquecedora de los árboles achaparrados, a esa monotonía que lleva al recién llegado a desear dejar el lugar y marcharse al sitio más lejano a donde llegue un tren o navegue un barco, y más lejos aún.
Pero esta campesina está acostumbrada a la soledad. Al principio la odiaba, pero ahora se sentiría mal si no estuviera sola. Cuando su marido vuelve se alegra, pero no se deshace en atenciones ni se muestra especialmente efusiva por ello. Le prepara un buen plato y arregla a los niños.
Parece contenta con su suerte. Ama a sus hijos aunque no tenga tiempo para demostrarlo y parezca muy severa con ellos.
Las circunstancias tampoco son las propicias para que se desarrolle el aspecto sentimental o «femenino» de su naturaleza.
Debe estar amaneciendo, pero el reloj está en la otra habitación. La vela ya casi se ha consumido. Había olvidado que se le habían terminado las velas. Hay que ir a por leña para mantener el fuego encendido, así que encierra al perro en el interior y corre a la pila de leña. Ha cesado de llover. Intenta coger un tronco y al tirar de él – ¡crac! – se derrumba toda la pila de leña, dándole un susto de muerte.
El día anterior había negociado con un aborigen errante para que le trajera leños, y mientras él estaba trabajando, ella fue en busca de una vaca extraviada. Cuando regresó quedó asombrada al ver una pila de leña junto a la chimenea. Le dio un poco más de tabaco de lo normal y lo elogió por haber hecho tan buen trabajo. Él se lo agradeció y se marchó con la cabeza alta. Pero había dejado un hueco en la pila.
Ahora ella se siente dolida; cuando vuelve a la mesa se le saltan las lágrimas. Coge un pañuelo para secarlas, sin embargo se restriega los ojos con los dedos. El pañuelo está lleno de agujeros y se da cuenta de que ha pasado el pulgar por uno de ellos y el índice por otro. Eso la hace reír de repente, ante la sorpresa del perro. Tiene un profundo sentido del ridículo; piensa que algún día hará reír a los campesinos al contarles este incidente. A menudo comentaba cómo un día se había sentado para llorar desconsoladamente y cómo el viejo gato se había restregado contra su vestido y – como decía – «también lloró». Entonces ella había tenido que echarse a reír. Ya casi es de día. La cocina está caldeada por el fuego de la chimenea. De vez en cuando Caimán mira la pared. De repente, algo capta su atención. Se acerca a unos centímetros del tabique y se estremece. El pelo de su espalda empieza a erizarse; sus ojos amarillos brillan de cólera. Ella sabe lo que esto significa y apoya la mano en el palo. La parte inferior del tabique tiene una grieta a cada lado. Un par de ojos pequeños de mirada fría brillan desde una de estas
hendiduras. Una serpiente negra sale lentamente, moviendo su cabeza de arriba a abajo. El perro se queda quieto y la mujer, fascinada, permanece sentada. La serpiente avanza un poco más. La mujer levanta el palo, y el reptil, consciente del peligro, se apresura a esconderse metiendo rápidamente la cabeza por otra grieta. Caimán salta y su boca se cierra con un chasquido. Ha sido un intento fallido porque tiene la nariz demasiado ancha; el cuerpo de la serpiente está pegado al ángulo que forman el zócalo y el suelo. Cuando mueve la cola intenta alcanzarla de nuevo. Esta vez la ha cogido y tira de ella unas 20 pulgadas. ¡Cloc! ¡cloc! La mujer da golpes contra el suelo. Caimán tira otra vez. ¡Cloc! ¡cloc! Caimán tira un poco más. Ya ha conseguido sacar la serpiente – una bestia negra de 5 pies. Ésta lleva la cabeza rápidamente, pero el perro tiene a su enemiga atrapada por el cuello. Es un perro grande y grueso, aunque veloz como un galgo. Zarandea a la serpiente como si la considerara el castigo común de la especie humana. El hijo mayor se despierta.
Coge el palo y quiere salir de la cama, pero su madre, con una sartén de hierro en la mano, le obliga a retroceder. ¡Cloc! ¡cloc! La espalda de la serpiente está rota en varias partes. ¡Cloc! ¡Cloc! La cabeza está aplastada y Caimán tiene la nariz pelada. La mujer recoge el reptil aplastado con la punta del palo, lo lleva hasta la chimenea y lo tira. Apoyada en la pila de troncos observa cómo se quema la serpiente. El niño y el perro también miran. La madre pasa la mano por la cabeza del perro, y toda la furia y la cólera desaparecen de sus ojos amarillos. Los pequeños se han tranquilizado y se disponen a dormir. El niño, con las rodillas sucias, permanece por un momento de pie en camisa, mirando el fuego. Entonces mira a su madre: le ve las lágrimas en los ojos, y, de repente, le rodea el cuello con los brazos y exclama:
—Mamá, yo nunca seré ganadero, ¡te lo juro, mamá! Ella sin aliento lo abraza y besa, y permanecen sentados, así, juntos, mientras la luz del día irrumpe en el llano.

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