Ramón Gómez de la Serna - "Retratos de bodas"

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El texto pertenece al volumen "Gollerías" editado en 1926.





Los fotógrafos esperan las bodas con encanto. Son retratos por los que casi no se regatea.
Ellos ya tienen una gran experiencia de las parejas de recién casados, que llenan su alto estudio de una luz optimista, en que renace un día con el tipo de los días más crédulos de la vida. Quedan convertidos en incienso vaporoso, flotantes en el estudio, los velos blancos de las novias.
Por la misteriosa mirilla de la máquina observan a su gusto la clase de la pareja, y dictaminan para sus adentros, como si concibiesen el horóscopo definitivo: “Matrimonio mal avenido”. “Gran incompatibilidad de gustos...” “Ella, despegada; él, pegajoso...”. “Tendrán tantos niños como esas muñecas rusas que se disgregan, y de cuyo fondo sale, de mayor a menor, numerosa descendencia...” “El es el infiel personificado...”. “Ella se morirá del primer parto...”
El fotógrafo especialista en bodas tiene algo de comadrón y de echador de cartas. Su trato tiene la untuosidad de manos muy enjabonadas e impregnadas con vaselina de peluquero que tienen los doctores.
Es el fotógrafo el primer hombre que se encara con la novia después del fausto suceso, y, por tanto, es piedra de toque de lo que ha de pasar. El marido hace un gesto extraño y receloso al verlo. Es el primer tropiezo que tiene con el enemigo.
El fotógrafo manipula mucho con la máquina y con ese paño negro de encapuchamiento, que es una especie de muleta de luto con la que reciben el primer pase los predestinados. Observa bien. Recoge la primera sonrisa del otro, el primer éxtasis desviado, y lo saborea delicadamente.
—Más hacia aquí... —dice el fotógrafo.
—Usted, caballero, mire hacia aquel lado... Usted, señora, a la máquina —rectifica desde dentro de su escafandra.
Cuando lanza a la novia el “sonríame usted un poquito”, tiene la frase un atrevimiento que se resiste como sólo se resisten las cosas convencionales.
Para las mañanas tienen los fotógrafos precisamente el chaquet entallado de testigos de boda, y se peinan con mucha agua, con peinado muy cristiano.
Sus telones de palacio, sus decoraciones de salón del trono, es por la mañana cuando los preparan, y también por la mañana es cuando limpian los magníficos sillones matrimoniales, esos sillones de una bien alta crestería, que son lo que encuentran más atractivo las parejas, y por lo que se recomiendan la fotografía unas a otras:
—¡Qué sillón, chica! Cuando te cases no dejes de ir a ese fotógrafo.
El fotógrafo especialista en bodas descorre y corre cortinillas con su larga pértiga, buscando la luz que dé a la novia las ojeras y la lánguida mirada que después gusta tanto contemplar a través de toda la vida. También procura ponerle esa aureola de luz que necesitan las novias.
Es complicada una fotografía nupcial, y los que lo saben, sobre todo, son los que van ese día a hacerse unas americanas y están esperando una hora.
—Hay una boda —suele decir con cierta sorna el encargado, como dando a entender: “Hay que tener paciencia... Es el eterno engaño de la vida... Se representa la comedia privada e ingenua”.
El fotógrafo ya ha colocado bien su pareja, y recoge la sonrisa sospechosa de la adúltera —ya se podía divorciar el marido después de ver la prueba fotográfica del retrato esponsalicio—, y a veces el guiño contumaz en que queda cogida in fraganti la recién casada. Entonces saca la placa virgen, la prologal virginidad que se va a transgredir, y lanza el último exorcismo. Los recién casados se van en el coche de la fusta engalanada y del lacayo cándido que las cocheras tienen para las bodas.
A veces vuelven al cabo de quince días, otra vez vestidos de boda. El fotógrafo se queda suspenso. ¿No ha visto él ya a esa pareja? ¡Ah, sí! Es que quieren que les repita la placa, porque la otra salió mal.
Ya son otros. La verdadera fotografía de la boda no se puede contrafacer. El traje de la novia, cuyo primer día pasó, tiene algo de traje de novia de teatro, novia prestada, novia desajustada, novia de Carnaval.
No hay hipocresía parecida a la de ese retrato de novios imitados. Tiene algo de gran estafa, y ya toda la vida los dos tendrán que guardar el secreto de la falsedad del retrato colocado en el marco rimbombante, un poco desmayado hacia atrás sobre el soporte que lo apuntala.
—Hija, qué cara de valiente tuviste aquel día —le dirá esa amiga que no puede sospechar la verdad.
—Chico—le dirá a él un amigo—, qué gesto más impasible el tuyo en el día que hace temblar más.
Nadie sospechará que aquel retrato es el falso retrato de boda; pero hasta los nietos, caerá la ignominia de esa falsedad, y todos serán unos hipócritas empedernidos.

Elizabeth Bishop (II)

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Su poesía se caracteriza por un rígido control formal y por el detalle en la descripción de objetos y lugares pero sin incluir detalles de tipo personal (algo que era muy habitual en contemporáneos suyos como Robert Lowell o John Berryman). Muchas veces fue etiquetada como "poeta para poetas". Sin duda, una de las grandes poetas americanas del s. XX.
La versión es la de D. Sam Abrams y Joan Margarit.



EL INCRÉDULO
Duerme en lo alto de un mástil - Bunyan

Duerme en lo alto de un mástil
con los ojos firmemente cerrados.
Debajo de él caen las velas
como las sábanas de su cama,
dejando fuera, al aire de la noche, la cabeza del durmiente.

Fue transportado ahí dormido,
dormido se enroscó
en una dorada bola en lo alto del mástil
o trepó dentro de un pájaro dorado,
o ciegamente se sentó a horcajadas.

"Descanso en pilares de mármol",
dijo una nube. "No me muevo nunca.
¿Ves, ahí, los pilares en el mar?"
Firme en la introspección,
escudriñaba los pilares reflejados en el agua.

Una gaviota tenía las alas debajo de él,
y observaba que el aire
era "como de mármol". Él decía:
“Aquí arriba me levanto a través del cielo
merced a las alas de mármol que sobre lo alto de mi torre vuelan".
Pero duerme en lo alto del mástil
con los ojos cerrados con fuerza.
La gaviota indagó dentro de su sueño,
el cual era: "No debo caerme.
El rizado mar de ahí abajo desea que me caiga.
Es duro como el diamante: desea destruirnos a todos".


TORMENTA ELÉCTRICA
Aparece un desagradable amarillo.
¡Cre-eek! Seco y luminoso.
La casa fue realmente alcanzada.
¡Crek! Un sonido metálico, como el de un vaso que se deja caer.
Tobías saltó desde la ventana hasta la cama
—silencioso, sus ojos blanqueados, de punta el suave pelo.
Personal y malintencionado como el niño de los vecinos,
el trueno empezó a estampar y a sacudir el tejado.
Un relámpago rosa:
después el granizo, las más grandes perlas artificiales.
De un blanco de muerto, de un blanco de cera, frías
—gentilezas de viudas de diplomáticos
desde una vieja fiesta lunar—
yacen fundiéndose en la hilera de hierba dejada a secar
en el rojo suelo hasta mucho después de salir el sol.
Encontramos fundidos los alambres de los fusibles,
sin luz, con un olor a bromuro,
el teléfono sin línea.

El gato se quedó entre las tibias sábanas.
Los árboles de la Cuaresma habían mudado todos sus pétalos:
húmedos, atascados, púrpura, entre las perlas como ojos muertos.


DISCUSIÓN
Días que no pueden acercarte,
o que no quieren,
Distancia intentando aparecer
algo más que obstinada, discutir discutir
discutir conmigo
interminablemente
sin que resultes ni menos deseada ni menos amada.

Distancia:
¿recordar toda aquella tierra
bajo el avión;
aquella línea de la costa,
de anchas playas de arena con poca luz
alargándose sin poderlas distinguir todo el trayecto,
todo el trayecto hacia donde terminan mis razones?

Días: y pienso
en todo este discordante montón de instrumentos,
uno por cada hecho,
una experiencia cancelando a otra;
cuánto se parecían
a algún horrible calendario
"Saludos de Nunca & Para Siempre, S. A.".

El son intimidatorio
de estas voces
que hemos de descubrir por separado
puede y debe ser vencido:
Días y Distancia desconcertados de nuevo
y que ya han huido
para siempre desde el amable campo de batalla.

Luigi Pirandello - "La realidad del sueño"

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Dramaturgo, poeta y narrador italiano.
Este cuento fue recogido en el volumen "Cuentos para un año" publicado en 1933.
La versión es la de Marinela de Chiara.


Parecía que todo lo que él decía estaba dotado del mismo e incontestable valor de su belleza, como si, por la imposibilidad de poner en duda que él era un hombre hermosísimo, pero realmente hermoso en todo, igualmente no pudiera ser contradecido en nada.
¡Y no entendía nada, pero realmente nada, de lo que le ocurría a ella!
Al escuchar las interpretaciones que proponía con tanta seguridad sobre ciertos actos suyos, instintivos, sobre ciertas (tal vez injustas) antipatías suyas, sobre ciertos sentimientos suyos, sentía la tentación de arañarlo, de abofetearlo, de morderlo.
Sentía, porque luego, cuando la frialdad y la seguridad y el orgullo del joven guapo se desvanecían, cuando él se le acercaba porque la necesitaba, entonces se mostraba tímido y humilde y suplicaba. Y ella, en aquellos momentos, lo deseaba. Pero, al mismo tiempo, se irritaba, hasta el extremo de que, aunque estuviera inclinada a ceder, se endurecía, reluctante. Y el recuerdo del abandono, envenenado en el mejor momento por aquella irritación, se convertía en rencor.
Consideraba que la incomodidad que ella decía experimentar con todos los hombres era una fijación.
—Te sientes incómoda, querida, porque piensas en tu sensación de incomodidad —se obstinaba en repetirle.
—¡Pienso en mi incomodidad, querido, porque la experimento! —contestaba ella—. ¿Qué fijación? La siento. Es así. Y tengo que agradecerle a mi padre la bonita educación que me dio. ¿Quieres poner en duda eso también?
Eh, al menos esperaba que eso no. Él también había tenido pruebas de esa educación durante el noviazgo. En los cuatro meses previos al matrimonio, en su pueblo natal, no le había sido concedido tocarle ni la mano ni tampoco intercambiar palabras con ella en voz baja.
Su padre, más celoso que un tigre, desde niña le había infundido un verdadero terror a los hombres; nunca había admitido a uno, a uno solo, en su casa; todas las ventanas estaban cerradas; y las raras veces que la había llevado afuera, le había impuesto que caminara cabizbaja, como las monjas, mirando al suelo como si tuviera que contar los granos de grava del camino.
Pues bien, ¿por qué se sorprendía si ahora, en presencia de un hombre, se sentía incómoda y no conseguía mirar a nadie a los ojos, y no sabía hablar ni moverse?
Hacía seis años, es cierto, que se había librado de la pesadilla de los feroces celos de su padre; veía gente, por casa, por la calle; sin embargo… No se trataba del anterior y pueril terror, pero sí de cierta incomodidad. Sus ojos, por mucho que se esforzaran, no podían aguantar la mirada de nadie; su lengua, mientras hablaba, se enredaba en su boca; y de pronto, sin saber por qué, su rostro se sonrojaba y todos podían creer que pensaba en quién sabe qué, mientras que en realidad no pensaba en nada. Y, en fin, se veía condenada a quedar siempre mal, a pasar por tonta, por estúpida, y no quería. ¡Era inútil insistir! Gracias a su padre, tenía que permanecer encerrada, sin ver a nadie, para no sentir la molestia por aquella estúpida y ridiculísima incomodidad, más fuerte que ella.
Los amigos de él, los mejores, los que más le importaban y que hubiera querido considerar como un adorno de su casa, del pequeño mundo que, seis años atrás, al casarse, había esperado formar, ya se habían alejado uno por uno. ¡Claro! Iban a su casa, preguntaban:
—¿Y tu mujer?
Pero su mujer se había escapado al primer timbrazo. Fingía ir a buscarla o iba realmente, se presentaba con el rostro afligido, las manos abiertas, sabiendo que era inútil, que su mujer lo fulminaría con los ojos encendidos por la ira y le gritaría entre dientes: «¡Estúpido!»; le daba la espalda y se iba, Dios sabe cómo por dentro, sonriendo por fuera, para acabar diciendo:
—Ten paciencia, querido mío, es que no se encuentra bien, está echada en la cama.
Y una y dos y tres veces; finalmente, ya se sabe, se habían cansado. ¿Podía no darles la razón?
Todavía quedaban un par o tres, más fieles y más valientes. Y al menos a estos quería conservarlos, especialmente a uno, el más inteligente de todos, muy culto, que odiaba la pedantería, tal vez sólo por pose; un periodista agudísimo; en fin, un amigo muy valioso.
A veces su mujer se había dejado ver por alguno de estos pocos amigos supervivientes, o bien porque había sido cogida por sorpresa o bien porque, en un momento afortunado, se había rendido a sus súplicas. Y, no señores, no era cierto que había quedado mal: ¡todo lo contrario!
—Porque cuando no piensas en tu incomodidad, lo ves… cuando te dejas llevar… eres vivaz…
—¡Gracias!
—Eres inteligente…
—¡Gracias!
—¡Y no eres nada torpe, te lo aseguro! Perdona, ¿por qué querría yo hacerte quedar mal? Hablas con franqueza, pero sí, demasiada a veces… sí, sí, y eres muy graciosa… ¡te lo juro! Coges confianza, y tus ojos… ¡claro que sabes mirar!, brillan, querida mía… Y dices, también dices cosas atrevidas, sí… ¿Te sorprendes? No digo incorrectas… pero atrevidas para una mujer, con soltura, con espíritu, ¡te lo juro!
Se animaba mucho alabándola, porque veía que ella, aunque protestaba y le decía que no le creía, en el fondo se sentía complacida, se sonrojaba, no sabía si sonreír o fruncir el ceño.
—Es así, es así, créeme, la tuya es una fijación…
Hubiera tenido que despertar en él cierta preocupación el hecho de que ella no protestara contra esa cien veces recordada «fijación», y que aceptara los elogios acerca de su habla franca y suelta, y hasta atrevida, con evidente complacencia.
¿Cuándo y con quién había hablado ella así?
Pocos días antes, con su amigo «más valioso», que le resultaba, naturalmente, más antipático que nadie. Es cierto que ella admitía la injusticia de ciertas antipatías suyas, y que sobre todo consideraba antipáticos a aquellos hombres ante los cuales se sentía más incómoda. Pero ahora, la complacencia por haber sido capaz de hablar ante aquel hombre, también con impertinencia, derivaba del hecho de que este (seguramente para picarla), durante una larga discusión sobre el eterno argumento de la honestidad de las mujeres, había osado defender que el pudor excesivo es señal infalible de un temperamento sensual. Por eso hay que desconfiar de una mujer que se sonroja por nada, que no se atreve a levantar la mirada porque cree descubrir por doquier un atentado contra su propio pudor y, en cada mirada, en cada palabra, un insulto a la propia honestidad. Quiere decir que esta mujer está obsesionada con imágenes tentadoras, teme verlas en cualquier lugar, se turba pensando en ellas. ¿Cómo que no? Mientras otra, con los sentidos calmados, no experimenta estos pudores y puede hablar sin turbarse también de ciertas intimidades amorosas, sin pensar que haya algo malo en una… qué sé yo, en una camisa un poco escotada, en una media agujereada, en una falda que deje apenas entrever algo más arriba de su rodilla.
Con esto, cuidado, no decía que una mujer, para no ser considerada sensual, tenía que actuar de manera descarada, indecente y mostrar lo que no se tiene que mostrar. Sería una paradoja. Hablaba del pudor. Y para él el pudor era la venganza por la falta de sinceridad. No decía que no fuera sincero, al contrario, era sincerísimo, pero como expresión de la sensualidad. Hipócrita es la mujer que quiere negar su sensualidad, mostrando como prueba de su pudor sus mejillas sonrojadas. Y esa mujer puede ser hipócrita también sin quererlo, sin saberlo. Porque no hay nada más complicado que la sinceridad. Todos fingimos espontáneamente, no tanto ante los demás, sino ante nosotros mismos; siempre creemos de nosotros mismos lo que nos gusta creer y no nos vemos como en realidad somos, sino como presumimos ser según la construcción ideal que nos hemos creado de nosotros mismos. Así, puede ocurrir que una mujer, muy sensual sin que lo sepa ella misma, se crea sinceramente casta y pura, en tensión con la sensualidad y rechazada por ella, por el mismo hecho de que se sonroja por nada. Este sonrojarse, que por sí mismo es expresión sincerísima de su sensualidad real, es asumido, en cambio, como prueba de su supuesta castidad, y, asumido así, naturalmente, se convierte en hipocresía.
—Vamos a ver, señora —había concluido el amigo valioso unas noches antes—, la mujer, por su naturaleza (excepto, se entiende, las debidas excepciones), está toda en sus sentidos. Es suficiente saberla coger, encender y dominar. Las mujeres demasiado púdicas no necesitan ser encendidas: se inflaman solas, apenas son tocadas.
Ella no había dudado ni siquiera por un instante que toda esta argumentación se refería a ella y, apenas el amigo se fue, se rebeló ferozmente contra su marido, quien, durante la larga discusión, no había hecho más que sonreír como un tonto y decir que sí con la cabeza.
—Me ha insultado de todas las maneras posibles durante más de dos horas y tú, tú, en vez de defenderme, has sonreído, has asentido, dándole a entender que era cierto lo que decía, porque tú, mi marido, eh, tú podías saberlo…
—Pero ¿qué dices? —había exclamado él, pasmado—. Tú desvarías… ¿Yo? ¿Que tú seas sensual? ¿Qué dices? Si él hablaba de la mujer en general, ¿tú qué tienes que ver con ello? ¡Si hubiera sospechado mínimamente que tú podías estar pensando que su argumentación se refería a ti, no habría abierto la boca! Y además, perdona, ¿cómo podía creerlo si no te has mostrado con él como la mujer púdica de la que hablaba? No te has sonrojado; has defendido tu opinión con fervor. Y yo he sonreído porque me complacía, porque veía la prueba de lo que siempre he dicho y he defendido, es decir, que cuando no piensas en tu incomodidad, no eres torpe ni cohibida, y que tu presunta incomodidad no es nada más que una fijación. ¿Qué tiene que ver con eso el pudor del que te hablaba él?
No había sabido contestar a esta justificación de su marido. Se había ensimismado, considerando por qué se había sentido herida tan internamente por las palabras del amigo. No era pudor, no, no y no, el suyo no era pudor, aquel pudor asqueroso del que hablaba aquel; era incomodidad, incomodidad, incomodidad, pero seguramente un maligno como él podía confundir por pudor aquella incomodidad y por eso creerla una… ¡una de aquellas, sí!
Aunque si realmente no se había mostrado incómoda, como su marido afirmaba, todavía se sentía así, podría vencer esta sensación, a veces, esforzándose por no demostrarla, pero la sentía. Ahora, si su marido negaba que se sintiera así, quería decir que no se daba cuenta de nada. Por eso tampoco se percataría de que esta incomodidad era también algo más, es decir: el pudor del que aquel había hablado.
¿Era posible? ¡Oh, Dios, no! Sólo pensarlo le provocaba horror, asco.
Sin embargo…
Recibió la revelación en sueños.
Aquel sueño empezó como un desafío, como una prueba, a la cual la retaba aquel hombre odiadísimo, después de la discusión de hacía tres noches.
Ella quería demostrarle que no se sonrojaría por nada, que él podía hacer lo que le viniera en gana porque no se turbaría ni se trastornaría.
En efecto, él empezaba la prueba con audacia fría. Primero le pasaba levemente una mano por el rostro. Al contacto de aquella mano con su piel, ella hacía un esfuerzo violento para esconder el escalofrío que recorría todo su cuerpo, para que no se le nublara la mirada y para mantener los ojos impasibles y firmes, la boca apenas sonriente. Y ahora le acercaba los dedos a la boca; le cogía delicadamente el labio inferior y hundía allí, en la humedad interna, un beso caliente, largo, de dulzura infinita. Ella apretaba los dientes; se estremecía para dominar el temblor, el temblor de su cuerpo; y entonces él empezaba a desnudarle tranquilamente el seno y… ¿Qué había de malo? No, no, nada, nada malo. Pero… oh, Dios, no… él se demoraba pérfidamente en la caricia… no, no… demasiado… y… Vencida, perdida, al principio sin ceder, pero pronto cediendo, no porque él la forzara, sino por la languidez abandonada de su propio cuerpo, y finalmente…
¡Ah! Se despertó del sueño convulsa, deshecha, temblando, llena de repugnancia y de horror.
Miró a su marido que, sin saber nada, dormía a su lado. Y la deshonra que sentía hacia sí misma se convirtió en aversión por él, como si fuera la causa de la ignominia, cuyo placer y cuyo capricho seguía sintiendo: él, él por su estúpida obstinación en recibir en casa a aquellos amigos.
Ella lo había engañado en sueños, y no sentía remordimiento alguno, no, sino rabia contra sí misma, por haberse dejado vencer, y rencor, rencor contra él, también porque en seis años de matrimonio nunca había sabido hacerle sentir lo que había sentido ahora mismo en sueños, con otro hombre.
Ah, toda la mujer en sus sentidos… ¿Era cierto?
No, no. La culpa era de su marido que, por no querer creer en su incomodidad, la forzaba a vencerla, a violentar su naturaleza, la exponía a aquellas pruebas, a aquellos desafíos, de los que había nacido el sueño. ¿Cómo resistir a semejante prueba? Su marido lo había querido. Y este era el castigo. Estaría satisfecha si pudiera apartar la deshonra que sentía por sí misma de la maligna alegría que la invadía pensando en el castigo de él.
¿Y ahora?
El conflicto se desató por la tarde del día siguiente, después del duro silencio de todo el día contra cualquier pregunta insistente de su marido, que quería saber por qué estaba así, qué le había ocurrido.
Ocurrió ante el anuncio de la habitual visita de aquel amigo valioso.
Al oír su voz en el recibidor, ella se estremeció, de pronto trastornada. Una ira furibunda brilló en sus ojos. Se abalanzó sobre su marido y, temblando de la cabeza a los pies, le suplicó que no recibiera a aquel hombre:
—¡No quiero! ¡No quiero! ¡Haz que se vaya!
Él se quedó, al principio, más que sorprendido, turbado por aquella reacción furiosa. Incapaz de comprender la razón de tanta repugnancia, cuando ya creía que —al contrario— su amigo había sido aprobado por ella, se irritó fieramente por la absurda y perentoria amenaza.
—¿Estás locas o quieres volverme loco a mí? ¿Por tu estúpida locura tengo que perder a todos mis amigos?
Y, librándose de ella, que se había agarrado a su cuerpo, le ordenó a la sirvienta que dejara pasar al señor.
Ella se refugió en la habitación contigua lanzándole, antes de desaparecer por detrás de la puerta, una mirada de odio y de desprecio.
Cayó en el sillón, como si sus piernas se hubieran quebrado de pronto, pero toda su sangre chisporroteaba por sus venas y todo su ser se rebelaba, en aquel abandono desesperado, oyendo, a través de la puerta cerrada, las expresiones de alegre acogida de su marido hacia el hombre con quien ella, la noche anterior, en sueños, lo había traicionado. Y la voz de aquel hombre… oh, Dios… sus manos, sus manos…
De pronto, mientras se retorcía en el sillón, apretándose con los dedos como garras los brazos y el pecho, lanzó un grito y cayó al suelo, víctima de una espantosa crisis nerviosa, de un verdadero ataque de locura.
Los dos hombres acudieron inmediatamente; permanecieron un instante aterrados ante la imagen de ella, que se retorcía como una serpiente, profiriendo alaridos; su marido intentó levantarla; el amigo lo ayudó. ¡Ojalá no lo hubiera hecho nunca! Al sentirse tocada por aquellas manos, el cuerpo de ella, en la inconsciencia, sin el dominio absoluto de sus sentidos todavía escarmentados, empezó a temblar de arriba a abajo, voluptuosamente. Y, bajo la mirada de su marido, se aferró a aquel hombre, pidiéndole agitadamente, con horrible urgencia, las caricias frenéticas del sueño.
Horrorizado, su marido la alejó del pecho de su amigo. Ella gritó, luchó, luego cayó exangüe entre sus brazos, y la tumbaron en la cama.
Los dos hombres se miraron estupefactos, sin saber qué pensar ni qué decir.
La inocencia era tan evidente en el doloroso asombro de su amigo que el marido no pudo sospechar nada. Lo invitó a salir de la habitación, le dijo que desde aquella mañana su mujer estaba muy turbada, en un estado de alteración extraña, nerviosa; lo acompañó hasta la puerta, pidiéndole perdón si lo despedía por aquel incidente imprevisto y doloroso, y volvió corriendo a la habitación de su mujer.
La encontró en la cama, reanimada, acurrucada como una fiera, con los ojos brillantes; temblaba, como si tuviera frío, con movimientos violentos, convulsos.
Apenas él se le acercó, hosco, para preguntarle acerca de lo que había ocurrido, ella lo rechazó con ambos brazos y, entre dientes, con voluptuosidad lacerante, le lanzó a la cara la confesión de la traición. Decía, con una sonrisa histriónica, malvada, estremeciéndose y abriendo las manos:
—¡En sueños!… ¡En sueños!…
Y no le ahorró ningún detalle. El beso en los labios… la caricia en el seno… Con la pérfida certeza de que él, aunque sentía —como ella— que aquella traición era real y, así, irrevocable e irreparable, porque había sido consumada y saboreada hasta el final, no podía culparla. Su cuerpo —él podía golpearlo, lacerarlo— estaba aquí y había sido de otro, en la inconsciencia del sueño. Para aquel hombre la traición no existía, pero había sido y permanecía aquí, en su cuerpo que había gozado, real.
¿De quién era la culpa? ¿Y qué podía hacerle su marido?

Andrés Caicedo - "Felices amistades"

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Novelista, cuentista, dramaturgo, guionista de cine y ensayista colombiano. Fiel exponente del realismo social, fue enemigo del realismo mágico. Alberto Fuguet, admirador y estudioso de su obra, lo calificó como "el primer enemigo de Macondo". Los narradores de Caicedo son casi siempre adolescentes y comparten la misma aversión al mundo adulto del autor. En sus cuentos está su oscuridad, sus vidas alucinadas, su sexualidad confusa, su existencia en los márgenes, sus brutales estrategias para huir del sufrimiento.
Este cuento fue escrito en 1969.

A decir verdad yo nunca he matado gente, mi Graciela es la que se encarga de eso. La señora García pensaba todo lo contrario, pero en ese caso era problema suyo ¿no? Lo cierto es que la que hace los trabajitos es Graciela, claro que yo la ayudo en ciertos aspectos, detalles que hacen que cuando ella mate pues que mate bien, allí se acabó todo, y nosotros podemos seguir caminando tranquilos y felices por las calles de Cali. Por eso es que los trabajos son obra de los dos, aunque, lo repito, la que mata es Graciela. Anoche en la fiesta se me perdió de vista porque como que estaba muy interesada con ese italiano de lo más pinta que le llegó a Cecilia. Ella no ha podido explicarle bien a nadie por qué el tipo está en su casa. Balbucea algo acerca de un intercambio, pero lo que dice todo el mundo es que sabía que había intercambios con gringos, pero nada de italianos. Y a esa objeción Cecilia se queda callada, a lo mejor hasta sonriendo. Cuando Graciela se me perdió me puse a preguntarle a todo el mundo si la habían visto, y hasta la señora García me dijo que la había visto con el italiano. La busqué por toda la casa pero no apareció. Ya tarde, cuando estaba sacando el carro fue cuando la vi: venía cogida de la mano con el italiano y riéndose como niña de once años. Yo le dije hola y ella me dijo hola y el italiano dijo sesepi y quiso seguir con ella para adentro, pero Graciela dijo que no, que se tenía que ir porque yo me iba. Entonces el italiano le soltó la mano diciendo metibonito y sonrió con esa cara angelical suya y se entró a la fiesta de nuevo. Tuvimos que esperar a la buena de la señora García que tuvo que desembarazarse del actor Ochoa quien ya la estaba invitando a su apartamento y todo eso, y cuando ella se montó en el carro estaba más bonita que nunca. Yo le pregunté después a Graciela que qué había querido decir el italiano con esa vaina de metibonito, pero ella no me contestó: nada más alzó los hombros y se dedicó a mirar las rayas blancas de la carretera. La señora García estaba estrenando perfume, y de vez en cuando nos miraba a los dos con esa sonrisa suya y nos mandaba besitos con la punta de los dedos.
Figúrense si mi ayuda habrá servido para algo: por ejemplo, cuando matamos al señor Bernal, yo tuve que pararme tres horas en la puerta de su casa para no dejar entrar a nadie, pensando qué diablos estará haciendo esa mujer carajo, porque tres horas al lado de una puerta son tres horas, y sobre todo en una ciudad como Cali. Pues tuve que despachar a un muchacho que traía un vestido para el señor Bernal, y a otro que venía a cobrar la cuenta de la droguería. Graciela me contó después que el señor Bernal era en extremo tímido, de allí el motivo de la tardanza, pero que eso no se volvía a repetir, así me lo prometió, y todo arreglado. Sí, porque tres horas de espera ante una puerta es para volver loco a cualquiera. Sobre todo que yo había quedado de llevar a cine a Angelita, y ese día se me armó todo un lío por la tardanza y no valió nada que yo le explicara que había tenido que esperar tres horas en la puerta del señor Bernal. Bueno, y hablando del señor Bernal, yo opino todo lo contrario de Graciela; para mí era un perfecto y divertidísimo cínico, pero si ella fue la que lo mató debe tener razón en cuanto a que era tímido, ¿no?
En nosotros todo ha funcionado bien desde que nos conocidos. El que ella se encargara de matar a la gente mientras yo solucionaba los asuntos colaterales surgió entre los dos como un pacto repentino, sin necesidad de hablar. A ella le gusta su ocasión y a mí la mía, eso es lo importante, que estemos a gusto con lo que hacemos, que nos agrade caminar juntos y pararnos cara al cielo debajo de la lluvia y no perdernos una sola fiesta y reír mucho e ir a cine de vez en cuando. Pero sobre todo, ser amigos de la señora García, porque con ella siempre andamos por los grilles de jóvenes y cuando hay una pelea ella es la primera que hace apuestas, y al que gane se lo lleva para su casa y allá le enseña todo lo que sabe y nos llama al otro día bien temprano para contarnos todo.
Bueno, Graciela volvió a salir con el italiano ese. Ayer estábamos cerca del estadio comiendo conos cuando frenó al lado de nosotros en el carro de Cecilia y nos gritó ¡picuestiba machu! y Graciela pegó un berrido de felicidad al verlo y corrió a su carro como si yo no importara para nada, pero de aquí no me muevo, dije yo, vamos a ver quién gana, y sí señor, allí mismo me crucé de brazos hasta que ella me preguntó qué hubo hombre, no te vas a subir o qué Mterino cuyo cuyo, estaba diciendo ahora el italiano, y yo le respondí ajá, comé mierda, te digo que comás mierda italiano marica ¿esto sí lo entendés? Yo hablo en caleño, italiano, y diciendo eso comencé a subirme al carro, italiano mierda es lo que debés comer, y no me había dado cuenta que el tipo se estaba poniendo verde desde hace mucho rato y cuando acabé de sentarme el hombre gritó ¡pequé ceccipe tautaro pecas! y se tiró a agarrarme de la camisa y yo estaba con la boca abierta de lo más azarado porque no tenía ni idea quel italiano entendiera caleño y ya me iba a estampar una trompada en la cara cuando intervino la maravillosa Graciela: le dio un beso en la mejilla y con eso el hombre se fue calmando, pero todavía seguía diciendo milano milana quesigato y yo lo que hacía era mirar a Graciela para que me tradujera lo que el tipo estaba hablando, pero ella como que se había olvidado de mí desde hace tiempos, lo único que hacía era devorárselo con los ojos. Después, cuando estábamos por la Plaza de Caicedo, el italiano volteó a verme y me dio unas palmaditas en el hombro, no es ni mala persona el tipo.
Por la tarde, Graciela llamó a Cecilia para ver qué era lo que íbamos a hacer, pero Cecilia tenía gripa de Hong Kong, de modo que hubo que llamar a María Fernanda para que le hiciera pareja al italiano. Porque ni modo de contar con la señora García, ella amanece emberrinchada uno que otro día, y por más que se le ruega, nada. Cogimos hasta Potrerito y el italiano estaba muy contento y todo mirando vacas y árboles de guayaba, y a cada rato le daba besos a María Fernanda que nos miraba como agradeciéndonos. María Fernanda es una muchacha pelinegra de ojos verdes y algo estúpida, pero de muy buenos sentimientos. La conocimos dos días después de que Graciela mató a su tío, el señor Luján. A decir verdad no le hicimos ningún mal a María Fernanda porque la muerte del señor Luján le dejó un lote en Ciudad Jardín. Y cuando no tenemos nada que hacer nos vamos para allá a construir una piscina. Cuando le propusimos hacer aquello al italiano, el hombre respondió yeca teterí y de buena gana nos fue a dar una manito. Como lo ven, ya estamos haciendo buenas migas.
Cuando la señora García no quiere jugar con nosotros y nos aburrimos, recordamos la vez aquella, un 24 de diciembre a las once de la noche, en la que matamos al niño Eduardo Sanclemente Díez. Si algo es cierto acerca de Graciela es que cuando hay una buena oportunidad, no pierde tiro: no fue sino verlo y acariciarle la cabeza para resolver hacer el trabajito, pero para que todo saliera como siempre, a la perfección, yo tuve que acostarme con su mamá, doña Marta Díez de Sanclemente, una vieja de cuarenta años no muy mala del todo, con las arrugas apenas recién saliditas. Y ella contándome cuentos de su difunto marido quen paz descanse mientras Graciela trabajando al niño y yo doña Marta cuénteme más de su marido ¿no? Y doña Marta dejemos de hablar ya del señor ese, ¿tenemos que seguirnos viendo no? Y yo claro ni siquiera se pregunta doña Marta. El niño Eduardo Sanclemente Díez tenía una nariz pequeñita y una boca que jamás la cerraba completamente, como listo a preguntar algo. Nosotros seguimos visitando a doña Marta de vez en cuando pero por cortesía nada más, naturalmente. Claro que cuando recordamos a la señora García podemos divertirnos más, pero es que es penoso hacerlo. Entonces simplemente me contento con mirar el bello rostro de Graciela, pasarle mis dedos por sus ojos y decirle al oído que nadie puede separarnos, decirle eso para que ella sonría, feliz, y me aprete la mano y me repita una vez más que tuvo que matar a Angelita porque ya se estaba metiendo demasiado conmigo, y yo le digo que no me tiene por qué pedir disculpas, que la vida es así y que si ella lo hizo pues está bien hecho. No sabemos, palabra que no sabemos desde hace cuánto es que estamos andando juntos, pero es maravilloso sentirnos así de próximos, saber que podemos tocarnos con sólo estirar las manos. Angelita tenía una cara pálida y como suplicante: la señora García la quería mucho, decía que era la mujer más encantadora que había conocido en su vida, y cada vez que me decía eso me ponía en un aprieto, palabra que sí, porque yo la quería ¿no? Pero a decir verdad me estaba incomodando un poco, ya no podía asistir con absoluta libertad a los lugares que Graciela me señalaba cuando iba a matar a alguien. Por ejemplo, cuando lo del bombero, llegué tan retrasado que ya el tipo estaba boca arriba en la mesa de billar, mientras Graciela me esperaba fumando pacientemente. Las cosas no pueden seguir así hermanito, me dijo, y allí mismo pensó en matar a Angelita, pero jamás me lo comunicó, hizo el trabajo sola, y eso es precisamente lo que no me acaba de gustar de todo esto. Una vez que ya todo estaba arreglado, cuando Angelita se perdería para siempre de las calles de nuestra ciudad, fue cuando me avisó.
Ni modo, pensé yo, no hay nada que hacer. Y no se habló más del asunto, estábamos invitados a tomar café con leche y a matar a la señora García.
Cecilia ya se mejoró, y como que está de muchos amores con el italiano, así que la pobrecita de María Fernanda ha quedado desplazada. Ayer por la noche estuve por allí andando con el tipo, nos conseguimos dos muchachas por la Avenida de las Américas, ya llegando a la Fuente de los Bomberos, pero no se pudo hacer nada porque resultaron bastante ariscas, entonces el italiano se puso hecho un cuete y las sacó a patadas del carro gritándoles vejiga vejiga bretonato, ñop, io deco tirume: pesito. Así que al fin de cuentas, y como a las cuatro de la mañana estábamos con las manos vacías. Yo le dije que lo mejor que podíamos hacer era despertar a Graciela y a Cecilia, qué carajo, para eso las tenemos.
¡Tenemí, tenemí! Gritó el italiano y arrancamos para la casa de Cecilia, quien me contó que el actor Ochoa había venido a preguntarle por la señora García. Después fuimos por Graciela y le dije que el actor Ochoa había estado preguntando por la señora García, de modo que no hay que descuidarse. Apenas le dije eso, a Graciela se le salieron dos lagrimones del tamaño de Cali. Es que recordarla a ella es lo más triste que le puede pasar a uno.
El italiano se va dentro de cuatro días, de modo que hay que ir pensando en algo para despedirlo. Sé que Cecilia no lo quiere demostrar, pero está triste, y eso que ni hablar de María Fernanda, pero Graciela, tenemos que decirles que no se metan en camisa de once varas, que en Cali hay infinidad de tipos que darían todo por acostarse con ellas, que aprendan a tomar de la vida lo único que se pueda, porque si no, qué se va a poner a hacer uno cuando llegue a viejo.
Señoras y señores, cuando Graciela se ríe se le forman dos hoyitos a lado y lado de la boca y los ojos como que le cambian de color. Su pelo es ceniza y le cae más abajo de los hombros. Ayer acabamos de construir la piscina de María Fernanda y todos fuimos a bañarnos en homenaje a la señora García y a Graciela le dio por matar al italiano. Se bailó mucho y María Fernanda nos presentó a Roberto Adams, como los chicles jaja, y el tipo nos cayó muy bien a todos según la encuesta que hicimos entre los invitados. Así estamos más o menos organizados, señora García, fíjese que el italiano gritó metisca ateme y se hundió de una, ya ve, y usted diciendo que las cosas eran al revés, le repito que yo no mato gente, que Gracielita es la que se encarga de eso. Hombre, ese Roberto Adams es un muchacho simpático, se ve que María Fernanda se ha puesto a seguir mis instrucciones, cómo le parece.

Erskine Caldwell - "El frío invierno"

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Este cuento (The cold winter) pertenece al volumen Kneel to the Rising Sun and other stories publicado en 1935.
La versión es la de Rebeca Bouvier.



Después de una semana en la ciudad, había cogido la costumbre de regresar temprano a la habitación que había alquilado y yacía despierto bajo la cálida manta.
En la calle, cuando caía la noche, hacía mucho frío. Normalmente soplaba un viento fresco y húmedo procedente del río, y desde las tierras altas descendía, hora tras hora, el crudo y helado invierno de febrero. Incluso los hombres que llevaban abrigo corrían por las calles heladas con las cabezas agachadas combatiendo el frío y dándose prisa por llegar a sus caldeados hogares.
En la habitación sin calefacción que había alquilado hacía frío, pero bajo el calor de la manta era como estar entre los brazos de una muchacha.
Al tercer día de esa semana ya me había acostumbrado a vivir en una casa sin calefacción. Al principio no podía dormir. Pero esa tercera noche me saqué los zapatos en cuando llegué a la habitación y me metí en la cama de inmediato. Durante las cinco o seis horas siguientes yací despierto, caliente bajo las mantas, mientras en los cristales de la ventana se formaba lentamente la escarcha creando diseños precisos y frágiles de fría belleza.
En el vestíbulo podía oír a la gente ir de una habitación a otra, dándose prisa por el frío pasillo y haciendo crujir los tablones contraídos del suelo bajo sus pies.
Al cabo de un rato noté un aire caliente que circulaba a través de las grietas de la pared. En la habitación contigua, a mi derecha, vivían una mujer joven y su hija pequeña. El calor de la calefacción que ellas disfrutaban escapaba hacia mi habitación. Pude oler a chamuscado y al gas que quemaba en su estufa. Entonces permanecí echado, escuchando sus movimientos en la habitación, mientras en mi memoria se fundía lentamente la imagen que tenía formada de ellas. Hacia medianoche caí dormido, recordando solo que en la habitación de al lado la mujer se movía con ligereza y que la niña hablaba a su madre bajito y cariñosamente.
Después de esa noche empecé a regresar a casa más temprano para taparme con la cálida manta y permanecer despierto en la oscuridad escuchando todo lo que pasaba en la habitación contigua. La joven madre preparaba la cena para ella y su hija y luego las dos se sentaban en una pequeña mesa junto a la ventana y comían despacio, riendo y hablando. La pequeña debía de tener unos ocho años y su madre parecía apenas mayor cuando las dos reían y hablaban.
El frío de mi cuarto sin calefacción ya no era tan difícil de soportar como antes de que las conociera.
Al final de la segunda semana sabía qué aspecto tenían a pesar de no haber visto a ninguna de las dos. A través de la delgada pared de yeso podía oír todo lo que decían y hacían y seguí el movimiento de sus manos y las expresiones de sus caras segundo a segundo, hora a hora. La joven no trabajaba. Permanecía en la habitación la mayor parte del día. Solo salía por la mañana para el trayecto de media hora de camino a la escuela de la niña, y de nuevo por la tarde para traerla de vuelta. El resto del día se quedaba en la habitación, sentada junto a la ventana, mirando el tejado de zinc pintado de rojo al otro lado de la calle, esperando a que llegara la tarde para poder ir a buscar a su hija a la escuela.
En la casa había muchas otras personas. Las habitaciones de las tres plantas del edificio estaban alquiladas a hombres y mujeres que iban y venían a todas horas. Algunos trabajaban durante el día, algunos durante la noche, y muchos ni tan solo tenían trabajo. Pero a pesar de que había tanta gente en la casa, ninguno se acercó a mi puerta, y nadie fue nunca a la puerta de la mujer de al lado. A veces se oían los pasos pesados de un hombre que bajaba apresuradamente al vestíbulo. Entonces la joven mujer se levantaba de un salto de la silla junto a la ventana y corría desesperada hacia la puerta. Se apoyaba contra ella, con los dedos sosteniendo la llave en la cerradura y escuchando el ruido de pasos del hombre. Después de que hubiera pasado de largo, ella regresaba a la silla y se sentaba de nuevo para mirar el tejado de zinc pintado de rojo al otro lado de la calle.
A mitad de febrero el frío se hizo más intenso, pero yo permanecía caliente bajo la manta y seguía escuchando los sonidos que me llegaban a través de la delgada pared de yeso.
Hasta que no fui consciente de que la mujer corría a la puerta cada vez que oía los pasos del hombre, no me di cuenta de que algo iba a pasar. No sabía lo que pasaría, ni cuándo, pero todas las mañanas, antes de dejar mi habitación, esperaba atento durante unos minutos para oír si ella estaba junto a la puerta o sentada junto a la ventana. Cuando regresaba por la noche, apoyaba la oreja contra la fría pared para escuchar.
Esa noche, tras haber escuchado durante casi media hora, supe que algo estaba a punto de ocurrir, y por primera vez en mi vida, mientras estaba de pie temblando de frío, tuve deseos de ser el padre de una criatura. No me detuve a encender la luz, sino que me eché en la cama sin tan siquiera sacarme los zapatos. Estuve tensamente despierto en la cama escuchando los movimientos del otro lado de la pared. La mujer se movía con rapidez y nerviosismo, su cara estaba pálida y demacrada. Puso la niña a dormir tan pronto hubieron cenado y, sin decir palabra, la joven se dirigió a la silla junto a la ventana a esperar. Durante mucho rato permaneció en silencio, sin tan siquiera mecerse. Yo había levantado la cabeza de la almohada y el cuello se me había quedado rígido y frío del esfuerzo de mantenerlo en horizontal sin soporte alguno.
Eran las once cuando oí un ruido en la habitación de al lado. Durante las tres horas que había permanecido despierto en la cama, la mujer no se había movido de su silla. Pero a las once se levantó, se bebió un vaso de agua y le puso otra manta a la niña. Cuando terminó, se dirigió hacia la silla y entonces la llevó junto a la puerta y se sentó. Se sentó y esperó. Antes de que hubiera pasado una hora un hombre llegó por el vestíbulo caminando pesadamente sobre los tablones contraídos del suelo. Los dos lo oímos venir y los dos nos levantamos de un salto. Corrí a la pared y pegué la oreja contra el frío yeso y esperé. La joven se apoyó contra la puerta con los dedos agarrando la llave y escuchó conteniendo la respiración.
Tras estar de pie durante varios minutos, noté que el frío de la habitación me había atrofiado las manos y los pies. Al calor de la manta había olvidado el frío que hacía y la sangre había circulado por todo mi cuerpo mientras esperaba tenso y escuchaba los sonidos en el edificio. Pero al estar de pie en la habitación sin calefacción, con la cara y la oreja pegadas a la fría pared de yeso, temblaba como si estuviera enfermo.
El hombre llegó a la habitación contigua a la mía y se detuvo. Podía oír a la mujer temblar y cómo su respiración hacía que su cuerpo se agitara. Cada segundo que pasaba esperaba oír sus gritos.
Él dio un golpe en la puerta y esperó. Ella no abrió. Él giró el pomo de la puerta y lo sacudió. Ella se apoyó con todas sus fuerzas contra la puerta y mantenía la llave en su sitio con dedos de acero.
—Sé que estás ahí, Eloise —dijo lentamente—, abre la puerta y déjame entrar.
Ella no respondió. A través de la delgada pared podía oír la presión que su cuerpo ejercía sobre la frágil puerta.
—Voy a entrar —dijo él.
Apenas había terminado de hablar cuando se oyó un repentino empujón que reventó la cerradura de la puerta y lo lanzo hacia dentro. Incluso entonces los labios de ella no pronunciaron una palabra. Ella corrió hacia la cama y se tiró encima, abrazando desesperadamente a la niña que había estado durmiendo profundamente.
—No he venido a discutir contigo —dijo el hombre—. He venido a acabar con este lío. Levántate de la cama.
Entonces, por primera vez esa noche, oí la voz de la joven mujer. Se había levantado de un salto y estaba frente a él. Apreté la cara y la oreja contra la fría pared de yeso blanco y esperé.
—Es tan tuya como mía. No me la puedes quitar.
—Tú me la quitaste ¿no es así? Bien. Ahora me toca a mí. Soy su padre.
—¡Henry! —rogó ella—. Henry, por favor, no lo hagas.
—Cállate —dijo él.
El hombre se dirigió a la cama y cogió a la niña en brazos.
—Henry, te mataré si la sacas de esta habitación —dijo ella lentamente—. Lo digo en serio, Henry.
Él caminó con la niña hacia la puerta y se detuvo. No estaba excitado y su respiración no era audible a través de la delgada pared. Pero la mujer estaba frenética. Mis manos y mis pies estaban entumecidos por el frío y no podía mover los músculos de mis labios. La mujer no lloraba, pero a través de la pared de yeso podía oír su respiración y podía notar los movimientos rápidos de su cuerpo.
Él se dio la vuelta.
—¿Qué vas a hacer? —dijo.
—Te mataré, Henry.
Hubo un momento de total silencio. Él estaba junto a la puerta, con la niña en sus brazos despertando lentamente. Esperó. Cada segundo parecía durar una hora.
—No, no lo harás —dijo al cabo de un rato—. Yo me anticiparé a ti, Eloise.
A través de la delgada pared de yeso pude oír cómo deslizaba suavemente la mano en el bolsillo de su abrigo y la sacaba después. Podía oír todo lo que iba a suceder.
Cuando él apuntó la pistola hacia ella, la mujer chilló. El hombre esperó a que dejara de gritar y entonces apretó el gatillo sin apuntar con precisión, pero no obstante cerrando un ojo como si estuviera mirándola a través de la mira.
El eco de la explosión ahogó el sonido de los pasos acelerados del hombre por el pasillo y el crujido de la madera bajo sus pies.
Pasaron varios minutos antes de que cesara el zumbido en mis oídos y para entonces ya se oía a la gente corriendo por toda la casa, de arriba abajo, abriendo las puertas de las habitaciones con calefacción y de las que no tenían, y corriendo hacia nosotros, hacia la segunda planta.
Durante mucho tiempo permanecí apoyado contra la pared de yeso blanco, temblando porque yo, el padre, había permitido sin protestar que se llevaran a la niña, temblando porque tenía frío en la habitación sin calefacción.

Andrei Platonov - "Yushka"

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El cuento pertenece al volumen "La patria de la electricidad" de 1926.
La versión es la de José Manuel Prieto



Hace mucho ya, en tiempos pasados, vivía en nuestra calle un hombre que aparentaba tener muchos años y que trabajaba en una herrería junto a la carretera grande que iba a Moscú. Era ayudante auxiliar del herrero principal, que tenía mal la vista y poca fuerza en las manos. Cargaba agua, arena y carbón para la herrería, avivaba la forja con el fuelle, aguantaba el hierro caliente en el yunque mientras el herrero principal lo martilleaba, entraba el caballo al establo y hacía cualquier otro trabajo. Su nombre era Yefim, pero todos lo llamaban Yushka. Era pequeño de estatura y flaco. En su cara arrugada, en lugar de barba y bigote, crecían aislados algunos pelos canosos. Tenía los ojos blancos como los de un ciego y siempre húmedos, con lágrimas tibias.
Yushka alquilaba parte de la cocina al dueño de la herrería. Por la mañana salía a su trabajo y no regresaba hasta la noche, a dormir. El dueño le pagaba su trabajo con pan, sopa y papilla, pero el té, el azúcar y la ropa debía comprarlos con su sueldo, que era de siete rublos y sesenta kopeks al mes. Yushka, sin embargo, no tomaba té y no compraba azúcar. Bebía agua y usaba siempre la misma ropa, que no había cambiado en años. En verano solía andar descalzo. Vestía pantalón y camisa negros manchados de hollín por el mucho trabajo y en los que las chispas habían hecho agujeros, de modo que en muchos lugares se veía su cuerpo blanco. En invierno se cubría con una zamarra que había heredado de su padre, ya muerto, y calzaba el mismo par de botas de fieltro a las que cada otoño cosía nuevas suelas y con las que había andado todos los inviernos de su larga vida.
Por la mañana temprano, cuando Yushka iba por la calle hacia la herrería, los viejos y las viejas se levantaban y decían que por ahí iba Yushka a trabajar, así que debían levantarse y despertar a los jóvenes. Y por la tarde, cuando Yushka volvía a dormir, la gente decía que ya era hora de comer y de irse a la cama, porque Yushka ya se iba a dormir.
Y los niños pequeños, e incluso aquellos que ya eran adolescentes, cuando veían al viejo Yushka caminando silenciosamente, dejaban de jugar y corrían tras él gritándole: «¡Ahí va Yushka! ¡Ahí va Yushka!».
Los niños recogían ramas secas, piedras y puñados de basura y se los lanzaban a Yushka.
«¡Yushka! —gritaban los niños—. ¿Verdad que eres Yushka?».
El viejo no les contestaba ni se enfadaba; seguía en silencio su camino y no se cubría la cara para protegerse de las piedras y la basura.
Los niños se sorprendían de que estuviera vivo y de que no se enfadara con ellos. Y de nuevo le gritaban: «Yushka, ¿existes de verdad o no?».
Luego volvían a lanzarle cosas que recogían del suelo, corrían hacia él, lo tocaban, lo empujaban, sin entender por qué no les gritaba, por qué no cogía una rama seca y corría tras ellos como hacen los adultos. Los niños no conocían a nadie igual, por eso dudaban de que Yushka estuviera vivo. Al tocarlo o al golpearlo comprobaban que era de carne y hueso, y que estaba vivo.
Entonces volvían a empujar a Yushka y le tiraban piedras: preferían que se enfadara si de verdad estaba vivo. Yushka seguía su camino en silencio y entonces eran los niños los que empezaban a enfadarse con Yushka. Les aburría que se quedara siempre callado, que no los asustara ni corriera tras ellos. Empujaban todavía más fuerte al viejo, gritaban corriendo alrededor de él para que contestara enfadado y los divirtiera. Ellos correrían asustados alejándose de él, alegres se burlarían desde lejos y lo volverían a llamar para después correr y esconderse en la oscuridad del anochecer, en la sombra de las casas, en los arbustos de los jardines y de los huertos. Pero Yushka no los tocaba ni les contestaba.
Cuando lo obligaban a detenerse o le hacían demasiado daño, les decía: «¿Por qué, queridos míos, por qué, pequeñitos míos…? ¡Seguro que es porque me amáis…! ¿Por qué os hago tanta falta…? Esperad, no quiero que me toquéis, me habéis echado tierra en los ojos, no veo nada».
Los niños no lo oían ni lo entendían. Seguían empujándolo y riéndose de él. Les divertía poder hacer con él lo que quisieran y que él no hiciera nada.
Yushka también se divertía con ellos. Sabía por qué los niños se reían de él y lo molestaban. Confiaba en que los niños lo amaban, que lo necesitaban, sólo que no sabían amar a las personas, no sabían qué hacer con el amor, y por esto lo molestaban.
En sus casas, los padres decían a los niños que no estudiaban o a los desobedientes: «¡Serás como Yushka! Crecerás y andarás descalzo en verano y con botas rotas en invierno. Todos te molestarán. No tomarás té con azúcar, sino agua sola».
Los adultos, al toparse con Yushka en la calle, a veces también lo ofendían. En ocasiones los adultos sufrían alguna desdicha inmensa o una ofensa, o simplemente estaban borrachos, y entonces una furia rabiosa embargaba sus corazones. Al ver a Yushka camino de la herrería, o que regresaba a dormir a su casa, el adulto le decía: «¿Por qué andas por aquí si eres tan extravagante, tan diferente de los demás? ¿Sobre qué algo tan especial estás pensando?».
Yushka se detenía, lo escuchaba y no le respondía.
«Pero ¿es que no tienes palabras? ¡Ni que fueras un animal! Tienes que vivir simple y honestamente, como vivo yo, y no andar pensando en cosas secretas. ¡Habla! ¿Vivirás como es debido? ¿No? ¡Ajá…! ¡De acuerdo!».
Y tras aquella conversación en la que Yushka no había dicho nada, el adulto se convencía de que el culpable de todo era Yushka y, acto seguido, comenzaba a golpearlo. La docilidad de Yushka enfurecía aún más al adulto, que lo golpeaba más de lo que había querido al principio, y en este enfurecimiento olvidaba momentáneamente su desgracia.
Yushka permanecía largo rato sobre el polvo de la carretera. Al volver en sí se ponía de pie sin ayuda. A veces iba a buscarlo la hija del dueño de la herrería, lo levantaba y se lo llevaba a casa.
—Sería mejor que te murieras, Yushka —le decía la hija del dueño—. ¿Para qué vives?
Yushka la miraba con asombro. No entendía por qué debía morirse si había nacido para vivir.
—Mis padres me hicieron. Ésta fue su voluntad —respondía Yushka—. No puedo morir. Además, ayudo a tu padre en la herrería.
—¡Valiente ayudante! ¡Cualquier otro ocuparía tu puesto!
—Dasha, ¡la gente me quiere!
Dasha se reía.
—Hoy te han hecho un corte en la mejilla, te sangra; la semana pasada te partieron la oreja, y dices que la gente te quiere.
—La gente me quiere sin saberlo —le decía Yushka—. A veces el corazón de la gente es ciego.
—¡Sí, tienen el corazón ciego, pero ojos que ven! —decía Dasha—. ¡Anda, camina más deprisa! Te quieren de corazón, pero te golpean por interés.
—Sí, es verdad. Se enfadan conmigo por interés —admitió Yushka—. Me ordenan que no ande por la calle y me destrozan el cuerpo.
—¡Ay, Yushka, Yushka! —suspiraba Dasha—. Y mi padre dice que todavía no eres viejo.
—¡Claro que no soy viejo…! Sufro del pecho desde niño, por eso tengo tan mal aspecto y parezco un viejo…
A causa de su enfermedad, Yushka dejaba al dueño durante un mes todos los veranos. Iba a pie hasta una aldea muy lejana donde al parecer vivían sus parientes. Sin embargo, nadie sabía qué parentesco tenían con él.
Hasta el mismo Yushka no se acordaba, y un verano decía que en aquella aldea vivía una hermana viuda, y al verano siguiente que tenía una sobrina allí. A veces decía que se iba a la aldea y otras a Moscú. La gente pensaba que en aquella aldea vivía una hija a la que Yushka quería mucho, y que era tan bondadosa como su padre.
Al llegar junio, o en agosto, Yushka se echaba al hombro su alforja, en la que ponía pan, y se marchaba. Por el camino respiraba el aroma de la hierba y los bosques, miraba las nubes blancas que nacían en el cielo, escuchaba la voz de los ríos murmurando en los bancos de piedras, y su pecho enfermo descansaba, dejaba de sentir su enfermedad, la tisis. Al internarse en aquellos parajes totalmente despoblados, Yushka ya no escondía su amor a los seres vivos. Se inclinaba hacia la tierra y besaba las flores, tratando de no respirar sobre ellas para no marchitarlas con su respiración, acariciaba la corteza de los árboles, levantaba las mariposas y los insectos que caían muertos y estudiaba sus caras sintiéndose huérfano sin ellos. Los pájaros cantaban en el cielo. Libélulas, otros insectos y grillos laboriosos emitían alegres sonidos en la hierba, y el alma de Yushka se sentía ligera y en su pecho entraba el dulce aroma de las flores, que olían a humedad y a luz solar.
Por el camino, Yushka descansaba. Se sentaba a la sombra de los árboles en la linde de la carretera y dormitaba en el calor y la tranquilidad. Tras descansar y recuperar el aliento, ya no volvía a recordar su enfermedad y seguía su camino alegre, como si fuera una persona saludable. Yushka tenía cuarenta años, pero desde hacía mucho su enfermedad lo torturaba envejeciéndolo prematuramente, por lo que a todos parecía decrépito.
Y así, cada año, salía Yushka a los campos, bosques y ríos rumbo a una lejana aldea o hacia Moscú, donde quizá lo esperaba alguien o quizá no: nadie en la ciudad lo sabía a ciencia cierta.
Pasaba un mes, y Yushka regresaba y volvía a trabajar en la herrería desde la mañana hasta que caía la noche. Vivía igual que antes, y niños y adultos, los vecinos del pueblo, seguían riéndose de él, echándole en cara su resignada estupidez, molestándolo.
Imperturbable, Yushka vivía hasta el verano siguiente, y en cuanto éste llegaba se echaba su alforja al hombro, ponía en una bolsita aparte toda la paga del año, unos cien rublos, se colgaba la bolsita al cuello y salía sin que nadie supiera adonde ni a quién iba a ver.
Con los años, Yushka estaba cada vez más débil, porque el tiempo de su vida se acortaba y su enfermedad del pecho martirizaba su cuerpo y lo agotaba. Un verano, cuando ya había llegado el momento de que Yushka partiera hacia la lejana aldea, se quedó en la herrería. Un atardecer, ya casi de noche, Yushka salió arrastrando los pies de la herrería y se dirigió a la casa del dueño. Un alegre transeúnte, que conocía a Yushka, se rió al verlo:
—¿Para qué sigues pisando la tierra, pelele de dios? ¡Ojalá te mueras, porque sin ti quizá esto será más alegre…!
Y en aquel instante, quizá por primera vez en su vida, Yushka se enfadó.
—¿Qué te pasa? ¿Te molesto o qué…? Mis padres me trajeron al mundo para que viviera. Nací según la ley. El mundo también me necesita, como a ti, ¡así que sin mí tampoco estaría bien…!
El transeúnte interrumpió a Yushka irritado.
—Pero ¿cuándo has empezado a hablar? ¿Quién eres tú, chiflado inútil, para compararte nada menos que conmigo?
—No me comparo —dijo Yushka—, pero la necesidad nos hace a todos iguales…
—¡No te hagas el sabihondo! —gritó el transeúnte—. ¡Yo sé más que tú! ¡Mira por dónde se pone ahora a hablar! ¡Te voy a enseñar lo que es ser inteligente!
Alzando la mano, el transeúnte, con la fuerza de su enfado, empujó a Yushka por el pecho. Yushka cayó boca arriba.
Yushka quedó un rato tendido en esa posición. Luego se dio la vuelta, se quedó boca abajo, no se movió más y no se levantó.
Al poco rato pasó por allí una persona, un carpintero del taller de muebles. Llamó a Yushka. Después lo giró y vio la oscuridad en sus ojos blancos e inmóviles. Tenía la boca negra. El carpintero la limpió con la mano y se dio cuenta de que era sangre coagulada. Tocó la tierra bajo la cabeza de Yushka y la sintió húmeda por la sangre que había salido de la garganta de Yushka.
«Está muerto —dijo en un suspiro el carpintero—. Adiós, Yushka, perdónanos a todos. La gente te despreció, pero ¿cómo se atrevían a juzgarte…?».
El dueño de la herrería preparó a Yushka para el entierro. Dasha, la hija del dueño, lavó su cuerpo que pusieron sobre la mesa del herrero. Todo el pueblo, los jóvenes y los viejos, todos los que habían conocido a Yushka y se habían reído de él en vida, y lo habían molestado, se dieron cita junto a su cuerpo para despedirse de él.
Después enterraron a Yushka y todos lo olvidaron. Pero sin Yushka la gente empezó a vivir peor. Todo su enfado y sus burlas se quedaban entre ellos, porque ya no vivía Yushka, que aguantaba sin chistar cualquier furia, el ensañamiento, la burla y la hostilidad ajena.
Se acordaron de Yushka cuando el otoño ya estaba bien avanzado. Un oscuro día de mal tiempo, llegó a la herrería una joven y preguntó al dueño dónde podía encontrar a Yefim Dmítrievich.
—¿Qué Yefim Dmítrievich? —se sorprendió el herrero—. Nunca hemos tenido a nadie con ese nombre.
La muchacha, sin embargo, no se fue. Permaneció en silencio como esperando algo. El herrero la miró para calcular qué clase de visita le había traído la tempestad. La joven era pequeña y menuda, pero su limpia y suave cara era tan delicada y dulce, sus ojos grises miraban con tanta tristeza como si estuvieran a punto de llenarse de lágrimas, que el corazón del herrero se ablandó y de pronto cayó en la cuenta:
—¿No será Yushka? Sí, es él, en su pasaporte ponía Dmítrievich…
—Yushka —susurró la muchacha—. Es verdad. Él se llamaba a sí mismo Yushka.
El herrero se quedó callado y después preguntó:
—¿Y usted quién es? ¿Una pariente?
—No, no soy familia suya. Me quedé huérfana y Yefim Dmítrievich me buscó una familia en Moscú. Después me envió a la escuela… Todos los años iba a verme y me llevaba el dinero del año para que pudiera vivir y estudiar. Ahora ya he crecido, he terminado la universidad, pero este año Yefim Dmítrievich no ha ido a verme. Dígame dónde está. Me contó que ha trabajado con usted durante veinticinco años…
—Pasó un cuarto de siglo, envejecimos juntos —dijo el herrero.
Cerró la herrería y llevó a la visitante al cementerio. La muchacha permaneció en silencio y se apretó contra la tierra en la que yacía Yushka, la persona que la había alimentado desde su niñez, que nunca había comido azúcar para que ella pudiera comerla.
Ella sabía que Yushka estaba aquejado por una enfermedad y había estudiado medicina para curar a la persona que más la había amado en este mundo y a la que ella había amado con todo el calor y la luz de su corazón.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. La joven doctora se quedó en nuestra ciudad. Empezó a trabajar en el hospital atendiendo a las personas con tuberculosis, visitando las casas en las que había enfermos, sin cobrar nada por su trabajo. Ahora también ella ha envejecido, pero como cura y consuela durante todo el día a los enfermos, alivia sin cesar sus sufrimientos y aleja la muerte de los más débiles. Todos la conocen en la ciudad. La llaman la hija del buen Yushka, aunque hace ya mucho olvidaron quién era Yushka y que ella no era su hija.

Carol Ann Duffy (III)

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Los poemas pertenecen a "Rapture" ("Éxtasis" en su edición en español) de 2005.
La versión es la de Alberto Paucar-Caceres y Karina Cornejo con corrección de Elena Teso.


Itaca
Y cuando retorné,
me quité mi tiesa y salada ropa de marinero,
me puse el vestido de la chica que fui,
y me deslicé por la borda.
A una milla de Itaca, yo anclé el bote.

La tarde se suavizó y se expandió,
el agua turquesa mencionando su plateado pez
el cielo encorvado para oír.
Mis manos se movieron en el agua, se movieron en el aire,
la amante que fui, persiguiendo tu piel, tu cabello,

e Itaca allí, las bronceadas montañas
apoyadas como rígidos escudos,
las cuevas, donde los delfines se esconden,
oscuras valijas de perlas,
los olivos madurando sus lágrimas en nuestro pálidos campos.

Luego me incliné sobre una cinta de luz,
reconociendo las esencias de romero,
limón, tomillo, las fragancias de tu nombre,
que yo entoné otra vez en mi corazón,
como el encanto que era, trayéndome de regreso

a Itaca, todo el dolor se ha hecho cero ahora
por el daño que tú ocasionaste con una palabra,
yo como héroe totalmente absurdo,
poco a poco vadeando, hasta la cintura en los suspiros del anochecer,
arrastrando mi pequeño bote blanco.


Matrimonio nocturno
Cuando apago la luz
y la milla oscura entre nosotras
se derriba y cae,
tú te deslizas de tu yo
para esperarme en mi sueño ,
el rostro de la luna hundido en una nube;

o despierto dolida
por las largas horas
que paso en tus sueños,
un búho en el bosque clamando sus vocales suaves,
el pescado oscuro nadando bajo la piel del río.

Matrimonio nocturno. Las pequeñas horas nos unen,
cara a cara mientras dormimos y soñamos;
el total de la enorme noche es nuestra habitación.


Encontrando las palabras
Yo encontré las palabras al fondo en un cajón,
envueltas en un trapo negro, como tres anillos
deslizados de la mano de una mujer muerta,
oro frío y opaco. Ya los había sostenido antes,
años atrás,

luego los devolví a su lugar, olvidando lo que sea
que fuera para lo que pudiese usarlos.
Con mis labios yo toqué el primero,
el segundo, el tercero, como un ritual sagrado,
como una promesa, como un beso
y mi aliento

les dio calor, las palabras que necesitaba para expresar esto, pequeñas palabras,
y pocas. Yo las froté hasta que ellas brillaron en mi palma —
te amo, te amo, te amo—
como si fueran nuevas.

Hilda Doolittle

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Poeta, narradora y dramaturga estadounidense. Su obra fue enmarcada por Ezra Pound en el imagismo, movimiento minoritario (por número de seguidores y por el poco tiempo que duró) que sentó las bases del modernismo anglosajón. En sus poemas utiliza versos breves, precisos, dando mucha importancia a la imagen que proyectan y de una estructura muy libre.
Los poemas pertenecen al poemario "Jardín junto al mar" (Sea Garden) de 1916.
La versión de los poemas es la de Alison Bartolo y Alfredo Martínez.


EL TIMONEL
Rápido, rápido
siempre hemos sabido que nos aguardabas.

Hemos huido hacia el interior con nuestros rebaños
para que pastasen en las hondonadas,
protegidos del viento
y del camino salino de la ciénaga.

Teníamos nuestro rito en el interior-
hemos pasado las flores del bosque,
hemos olvidado tu sabor,
hemos rozado la hierba del bosque.

Desde las colinas de pinares,
hemos vagado por las marañas de roble silvestre,
hemos arrancado el hisopo y las zarzas,
se nos enredaban en el pelo la flor
y la fruta tierna de la zarza:
hemos reído si una rama nos fustigaba,
se nos han herido los pies
en las rocas medio enterradas,
y en las raíces anudadas
y en los conos de bellota.

Hemos olvidado -hemos adorado
hemos hecho nuestro camino entre verde y verde,
hemos buscado aún más matorrales,
nos hemos hundido hasta los tobillos
en el manto de hojas y tierra-
y el bosque y sus taludes
nos arrobaban-

y la sensación de las hendiduras en la corteza,
y la cuesta entre árbol y árbol-
y el sendero estrecho que unía campo a campo
bosque a bosque
colina a colina
y, más allá, la selva...

Hemos olvidado -por un momento,
que la resina, la corteza,
el sudor de una rama arrancada
tenían un sabor dulce.

Nos han encantado los campos,
las matas de hierba áspera
entre la hierba corta-
amamos todo esto.

Mas ahora, nuestro barco se eleva -se detiene-se desploma
se eleva -duda -porfía-
se eleva -se detiene.
Rápido, rápido,
siempre hemos sabido que nos aguardabas.


LA CONTIENDA
I
Tu estatura está moldeada
con el filo de un recto instrumento:
estás cincelado como las rocas
desgastadas por el mar.

Con el girar y agarrar de tu muñeca
los tendones se estiran
y hay un destello,
como de latón gastado.

La cordillera de tu pecho está tensa
y bajo cada seno una sombra se destaca
y entre los músculos tensos
de tus caderas estrechas.

Despide el círculo de tu pelo rapado
una luz
y también alrededor de tu torso masculino
y el arco del pie y el tobillo recto.

II
Te quedas rígido, poderoso,
granito y mineral en las rocas;
una cinta se clava en tu frente
con sus pesadas trenzas doradas.

Eres blanco -una rama de ciprés
doblada por el peso de la nieve.
Eres magnífico,
tus brazos son fuego;
has penetrado los estrechos entre las colinas-
un mar cubre sus laderas.

III
El mirto te rodea la cabeza,
te has inclinado para capturar la espuma:
cada hoja se muestra afilada
contra las ondulaciones
de tu pelo sujetado.

El narciso ha imitado el arco
de tu pecho escaso:
tus pies son las flores del cidro,
tus rodillas, cortadas del fresno blanco,
tus muslos son duros cistáceos.

Tu mentón sale
de la hendidura de tu garganta curvada,
tus hombros están nivelados,
han fundido una rara plata para su anchura.


LOS PRISIONEROS
Es extraño que desee
ver así tu rostro-
hemos tenido tanto:
podría pasar en cualquier momento,
quedarme junto a la puerta,
no hables-
asoma sólo, si puedes, tu rostro
de perfil, al pasillo
hacia la luz.

El destino -Dios lo envía como una señal,
una última prueba de que no hemos sido abandonados,
perdidos en este torbellino,
a punto de ser aplastados,
quemados o pisoteados,
con una muerte repentina si hay suerte.

El lancero que traiga esto
pedirá el broche de oro
que llevas bajo el abrigo.
Yo he dado todo lo que me quedaba.

Mantente cerca del portal,
mi puerta se cerrará pronto
y tus miserables compañeros
se apiñarán a la entrada-
sé tú el primero en la puerta.

Ah, mi amor, no hables.
Escribo esto con prisa-
no hables,
estarás libre, quizás, pronto.

Me siento feliz de partir,
aunque jamás he saboreado la vida
como lo he hecho en estas últimas semanas.

Extraña vida,
escrita en letras de fuego
sobre el pavimento de la cárcel.
Si levanto la vista
la veo escrita en los muros,
inscrita en el suelo,
dibujada en la inclinación del techo.

Estoy débil -débil-
anoche si el guardia
hubiera dejado abierta la puerta
no habría intentado escapar,
pero ahora un solo pensamiento me mantiene
con fuerza.

Al descender por el pasillo
con todas esas caras desesperadas en cada celda,
puede que tus ojos y mis ojos se encuentren.

Tú estarás en la sombra, desgreñado,
pero rezo por ver un solo instante tu rostro-
¿por qué tengo este deseo?
Yo, que te he visto en el banquete
con todas las flores de tu corona de jacinto,
blancas sobre tu cabello.

¿Por qué deseo esto,
cuando aun anoche
me sacaste de mi sueño?
Tú estabas allí, contra la roca oscura,
y sostenías en la mano un bordón de saúco.

Tantas noches
me has salvado del terror.
Una vez levantaste un tallo florido.
Recuerdo cómo te inclinaste
para cogerlo-
y cómo llameaban, la hoja y el brote
y las hebras, amarillas,
amarillas-puros hasta consumirse en el fuego
en la copa, y quedar púrpura.

Cuando pase por la puerta de tu celda
no hables.

Yo fui la primera en la lista-
quizá han olvidado que tú intentaste protegerme
cuando los jinetes pasaron.


Historiador, poeta, narrador y antropólogo maliense. Además de otras tareas, su labor más importante fue el estudio y rescate de la tradición cultural africana y de la literatura oral.
Este cuento de la tradición del pueblo peul (también denominado fula, fulani y fulbe) se encuentra recogido en la antología "Cuentos de los sabios de África" de 1993.
La versión es la de Alicia Capel Tatjer.


¿Sabéis por qué el hombre de bien a menudo tiene como esposa a una mujer sin mérito y la mujer valiente se casa con un hombre que no vale para nada? Es éste un hecho que nos consta, pero cuyas causas se nos escapan. Pero esta leyenda peul nos explica los motivos.

Cuando Dios hubo acabado de crear el género humano, distribuyó las virtudes y los defectos tanto entre los hombres como entre las mujeres.
Un día mandó llamar a todas las mujeres y les dijo:
—¡Oh mujeres! Mirad al horizonte y decidme lo que veis.
—Señor —respondieron ellas—, vemos un sol radiante elevándose sobre la tierra. Todo parece celebrar su aparición. A medida que se eleva en el cielo, todo lo que parecía muerto renace.
Dios dijo:
—¡Mujeres! Hasta ahora sólo habéis vivido momentos difíciles en la noche de los tiempos. Ahora tenéis que emprender el camino al Paraíso. Unos ángeles velarán por vosotras durante el camino y otros os recibirán cuando lleguéis. ¡No os desesperéis, no os quejéis y sobre todo no desfallezcáis!
»Yo he sido, soy y seré Aquel que advirtió. Por eso, os anuncio que a medida que vayáis llegando se os entregarán casas suntuosas y joyas de una belleza incomparable. Las primeras serán las mejor dotadas; tendrán preferencia en todo. Os recuerdo que el Paraíso es una estancia eterna... Sólo las más insensatas se dejarán adelantar.
»Con esta advertencia, partid, oh Mujeres, en busca de vuestra felicidad...
Las mujeres emprendieron el camino. Su larga cohorte se extendió y fluyó como el brazo de un río cuyo curso se va estrechando. Las más valientes encabezaban la hilera. Los ángeles se pusieron a cantar para ellas.
Al término del tercer día, las indolentes ya no podían más.
«¿Por qué envidiar la gloria de las "caminantes"? -murmuraban-. De todos modos, ¿quién sabe la suerte que les espera a las que lleguen primero? El Paraíso es tan grande como el conjunto de los cielos, y sus moradas son allí tan numerosas como los granos de arena de todos los ríos y todas las riberas juntas. ¿Acaso no dicen que, puestas unas encima de las otras, esas moradas empiezan en los abismos y terminan casi en la cumbre del firmamento? Entonces ¿por qué correr y hacer perder a nuestros muslos su suave redondez? ¿Por qué sudar y manchar nuestro cuerpo? Caminemos lentamente, hermanas mías, y conservemos nuestra frescura. Cuando lleguemos al Paraíso, seguro que habrá una morada para cada una de nosotras. Y aunque las primeras se alojen en magníficas estancias, la marcha forzosa habrá adelgazado sus carnes, y su aspecto esquelético empañará la belleza de sus moradas y el brillo de sus adornos.»
Habiendo hablado así, las mujeres indolentes se pusieron a arrastrar los pies como si fueran patos obesos. Y para mantener este ritmo de camaleón cansado, entonaron un canto:

¿Por qué apresurarnos, por qué lamentarnos?
¿Por qué gritar? Sí, ¿por qué?
Quien va al Paraíso
no va a una tierra árida
donde la hiena se abalanza sobre el cabrito,
donde el gato de la sabana saquea el corral.

Holgazaneemos por el camino,
Consultemos las tablas de los Cielos (1).
Descubriremos que la enigmática pregunta:
«¿Qué ha pasado?»
ha sido formulada para las mujeres que corren
como corre un cervatillo para escapar del cazador.
Holgazaneemos por el camino,
consultemos las tablas de los Cielos.


Tres días después de que las mujeres hubieron partido, Dios dijo: «Hace ya tres días y tres noches que las mujeres están en camino. Lancemos a sus hombres tras ellas».
Entonces Dios mandó llamar al conjunto de los hombres y les dijo:
—No es bueno que un varón esté sin una mujer, de modo que he creado unas compañeras para vosotros. Ellas ya han salido en dirección al Paraíso. Tienen una ventaja de tres noches y tres días sobre vosotros, pero os voy a hacer tres veces más fuertes que ellas y las alcanzaréis.
»Cada uno de vosotros —añadió Dios— tomará por esposa a la mujer que encuentre por el camino, y no podrá tener más que una(2). Los que se queden rezagados se arriesgan a quedarse sin compañera. Peor para ellos, pues los condenaré al celibato, no conocerán ni el gozo del hogar ni el privilegio de la procreación, no continuarán su especie. La semilla que he depositado en ellos se quedará ahí como un grano reseco. Les pondré mala cara, y se sentirán muy desgraciados...(3)
Los hombres emprendieron el camino. Avanzaban cantando:

Cada ser tiene un origen,
cada metal tiene una mina,
cada hecho tiene una causa.
Si Guéno, el Eterno, nos pone en el camino
que lleva a nuestras esposas,
hay una causa para ello.
Las que serán nuestras esposas
son, dicen, bellas y bien hechas.
Son apasionadas sin desvergüenza
y apasionantes sin perversión.
Ellas pondrán fin a la pena
que oscurece nuestros corazones.
¡Venga, caminemos con decisión hacia el Paraíso!
¡Allí encontraremos a nuestras esposas,
y viviremos en la sabiduría!
La Inteligencia divina se eleva
como una gigantesca montaña
de la que extraemos metales preciosos
para adornar la frente de los valientes
y de los sabios.
¡Venga, caminemos con decisión
hacia el Paraíso!
¡Allí viviremos en la sabiduría,
en la sabiduría, en la sabiduría¡…


Tras caminar algunas horas, los hombres se dividieron en tres grupos: los Hammadi-Hammadi a la cabeza, los Hammadi en el medio, los Hamanndof a la cola. (4)
Las mujeres también se repartieron en tres grupos: las Mantaldé a la cabeza, las Santaldé en el medio y las Mantakapús a la cola. (5)
El grupo de los Hammadi-Hammadi, formado por hombres brillantes, sabios, emprendedores y valientes, se encontró con el grupo de las Mantakapús, es decir, las últimas mujeres en la escala femenina. Ignorando que las mujeres superiores estaban delante, tomaron como esposas a las Mantakapús.
Los Hammadi, el grupo de los hombres comunes, se encontraron con las Santaldé, las mujeres también comunes. De entre ellas tomaron a sus esposas.
Durante este tiempo las Mantaldé, mujeres de gran valor, habían adelantado a sus compañeras de los dos primeros grupos y ya habían llegado a las puertas del Paraíso. Unos ángeles fueron a saludarlas y a darles la bienvenida. Cuando se disponían a cruzar el umbral, los ángeles las detuvieron:
—Perdonad, Mujeres, pero vosotras todavía sois «mitades». Y una mitad es algo incompleto, y por lo tanto imperfecto, y lo imperfecto no tiene cabida en el Paraíso. Esperad a que cada una de vosotras tenga un marido para completarse. Entonces entraréis por parejas, es decir, por unidades humanas perfectas.
Antes de que las mujeres se recobraran de su sorpresa, los Hammadi-Hammadi se presentaron acompañados de sus esposas, las Mantakapús. Los ángeles exclamaron:
—¡Qué misterio! ¿Son éstas las que Dios os ha reservado como compañeras?
Luego llegaron los Hammadi, flanqueados por las Santaldé.
Por último, los Hamanndof, los últimos hombres, llegaron a las puertas del Paraíso con las manos vacías. Las mujeres superiores no tuvieron más remedio que entregarse a ellos para poder entrar en la morada celeste. ¡Y así es como a los primeros hombres les tocaron las últimas mujeres, y las primeras mujeres cayeron en manos de los últimos hombres!

Una vez en el Paraíso, los hombres superiores fueron a quejarse a Dios. Junto con las primeras mujeres, reclamaron una reparación. Dios dijo:
—Yo no niego un derecho a quien lo merece. Mas la inteligencia de mis actos no siempre está a vuestro alcance.
»Mujeres valientes que llegasteis primeras, aceptad de buena gana a los hombres de poco valor. Y vosotros, hombres distinguidos, aguantad a vuestro lado a las mujeres perezosas y vulgares. Yo así lo he decidido por sabiduría y presciencia. Si pusiera todos los valores en un lado y todos los no-valores en el otro, los asuntos del mundo no irían bien, como una carga mal repartida sobre el lomo de un buey porteador. No habría ni equilibrio ni estabilidad. En cada curva, las cargas volcarían hacia un lado y vuestro universo sería todavía más difícil de dirigir de lo que ya lo es ahora.
»Así como estáis emparejados, los hombres valerosos impedirán que las mujeres indolentes caigan en manos duras que agarrotarían sus párpados (6) y las mujeres dignas y sabias servirán de refugio a los hombres disminuidos a los que se han unido mediante el matrimonio.
»Lo he dispuesto todo según una medida cuyo misterio únicamente conozco yo.
»No sintáis más odio. No os rechacéis los unos a los otros con el pretexto de que vuestros valores y vuestros estados son desiguales.
»Amaos los unos a los otros, sobre todo entre marido y mujer. Y proclamad que entre las cosas que me placen a mí, Dios, la perfecta armonía entre esposos figura en primer lugar.


Notas.
1. Las tablas o tablillas donde supuestamente están escritas todas las cosas. Dicho de otro modo, los archivos celestes.
2. En esta leyenda peul, Dios, durante la creación del mundo, instituye la monogamia para el género humano. Esto se ajusta a la tradición de los peuls rojos (peuls pastores), que sólo tenían una esposa. Las dificultades de la vida pastoril no se prestaban a la poligamia. Ésta, finalmente. es mas bien un fenómeno urbano (o de vida sedentaria) vinculado a la riqueza.
3. El celibato siempre ha estado muy mal visto en el África tradicional. Al hombre soltero se le consideraba menor de edad por muy mayor que fuera, y su palabra no contaba en las asambleas públicas.
4. Hammadi-Hammadi: se llama así al hombre de gran reputación y de gran valor para su familia, para su barrio, su pueblo y el país entero. Cuando viaja, no sólo su anfitrión se beneficia de su reputación, sino que el barrio, el pueblo y todo el país saben que ha llegado. Hammadi: es un hombre valeroso, pero su valor se limita a su familia, a su barrio y a su pueblo. Cuando viaja, se sabe de su llegada en los limites del pueblo. Hamanndof: se dice que, si se ausenta, ni siquiera su familia se da cuenta de que se ha ido; y si se va de viaje, ni su anfitrión se percata de su llegada.
5. Mantaldé: es una esposa con grandes cualidades, que puede hacer las veces de marido, que eventualmente puede ganarse la vida para mantener a la familia, que puede hacer cualquier
cosa por sí misma. Santaldé: es una excelente madre de familia y una buena ama de casa. Cuando su marido trae algo a casa, sabe conservarlo y sacarle partido, pero ella no buscará ni ganará nada por sí sola. Mantakaptús: esta mujer no sólo no sabe ganar nada por sí sola, sino que, si el marido trae alguna cosa a casa, la malgasta. Si no se le da nada, se pone a gritar. Si se le da algo, dice que no es suficiente. Es una mujer que se queja constantemente y que nunca hace nada bueno.
6. De tanto hacerlas llorar.

Julia Rodríguez - "RENO"

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Actriz, dramaturga, guionista, novelista y cuentista mexicana. Sus cuentos abarcan temas que van desde el terror, la muerte hasta el amor, pero siempre con cierta ironía y sarcasmo. Sus cuentos han aparecido en muchas revistas como Excelsior o Plural.
Este cuento está recogido en la antología de cuento negro mexicano "México negro y querido" de 2011.




BUENOS AIRES

Un maldito sábado me quedé de ver con mi carnal de la infancia, el Floren, así lo apodamos por ser nativo de Florencia, municipio de Tejeringo el Chico —no, no se crean, sólo me los estaba chamaquiando—; con mi compadre, Chente, al que no veía desde que le bauticé el chiquito, no, no es cierto; con mi primo Teobaldo, alias el Clon; su cuñado de él, mejor conocido como el Pirañas, y otro a quien no conocía, mayor que todos nosotros y tan grandote y trompudo que da miedo, apodado San Beni, y ya en confianza San. Nuestros nimbos personales, o sea donde vivimos a ratos, son la Buenos Aires, la Obrera, la Tránsito y un poco de la zona apache del centro.
Y es que te hartas tanto de pensarle cómo sacar el chivo, que entonces pones cara seria y la pides de lo que sea, de barredor, peón de maestro albañil, electricista expontáneo, de torero vendiendo alfileres, de velador, polecía bancario, no, eso no, porque has de llevar la famosa solecitú en la que andas poniendo todos tus nombres con sus adjetivos, si tienes o no antecedentes penales, si tuviste la varicela, desde cuándo no chambeas y por qué, qué dijo el último patrón, si trais carta de recomendación y en qué te la has rifado en los últimos cinco años, no, pos así no, porque si así fuera, qué necesidá tan necia sería andar haciendo cola pa' la pinche chamba que ni quieren darte pues.
Porque vivir en la ciudad de México, la Capirucha, el Defe, como prefieran, vivir, digo, allí, pero fuera de las colonias bonitas: la Del Valle, la Florida, San José Insurgentes, San Ángel, Polanco, Las Lomas y ahoy la Santa Fe, ésa que se quiere agandallar el trinchón de Telmex, con tody terrenos donde hace añales viven pobres muertos dihambre, pa' convertirla en el Béberlijils del Defe, me cai, es como hacer tu pidnic en el Periférico o de perdis meterte en sentido contrario en Calzada de Tlalpan.
Quedamos de vernos en La Poblana, una cervecería y salón familiar en la Doctores. Contentos de volvemos a juntar y ya bien inflados, nos juramentamos a la mosquetero y decidimos quitarnos de muertos dihambre, ora sí que parirnos por la libre.
Está duro no ser enquilino de las colonias nais, a excepción de Tepito, que le falta un cachitito pa' ser un estado de gandules dentro de otro estado de lo mesmo. Ser de los marginales es igual a cero chamba. Es en veces agua, en veces alimento; es colgarse de los postes de luz pa' tansiquiera poder ver la tele o mínimo saber qué cuerpos pisaste por las noches antes de tumbarte moribundo de sueño. Es caerle en la calle de borracho o pasado o de gane poder cagarte allí mento si te orillan las tripas. Es frío y harto calor, inundaciones, deslaves, hundimientos de tierra, según la estación del año y lugar; es la eterna ausencia de la autoridá, como no sea pa' pirañearnos. Es, me cai, la pura chinga.
Pasado el tiempo y ya organizados, dos del grupo empezamos a rifárnosla con la clientela en el metro Allende, la estación Chabacano, la Portales o Pino Suárez. Conforme íbamos conociendo el terreno, nos poníamos a manopla con los tirabuzones y todos en paz y beatitú. Como a mi compadre Chente no le gustan las aglomeraciones, porque empieza sudysude, siente sofoco, se le cierra la garganta y ve nublado, no asistía al intercambio de bienes, pero no hay Tifón, todos nos alivianábamos y cualquiera de nosotros lo suplía. Él, junto con el Pirañas, prefieren los negocios a la salida de los cajeros automáticos, en las colonias "bonitas". Ahí se come bien, dice el Pirañas: poca gente, muy civilizada y no hay por qué alterase, los clientes siempre cooperan, o sea, aguantan los mordiscos. Mi primo Teobaldo es el as de la donación de buti clase de tarjetas y nos ha reportado buenos devidendos. El Floren se dedica a partes de autos y a la duplicación de lo que pida el comprador y saca regalías pa' todorcio, siempre alcanzó pa' los seis. Yo servía de asistente estrella de cualquiera de ellos según se iba cargando el trabajo, eso sí, a toda hora con San Beni cual guardaespaldas de cada equipo durante los operativos.
Yo, la mera neta, en un tiempo pasado, muy pasado, le entré a todano pa' sacar el bisté. Uno comoquiera tiene sus compromisos: que si con la mamacita, con los hermanos, las viejas, y si te acomodas con alguna, pos la de pleitos por las deudas con los suegros, los cuñados y el montón de problemas y un chingo más con los mocosos que trajo la fulana a la convivencia. Son, mínimo, las canastas básicas o con suerte los vales. Son los pañales, las mamilas, las vacunas, las escuelas, si alcanzan lugar los chamacos. Son los libros, los cuadernos, los lápices. Son los pasajes, los trapos, la diversión, la fiesta de quince, el casorio, los difuntos y ya me cansé. Creo que por eso pasó lo que pasó.
Pero comoquiera que sea, nuestra pequeña empresa iba funcionando sobre rieles aceitados y nuestro modo de ver el mundo empezó a cambiar. Yo me reía por cualquier cosa, San Beni comenzó a jugar con el nieto que, endenantes, harto se le antojaba lanzar por el balcón (¿cuál?). Floren se consiguió la vieja más chipocluda de allá de su barrio; levántó tanta envidia del personal de la Buenos Aires que hasta tuvo que arreglarse un vocho pa' su uso privado con tal de que no siguieran escupiéndole obscenidades al paso de su bizcocho. El San pudo al fin pagarse su gimnasio con el odjetivo de mantenerse en forma, y a Cliente, mi compadre, lo aceptó de vuelta su mujer. Qué más se puede pedir.
Pero, ya se sabe, nunca falta la mosca en la sopa o el prietito en el arroz, y San Beni se encabronó con un rufián de por su cantón, que comenzó a pasar el chisme de que era puto y por eso lo del cuidado de los bíceps y los tríceps. Nunca me imaginé que San Beni, con su trompa y su tamañote, saliera tan vengativo. Con nosotros era un alma de Dios, jamás levantó la voz, nunca malas palabras. Nos decía "muchachos, qué necesidá tienen de hablar cuales carretoneros y escupir como tamemes", muy decente él, sumamente amable, hasta se lavaba las manotas cuando iba al mingitorio. Eso sí, mal bebedor, pero bien habilidoso con las manos; seguido se me figuró bordadora de lujo por lo bien y bonito que te armaba o desarmaba lo que se ofreciera con sus dedos gordos, que se me figuraban de filigrana. Cuando se le pasaban los tragos le daba por platicar de su juventú de niño bien. Vayan ustedes a saber qué cosas podridas lo perseguían desde su pasado de yunior venido a uno menos uno. El caso es que se quiso desquitar del fulano por medio de su torta, dizque con el odjeto de parar los chismes.
Una maldita noche nos llamó de testigos a un taller mecánico abandonado en uno de los barios que les digo. Era casi madrugada. Había logrado grillarse a la piruja, muy chaparrita ella, pero bonita de su cara, y al tienen que la sacó de un bar. Le dijo: "traigo un mensaje de vida o muerte pa' tu camote", no, pos así quién no. Total, ya en el lugar, el asunto se calentó tantísimo que al rato nos fue tocando turno, pero después...
No quiero acordarme de lo que pasó después, pues lo que sea de cada quien, al final, San Beni mostró ser más cabrón que bonito y no hubo más remedio que ponemos a resolver el dilema de cómo deshacemos del mugrero. Y ahí nos tienen, alterados y medio dormidos buscando lo necesario parese fin.
De no haber sido por el güey de mi primo el Clon -el muy tarado se puso a hacer arreglos con la chisme caliente de su cuñada, que vende tamales a la salida del metro Coyoacán—, no estaría aquí, en Reno, que ni a Cereso llega, y con el miedo horrible de quedarme dormido en contacto directo con el cuerpo de mis compas de suerte y su olor. Es un hedor que, les juro por mi mamacita, no falla en llevarme a la misma pesadilla con mis cuais, haciéndome tragar a fuerza tamales chiapanecos con uñitas pintadas.



Nota.- RENO es el nombre coloquial de la prisión "Reclusorio Preventivo Norte" en Ciudad de México.