Luis Mateo Díez - "Los temores ocultos"

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Cuando volví sobre los papeles, descubrí la mancha de sangre.
Era un folio limpio, sin estrenar, y en su centro estaba la mancha brillante y tierna.
Pensé en una herida insensible: observé las manos, repasé la cara, busqué un motivo en la juntura de las uñas.
Nada perceptible.
Dejé a un lado el folio e intenté concentrarme.
Mi imaginación volvía lentamente sobre el centro más incisivo de la trama: el comienzo de la noche, la huida de Robert, el recuerdo cercano de Rosaura después de la discusión en el apartamento.
Era necesario someter al personaje a una serie de variaciones psicológicas que acrecentaran su excitación y le fueran llevando al terror.
Me parecía importante intentar una descripción ambiental lo más exhaustiva, deformando los aspectos del barrio portuario de manera que el personaje expresara, en sus observaciones, ese estado emocional. Escribí muy despacio una primera frase: «La noche cerró su vientre en la encrucijada.»
La frase era un mero punto de apoyo para abrir la descripción.
Encendía un pitillo e inconscientemente volví a observar los dedos.
No me gustaba ese comienzo. Taché la frase con un rasgo nervioso.
«La noche se apoderaba del barrio como un manto que se cierne cobijando los temores ocultos.»
Releí esta nueva frase. Dejé el bolígrafo sobre la mesa y limpié los ojos.
Pensé en Robert, sólo en él como personaje ya creado y al margen de la nueva situación. Me hizo gracia encontrar el rostro de este viejo conocido.
Robert sonreía con cierto temor.
—Toda tu historia confluye en este momento preciso de la huida y no me queda más remedio que llevar la situación a sus últimas consecuencias. Tienes que pasar miedo, amigo mío. Rosaura, a estas horas, estará tumbada en la cama leyendo sus revistas de modas y fumando un pitillo con esa terca sensualidad que conoces. Pero ella ya no interesa. Eres tú y esta noche desgraciada.
La última frase seguía gustándome.
«El manto se cierne cobijando los temores ocultos.»
Entre los temores ocultos está la presencia sospechada del comisario Esteban, ese hombre imposible que no tiene misericordia.
Fue una idea infeliz la de liarse con su mujer.
Ciertamente, Robert, tienes un perseguidor peligroso.
El cigarrillo se me apagó en el cenicero y, cuando lo volví a los labios, mis ojos retornaron al folio.
Era una mancha pequeña: una gota que se desleía en el blanco satinado, pero que conservaba toda la humedad.
De nuevo repasé la cara intentando detectar un grano que tal vez hubiera reventado por sí solo.
No había nada. Mi cara estaba limpia.
Bajo el flexo, los papeles desordenados quedaban muy ajenos a la presencia rojiza que poco a poco se transformaba en una simple huella. Encendí la colilla y aspiré una bocanada escupiendo hacia un lado una brizna de tabaco.
Otra vez releí la frase y me pareció interesante.
Un cierto tono de descripción algo más abstracta, compiladora del ambiente, para bajar en seguida a los datos concretos.
Robert está en la esquina, no lejos del estuario, y observa las callejas vacías que ascienden por el promontorio hasta el alto de la ermita de los pescadores.
En su memoria las palabras de Rosaura se repiten como amargos aldabonazos. Casi resulta imposible pensar que ella iba a reaccionar así. En el fondo yo mismo no sé por qué tuve ese arrebato, ha sido una escena tramada inconscientemente.
Preveo que todas mis previsiones para consumar el hilo argumental se vuelven directamente contra Robert.
No sé con exactitud lo que dará de sí esta noche que cobija los temores ocultos.
Por una parte, me fastidia que el comisario Esteban realice su venganza con cuatro disparos absurdos. Pero por otra, el papel de la Justicia redimiendo sus innatas necesidades, es importante de cara a la censura, ya que en cuatro episodios anteriores he cargado las tintas de forma peligrosa y hay que conceder una oportunidad al honroso cuerpo policial.
—Robert, espero que el asunto resulte lo menos doloroso para ti.
Apagaba la colilla en el cenicero y en ese momento mis ojos descubrieron la segunda mancha de sangre sobre la parte inferior del folio.
Un leve sobresalto turbó la serenidad de mis disquisiciones.
Era una gota grande, esmaltada con ese brillo espeso de la sangre reciente.
Sobre el escritorio los ojos buscaron algún motivo razonable.
Después fijé la vista en el espacio del techo que aparecía tan blanco y limpio como siempre.
No sin cierta prevención tomé el folio en las manos y analicé la nueva señal.
La gota descorrió su espesor hacia un lado y formó una mancha más extensa, empezando a sumirse en seguida.
La posibilidad de volver sobre la trama, de construir la frase siguiente, profundizando en la descripción, se me hizo difícil.
No soy un escritor que necesite acorazarme en los abismos de mi persona para realizar el trabajo, pero la mancha de sangre era cierta por segunda vez y tampoco podía sustraerse a la preocupación y a la curiosidad.
Deposité el folio en el extremo de la mesa, encendí un pitillo y me dispuse a vigilar para descubrir la razón de aquel suceso.
Transcurrieron cuatro o cinco minutos sin ninguna novedad. Las huellas rojizas estaban secas y eran como dos marcas digitales sobre el papel.
Cogí el bolígrafo y pensé en las brumas compactas que cercaban el estuario y levantaban un hálito blanquecino sobre las casas cercanas al puerto.
Robert se apoya en la esquina, no lejos de una farola, y la noche tiene esa calma absoluta donde siempre conviene anotar los presagios del silencio. Esos presagios, de los que uno echa mano con tanta frecuencia en las intrincadas historias policiales y misteriosas, eran auténticos en aquellos momentos, entre la ductilidad del humo del tabaco, la presencia de las huellas y el solitario viaje del bolígrafo por la espesura de la noche.
«Volcaba su vientre derramándose con el negro profundo de sus poderes», escribí.
Y en seguida pensé que las huellas de sangre eran una circunstancia fortuita ajena al interés inmediato de mi trabajo.
Robert no domina la situación y tiene miedo, porque está en mi poder, se encuentra totalmente desasistido. Pero yo soy consciente de mis poderes, enumero las posibilidades de acuerdo a mi imaginación y elijo lo que creo más conveniente.
Sonreí al pensar que ese estúpido suceso pudiera preocuparme.
Me introduje en la noche y di un paseo por el nebuloso contorno del estuario silbando una alegre melodía de Johnattham Wilson.
Puedo hacerle una visita a Rosaura, quedarme esta noche en su apartamento y parodiar algunos juegos eróticos mientras que tú, querido Robert, te mueres de miedo con la obsesión de los perseguidores, incapaz de encontrar una salida.
Pero ahora prefiero sumirme en esta niebla evanescente del estuario, contabilizar las lucecillas de los pesqueros en lontananza, encender un pitillo y apurar una copa de ginebra en el primer tugurio.
Recuerdo a Johnattham Wilson.
Su rostro me llega a la memoria entre la música oxidada de una trompeta y un contrabajo.
Amigo mío, cuánto tiempo desde aquellos felices días de jazz y rosas.
Escribir una historia era un esfuerzo mayor que animar a la clientela alcoholizada del Cafetín Venezia. Y, sin embargo, no había mucha diferencia entre hundirse en las inspiradas improvisaciones de tu música o en los abyectos personajes de aquellas tramas hiperbólicas y alucinadas. Son dos oficios parecidos. Vuelvo a mirar tus ojos de buey manso y aspiro el humo del tabaco cuando el vientre de la noche se derrama con el negro profundo de sus poderes.
La frase no queda mal del todo.
Mordí la punta trasera del bolígrafo y me dispuse a continuar.
Debo hacer ya una referencia directa al personaje, después volveré sobre la descripción ambiental.
En ese momento observé la tercera gota de sangre sobre el folio. La mancha era más aparatosa que ninguna de las anteriores: se abría hacia los lados y cubría un espacio tan grande como una moneda.
Mi sobresalto se contagió de un nerviosismo que no pude superar. Tiré el bolígrafo encima de la mesa, arrastré la silla hacia atrás y me levanté profundamente crispado.
La gota volvía a sumirse dejando los residuos sanguinolentos de la huella.
Miré hacia todas partes agobiado por palpitaciones violentas.
Recorrí mi cuarto, encendí todas las luces.
El silencio exaltaba las contracciones de mi respiración.
Fui hacia la puerta y, al intentar abrirla, comprobé que estaba cerrada por fuera.
Volví sobre el escritorio y mis ojos penetraron la desmantelada montaña de folios escritos, donde Robert circulaba a través de capítulos llenos de tensión y oscuridades.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que yo podía ser el personaje de una historia que alguien estaba escribiendo.

Rainer Maria Rilke - "Relato de muerte con manuscrito"

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Volví a levantar los ojos hacia el cielo en el atardecer que se desvanecía poco a poco, cuando alguien dijo: "¿Parece interesarse usted mucho por el país de más allá?"
La mirada descendió bruscamente como rebatida y caí en la cuenta: me encontraba frente por frente del muro bajo nuestro cementerio y ante mí, a la opuesta parte del mismo, se hallaba un hombre con su azadón y sonreía sin acabar de perder su gravedad: "Yo me intereso más bien por esa tierra de acá", acabó él, mostrando la tierra negra y húmeda perceptible entre la gran cantidad de hojas secas, que se agitaban rumorosas sin que yo pudiese llegar a darme cuenta de que soplara la más leve ráfaga de viento. De pronto, dije, poseído de la más violenta repugnancia: "¿Pero por qué hace usted eso?" El sepulturero recobró su sonrisa: "También tiene uno que vivir; además, se lo ruego; ¿acaso no hacen lo mismo la mayoría de los hombres? Entierran a Dios allí, de la misma manera que yo aquí a los hombres." Levantaba el dedo señalando el cielo y me explicaba: "Sí, aquello es también un gran sepulcro; en verano florecen en él nomeolvides silvestres." Yo le interrumpí: "Hubo un tiempo en que los hombres enterraban a Dios en el cielo, es verdad." "¿Es que ha dejado acaso de suceder?", preguntó con tono de peculiar tristeza. Yo proseguí: "Un día cada cual echó sobre ÉL su puñado de cielo, lo sé. Pero ÉL no estaba ya propiamente allí, o, mejor dicho...", yo no sabía como continuar. "¿Comprende usted -volví a empezar-. Hubo un tiempo en que los hombres oraban así." Extendí los brazos y, al hacerlo sin querer, sentí dilatarse mi pecho. "Y entonces se echaba Dios en aquellos abismos llenos de humildad y tinieblas, y sólo a su pesar retornaba al cielo que, insensiblemente, iba acercando más y más a la tierra. Pero tuvo su origen una nueva religión, y dado que ésta no podía hacer comprender a los hombres en qué difería su nuevo Dios del antiguo (pues, en cuanto se comenzó en verdad a glorificarle, los hombres reconocieron en él a su pasado Señor), el profeta de la nueva creencia cambió la forma de orar. Enseñó a juntar las manos y declaró: "Mirad, nuestro Dios quiere ser así implorado, puesto que es otro que Aquél a quien hasta ahora creíais acoger en vuestros brazos." Los hombres lo aceptaron, y la mímica de los brazos extendidos vino a ser menospreciable y espantosa, y más tarde enclavada en cruz, para mostrarla al mundo como símbolo de la ignominia y de la muerte.
"Pero a la vez siguiente que volvió Dios a poner su mirada en la tierra, se sintió sobrecogido. Junto a un sinnúmero de manos juntas se habían levantado gran cantidad de catedrales góticas, y de esta manera manos y techumbres, verticales y afiliadas por un igual, se extendían hacia ÉL, cual armas hostiles. En Dios hay una apreciación distinta de la gallardía, así es que retornó ÉL al cielo, y, en cuanto cayó en la cuenta de que las torres y las nuevas plegarias seguían creciendo tras de sí, se confinó a un punto más lejano del empíreo, con objeto de sustraerse por semejante manera a la persecución. Quedó realmente sorprendido al encontrar en aquel extremo de su radiante patria una oscuridad incipiente y, poseído de un extraño sentimiento, se adentraba más y más en aquel crepúsculo que le recordaba tanto al corazón del hombre. Se le ocurrió de pronto, que, si bien la cabeza humana es lúcida, el corazón del hombre está lleno de una tiniebla no inferior, y le sobrevino la nostalgia de habitar en el corazón de los hombres y de no recorrer ya más la clara y fría especulación de sus pensamientos. Ahora, Dios ha proseguido su camino. A su alrededor la oscuridad se hace más densa, y la noche, por la que se apresura, tiene algo de la calidez perfumada de la gleba fértil. Y, no lejos ya, se alargan a su encuentro las raíces con los bellos gestos pasados de las amplias plegarias. Nada hay más acabado que el círculo. Dios, que se nos escapa en el cielo, volverá a nosotros desde el seno de la tierra. Y quién sabe si por ventura será usted quien le abra un día la puerta..." El hombre de la pala dijo: "Pero esto es sólo una conseja." "En nuestra voz -le repliqué con calma-, todo viene a parar en consejas, pues que jamás se ha dado nada en ella." El hombre dejó por un momento, la mirada perdida ante sí. En seguida se puso la ropilla con enérgicos movimientos, preguntando: "¿Podremos marchar juntos?" Yo asentí con la cabeza: "Me dirijo hacia casa. Puede que tomemos la misma dirección, pero, ¿no habita usted aquí?" ÉL salió por la puerta de la pequeña verja, la hizo girar suavemente sobre sus goznes chirriantes y repuso: "No."
Cuando hubimos dado un par de pasos se sintió más confidencial: "Tuvo usted mucha razón, hace unos momentos. Es raro que haya alguien que se preste a hacer lo de ahí dentro. Jamás, antes, había pensado en ello. Pero ahora, desde que voy entrando en años, se me ocurren a veces pensamientos, pensamientos muy extravagantes, como el que le he dicho del cielo, y otros más. La muerte. Pero, ¿qué se sabe de ella? Aparentemente todo, y tal vez nada. A menudo me rodean, mientras trabajo, los niños (no sé de quién puedan ser). Y se me ocurre justamente algo de esto. Entonces golpeo y vuelvo a golpear en tierra, excavando como un animal, para desprender toda mi actividad consciente y utilizarla en la mano de obra. La tumba adquiere mayor profundidad de lo que exige el reglamento, y a su lado crece un montículo de tierra. Los niños, con todo, escapan corriendo al ver mis furiosos movimientos. Creen que me he enojado por algún motivo." Meditaba: "Y es, en efecto, una especie de cólera. Uno se ha curtido, cree haberlo superado, y de pronto... de nada sirve; la muerte es algo incomprensible, espantoso."
Pasábamos por una larga calle, bajo frutales ya sin hojas, y el bosque comenzaba a nuestra izquierda, como una noche que en cualquier momento puede también irrumpir en nosotros. "Me agradaría contarle una pequeña historia -insinué-; nos ocupará el tiempo justo hasta llegar al pueblo." El hombre aceptó y dio fuego a su vieja y corta pipa. Yo referí:
"Hubo una vez dos seres, un hombre y una mujer, y se amaban. Amarse, significa no aceptar nada de nadie, olvidarlo todo y querer recibirlo todo de un solo ser, lo que ya se poseía y lo demás. Así lo deseaban ambos, el uno frente al otro. Pero, con el tiempo, con los días, entre los muchos en que todo va y viene, sucede a menudo que, antes de haberse logrado una perfecta reciprocidad en este punto, el amor no llega a consolidarse; vienen por todas partes acontecimientos y el azar les abre la puerta.
"Por eso resolvieron, ambos, apartarse del tiempo a su soledad, bien lejos del tictac de los relojes y de los rumores ciudadanos. Y así construyeron, en un amplio jardín, una casa. Y la casa tenía dos puertas: una a su derecha, otra a su lado izquierdo. Y la puerta de la derecha era la puerta del marido y todas las cosas del marido debían entrar en la casa por ella. Pero la izquierda era la puerta de la mujer; y lo que era de su pertenencia debía pasar bajo su umbral. Y así sucedió. El primero que se levantaba, por la mañana, bajaba, y abría su puerta. Y se daba el caso de que una buena cantidad de cosas entraban en el edificio desde entonces hasta bien entrada la noche, aun cuando la casa no estuviera situada junto al camino. Para aquellos que saben captarlo, viene a su casa el paisaje, y también la luz y el viento llevando sobre sus hombros un hálito embalsamado, y mucho más aún. Pero también cosas pasadas: figuras, destinos, penetraban por ambas puertas y todo lo envolvía la misma sencilla intimidad hasta el punto de que los moradores pensaban haber habitado siempre la rústica morada. Así transcurrió mucho tiempo y los dos personajes eran, por todo, muy felices. La puerta izquierda estaba abierta con relativa frecuencia, pero por la derecha entraban huéspedes abigarrados. Ante la última se presentó, también, una mañana, la muerte. El marido, en cuanto la apercibió, cerró de golpe su puerta, y la dejó herméticamente cerrada durante todo el día. Después de algún tiempo compareció la muerte entre la otra puerta de acceso. Trémula, la rebatió la mujer y pasó el cerrojo macizo. No se refirieron aquel suceso uno a uno, pero abrieron más espaciadamente ambas puertas y procuraron bastarse con lo que tenían en casa. Desde entonces vivieron, como es lógico, con mucha estrechez que antes. Sus provisiones escasearon y se presentaron los apuros. Empezaron ambos a dormir mal y, una noche, de largas pasadas en insomnio, percibieron de pronto, y a la vez, un rumor extraño, persistente, y como de martilleo. Procedía de la parte exterior de la pared de la casa, a distancia igual poco más o menos de una y otra puerta, y resonaba como si alguien comenzara desmenuzar la piedra para practicar una nueva abertura en el centro del muro. No obstante, y en medio de su terror, hicieron como si nada de particular hubiesen oído. Se pusieron a hablar y rieron con afectada intensidad, y cuando hubieron cesado de hablar, se había interrumpido también el socavar del muro. Desde entonces permanecieron bien cerradas ambas puertas. Los dos seres vivieron como prisioneros. Han enfermado y tienen extrañas imaginaciones. El ruido vuelve a presentarse de cuando en cuando. Entonces ríen sus labios, mientras sus corazones mueren casi de terror. Y saben ambos que el excavar se hace cada vez más claro y perceptible, y tienen que hablar con voz más y más alta y reír con sus bocas cada vez más lívidas." Yo cesé de narrar. "Sí, sí -dijo el hombre a mi lado-; esto es, ¡y cuán verídica resulta esta historia!" "Leí en un libro antiguo -continué-, y, como quiera que sea, se da el caso de que hay algo muy digno de mención." A renglón seguido del relato de cómo la muerte se presentó también ante la puerta de la mujer, aparece diseñada con tinta más pálida una estrellita diminuta. Se desprende de las palabras como de nubes, y como un instante me fue dado pensar que, si se desvaneciesen los trazos, podría muy bien ocurrir, evidentemente, que tras de ellos hubiese estrellas más altas aún, de manera análoga a como acontece cuando entrada ya la noche se despeja el cielo primaveral. Después olvidé por completo el detalle insignificante, hasta que volví a encontrar en el papel brillante y liso de las guardas del libro la misma estrellita como reflejada en un lago, y cerca de ella, a continuación, comenzaban líneas delicadas que se perseguían como olas, en la pálida superficie reflejante. El escrito, con el tiempo, se había vuelto ininteligible en algunos fragmentos y, no obstante, pude descifrarlo casi por entero, Más o menos, decía así:
"He leído esta historia tan a menudo, y por cierto en cuantas ocasiones me ha sido posible, que a veces pienso que la he debido anotar sacándola de mis recuerdos. Pero, en mí, presenta una variante, que transcribo a continuación. La mujer no había visto jamás a la muerte; sin ningún recelo la dejó entrar. Pero la muerte dijo de una manera algo brusca y como quien no tiene tranquila la conciencia: "Entrega esto a tu esposo." Y cuando la mujer la miró con aire interrogativo, añadió presurosa: "Es simiente, simiente muy buena." Y se alejó al punto sin volver la vista atrás. La mujer abrió la bolsita, que tenía entre las manos; y, en efecto, contenía una especie de simiente de granos duros y feo aspecto. Entonces recapacitó la mujer: "La simiente es algo imperfecto, en potencia. No sabe uno lo que de ella puede salir. No entregaré a mi esposo estos granos de aspecto tan poco agradable, porque no cuadran a un regalo. Prefiero sembrarlos en el macizo de nuestro jardín y esperar a que produzcan. Entonces, le llevaré la planta y le contaré cómo me hice con esta simiente." Y así fue como obró la mujer. No varió en nada, a partir de aquel día, la vida de ambos. El hombre, a quien siempre venía a las mientes que la muerte había estado ante su puerta, se sentía al principio algo intranquilo, pero, viendo a su mujer tan afable y despreocupada como siempre, pronto volvió a abrir las grandes batientes de su puerta, con lo que penetró en la casa mucha vida y luz. A la primavera siguiente brotó en el macizo, entre los esbeltos lirios cárdenos, un arbusto de pequeño tamaño. Tenía las hojas delgadas, negruzcas y un si es no es apuntadas, semejantes a las del laurel, y había en su tono oscuro un resplandor peregrino. El hombre se proponía a diario preguntar por la procedencia de aquella planta. Pero cada día lo aplazaba. Poseída de un sentimiento afín demoraba también la mujer de un día para otro el momento de la confesión. Pero la pregunta retenida por el uno y la contestación no arriesgada del otro les reunían a menudo a ambos junto a aquel arbusto que, a causa de su oscuro verdor, se destacaba con tanta singularidad en el jardín.
"Cuando llegó la primavera siguiente se ocuparon del arbusto como de las demás plantas, y se entristecieron cuando, rodeado de la profusa floración que apuntaba, la vieron crecer invariable y mudo, cual el primer año, insensible a todos los soles. Entonces decidieron, sin consultárselo, procurarle justamente en aquel tercer año toda su lozanía, y cuando brotó en la correspondiente primavera cumplieron en silencio y mano a mano lo que cada uno había prometido. El jardín se embrozaba por todas partes, y los lirios cárdenos se mostraban más pálidos que antes. Pero un día en que, tras de una noche penosa y tapada, salieron por la mañana, la serena y radiante mañana, observaron que, de entre las hojas negras y aguzadas del arbusto extraño, había brotado de improviso una floración azul, mortecina, cuyos capullos se abrían ya por todas partes. Y estuvieron quedos ante aquélla, aunados y en silencio, y entonces, por vez primera, no supieron decirse una palabra. Porque pensaban: "Ahora da flores a la muerte", y se inclinaron a un tiempo para apreciar el aroma de la joven floración. Pero desde aquella mañana, todo ha cambiado en el mundo." "Así rezaba la guarda del viejo libro", acabé yo.
"¿Y quién escribió semejante relato?", instó el hombre. "Una mujer, a juzgar por el tipo de letra -contesté-. Pero ¿de qué habrá servido averiguarlo? Las cubiertas estaban algo desteñidas y pasadas de moda. Debe de haber muerto tiempo ha, al parecer."
El hombre estaba embebido en sus pensamientos. Al fin aventuró:
"¡Pura y simplemente una historia y con todo tan conmovedora!" "Suele suceder así cuando no se está acostumbrado a escuchar historias", insinué yo. "¿Usted cree?" Me alargó la mano y yo la estreché con efusión.
"Me agradaría poderla volver a contar. ¿Me lo permite?" Yo asentí. De pronto se le ocurrió: "Pero si no tengo a nadie. ¿A quién podría contarla yo?" "¡Ah!, pues muy sencillo: a los niños que van a verle, a veces. ¿A quién, si no?"
Los niños han escuchado también las tres últimas historias en su totalidad. En todo caso, sólo la de las nubes vespertinas les fue referida en parte, si no ando mal informado. Los niños son, esto es, pequeños, y saben por ello muchas más cosas de las nubes que nosotros. A pesar de los largos y bien construidos discursos de Hans, se darían cuenta de que la cosa sucede entre niños y mirarían mi relato, a fuerza de personas competentes en la materia, con ojos críticos. No obstante, es preferible que no sepan con cuánto esfuerzo y torpeza vivimos las cosas que a ellos les afectan con tanta sencillez.

Carson McCullers - "El orfanato"

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Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una verja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.
Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que George Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Si una chica, me dijo, besaba a un chico, se convertía en una persona de color y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Sólo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero sólo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color.
Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.
Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad volandera, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.
—Crecen dentro de las señoras —dijo Tit.
—Si juráis que nunca se lo diréis a ningún ser vivo, os enseñaré una cosa.
Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.
—¿Sabéis qué es esto? —preguntó.
Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:
—¿Qué es?
Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspense, dijo:
—Es un bebé muerto y escabechado.
El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.
—¿De quién? —preguntó por fin en voz baja.
—Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser boticario.
Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:
—¿De quién? ¿El bebé de quién?
—Era huérfano —dijo Hattie.
Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ése, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y me estaba buscando... ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí..., y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle Tercera.
Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron al instituto de la calle Diecisiete, al que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.
Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía sólo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.
Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de tejo dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre.
Y, como tardaba en contestarle, dijo:
—El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.
Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba unos pololos marrones de algodón.

Humor literario

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Tras la mala leche generada por la entrada anterior, un poco de humor. SunsetBoulevard me mandó un mensaje en el que me hablaba de "El garrofer", un periódico humorístico.
En él se publica un interesantísimo artículo en el que se cuenta la aventura de un escritor que pretendía ser autor maldito. A continuación reproduzco el articulo y os aconsejo que visitéis la web del periodico, os reiréis.
Se pasa doce años escribiendo una novela de 900 páginas para luego borrarla
Paulino Singleton – Estocolmo
EMPEZÓ A ESCRIBIR SU NOVELA en 1997 y desde el principio tenía pensado borrarla del ordenador nada más acabar. Tal era el plan ahora llevado a cabo por Stephan Okjsgord, un vecino de Estocolmo que tenía previsto entrar de esta manera por la puerta grande de la literatura maldita.
Sin embargo su gesto no ha tenido la repercusión que esperaba y a día de hoy está buscando trabajo en un bar.
“No me han llamado del New Yorker ni del Babelia”, se lamentó Okjsgord. En realidad, no le han llamado de ningún sitio porque tan solo un puñado de amigos suyos, a quienes no les interesa la literatura, sabían de su proyecto.
La novela de Stephan Okjsgord tenía 900 páginas y se titulaba “El babuino”. Al parecer trataba sobre un primate de esa especie. Pero nunca nadie sabrá el argumento ni los detalles porque su autor ha borrado el archivo donde escribía el texto y luego ha roto su ordenador con una maza.
“Mi idea era generar algo llamativo en relación con mi libro, crear una gran expectativa y luego que sucediera algo trágico”, confesó a El Garrofer. Lo que no había calculado es que para ello, lo mínimo es poder leer algo del autor en cuestión.
Al parecer Okjsgord era admirador de escritores raros como J.D. Salinger o Thomas Pynchon y él también quería hacer algo insólito que le convirtiera en “maldito” de la noche a la mañana.
Okjsgord también explicó que hace unos años, cuando vió el fenómeno en que se convertía la trilogía Millenium tras la muerte de Stieg Larsson, vio reforzada su ilusión. Entonces llevaba 700 páginas de “El Babuino” y “se puso las pilas” para rematarla con 200 más.
“Nos dijo que iba a ser como ese escritor”, explicó un amigo suyo. “Pero no se daba cuenta que en ese caso el escritor se había muerto dejando atrás tres libros superventas. Stephan quería lo contrario: hacerse maldito sin morirse y sin enseñar nada de lo que había escrito”.
Qué pena que muchos autores reales, todos esos juntaletras sin tanlento pero con potente departamento comercial detrás, no emulen a Okjsgord y destruyan sus obras antes de publicarlas.
Gracias SunsetBoulevard.

Babayada del dia (XII)

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La babayada de hoy no es reciente, fue escrita hace ya hace más de siglo y medio. Arthur Schopenhauer es considerado como uno de los grandes filósofos. Yo sólo había leído de él lo que ponía mi libro de filosofía de COU. Eso sí, lo conocía también como uno de los "enunciadores" (junto a Leibniz y basándose en Kant) del "Principio de razón suficiente", lo que en ciencia se conoce como "Principio de causalidad". Hace poco, en una librería de viejo, me encontré con un libro suyo "El amor, las mujeres y la muerte". Atractivo título y gran pensador detrás, nada, para mi. Entonces conocí su otra faceta. A la de gran filófoso se unía la de imbécil redomado, gentuza impresentable, machista repugnante y todo lo que se os ocurra. Si este tipejo era una de las lumbreras de su tiempo, ¿qué podíamos esperar de los demás? El texto corresponde al capítulo 2 del libro mencionado. Aunque es un poco largo (y eso que lo he recortado), no es necesario leerlo entero, con leerlo a saltos captarás perfectamente todo lo que piensa.

Las mujeres
Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia, ni a los grandes trabajos materiales. Paga su deuda a la vida, no con la noción, sino con el sufrimiento, los dolores del parto, los inquietos cuidados de la infancia; tiene que obedecer al hombre, ser una compañera paciente que le serene. No está hecha para los grandes esfuerzos, ni para las penas a los placeres excesivos. Su vida puede transcurrir más silenciosa, más insignificante y más dulce que la del hombre, sin ser por naturaleza mejor ni peor que éste.
Lo que hace a las mujeres particularmente aptas para cuidarnos y educarnos en la primera infancia, es que ellas mismas continúan siendo pueriles, fútiles y limitadas de inteligencia. Permanecen toda su vida como niños grandes, una especie de intermedio entre el niño y el hombre.
(...)
En las jóvenes solteras, la naturaleza parece haber querido hacer lo que en estilo dramático se llama un efecto teatral. Durante algunos años las engalana con una belleza, una gracia y una perfección extraordinaria, a expensas de todo el resto de su vida, a fin de que durante esos rápidos años de esplendor puedan apoderarse fuertemente de la imaginación de un hombre y arrastrarle a cargar legalmente con ellas de cualquier modo. La pura reflexión y la razón no daban suficiente garantía para triunfar en esta empresa. Por eso la naturaleza ha armado a la mujer con las armas y los instrumentos necesarios para asegurar su existencia y sólo durante el tiempo preciso, porque en esto la naturaleza obra con su habitual economía. Así la hormiga hembra, después de unirse con el macho, pierde las alas que le serían inútiles y hasta peligrosas para el período de la incubación, así también la mayoría de las veces, después de dos o tres partos, la mujer pierde su belleza.
(...)
Cuanto más noble y acabada es una cosa, más lento y tardo desarrollo tiene. La razón y la inteligencia del hombre no llega a su auge hasta la edad de veintiocho años; por el contrario, en la mujer la madurez de espíritu llega a la de dieciocho. Por eso tiene siempre un juicio de dieciocho años. Y por eso las mujeres son toda su vida verdaderos niños.
No ven más que lo que tienen delante de los ojos, se fijan solo en lo presente, toman las apariencias por la realidad y prefieren las fruslerías a las cosas más importantes. Lo que distingue al hombre del animal es la razón. Confinado en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el porvenir; de aquí su procedencia, sus cuidados, sus frecuentes aprensiones.
La débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes. Padece miopía intelectual que, por una especie de intuición, la permite ver de un modo penetrante las cosas próximas; pero su horizonte es muy pequeño y se le escapan las cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuanto no es inmediato, o sea lo pasado y lo venidero, obre más débilmente sobre la mujer que sobre nosotros. De ahí también esa frecuente inclinación a la prodigalidad, que a veces limita con la demencia.
En el fondo de su corazón, las mujeres se imaginan que los hombres han venido al mundo para ganar dinero y las mujeres para gastarlo Si se ven impedidas de hacerlo mientras vive su marido, se desquitan después de muerto éste. Y lo que contribuye a confirmarlas en esta convicción, es que el marido les da el dinero y les encarga de los gastos de la casa.
Tantas partes defectuosas se compensan, sin embargo, con un mérito. La mujer más absorta por el momento presente, goza más de él que nosotros. De ahí esa jovialidad que les es propia y las hace ser capaces de distraer y a veces consolar al hombre abrumado de preocupaciones y penas.
En las circunstancias difíciles no hay que desdeñar la costumbre de recurrir, como en otros tiempos los germanos, al consejo de las mujeres; porque tienen una manera de concebir las cosas enteramente diferente de la nuestra. Van derechas al fin por camino más corto; porque, en general, sus miradas se detienen en lo que está a su mano. Por el contrario, nuestra mirada pasa sin fijarse por encima de las cosas que se nos meten por los ojos, y buscan mucho más allá. Necesitamos que se nos traiga a una manera de ver más sencilla y más rápida. Añádase a eso que las mujeres tienen positivamente un juicio más aplomado y no ven en las cosas nada más que lo que hay en ellas en realidad: al paso que nosotros, por influjo de nuestras pasiones excitadas, amplificamos los objetos y nos fingimos quimeras.
Las mismas aptitudes nativas explican la conmiseración, la humanidad, la simpatía que las mujeres manifiestan por los desgraciados. Pero son inferiores a los hombres en todo lo que atañe a la equidad, a la rectitud y a la probidad escrupulosa. A causa de lo débil de su razón, todo lo que es de presente, visible e inmediato, ejerce en ellas un imperio contra el cual no pueden prevalecer las abstracciones, las máximas establecidas, las resoluciones enérgicas, ni ninguna consideración de lo pasado a lo venidero, de lo lejano a lo ausente. Tienen las primeras y principales cualidades de la virtud, pero les faltan las secundarias y accesorias... Por eso la injusticia es el defecto capital de las naturalezas femeninas. Eso proviene de sus escasos buen sentido y reflexión que hemos señalado. Y lo que agrava aún más este defecto es que la naturaleza les ha dado como patrimonio la astucia, para proteger su debilidad; y de ahí su falacia habitual y su invencible tendencia al embuste.
(...)
El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera.
De este defecto fundamental y de sus consecuencias nacen la falsía, la infidelidad, la traición, la ingratitud, etc. Las mujeres perjuran ante los tribunales con mucha más frecuencia que los hombres, y sería cuestión de saber si debe admitírselas a prestar juramento. Ocurre de vez en cuando que señoras a quienes nada les falta son sorprendidas en los almacenes en flagrante delito de robo.
Los hombres jóvenes, hermosos, robustos, están destinados por la naturaleza a propagar la especie humana, a fin de que ésta no degenere. Tal es la firme voluntad que la naturaleza expresa por medio de las pasiones de las mujeres. Con seguridad, ésta es la más antigua y poderosa de todas las leyes. ¡Pobres, pues, de los intereses y derechos que se le pongan por obstáculos! Cuando llegue el momento, suceda lo que quiera, serán hollados sin misericordia.
(...)
Pero las mujeres no se interesan de ningún modo in abstracto por ese principio superior; solamente lo comprenden in concreto, y cuando se presenta ocasión no tienen más manera de expresarlo que su manera de obrar. En este punto su conciencia las deja mucha más tranquilas de lo que se pudiera creer, porque en el fondo más oscuro de su corazón sienten vagamente que al hacer traición a sus deberes para con el individuo, los llenan tanto mejor para con la especie, que tienen derecho infinitamente superiores.
Como las mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie, y toda su vocación se concentra en ese punto, viven más para la especie que para los individuos, y toman más a pecho los intereses de la especie que los intereses de los individuos. Esto es lo que da a todo su ser y a su conducta cierta ligereza y miras opuestas a las del hombre. Tal es el origen de esa desunión tan frecuente en el matrimonio, que ha llegado a ser casi normal.
Los hombres son naturalmente indiferentes entre si; las mujeres son enemigas por naturaleza. (...)
La posición social que ocupa un hombre depende de mil consideraciones; para las mujeres, una sola circunstancia decide su posición: el hombre a quien ha sabido agradar. Su única función las pone bajo un pie de igualdad mucho más marcado, y por eso tratan de crear ellas entre si diferencias de categorías.
Preciso ha sido que el entendimiento del hombre se obscureciese por el amor para llamar bello a ese sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas. Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja a ellas. En vez de llamarle bello, hubiera sido más justo llamarle inestético.
Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas. En ellas todo es pura imitación, puro pretexto, pura afectación explotada por su deseo de agradar. Son incapaces de tomar parte con desinterés en nada, sea lo que fuere, y he aquí la razón. El hombre se esfuerza en todo por dominar directamente, ya por la inteligencia, ya por la fuerza; la mujer, por el contrario, siempre y en todas partes está reducida a una dominación en absoluto indirecta; es decir, sobre él ejerce una influencia inmediata. Por consiguiente, la naturaleza lleva a las mujeres a buscar en todas las cosas un medio de conquistar al hombre, y el interés que parecen tomarse por las cosas exteriores siempre es un fingimiento, un rodeo, es decir, pura coquetería y pura monada.
(...)
Pero, ¿qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en el mundo entero no ha podido producir este sexo un solo ingenio verdaderamente grande, ni una sola completa y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero, sea en lo que fuere? Esto es muy notable en la pintura. Son tan aptas como nosotros para aprender la parte técnica y cultivan con asiduidad este arte, sin poder gloriarse de una sola obra maestra, precisamente porque les falta aquella objetividad del espíritu que es necesaria, sobre todo para la pintura. No pueden salir de si mismas.
(...)
Gracias a nuestra organización social absurda en el mayor grado, que las hace participar del título y la situación del hombre, por elevados que sean, excitan con encarnizamiento las menos nobles ambiciones de éste; y por una consecuencia natural de este absurdo, su dominio y el tono que imponen ellas corrompen la sociedad moderna.
(...)
Las mujeres son el sexus sequior, el sexo segundo desde todos los puntos de vista, hecho para estar a un lado y en segundo termino. Cierto que se deben tener consideraciones a su debilidad; pero es ridículo rendirles homenaje, y eso mismo nos degrada a sus ojos. La naturaleza, al separar la especie humana en dos categorías, no ha hecho iguales las partes.
(...)
La mujer en Occidente, lo que se llama la señora, se encuentra en una posición enteramente falsa. Porque la mujer, el sexus sequior de los antiguos, no está en manera ninguna formada para inspirar veneración y recibir homenajes, ni para llevar la cabeza más alta que el hombre, ni para tener iguales derechos que éste.
Las consecuencias de esta falsa posición son harto evidentes. Sería de desear que en Europa se volviese a su puesto natural a ese número dos de la especie, humana y que se suprimiera la señora, objeto de mofa para el Asia entera, y de la cual también se hubieran burlado Roma y Grecia.
Desde el punto de vista político y social, esta reforma sería un verdadero beneficio. El principio de 1a ley sálica es tan evidente, tan indiscutible, que parece inútil formularlo. Lo que se llama propiamente la dama europea es una especie de ser que no debiera existir. No debería haber en el mundo más que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras aspirantes a ser lo que aquéllas, que se formasen, no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la sumisión.
(...)
Las leyes que rigen al matrimonio en Europa suponen a la mujer igual al hombre, y así tienen un punto de partida falso.
En nuestro hemisferio monógamo, casarse es perder la mitad de sus derechos y duplicar sus deberes. En todo caso; puesto que las leyes han concedido a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, hubieran debido también conferirles una razón viril.
Cuántos más derechos y honores superiores a su mérito confieren las leyes a las mujeres, más restringen el número de las que en realidad participan de esos favores; y quitan a las demás sus derechos naturales en la misma proporción que a unas cuantas privilegiadas se los han dado excepcionales.
La ventaja que la monogamia o las leyes resultantes de ella conceden a la mujer, proclamándola igual al hombre produce la consecuencia de que los hombres sensatos y prudentes vacilan a menudo en dejarse arrastrar a un sacrificio tan grande, a un pacto tan desigual.
En los pueblos polígamos cada mujer encuentra alguien que cargue con ella; entre nosotros por el contrario, es muy restringido el número de las mujeres casadas y hay infinito número de mujeres que permanecen sin protección, solteronas que vegetan tristemente en las clases altas de la sociedad, pobres criaturas sometidas a rudos y penosos trabajos en las filas inferiores. O bien, se truecan en miserables prostitutas, que arrastran una vida vergonzosa y se ven conducidas por la fuerza de las circunstancias a formar una especie de clase pública y reconocida, cuyo fin especial es el de preservar de los riesgos de seducción a las felices mujeres que han pescado marido o que pueden esperarlo. Solo en la ciudad de Londres hay ochenta mil mujeres públicas, verdaderas víctimas de la monogamia, cruelmente inmoladas en el altar del matrimonio. Todas esas infelices son la comprensión inevitable de la dama europea, con su arrogancia y sus pretensiones. Por eso la poligamia es un verdadero beneficio para las mujeres, consideradas en conjunto.
Además, desde el punto de vista racional, no se ve por qué cuando una mujer sufre algún mal crónico, o no tiene hijos, o se ha hecho vieja, no había de tomar su marido otra más. Lo que dio prestigio a los mormones, fue precisamente la supresión de esta monstruosa monogamia.
Al conceder a la mujer derechos superiores a su naturaleza, se le han impuesto deberes también por encima de su naturaleza. De ahí demanda para ella una fuente de desdichas. En efecto, esas exigencias de clase y de fortuna son tan pesadas, que el hombre que se casa comete una imprudencia si no hace un casamiento brillante Si desea encontrar una mujer que le guste por completo, la buscará fuera del matrimonio, y se limitará a asegurar la suerte de su querida y la de sus hijos.
Si la mujer cede sin exigir en rigor los derechos exagerados que solo el matrimonio le concede, entonces pierde el honor, por, que el matrimonio es la base de la sociedad civil, y se prepara una triste vida, porque está en la naturaleza de los hombres el preocuparse desmedidamente de la opinión de los demás. Si, por el contrario, la mujer resiste, corre el riesgo de apencar con un marido que le desagrade o el de secarse en su sitio quedándose para vestir santos.
(...)
Si todo hombre tiene necesidad de varias mujeres, justo es que sea libre y hasta que se le obligue a cargar con varias mujeres. Estas quedarán de ese modo reducidas a su verdadero papel, que es el de un ser subordinado; y verá desaparecer de este mundo la dama, ese monstruo de la civilización europea y de la estolidez germano-cristiana, con sus ridículas pretensiones al respeto y al honor. ¡No más señoras, pero también no más esas infelices mujeres que llenan al presente la Europa!...
Es evidente que por naturaleza la mujer está destinada a obedecer. Y prueba de ello que la que está colocada en ese estado de independencia absoluta, contrario a su naturaleza, se enreda en seguida, no importa con qué hombre, por quien se deja dirigir y dominar, porque necesita un amo. Si es joven, toma un amante; si es vieja, un confesor.
(...)
Lo que prueba de una manera general que el honor de las mujeres no tiene un origen verdaderamente conforme con la naturaleza es el número de sangrientas víctimas que se le ofrecen, infanticidios, suicidios de madres. Si una joven soltera que toma un amante comete una verdadera traición hacia su sexo, no olvidemos que el pacto femenino podrá haber sido aceptado tácitamente, pero sin compromiso formal por parte de ella. Y como en la mayoría de los casos ella es la primera víctima, su locura es infinitamente más grande que su perversidad.

Dicen que esta misogínia le vino al individuo en cuestión por culpa de una madre dominante. El machismo es una constante en la historia. No deberíamos espera mucho. Pero el tipejo este se lleva la palma.

Enrique Jardiel Poncela - ¡Mátese usted y vivirá feliz!

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La última entrada estaba dedicada a un movimiento literario con un único representente, el "ramonismo" y Ramón Gómez de la Serna. Hoy sigo por el mismo camino y la dedico a otro movimiento literario de invención española y con un único componente en su lista de autores: el "jardielismo" y Enrique Jardiel Poncela (ya puse más cosas de él aquí y aquí).
Enrique fue un novelista, cuentista, dramaturgo y guionista de cine madrileño, cuya obra se centró en el humor, un humor que rompió con el naturalismo-costumbrismo del humor español que imperaba en la época. La originalidad de Jardiel reside en la creación de situaciones grotescas, ridículas, increíbles, lo cual consigue por medio de ironías y diálogos ingeniosos, agudos y muy mordaces, llenos de sentencias que podrían considerarse aforismos.
Como el de todos los grandes cínicos, su humor, en algunas ocasiones, exige cierta formación intelectual-cultural del lector-espectador para ser entendido. Siempre bajo el truco, el disparate o la situación más absurda, esconde una dura y amarga crítica a la sociedad, reflejo de su desencantada visión de la realidad. Algunos lo colocan por ello dentro del movimiento del "absurdo". Tal vez su profundo pesimismo pueda encajar ahí, pero yo creo que su humor era demasiado cínico para ser absurdo.
Eugenio D'Ors dijo de él: "Dediqué una glosa a Jardiel cuando estrenó una de sus primeras piezas escénicas señalando su originalidad... ¿Un renovador? Tal vez, pero mejor un excéntrico de la literatura teatral. Porque Jardiel piensa y escribe excéntricamente, no por pose, sino por poseer su temperamento una genuina excentricidad..."
Su forma de anunciar los derechos de copia harían hoy la delicia de algunos dirigentes de ciertas sociedades de autores.
La falsificación, la traducción, la adaptación, el robo y el plagio, se perseguirán a tiros sobre motocicletas blindadas y, si es necesario, a cuchillada limpia, únicos procedimientos eficaces ya en el mundo.
That is the question (Que te crees tú esto).

¡MÁTESE USTED Y VIVIRÁ FELIZ!
La oratoria es una de las fuerzas ciegas de la Naturaleza. Agradezco vivamente las felicitaciones que el lector me está dirigiendo por haber construido la frase anterior, y paso enseguida a decir por qué opino que la oratoria es una de las fuerzas ciegas de la Naturaleza.
Y para decirlo del modo más claro trasladaré a estas cuartillas una curiosa historia. Oídme.
* * *
Mateo Ramos nació con el don de la oratoria, como podía haber nacido con una afección renal. No heredó aquella cualidad, pues sus padres no pudieron dejarle en herencia ni siquiera un cerebro selecto; así es que me sería dificilísimo explicar por qué misteriosas causas Mateo poseía el don de la oratoria.
Pero que lo poseía es indudable. Desde la cuna, la fuerza de su elocuencia se hizo sentir eficazmente a su alrededor. Su llanto al exigir —por ejemplo— el biberón, no era un llanto como el de los demás niños, ese llanto agudo, persistente e irresistible, merced al cual cuantos lo oyen piensan en el rey Herodes con melancólica nostalgia. Su llanto era apremiante, electrizante, enérgico e impe­rativo, igual que un clarín. Al percibirlo, todos los de la casa se precipitaban como centellas en busca del biberón, y a los pocos segundos Mateo se encontraba con seis biberones distintos para elegir. Su elocuencia empezaba a triunfar.
Y siguió triunfando.
En los juegos infantiles le bastaban dos palabras para que todos los juguetes de sus amiguitos pasaran a sus manos.
En el Instituto no se movía la hoja de un árbol ni la hoja de un libro contra la voluntad de Mateo.
Y en la Universidad él llevaba a sus compañeros a la huelga o los encerraba en las aulas con sólo un discursillo de dos o tres minutos.
De suerte que Mateo Ramos, como los churreros avezados, po­día ufanarse de mover la masa a su capricho.
Triunfó en la vida. Y fracasó en el amor; porque se esforzaba en enamorar a las mujeres intensificando su elocuencia, nunca su­po que a las mujeres sólo se las enamora intensificando los besos.
Como todo aquel que fracasa en amor, Mateo se hizo pesimista.
(Es absurdo, pero cuando un hombre ve su amor rechazado por una mujer morena, en lugar de dedicarse a buscar una mujer rubia, que sería lo lógico, se dedica a decir que la vida es una comedia odiosa, la Humanidad una jaula de chacales y la Galvanoplastia una cosa importante).
Con su pesimismo a cuestas, Mateo se hizo reconcentrado y hosco; paseaba solo, llamaba idiotas a los vendedores de cacahuetes, pegaba puntapiés a los árboles y sacaba la lengua a las estatuas.
—¡Es un caso perdido!— pensaba yo al verle.
Por aquellos días ocurrió que una Sociedad cultural invitó a Mateo a dar una conferencia en sus salones. Mateo accedió. Y de­claró que el título de su charla sería este extraño consejo: "¡Mátese usted y vivirá feliz!"
Me prometí no faltar al acto.
El local rebosaba de público. Había expectación enorme por oír al "rey de la oratoria", como anunciaban los programas. Cuatro gramófonos esperaban que Mateo empezase a hablar para recoger en sus discos vírgenes cuanto dijese el conferenciante.
Diez minutos más tarde el acto comenzaba.
Mateo Ramos prolongó su charla asegurando que la vida no merecía la pena de ser vivida.
Hizo observar cómo nuestra mayor razón de vivir estriba en crecer y multiplicarse, y construyó unos admirables períodos, de­mostrando que el crecer era una cosa aburridísima y que el multi­plicarse sólo traía consigo dolores y sobresaltos.
Cuando todos estuvimos bien convencidos de que crecer y multiplicarse era una verdadera equivocación, Mateo pasó a estu­diar los estímulos que podemos tener los humanos para seguir viviendo. Eran éstos, según él, la riqueza, el poder, la paternidad, el amor, etc., etc.
—La riqueza no se alcanza casi nunca —dijo— y cuando se alcanza nos llena del terror de perderla y nos hace duros de corazón.
—El poder sólo lleva consigo angustias y tribulaciones —declaró— y la Muerte acaba con todo poder humano.
—La paternidad —dijo— nunca puede compensarnos del dolor de ver sufrir a los hijos.
Y adujo razones y más razones que fortificaban su tesis con una elocuencia arrebatadora.
Los oyentes estábamos ya hechos polvo. Casi todos llorábamos, y muchos gemían a gritos.
—En cuanto al amor —siguió Mateo implacable— es una mentira gigantesca. Al año de habernos muerto, la persona que nos adoraba sólo nos recuerda el día de nuestro santo. Y a los cinco años, ni el día de nuestro santo siquiera. ¿Qué nos queda, pues, para ser felices? ¡Nada, señores, nada! Por eso yo me encararía con el Hombre y le diría: "¡Mátese usted y vivirá feliz!" Por eso yo...
Todavía la oratoria de Mateo siguió derribando el edificio de la felicidad humana. Y su palabra tenía tal poder de sugestión que las personas del público fueron abandonando poco a poco el salón de actos v comenzaron a suicidarse en el vestíbulo.
Cada dos o tres segundos se oía un nuevo tiro.
—¡Ya ha caído otro! —pensaba yo con angustia.
Mateo seguía hablando arrebatadamente, y en el vestíbulo continuaba la racha de suicidios.
Al poco rato sólo yo quedaba en el salón. Intenté resistir a Mateo, pero no pude, y salí del vestíbulo y me tiré por el hueco de la escalera.
* * *
De las quinientas personas que habían compuesto el público de la conferencia sólo un oficial de Ingenieros y yo sobrevivimos, des­pués de tres meses de cama.
Como empezaba a fulgir la primavera, y como no nos influía ahora la oratoria de Mateo, ambos estábamos encantados de vivir. Una tarde, mientras merendábamos, alguien nos dio la noticia terrible:
—Mateo Ramos se ha suicidado ayer.
¿También Mateo? Yo no me explicaba aquello. Todo el mundo sabe que el que predica una cosa es siempre el único que no la hace. Los cirujanos no se dejan operar; los farmacéuticos no consienten en tomar ninguna medicina; los cocineros apenas si comen dos o tres fruslerías; los vendedores de aparatos no oyen nunca la radio, y las gallinas no toman huevos fritos.
¿Por qué, pues, Mateo que predicaba el suicidio, se había suicidado?
Me lo explicó al día siguiente el oficial.
—A Mateo —dijo— le ha convencido su propia oratoria. Parece ser que había comprado los discos de gramófono impresionados con su conferencia. Pues bien; cuando los puso en su gramola y se oyó hablar a sí mismo, la fuerza de su oratoria era tal que Mateo quedó más impresionado aún que los discos y se comió dos kilos de estricnina.
* * *
He aquí explicado por qué he dicho al principio que a juicio mío la oratoria es una de las fuerzas ciegas de la Naturaleza.

Ramón Gómez de la Serna - "Greguerías"

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Hoy, google se está encargando de recordarnos que es el 121 aniversario del nacimiento de Ramón Gómez de la Serna (Ramón como a él le gustaba que lo llamasen). La verdad es que con lo aficionado que es el ser humano a buscar números redondos para celebrar cualquier cosa, esto de conmemorar un 121 aniversario suena raro (parece lo del “no cumpleaños” de Carrol). De todas formas, como admiro a Ramón, la disculpa de la entrada, aunque peregrina, es suficiente.
Ramón publicó muchos libros de todos los géneros, desde la novela, el ensayo, el cuento, el teatro o el artículo periodístico, hasta la greguería (género de aforismos que él inventó y que definió como "metáfora más humor")
El escritor y periodista madrileño ha sido adscrito a la Generación del 14 (Novecentismo o Vanguardias) aunque fue un vanguardista dentro de las Vanguardias. Su estilo fue tan personal que muchos lo encuadran en otra corriente literaria, el “Ramonismo”, del que él fue creador y único autor. Absolutamente independiente, centra gran parte de su interés en el esteticismo y la provocación. Coincide también con el novecentismo en la ruptura con el pasado, la huída del sentimentalismo, la renovación del lenguaje, la búsqueda del arte por el arte. Cosmopolita, practicó el madrileñismo ("Madrid es no tener nada y tenerlo todo”). Utilizó el absurdo como herramienta y fue un precursor del surrealismo. En sus novelas y cuentos disecciona todo lo habido y por haber, aborda el crimen, la crítica grotesca del mundo taurino, la sátira del mundo frívolo, la novela erótica (incluída la homosexualidad). Fue un nihilista que utilizó la extravagancia y el esperpento.
Creo que es un autor que merece mucho más reconocimiento del que se le ha dado hasta ahora.
En este blog ya se han puesto algunas entradas sobre él (aquí cuentos y aquí un vídeo). Hoy le toca el turno a algunas de sus greguerías.


Greguerías

Donde el tiempo está más unido al polvo es en las bibliotecas.

Si vais a la felicidad, llevad sombrilla.

Amor es despertar a una mujer y que no se indigne.

Escribir es que le dejen a uno llorar y reír a solas.

Los haiku son telegramas poéticos.

Cuando una mujer que plancha la solapa con la mano ya estás perdido.

El capitalista es un señor que al hablar con vosotros se queda con vuestras cerillas.

La felicidad consiste en ser un desgraciado que se siente feliz.

Cuando el escritor llega a la vejez es cuando sospecha que al artículo que está escribiendo lo escribió ya otra vez.

Un centenario consiste en limpiar con un plumero el busto del centenariado.

Lo más terrible de nuestro libro de direcciones es que sacarán de él las señas de nuestros amigos para enviarles nuestra propia esquela de defunción.

Son molestas las medicinas en cuyos prospectos nos llaman “adultos”.

El mejor destino que hay es el de “supervisor de nubes”, acostado en una hamaca mirando el cielo.

El niño grita: “no vale, … dos contra uno”, y no sabe que toda la vida es eso, dos contra uno.

Lo peor de la ambición es que no sabe lo que quiere.

Cuando anuncian por un altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo.

La muerte es hereditaria.

Misty

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Una nueva edición del "busque y compare". Hoy, aunque muy diferentes, todas las versiones pertencen al mismo género musical, el jazz, y todas son soberbias. La canción elegida es "Misty", de Errol Garner, posiblemente la canción de jazz más bonita que nunca se ha compuesto. Primero fue una obra instrumental y posteriormente se le añadió la letra:

Look at me,
I'm as helpless as a kitten up a tree
And I feel like I'm clinging to a cloud
I can't understand,
I get misty, holding your hand.

Walk my way,
And a thousand violins begin to play
Or it might be the sound of your hello
That music I hear,
I get misty the moment you're near

You can say that you're leading me on
But it's just what I want you to do
Don't you realize how hopelessly I'm lost
That's why I'm following you.

On my own,
Would I wander through this wonderland alone
Never knowing my right foot from my left,
My hat from my glove,
I get misty, and too much in love.


Errol Garner
Primero la versión pianística, tal cual fue escrita originalmente, e interpretada por su compositor.


Barney Kessel
La versión de uno de los grandes de la guitarra.


Nubo
No tengo ni la más remota idea de quien es este pianista japonés, pero su versión "clásica" merece estar aquí. Fantástica.


Ella Fitzgerald & The Tommy Flanagan Trio
Maravillosa versión, ya cantada, de la impresionante Ella.


Sarah Vaughan
Ha llegado el momento, dejad lo que estéis haciendo, que nada os distraiga: la gran, la fabulosa, la maravillosa, la inigualable Sarah.

Carmen Martín Gaite - "Retirada"

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Algunas tardes, volver del parque por la calle empinada, a sol depuesto, era como volver de una escaramuza inútil y totalmente exenta de grandeza, a la zaga de un ejército rebelde y descontento que se había alzado alevosamente con el mando, sentir barro y añicos las arengas triunfales. Y en la retirada a cuarteles de aquella tarde de marzo, cuya repetida y engañosa tibieza había vuelto por centésima vez a seducirla y encandilarla, casi odiaba no sólo el estandarte hecho ahora jirones donde ella misma se empeñó en bordar con letras de oro la palabra primavera, sino principalmente a los soldados sumidos en el caos y la indisciplina para quienes había enarbolado sólo tres horas antes el estandarte aquel. Odiaba, sí, la belleza y el descaro de aquellos dos reclutas provocativos, intrépidos y burlones que la precedían dando saltos de través sobre los adoquines desiguales de la calzada —«imbo—cachimbo—ganso—descanso... piripí—gloria—piripí—descanso... ganso—cachimbo—imbo y afuera»—, abriendo y cerrando las piernas al son de aquel himno disparatado y jeroglífico, desafiando las leyes del equilibrio y de la gravedad que deben presidir cualquier desfile acompasado, osando ignorar la consistencia de los transeúntes contra los que se tropezaban, aquel insoportable y denso caldo de vocerío y de sudor que emanaban los cuerpos enquistados en plena calle, en plena tarde, tan presentes e insoslayables que su evidencia era una puñalada, por favor, pero ¿cómo no verlos?, era como no ver los coches, las esquinas y paredes, las fruterías que aún no habían echado el cierre, y ahora no, pero luego en seguida tendría que bajar, patatas no quedaron; qué más querría ella que olvidarse de si quedaron o no quedaron patatas, dejar de ver el habitual muestrario de colores, formas y volúmenes que se lo traía a la memoria, pero era imposible que los ojos no se topasen con aquella ristra de imágenes cuyos nombres y olores difícilmente disparaban hacia ningún islote mágico donde pudiese reinar el idioma del «imbo—cachimbo».
—Usted perdone, señora; mirad por donde vais, hijas... ¡Pero Niní!
Y casi le irritaban más que los ojos reflejando enfado, aquellos otros sonrientes y benignos que hasta podían llegar a acompañar la sonrisa con una caricia condescendiente sobre las cabezas rubias de los dos soldaditos por el hecho de serio; ¡qué beaterio estúpido¡, ella había abjurado por completo de semejantes sensiblerías patrioteras y la actitud de aquella gente le traía a las mientes el entusiasmo con que emprendió la expedición y embelleció ella también los rostros de los soldados, su perfil, su ademán, «impasible el ademán», bajo el sol de primavera, calle abajo, cara al sol, sí, hasta música de himno se le podía poner al comienzo marcial del desfile que inauguró la tarde, y ahora aquellas gentes paradas en la acera que los miraban volver conseguían echarle en cara su apostasía. Porque la verdad es que ya no tenía credo, que le parecían patraña las consignas que animaron su paso y su talante al frente de la tropa calle abajo total tres horas antes, no parecía ni la misma calle, ni la misma tarde, ni el mismo ejército, en nada era posible adivinar punta de semejanza; pero, sobre todo, ¿dónde habían ido a parar las consignas y la fe en ellas, dónde estaba la música del himno? La primavera era una palabra sobada, un nombre con pe lo mismo que patata, que portal, lo mismo que peseta y que perdón señora, un nombre como esos, que nada tenía que ver con la ninfa coronada de flores del cuadro de Boticelli; la moral falla a veces, mejor reconocerlo y confesar que la tentación de herejía venía incubándose en su sangre casi desde que entraron en el parque y el ejército se desmandó campando por sus fueros y respetos, desde que vio a los otros jefes cotilleando al sol inmersos en la rutina de sus retaguardias, desde aquel mismo momento le empezó a bullir el prurito de la retirada, aun cuando consiguiera todavía mantenerlo a raya bajo el imperio del himno, a base de echarle leña a aquel fuego retórico que la convertía a ella en un capitán distinto de los demás, esforzado, amante del riesgo, inasequible al desaliento, engañosas consignas, bien a la vista estaba ahora que la retirada era patente, de inasequible nada, un puro desaliento era este capitán. Precisamente poco antes de abandonar definitivamente el puesto, en una tregua de las escaramuzas, hurgando en su imaginación, que ya desfallecía, a la busca y captura de recursos, vino a proponerles de pronto a los soldaditos suyos y a otros que habían venido a unírseles de otras filas, que, en vez de efectuar aquellas consabidas maniobras de acarreo de arena, fingieran otro tipo de acarreo, de nombres, por ejemplo, que es ficción bien antigua, sustituir un menester por otro, la tierra por los nombres, palabra en vez de tierra, que todo es acarreo al fin y al cabo.
—¿Jugamos a los nombres?
—Bueno, sí. Pero estos niños no saben.
—Sí sabemos, te crees que somos tontos.
—Tontos y tontainas y tontirrí.
Amagaban con reanudar la escaramuza inútil, enarbolaban puñados de arena polvorienta.
—Venga, elegid la letra. No riñáis. «De La Habana ha venido un barco cargado de...»
Y se aburrieron pronto, volvieron en seguida a la espantada a las hostilidades y a la indisciplina. Pero duró un ratito aquella última prueba de concordia. Quisieron con la de. Y había sido horrible, porque ¡cuantas palabras como cuervos oscuros y agoreros anidaban con de en su corazón, al acecho, dispuestas a saltar! Tenía que hacer esfuerzos inauditos para decir dedal, dulzura o dalia al tocarle a ella el turno, las que se le ocurrían de verdad eran desintegrar, derrota, desaliento, desorden, duda, destrucción, derrumbar, deterioro, dolor y desconcierto; eran una bandada de demonios o duendes o dragones —siempre la de— confabulados en torno suyo para desenmascararla y deprimirla —también con de, todo con de.
Pues bien, ¡fuera caretas!, ahora ya de regreso, cuesta arriba, ¿a quién iba a engañar?, mejor reconocerlo: estaba presidida por el cuervo gigante y conductor de la bandada aquella, el de la deserción, mejor era dejarse arrastrar por su vuelo atrayente y terrible, conocer el abismo, apurar la herejía hasta las heces. Se sentía traidora, empecatada, sí, ganas tenía de hundirse para siempre en uno de aquellos sumideros oscuros que le brindaban al pasar sórdidas fauces oliendo a lejía, a berza, a pis de gato, guardia y escondrijo de cucarachas viles como ella; se quedaría allí quieta por tiempo indefinido en el portal más lóbrego, oculta en sus repliegues, vomitando y llorando sin que nadie la viera sobre un sucio estandarte hecho jirones.
Y hubiera, por supuesto, pasado inadvertida su deserción, la vuelta a la caverna que el cuerpo le pedía con apremio: durante un largo trecho, los soldados habrían continuado avanzando calle adelante al son de sus cantos cifrados, alimentando a expensas de su mero existir aquella irregular y empecinada guerrilla que los erigía en dioses arbitrarios y sin designio, en individuos fuera de la ley. Ni siquiera se dignaban volverse a mirar a aquel remedo de capitán zaguero y vergonzante; ignoraban, tanta era su ingravidez, que eran ahora ellos quienes tiraban como de un carro vencido de aquel arrogante jefe, ignoraban la transformación que lo había traído a ser cenizas, el quiebro que había dado su voz, el desmayo en su andar, la sombra en sus pupilas; el poder de ellos residía en que cantaban victoria sin saberlo, gustaban de su anárquica victoria ignorando el sabor de la palabra misma, la letra de su himno decía «imbo—cachimbo» no «victoria». Victoria se llamaba la portera, una de aquellas manchas movedizas que se veían ya a lo lejos, pasada la primera bocacalle, Victoria, lo dirían al llegar: «Ya venimos Victoria, cara de zanahoria»; «imbo—cachimbo» era un galimatías afín a las burbujas de su sangre, a su pirueta absurda, improvisada. A caballo del «imbo—cachimbo» podían llegar a perderse por la ciudad y salir hasta el campo anochecido, sin echar de menos a capitán, maestro o padre alguno, montarse en el trineo de la reina de las nieves y amanecer en un país glacial sin saber ni siquiera dónde estaban ni quién les había echado encima un abrigo de piel de foca o de oso polar, todo lo aceptaban y lo ignoraban, todo excepto el ritmo desafiante de su cuerpo. Iban, con el incubarse de la noche, hacia un terreno irreal y al mismo tiempo nítido que a ella le producía escalofrío y que a duras penas se negaba a admitir, país donde dormían las culebras y abejas de la propia infancia y que apenas en intuición sesgada e inquietante osaba contemplar de refilón, indescriptible reino de luz y de tormenta, donde el lenguaje cifrado empieza a proliferar subterráneamente hasta hacer estallar la corteza de la tierra y llenar el mundo de selvas, ella bien lo sabía, avanzaba con miedo detrás de sus soldados; no se encaminaba a casa, no, por la cuesta arriba, hacían como que iban allí, pero no. «Ya venimos Victoria, cara de zanahoria» sería abracadabra, santo y seña capaz de franquearles acceso a ese otro reino y en él se instalarían después de remolonear un poco y de tomarse la cena a regañadientes, en cuanto ella se metiera en la cocina a recoger los cacharros sucios y a esperar la llegada de Eugenio que vendría cansado y sin ganas de escuchar estos relatos del parque —«Mujer, es que todos los días me cuentas lo mismo, que las niñas te aburren»—, en cuanto les oyeran ponerse a discutir a ellos y las estrellas se encendieran ya descaradamente, los soldaditos estos que aún fingía ahora capitanear entrarían por la puerta grande de la noche a ese reino triunfal, diabólicos fulgurantes, espabilados, alimentándose de la muerte que, sin sospecharlo, promovían y escarbaban en ella, crueles e insolentes.
—Cuidado, Celia, no os salgáis de la acera.
Celia era el soldado mayor, el más avieso e intrépido, el más bello también. Y se volvió unos instantes a mirarla sacudiendo los rizos rubios que coronaban aquel cuello incapaz de cerviz, la fulminó con sus ojos seguros; pasaban junto al puesto de tebeos.
—Yo quiero un pirulí y Niní quiere otro.
Y el soldado menor asentía, después de un conciliábulo al oído.
—Nada, os digo que no, nada de pirulís que os quitan la gana. Venga, vamos, se hace tarde.
Pero se habían parado los reclutas aquellos con los ojos de acero y las manos al cinto, prestos a disparar invisibles revólveres, y ella ya echaba mano al monedero, les daba las monedas.
Arrancan a correr chupando el pirulí, sin mirar a los coches; ya están en el portal, ya se han metido. Victoria caradezanahoria ha tenido apenas tiempo de acariciarles al pasar la cabeza, pero ha sido bastante, bajo el espaldarazo de la victoria van. El cielo está muy blanco, a punto de tiznarse con las primeras sombras. Ya llega ella también.
—Buenas tardes, señora. Vaya tiempo tan bueno que tenemos.
Ha bajado los ojos. Voz de capa caída, de acidia y de derrota ya pura y sin ambages es la que, como remate a la expedición de esa tarde, hace un último esfuerzo para pronunciar apagadamente la salutación vespertina de la retirada:
—Buenas noches, Victoria.

Nathaniel Hawthorne - "Wakefield"

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Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba "algo raro" en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
-No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
-¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no... probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
-¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir "pronto regresaré", sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.
Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.
El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.