Charlotte Perkins Gilman - "El papel amarillo de la pared"

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Socióloga estadounidense que también escribió novela, cuento y poesía. Luchó para que la mujer consiguiera alcanzar en la sociedad un papel que la sociedad machista del momento le negaba. Sufrió una depresión postparto que convirtió en asfixiante su vida familiar de esposa y madre. Los médicos le prohibieron leer y escribir ya que el trabajo intelectual era perjudicial para la salud de las mujeres. Esta experiencia la relató en el cuento que pongo (un poco largo, pero es un clásico imprescindible), su obra más conocida. En él describe el viaje hacia la locura de una mujer que permanece en su habitación, los ojos fijos en el papel de la pared, condenada a ser delicada, frágil, etérea, inútil.
Charlotte decidió escapar de ese horror y leer y escribir a escondidas.
Este cuento semiauotbiográfico también puede encontrarse traducido como "El papel amarillo", "El empapelado amarillo", "El papel de tapiz amarillo", ...


No es nada habitual que gente corriente como John y yo alquile casas solariegas para el verano.
Una mansión colonial, una heredad... Diría que una casa encantada, y llegaría a la cúspide de la felicidad romántica. ¡Pero eso sería pedir demasiado al destino!
De todos modos, diré con orgullo que hay algo extraño en ella.
Si no, ¿por qué iba ser tan barato el alquiler? ¿Y por qué iba a llevar tanto tiempo desocupada?
John se ríe de mí, claro, pero es lo que se espera del matrimonio.
John es sumamente práctico. No tiene paciencia con la fe, la superstición le produce un horror intenso, y se burla abiertamente en cuanto oye hablar de cualquier cosa que no se pueda tocar, ver y reducir a cifras.
John es médico, y es posible (claro que no se lo diría a nadie, pero esto lo escribo sólo para mí, y con gran alivio por mi parte), es posible, digo, que ése sea el motivo de que no me cure más deprisa.
¡Es que no se cree que esté enferma!
¿Y qué se le va a hacer?
Si un médico de prestigio, que además es tu marido, asegura a los amigos y a los parientes que lo que le pasa a su mujer no es nada grave, sólo una depresión nerviosa transitoria (una ligera propensión a la histeria), ¿qué se le va a hacer?
Mi hermano, que también es un médico de prestigio, dice lo mismo.
O sea, que tomo no sé si fosfatos o fosfitos, y tónicos, y viajo, y respiro aire fresco, y hago ejercicio, y tengo terminantemente prohibido «trabajar» hasta que vuelva a encontrarme bien.
Personalmente disiento de sus ideas.
Personalmente creo que un trabajo agradable, interesante y variado, me sentaría bien.
Pero ¿qué se le va a hacer?
Durante una temporada sí que escribí, a pesar de lo que dijeran; pero es verdad que me agota bastante. Tener que llevarlo con tanto disimulo, a riesgo de topar con una oposición firme...
A veces me parece que en mi estado, con algo menos de oposición y más trato con la gente, más estímulos... Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que hacerlo me produce siempre malestar.
Así que cambiaré de tema y hablaré de la casa.
¡Qué maravilla de finca! Es bastante solitaria, apartada de la carretera, a sus buenos cinco kilómetros del pueblo. Me recuerda esas casas inglesas que salen en los libros, porque tiene setos, muros y verjas que se cierran con candado, y muchas casitas desperdigadas para los jardineros y la gente.
¡Además tiene un jardín que es una preciosidad! No lo he visto igual en mi vida: grande, con mucha sombra, cruzado por caminitos con boj en los bordes, y en todas partes hay pérgolas largas, con parras y asientos debajo.
También había invernaderos, pero están todos rotos.
Tengo entendido que hubo problemas legales, una cuestión de herederos y coherederos; el caso es que lleva años vacía.
Me temo que eso da al traste con lo del fantasma, pero me da igual: en esta casa hay algo raro. Lo noto.
Hasta se lo dije a John una noche de luna, pero me contestó que lo que notaba era corriente de aire, y cerró la ventana. ¡Corriente de aire!
A veces me enfado con John sin motivo. Estoy más sensible que antes, eso seguro. Yo creo que es por mi problema de nervios.
Pero John dice que si pienso eso me olvidaré de controlarme como es debido; así que hago esfuerzos por controlarme, al menos en su presencia, cosa que me cansa mucho.
No me gusta nada el dormitorio. Yo quería uno de la planta baja que daba a la galería, con rosas enmarcando la ventana y unas colgaduras de chintz anticuadas que eran una preciosidad; pero John se negó en redondo.
Dijo que sólo había una ventana, que el espacio no daba para dos camas y que tampoco había ningún otro dormitorio cerca para que se instalara él.
Es muy atento, muy cariñoso, y casi no me deja dar un paso sin intervenir.
Me ha preparado un horario con indicaciones para cada hora del día. John se ocupa de todo, y claro, yo me siento una mezquina y una desagradecida por no valorarlo más.
Dijo que si habíamos venido a esta casa era exclusivamente por mí, que aquí tendría reposo absoluto y todo el aire que se puede respirar. «El ejercicio que hagas depende de tu fuerza, cariño –dijo–, y lo que comas, en cierto modo, de tu apetito, pero el aire lo puedes absorber en todo momento.» En definitiva, que nos instalamos en el cuarto de los niños, el más alto de la casa.
Es una habitación grande y aireada, que ocupa casi toda la planta, con ventanas orientadas a todos los flancos, y aire y sol a raudales. Por lo que se ve empezó siendo cuarto de los niños, luego sala de juegos y al final gimnasio, porque en las ventanas hay barrotes para niños pequeños, y en las paredes anillas y otras cosas.
Es como si la pintura y el papel de pared estuvieran gastados por todo un colegio. Está arrancado (el papel) a trozos grandes alrededor del cabezal de mi cama, más o menos hasta donde llego con el brazo, y en una zona grande de la pared de enfrente, cerca del suelo. En mi vida he visto un papel más feo.
Uno de esos diseños vistosos y exagerados que cometen todos los pecados artísticos habidos y por haber.
Es lo bastante soso para confundir al ojo que lo sigue, lo bastante pronunciado para irritar constantemente e incitar a su examen, y cuando sigues un rato las líneas, pobres y confusas, de repente se suicidan: se tuercen en ángulos exagerados y se destruyen a sí mismas en contradicciones inconcebibles.
El color es repelente, casi repugnante: un amarillo chillón y sucio, desteñido de manera rara por la luz del sol, que se desplaza lentamente.
En algunas partes se convierte en un naranja paliducho y desagradable, y en otras coge un tono verdoso repelente.
¡No me extraña que no les gustara a los niños! Yo, si tuviera que vivir mucho tiempo en esta habitación, también lo odiaría.
Viene John. Tengo que esconder esto. Le irrita que escriba.
Llevamos dos semanas en la casa y desde el primer día no he vuelto a tener ganas de escribir.
Estoy sentada al lado de la ventana, en este cuarto de los niños que es una atrocidad, y nada me impide explayarme todo lo que quiera, como no sea la falta de fuerzas.
John se pasa el día fuera, y hasta hay noches en que tiene casos graves y se queda.
¡Me alegro de que no lo sea el mío!
Aunque estos problemas de nervios son lo más deprimente que hay.
John no sabe lo que sufro. Sabe que no hay «motivo» para sufrir, y con eso le basta.
Claro que sólo son nervios. ¡Me agobian tanto que dejo de hacer lo que tendría que hacer!
¡Yo que tenía tantas ganas de ayudar a John, de servirle de descanso y de consuelo, y aquí estoy, tan joven y convertida en una carga!
Nadie se creería el esfuerzo que representa lo poco que puedo hacer: vestirme, recibir visitas y hacer pedidos.
Suerte que Mary tiene tanta maña con el bebé. ¡Qué monada de criatura!
Pero no puedo, no puedo estar con él. ¡Me pongo tan nerviosa...!
Supongo que John no habrá estado nervioso en toda su vida. ¡Cómo se ríe de mí por el papel de pared!
Al principio quiso poner uno nuevo, pero luego dijo que estaba dejando que me obsesionara, y que para una enferma de los nervios no hay nada peor que ceder a esa clase de fantasías.
Dijo que una vez puesto un papel nuevo pasaría lo mismo con la cama, tan maciza, y luego con los barrotes de las ventanas, y luego con la reja que hay al final de la escalera, y que se convertiría en el cuento de nunca acabar.
–Tú sabes que este sitio te sienta bien –dijo–, y francamente, cariño, no pienso reformar la casa sólo para un alquiler de tres meses.
–Pues vamos abajo –dije yo–. Abajo hay dormitorios muy bonitos.
Entonces me tomó en brazos y me llamó tontita. Dijo que si se lo pedía yo bajaría al sótano, y hasta lo encalaría.
De todas maneras tiene razón con lo de las camas, las ventanas y el resto.
Es una habitación tan aireada y cómoda que más no se puede pedir. Lógicamente, no voy a ser tan tonta como para incomodar a John por un simple capricho.
La verdad es que me estoy encariñando con el dormitorio. Con todo menos con ese papel tan horrible.
Por una ventana se ve el jardín, las misteriosas pérgolas con su sombra impenetrable las flores de otra época, creciendo por todas partes, los arbustos los árboles nudosos...
Por otra tengo una vista encantadora de la bahía, y de un embarcadero pequeño, privado, que pertenece a la casa. Se baja por un caminito precioso, con mucha sombra. Siempre me imagino que veo gente caminando por todos esos caminos y pérgolas, pero John me ha avisado de que no alimente fantasías. Dice que con la imaginación que tengo, y con mi costumbre de inventarme cosas, una debilidad nerviosa como la mía sólo puede desembocar en toda clase de fantasías desbordantes, y que debería usar mi fuerza de voluntad y mi sentido común para controlar esa tendencia. Es lo que intento.
A veces pienso que si tuviera fuerzas para escribir un poco se aligeraría la presión de las ideas, y podría descansar.
Pero cada vez que lo intento me doy cuenta de que me canso mucho.
¡Desanima tanto que nadie me aconseje ni me haga compañía en mi trabajo! John dice que cuando me ponga bien del todo invitaremos varios días al primo Henry y a Julia; pero dice que en este momento preferiría ponerme petardos en el cojín que dejarme en una compañía tan estimulante.
Ojalá me curara más deprisa.
Pero no tengo que pensarlo. ¡Me da la impresión de que este papel «sabe» la mala influencia que tiene!
Hay una zona recurrente donde el dibujo se dobla como un cuello roto, y te miran dos ojos saltones puestos al revés.
Es tan impertinente, tan pertinaz, que me pone furiosa. Se repite hacia arriba, hacia abajo, de lado, y por todas partes aparecen esos ojos ridículos, mirándome sin pestañear. Hay un sitio donde no encajan bien dos rollos, y los ojos se repiten de arriba a abajo, uno más alto que el otro.
Nunca había visto tanta expresión en una cosa inanimada, ¡y ya se sabe lo expresivas que son! De niña me quedaba despierta en la cama, y sacaba más diversión y más miedo de una pared en blanco o de un mueble normal y corriente que la mayoría de los niños en una tienda de juguetes.
Aún me acuerdo de la simpatía con que me guiñaban el ojo los tiradores de nuestro escritorio antiguo, y había una silla a la que siempre tuve por una amiga fiel.
Me parecía que si alguna de las demás cosas tenía un aspecto demasiado amenazador siempre podía subirme a la silla y ponerme a salvo.
Lo peor que puede decirse del mobiliario de esta habitación es que le falta armonía, porque tuvimos que subirlo de la planta baja. Supongo que cuando servía de sala de juegos tuvieron que quitar todo lo de cuando eran pequeños los niños. ¡No me extraña! Nunca he visto unos destrozos como los que hicieron aquí los chavales.
Ya he dicho que el papel de pared está arrancado en varios sitios, y eso que estaba bien pegado. Además de odio debían de tener perseverancia.
El suelo, además, está cubierto de rayas, agujeros y trozos desprendidos. Hasta el yeso tiene algún que otro boquete, y esta cama tan grande y pesada, que es lo único que encontramos en la habitación, parece salida de una guerra.
Pero a mí me da igual. Sólo me molesta el papel.
Viene la hermana de John. ¡Qué atenta es, y qué bien me trata! Que no me encuentre escribiendo.
Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y no aspira a ninguna otra profesión. ¡Estoy convencida de que para ella estoy enferma porque escribo!
Pero cuando no está puedo seguir escribiendo, y estas ventanas hacen que la vea de muy lejos.
Hay una que da a la carretera, una carretera muy bonita y con muchas curvas. Otra tiene vistas al campo. También es bonita, lleno de olmos frondosos, y de prados aterciopelados.
Este papel de pared tiene una especie de dibujo secundario en otro color; es de lo más irritante, porque sólo se ve cuando la luz entra de según qué manera y ni siquiera así queda nítido.
Pero en las partes donde no se ha descolorido y donde da el sol así... Veo una especie de figura extraña, provocadora, amorfa, algo que parece acechar por detrás de ese dibujo principal tan tonto y llamativo.
¡Ya sube la hermana!
¡Bueno, pues ya ha pasado el cuatro de julio! Se han marchado todos y estoy agotada. John pensó que me iría bien ver a gente, y por eso hemos tenido a mamá, a Nellie y a los niños durante una semana.
Yo no he hecho nada, claro. Ahora se ocupa Jennie de todo.
Pero igualmente me he cansado.
John dice que si no mejoro más deprisa me enviará en otoño a ver al doctor Weir Mitchell.
Yo no quiero ir por nada del mundo. Una vez fue a verlo una amiga y dice que es igual que John y que mi hermano, sólo que peor.
Además, un viaje tan largo son palabras mayores.
Tengo la sensación de que no vale la pena esforzarse por nada, y es horrible lo nerviosa y quejica que me estoy poniendo.
Lloro por nada, y me paso casi todo el día llorando.
Cuando está John no lloro, claro, ni con él ni con nadie, pero cuando estoy sola sí.
Y últimamente paso mucho tiempo sola. A menudo John se queda en la ciudad por casos graves, y Jennie, que es buena, me deja sola siempre que se lo pido.
Entonces paseo un poco por el jardín o por aquel caminito tan simpático, o me siento en el porche debajo de las rosas, y paso bastante tiempo estirada aquí arriba.
Me está gustando mucho el dormitorio, a pesar del papel de pared. O puede que a causa de él...
¡Lo tengo tan metido en la cabeza!
Me quedo estirada en esta cama enorme e imposible de mover (yo creo que está clavada al suelo), y me paso horas siguiendo el dibujo. Va tan bien como hacer gimnasia, en serio. Por ejemplo: empiezo por la base, en aquella esquina donde no lo han arrancado, y me comprometo por enésima vez a seguir ese dibujo absurdo hasta llegar a algún tipo de conclusión.
Algo sé de los principios del diseño, y veo que este dibujo no sigue ninguna ley de radiación, alternancia, repetición, simetría o cualquier otro principio que conozca yo.
Se repite en cada rollo, lógicamente, pero en nada más.
Según cómo se mire, cada rollo es independiente, y las pomposas curvas y adornos (una especie de «románico degenerado» con delirium tremens) suben y bajan torpemente en columnas aisladas y fatuas.
En cambio, visto de otra manera se conectan en diagonal, y la proliferación de líneas crea grandes oleadas de horror óptico, como una vasta extensión de algas movidas por la corriente.
También funciona en sentido horizontal, o al menos lo parece. Me esfuerzo tanto en distinguir el orden que sigue en esa dirección que acabo cansada.
Pusieron un rollo en horizontal, a modo de friso. Parece mentira lo que ayuda eso a complicarlo todavía más.
Hay una esquina de la habitación donde está casi intacto, y cuando ya no se cruzan los rayos de sol y le da directamente la luz del atardecer casi me parece que sí que hay radiación. Los interminables grotescos dan la impresión de originarse en un centro común, y de salir todos despedidos con el mismo enloquecimiento.
Me cansa seguirlo con la vista. Me parece que voy a echar una cabezadita.
No sé por qué escribo esto.
No quiero escribirlo.
No me siento capaz.
Además, sé que a John le parecería absurdo. ¡Pero de alguna manera tengo que decir lo que siento y lo que pienso! ¡Es un alivio tan grande...!
Aunque el esfuerzo está siendo más grande que el alivio.
Ahora me paso la mitad del tiempo con una pereza horrible, y me tiendo con mucha frecuencia.
John dice que no tengo que perder fuerzas. Me ha hecho tomar aceite de hígado de bacalao, tónicos a mansalva y no sé qué más; y no hablemos de la cerveza, el vino y la carne poco hecha.
¡Qué bueno es John! Me quiere mucho, y no le gusta nada que esté enferma. El otro día intenté hablar con él en serio y contarle las ganas que tengo de que me deje salir y hacer una visita al primo Henry y Julia.
Pero dijo que no estaba en condiciones de hacer el viaje, ni de resistirlo una vez ahí; y yo no me defendí demasiado bien, porque antes de acabar ya estaba llorando.
Me está costando mucho razonar. Supongo que será por los nervios.
Y el bueno de John me tomó en brazos, me llevó arriba, me puso en la cama y me leyó hasta que se me cansó la cabeza.
Dijo que yo era la niña de sus ojos, su consuelo, lo único que tenía en el mundo; que tengo que cuidarme por él, y ponerme bien.
Dice que de esto sólo puedo salir yo misma; que tengo que usar mi voluntad y mi autocontrol, y no dejarme vencer por fantasías tontas.
Una cosa me consuela: el bebé está bien de salud y contento, y no tiene que estar en este espantoso cuarto de los niños, con su horrendo papel de pared.
¡Si no lo hubiéramos usado nosotros habría sido para el pobre niño! ¡Qué suerte habérselo ahorrado! Ni muerta dejaría yo que un hijo mío, una cosita tan impresionable, viviera en una habitación así.
Es la primera vez que lo pienso, pero a fin de cuentas es una suerte que John me dejara aquí. Lo digo porque puedo soportarlo mucho mejor que un bebé.
Claro que ahora ya no se lo comento a nadie. ¡Tan tonta no soy! Pero sigo observándolo.
En ese papel hay cosas que sólo sé yo; cosas que no sabrá nadie más.
Cada día se destacan más las formas imprecisas que hay detrás del dibujo principal.
Siempre es la misma forma, sólo que muy repetida.
Y es como una mujer agachada, arrastrándose detrás del dibujo. No me gusta nada. Me pregunto si... Empiezo a pensar... ¡Ojalá que John se me llevase de aquí!
Es muy difícil hablar con John de mi caso, porque es tan listo, y me quiere tanto...
De todos modos anoche lo intenté.
Había luna. La luna entra por todos los lados, igual que el sol.
Hay veces en que odio verla; va subiendo muy poco a poco, y siempre entra por alguna de las ventanas.
John dormía, y como no me gusta despertarlo me quedé quieta y miré la luz de la luna sobre el papel de pared ondulante, hasta que me entró miedo.
Parecía que la figura borrosa de detrás sacudiera el dibujo, como si quisiera salir.
Me levanté sigilosamente y fui a tocar el papel, a ver si era verdad que se movía. Cuando volví, John estaba despierto.
–¿Qué te pasa, criatura? –dijo–. No te pasees así, que te resfriarás.
Me pareció buen momento para hablar. Le dije que aquí no mejoro nada, y que tenía ganas de que se me llevara a otra parte.
–¡Pero cariño! –contestó–. Nos quedan tres semanas de alquiler, y no se me ocurre ninguna manera de marcharnos antes.
»En casa aún no están hechas las reparaciones, y no puedo marcharme de la ciudad así como así. Si corrieras peligro lo haría, por supuesto, pero la cuestión es que estás mejor, amor mío, aunque tú no te des cuenta. Soy médico, cariño, y sé lo que me digo. Estás ganando peso y color, y tu apetito mejora. La verdad es que estoy mucho más tranquilo que antes.
–No peso ni un gramo más –dije–; al revés. ¡Y puede que mi apetito haya mejorado por las noches, cuando estás tú, pero por la mañana, cuando te vas, está peor!
–¡Pobre cielito mío! –dijo John, abrazándome con fuerza–. ¡Te dejo estar todo lo enferma que quieras! Pero a ver si ahora aprovechamos para dormir. Ya hablaremos mañana por la mañana.
–¿O sea, que no quieres marcharte? –pregunté con voz triste.
–¿Cómo quieres que me vaya, mi vida? Tres semanitas más y saldremos de viaje unos días, mientras Jennie acaba de preparar la casa. Estás mejor, cariño. Hazme caso.
–Físicamente puede que sí... –empecé a decir; pero me quedé a media frase, porque John se incorporó y me dirigió una mirada tan seria y cargada de reproche que no fui capaz de seguir hablando.
–Cariño –dijo–, te ruego por mi bien y el de nuestro hijo, además del tuyo, que no dejes que se te meta esa idea en la cabeza ni un segundo. Para un carácter como el tuyo no hay nada más peligroso. Ni más fascinante. Es una idea falsa, además de tonta. ¿No te fías de mi palabra de médico?
Yo, como es lógico, no dije nada más al respecto. Tardamos poco en acostarnos. John creyó que había sido la primera en dormirme, pero era mentira. Me quedé despierta varias horas, tratando de decidir si el dibujo principal y el de detrás se movían juntos o separados.
* * *
En un dibujo de esta clase, a la luz del sol, hay una falta de secuencia, un desafío a las leyes, que produce irritación constante en un cerebro normal.
El color de por sí ya es bastante repulsivo, bastante inestable y bastante exasperante, pero el dibujo es una tortura.
Te parece que lo tienes dominado, pero justo cuando lo sigues sin perderte da una voltereta hacia atrás y se acabó lo que se daba. Te pega un bofetón, te tira al suelo y te pisotea. Es como una pesadilla.
El dibujo principal es un arabesco recargado, que recuerda a un hongo. Hay que imaginarse una seta con articulaciones, una ristra interminable de setas, brotando en circunvoluciones que no se acaban nunca. Es algo así.
¡Pero sólo a veces!
Este papel tiene una peculiaridad muy marcada, algo que por lo visto sólo noto yo: que cambia con la luz.
Cuando entra el sol de lleno por la ventana del este (yo siempre vigilo la aparición del primer rayo), cambia tan deprisa que nunca acabo de creérmelo.
Por eso siempre lo observo.
A la luz de la luna (cuando hay luna entra luz toda la noche) no me parece el mismo papel.
¡De noche, sea cual sea la fuente de luz (el crepúsculo, una vela, la lámpara o la luz de la luna, que es la peor), se convierte en barrotes! Me refiero al dibujo principal, y la mujer de detrás se ve con absoluta claridad.
Tardé bastante en reconocer lo que se ve detrás, ese dibujo secundario tan impreciso, pero ahora estoy segura de que es una mujer.
A la luz del día está borrosa, inmóvil. Yo creo que no se mueve por el dibujo principal. ¡Es tan desconcertante...! Yo, mirándolo, me quedo horas sin moverme.
Últimamente paso mucho tiempo estirada. John dice que me conviene, y que tengo que dormir todo lo que pueda.
Lo cierto es que empecé por culpa suya, porque me obligaba a estirarme una hora después de cada comida.
Estoy convencida de que es mala costumbre, porque el caso es que no duermo.
Y eso fomenta el engaño, porque no le digo a nadie que estoy despierta. ¡Ni hablar!
El caso es que le estoy tomando un poco de miedo a John.
Hay veces en que lo veo muy raro, y hasta Jennie tiene una mirada inexplicable.
De vez en cuando, como mera hipótesis científica, pienso... ¡que quizá sea el papel!
En más de una ocasión he observado a John sin que se diera cuenta, uno de esos días en que entraba en el dormitorio sin avisar con cualquier excusa inocente, y lo he sorprendido varias veces mirando el papel. A Jennie también. Una vez sorprendí a Jennie tocándolo.
Ella no sabía que yo estuviera en la habitación, y cuando le pregunté con voz tranquila, muy tranquila, controlándome al máximo, qué hacía con el papel... ¡Dio media vuelta como si la hubieran sorprendido robando, y me miró con cara de enfadada! ¡Me preguntó que por qué la asustaba!
Luego dijo que el papel lo manchaba todo, que había encontrado manchas amarillas en toda mi ropa y en la de John, y que a ver si teníamos más cuidado.
Qué inocente, ¿verdad? ¡Pues yo sé que está estudiando el dibujo, y estoy decidida a ser la única que descubra la solución!
Mi vida se ha vuelto mucho más interesante. Es porque tengo algo más que esperar, que vigilar. La verdad es que como mejor y estoy más tranquila que antes.
¡Qué contento está John de que mejore! El otro día se rió un poco y dijo que se me veía más sana, a pesar del papel de pared
Yo, para no hablar del tema, me reí. No tenía la menor intención de decirle que la causa era justamente el papel de pared. Se habría burlado. Hasta puede que hubiera querido sacarme de esta casa.
Ahora no quiero irme hasta que haya descubierto la solución. Queda una semana, y creo que será suficiente.
¡Me encuentro cada vez mejor! De noche no duermo mucho, por lo interesante que es observar los acontecimientos; de día, en cambio, duermo bastante.
De día cansa y desconcierta.
Siempre hay nuevos brotes en el hongo, y nuevos matices de amarillo por todo el dibujo. Ni siquiera puedo llevar la cuenta, y eso que lo he intentado concienzudamente.
¡Qué amarillo más raro, el del papel! Me recuerda todo lo amarillo que he visto en mi vida; no cosas bonitas, como los ranúnculos, sino cosas amarillas podridas y maléficas.
Todavía hay otra cosa en el papel: ¡el olor! Lo noté en cuanto entramos en la habitación, pero con tanto aire y tanto sol no molestaba. Ahora llevamos una semana de niebla y lluvia y da igual que estén cerradas o abiertas las ventanas, porque el olor no se marcha.
Se infiltra por toda la casa.
Lo encuentro flotando por el comedor, agazapado en el salón, escondido en el vestíbulo, acechándome en la escalera.
Se me mete en el pelo.
Hasta cuando salgo a montar a caballo. De repente giró la cabeza y lo sorprendo: ¡ahí está el olor!
¡Y qué raro es! Me he pasado horas intentando analizarlo, para saber a qué olía.
Malo no es, al menos al principio. Es muy suave. Nunca había olido nada tan sutil y a la vez tan persistente.
Con esta humedad resulta asqueroso. De noche me despierto y lo descubro flotando sobre mí.
Al principio me molestaba. Llegué a pensar seriamente en quemar la casa, sólo para matar el olor.
Ahora, en cambio, me he acostumbrado. ¡Lo único que se me ocurre es que se parece al color del papel! Un olor amarillo.
Hay una marca muy rara en la pared, por la parte de abajo, cerca del zócalo: una raya que recorre toda la habitación. Pasa por detrás de todos los muebles menos de la cama. Es una mancha larga, recta y uniforme, como de haber frotado algo muchas veces.
Me gustaría saber cómo y quién la hizo, y para qué. Vueltas, vueltas y vueltas. Vueltas, vueltas y vueltas. ¡Me marea!
* * *
Por fin he hecho un verdadero hallazgo.
A fuerza de mirarlo cada noche, cuando cambia tanto, he acabado por descubrir la solución.
El dibujo principal se mueve, efectivamente, ¡y no me extraña! ¡Lo sacude la mujer de detrás!
A veces pienso que detrás hay varias mujeres: otras veces que sólo hay una, que se arrastra a toda velocidad y que el hecho de arrastrarse lo sacude todo.
En las partes muy iluminadas se queda quieta, mientras que en las más oscuras coge las barras y las sacude con fuerza.
Siempre quiere salir, pero ese dibujo no hay quien lo atraviese. ¡Es tan asfixiante! Yo creo que es la explicación de que tenga tantas cabezas.
Lo atraviesan, y luego el dibujo las estrangula, las deja boca abajo y les pone los ojos en blanco.
Si estuvieran tapadas las cabezas, o arrancadas, no sería ni la mitad de desagradable.
* * *
¡Me parece que la mujer sale de día!
Voy a decir por qué, pero que no se entere nadie: ¡la he visto!
¡La veo por todas mis ventanas!
Estoy segura de que es la misma mujer, porque siempre se arrastra, y hay pocas mujeres que se arrastren a la luz del día.
La veo por el camino largo que pasa debajo de los árboles. Se arrastra, y cuando pasa un coche de caballos se esconde debajo de las zarzamoras.
La entiendo perfectamente. ¡Debe de ser muy humillante que te sorprendan arrastrándote en pleno día!
Yo, cuando me arrastro de día, siempre cierro con llave. De noche no puedo, porque sé que John enseguida sospecharía algo.
Y últimamente está tan raro que prefiero no irritarlo. ¡Ojalá se cambiara de habitación!
Además, no quiero que a esa mujer la saque nadie de noche como no sea yo.
A menudo me pregunto si podría verla por todas las ventanas a la vez.
Pero por muy deprisa que dé vueltas, sólo consigo mirar por una.
¡Y aunque siempre la vea, cabe la posibilidad de que la velocidad con que anda a gatas sea mayor que la de mis vueltas!
Alguna vez la he visto lejos, en campo abierto, arrastrándose con la misma rapidez que la sombra de una nube en un día de viento.
* * *
¡Ojalá el dibujo principal pudiera separarse del de debajo! Me propongo intentarlo poco a poco.
¡He descubierto otra cosa extraña, pero esta vez no pienso decirla! No conviene fiarse demasiado de la gente.
Sólo quedan dos días para quitar el papel, y me parece que John empieza a notar algo. No me gusta cómo me mira.
Además, le he oído hacer a Jennie muchas preguntas profesionales sobre mí. El informe de Jennie era muy bueno.
Dice que de día duermo mucho.
¡John sabe que de noche no duermo demasiado bien, y eso que casi no me muevo!
También me hizo toda clase de preguntas a mí fingiéndose muy tierno y atento.
¡Como si no se le notara!
De todos modos no me extraña nada su comportamiento, después de tres meses durmiendo debajo de este papel.
Lo mío sólo es interés, pero estoy segura de que a John y a Jennie, en secreto, les afecta.
* * *
¡Hurra! Es el último día, pero no me hace falta ninguno más. John se queda a dormir en la ciudad, y no volverá hasta tarde.
Jennie quería dormir conmigo, la muy pilla, pero le he dicho que descansaría mucho mejor quedándome sola una noche.
¡Una respuesta muy astuta, porque la verdad es que no he estado sola en absoluto! En cuanto salió la luna y la pobre mujer empezó a arrastrarse y sacudir el dibujo, me levanté y corrí a ayudarla.
Yo estiraba, y ella sacudía; luego sacudía yo y estiraba ella, y antes del amanecer habíamos arrancado varios metros de papel.
Una franja como yo de alta, y de ancha como la mitad de la habitación.
¡Después, cuando ha salido el sol y el dibujo ha empezado a burlarse de mí, he jurado acabar con él hoy mismo!
Nos vamos mañana. Están trasladando todos mis muebles a la planta baja para dejarlo todo como al llegar.
Jennie ha mirado la pared con cara de sorpresa, pero le he dicho que ha sido pura rabia, por lo horrible que era el papel.
Se ha puesto a reír y me ha dicho que no le habría importado hacerlo ella misma, pero que no está bien que me canse.
¡Qué manera de quedar en evidencia!
Pero estoy aquí, y este papel no lo toca nadie más que yo. ¡Antes muerta!
Jennie ha intentado sacarme de la habitación. ¡Cómo se le notaba! Pero yo le he dicho que ahora está tan vacía y tan limpia que me entraban ganas de estirarme otra vez y dormir todo lo que pudiera; que no me despertara ni para cenar, y que ya la avisaría yo cuando estuviera despierta.
Vaya, que se ha marchado, y los criados no están. Los muebles tampoco. Sólo queda la cama clavada al suelo, con el colchón de lona que encontramos encima.
Esta noche dormiremos abajo, y mañana tomaremos el barco a casa.
Me gusta bastante esta habitación, ahora que vuelve a estar vacía.
¡Qué destrozos hicieron los niños!
¡La cama está como si la hubieran mordido! Pero tengo que poner manos a la obra.
He cerrado la puerta y he tirado la llave al camino de delante.
No quiero salir, ni quiero que entre nadie hasta que llegue John.
Quiero darle una buena sorpresa.
Tengo una cuerda que no ha encontrado ni Jennie. ¡Así, si sale la mujer y quiere escaparse, podré atarla!
¡Pero se me ha olvidado que no puedo llegar muy arriba si no tengo nada a que subirme! ¡Esta cama no hay quien la mueva!
He intentado levantarla y empujarla hasta quedarme lisiada. Entonces me he enfadado tanto que le he arrancado un trozo de un mordisco, en una esquina; pero me he hecho daño en los dientes.
Después he arrancado todo el papel hasta donde alcanzaba de pie en el suelo. ¡Está pegadísimo, y el dibujo se lo pasa en grande! ¡Todas las cabezas estranguladas, y los ojos saltones, y la proliferación de hongos, todos se mofan de mí a gritos!
Me estoy enfadando tanto que acabaré haciendo algo desesperado. Saltar por la ventana sería un ejercicio admirable, pero las barras son demasiado fuertes para intentarlo.
Además, tampoco lo haría. Desde luego que no. Sé perfectamente que sería un acto indecoroso, y que podría interpretarse mal.
Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas. ¡Hay tantas mujeres arrastrándose, y corren tanto...!
Me gustaría saber si salen todas del papel, como yo.
Pero ahora estoy bien sujeta con mi cuerda, la que no encontró nadie. ¡A mí sí que no me sacan a la carretera!
Supongo que cuando se haga de noche tendré que ponerme otra vez detrás del dibujo. ¡Con lo que cuesta!
¡Es tan agradable estar en esta habitación tan grande, y andar a gatas siempre que quiera...!
No quiero salir. No quiero, ni que me lo pida Jennie.
Porque fuera hay que arrastrarse por el suelo, y en vez de amarillo es todo verde.
Aquí, en cambio, puedo andar a gatas por el suelo liso, y mi hombro se ajusta perfectamente a la marca larga de la pared, con la ventaja de que así no me pierdo.
¡Anda, si está John al otro lado de la puerta! ¡Es inútil, jovencito, no podrás abrirla!
¡Qué berridos, y qué golpes!
Ahora pide un hacha a gritos.
¡Sería una lástima destrozar una puerta tan bonita!
—¡John, querido! —he dicho con la máxima amabilidad—. ¡La llave está al lado de la escalera de entrada, debajo de una hoja!
Con eso se ha callado un rato.
Luego ha dicho (con mucha serenidad): —¡Abre la puerta, cariño!
—No puedo —he contestado yo—. ¡La llave está al lado de la puerta principal, debajo de una hoja!
Lo he repetido varias veces, muy poco a poco y con mucha dulzura; lo he dicho tantas veces que ha tenido que bajar a comprobarlo. La ha encontrado, como era de esperar, y ha entrado. Se ha quedado a un paso del umbral.
—¿Qué pasa? —ha gritado—. ¿Pero qué haces, por Dios?
Yo he seguido andando a gatas como si nada, pero le he mirado por encima del hombro.
—Al final he salido —he dicho—, aunque no quisieras ni tú ni Jane. ¡Y he arrancado casi todo el papel, para que no puedan volver a meterme!
¿Por qué se habrá desmayado? El caso es que lo ha hecho, y justo al lado de la pared, en mitad de mi camino. ¡O sea que he tenido que pasar por encima de él a cada vuelta!

Kate Chopin - "Historia de una hora"

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Novelista y cuentista estadounidense cuyo nombre real era Katherine O'Flaherty. Fue una autora olvidada durante mucho tiempo por no ajustarse al canon de la época (segunda mitad del siglo XIX). Las protagonistas de sus historias se rebelan contra la cárcel del matrimonio burgués, buscan liberarse de la sociedad patriarcal que las somete. Escritora claramente feminista, muchas de sus obras se convierten en justificaciones de los derechos de la mujer.

Sabiendo que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.
Fue su hermana Josephine quien se lo dijo, con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia.
Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado. Inmediatamente se echó a llorar con repentino y violento abandono, en brazos de su hermana. Cuando la tormenta de dolor amainó, se retiró a su habitación, sola. No quiso que nadie la siguiera.
Frente a la ventana abierta había un amplio y confortable sillón. Agobiada por el desfallecimiento físico que rondaba su cuerpo y parecía alcanzar su espíritu, se hundió en él.
En la plaza frente a su casa, podía ver las copas de los árboles temblando por la reciente llegada de la primavera. En el aire se percibía el delicioso aliento de la lluvia. Abajo, en la calle, un buhonero gritaba sus quincallas. Le llegaban débilmente las notas de una canción que alguien cantaba a lo lejos, e innumerables gorriones gorjeaban en los aleros.
Retazos de cielo azul asomaban por entre las nubes, que frente a su ventana, en el poniente, se reunían y apilaban unas sobre otras.
Se sentó con la cabeza hacia atrás, apoyada en el cojín de la silla, casi inmóvil, excepto cuando un sollozo le subía a la garganta y le sacudía, como el niño que ha llorado al irse a dormir y continúa sollozando en sus sueños.
Era joven, de rostro hermoso y tranquilo, y sus facciones revelaban contención y cierto carácter. Pero sus ojos tenían ahora la expresión opaca, la vista clavada en la lejanía, en uno de aquellos retazos de cielo azul. La mirada no indicaba reflexión, sino más bien ensimismamiento.
Sentía que algo llegaba a ella y lo esperaba con temor. ¿De qué se trataba? No lo sabía, era demasiado sutil y esquivo para nombrarlo. Pero lo sentía surgir furtivamente del cielo y alcanzarla a través de los sonidos, los aromas y el color que impregnaban el aire.
Su pecho subía y bajaba agitadamente. Empezaba a reconocer aquello que se aproximaba para poseerla, y luchaba con voluntad para rechazarlo, tan débilmente como si lo hiciera con sus blancas y estilizadas manos. Cuando se abandonó, sus labios entreabiertos susurraron una palabrita. La murmuró una y otra vez: «¡Libre, libre, libre!». La mirada vacía y la expresión de terror que la había precedido desaparecieron de sus ojos, que permanecían agudos y brillantes. El pulso le latía rápido y el fluir de la sangre templaba y relajaba cada centímetro de su cuerpo.
No se detuvo a pensar si aquella invasión de alegría era monstruosa o no. Una percepción clara y exaltada le permitía descartar la posibilidad como algo trivial. Sabía que lloraría de nuevo al ver las manos cariñosas y frágiles cruzadas en la postura de la muerte; que el rostro que siempre la había mirado con amor estaría inmóvil, gris y muerto. Pero más allá de aquel momento amargo, vio una larga procesión de años por llegar que serían sólo suyos. Y extendió sus brazos abiertos dándoles la bienvenida.
No habría nadie para quien vivir durante los años venideros; ella tendría las riendas de su propia vida. Ninguna voluntad poderosa doblegaría la suya con esa ciega insistencia con que los hombres y mujeres creen tener derecho a imponer su íntima voluntad a un semejante. Que la intención fuera amable o cruel, no hacía que el acto pareciera menos delictivo en aquel breve momento de iluminación en que ella lo consideraba.
Y a pesar de esto, ella le había amado, a veces; otras no. ¡Pero qué importaba!. ¡Qué podría el amor, ese misterio sin resolver, significar frente a esta energía que repentinamente reconocía como el impulso más poderoso de su ser!
"¡Libre, libre en cuerpo y alma!" continuó susurrando.
Josephine, arrodillada frente a la puerta cerrada, con los labios pegados a la cerradura le imploraba que la dejara pasar. “Louise, abre la puerta, te lo ruego, ábrela, te vas a poner enferma. ¿Qué estás haciendo, Louise? Por lo que más quieras, abre la puerta.”
“Vete. No voy a ponerme enferma”. No; estaba embebida en el mismísimo elixir de la vida que entraba por la ventana abierta.
Su imaginación corría desaforada por aquellos días desplegados ante ella: días de primavera, días de verano y toda clase de días, que serían sólo suyos. Musitó una rápida oración para que la vida fuese larga. ¡Y pensar que tan sólo ayer sentía escalofríos ante la idea de que la vida pudiera durar demasiado!
Por fin se levantó y ante la insistencia de su hermana, abrió la puerta. Tenía los ojos con brillo febril y se conducía inconscientemente como una diosa de la Victoria. Agarró a su hermana por la cintura y juntas descendieron las escaleras. Richards, erguido, las esperaba al final.
Alguien intentaba abrir la puerta con una llave. Brently Mallard entró, un poco sucio del viaje, llevando con aplomo su maletín y el paraguas. Había estado lejos del lugar del accidente y ni siquiera sabía que había habido uno. Permaneció de pie, sorprendido por el penetrante grito de Josephine y el rápido movimiento de Richards para que su esposa no lo viera.
Cuando los médicos llegaron dijeron que ella había muerto del corazón, de la alegría que mata.

John Cheever - "Reunión"

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Cuentista y novelista estadounidense. Sus relatos hablan de la vida, de una manera casi costumbrista, de la clase media estadounidense, de su empobrecimiento emocional, de las relaciones humanas, frustradas o frustrantes, del alcohol, de la homosexualidad. Se pueden encontrar otros cuentos aquí y aquí.


La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y cuando aún estaban dando las doce lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
—Hola, Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.
Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:
—¡Kellner! —gritó—. ¡Garçón! ¡Cameriere! ¡Oiga usted!
Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.
—¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa.
Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.
—¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó.
—Cálmese, cálmese, sommelier—dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibson con ginebra Beefeater.
—No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero.
—Debería haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibson con Beefeater. Repita conmigo: dos gibson con Beefeater.
—Creo que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura.
—Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
—¡Garçon! ¡Cameriere! ¡Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?
—¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre.
—Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
—De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.
Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:
—¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos gibson con Beefeater.
—¿Dos gibson con Beefeater? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero dos gibson con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
—Esto no es Inglaterra —repuso el camarero.
—No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.
—Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero.
—Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie.
El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
Buongiorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo el italiano —respondió el camarero.
—No me venga con ésas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra.
—Todas las mesas están reservadas —declaró el encargado.
—Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all' inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
—Tengo que coger el tren —dije.
—Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo. —Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club...
—No tiene importancia, papá —dije.
—Voy a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.
Se acercó a un quiosco y pidió:
—Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Espera un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.
—Hasta la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.

Clara Obligado - "El cincuenta y cinco"

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En el cincuenta y cinco vivíamos en la calle Libertad. Todos, incluida Nani, que estaba muy vieja, y mi gato Fifí, y China y Hortensia, y alguna de las tías del campo.
Con tanta gente no me podía aburrir, aunque fuera la única niña. Además pasaba de todo: o había revolución y no se podía ir al colegio, o a mamá de pronto le daba miedo la noche y me llevaba a su cama y de tanto charlar y hacernos cosquillas nos despertábamos tarde, o si no, China se había peleado con el novio y venía a contárselo a mamá, con el ojo amoratado y la bandeja del desayuno y luego mamá decía bajito qué le verán a esta mujer, si hasta tiene labio leporino.
Las tías del campo desayunaban todas juntas en el comedor para hablar mal de mamá. Eran el último recuerdo de su marido y no se las podía sacar de encima, y a veces me parecía que le gustaba verlas allí, porque atusaba las sábanas con ímpetu y, si había amanecido soleado o en las necrológicas de La Nación aparecía algún pariente de las tías, le brotaba un humor espléndido y me decía hoy no vas al colegio, nos vamos de compras y las tías bajaban el tono mientras China ayudaba a mamá a ponerse el tapado de piel, el sombrerito con el tul y ella murmura deja la puerta abierta así las oigo a las viejas brujas y cómo me alegro de haberme salvado del gil de tu padre, hija mía, nunca te cases.
Las tías se quedaban mudas para escuchar y entonces mamá les gritaba cotorras, y ellas volvían a los murmullos, porque las habían pescado, pero ahora en inglés. Las tías eran tontas: mamá sabía muchos idiomas, pero a ellas les salía espontáneo enojarse en inglés, como a China en guaraní, y el francés lo dejaban para hablar mal de Nani, cosa que también era una tontería, porque la pobre hacía años que estaba sorda.
También solían usar otro idioma, y ese era el de las miradas, cuando mamá se iba tan linda con su tailleur (1) marcándole la cintura y las caderas diciendo llego tarde a Misa; esa era una de las mentiras de mamá, porque a Las Victorias la habían quemado. Además, ella no creía en Dios, aunque soportara flotando sobre la cabecera de su cama el Cristo de marfil, y susurraba que era una lástima que no hubieran ardido todas, y hasta China, que estaba con los peronistas, se santiguaba con cara de espanto.
Aunque China con cara de espanto era feísima, yo la quería igual. Ella se ocupaba de mí si mamá no estaba, de la ropa, del colegio, de los cuentos por la noche, y me llevaba en colectivo al Ital Park. Ahí paseábamos los tres, con su novio, el que a veces le pegaba, y como estaban reconciliándose todo el tiempo aprovechaban el tren fantasma para besearse y si era temprano después lo acompañábamos hasta Constitución comiendo chipá (2) por el camino y él me decía, acariciándome la cabeza mitakuñaí porä (3), yo me imaginaba que éramos una familia normal, de las que no compran masitas en el Petit Café.
Claro que las tías volaban de rabia al verme llegar tan tarde, pero Hortensia me abría quedito la puerta y, si me iban a gritar, Nani salía de su cuarto para llevarme con ella y nos poníamos a ver la televisión. Las tías se morían de bronca cuando no las dejaba entrar, y le decían vieja sorda o vieja loca. Nosotras, adentro, habíamos cerrado con llave: entonces Nani me mostraba las fotos de mamá de chiquita en Europa, el candelabro que habían podido salvar, algunas postales y después comíamos caramelos y ella tomaba vasitos de anís uno tras otro mientras decía tu madre es mala, me tiene encerrada, tiene vergüenza de mí y hace como que no me conoce aunque vivamos juntas, aunque sea mi hija.
Vaya uno a saber si era verdad o mentira, porque Nani y mamá mentían muchísimo; además, como estaba tan sorda por los bombardeos, se pasaba las horas hablando sola hasta que ya había bebido demasiado anís; entonces, de pronto, le salía un idioma extraño que no era inglés ni francés ni guaraní y se remangaba la robe de chambre para mostrarme el brazo con el número grabado –un brazo flaco y blando– y yo me tenía que escapar de su cuarto, porque se le transformaban los ojos en algo tan terrible que me daba miedo.
Si entonces tampoco había vuelto mamá me iba con Hortensia a la cocina a hacer empanadas, a jugar con Fifí en el jardín, o me asomaba al balcón de la sala para mirar la vereda vacía. Se hacía tan grande la tarde, tan solo el crepúsculo que sentía ganas de huir.
En la noche oscura de la calle, con el viento que incitaba a dejarse llevar (abajo cabeceaban los árboles) yo pensé que la vida de los grandes era extraña, como un libro escrito en otro idioma, llena de secretos imposibles de abarcar.
Se me pasaba la tristeza cuando había suerte, y por la mañana había vuelto mamá. Entonces las tías –siempre alerta– se levantaban tempranísimo y yo diría que hasta felices, porque iban dándose ánimo las unas a las otras y murmurando en inglés, y se frotaban las manos sin preocuparse por el desayuno que China había servido en el comedor, y entraban por asalto en el cuarto de mamá; ese era el momento en que empezaban los gritos, y luego los silencios, que eran muchísimo peor. Las tías dale con la cantinela de que en nuestra familia nunca ha habido una mancha, no podemos permitir que el apellido de nuestro único hermano, y entonces China se ponía nerviosa y me llevaba corriendo al colegio y en misa yo rezaba a ver si volvía la revolución y luego las Madres me colocaban en fila para vigilarme con esa mirada temible que aparece tras las tocas, y cuando me decían vous êtes le numéro trois cent vingt-neuf yo recordaba el brazo flaco de Nani y, como mamá, me daban ganas de quemarlo todo, pero no se lo decía a nadie, porque esas cosas, vaya uno a saber en qué idioma se podrían contar.
Cuando los aviones sobrevolaron la calle Libertad mamá no había vuelto a casa. Detrás de las cortinas, escondida, yo escuché a la gente correr por las veredas, caer las persianas de los negocios, clausurarse los postigos. La semana antes habían incendiado el Jockey Club, y creo que por eso China ahora no me llevaba al colegio, y cuando vino el cura vestido de hombre me reí muchísimo: el pobre no sabía moverse sin sotana y se le notaba el disfraz.
Las tías se metieron con él en la salita y yo escuché cómo hablaban de mamá y gritaban tanto que los periquitos se golpeaban contra los barrotes de la jaula como si quisieran escapar, y Nani, aunque estaba tan sorda, se asomó preguntando quien anda ahí y cuando vio al cura con los pantalones empezó a reírse con su risita de hormiga y luego a las carcajadas, como una loca, así que las tías tuvieron que encerrarla por afuera. Hortensia, que era casi tan vieja como Nani, le preparó un té de tilo y le dijo cálmese señora y luego se quedó charlando con ella y tomando vasitos de anís hasta que Nani se fue adormilando tomada de su mano, como si fuera una niña con miedo.
A la mañana las tías, que estaban pegadas a la radio oyendo los comunicados, le pidieron a Nani que les dejase la televisión, pero ella no quiso porque estaba ofendida y les dijo que se fueran a la mierda; luego se quedó toda la tarde mirando la señal del canal siete, sólo por molestar.
Mamá llegó preciosa por la noche, con las mejillas coloradas y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Había perdido su sombrerito con el tul y ya no tenía los guantes, y cuando el pelotón de las tías entró por la mañana ya no lloró, sino que les dijo viejas brujas, ese idiota me dejó atada de pies y manos y las tías le contestaron puta, judía, cocorita (4), te vamos a encerrar como a la loca de tu madre y yo ya no podía comprender lo que sucedía en ese cuarto, y si esas cosas que se gritaban eran tan malas como decir viva Perón, que en el colegio me habían dicho que era el peor de los pecados.
Fue esa noche en la penumbra sola cuando mamá entró en mi cuarto creyendo que dormía y me besó en la frente antes de salir, con ese beso liviano de las madres por la noche, demasiado linda para ser de verdad, con su broche de brillantes, blanca, vestida de seda, tan fija en mi recuerdo que hoy anhelo esos días que ya se quedaron atrás. Cuando se fue abrí un poco los ojos y envuelta en su perfume pensé que mi madre no era real, que su imagen quedaría para siempre clavada en esa noche, flotando en mi memoria, como un hada, o como un sueño.
Tal vez porque mamá ya no estaba nunca fue que llamaron a Mademoiselle para que se ocupara de mí y echaron a China diciendo que espiaba cuando las tías se reunían a charlar con el cura y yo solté a los periquitos por la pena que me daba ver cómo se golpeaban presos contra los barrotes en esas tardes en las que me aburría en casa sin Nani, a la que ya se habían llevado para morir y nadie quería jugar conmigo, solamente Fifí, pero aunque a él le contara todo lo que me estaba pasando no me podía contestar: al fin y al cabo era un gato.
Todo cambiaba tan de prisa desde que había terminado la revolución que no me extrañó del todo lo que hizo mamá.
Entonces ya nunca bajábamos juntas a desayunar temprano en La París cuando ella no podía dormir, ni me llamaba a su cama, y como además había que ir todos los días al colegio me entró una tristeza tan honda que ni siquiera el comienzo del verano podría calmar. China no se olvidaba de mí, y me llamaba a veces por teléfono para invitarme a pasear, pero a Mademoiselle no le gustaba que viniera y a mamá le daba todo lo mismo y estaba tan triste que cuando se asomaba al balcón mirando la vereda yo deseaba que se pudiera escapar, que se pusiera otra vez los guantes, se ajustara la pollera y volara a la calle diciendo vamos de compras, hoy no vas al colegio, pero las tías ahora casi no la dejaban salir y la amenazaban mucho con los ojos y yo sabía bien, aunque era tan pequeña, que las cosas así no podían quedar, porque mamá era demasiado linda y las mujeres lindas no sirven para viudas, como había dicho Hortensia en la cocina.
Y se tenía que escapar, tenía que abrir su jaula como los periquitos y ese día estaba preciosa con su blusa, con su cartera, como si fuese a un paseo largo, como si saliera al encuentro de algo que la hiciera tremendamente feliz, con sus guantes finos, su collar, y cuando abrió la ventana vimos cómo abajo las hojas del verano dibujaban sus perfiles densos, y entonces me dio un beso con los ojos brillantes antes de treparse a la barandilla para que yo le viera bien la raya derechísima de las medias de seda, sus tacos altos, y ella, ingrávida, empezó a volar mientras me decía adiós con la mano, saludando, alto, muy alto, dejándose ir, blanca la falda abierta en el cielo, danzando en el aire azul, y poco a poco se iría mezclando con las nubes, más allá de Santa Fe, por la calle Arenales, hacia el río, con el pelo suelto sobre los hombros, libre al fin, entregada a su propio vaivén, resplandeciente, tan bella, y sólo era un puntito minúsculo a lo lejos cuando abajo como las hormigas se arremolinó la gente y las sirenas se fueron quedando roncas de tanto llorar y las tías del campo gimoteaban en lo oscuro murmurando mientras rezaban: pobrecita.


(1) Traje de chaqueta.
(2) Torta de harina de mandioca (o maíz) y queso.
(3) Buena chica (diccionario guaraní-español de la Universidad Johannes Gutenberg)
(4) Cotorra

Bruno Schulz - "Los pájaros"

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Como ya decía aquí, por el mundo tan particular que creó se le suele comparar con Kafka. Pese a lo escaso de su obra (sólo se conservan dos colecciones de relatos -"Las tiendas de canela" y "El sanatorio de la clepsidra"- y una novela corta -"El cometa"-, el resto de su obra se perdió tras su muerte, asesinado por los nazis durante la Segunda Guerra mundial) se le considera uno de los escritores más originales de la literatura polaca contemporánea.

Llegaron los días de invierno, amarillos y sombríos. Un manto de nieve, raído, agujereado, tenue, cubría la tierra descolorida. La nieve no alcanzaba a ocultar del todo muchos tejados, y se podían ver, acá y allá, trozos negros o mohosos, chozas cubiertas de tablas, y las arcadas que ocultaban los espacios ahumados de los desvanes: negras y quemadas catedrales erizadas de cabrios, vigas y crucetas, pulmones oscuros de las borrascas invernales. Cada aurora descubría nuevas chimeneas, nuevos tubos brotados durante la noche, henchidos por el huracán nocturno, oscuros cañones de órganos diabólicos. Los deshollinadores no podían desembarazarse de las cornejas, que, cual hojas negras animadas de vida, poblaban por las noches las ramas de los árboles frente a la iglesia. Levantaban el vuelo, batían las alas, y acababan posándose cada una en su sitio, sobre su rama. Y al alba volaban en grandes bandadas —nubes de hollín, copos de azabache ondulantes y fantásticos—, turbando con su trémulo graznido la luz amarillenta del amanecer. Con el frío y el tedio, los días se volvieron duros como trozos de pan del año anterior. Se entraba en ellos con los cuchillos romos, sin apetito, con una somnolencia perezosa.
Mi padre no salía ya de casa. Encendía la chimenea, estudiaba la substancia jamás develada del fuego, disfrutaba del sabor salado, metálico y el olor a humo de las llamas de invierno, caricia fría de la salamandra que lame el hollín brillante de la garganta de la chimenea. En aquellos días ejecutaba con placer todas las reparaciones en las regiones superiores de la habitación. A cualquier hora del día se le podía ver acurrucado en lo alto de una escalera de tijera, arreglando algo en el cielo raso, las barras de las cortinas de las grandes ventanas, o los globos y cadenas de los candiles. Lo mismo que los pintores, se servía de la escalera como de unos enormes zancos, sintiéndose bien en esa posición de pájaro entre los parajes del techo, decorados con arabescos y aves. Se desentendía cada vez más de los asuntos prácticos de la vida. Cuando mi madre, preocupada y afligida por su estado, trataba de llevarlo a una conversación de negocios y le hablaba de los pagos del próximo mes, él la escuchaba distraído, inquieto, con una expresión ausente, en el rostro sacudido por contracciones nerviosas. A veces la interrumpía de pronto con un gesto implorante de la mano, para correr a un rincón del aposento, aplicar el oído a una juntura del suelo y escuchar, con los índices de ambas manos levantados, signo de la importancia de la auscultación. Entonces no comprendíamos aún el triste fondo de estas extravagancias, el doloroso complejo que maduraba en su interior.
Mi madre no ejercía la menor influencia sobre él; en cambio por Adela sentía gran respeto y consideración. La limpieza de la sala era para él una importante ceremonia, a la que jamás dejaba de asistir, siguiendo todos los movimientos de Adela, con una mezcla de angustia y de voluptuosidad. Atribuía a cada uno de los actos de la joven un significado más profundo, de tipo simbólico. Cuando ella, con ademanes enérgicos, pasaba el cepillo por el suelo, se sentía desfallecer. Las lágrimas brotaban de sus ojos, se le crispaba el rostro con una risa silenciosa, y sacudían su cuerpo espasmos de goce. Su sensibilidad a las cosquillas llegaba a los límites de la locura. Bastaba que Adela le apuntara con el dedo, con el gesto de hacerle cosquillas, y él presa de un pánico salvaje, atravesaba las habitaciones, cerrando tras sí las puertas, para echarse al final en una cama y retorcerse con una risa convulsiva, bajo el influjo de la sola imagen interior a la que no podía resistirse. Gracias a eso, Adela tenía sobre mi padre un poder casi ilimitado.
En aquel tiempo observamos por primera vez en él un interés apasionado por los animales. Al principio fue una afición de cazador y artista a la par, y posiblemente también la simpatía zoológica más profunda de una criatura hacia unos semejantes que tenían formas de vida diferentes: la investigación de registros del ser aún no conocidos. Sólo en su fase posterior, este aspecto adquirió un matiz extraño, complejo, profundamente vicioso y contra natura, que es mejor no exponer a la luz del día.
Aquello empezó con la incubación de huevos de aves.
Con gran derroche de esfuerzos y de dinero, mi padre había hecho llegar de Hamburgo, de Holanda y de algunas estaciones zoológicas africanas, huevos fecundados que hacía empollar a unas enormes gallinas belgas. Era también para mí una ocupación absorbente contemplar el nacimiento de los polluelos, verdaderos fenómenos por sus formas y colores.
Era imposible, viendo aquellos monstruos de picos enormes, fantásticos, que desde el nacimiento se ponían a piar a voz en cuello, silbando ávidamente desde las profundidades de su garganta; contemplando aquella especie de reptiles de cuerpo débil, desnudo, corcovado, adivinar en ellos a los futuros pavos reales, faisanes, cóndores. Colocados en cestas llenas de algodón, aquellos engendros de monstruos erguían sobre sus frágiles cuellos unas cabezas ciegas, cubiertas de albumen, graznando destempladamente con sus gargantas afónicas. Mi padre se paseaba a lo largo de las estanterías, con un delantal verde, como jardinero que inspecciona sus siembras de cactus, y extraía de la nada aquellas vesículas ciegas, en las que ya alentaba la vida, aquellos vientres torpes, incapaces de recibir del mundo exterior cualquier cosa que no fuera el alimento, conatos de vida que se erguían a tientas hacia la claridad. Unas semanas más tarde, cuando aquellos ciegos retoños se abrieron a la luz, las habitaciones se llenaron de un tumulto multicolor, del centellante gorjeo de los nuevos habitantes. Se posaban en las barras de las cortinas y en las cornisas de los armarios, anidaban en los huecos de las ramas de estaño y en los arabescos de los candiles. Cuando mi padre estudiaba los grandes compendios ornitológicos y tenía entre las manos las láminas de colores, parecía que era de allí de donde se desprendían aquellos fantasmas emplumados, que llenaban el cuarto con su aleteo multicolor de copos de púrpura y girones de zafiro, de cobre, de plata. Cuando les daba de comer, formaban en el suelo una masa abigarrada, compacta y ondulante, una alfombra viva, que a la llegada intempestiva de alguno se desintegraba, se dispersaba en flores móviles, que batían las alas, para acabar posándose en la parte superior del aposento. Tengo especialmente grabado en la memoria un cóndor, pájaro enorme de cuello desnudo, cara arrugada y buche voluminoso. Era un asceta magro, un lama budista de imperturbable dignidad, en todo su comportamiento, que se regía por el férreo ceremonial de su alta alcurnia. Cuando inmóvil en su postura hierática de dios egipcio, con el ojo velado por una blancuzca carnosidad que cubría sus pupilas —como para encerrarse por completo en la contemplación de su soledad augusta—, estaba, con el pétreo perfil, frente a mi padre, parecía su hermano mayor. La misma materia, los mismos tendones, la piel dura y rugosa, el mismo rostro seco y huesudo, las mismas órbitas profundas y endurecidas. Hasta las manos de fuertes nudillos y largos dedos de mi padre, con sus uñas abombadas, tenían cierta analogía con las garras del cóndor. Al verlo así, dormitando, no podía sustraerme a la impresión de que tenía ante mí a una momia disecada, la momia reducida de mi padre. Creo que tal asombrosa semejanza tampoco escapó a la atención de mi madre, aunque nunca hablamos de ello. Es singular que el cóndor utilizase el mismo orinal que mi padre.
No satisfecho con incubar incesantemente nuevos especímenes, mi padre organizaba en el desván bodas de aves, enviaba casamenteros, ataba a las novias seductoras y lánguidas junto a las grietas y agujeros de la techumbre; lo que trajo por consecuencia que el enorme tejado de dos vertientes de nuestra casa se convirtiera en un verdadero albergue de aves, un arca de Noé, a la que llegaba toda clase de seres alados desde parajes lejanos.
Incluso mucho tiempo después de liquidada aquella manía avícola, subsistió en el mundo de las aves la costumbre de llegar a nuestra casa. En el período de las migraciones de primavera se abatían verdaderas nubes de grullas, pelícanos, pavos reales y otros pájaros sobre nuestros techos.
No obstante, después de un breve florecimiento, esta afición tomó un giro más bien desolador. En efecto, pronto se hizo necesario trasladar a mi padre a las dos habitaciones del desván que servían como depósito de trastos inútiles. Desde el alba salía de allí el clamor confuso de las aves. En las piezas de madera del desván, a modo de cajas de resonancia, reforzada ésta por lo bajo del techo, repercutía todo aquel alboroto, cantos y gorjeos. Así perdimos de vista a nuestro padre durante varias semanas. Bajaba muy raras veces, y entonces podíamos observar la transformación operada en él. Se le veía disminuido, encogido, flaco. A veces se levantaba de la mesa, batía distraídamente los brazos como si fueran alas y soltaba un largo gorjeo, mientras entrecerraba los ojos. Después, confuso y avergonzado, se reía con nosotros y trataba de disfrazar el incidente, haciéndolo pasar por una broma.
Una vez, durante el período de la limpieza general, Adela se presentó de súbito en el reino de las aves de mi padre. Plantada en la puerta, se llevó la mano a la nariz ante el hedor que impregnaba la atmósfera. Los montones de inmundicia cubrían el suelo y se apilaban sobre mesas y muebles. Rápidamente, con gesto decidido, abrió la ventana y con su larga escoba comenzó a agitar aquel pajarerío. Levantose una nube infernal de plumas, alas y graznidos, a través de la cual, Adela, como frenética bacante, bailaba la danza de la destrucción. En medio de aquel estrépito, mi padre, batiendo los brazos, lleno de temor, trataba desesperadamente de emprender el vuelo. La nube de plumas se dispersó lentamente, y por último, sólo quedaron en el campo de batalla Adela, agotada y jadeante, y mi padre, con expresión de tristeza y de derrota, dispuesto a cualquier capitulación.
Momentos después, mi padre descendía la escalera de su imperio. Era un hombre roto, un rey desterrado que había perdido trono y poder.

Dylan Thomas - "La historia verdadera"

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La anciana del piso de arriba estaba muriéndose desde que Helen alcanzaba a recordar. Estaba tendida en las sábanas, como una mujer de cera, desde que Helen era una niña que acudía a la casa con su madre para llevar fruta recién cogida y verdura fresca a la moribunda. Ahora, Helen era una mujer hecha y derecha, con su delantal y su vestido estampado; llevaba el cabello claro recogido en un moño en la nuca. Se levantaba todas las mañanas con los primeros rayos del sol, encendía el fuego en el hogar, dejaba entrar al gato de ojos rojos. Preparaba una tetera y subía al dormitorio, a la parte de atrás de la casa de campo, para inclinarse sobre la anciana cuyos ojos invidentes jamás estaban cerrados. Todas las mañanas le miraba a las cuencas de los ojos y pasaba las manos por delante. Sin embargo, no se movían sus párpados, y a ella le resultaba imposible saber si la anciana respiraba o no. «Son las ocho, las ocho en punto», decía. Y los ojos esbozaban una sonrisa. Una mano decrépita asomaba de las sábanas y permanecía quieta hasta que Helen la tomaba entre sus manos carnosas y la cerraba en torno a la taza de té. Cuando se vaciaba la taza, Helen la volvía a llenar; cuando la tetera se terminaba, retiraba las blancas sábanas de la cama. Allí estaba la anciana, estirada en su camisón, y el color de su piel era tan grisáceo como el del cabello. Helen aseaba las sábanas, las remetía y atendía a las necesidades de la anciana. Luego se llevaba la tetera.
Todas las mañanas preparaba el desayuno para el mozo que faenaba en la huerta. Iba a la puerta de atrás, la abría y lo veía, a lo lejos, con la azada. «Son las ocho y media», le decía. Era un feo mozo, con los ojos más rojos que el gato, como dos taimadas ranuras abiertas en la frente desde las que espiaba las primeras sombras que se formaban en el seno de Helen. Ella le ponía el desayuno delante. Cuando se levantaba, al terminar, siempre le hacía la misma pregunta: «¿Quieres que te haga alguna cosa?». Ella nunca contestaba «sí». El mozo volvía a sacar patatas del campo arado o a contar los huevos que habían puesto las gallinas, y si había moras o frambuesas que recoger en los matorrales que rodeaban la huerta, ella se le sumaba antes del mediodía. Al ver cómo se apilaban las frambuesas en la palma de su mano, ella a veces pensaba en la mancha del dinero bajo el colchón de la anciana. Si había que matar una gallina, ella le cortaba el pescuezo con más limpieza que el mozo, que dejaba el cuchillo en la herida y luego se limpiaba la hoja ensangrentada contra la manga. Ella tomaba la gallina, notaba su sangre caliente y la veía correr descabezada por el camino. Luego iba a lavarse las manos.
Fue durante las primeras semanas de la primavera cuando ella tomó la resolución de matar a la anciana del piso de arriba. Tenía tan solo veinte años. Eran muchas las cosas que deseaba. Deseaba tener un hombre que fuera solo suyo, deseaba un vestido negro para los domingos y un sombrero adornado con una flor. No tenía ningún dinero. Los días en que el mozo llevaba los huevos y las verduras al mercado, le daba los seis peniques que la anciana le daba a ella, y el dinero que el mozo traía a la vuelta, en un pañuelo, ella lo depositaba en las manos de la anciana. Trabajaba para ganarse el pan y el cobijo, tal como trabajaba el mozo, aunque ella dormía en una habitación del piso de arriba y él dormía en un jergón de paja, encima de los establos vacíos.
Una mañana de mercado salió a dar una vuelta por la huerta, para que su plan se asentase en su ánimo. Era un espléndido día del mes de mayo, sin más que un par de nubes en el cielo, como dos manos amorfas que se cerraban sobre la cabeza del sol. «Si pudiera volar —pensó—, echaría a volar, entraría por la ventana y le hincaría los dientes en el cuello.» Sin embargo, el viento fresco se llevó sus pensamientos a otra parte. De sobra sabía que no era una muchacha normal y corriente, pues en las tardes de invierno se dedicaba a leer libros, mientras el mozo se dedicaba a soñar tumbado en el jergón y la anciana permanecía a solas y a oscuras. Había leído una historia sobre un dios que se transformaba en dinero, había leído cosas sobre las serpientes que tienen las voces de los hombres, había leído sobre un hombre que estuvo en la cima de un monte hablando con una hoguera.
Al fondo de la huerta, donde la cerca mantenía a raya la maleza y los campos asilvestrados, llegó a un montón de tierra. Allí había enterrado al perro que mató porque se dedicaba a perseguir y a matar a las gallinas. Sobre una tosca cruz estaba escrita al revés la fecha de su muerte, de modo que el perro aún no había muerto. «Podría enterrarla aquí mismo —se dijo Helen—. Lo haría al lado de la tumba, de modo que nadie la encontraría jamás.» Se frotó las manos y llegó a la puerta de atrás de la casa, antes de que las dos nubes rodeasen el sol.
Dentro todavía tenía que preparar la comida para la anciana, tenía que hacer un puré de patata. Con el cuchillo en la mano y las peladuras en el regazo pensó en el asesinato que estaba a punto de cometer. El único sonido era el que producía el cuchillo, pues ya no soplaba el viento, y su corazón estaba tan callado como si lo hubiese envuelto en un trapo. En la casa no se movía nada; tenía la mano quieta en el regazo; no se le ocurrió pensar que el humo subiera por la chimenea y que saliera al cielo aquietado. Su ánimo, a solas en el mundo, tictaqueaba lentamente. Luego, cuando todo estaba en silencio, cantó el gallo y ella recordó al mozo, que no, tardaría en regresar del mercado. Había tomado la determinación de matar antes de su regreso, pero era preciso abrir una tumba y rellenar el agujero con la tierra. Helen notó que la mano se le moría de nuevo en el regazo. Y en medio de su muerte oyó que la mano del mozo retiraba el pestillo del cerrojo. Entró en la cocina, la vio pelar patatas y dejó el pañuelo sobre la mesa. Al oír el tintineo del dinero, alzó la mirada y sonrió. El no la había visto sonreír nunca.
No tardó en servirle la comida, y se sentó de costado junto al fuego del hogar. Cuando él se llevó el cuchillo a la boca, por el rabillo del ojo notó que ella lo miraba.
—¿Le has subido la comida? —preguntó él.
Ella no contestó. Cuando hubo terminado de comer, se levantó de la mesa.
—¿Quieres que te haga alguna cosa? —preguntó el mozo, igual que se lo había preguntado un millar de veces.
—Sí.
Ella nunca le había dicho «sí». Él nunca había oído hablar de esa manera a una mujer. Nunca habían estado tan oscuras las primeras sombras de sus senos. Se acercó trastabillando hacia ella, y ella alzó las manos para ponérselas en los hombros.
—¿Qué es lo que harías por mí? —le preguntó ella, y se aflojó los tirantes del vestido, de modo que se quedó con los pechos a la vista. Le tomó la mano y se la colocó sobre las carnes. Él miró fijamente su desnudez, pronunció su nombre y la tomó. Ella lo sujetó muy cerca de sí.
—¿Qué es lo que harías por mí? —insistió. Dejó que todo su vestido cayera al suelo, y se despojó deprisa del resto de sus ropas—. Harás lo que yo quiera —añadió, y las manos de él cayeron sobre ella.
Al cabo de un minuto se desasió de su abrazo y echó a correr por la cocina. Desnuda, de espaldas a la puerta que llevaba al piso de arriba, le indicó que se acercase y le dijo qué había de hacer.
—Ayúdame y seremos ricos —dijo. Él sonrió y asintió. Trató de palparla de nuevo, pero ella le sujetó los dedos, abrió la puerta y lo condujo al piso de arriba—. Quédate quieto aquí —dijo. En la habitación de la anciana miró a su alrededor como si fuera la última vez: miró la jarra desportillada, la ventana entreabierta, la cama, la inscripción de la pared—. Es la una —dijo, y con un movimiento súbito golpeó la cabeza de la anciana contra la pared. Le bastaron tres golpecitos, y la cabeza se cascó como un huevo.
—¿Qué es lo que has hecho? —exclamó el mozo. Helen le llamó. Se quedó boquiabierto mirando a la mujer desnuda, que se limpiaba las manos con la ropa de cama, y mirando la sangre que había formado una mancha roja y redonda en la pared.
—Quieto —dijo Helen, pero él volvió a gritar nada más oír su voz tranquila, y bajó las escaleras de tres en tres.
«Así que Helen tendrá que volar —se dijo—. Hay que salir volando del cuarto de la anciana.» Abrió más la ventana y salió. «Estoy volando», se dijo.
Pero no lo estaba.

Joe Williams

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Cuando en el jazz se habla de cantantes, siempre se piensa en una mujer. Si a alguien se le pregunta por un cantante de jazz, inmediatamente saldrán los nombres de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Dinah Washington o Billy Holiday. Pero ¿y un hombre? Pues eso es lo que toca hoy. Joe Williams posiblemente sea el cantante masculino de jazz más importante. Su voz de barítono lo convirtió en el crooner por excelencia. Posiblemente, su momento álgido fue la década de los 50 del siglo pasado mientras estuvo en la orquesta de Count Basie. A esa época pertenecen los tres temas.

Roll'em Pete


Well allright,OK,you win


Every day I have the blues
Este blues de Memphis Slim fue el trampolín de Williams. Recién fichado por la orquesta de Basie grabó este tema. Su versión se convirtió en, casi, la versión canónica y alcanzó el número dos en las listas de éxito (apartado R&B).

Greensleeves

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Nueva edición del "Escucha y compara". El tema elegido en esta ocasión es un clásico que fue compuesto en el Renacimiento. La canción forma parte del folclore inglés y es anónima, aunque la leyenda dice que fue compuesta por el rey Henry VIII para Anne Boleyn (Enrique VIII y Ana Bolena, no entiendo la manía de traducir los nombres propios) pero, como digo, eso es leyenda. La letra, que narra el lamento de un amante, ha tenido multitud de variantes.
Es tal la cantidad de versiones que se han hecho de esta canción que ha sido difícil escoger las que pongo. He intentado que la selección fuera lo más variada posible.

Paula Bär-Giese y Hans Meijer
La primera, como corresponde, es una versión renacentista, lo que podríamos llamar "la versión original". Está interpretada por la soprano Paula Bär-Giese y por Hans Meijer al laud.


Vaughn Williams
Esta es la versión compuesta por Vaughn Williams e interpretada por la Orquesta de Cámara de Malta. El sonido no es muy bueno pero es la única versíon para orquesta que he encontrado.


John Coltrane
Versión jazzística de uno de los grandes. La banda está compuesta por John Coltrane (saxo tenor), Eric Dolphy (clarinete bajo), McCoy Tyner (piano), Reggie Workman (contrabajo) y Elvin Jones (batería).


The Lords
Rock and Roll sesentero.


Rainbow
Ritchie Blackmore abandonó Deep Purple, formó Rainbow y escribió esta versión. Sonido Blackmore en estado puro.


Loreena McKennitt
Versión a medio camino entre el folk y el pop de la cantante canadiense.


Desconocido
Para terminar, una versión metalera de un aficionado. Firma como gitarkyd, es todo lo que sé.

Giovanni Papini - "Historia completamente absurda"

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Narrador, crítico y poeta italiano. Se dice que ha sido el escritor que más ha influido en los autores italianos del siglo XX. Aunque en sus inicios como escritor se adscribió al movimiento futurista, posteriormente su obra no es enmarcable en movimiento alguno.


Hace ya cuatro días, mientras escribía con ligera irritación algunas de las páginas más falsas de mis "Memorias", oí que golpeaban levemente a la puerta, pero no me levanté ni respondí. El llamado era demasiado débil y no quiero saber nada con los tímidos.
Al día siguiente, a la misma hora, oí llamar nuevamente y esta vez los golpes eran más fuertes y resueltos. Pero tampoco ese día quise abrir, porque en verdad no me gustan los que se corrigen demasiado pronto.
Al otro día, siempre a la misma hora, se repitieron los golpes, ahora violentos, y antes de que pudiese levantarme vi que la puerta se abría y avanzaba hacia mí la mediocre persona de un hombre bastante joven, con el rostro un poco encendido y la cabeza cubierta de cabellos rojos y rizados, quien se inclinaba torpemente sin pronunciar palabra. Apenas descubrió una silla, se echó encima, y como yo había permanecido de pie, me indicó el sillón para que me sentara. Después de obedecerle; me pareció tener el derecho de preguntarle quién era y le rogué, con acento nada cortés, que me comunicara su nombre y el motivo que lo había animado a invadir mi cuarto. Pero el hombre no se desconcertó y me hizo comprender bien pronto que deseaba seguir siendo lo que era hasta entonces para mí: un desconocido.
—El motivo que me trae a su casa —prosiguió sonriendo— está dentro de mi valija y se lo haré conocer en seguida.
Advertí, en efecto, que traía en la mano un sucio valijín de cuero amarillo con cierre de latón oxidado. Lo abrió de golpe y sacó de él un libro.
—Este libro —dijo poniéndome ante las narices el grueso volumen encuadernado en papel antiguo con grandes florones de bermejo orín— contiene una historia imaginaria que yo he creado, inventado, compuesto y copiado. Sólo he escrito esta historia en toda mi vida, y me permito creer que no le desagradará. Hasta ahora lo conocía únicamente por su fama y sólo hace unos pocos días una mujer que lo estima me ha dicho que usted es uno de los pocos hombres que saben no aterrarse de sí mismos y el único que ha tenido el coraje de aconsejar la muerte a muchos de nuestros semejantes. Por todo ello, he resuelto leerle esta historia mía, que narra la vida de un hombre fantástico al que acaecen las más singulares e insólitas aventuras. Cuando la haya escuchado, me dirá qué debo hacer. Si mi historia le agrada, me prometerá hacerme célebre en el plazo de un año; si no le gusta, me mataré dentro de dos días. Dígame si acepta esas condiciones para que pueda empezar.
Comprendí que no podía hacer otra cosa que persistir en la conducta pasiva que había observado hasta entonces y le anuncié, con un gesto que no consiguió ser amable, que estaba dispuesto a escucharlo y a hacer todo lo que me podía.
El hombre comenzó la lectura. Las primeras palabras se me escaparon. A las que siguieron presté más atención. De pronto agucé el oído y sentí un pequeño escalofrío en la espalda. Dos o tres minutos más tarde mi cara se ponía encarnada, mis piernas empezaban a moverse nerviosamente, y no pude menos de levantarme. El desconocido suspendió la lectura y me miró, interrogándome humildemente con todo el rostro. Yo también lo interrogaba con la mirada, pero estaba demasiado estupefacto para arrojarlo a la calle y le dije simplemente, como cualquier imbécil mundano:
Continúe, se lo ruego.
La extraordinaria lectura prosiguió. Yo no podía quedarme quieto en el sillón. Los escalofríos me corrían no sólo por la espalda, sino por la cabeza y todo el cuerpo. Si hubiese visto mi cara en un espejo, quizá me habría echado a reír y todo habría pasado, porque probablemente se reflejaban en ella un abyecto temor y una incierta ferocidad.
Traté por un momento de no escuchar las palabras del tranquilo lector, pero sólo conseguí turbarme más, y en consecuencia oí entera, palabra por palabra, pausa por pausa, la historia que el hombre leía con la cabeza rojiza inclinada sobre el bien encuadernado volumen. ¿Qué debía hacer, qué podía hacer yo en estas singularísimas circunstancias? ¿Apoderarme del libro, desgarrarlo, pisotearlo, echarlo al fuego? ¿Aferrar al maldito lector y echarlo del cuarto como a un fantasma inoportuno?
Mas, ¿por qué debía hacer todo esto? Y, sin embargo, esa lectura me producía un fastidio indecible, una penosísima impresión de sueño absurdo y desagradable sin esperanza de despertar.
Al fin concluyó la lectura. No sé cuántas horas había durado, pero observé, a pesar de mi confusión, que el lector tenía la voz ronca y la frente húmeda de sudor. Cerró el libro y lo guardó en el valijín. Después me miró con ansiedad, pero sus ojos ya no eran tan ávidos como antes. Mi abatimiento era tan grande que él mismo lo advirtió y su asombro creció enormemente cuando vio que me frotaba un ojo y no sabía qué responderle. En aquel momento me parecía que jamás podría volver a hablar, y las cosas más simples que me rodeaban se me antojaron de pronto tan extrañas y hostiles que casi tuve miedo de ellas.
Todo esto parece demasiado vil y vergonzoso, inclusive a mí, y no tengo la menor indulgencia para mi turbación. Pero la razón de mi desconcierto era bien fuerte: la historia que había leído ese hombre era la narración precisa y completa de toda mi vida íntima y exterior. En ese lapso yo había oído la crónica minuciosa, fiel, inexorable de todo cuanto había sentido, soñado y realizado desde que vine al mundo. Si un ser divino, lector de corazones y testigo invisible, hubiese estado a mi lado desde mi nacimiento y hubiese escrito lo que había visto de mis pensamientos y de mis actos, habría compuesto una historia perfectamente igual a la que el desconocido lector declaraba imaginaria e inventada por él. Todas las cosas más pequeñas y secretas estaban registradas, y ni siquiera un sueño, o un amor, o una vileza escondida o un cálculo innoble habían escapado al escritor. El terrible libro contenía inclusive hechos y matices de pensamiento que yo mismo había olvidado y que solamente ahora, al oírlos, recordaba.
Mi confusión, mi pavor, provenían de esa exactitud impecable y de esa inquietante escrupulosidad. Yo no había visto jamás a ese hombre; ese hombre afirmaba no conocerme. Yo vivía muy solitario, en una ciudad adonde nadie acude si no es llevado por el azar o la necesidad, y a ningún amigo —si acaso los tenía— había confiado mis aventuras de cazador de engaños, mis viajes de ladrón de almas, mis ambiciones de voluntario de lo inverosímil.
Jamás había escrito, ni para mí ni para los demás, una relación completa y sincera de mi vida, y justamente en esos días estaba fabricando unas fingidas memorias para permanecer oculto a los hombres inclusive después de la muerte.
¿Quién, pues, podía haber dicho a ese hombre todo lo que narraba sin pudor y sin piedad en su odioso libro encuadernado en papel antiguo del color de la herrumbre? ¡Y él afirmaba haber inventado esa historia y me mostraba, a mí, mi viaje, toda mi vida, como una historia imaginaria!
Me sentía terriblemente turbado y conmovido, pero de una cosa estaba bien seguro. Ese libro no debía llegar a conocimiento de los hombres. Antes, era preferible que éste muriese. No podía permitir que mi vida fuese divulgada en el mundo, entre todos mis enemigos impersonales.
Esta decisión, que sentí bien firme dentro de mí, consiguió tranquilizarme. El hombre seguía contemplándome con aire espantado y casi suplicante. Habían pasado solamente dos minutos desde el momento en que cesó de leer, y no parecía haber comprendido las razones de mi turbación.
Finalmente conseguí hablar.
—Perdone, señor —le dije—, pero, ¿me asegura que esa historia ha sido inventada exclusivamente por usted?
—Justamente —respondió el enigmático lector, ya un poco sublevado—. La he pensado e imaginado durante largos años, y de tanto en tanto he efectuado algunos retoques y modificaciones en la vida de mi héroe. Pero todo es inventado por mí.
Estas palabras me inquietaron aún más, pero atiné a formular otra pregunta:
—Dígame, se lo ruego, ¿está seguro de no haberme conocido antes de hoy? ¿Jamás oyó contar mi vida a alguien que me conozca?
Ante esas palabras, el desconocido no pudo disimular una sonrisa de estupor.
—Ya le he dicho —respondió— que hasta hace poco tiempo sólo conocía su nombre y que sólo algunos días atrás me han dicho que usted suele aconsejar la muerte. Pero eso es lo único que he sabido de usted.
Era necesario que su condena no tardase en ser ejecutada.
—¿Está siempre dispuesto— le pregunté con solemnidad— a cumplir las condiciones estipuladas por usted mismo al comenzar la lectura?
—Sin ninguna vacilación —respondió con un leve temblor en la voz—. No me queda otra puerta adonde llamar, y esta obra es toda mi vida. Estoy convencido de que no podría hacer otra cosa.
—Entonces —le dije con idéntica solemnidad, atemperada por cierta pesadumbre—, debo decirle que su historia es estúpida, tediosa, incoherente y abominable.
Lo que usted llama su héroe no es más que un odioso malandrín que repugnaría a cualquier lector delicado. Y no le diré más para no ser excesivamente cruel.
Comprendí que el hombre no esperaba estas palabras y observé con espanto que sus ojos se cerraban de golpe. Mas en seguida advertí que su dominio de sí mismo era igual a su honestidad. Tornó a abrir los ojos y me miró sin miedo y sin odio.
—¿Quiere acompañarme? —preguntó con voz demasiado dulce para ser natural.
—Por cierto —respondí, y después de ponerme el sombrero salimos ambos sin decir palabra. El desconocido conservaba siempre en la mano la valijita de cuero amarillo y yo lo seguí, aturdido, hasta la orilla del río que corría desbordante y fragoroso entre las negras murallas de piedra.
Después de mirar en torno y comprobar que no había nadie con aspecto de salvador, se volvió hacia mí, diciendo:
—Perdone si mi lectura lo ha fatigado. Creo que ya nunca volveré a molestar a un ser viviente. Olvídese de mí lo antes posible.
Y en verdad éstas fueron sus postreras palabras, porque descolgándose ágilmente del parapeto se lanzó con rápido impulso al río, sin abandonar su valijita. Me asomé para verlo por última vez, mas ya las aguas lo habían tragado.
Una muchacha tímida y rubia había presenciado el fulminante suicidio, pero no pareció maravillarse mucho y siguió su camino comiendo avellanas.
Apenas entré en mi cuarto me tendí en el lecho y me adormecí sin esfuerzo, abatido y humillado por lo inexplicable.
Esta mañana me he despertado muy tarde y con una extraña impresión. Me parece estar ya muerto y aguardar solamente que vengan a sepultarme. Siento que pertenezco a otro mundo y que todo la que me circunda tiene un aire indecible de cosa pasada, concluída, sin ningún interés para mí.
Un amigo me ha traído flores y le he dicho que podía esperar a ponerlas sobre mi tumba. Me pareció que sonreía, pero los hombres siempre sonríen cuando no comprenden.

José B. Adolph - "El anti-bestseller"

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Autor (novelista, cuentista, autor teatral, poeta y periodista) peruano de origen alemán. Aunque suele ser tenido por un autor de ciencia ficción, la verdad es que su obra es mucho más que amplia y variada. Sus trabajos son irreverentes, inesperados. No se tomaba muy en serio a sí mismo (eso dijo en varias entrevistas) lo que le permitió acercarse al mundo con humor e ironía.

¿Cómo era la canción de los Beatles?
¿All you need is love?
¿Es cierto? ¿Todo lo que se necesita es amor?
Uno quisiera creerlo, sobre todo cuando está enamorado y los fantasmas acechan.
Fantasmas ectoplasmáticos pero otros, menos gaseosos, también.
¿Qué destruyó al amor de Romeo y Julieta y a ellos mismos?
La guerra entre Capuletos y Montescos, se dirá.
O el mundo. O la envidia de los emocionalmente estériles. O la represión.
O la buena suerte.
¿Cómo?
¿La buena suerte?
Sí, la buena suerte.
Olvidemos a Shakespeare, ese magnífico autor de bestsellers. Apliquemos simplemente una pizca de experiencia no-literaria y otra pizca de sentido común.
Con experiencia y sentido común no se fabrican bestsellers, ni los buenos ni los malos. No se fabrican con realidades ni con sueños desmesurados. Los bestsellers se fabrican con deseos modestos. Con sueños ocultos, vergonzosos y frustrados.
He aquí algunos:
El amor eterno. La fortuna bien o mal obtenida pero bien aplicada. La superación individual de barreras como la raza, la clase, la religión o la familia hostil.
La casita en Canadá. La victoria del bien. La derrota del mal.
Cambiemos el nombre de Romeo por el mío y el de Julieta por el tuyo.
No tenemos catorce años ni vivimos en Verona.
Tenemos, respectivamente, treinta y ocho y veintinueve ¿okey?
Okey.
Vivimos en Lima, Perú, ¿okey?
Okey.
No hubo familias opositoras, ni guerras o revoluciones que nos separaran como al Dr. Zhivago y a su noviecita. Yo no era ni soy pobre. Tú tampoco. Y no somos obscena y peligrosamente ricos. Nada nos separa; nada nos exige sacrificios.
Tampoco apareció, como caído del cielo o subido del infierno «el otro» o «la otra». Ninguna penosa y destructiva enfermedad interfiere. Es imposible que algún terrible día descubramos, como en una telenovela clásica, que en realidad somos hermanos: nacimos en continentes diferentes.
No hay espada de Damocles alguna sobre nuestras cabezas.
Somos una versión olvidable de Romeo y Julieta.
No tuvimos suerte.
En vez de morir continuamos. Nos casamos. Fuimos felices. Hemos sido bendecidos, como suele decirse, con un par de hijos lindos e inteligentes. Nuestros suegros y suegras nos aman. Nuestros amigos nos envidian. Nos llaman la pareja perfecta.
Entonces:
¿Por qué nos odiamos, después de aburrirnos y antes de separarnos o asesinarnos?
¿Dónde falla la vida y dónde la literatura?
Shakespeare fue inteligente. Los mató a tiempo.
Una muerte espectacular, sangrienta, teatral.
Ningún lento gotear de los años.
Nada de «buenos días» por encima del periódico del desayuno.
Sin el «¿y?» de los minutos sobreextendidos. Sin los chistes repetidos y la nostalgia rutinaria. Sin empujar el coche de los gemelos ni, después, el de los nietos insoportables. Sin el «ya lo sé» del almuerzo.
¿Imaginas a Romeo y Julieta vagando por el parque, entre escatológicas palomas, desesperados por una banca? ¿Sacando por turnos la basura? ¿Buscando los guantes de goma para lavar los platos?
¿Dónde quedó el bestseller, dónde la tierra prometida?
¿All you need is love?