Giacomo Leopardi - "Diálogo entre un vendedor de almanaques y un transeúnte"

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Poeta romántico y filósofo italiano. Su obra, de gran sensibilidad, siempre muestra un profundo pesimismo. Gran estudioso de los antiguos, hereda de ellos una simplicidad y una extrema claridad en las formas que le llevan a un alto grado de perfección lírica. Sin embargo, la profundidad de sus reflexiones sobre la existencia hace de él también un filósofo que más tarde será considerado como un precursor del existencialismo.
También escribió ensayos filosóficos, como Opúsculos morales (1827), un escrito en forma de diálogo en el que aparecen expuestas sus ideas acerca de la desesperación. Este diálogo es uno de ellos. La versión es la de Luz Freire.

VENDEDOR. ¡Almanaques, almanaques, almanaques nuevos! ¡Calendarios nuevos! ¿Un almanaque, señor?
TRANSEÚNTE. ¿Son para el año nuevo?
VENDEDOR. Sí, señor.
TRANSEÚNTE. ¿Crees que tendremos un año nuevo feliz?
VENDEDOR. Sí, caballero, sí, por supuesto.
TRANSEÚNTE. ¿Como el año que acaba de pasar?
VENDEDOR. Más, más todavía.
TRANSEÚNTE. ¿Como el anterior?
VENDEDOR. Más todavía, caballero.
TRANSEÚNTE. ¿Como cuál, entonces? ¿No te gustaría que el año nuevo fuera como alguno de estos últimos años?
VENDEDOR. No, señor, eso no me gustaría.
TRANSEÚNTE. ¿Cuántos años nuevos pasaron desde que empezaste a vender almanaques?
VENDEDOR. Van a ser veinte años, caballero.
TRANSEÚNTE. ¿A cuál de esos veinte años te gustaría que se pareciera el año que viene?
VENDEDOR. ¿Cuál me gustaría a mí? No, no sabría decirle.
TRANSEÚNTE. ¿No recuerdas alguno en especial, que te haya parecido feliz?
VENDEDOR. La verdad, no, caballero.
TRANSEÚNTE. Pero la vida es bella, ¿no es cierto?
VENDEDOR. Eso ya se sabe.
TRANSEÚNTE. ¿No volverías a vivir esos veinte años, e incluso todo el tiempo que pasó desde que naciste?
VENDEDOR. ¡Ah, estimado señor, ojalá se pudiera!
TRANSEÚNTE. Pero ¿si tuvieras que volver a vivir la vida que ya viviste, exactamente igual, con todos sus placeres y dolores?
VENDEDOR. No, no, eso no quisiera.
TRANSEÚNTE. ¿Y qué otra vida quisieras volver a vivir? ¿La vida que tengo yo, o la del príncipe, o la de algún otro? ¿No crees que tanto yo como el príncipe o cualquier otro responderíamos igual que tú, con esas mismas palabras, que si tuviéramos que repetir lo ya vivido, no nos gustaría volver al pasado?
VENDEDOR. Bueno, sí, eso creo.
TRANSEÚNTE. Entonces, ¿no volverías atrás, si la condición es ésta y no otra?
VENDEDOR. No, señor, en serio, no volvería.
TRANSEÚNTE. ¿Qué vida quisieras, entonces?
VENDEDOR. La vida que Dios me diera, sin otras condiciones.
TRANSEÚNTE. ¿Una vida librada al azar, sin saber nada de antemano, como no se sabe nada del año nuevo?
VENDEDOR. Sí, así es.
TRANSEÚNTE. Lo mismo quisiera yo si pudiera vivir de nuevo, y creo que todos. Esto indica que el azar, en lo que fue del año, trató mal a todo el mundo. Y se ve claramente que cada uno opina que el mal fue mucho mayor y mucho más grave que el bien que le tocó en suerte. Si la condición para recuperar la vida desde el comienzo incluyera todo lo malo y lo bueno, a nadie le gustaría volver a nacer. La vida bella no es la que se conoce, sino la que no se conoce. No es la vida pasada, sino la futura. Con el año nuevo, el azar nos tratará bien a los dos, y a todos, y comenzará la vida feliz. ¿No es cierto?
VENDEDOR. Espero que sí.
TRANSEÚNTE. Entonces, muéstrame el almanaque más bonito que tengas.
VENDEDOR. Tome, caballero. Son treinta centavos.
TRANSEÚNTE. Aquí los tienes.
VENDEDOR. Gracias, caballero, hasta pronto. ¡Almanaques, almanaques nuevos! ¡Calendarios nuevos!

Grace Paley

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Ésta es una muestra de la cara menos conocida de Grace Paley, la poesía.
La versión es de Isabel Lucio-Villegas y Luis Marigómez.

Es responsabilidad
Es responsabilidad de la sociedad dejar al poeta ser poeta
Es responsabilidad del poeta ser mujer
Es responsabilidad del poeta ponerse por las esquinas repartiendo
          poemas y octavillas hermosamente escritas
          también octavillas que casi no se pueden mirar
          por su retórica chirriante
Es responsabilidad del poeta ser perezoso en pasar la vida y profetizar
Es responsabilidad del poeta no pagar impuestos de guerra
Es responsabilidad del poeta entrar y salir de torres de marfil y
          apartamentos de dos piezas en la avenida C y
          en campos de alforfón y en campamentos del ejército
Es responsabilidad del poeta varón ser mujer
Es responsabilidad del poeta hembra ser mujer
Es responsabilidad del poeta decirle la verdad al poder
          como la dicen los cuáqueros
Es responsabilidad del poeta aprender la verdad de los débiles
Es responsabilidad del poeta decir muchas veces: no hay libertad
          sin justicia y esto quiere decir justicia amorosa y
          justicia económica
Es responsabilidad del poeta cantar esto en todos los modos
          originales y los tradicionales de cantar y recitar
          poemas
Es responsabilidad del poeta escuchar las charlas y transmitirlas
          a la manera de los narradores que decantan las
          historias de la vida
No hay libertad sin miedo y valentía. No hay libertad a menos que
          sigan tierra y aire y agua y los niños también sigan
Es responsabilidad del poeta ser mujer para echar un ojo a este
          mundo y gritar como Casandra, pero siendo
          escuchada esta vez.

Jeff Hanneman

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El pasado día 2 falleció Hanneman, guitarrista de Slayer (y aquí sin enterarnos de que otra música es posible).

Cellero - "¡REVOLUCIÓN!"

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Carlos Alba (Cellero) ye cuentacuentos, monologuista, actor y periodista. Como narrador y cuentacuentos fai campañes escolares pa sofitar les asignatures de llingua asturiana en delles escueles de conceyos estremaos. Ye, en comuña con Vanessa Peña, ún de los pioneros na igüa d´espeutáculos pa bebés.
Tá empeñau en recuperar y anovar el Monologuismu Cómicu Asturianu, esti xéneru teatral únicu nel nuesu entornu. Pa ello pon en pie espectáculos de monológos que tien representau n´Asturies y fuera d´ella, ya imparte taller d´Aniciu al Monologuismu. Les sos pieces traten dende´l mundu rural más antiguu hasta les coses que pasen talmente´l día la representación.

El texto, aunque etiquetado como cuento, es en realidad un monólogo, un género escénico popular del que se conocen textos desde el siglo XVII y que es una evolución de monólogo bufonesco medieval y de la Comedia del Arte. El monologuista, junto al gaitero y al tambor, eran quienes amenizaban tradicionalmente las romerías de los pueblos en Asturias.
Este texto se encuentra recogido en el volumen "Del chigre" de 2006.

Taba yo camentando cuando la cabera güelga xeneral cómo podía facela. Nun trabayo, pero yo quería que se notara que taba en güelga. Púnxeme a pensar: «A ver, daqué que faiga yo tolos díes, daqué que faiga yo tolos díes, pa dexar de facelo. ¡Yá ta! ¡Beber! Yo llapio tolos díes. Home, tamién cago tolos díes, pero nun diba dexar de cagar por pone-me en güelga». Asina qu'ellí taba yo, na manifestación del pueblu, na primer fila, cola botella d'agua na mano, glayando:
—¡Cellero ta en güelga! ¡Cellero güei nun bebe! ¡Cellero ta en güelga!
Agora bien, yo bebo vinu y púnxeme servicios mínimos de güisqui.
Y falando so les güelgues, cómo camudaron col tiempu. Acuérdome lo que me contabal mio güelu so les güelgues d'enantes. Mio güelu, el que nun yera Cellero, yera d'un pueblín de Samartín del Rei Aureliu. Resulta que cuando la xente entamó colo del trabayu nes mines, manteníen tamién les vaques. Yeren obreros «mistos», como los llamen los estudiaos. Y, ¿qué pasaba? Que cuando llegabal branu hebía munchu llabor: ente'l trabayu de la herba, les vaques, la mina y la cantidá de fiestes daqué había que dexar. Axuntáronse en conceyu los que trabayaben col mio güelu, yeren namás ochu o nueve que taben nun chamizu, aislaos, nun había nin sindicatos. Aconceyáronse y daquién dixo:
—Esto nun pue ser, dalgo hai que dexar, que sinón vamos quedar frayaos del branu.
Punxéronse camentar:
—Home, les vaques son nueses, les fiestes nun les vamos dexar... pues dexamos la mina, que ye del patrón y amás pa lo que nos paga...
—¿Y qué vamos facer n'ochobre cuando necesitemos el trabayu na mina otra vegada?
Entós daquién dixo (pémeque ún que taba viaxáu, diba a Sotrondio dacuando en vez):
—¡Yá ta! ¡Vamos ponemos en güelga!
—¿Y qué ye eso?
—Eso ye nun dir a trabayar y golver llueu tres del branu.
—¡Vaya chollu!
Colaron toos pa en ca'l patrón (yera'l Marqués de la so Puta Madre o dalgo así, per parte de pá, per parte de ma yera fíu puta direutamente) y ellí'l mio güelu, que yeral cabezaleru, dixo:
—¡Oye, patrón! Que venimos dicite que tamos en güelga tol branu.
—¿Por qué? –retrucól patrón.
Ellos güeyaron los unos pa los otros (Pausa.)
—Porque nos sale los coyones.
—N'home non. Eso nun ye asina. Paez mentira que vos lo tenga de dicir yo. Una güelga tenéis que la facer por un motivu, tenéis que pidime a mi daqué... y que yo nun vos lo dea.
—Bueno, pues mañana venimos pa dicite qué ye lo que queremos.
Llegaron al otru día pa en cal patrón:
—Oye, patrón, que queremos trabayar la mitá, ganar el doble y cases con piscina y aire acondicionáu.
—¡Pero si n'Asturies llueve y fai fríu!
—¡Pues aclimatizada, por tontu!
Asina qu'aquel branu pasáronlu perbién. Los patronos esmolgaron pola situación. Llegaron especialistes de la economía, de los qu'estudien pa xustificar a los burgueses. Y dixeron: «A estos mineros hai que quitayos les tierres. Hai que finar coles caseríes. Pa que nun dependan más que del salariu. Equí de mistos nada, obreros dafechu». Cagon mio ma, tanto estudiar pa dicir eso...
Como los homes taben tolos díes, depués de trabayar na herba, de mangaes peles romeríes, los piquetes facíenlos les muyeres. (Mazcando la pallabra y enanchando los brazos) Les-mu-ye-res. La mio güela Teresona. Que si la atopabes de frente yera meyor dar un blincu pa saltotiala que arrodiala, tardabes menos. Llega ñacer güei y la semaya'l carné tienen que sacá-yla vía satélite. Yera bu-rra... Allugó un día al mélicu, güeyó pa un mapín d'esos del cuerpu humanu y entrugó-y: «¿Por quéyos llamen «penes» colo gayoleres que son les mingues?». Mio güela Teresona facía los piquetes con otres muyeres. Si güeyaben ún que diba trabayar:
—¡Eh, tu! ¡Tu, sí! ¿Aú vas?
—Non, yo... diba dar una vueltina.
—¿Y el picu? Ah... nun me diera cuenta, el vezu...
Cualaquier-yos dicía dalgo. Amás yo nun sé por qué sedrá que los esquiroles siempre tan afamiaos y escuchimizaos. Aquel branu trayeron paisanos de nun sé ónde pa trabayar y encuantes que finól branu mio güelu y los sos collacios tornaron pa la mina, pa encima cobrando menos.
(Cellero echa una vaqueirada:)
Siempre que hai una güelga
salten los mesmos zoquetes
tratando de criminales
al obreru y sos piquetes.
Asina que pal añu siguiente tuvieron que pensar n'otra cosa. Aconceyáronse otra vegada los del chamizu'l mio güelu:
—Oyi, daqué hai que facer, que vien el branu y nun pue ser con tantu trabayu y tanta folixa.
Entós ún que taba un poquiñín más viaxáu, creo que diba dacuando en vez hasta Mieres, dixo:
—¡Yá lo tengo! ¡Vamos despropia-y la mina!
—¿Qué ye eso?
—Pues que la mina pasa a ser de nós, y asina podemos zarrala pel branu.
—¡Vaya chollu!
Colan pa en ca'l patrón:
—Oye, patrón, esta mina queda nacionalizada. Esta mina ta despropiada.
El patrón, sele, retrucó-yos:
—¿Y qué alegáis?
Güeyáronse unos pa otros (Pausa):
—Que somos más. Tamién nos sal de los coyones. Eso siempre.
—N'home non. Eso nun ye asina. ¿Qué pensáis, qu'ún puede despropiar asina como asina? Magar que me despropiarais, diba venir depués l'exércitu, que ta la llei de la mio parte. Anque despropiarais toles mines d'Asturies nun dibais ser quien a sobrevivir. Diban ponevos un bloquéu y nun dibais poder vender el carbón y dibais arruinavos y pasar más fame qu'agora. ¡Tendríais que facer la revolución pa poder quitame la mina dafechu! (Faciéndose'l chulu). ¿Qué vos creeís, ho? Que toi defendíu.
—Mañana venimos y dicímoste si facemos la revolución.
Colaron d'ellí y al día siguiente:
—Oye, patrón, que mira, que vamos despropiate igual. Vamos date dos opciones: una, que te quitemos la mina. Otra, que nos la deas.
—¡Si ye lo mesmo!
—N'home non. Si nos la das igual llegues pa casa y enfocica la muyer contigo, y si te la quitamos dámoste unes hosties y asina llegues pa casa ensiñando les feríes: «Defendí lo mío, defendí lo mío». Y quedes como un valiente. Amás vamos date trabayu. De guahe, claro, nun sabes facer otra cosa...
Esi branu dexaron la mina mediu abierta, baxo mínimos. Diba ún cada día a trabayar, xunto col patrón, que facía de guahe. Diba trabayar al día siguiente quien garrare la moña más ruina, quien bebiere menos. Pero ún que yera mui ñarru, mui ruin, dixo qu'había que dividir los llitros d'alcohol entel pesu, que si non siempre perdía elli. Aquella vegada acabóse porque llegó l'exérci-tu:
—O devolvéis la mina, o vos frayamos.
—¡Vale, ho! Tampoco yera pa ponese asina, por una mina de nada.
Polo menos pasaron aquel branu, pero camentaron:
—Va tener razón el patrón. Vamos tener que facer la revolución.
(Cellero entona otra vaqueirada:)
Dicen los economistes
que m'aperte'l cinturón.
Pero yo digo qu'aperten
el bandullu del patrón.
Pasaron los años, yá había sindicatos, partíos, la cosa taba yá ferviendo. Y nestes algamóse la República, entós los partíos y sindicatos diden: «Esperái, que cola República nun fai falta revolución». Y la xente retrucaba: «Pero si tamos igual. Si vivimos fatal». Pero d'esmenu camudó la cosa porque aportó Gil Robles al gobiernu, y el facismu taba yá n'Alemania y n'Austria. Y Gil Robles entamó dicir:
—Equí hai que cobrar menos. Hai crisis. Pa ser competitivos. (Cellero fala ca vez más rápidu y termina balbuciando). Hai que baxar los salarios pa que haiga trabayu pa toos y la inversión y la bolsa y el crack y apertase'l cinchu y blablablá responsabilidá blablablá sacrificiu pola patria bla-blablá que-vos hodan blablablá...
Ye como si yo-y digo a los mios gües:
—Vol davos la metá la comida y vais trabayar igual y amás carretando más madera. Diríanme los mios gües:
—Pues merca un tractor.
Asina que la xente quería facer la revolución. Y el PSOE, que yeral mayor partíu, dicía: «Bue-no, sí, pero non, esperái...». El PSOE como siempre: que si sí, que si non, que si OTAN sí, que si OTAN non... El PSOE ye como la mio vaca Pinta, que cuando sal de la cuadra ponse nun cruce caleyes que ta frente casa y queda parada ensin saber pa ónde tirar, si pa la mandrecha o la manzorga. Y yo glayando:
—¡Tiiiiira! ¡Vaaaaaca! Tira pa un llau, pa onde sea, pero pa un llau.
Pues el PSOE ye igual: «¡PSOOOOOE, tiiiiiira!». Y la xente ensin saber qué facer. Yo d'esto alcuérdome. El mio güelu taba yá avieyáu y yo yá diba pa mozu. Diba con él pal chigre (por entós yá me gustaben), y la xente taba ellí tomándola. Aportaben y dicíen:
—Qué... ¿habrá revolución?
—Güei paez que non.
—Bueno, pues vamos chumar un poco.
Y otres vegaes:
—Qué... ¿habrá revolución?
—¡Güei parez que sí!
—¡Pues vamos chumar pa celebralo!
Total, qu'acababen siempre encogorzaos.
Un día dixeron por fin: «¡Revolución!». Y la xente:
—¡Yá yera hora ho!
—Pues agora nun la facemos... (Pausa). Yera broma ho.
La xente llanzóse. Llevantóse tola cuenca minera, los obreros de Trubia, de Xixón, d'Avilés...
(Canciu):
Baxen los mineros
de Pola Llaviana,
tomando cuarteles
llegaron a Sama.
El cañón retumba
los fusiles cantan,
los dinamiteros
derriban murallas.
Los cuarteles rindiéndose, los mineros entrando n'Uviéu, proclamóse la República Socialista dende Mieres... Bueno, aquello yera ¡la revolución! Formóse un Gobiernu Obreru y nestes... ¡meca! (Xestu de güeyar p'atrás). ¡Que nun hai revolución! Llevantáranse en Cataluña namás, pero nun pa facer la revolución, pa facese independientes.
—Cagüen mio madre, si ye que los asturianos siempre tamos igual, too lo creyemos. Siempre los primeros.., por qué nun dexamos que la faigan los demás y llueu apuntámonos...
Y perehí que yá llegaben los del Terciu de Marruecos, y Franco, y el xeneral López Ochoa, y l'exércitu.
—¡Meca! ¿Qué facemos?
—Pues... ¡dar hosties! ¿Qué vamos facer?
Y aquello yá foi una carnicería.
(Otru canciu.)
Vaya un beneficiu grande
que fizo a España Gil Robles,
si él sigue gobernando,
si él sigue gobernando
terminaba colos homes.
En Villafría d'Uviéu
cuarentainueve familias
en les garres de los moros,
en les garres de los moros
morrieron a sangre fría.
Y entós sí que terminó eso de nun trabayar los branos y andar despropiando les mines.., de momentu.

Mary Robison - "Entrenador"

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Cuentista y novelista estadounidense. Comparte temas, la vida cotidiana, con autoras (algunas, de su misma generación) como Lorrie Moore, Amy Hempel, Deborah Eisenber o incluso Grace Paley. Lenguaje sobrio, sin adornos, para hablar, sin ningún tipo de sentimentalismo, de los problemas, de la soledad, de la insatisfacción de la gente corriente. Recibió en 2009 el premio REA, un premio que se ha concedido a los más grandes del cuento norteamericano.
Este cuento fue publicado originalmente en la revista The New Yorker en septiembre de 1981. Posteriormente fue publicado en el volumen "Dime:30 cuentos" en 2002
La versión es la de Javier Montes.

1
Calculó que solo quedaban sesenta y siete días para agosto y sus dobles sesiones de entrenamiento diario. Estaba secando los platos del desayuno. Frotó una taza de café y decidió escuchar a Sherry, su mujer, que pasaba una bayeta a los quemadores del otro lado de la cocina.
–Ya sé que no soy precisamente Renoir, pero me lo paso bien intentándolo. Y ese estudio, esa habitación, nos la podemos permitir –dijo Sherry–. No lo tomes a mal pero podría quitarme de en medio yendo allí, y quitaros de en medio a ti y a Daphne.
–Estoy pensándolo –contestó Entrenador.
Sherry pasó de un quemador al siguiente. Deslizó la bayeta sobre el reloj del horno.
–Estás pensando demasiado despacio –dijo–. Tu periodista viene a las nueve, y ya son las ocho pasadas. ¿Les doy una fianza para el estudio o no? ¿Sí o no?
Entrenador miraba fijamente el fregadero y el hilo de agua que manaba de uno de los grifos. Recordó un lugar al que solían ir en Pensilvania junto a un lago. Vio el agua verde surcada por una motora. La motora tiraba de Sherry, rubia y alegre sobre sus esquís. Su espalda redondeada y fuerte, su traje de baño de un rojo brillante.
–Por supuesto, por supuesto. Dales el dinero –contestó.
Su hija, Daphne, entró en la cocina. Era una chica de pelo oscuro, aspecto perezoso, quince años; sus ojos desaparecían bajo el flequillo. Abrió de par en par la puerta de la enorme nevera.
–No te apoyes en la puerta –dijo su madre.
–¿Qué andas buscando? –preguntó Entrenador.
–Comida, básicamente –respondió Daphne.
La mujer de Entrenador salió al pequeño patio de detrás de la cocina. Empujó la puerta de cristal y la cerró de golpe.
–Come y corre –le pidió a Daphne–. Tengo un periodista que viene dentro de nada. Vístete. –Habló firmemente, pero con la voz baja que siempre usaba con su hija.
–Sí, señor –dijo Daphne. Abrió el congelador y se agachó para que la portezuela pasara por encima de su cabeza–. Mala pinta. Aquí solo quedan Eggos –dijo.

–Tómate los Eggos. Es lo que comí yo. Pero date prisa –repitió Entrenador.
–¿No puedo quedarme cuando venga ese tío? –preguntó Daphne.
–¿Qué tío? ¿El periodista? No. Solo es alguien de la universidad, Daph. Viene a ver si el nuevo entrenador de los novatos tiene dos cabezas, o ninguna.
–Ey, mira –dijo Daphne. Sopló hacia el congelador y se formó una pequeña ráfaga de vaho.
Entrenador recordó una noche de otoño, una noche de viernes de partido mucho tiempo atrás, cuando puso a Daphne sobre el campo de juego. Eran las ceremonias previas al partido que su equipo, imbatible, había ganado a los del Instituto Ignatius South. Noche de padres. Le había puesto a Daphne unas hombreras, la había envuelto en una sudadera de entrenador, con el número ½, y había colocado el casco de Tim o de alguien sobre su cabecita de ocho años. Ella desapareció bajo aquel atuendo: era un pequeño montón de material deportivo que exhalaba ráfagas de vaho de vez en cuando.
La niña aplaudió cuando los altavoces anunciaron su nombre. Una voz, vibrante por la amplificación y el eco, gritó:
–La hija de nuestro entrenador Harry Noonan y de su encantadora esposa: con el número uno y medio... ¡Daphne Noonan!
Luego permaneció de pie en medio de la luz de los focos mientras los jugadores y sus padres pasaban a su lado al ser presentados. Los jugadores parecían sombríos en su atuendo de guerra; los padres, disminuidos y con aire de pedir disculpas en su ropa de diario. Uno de los capitanes del equipo, impresionante con sus rodilleras y sus zapatillas de tacos, echando humo tras la carrera de calentamiento, tocó juguetón el gran casco de Daphne y lo giró hacia un lado.
A sus espaldas, Entrenador oyó un gran «¡Ja ja ja!» en las gradas mientras Daphne giraba sobre sí misma, intentando colocarse bien el casco. Su ojo izquierdo brillaba a través de uno de los agujeros para las orejas, recordaba Entrenador.
–Dios, qué gracia –decía la multitud. Y–: La hija del entrenador.

En el porche, su mujer practicaba una serie de ejercicios de tenis. Enmarcada por las puertas de cristal, inclinaba su torso a un lado y a otro, entre Entrenador y la luz de la mañana. A través de la trama de su caftán, él podía distinguir la silueta blanca que dejaba ver su traje de baño.
–Sabía que no me dejarías quedarme –dijo Daphne. Se había servido un vaso de leche con cacao y pelaba un plátano–. Seguro que mamá se queda.
–Daph, esto no es nada. Ya hemos pasado por ello muchas veces antes –explicó Entrenador.
–No para el periódico de una universidad –comentó Daphne–. Espera un segundo, vuelvo ahora mismo.
Salió de la cocina.
–Contendré el aliento y contaré mis latidos –dijo Entrenador.
Eran nuevos en la pequeña ciudad, nuevos en Ohio. Entrenador iba a hacerse cargo del equipo de los de primer curso. Era una liga en la que los novatos no podían ser elegidos para el primer equipo. Había aceptado el trabajo sin saber si era un paso adelante o una decisión arriesgada. Pagaban regular. Pero quería un ambiente universitario para su familia, especialmente para Daphne. Ella había empezado a perder interés en la limitada fama que se alcanzaba en los pueblos donde había institutos. Se aburría en las cenas de espaguetis dominicales que los Noonan organizaban para los jugadores destacados. Había dejado de acercar los platos a los chicos, algunos todavía magullados tras el partido. Incluso había dejado de llevar el brazalete mágico que sus padres habían armado para ella: una pulsera de plata con un megáfono diminuto, el número 68 (un año en que se ganó el campeonato de liga) y, por supuesto, un balón de rugby en miniatura.
Entrenador se sentó a la mesa de la cocina. Fue comiendo uvas de un cuenco. Se echó en la palma de la mano un poco de germen de trigo envasado. Sobre la mesa se veían cuatro archivadores voluminosos con el sello de la universidad impreso sobre las tapas de imitación de cuero. Aún le resultaban ajenos. Eran sus cuadernos de juego, y le estaba costando meterse en la cabeza el nuevo sistema táctico.
–¿Puedes apagar la radio? –aulló.
El estruendo del cuarto de Daphne en el piso de arriba cesó. Un minuto más tarde estaba de vuelta en la cocina. Llevaba una carpeta de cartón y varios libros de texto.
–¿Podrías mirar esto y echarme una mano? –preguntó–. ¿Sabes hacer éstas?
Él echó una ojeada a uno de sus papeles. Estaba cubierto de ecuaciones de álgebra garabateadas a lápiz, sucias de borrones y tachaduras.
–Tendría que mirar el libro; pero no, ni siquiera. Ni ahora ni luego. No quiero y no tengo tiempo.
–Genial –dijo Daphne–. Y la señora Genio de las Matemáticas me dijo: «Hazlo tú sola». Bueno, pues no puedo.
–Tu madre y yo ya hicimos nuestros deberes de álgebra, Daph. Ya los entregamos. En 1956. Ella sacó una A, y yo una C.
–¡Mamá! –gritó Daphne mientras empujaba la puerta de cristal.
–Si es por los deberes, ni lo pienses –dijo Sherry.
–No acabes cediendo –comentó Entrenador–. Te conozco. La última vez se lo hiciste todo excepto pasar los exámenes por ella, y aun así suspendió. Ahora son clases de recuperación, y lo tiene que hacer ella sola.
–Pero no sé hacerlo –dijo Daphne.
–Y, aparte de eso, tengo mis propios deberes –añadió Entrenador mientras fruncía el ceño ante sus cuadernos.

2
Toby, el chico que habían enviado de El rastreador para entrevistarle, iba sin afeitar y tenía la mirada borrosa. Llevaba un polo arrugado de color cereza y unos vaqueros descoloridos. Hacía las preguntas con aire cansado, arrastrando las palabras. Por dos veces bostezó mientras Entrenador contestaba. No tomó notas.
–A ver, ¿te estás enterando? –acabó preguntando Entrenador.
–Oh, sí, esto se escribe solo. Soy un profesional –contestó Toby. Entrenador no supo si estaba bromeando–. Así que lleva poco tiempo aquí. Qué suerte –añadió Toby–. Menos de un mes.
–¿Eso es una pregunta? Parece menos de un mes... menos de una semana. Parece que llevo aquí un día y medio –dijo Entrenador.
Se había puesto unos pantalones de deporte blancos y un jersey marrón con una franja amarilla alrededor del cuello, los colores de la universidad. Había comprado el jersey en Mundo Campus. Las prendas, ajustadas, le favorecían dejando adivinar su estómago plano y sus anchos hombros. Toby y él estaban sentados en los extremos del sofá de la sala.
–Y se ha comprado esta casa, ¿verdad? –preguntó Toby. Se puso de pie–. Bueno, lo crea o no, tengo bastante material para un par de palos. Eso son dos columnas para nosotros, la gente de la prensa. Si está en casa mañana, vendrá una chica a hacerle una foto. Marcia. Es una pesada, le aviso.
–Una cosa sobre esta ciudad: no hay aceras y los coches no te dejan mucho sitio si sales a correr –dijo Entrenador, levantándose también.
–Cuando hago dedo me pongo un poncho naranja de seguridad y ondeo una bandera roja y me pinto una gran aspa blanca en la espalda –explicó Toby–. Aunque sé que así lo único que consigo es convertirme en una presa más fácil para los que se saltan el límite de velocidad.
–Yo ahora corro en la pista de atletismo. Son buenas instalaciones, a la altura de las Diez Grandes. Me gusta el diseño –dijo Entrenador.
–Vale, pero la entrevista ha terminado –contestó Toby.
–Bueno, recuerda que vengo de trabajar en institutos. En Indiana y en Pennsylvania. Buenas escuelas con buenos presupuestos, pero institutos al fin y al cabo.
–Ya, ya, ya he pillado de dónde viene –dijo Toby.
–¿Necesitas saber qué asignaturas voy a dar? En el primer trimestre me han dado dos. El Eje Atlántico y Notas sobre el desarrollo industrial europeo, creo. Antes siempre había enseñado Historia Universal. Y Orientación Profesional alguna que otra vez.
–Esa asignatura que va a dar, la 381, es una maría, por si nadie se lo había dicho. Es lo que llamamos «hora de comer» –explicó Toby.
–Más bien una clase de refuerzo –dijo Entrenador.
Daphne pasó de pronto del vestíbulo a la sala. Su pelo negro lucía recién cepillado y crepitaba con electricidad estática. Entrenador encontró que sus ojos parecían más grandes de lo normal, y las pestañas tenían un poco de rímel.
–Ya te ibas, ¿no, fiera? –preguntó Entrenador.
–Busco un lápiz –contestó Daphne.
–¿Te llamas fiera de verdad? –preguntó Toby.
–Coge tu lápiz y lárgate. Éste de aquí es Toby. Toby, ésta es Daphne –dijo Entrenador.
–Encantada –saludó Daphne. Se dejó caer en una butaca del otro extremo de la sala.
–¿Puedes oírnos desde ese condado? –inquirió Toby–. ¿Puedes leer mis labios? –gritó.
Daphne sonrió. Entrenador vio su flequillo y sus dientes blanquísimos.
–Bueno, Daphne, sigue a lo tuyo –dijo.
–Tengo un chiste para ella –dijo Toby–. ¿Qué es verde y se mueve muy rápido?
–Una rana en la licuadora –respondió Daphne–. ¿Papá? Unos amigos me han invitado a nadar en el Natatorium. ¿Puedo?
–Tienes que ver el Nat. Es lo más –dijo Toby.
–Pero ¿y tu clase? Da clases de perfeccionamiento, Toby. Está poniéndose al día con el álgebra que no cogió a la primera. Toby arrugó la nariz.
–¿Álgebra? ¡Bah! Al principio pensé que me hablaba de clases de autoperfeccionamiento. Lápiz de labios, colorete; esas cosas.
–Ojalá –dijo Daphne. Dejó caer la sandalia de cuero de su pie izquierdo y se acarició distraídamente los dedos.
–Nadar la vuelve loca –comentó Entrenador.
–Te aburrirás tanto aquí... –le dijo Toby–. La mayor parte de las noches las posibilidades son pedir pizza o cortarte las venas. Ésas son las opciones de lo que se puede hacer aquí.
–Sí, claro –respondió ella, incrédula.
–Hazle caso a Toby –dijo él, despidiéndose con la mano.
Entrenador acompañó a Toby hasta la puerta principal y se quedó mirando hasta que se perdió de vista calle abajo.
–Era simpático –dijo Daphne.
–Jo, Daph. Eso es lo que dices de todo el mundo. Me parece que podrías decir otras cosas... mejor encarriladas.
–Supongo que estás loco –comentó ella.
Entrenador se fue a la cocina, de vuelta a sus cuadernos. Daphne le siguió.
–¿Verdad? –preguntó.
–Supongo que te pareció guapo –dijo Entrenador. Hojeó algunas páginas mecanografiadas, haciéndolas pasar en sus anillas–. No quiero escandalizarte, pero ahí perderías el tiempo. Estarías intentando encender un fuego con una cerilla blanda y mojada.
Daphne se quedó mirando a su padre con los ojos muy abiertos.
–¡Estás enfermo! –exclamó.
–No estoy criticándole por eso. Solo te aviso –dijo Entrenador.

3
–Esto está equivocado –dijo Entrenador con tristeza. Siguió leyendo–. Oh, no –añadió.
Dejó caer el periódico en el agua del baño y arrojó las páginas mojadas a una esquina.
Su mujer le pasó un ejemplar seco, otro de los diez o doce ejemplares de El rastreador que Daphne había traído a casa. Sherry estaba sentada junto a Entrenador, en el borde de la bañera, apoyando la espalda contra el muro de azulejos.
–Bueno, anímate –dijo–. Seguramente nadie lee un periódico gratuito.
Entrenador plegó el periódico seco hasta formar una especie de óvalo alrededor del artículo de Toby.
–Vale, no fui entrenador jefe en Elmgrove, y desde luego no fui Phi Beta Kappa. La foto es fea, muy fea –dijo Entrenador.
–Parece que tienes una cabeza enorme.
–Nunca estuve en Mount Holyoke. ¿De dónde se sacó eso? Y no eché tantas pestes de las aceras.
–Ah, ¿no? Pues es una pena. Me pareció lo mejor del artículo –comentó Sherry.
Entrenador se deslizó más profundamente en el agua tibia, hasta que le llegó a la barbilla. Mantuvo el periódico en seco.
–¡Ah, venga, ponte de mi lado! –gritó–. ¿Es que no tienen supervisores en periodismo? No entiendo cómo pudo colar esto. Es una chapuza increíble.
–Solo es una birria de artículo en un periodicucho, Entrenador –opinó Sherry–. ¿Qué más te da? Hubiera dado igual que dijese que somos una familia de color naranja brillante y con escamas.
–No se le ocurrió, o lo hubiera dicho. Esto me duele –dijo Entrenador.
–A Daph le ha gustado –dijo Sherry.
Entrenador golpeó con desgana el agua de la bañera con la mano.
–Esto lo leen en el departamento de rugby. Me voy a pasar mi primer año aquí explicando que es todo mentira.
–Miente –le aconsejó su mujer–. ¿Quién va a darse cuenta?
–Y claro que a Daphne le ha gustado. Dice que es «mona», o algo así. La hija de los Noonan, tan mona, está matriculada en el Instituto Flippo –dijo Entrenador.
–«Pizpireta», –pone–. «La morenita pizpireta» –corrigió Sherry.
–Daphne no es tan bajita –dijo Entrenador.
–Creo que al final quien acabará saliendo malparado de esto es ese periodista –dijo Sherry.
–Le mataría –comentó Entrenador–. Entonces sí que saldría malparado.

4
A Entrenador le quedaba poco más de un mes para los entrenamientos. Estaba sentado en una postura rara sobre un taburete de metal, ante una de las mesas blancas de la terraza de Helados y Escarchados. A su lado, Daphne defendía su cucurucho de helado de café del calor de primera hora de la tarde. Ladeaba su cabeza a un lado y otro, dando lametones a la bola de helado.
–No dices nada –dijo Entrenador.
–Espera –pidió Daphne. Siguió manos a la obra con su helado.
–Ya estoy esperando.
–Si queréis separaros, no es asunto mío –dijo.
Un Pontiac nuevo color azul cielo salió de la autopista, entró en el aparcamiento, se deslizó sin esfuerzo sobre la gravilla y ocupó la plaza frente a la puerta. El chico que lo conducía le resultó familiar a Entrenador. Los hombros tenían buena pinta. La pareja en el asiento de atrás, los padres del chico, pensó Entrenador, estaba hablando a la vez.
–¿He malgastado mi aliento para nada? –preguntó Entrenador–. No nos separamos. No tiene nada que ver.
–Vale, no os separáis –dijo Daphne. Detuvo su ofensiva contra el helado para mirar al chico que salía del Pontiac. Un grumo de helado se escurrió entre sus nudillos y resbaló muñeca abajo.
–Se te está escapando, campeona –comentó Entrenador.
Daphne lamió el cucurucho y su mano para mitigar los daños.
–Maldita sea, si fuera un problema serio... tu padre no te hablaría de él en un Helados y Escarchados –dijo Entrenador–. Ese piso que ha encontrado tu madre es como una oficina o algo así. Un sitio al que puede escaparse de vez en cuando. Ese chico está en mi equipo. ¿Cómo diablos se llama?
Se quedaron mirando al muchacho mientras preguntaba a sus padres qué querían. Luego entró en Helados y Escarchados. Parecía más corpulento y más alto que el resto de los clientes. Fuera de escala. Su trasero y sus caderas traslucían puro músculo.
–¡Bobby Stark! –exclamó Entrenador, y lanzó una rápida sonrisa al Pontiac. Se giró hacia su hija.
–Quiere huir de nosotros –dijo Daphne.
–En absoluto. Me dio una lista, así empezó todo. Hay cosas que quiere hacer, y tú con tus problemas de la escuela y yo con el equipo somos demasiado para ella. Podría pasarse el día entero ocupándose de nosotros, sin un solo segundo para ella misma. Si lo piensas fríamente lo entenderás.
–Ese tío parece tonto. Un tonto de los de verdad –dijo Daphne.
–¿Mi mediocentro? No lo es. Fue el portavoz de su clase –explicó Entrenador.
–No sabe quién eres.
–Le da vergüenza. ¿Podemos centrarnos en lo nuestro, Daphne?
Ella suspiró y se acercó hasta una de las papeleras para tirar el resto del cucurucho. Después se lavó en una de las fuentes para niños. Cuando volvió a la mesa, Entrenador había acabado su Vaca Marrón, pero dejó la cucharilla de plástico en su boca.
–¿Qué ponía mamá en su lista? –preguntó Daphne.
–Cosas de mayores, Daphne.
–Ponme un ejemplo –pidió ella.
Entrenador se sacó la cucharilla de la boca y la partió en dos.
–¡Papá! –dijo Daphne.
–Siempre hago esto. La lista de tu madre es para los próximos cinco años. Antes de que pasen, quiere vivir una vida nueva. Quiere hablar francés a menudo. Quiere avanzar en sus grabados, y los dos sabemos que tiene talento para eso, con sus litografías y tal.
–¿Eso son cosas de mayores? –preguntó Daphne.
Entrenador saludó con la mano a Bobby Stark. Éste llevaba tres vasos de leche malteada en una bandeja de cartón y volvía a su coche.
–Ey, ¿todo eso es para ti? –comentó Entrenador jovialmente.
–Me queda un mes para ponerme gordo, Entrenador. Después tendrá cinco para hacérmelo sudar.
Alguna gente en las mesas cercanas a la de Entrenador se sonrió ante la conversación. Los padres de Stark también sonreían, enseñando los dientes.
–Cada sorbo de esa porquería le roba un segundo a tu tiempo sobre el campo –dijo Entrenador.
Stark fingió que protegía sus batidos con su antebrazo. Se había puesto colorado.
–Ahhh –dijo Daphne con voz gutural–. Ahhh, ¿cómo llego ahhh la puerta, Entrenador?
–Te va a oír –dijo Entrenador.
–Ahhh, ¿puedo comerme un caramelo, Entrenador? –dijo ella–. ¿Puedo? ¿Puedo?
Miraron a Stark mientras entraba en el Pontiac. Cerró la puerta y le lanzó a Daphne un guiño deslumbrante que la dejó muda.

5
Entrenador estaba en el cuarto de la lavadora del sótano, agarrando con ambos brazos un fardo de ropa de correr. Estaba esperando a que Sherry sacara su ropa de la lavadora.
–Los Cowboys de Dallas sumergen a sus jugadores en un tanque de privación sensorial lleno de agua salada –explicó ella.
–Ya lo sabemos –dijo Entrenador.
–Si lo hacen en Dallas, se me ocurrió que a lo mejor os gustaría pensarlo.
–Ya lo hemos pensado. Date un poco de prisa con tus cosas –pidió Entrenador.
–Es como mi piso –comentó Sherry–. Un lugar lejos de todo.
Entrenador la cortó.
–No empieces con lo mucho que te gusta tu piso.
–No iba a hacerlo –dijo Sherry. Metió sus shorts mojados y sus blusas en la secadora.
A Entrenador le quedaban dos semanas antes de que empezaran los entrenamientos intensivos. Sabía que entonces su equipo absorbería casi todo su tiempo hasta las vacaciones de Navidad.
–Ya pasas allí la mitad del día –dijo él.
Un poco más tarde, Entrenador y su mujer estaban en el patio compartiendo un Tab. Podían oír la secadora que ronroneaba y traqueteaba dentro de la casa.
–¿Sabes lo que se me hace raro? La popularidad de Daphne por aquí –dijo Sherry–. No quiero decir que sea raro.
Ofrecía su espalda al sol para mejorar su bronceado.
–No es una novedad. La gente siempre se le ha dado estupendamente –contestó Entrenador.
–Bueno, tu gente. Ésos son los suyos –puntualizó Sherry–. El teléfono no para de sonar.
–Por lo menos se ha quitado de encima las matemáticas –dijo Entrenador–. Y tú tienes tu piso escondite, y te has adaptado bien aquí. Ahora solo falta que yo tenga la temporada que quiero tener.
–Me encanta eso suyo con el periodista –dijo Sherry.
Daphne se había hecho muy amiga de Toby después de llamarle por teléfono para agradecerle lo que había escrito en El rastreador.
–Sí, son como hermanas –opinó Entrenador.
–¿Aún le tienes manía?
–No, de verdad –contestó Entrenador–. Intento vivir al día. No miro atrás ni por un segundo. El miedo me motiva.
–Tienes miedo –dijo Sherry.
–Estoy temblando –afirmó Entrenador.

6
Quedaban ocho días para el comienzo de los entrenamientos. El cielo lucía sin color y vidrioso, como un vaso de leche. Cuando Entrenador miraba hacia el sol, los ojos le dolían como si fuese de acero fundido. Había hecho algunos sprints en el estadio, y ahora corría por la pista para calentarse. Un cronómetro anudado a una cinta se balanceaba sobre su pecho. Atajó a través de las porterías y trotó hasta el banquillo, donde había dejado su carpeta y una toalla.
Bobby Stark salió del pasillo bajo las gradas. Llevaba las zapatillas anudadas entre sí y colgando del cuello. Vestía unos pantalones cortos recortados y una camiseta que le cubría hasta el estómago. Avanzó ágilmente con sus calcetines blancos.
–¿Ya se ha ido todo el mundo, o he llegado yo antes? –gritó a Entrenador.
–Una media hora –contestó Entrenador, jadeando.
Stark se sentó para desanudar sus zapatillas. Entrenador le miró desde arriba. Escupió. Cruzó los brazos en una postura que resaltaba sus músculos. Inspiró para airear los pulmones, torciendo la boca y la nariz hacia un lado.
–Oye, Stark, me han dicho que fuiste el portavoz de tu clase –dijo.
–En el instituto –puntualizó el chico. Sonrió a Entrenador, guiñando los ojos por culpa del resol.
–También cuenta, hazme caso. Quizá podamos aprovecharte para ayudar un poco a algunos de nuestros jugadores más lentos... alguno de los defensas.
–¿Quiere decir como su... tutor? –preguntó Stark.
–Naah. Enseñarles a comer sin morderse los dedos. A hacerse el nudo de la corbata. Enseñarles algo de tu estilo –dijo Entrenador, y Stark asintió.
Stark ajustó la lengüeta de su zapatilla derecha.
–Pero no hay ninguno que sea tonto de remate en el equipo, son los que suspendieron. Los seleccionadores no los buscarán en esta liga.
Entrenador plantó los pies a ambos lados de un surco de hierba agostada. Más allá de las gradas el enorme edificio de la biblioteca brillaba turbio tras las vaharadas de calor que exhalaba el aparcamiento desierto.
Stark se levantó y se miró las zapatillas mientras corría hasta su puesto. Trotó veinte yardas por el campo ida y vuelta. Otros jugadores iban llegando para el calentamiento. Entrenador quería cronometrarlos en distancias de un kilómetro y medio, y después en cien metros lisos.
Stark parecía nervioso. Trazó semicírculos alrededor de Entrenador.
–¿Te preocupa algo? –preguntó Entrenador–. ¿Problemas con las chicas? ¿Ya te ha dado un tirón?
Stark lanzó una ojeada a su alrededor.
–Siempre he vivido a media manzana de la casa del entrenador Burton. Mi madre y la mujer de Burton son muy amigas, así que siempre estoy al tanto de lo que se cuece. Seguramente usted ya lo sepa, de todas formas –dijo Stark–. ¿Lo sabe?
–¿De qué demonios estás hablando, Stark?
–Ah, o sea que no lo sabe. Típico. Verá, Burton se va, más o menos a final de curso. Su mujer está empeñada en irse, y los alumnos están empeñados en que se vaya, están hartos de perder temporada tras temporada. Hartos de quedar, como mucho, terceros en la liga. Todo el mundo dice que debería presentarse para director de deportes. Así que lo que yo he oído es que a usted le habían contratado por eso, y que si nos va bien esta temporada, porque la gente cree que usted es un ganador y además muy joven, bueno, que usted sería nuestro entrenador de Primera el año que viene.
–Eso son suposiciones –dijo Entrenador. Pero su propia voz le sonó rara.
–Podríamos pasar cuatro años juntos. Respeto al entrenador Burton, pero no veo por qué en los próximos cuatro años tendríamos que perder un solo partido –dijo Stark. Se situó para tomar la salida, inclinando el cuerpo hacia delante.
–¡Ya! –ladró Entrenador, y Stark salió disparado.
–¡Ven a verme después del entrenamiento! –le gritó Entrenador.
Eran las tres de la tarde, y todavía hacía calor. Entrenador caminaba por la acera con Stark, que hacía equilibrios sobre una bicicleta de carreras, pedaleando lo justo para mantenerse en pie.
–Tres cosas –dijo Entrenador–. He visto todas las grabaciones de los partidos del año pasado, y vine a seguir en persona el partido contra la Universidad Técnica. Nadie perdió por culpa del entrenador. Un entrenador puede hacer milagros con un buen equipo, pero no tiene nada que hacer si su gente no está decidida a ganar cueste lo que cueste. Eso es lo peor de llevar un equipo... no puedes meterte en el corazón de los jugadores y cambiarlo.
Unas chicas de la universidad pasaron subidas a un gran coche y gritaron y silbaron a Bobby Stark. «Las socorristas de la piscina», explicó él.
–No sé si Burton se marchará o no, pero si su mujer quiere que se vaya acabará haciéndolo –dijo Entrenador–. Si alguna vez se te ocurriera pensar en un trabajo de entrenador, Bob, piensa en eso. Si tu familia no te apoya, estás perdido. Los arrastrarás por todo el infierno, de una ciudad a otra, y acabarás enterrándolos en vida en alguna. Y al final que te quedes o no en cualquier sitio depende, en el fondo, de una panda de chavales. Te juro que daría una pierna por tener la ocasión de jugar un partido yo mismo... solo un partido, sabiendo lo que sé ahora.
–Ojalá pudiera –dijo Stark. Giró bruscamente la rueda delantera y saltó del bordillo al paso de cebra. Pisó los pedales para detener el impulso de la rueda trasera.
–Y la última cosa es que no digas nada de lo del primer equipo a nadie, y quiero decir a nadie. ¿Me entiendes?
Stark asintió. Avanzaron una manzana y dijo:
–Yo me desvío aquí. ¿Se lo contará a su preciosa hija?
–¿A mi hija? ¿Quieres que le dé un ataque? –dijo Entrenador.
No había nadie en casa. Un imán en forma de mariquita sostenía una nota sobre la nevera. La nota decía: «Noonan, estoy en mi otra casa. Daph está con Toby K. por ahí, haciendo el tonto. Pórtate bien. Sherry Baby».
–Tontita –dijo Entrenador, sonriendo. Se sentía muy bien.
Se llevó una cerveza al piso de arriba y se la bebió mientras se duchaba. Se puso un pantalón de deporte, volvió a bajar y cogió otra cerveza. Miró durante un rato un partido de béisbol en la televisión por cable. Le dio vueltas a lo que le había dicho a Bobby Stark.
–¡Chaval, vaya si es verdad! –exclamó Entrenador, sin saber muy bien por qué lo había dicho.
Frunció el ceño al recordar que durante su segundo curso en la universidad, el único en que había jugado en el primer equipo, se había revelado como un jugador no muy sobresaliente.
–Ahora no –susurró. Estrujó la lata de cerveza y la dejó sobre la televisión.

Algó retumbó sobre su cabeza. El techo crujió. Alguien había entrado en la casa mientras se duchaba. Subió la escalera de tres zancadas y entró en el dormitorio diciendo:
–¿Sherry?
La silueta oscura en la habitación le pilló desprevenido.
–¡Oye! –gritó.
Daphne estaba bailando ante el espejo de luna del armario de Sherry. Había improvisado un nuevo look, echándose la melena sobre el lado derecho del rostro y estirando el cuello de su camiseta para desnudar un hombro. Una canción de los Commodores atronaba en su transistor.
–Nada –dijo ella.
–Tú no estabas en casa. ¿No estabas con el fulano ese? Se supone que andabas por ahí. Te has puesto como un tomate –dijo Entrenador.
Daphne inclinó la cabeza y se tapó el hombro con la camiseta, que ondeaba sobre su pequeño pecho.
–Vale, papá –dijo.
–No, pero ¿le ha gustado al público tu espectáculo? Seguro que les ha encantado –comentó Entrenador. Sonrió a su imagen en el espejo–. Te estoy tomando el pelo. Estabas estupenda.
–Papá, déjalo –dijo Daphne mientras intentaba pasar.
Entrenador tarareó la canción de la radio y movió los pies al compás.
–Oye, Daphne, ¿sabes qué hora es?
–Déjame pasar, por favor –contestó ella.
–¡Es hora de menear el esqueleto! –Entrenador sacudió las caderas sin apartarse de la puerta–. ¡Márcate un buggy-buggy! ¡Márcate un Daphne!
Movió su hombro como una mujer fatal. Se besó la mano. Cantó en voz alta.
–Muchas gracias –dijo Daphne. Dejó de intentar rodearle. Se inclinó hacia delante y apagó la radio de golpe–. Tienes que ensayar con el espejo para no parecer idiota en la discoteca. Todo el mundo lo hace.
–En serio, te estaba tomando el pelo. De verdad. Ya sé que bailar es importante –declaró Entrenador.
–¿Puedo irme ya? Tengo álgebra –dijo Daphne. Se echó el pelo hacia delante para taparse las orejas, que brillaban de puro rojas.
–Antes tienes que oír las noticias –propuso Entrenador–. Boletín especial, extra.
–Estás borracho. Mamá y tú vais a vivir en ciudades diferentes. Alguien ha disparado a alguien –dijo Daphne.
–No, son buenas noticias. Puede que me hagan jefe de entrenadores, del primer equipo. Entrenador del equipo de una universidad. Yo. –Entrenador se señaló el pecho.
–Déjame salir, por favor –pidió Daphne.
Entrenador la dejó salir. La siguió por el pasillo estrecho hasta su cuarto.
–Más dinero. Y saldré en la tele. Tendré mi propio programa local los domingos. Y escribirán sobre mí en los periódicos, periodistas de verdad. ¿Daphne?
Ella cerró la puerta y a Entrenador le pareció por el ruido que se había apoyado contra ella.
–¿Qué pasa? Dime, ¿por qué estoy aquí plantado gritándole a unas tablas de madera? –preguntó.

7
Al anochecer, Entrenador estaba borracho y sentado a la mesa de la cocina. Estaba disfrutando de la amplitud de la habitación y cerrando la lista del equipo de sus sueños. Había situado a los mejores chicos de sus quince años como entrenador en las posiciones que habían ocupado con él. Estaba dándole vueltas a los delanteros.
–¿Jim Wyckoff o Jerry Kinney? Kinney pasó la prueba con los Broncos después –dijo en voz alta. Anotó «Kinney» en su esquema.
Oyó a Daphne bajando la escalera, y pensó en quitar las latas de cerveza de la mesa. En vez de hacerlo se abrió otra lata.
–¡Daphne! –llamó.
–Espera un momento. ¿Qué? –dijo ella desde el cuarto de estar.
–Solo me preguntaba si quedaría alguien vivo aparte de mí. Tu madre aún no ha vuelto.
Daphne entró en la cocina.
–¿Te arrepientes de haber estado tan antipática antes? –preguntó Entrenador–. Vale, Daph, olvídalo.
Daphne asintió imperceptiblemente.
–¿Te has bebido todas ésas? –inquirió.
–No te muevas. ¿Qué te has puesto? –preguntó Entrenador. Balanceó hacia atrás la silla para poder ver a Daphne, que se había situado tras él.
–Dos, cuatro, cinco –dijo Daphne, contando las latas. Llevaba puesta una de las camisetas de hinchas del equipo que Entrenador había visto a algunos de los chicos que estudiaban con ella. En la pechera, sobre un fondo marrón, se leía un «ADELANTE» en letras doradas. Detrás lucía un «¡GRIFFINS!».
–Ahora has acertado –dijo Entrenador.
–Me salió gratis. Conocí a un chico... bueno, a dos chicos, en realidad, que trabajan en Mundo Campus y me la regalaron. Bueno, no sé, pensé que me la podía poner hoy. Quería que vieras que me importa que consigas el trabajo. De verdad que me importa. Me quiero quedar aquí. ¿Crees que podremos? ¿Tus jugadores tienen buena pinta este año?
–Ganadores –contestó Entrenador.
–Ya, sí, pero siempre dices lo mismo –dijo Daphne.
Entrenador dejó caer su silla de nuevo.
–Tómate una cerveza. Siéntate y déjame explicarte con papel y lápiz el material con el que tengo que trabajar.
Daphne cogió la lata que le ofrecía Entrenador, dio un pequeño sorbo, sacudió la cabeza y dijo:
–Oooh, está fuerte. Por eso la gente eructa.
–Por una vez, estos tíos son grandes y rápidos. Y no estoy exagerando. He visto lo que he visto.
Un coche se acercó hasta la casa y luego el ruido del motor resonó en el garaje. Entrenador y Daphne se quedaron callados hasta que Sherry irrumpió en el pequeño vestíbulo que conectaba el garaje con la cocina.
–Es muy, muy tarde. Lo siento, lo siento –dijo.
–Estamos de fiesta, te lo advierto –le dijo Entrenador.
–Ya lo he notado. –Sherry llevaba una bolsa con comida, no muy llena. Tenía manchas de pintura brillante en sus brazos morenos.
Daphne se levantó y cogió una caja de galletas Oreo de la bolsa.
–Pásame una de ésas –pidió Entrenador.
–¿Queda alguna cerveza para mí? –preguntó Sherry–. Para ahogar mi frustración. ¡No sé pintar!
–Sí que sabes –dijo Entrenador.
–Qué va. Hoy mi océano parecía de cemento ondulado. Y mis rocas parecían barras de caramelo sucias. –Dejó su bolso en la encimera de la cocina.
–Dile a papá que tiene que hacerlo muy bien para que podamos quedarnos aquí –dijo Daphne a su madre.
–¡Hombre, Daphne! Espero que alguien encuentre el interruptor para apagarte. –Luego Entrenador habló a su mujer–: Planta tu trasero en esa silla, Picasso. Deja que te diga cómo vamos a ascender en esta vida.
–Todos los agostos –dijo Sherry–, Entrenador nos dice que hagamos las maletas para una excursión a la luna.

Deborah Eisenberg - "La venganza de los dinosaurios"

Posted by La mujer Quijote in ,

Cuentista y dramaturga estodounidense. Ha publicado regularmente en revistas como The New York Review of Books, The New Yorker y The Yale Review, aunque su bagage se reduce a una obra de teatro y cuatro colecciones de cuentos. Ha recibido nada menos que cuatro premios O. Henry y el premio Rea Award for the Short Story, un premio que se da a un autor vivo (estadounidense o canadiense) que haya contribuído especialmente en el campo del cuento, un premio que han recibido autores como Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Eudora Welty, Grace Paley, Amy Hempel, Lorrie Moore (y aquí), Mavis Gallant, Alice Munro, Ann Beattie, John Updike, Mary Robison o Richard Ford. Si sales en la misma lista que todos esos está claro que eres uno de los grandes de verdad.
Este cuento pertenece al volumen "El ocaso de los superhéroes" de 2006.
La versión es la de Luis Murillo Fort.

Hola, Barbara, dije. Tú eres Barbara, ¿no?
No, soy Eileen, dijo la enfermera que abrió la puerta. La de noches.
Yo soy la nieta, dije.
Me lo figuraba, dijo Eileen. Barbara me avisó de que quizá vendrías. Bueno, ¿y dónde está ese hermano tan guapo que tienes?
¿Bill?, dije. ¿He llegado antes que Bill? Qué novedad.
Será el tráfico, dijo la enfermera.
El tráfico, el tráfico... Yo estaba mirando disimuladamente el piso de Nana: las baldosas blancas y negras, el enorme espejo con marco dorado, aquellos grandes floreros o lo que fueran, el cuadro que tanto me gustaba cuando era pequeña, uno donde se veía un misterioso calvero en un bosque, la luz de plateado polvo del pasado. Siempre me entraba una especie de somnolencia cuando veía este lugar, como si me hubieran dado en la cabeza con un pequeño mazo, mandándome lejos de todo.
O el de Connecticut, dijo Eileen. La miré. ¿No vienen de allí?, dijo. Es un hombre encantador, su hermano. Tan amable y tan atento. Y su mujer también. Siempre encuentran la manera de levantarle el ánimo a la abuela. Y esa niñita suya es una monada.
¿Cómo está Nana?, pregunté.
Hace tiempo que no vienes a verla, comentó Eileen.
¡Vivo en la otra punta del país!, dije.
Ya lo sé, dijo Eileen. He visto tu foto. Con los árboles. Antes del segundo derrame cerebral, a tu abuela le gustaba que me sentara con ella a mirar fotos.
Me quedé de una pieza. ¿Nana? Bill me había prevenido, pero aun así..., ¿ponerse a mirar recuerdos de familia con la enfermera? Se supone que todavía hay diferencias entre ser una persona u otra.
Eileen me acompañó a la sala de estar. Nana estaba dormitando en una de las butacas de terciopelo. Estornudé. Unos soldados marchaban en silencio hacia nosotras por el desierto en blanco y negro de un televisor viejo. Una rubia atractivamente estandarizada y risueña, vestida con traje de chaqueta, los sustituyó. ¿Nana ve esto?, pregunté. Parece que le gusta tener la tele encendida, dijo Eileen. Pero le quito el sonido. Ella de hecho no la oye, y yo prefiero no hacerlo. Despierte, señora, ha venido su nieta a verla. No te sorprendas si no te reconoce en seguida, me dijo Eileen. Señora, está aquí su nieta.
Soy Lulu, Nana, dije en voz alta. Nana me miró de arriba abajo, y luego miró a Eileen. Ni Bill ni yo habíamos heredado esos famosos ojos azules que pueden atravesarte como balas, aunque nuestro padre sí, igualitos, lo mismo que nuestro hermano Peter. ¿Adónde va a parar toda esa belleza cuando alguien se la lleva a la tumba? Si algo existe, no puede dejar de existir, le había comentado yo a Jeff recientemente, pensando en voz alta. Las cosas siguen su curso, dijo Jeff (de mal talante, la verdad). Ya, ¿y qué se supone que quiere decir eso: «Las cosas siguen su curso»? A Jeff siempre le fascinaba (palabra suya) que yo no sintiera debilidad (palabra suya) por las estructuras lógicas (frase suya) ajenas. En fin, si algo existe es que existe, pienso yo, pero cuando Nana volvió de nuevo la cabeza hacia el televisor, parecía realmente una simpática ancianita, encogida en su pequeña manta. Me incliné para darle un beso en la mejilla.
Dio un respingo. Es Lulu, señora, gritó Eileen. Una mano de Nana se levantó de la manta de cachemira que tenía sobre el regazo e hizo un gesto breve, como si ahuyentara un mosquito. Estaré en la cocina, dijo Eileen. Llámame si me necesitas. Me senté en el sofá, cerca de Nana. Yo no era el mosquito. Nana, dije, tienes muy buen aspecto.
¿Oía algo? Bueno, en cualquier caso, las expresiones verbales de afecto nunca habían sido su fuerte. Alguien soltó un suspiro. Miré a mi alrededor. La persona que había suspirado era yo.
La última vez que la había visto, Nana oía perfectamente y salía a menudo; lucía, si no espléndida, sí francamente bien gracias a la excelencia de su atuendo, su corte de pelo y demás. Obviamente, era más vieja que antes, pero sólo eso: más vieja. Es demasiado drástico para asimilarlo: ¡un derrame cerebral! Apenas un momentito de nada, y eclipse total. En mi opinión, todos los momentos deberían contener cantidades uniformes de cambio: X momentos exactamente igual a X aumento de edad y exactamente igual a X cantidad de cambio. Por descontado, sería mejor si fuera X disminución de edad.
¿Y dónde se había metido Bill? Aunque, bueno, yo me había adelantado. Porque la semana pasada, hablando por teléfono con mi vieja amiga Juliette para comunicarle que venía a la ciudad a ver a Nana, ella me dijo que podía quedarme a dormir en su casa y naturalmente me figuré que estaríamos un rato juntas cuando llegara del aeropuerto y que charlaríamos y todo eso. Pero luego resultó que un tipo, el a todas luces nuevo novio de Juliette —Wendell, podría ser que se llamara—, a quien ella había mencionado casualmente, estaba también en la casa. Sí, claro, gritaba el tipo, matémoslos a todos y listo, acabemos con todos ellos. Juliette estaba mondando una naranja. Yo no digo que haya que matar a más gente de la necesaria, replicó ella. Sólo estoy asustada, hay un montón de maníacos furiosos que quieren matarnos a nosotros, y estoy asustada. Estás asustada, bramó él. ¿Nadie más en el mundo lo está? Juliette me miró arqueando las cejas y se encogió de hombros. La naranja olía de fábula. Yo estaba completamente deshidratada del viaje en avión porque ya casi ni te dan agua, aunque cuando era pequeña era muy divertido volar, con aquellas guapas azafatas y las bandejas con cositas en sus envoltorios, y me moría de ganas de saquear la nevera de Juliette en busca de otra naranja, pero Wendell, si es así como se llama, estaba justo delante y no paraba de gritar. ¿Qué estás diciendo, entonces? ¿Estás diciendo que deberíamos matar a todo bicho viviente para asegurarnos de que no quede ni un solo fanático furioso que pueda hacer daño a nadie? De modo que esperé a que terminara con lo que trataba de hacerle entender, sin conseguirlo (jamás había conseguido nadie hacerle entender algo a Juliette), descarté la idea de la naranja, dije hasta luego, puse mis cosas debajo de la mesa de la cocina y me metí en la primera boca de metro. Cuando Juliette y yo estudiábamos en la academia de arte, todos sus novios eran siempre muy divertidos, pero de eso hacía ya cinco o seis años.
En la pantalla, ropa limpia bailaba alegremente en una cuerda de tender. Unos niños comían helado. Un hombre apuesto echaba gasolina en un coche, volvía a enroscar garbosamente la tapa del depósito, se daba la vuelta y me guiñaba un ojo. Aparecía una segunda mujer estandarizadamente atractiva con traje de chaqueta. Era difícil saber, en este televisor en blanco y negro, de qué tono debíamos suponer que tenía el pelo. Rojo, quizá. Estaba en mitad de la calle, rodeada por un pequeño grupo de gente, probablemente una familia. Eran negros, o en cualquier caso no específicamente blancos, y se los veía claramente exhaustos y agitados. Sus respectivos alientos formaban nubecillas de vapor en el aire frío. Uno de ellos hablaba desaforadamente por un micrófono. Los otros daban saltos sobre el terreno, se frotaban los brazos. Había alguien tendido en la calzada. La presentadora tal vez pelirroja parecía serena; daba la impresión de que ella y la familia habían llegado a aquel mismo rincón, por pura coincidencia, desde planetas absolutamente diferentes. Ella tenía un buen empleo, la verdad; mucho mejor que dedicarse a vender ropa vintage, en todo caso. Y quizá se hacía inyectar alguna cosa. Reapareció la presentadora rubia, inmediatamente antes y después de unos segundos en los que una gran construcción reventaba lentamente, abriéndose como una flor y lanzando escombros por los aires y algo como, quizá, extremidades. La presentadora rubia también debía de ponerse inyecciones. Últimamente me he fijado en que quieren salirme arruguitas en torno a los ojos. Pero de muy niña ya intuía que la gente que se preocupa por esas cosas es mezquina. Naturalmente, cuando era una niña todavía faltaba mucho para que me atacaran arruguitas por sorpresa. Oye, Nana, dije, ¿seguro que quieres ver esto? Ella continuó con la mirada fija en las imágenes que se iban suplantando ante sus ojos.
Fuera como fuese, ya habían pasado unos cuantos meses desde que Bill me telefoneó para decirme que Nana había padecido el primer ataque. Mi intención había sido ir a verla enseguida, pero no era tan fácil solicitar una semana libre, y además Jeff y yo teníamos problemas más o menos graves de dinero, y lo cierto es que no me lié la manta a la cabeza hasta que Bill volvió a llamar para decir que esta vez la cosa iba muy en serio. Estiré el brazo y apoyé una mano en la de Nana. Nana había cuidado de los tres (Bill, Peter y yo) cuando nuestra madre cayó enferma (bueno, mejor dicho, murió) y nuestro padre empezó a gastarse montones de dinero en coches y a estrellarlos por ahí. Si no llega a ser por Nana, quién sabe qué habría sido de nosotros.
Nana apartó mi mano de la suya dedicándole una mirada breve y especulativa, y luego reanudó su contemplación televisiva. ¿De qué desván habrían sacado ese decrépito aparato? Nana siempre se enteraba de las noticias por el Times, que yo supiera, y otros periódicos. Me pregunté qué estaría viendo. ¿Eran las cambiantes imágenes en blanco y negro lo que mantenía su atención, o las identificaba como información y hallaba consuelo en su vieja costumbre de estar al corriente de la actualidad? ¿O acaso todavía era capaz de comprender lo que estaba sucediendo delante de ella?
Enormes multitudes invadían las calles. ¡Refugiados!, pensé por un momento, con un hormigueo en las manos. ¡Evacuaciones! Pero muchas de aquellas personas portaban pancartas, por lo que pude ver, y me di cuenta de que debía de ser una manifestación de protesta; se veía el edificio del Capitolio y entonces algo cambió y al fondo estaba la torre Eiffel, y después había algo que parecía el Parlamento británico, y luego, durante apenas un segundo, un sitio que no pude identificar, y al cabo otro más donde había sobre todo asiáticos. ¡Sentí que me asfixiaba! Aunque hacía un tiempo frío y desapacible, me levanté para abrir un poco la ventana. Cuando me senté de nuevo, Nana habló. Su voz siempre había sido penetrante y recia, un poco como el sonido de un oboe, pero ahora detecté en ella muchas y nuevas grietas como hilos: era áspera, extraña. Supongo que no tienes ni idea de cómo es que estoy aquí, dijo. Es donde vives, Nana, le dije yo, por si era a mí a quien se dirigía; esto es tu casa. Nana me estudió... desapasionadamente, creo que sería la palabra. ¡No me extraña que mi padre le tuviera terror cuando era pequeño! Gracias, dijo Nana, quién sabe a santo de qué. Luego juntó remilgadamente las manos y dejó de verme del todo.
Mi cerebro se enroscó en forma de tubo y mi infancia se coló por él, fugaces imágenes de cuando venía a este piso con mis padres, Peter y Bill; Nana, sus rápidos movimientos y su olor delicioso cuando se inclinaba hacia mí, sus bonitos dientes grandes, y aquella melena plateada que sabía recogerse en apenas un segundo, sujetándola mediante algún fantástico adorno. El recargado juego de té, la delicada rodajita de limón flotando soñadora en la taza frágil, las butacas de terciopelo, en la pared aquel cuadro del misterioso y frondoso mundo al que casi parecía que podías entrar..., la luz, tan pronto abrías la puerta, como de otra época, una luz preciosa, extraña y sin brillo que ya existía antes de nacer yo... Fragmentos deslucidos de mis visitas al piso de Nana atravesaron vertiginosamente el tubo y desaparecieron. Nana, dije.
Figuras como muñecos saltaban por los aires, se abrían de golpe y vertían negrura. Había un bulldozer, cosas que se desmoronaban. Entró Eileen. Si quería una taza de té, me preguntó. No, le dije, gracias. Se detuvo un momento antes de irse, miró la pantalla. Bueno, nunca se sabe, dijo. Pero menos mal que no tengo hijos varones.
Nana había venido al mundo coincidiendo con el fin de una guerra y había vivido parte de otra antes de dejar Europa, de modo que en sus tiempos debía de haber visto muchas multitudes y cosas que se desmoronaban y hombres de uniforme y alfilerazos negros salpicando el cielo despejado e hinchándose acto seguido. Jeff y yo no tenemos tele. Jeff detesta el propio aspecto del aparato, su sonido, los efectos que produce en la mente. Dice que él no es tan tonto como para pensar que está a salvo del lavado de cerebro. Para el caso, prefiere lavárselo él solito, y lo cierto es que no podría tenerlo más brillante e inmaculado, aunque ahora esté un poquito maltrecho por los acontecimientos del momento, razón por la cual a veces hace comentarios que podrían considerarse un tanto improcedentes. Por ejemplo, el otro día íbamos en el ascensor del bloque de oficinas donde Jeff y su equipo hacen su labor de investigación, y subía con nosotros un tipo vestido con una especie de clergyman azul claro, y Jeff se volvió y sin alzar la voz dijo, dirigiéndose más o menos a él: El sol se pone.
El tipo miró a Jeff con el rabillo del ojo y luego se miró el reloj. Tenía unos ojos muy bonitos, candorosos, creo que se podría decir. Miró de nuevo a Jeff y dijo: ¿Le importa apretar el siete? Jeff dijo: Vale, el sol se está poniendo, timoneles. Pulsó el siete y se volvió hacia el tipo. ¿Lo ve hundirse por el horizonte?, dijo, ¿nota cómo gira el planeta? ¿Oye cómo crujen las grandes osamentas en el corazón candente de la Tierra? Los lanudos mamuts, los dinosaurios, ¿oye eso? ¿El chapoteo de los combustibles fósiles, crec, crec, chap, chap, la Canción de Cuna del Ocaso de los Dinosaurios? Saludé al tipo con la cabeza cuando salió en la séptima, pero él no estaba mirando. Jeff suele ser muy contundente, y es rapidísimo para detectar una observación falaz o una explicación espuria, en particular, últimamente, si quien la hace soy yo. Por lo que a mí respecta, no me importaría demasiado tener televisor, pero no puede decirse que mi capacidad de concentración sea tremendamente grande, y no acabo de cogerle el gusto a sentarme delante de la ventanita cuadrada y tragarme lo que me echen, de modo que en ese sentido quizá no soy tan vulnerable como Jeff. Pero si alguien enciende un televisor en un bar, pongo por caso, yo no tengo que salir corriendo de allí a grito pelado.
Así que, evidentemente, nunca veo la televisión a no ser que salgamos de casa, algo que con los tiempos que corren no podríamos permitirnos aunque realmente nos apeteciera hacerlo (que no es el caso de Jeff). Pero, con tele o sin tele, no tuve dificultad para identificar las caras que aparecían en la pantalla mientras estaba allí sentada junto a Nana. Supongo que todo el mundo conoce esas caras como si las lleváramos tatuadas en el interior de los párpados. Están ahí, esos personajes, tengas los ojos abiertos o cerrados.
Helicópteros gigantescos con el morro apuntando hacia unos montes. Me sentí agotada. ¡Hoy en día volar no es ninguna broma! Los interrogatorios en el aeropuerto, preocuparte por si llevas tijeras de uñas, un espantoso estruendo aunque sepas que sólo están haciendo explotar una maleta, y después, cuando por fin te meten en ese viejo y desvencijado armatoste, con la sangre medio coagulada, y ese horrible aire, o lo que sea, artificial y recirculado, quién es el guapo que no piensa en grandes pedazos de metal calcinado cayendo del cielo. Santo Dios. Pero bueno, he llegado sana y salva hasta aquí.
El recuerdo de mi padre y Nana sentados en esta misma sala cuando todavía se hablaban, bebiendo algo en frágiles copitas escarchadas, se impuso de manera apremiante en mi cabeza. Aunque, claro está, cuando por fin apareció Bill y permitió que las manos de Eileen recogieran de sus hombros el abrigo que llevaba, con Peggy detrás de él, me alegré de no estar despatarrada y con un ataque de hipo. Has llegado antes que yo, dijo Bill, dándome una palmada en la espalda que casi me tumba. Qué novedad. Eso no es justo, protesté, ¿cuándo llego yo tarde últimamente? ¿Cómo quieres que lo sepa?, dijo Bill. Vives en la otra punta del país.
Peggy traía un florero enorme lleno de lirios, flor fúnebre donde las haya. Hola, Peggy, dije. ¡Has traído flores! ¿Ha venido también Melinda? Hola, tía Lulu, dijo Melinda desde el pasillo, donde se había detenido a contemplar el cuadro del mágico calvero. Me vino súbitamente a la memoria el individuo que había regalado esa pintura a Nana: el señor Berman. ¡Qué viejo tan guapo! Fue uno de los pretendientes de Nana después de que le diera la patada al padre de papá. Cuando hablaba del señor Berman, papá le llamaba el Gran Superjudío. Berman era muy simpático, tal como yo lo recuerdo, además de rico y apuesto, pero Nana estaba harta del matrimonio, de modo que él lo dejó estar y Nana, creo, ya no se volvió atrás. No iba con su temperamento.
Peggy estaba mirando la tele. Santo cielo, dijo, y agarró el mando a distancia. Unas adolescentes con pinta de putillas se movían haciendo aspavientos por una habitación con decorado de estudio. Eso está mejor, dijo Peggy, y se rió lánguidamente. Hice cálculos: el lúgubre ramo debía de haberle costado lo que gano yo en una semana. Eh, Melinda, dije, al entrar ella en la habitación; qué bien que te hayan traído. Mi canguro está enfadada conmigo, dijo, no les quedaba otra elección. Melinda me miró: ¿O alternativa? Sí, dije, así está mejor: no tenían otra alternativa. Y una mierda que no, dijo Bill. Podíamos haberla dejado en plena montaña atada de pies y manos. Melinda giró lentamente la cabeza hacia él, la volvió a girar. Tu padre sólo está de broma, dije yo. ¿A ti te ha hecho gracia, tía Lulu?, preguntó Melinda. Bonito conjunto, me dijo Peggy, muy extremado; la blusa esa, ¿qué es? De Pucci, dije, principios de los setenta, creo. Con tara; tiene una quemadura de cigarrillo, ¿lo ves?
Eh, Granana, dijo Melinda, viendo la tele, ¿eh? Miró a Nana con ojos científicos y agitó ligeramente los dedos a modo de saludo. Luego caminó hacia atrás y se dejó caer en el sofá, enseñando un momento los dientes como si acabara de realizar algún truco. Bueno, ¿de qué va?, preguntó a nadie en particular.
Eran cuatro o cinco chicas y un chico. Todos hacían muecas esperando a que el silencioso público se riera, al parecer. Peggy, que tenía mucha labia, le frotó las manos a Nana y se puso como a charlar. Nana miró en derredor y habló con esa voz extraña que sonaba como si la hubieran guardado bajo llave acumulando polvo. Todo el mundo, dijo. ¡Hola, Nana!, dijimos todos. Hola, Lulu, querida, ¿estás aquí?, dijo. Parpadeó una vez, como un gato, y bostezó. Era un raro espectáculo ver cómo el elegante cuerpo de nuestra Nana obedecía a sus prioridades. Volvió a mirar hacia la tele y dijo: Qué.
¿Qué demonios es esto?, dijo Bill, mirando bizco a la pandilla que hacía muecas y aspavientos. Pulsó el mando y allí estaban otra vez los tipos de antes, alrededor de un podio y bajo una enorme bandera. Bill gruñó y volvió a dejar el mando encima de la mesa con un clic seco. Se olvidó de la tele y empezó a deambular por la habitación, cogiendo objetos al azar y mirando debajo de los mismos como si esperara encontrar la etiqueta con el precio. Pobre Bill. Su ceño fruncido, gesto que sin duda había perfeccionado ante sus clientes, hablaba bien a las claras de asuntos de peso. Feísimo, estaba murmurando; feísimo, feísimo, feísimo. Sus sentimientos hacia Nana, yo lo sabía (aunque él parecía que no), eran complejos, matizados de furia y de resquemor, como sus sentimientos hacia cualquier otra persona. Nuestro hermano Peter era el que —comillas— descollaba, de modo que Bill, por ser el otro varón, había crecido de un modo bastante traumático y estaba como atrofiado, lo que compensaba siendo cumplido y obediente. Parecía estar increíblemente cansado, él también. Pobre Nana, dijo. Pobre, pobre Nana.
¿El viaje bien, querida?, me preguntó Peggy. ¿Dónde te hospedas? Preguntas como una ametralladora, dije yo. Eres tan graciosa, dijo vagamente Peggy. Contigo siempre me río. Ella también parecía cansada. Oímos un alboroto fuera. Alguien gritaba o algo así. Bill fue a cerrar la ventana. Oye, gracias por venir, me dijo. Observé que ya se había buscado algo de beber..., ¿cómo lo había hecho? Me alegro de estar aquí, dije; es lógico, ¿no? No tienes por qué darme las gracias. Bueno, dijo él. Volvió a ponerse ceñudo. Me alegro de que decidieras venir. Porque hay decisiones que tomar, ¿sabes?, y quería que estuviéramos unidos. ¿Contra qué?, dije.
¿Contra qué?, repitió él. Hay decisiones que tomar y quería que tú participaras en el proceso.
Soy muy experimentada en no cabrearme con Bill, que tiene un carácter paternalista y autocrático que no puede evitar. Me recordé seriamente a mí misma: a) que él, pusilánime como es, sólo intenta salir adelante lo mejor que puede y que yo debería agradecer que fuera Bill, cómo no, quien estuviera ocupándose de todo este asunto de Nana, y b) que a mí no me convenía hacer una regresión en toda regla. Gracias, le dije. Gracias por incluirme.
Bill asintió. Yo asentí.
Gracias por incluirme, repetí, pero yo no tengo nada que aportar, ¿recuerdas?
Yo nunca dije eso, dijo Bill. Jamás dije que no tengas nada que aportar. Sé honesta por un momento. ¿Crees que podrías ser honesta por un momento? Eso es sólo la interpretación que tú decidiste dar cuando una vez —¡una sola vez!— te hice la inofensiva sugerencia de que quizá deberías esforzarte un poquito más, en determinadas circunstancias. ¿Podemos ir un momento a otra habitación, tú y yo?
Melinda y yo nos quedamos aquí con la abuela, dijo Peggy, que es genial para hacer comentarios inútiles. Bill y yo recorrimos el largo pasillo hasta el comedor. Oye, ¿no sabrás por casualidad dónde está el... mueble bar?, dije. ¿Qué es lo que necesitas, dijo Bill, absenta? ¿Es que no hay suficiente material en la credencia esa de allá? ¿La qué?, dije yo. Bill dijo: Este tipo de aparador antiguo se llama así, una credencia..., si no tienes inconveniente, claro. Yo dije: Quizá podrías ser un poquito honesto tú también. Perdona, dijo. Es que lo estoy pasando un poco...
Pobre Bill. Evidentemente, papá no vendría a sacar las castañas de este fuego. Ni Peter, que ahora para en Melbourne. Peter abandonó prácticamente la escena en cuanto pudo tenerse en pie y andar. De pequeño, todos estaban convencidos de que sería el inventor de algún remedio contra el cáncer, pero al final se quedó en importador o algo así, de cosas que son raras donde sea que esté viviendo, para así poder estar siempre lejos. Lejos de cualquier parte. Lejos, lejos. Lejos lejos lejos lejos lejos. Bill se consuela al menos pensando que el trabajo de Peter es trivial, algo que a Jeff le provoca risitas, ya que Bill trabaja para compañías de seguros (básicamente buscando la manera de no pagar a los asegurados). Eso sí que es trivial, dijo Jeff. Pero luego dijo que no, que en realidad no era trivial en absoluto, sino tremendo. Y que Peggy era peor aún que Bill, porque él es un explotador y un corrupto de nacimiento y no puede evitarlo, mientras que Peggy de hecho cultiva tales cualidades.
Recuerdo que una vez, en este mismo apartamento, oí cómo Nana le decía a mi padre que era un débil y que siempre recurría al arma de los débiles, la furia violenta, y que utilizaba su encanto para disimular el hecho de que siempre estaba dispuesto a hacer que los demás se sintieran lo peor posible. Te he dado nietos, le dijo papá, ¿tan mal te hace sentir eso? Yo creía que era lo que toda madre deseaba de su hijo. ¿Cómo puedes lamentarte de tus nietos?
¿Cómo?, dijo Nana. Peter es brillante, pero está tarado. Lucille tiene buenas intenciones y no es ninguna tontaina, a pesar de las apariencias, pero le teme a la realidad tanto como tú. Sólo que ella lo expresa con su inmadurez, su desidia, su confusión, su pasividad mental.
Bueno, de eso hace mucho tiempo, claro, pero todavía recuerdo haber sentido como náuseas y lo callado que estaba todo. Era tal la quietud que oí crujir el follaje del cuadro y chocar entre sí las plateadas motas de polvo. Y Bill qué, ¿eh?, dijo mi padre. Dudo que vayas a indultar a Bill. Incluso desde mi escondite detrás de la puerta, pude oír cómo Nana suspiraba. Pobre Bill, dijo. Ay, ese pobre Bill.
Eh, que estás hablando de mi hermano, le decía yo a Jeff cuando criticaba a Bill, pero, la verdad, supongo que hice eso que la gente dice que hace la gente. Me explico, si alguna cualidad busqué en mi pareja fue una que comparte con toda mi familia: la cualidad de tener muchas opiniones sobre los demás. Concretamente, malas opiniones.
Y Nana tendría que reconocer ahora, si estuviera en sus cabales, que Bill se había hecho cargo de su bienestar él solito, y que lo estaba haciendo bastante bien. Eileen, por ejemplo. Eileen parecía estupenda, nada que decir en su contra. ¡Escucha!, le dije a Bill. Escucha, quiero decirte algo con la máxima sinceridad: sé que has tenido que ocuparte de un montón de cosas, con esto de Nana, y siento de verdad no haber echado una mano. ¿Cómo ibas a echar una mano?, dijo Bill. Vives en la otra punta del país.
Además eso, dije yo.
Bill hizo algo raro con la mandíbula y le crujió. Las sillas estaban tapadas con fundas para el polvo. Cogió una y se sentó. Al momento se puso de pie y acercó otra silla para mí. ¿Cuándo dejó de salir?, dije. Cuándo dejó de salir, repitió él, enganchando las palabras como vagones de un tren de juguete, cuándo dejó de salir. Pues cuando ya no pudo andar, Lucille, es de cajón. Tuvo un primer derrame cerebral, ¿recuerdas? Ya me dirás cómo sale uno si no puede andar...
Bueno, había supuesto que usaría una silla de ruedas o algo así, dije. O que alguien la llevaría de paseo. Un chófer, qué sé yo.
Nana no quería ver a nadie, dijo Bill. Eso ya te lo conté, me consta que te lo dije. Y lo que es más, no quería que nadie la viera a ella.
Bill parecía afligido. Lo cierto es que Nana era una persona increíble, por muy dura que hubiera sido con nuestro padre, quien de todos modos es evidente que se lo merecía. Había visto de todo, había tenido muchas experiencias a lo largo de su vida, pero de todo eso iban a quedar muy pocos, digamos, artefactos, exceptuando, oh, el juego de té y quizá tres o cuatro alhajas y unos cuantos panfletos o libritos, supongo, que Nana había escrito para el instituto (¿o fundación?) con el que trabajaba. Donde trabajaba. Con. Donde. La tradición del humanismo liberal, recuerdo a papá diciendo una vez, con odio, como si tal cosa. En fin, poco iba a quedar como recuerdo de nuestra magnífica Nana, aparte de, por ejemplo, su librito rectangular de tapa dura sobre la moneda. Es increíble, no acabo de entenderlo del todo: que cada vida individual sea tan asombrosamente plena, pase lo que pase, y cada momento de experiencia tan intenso. Pero ¡qué pocas pruebas de ello existen fuera del propio cuerpo! Miles de millones de intensas y plenas vidas humanas sobre la Tierra, entre ellas la de Nana, que se van desvaneciendo. Sin dejar otra cosa que inescrutables montoncitos de basura conmemorativa.
Me di cuenta de que Bill sufría también pensando en eso mismo. Le puse una mano en el brazo y dije: Nana no quería que la viera nadie, pero a ti te lo permitió.
Bill se puso colorado. Yo no cuento, dijo.
Desde que soy capaz de recordar, Bill padecía frecuentes y repentinos accesos de empatía que casi lo hacían enfermar por momentos, después de los cuales se comportaba siempre como si hubiera llevado el cartel de DAME UNA PATADA y alguien le hubiera hecho ese favor. Bueno, dijo, tú y yo hemos de tomar ciertas decisiones. ¿Como qué?, dije.
Bill me concedió tiempo de sobra para que observara su expresión.
¿Tienes idea de lo que cuesta este tipo de asistencia privada?, dijo. De acuerdo, comparada contigo, y conmigo, se podría decir que Nana era rica. Pero párate un momento a pensar en lo que habrá pasado con su portafolio durante este último año y pico. Mi portafolio se recuperará, con el tiempo; el tuyo también... ¿Portafolio?, dije. Pero el de ella no, dijo Bill. Ya no le queda tiempo. Dentro de un año, si es que todavía vive, la verás sentada sobre una rejilla del metro, muerta de frío y pidiendo calderilla con un vaso de plástico. Lo que quiero decir es que aquí hay que decidirlo todo. Y una de dos, o lo decidimos juntos o lo decido yo solo. Aquí no hay piloto automático que valga. En serio, Lulu..., parece que todavía no te enteras. ¿Cómo crees que Nana ha conseguido estas enfermeras? ¿Crees que simplemente aparecieron ante la puerta una mañana por iniciativa propia?
Bill se frotó el puente de la nariz como si fuera yo quien estaba teniendo la rabieta. El caso es, dijo, que no parece haber esperanzas de recuperación. ¿Qué pasará con sus cosas, por ejemplo? ¿Quién revisará sus documentos? ¿Podemos encontrar un sitio mejor para ella? Son decisiones que hay que tomar.
Todo eso no eran decisiones, omití señalarle a Bill, que tenía un aspecto de lo más patético con aquella chaqueta y su tripa prematura, eran preguntas. Nana vive aquí, dije. Esto es su casa. ¿Qué quieres?, ¿mandarla a vivir a un témpano de hielo?
Valoro que te horrorice la sordidez de los mecanismos, dijo Bill, pero no te apartes del tema, hazme el favor. ¡Un chófer! Santo Dios, Lulu. Pero ¿qué chófer? Mira, Geoff es un buen hombre, me cae bien, y es un consuelo ver que has sentado la cabeza, por fin, y con alguien que no está loco de atar. Pero Geoff tiene tan poco sentido práctico como tú. Menos que tú, si cabe. Suele ser muy radical en todo, y me consta que hace lo posible para contagiarte a ti.
Soy perfectamente capaz de tener mis propios puntos de vista, dije. Y si te refieres al proyecto de pintar árboles, no veo que fuese nada radical. Lo único que hicimos fue elegir cada cual un árbol a punto de ser deforestado y conmemorarlo plasmándolo en pintura. Yo a eso no lo llamo ser «radical».
Estoy de acuerdo, dijo Bill. Es completamente inofensivo. Lo cual me parece bien, porque hay que ser prudente. Una cosa es la valentía, y otra distinta una temeridad de lo más simplista. Hay listas, sabes. Listas, listas, listas...
¿Temeridad de lo más simplista?, dije. ¡Tú sabes lo que Jeff ha estado haciendo, lo que ha estado estudiando! Le hablaba a gritos a Bill pero estaba pensando en el pobre Jeff, tumbado en la cama todo este último mes, garabateando en hojas de papel. Cuando yo le animaba a comer algo, se ponía a entonar estadísticas: cuántos niños nacidos con tal cosa, cuántos nacidos con tal otra. Lo sé, le dije el otro día, lo sé; no tienes que decírmelo a mí, díselo a ellos. Ya lo hemos hecho, dijo Jeff, ¡por eso nos cortaron la subvención! Al menos consiguió escribir un par de canciones sobre el tema, e incluso llegó a cantar una en el programa de radio que su amigo Bobby Baines tiene a las seis de la mañana. Jeff posee un don especial para escribir canciones sobre cualquier cosa. Ojalá volviera a hacer música. Era muy divertido salir con su banda. Me di cuenta de que tenía la boca abierta, le estaba chillando a mi hermano. Les han cortado la subvención, estaba gritando mi boca. ¡Para todo el proyecto! Y ahora pueden decir: Uranio empobrecido, hummm, es sanísimo, ¡basta con rociar un poquito en los cereales del desayuno! No te extrañe que Jeff no esté para muchas risas últimamente. No te extrañe que salte por cualquier cosa. ¡Radical! ¡Tú sí que eres radical! ¿Crees que no me he fijado en cómo pronuncias su nombre? Jeff es judío, ¿te enteras? ¿Crees que podrás soportarlo? Su nombre es Jeff, con jota, y no esa versión edulcorada, anglosajona y protestante de Geoff, con ge. Pero tú, cada vez que nos mandas ni que sea una nota, ¡siempre pones Queridos Lulu y Geoff, con ge!
Bill continuaba allí de pie, cruzado de brazos. Al menos yo mando una nota de vez en cuando, dijo. Y por favor, no finjas que no sabes lo que es un portafolio. Eso no, por favor.
Nos miramos el uno al otro durante un momento tan largo como vacío. Habrá que vender el Corot, dijo.
Vender, dije yo.
Bueno, no sé qué podría haberme importado a mí, la verdad. Se venda o no se venda, yo no podría haber colgado esa cosa en nuestra pared, con la pintura que se cae y llena de manchas. Aun así esa palabra..., ¡vender! ¡Es como volcar un vaso por descuido!
Sí, vender, dijo Bill. Las joyas ya están vendidas. ¿Quééé?, dije. ¡No sabía nada! Uy, perdona, tú sí, claro, vale, vale, vale. Pido disculpas y tal. Bill carraspeó un poco. En fin, dijo.
Abarcó con un gesto la habitación envuelta en sábanas. Evidentemente quedan muchas cosas, pero no hay nada de valor. Peggy ha investigado a conciencia. De todos modos, si tú quieres algo, ahora es el momento de reclamarlo.
«Ahora es el momento. Ahora es el momento.» ¿Quién quiere oír eso, se refiera a lo que se refiera? Gracias, dije.
¿Había algo de Nana que yo hubiera codiciado especialmente? Cerré los ojos. ¡Y pensar que Nana le había enseñado a Eileen ese recorte donde salgo yo con mi árbol y mi cuadro! Vale, de acuerdo, el proyecto quizá no había sido muy efectivo, pero ¡al menos había habido un pequeño recorte! ¿Se había sentido Nana orgullosa? ¿Pensó que yo estaba guapa? Eh, un momento, dije, ¡Nana todavía está viva! Eso no te lo voy a discutir, dijo Bill, pero ¿cuántas de estas cosas crees tú que va a utilizar ella a partir de ahora? Por ejemplo, ¿crees que va a utilizar el juego de té?
¿El juego de té?, dije. ¿Tú quieres el juego de té?, dijo él. ¡El juego de té!, dije. ¿Esa cosa de plata, pesada y que abulta tanto? ¿Y qué demonios haría yo con el juego de té? ¿Cómo crees que vivimos Jeff y yo, por ahí en el monte? Cálmate, Lucille, dijo mi hermano, por Dios. Te lo ruego, no empieces como papá.
¿Se puede saber por qué estamos hablando del juego de té?, chillé. Disculpa un momento.
Fui a la cocina. Eileen estaba allí sentada. Cogí un vaso del armario y eché unos cubitos de hielo de la bandeja que había en el congelador. Perdón, dije. Adelante, sírvete, dijo ella.
Había un aviso pegado a la puerta del frigorífico con un imán que parecía una cereza. Orden de No Resucitar, decía. Oh, mierda, dije.
Eileen asintió. Es encantadora, tu abuela, dijo, pero yo me la quedé mirando como si esperara ver algo más que una enfermera con uniforme blanco.
Cuando regresé al comedor vi que Bill debía de haberse reunido con los demás, de modo que hice una parada técnica en la credencia para llenar el vaso, y volví también a la sala de estar.
Además, dijo Bill, no estábamos hablando del juego de té. Eras tú la que hablaba del juego de té.
¿El juego de té?, dijo Peggy.
¿Lo quieres?, pregunté.
Muy amable de tu parte, dijo Peggy.
Bill puso una cara idéntica a una de las que ponía papá: de pura malevolencia, entre cómplice y regocijada. Sin duda, había hecho su propia visita a la credencia y estaba zampándose un trago de algo. Entró Eileen y ayudó a Nana a tomar un vaso de agua con un espesante dentro para que le fuera más fácil tragar, y le dio una pastilla. Un hilillo de agua resbaló por la comisura de la boca de Nana, que no pareció enterarse. Eileen se la limpió, así como algo que le salía de un ojo. Melinda se había tapado los oídos con las manos. ¡Esos aviones!, dijo, ¡no soporto el ruido de esos aviones! ¿Por qué hay tantos aviones?
Vamos, Melinda, no te preocupes, dijo Peggy, en Nueva York hay aeropuertos, y es lógico que haya aviones. Además, eso es un helicóptero, dijo Bill. ¿Nos va a tirar una bomba?, preguntó Melinda. No seas tonta, cariño, dijo Peggy, no van a tirarnos ninguna bomba, somos nosotros los que les tiramos bombas a ellos.
Los helicópteros no lanzan bombas, Melinda, dijo Bill, seguramente están buscando a alguien. ¿Quién?, dijo Melinda. La policía, dijo Bill, ¿oyes las sirenas? No, digo que a quién está buscando la policía, dijo Melinda con las manos otra vez en los oídos. ¿Cómo vamos a saber tu madre y yo a quién está buscando la policía?, dijo Bill. A algún criminal, supongo.
Melinda se puso boca abajo en el sofá y soltó un gemido ahogado. Cálmate, por Dios, Melinda, dijo Peggy. Estás molestando a tu bisabuela. Melinda miró de reojo a Nana, que tenía la vista clavada en las imágenes del edificio en plena y elegante explosión, las mismas que yo había visto antes. Me pregunté dónde estaría ese edificio..., en qué país, por ejemplo.
Las cosas ocurrían siempre de forma repentina y contundente en el televisor. Otro edificio, sin ir más lejos, estaba siendo destrozado mientras mirábamos, contemplándolo desde uno adyacente todavía más alto. ¿Por qué os enfadáis todos conmigo?, dijo Melinda.
Yo no estoy enfadada contigo, dije. ¿Estáis enfadados con ella?, pregunté a Bill y a Peggy. Claro que no, dijo Peggy. Sí que lo estáis, dijo Melinda. Nosotros no estamos enfadados contigo, dijo Peggy. Y ya te he dicho mil veces que en cuanto hayas pagado el trabajo de reparación, podrás poner cinta adhesiva donde quieras.
¡Yo lo hacía por vosotros!, dijo Melinda. ¡Nada más que por vosotros! Se volvió hacia mí. Allí ponía que había que hacerlo, dijo, coger cinta adhesiva y tapar las ventanas con plástico por culpa del veneno, y como la canguro estaba en mi cuarto con su novio, busqué la cinta en el cajón y unas bolsas de basura y después Stacy se cabreó también conmigo, y eso que yo no me chivé de que ella y Brett estaban arriba haciendo...
No quiero oírte hablar así, dijo Peggy. Ni de Stacy ni de nadie, ¿entendido, señorita? En la vida real, las chicas no se comportan como fulanas de televisión. No dejaré que la veas tantas horas.
Pero ¿yo qué he dicho?, ¿eh?, dijo Melinda, y prorrumpió en desgarradores alaridos que sonaron como si estuviera rasgando un trozo de tela podrida. ¡Basta, Melinda!, dijo Peggy. No sigas con eso... ¡te estás poniendo histérica!
Es tan teatrera, me dijo Peggy, poniendo los ojos en blanco. Abrazó entonces a Melinda, que continuaba gritando sin parar. No hay motivo para excitarse tanto, le dijo, estás muy cansada, nada más.
Por la pantalla desfilaban nuevamente soldados. Peggy los miraba con aire ausente, la barbilla apoyada en el suave pelo de su hija. ¿Iba a ser Melinda tan zoquete como sus padres?, me pregunté, pero luego tuve que recordarme a mí misma que Peggy y Bill estaban pasando unos momentos difíciles, preocupados todo el tiempo por Nana y lo demás. Peggy se veía muy cansada y triste, embobada frente al televisor. Ella suspiró. Yo también. ¿Os acordáis de cuando la gente podía comprar chuletas de ternera siempre que quería?, dijo. Ayer a Bill le entraron ganas de comer chuletas, y fui al mercado, y un poco más y tengo que empeñar toda la ropa.
¿Somos pobres?, dijo Melinda, e hipó. Pregúntale a tu madre, dijo Bill, otra vez con cara de papá. Peggy lo fulminó con la mirada.
Yo trataba de recordar lo que Nana había escrito en su librito sobre la moneda..., fijo, flotante, importaciones, exportaciones, ahorros... Y luego intenté recordar qué había pasado exactamente en nuestras últimas guerras, bueno, en las últimas más o menos recientes: quién había estado implicado, exactamente, y cosas así. ¡Eran tantos los datos! Siempre salían a relucir nuevas cosas sobre estos asuntos cuando ya eran agua pasada. Es bastante difícil aclarar exactamente lo que se destruyó y dónde, cuál fue el número de víctimas. Bueno, imagino que para los que viven en esos lugares no es tan difícil. Y Jeff suele tener sólidos conocimientos sobre esas cosas, igual que Nana en sus buenos tiempos... Me pregunté qué creería estar mirando ahora, si pensaba que estaba viendo imágenes de su vida, de su pasado: recuerdos, el interior de su propia cabeza... Miraba la pantalla con tal concentración que parecía enfrascada en una tarea complicadísima. Trataba realmente de entender lo que mostraba. ¡Así era Nana! Siempre esfuerzo y esfuerzo y más esfuerzo. Allí estaba el edificio reventado, y el otro más alto que se erguía justo al lado. Me pregunté qué sería ese edificio alto, y lo que ella creería que era. Parecía un bloque de oficinas, con sus ventanas negras. Nana quizá pensaba que detrás de esas ventanas negras estaba la oficina de la Muerte. Quizá se imaginaba a la Muerte como un apuesto anciano de uniforme, sentado a su escritorio repasando sus gráficas. A su espalda, ella estaría viendo un mapa enorme con chinchetas de colores y a sus generales, con esos rostros tan, tan familiares. El anciano parecería cansado ¡tanto que hacer! —y triste. No se percataría de la lágrima de cristal que su ojo de cristal dejaba escapar.
Supongo que cualquier día volamos todos por los aires, dijo Bill. Estupendo, dije yo. Bueno, chicos, estoy rendida. Me vuelvo a casa de Juliette. Podemos hablar de todo mañana, ¿vale?
¿Tienes dinero para un taxi, Lulu?, dijo Bill.
¿Si tengo dinero para un taxi? Por supuesto que tengo dinero para un taxi, dije. Ojalá no me hubiera gastado casi toda la última paga, antes de que a Jeff le cortaran la subvención, en esas botas blancas de gogó marca Courréges. Pero las rebajas son prácticamente la única ventaja de mi profesión, y debo decir que las botas son de fábula. De todas formas, dije, voy a tomar el metro.
¡El metro!, dijo Peggy.
No seas insensata, Lulu. ¡No te mueras, tía Lulu!, dijo Melinda.
Por el amor de Dios, Melinda, dijo Peggy. Aquí no se va a morir nadie.
¡Cuánto deseaba que Wendell hubiera acabado de intentar convencer a Juliette y así poder desplomarme en su futón! «No hay descanso para los malvados», solía decir papá con una carcajada, cuando se marchaba para pasar la noche en la ciudad. (Ni para los santos, dice Jeff respecto a eso, ni para los moralmente indescifrables.)
Oh, mirad, dijo Peggy señalando la pantalla, donde un tipo sonriente con bata blanca estaba junto a unos tubos de cristal de laboratorio y sostenía en la mano lo que parecía un carrete de costura, ¡me parece que están hablando de ese nuevo hilo!
¿Qué nuevo hilo, qué nuevo hilo?, dijo Melinda.
Ese hilo nuevo, dijo Peggy. Leí un artículo que hablaba de un nuevo tipo de hilo que es electrónico. ¿Electrónico? Sí, creo que era eso. En fin, resulta que han inventado una fibra que puede detectar la temperatura de la piel y los cambios químicos y qué sé yo qué más. Ahora podrán hacer prendas capaces de controlar si hay problemas en el organismo, de manera que si tienes, por ejemplo, diabetes, creo, o alguna cosa grave, la ropa que lleves podrá registrar lo que está pasando y así protegerte.
Eso es genial, ¿eh, Granana?, dijo Melinda. Echó sus bracitos al cuello de Nana, y ésta cerró los ojos como si por fin se tomara un respiro.