Linda Berrón - "El pique"

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Cuentista, novelista y dramaturga costarricense (nacida en España). Su obra es referencia en la literatura de Costa Rica tanto en el ámbito cuentístico como en las problemáticas que aborda, principalmente las complejidades de la condición humana desde la perspectiva de las mujeres.
Este cuento fue finalista en el “Premio Ana María Matute de Narrativa de Mujeres” en 1992 y apareció en el volumen “Relatos de mujeres” de 1996.


Ella se aferra con los brazos a los flancos tensos del hombre, lo aprieta con las piernas, levanta un poco la cabeza, jadea, abre mucho los ojos, trata de mover la pelvis, jadea, se traga el aire a grandes mordiscos, quiere ir más aprisa, como él, que devora los segundos en impulsos secos y potentes, jadea, quiere alcanzarle, gozar con él, se apura, le clava las uñas y, desde la cama, escucha los gritos de los chicos, peleando como siempre el primer lugar para ducharse. Es exactamente en ese momento cuando ella sabe que es imposible, que él va a terminar, que jamás podrá darle alcance, y se deja, afloja los músculos para recibir el placer de él que se va desplomando lentamente sobre su cuello, con su aliento fatigado y la frente empapada.
Ella cierra los ojos: se ha ido de nuevo. Oye vociferar al pequeño en la puerta del dormitorio. ¡Se van a callar!, les grita con la tensión en el cuello aún rígido. Vuelve a poner la cabeza en la almohada. Sí, se ha ido de nuevo; el placer, el éxtasis, la fuga, el infinito, se fueron sin ella: como un tren que huye hacia el horizonte remoto.
Desaparece y ella queda mirando el vacío. Dentro del dormitorio cabe un enorme vacío. Desde el armario, que ella ordena todos los lunes, hasta la ventana, cuyos vidrios limpia todos los jueves, hay un espacio infinito que se lo traga todo.
El hombre le acaricia el pelo húmedo, le da un beso en la mejilla acalorada y se levanta. Ella lo contempla cuando desaparece tras la puerta del baño. Él también se va, satisfecho, fuerte, descansado. Lo envidia. Ella se mira el cuerpo, ¿será éste un cuerpo torpe, incapaz de sentir placer?, ¿será sabio solamente para el dolor, la contracción, la inútil hemorragia?, ¿experto sólo en alimentar a otros, complacer a otros, acumular reservas en sus tejidos avaros para los malos tiempos?
Son malos tiempos ahora. Hay que mirar hasta el último cinco, ver qué camarón, negocito, botella, chiza, chorizo, cambalache se busca uno; o una. Ella prepara repostería para vender. El dinero no vale nada. El trabajo no vale nada. La vida en general se ha devaluado. Se mata por pinches dos mil pesos, a pesar de la inflación. La gente anda totalmente perdida y sale por donde menos se espera. Casi nada es predecible, sólo la incertidumbre o la rabia.
Él se pone a silbar en el baño. Debe estar preparando el jabón de afeitarse. Lo imagina agitando la espuma con la brocha, le gusta esa costumbre. Ella se levanta y sonríe blandamente. Al menos, él podrá empezar bien el día. Necesita empezarlo bien, la vida está muy difícil. Mala época para las universidades; acaban de salir de un paro. Y eso es aquí, ¿qué será en los otros países de la región, o en Rusia con el invierno? ¿Qué le está pasando al mundo, hasta los gringos se quejan?
Se viste deprisa, antes de que los niños vayan a desayunar. También ellos necesitan empezar bien el día. Están en el colegio apenas, pero tienen que estudiar, tal vez eso les ayude en la vida, los ponga vivos. Si ahora los tiempos son malos, ¿qué les tocará a ellos? Al menos ninguno es mujer; quizá puedan alcanzar, con menos problemas, el tren de los bienaventurados.
Los encuentra en el dormitorio, gritando, revolcando el armario, todo lo pierden o recuerdan haberlo perdido en el momento exacto de salir. Y ella, que conoce cada centímetro cuadrado de la casa, cada libro, cuaderno, pañuelo, corbata, encuentra lo perdido. El final es siempre el mismo: les grita, es la última vez que les busca nada, se desgañita, se agota, es tardísimo, tarde para el colegio, tarde para él que hoy tiene que ir de gira a la costa, se va en el bus de la universidad, le deja el auto a ella para que lleve a los niños, vengo en la noche, o mañana, yo te aviso, te llamo, en todo caso me acordaré de vos, de tu cuerpo tibio por la mañana… se aleja disimuladamente de él para abrir la puerta: por hoy ya no más, ni una caricia más.
Niños, vamos rápido. Arranca el auto, está frío, se apaga. Aprieta el embrague hasta el fondo, pisa fuerte, acelera, acelera, el motor ruge, el tubo de escape truena, pone marcha atrás y llega a la calle en un solo y raudo movimiento curvo. ¡Yuhuuu!, gritan los niños. Tontamente a ella también le entran ganas de gritar ¡yuhuuu! y apretar el acelerador hasta el alma para volar por las calles a toda mecha, un alto, reduce a segunda, un vistazo rápido, sigue, adelanta, pita a un taxi, osadía, semáforo rojo, es de peatones, no viene nadie, se lo salta, la curva rechinante, y lo mejor: el viento en la cara, la furia en la manera de respirar, de cambiar las marchas, de correr, de llegar a tiempo, tal vez, al tren del gozo.
Los niños se bajan, ¡qué chiva, mami!, adiós mis amores, sí, qué chiva. Mientras va a la carnicería, repasa mentalmente la nevera, el menú de la semana. En lo alto del mostrador, se encuentra al carnicero, canijo y sonriente; en la radio, a Julio Iglesias, lo mejor de tu vida me lo he llevado yo, lo mejor de tu vida lo he disfrutado yo. La voz meliflua se esparce sobre las carnes rojas, mutiladas y brillantes; dos kilos de molida especial, un kilo de bistec, ¿están suaves?, tu inocencia primera, el despertar de tu carne, eso es todo, gracias.
Paga a la carrera porque un camión está detrás de su auto, pita y vocifera para que se quite, que tiene que descargar mercadería, ya va, le dice con la mano, sale apresurada, se le cae un paquete, lo recoge, arranca, y aún en la ventanilla abierta le susurran: tu inocencia salvaje me la he bebido yo. Mira con furia al chofer y regresa a la calle principal atascada de autos; sortea un microbús, queda junto a un taxi, le cierra el paso, el taxista la mira, le hace señas; de mala manera le está ordenando que se corra hacia atrás, que se aparte, que se retire, que se rinda, ¡ni loca!, ella no se retira ni un centímetro, que se aguante, que se espere como todo el mundo, como ella. Avanzan los de adelante, ella los sigue bien pegada, que no se le ocurra meterse. Pasa el semáforo, por fin corre veloz por la calle, esquiva los obstáculos, los huecos en el pavimento, tuerce a la izquierda y toma la autopista. Ahí puede ir más rápido, pone la cuarta, a toda máquina, los tomillos flojos vibran, por la Penélope derecha le adelanta un bmw beige, vidrios ahumados, sin placas, recién salido de las bodegas de un barco europeo. Detrás le sigue un Mercedes blanco brillante, con vidrios ahumados, sin placas, salido del mismo barco o de uno parecido: no son malos tiempos para todos, hay gente con suerte.
Llega a la rotonda y se detiene, se adelanta poco a poco y aprovecha la lentitud de un autobús para lanzarse. El autobús pita, alcanza a ver la boca del chofer silabeando vie-ja-i-jue-pu. Acelera para echarse encima de ella, para asustarla, para castigarle la insumisión de cruzar delante de él. El canalla le pasa rozando, qué rabia, qué ganas de pegarle, de gritarle, de parar el tránsito, de que explote todo.
No quiere regresar a casa, no dobla en la esquina debida, sigue recto, continúa por la periférica lo más veloz que puede. De reojo, ve el parque vacío, unos perros con sus dueños, un par de policías a caballo, el lago rutilante. El aire vuelve a ser fresco en sus mejillas. Se aproxima la siguiente rotonda, se acerca al carril izquierdo, quiere entrar, pone el intermitente, pero un auto acelera para impedírselo. Es un Honda negro, cubierto de calcomanías brillantes, con dos muchachos adentro. El que conduce, un joven con verdes rayban fosforescentes, un aprendiz de ejecutivo tirando a lumpen, tiene una sonrisa carnívora cuando hace un quiebre hacia la derecha para asustarla. El otro, con la cabeza rapada, también se ríe.
Los dos autos llegan pegados a la rotonda. Ella pone el intermitente izquierdo pero el Honda se bambolea amenazante hacia la derecha. Ella aguanta un instante, pero luego cede, dobla también a la derecha, el Honda la adelanta y ella sigue detrás; se pega, furiosa, al claxon. El jovencito saca el puño izquierdo con el dedo corazón extendido. Ella ve la mano, ve el auto, ve las dos cabezas que se mueven, los hombros que se agitan, se ríen, malditos, mastica, se le han puesto los músculos del cuerpo como de hierro, no jadea, sólo aprieta los dientes, empuja el acelerador y se les pega detrás, así, bien cerca; mírame imberbe de mierda, sí, soy yo la que va detrás de vos, te sigo a toda velocidad y no me voy a quitar, hasta el fin, una perra de presa, ¿no me ves los dientes puntiagudos hacia atrás?, ¿no?, entonces qué miras tanto, imbécil, ¡ah, no!, no trates de escapar, voy detrás, ¿lo ves?, yo también me salto el semáforo, también doblo a la izquierda y luego a la derecha, también voy contravía, no me despego, toco el claxón, una vez, dos, las que yo quiera, que mire la gente, qué me importa, ajá, me decís que pase, cabrón, que te deje en paz, ja, ja, ja, ahora sí, ¿verdad?, ahora me “dejas” pasar, pasa vie-ja-i-jue-pu-ta, pasa, no me da la gana, maricón, sí, levanta los rayban para verme mejor, no te lo esperabas ¿a que no?, nadie te contó que podían invertirse los términos de los lobos y las caperucitas, que nadie ha robado nada y el espíritu salvaje está intacto, pues ahora ya lo estás aprendiendo, ahora que tenés forzosamente que parar, qué remedio ¿no?, tenés que esperar que los otros crucen, a pesar de las ganas que sentís de tirarte, de huir, de perderme, pero estoy aquí detrás, sí, soy yo la que te da un golpe seco en el bumper, sí, yo, ¿y qué?, te alteras, el pobrecito auto de tu papi, alzas los brazos, no entendés nada, nada, ya no sacas la mano con tu dedito levantado, ni siquiera salís a enfrentarte conmigo, ya no te reís, tu amigo ya no agita sus cuadrados hombros sonrientes, se miran los dos, preguntándose cómo salir de ésta, cómo huir de una loca. Ya lo sabes, lo has aprendido, no habrá impunidad de ahora en adelante, en cualquier esquina puede despertar una exbelladurmiente, una mujer loba, creo que ya lo sabes, por eso me adelanto en esta curva, paso al lado tuyo y me atravieso delante de vos, te acorralo, te quedas ahí prensado, me bajo del auto, me acerco y te sonrío, lo que debe desconcertarte aún más, y ya a tu lado, te digo con una voz que no has escuchado nunca en tu pinche vida: ¡las mujeres primero!

Elena Aldunate - "El niño"

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Novelista, cuentista y autora de literatura infantil chilena. Es conocida como la “Dama de la ciencia ficción chilena”, fue una autora pionera en este subgénero y siempre con una postura feminista embrionaria. Su coleccion de novelas infantiles también están enmarcadas dentro del mundo de la ciencia ficción.
El cuento pertence al volumen "Angélica y el deflín" de 1976.


Sí, indudablemente el niño había comenzado a ser un serio problema para la Sra. Gutiérrez, que —madre no más al fin y al cabo, buena y aburrida como un plato de galletas caseras —de tanta preocupación y perplejidad, estaba al borde de histeria.
Sentad allí, frente al escritorio del Dr. Jonnson, con el pelo recogido en un moño bajo, los oscuros ojos redondos, gordita y limpia, muerde la punta de sus guantes blancos en vano intento por serenarse mientras con vocecita tímida y clara le cuenta al psiquiatra detalles de su drama.
—Eso es lo más raro de todo, doctor, un niño tan sano de aspecto, jamás se me ha enfermado, porque esas fiebres que casi matan del susto cuando guagüita, el Dr. Flores, Ud. sabe, el mejor médico de niños, por los demás, como le dije, ni un resfrío…. Si Ud. lo viera, parece un ángel tan rubiecito, un niño precioso, todos me lo dicen. Pero es malo, doctor, tan chico y tan malo. Le aseguro que lo hace nada más que por molestarme, por volverme loca a mí, su madre, que lo ha sacrificado todo por él; se diría que sabe…
Aquí la Sra. Gutiérrez comienza a hacer pucheros que a los quince años debieron ser encantadores, pero hoy en esos labios oscuros y gruesos, dan entre risa y vergüenza ajena. A pesar de ello, el Dr. Jonnson la mira intenso y comprensivo a través de sus lentes metálicos.
—Tengo entendido, Sra. Gutiérrez, por lo que Ud. me ha contado, que su marido es agricultor, que tienen ustedes un fundo cerca de Rancagua, una zona espléndida, que le va muy bien. ¿No es así? Que él era viudo y con los hijos grandes que no viven con ustedes, que son muy buenos y la quieren, aceptándola desde el primer día, según sus propias palabras; que se casaron con Don José habiendo Ud. antes de este matrimonio trabajando de…. este, modista por varios años en su casa. ¿No es así? Bien, entonces explíqueme, señora, cuál es ese gran sacrificio, a no ser que me oculte algo… Malos tratos, intimidades molestas, en fin, algo de ese tipo. No tema contármelo, Ud. sabe que nosotros los médicos, como los sacerdotes, estamos bajo juramento y nada sale de entre estas paredes. Estoy para ayudarla, señora, no para juzgarla. En nuestra profesión estamos acostumbrados a oír y ver toda clase de anomalías en los seres humanos. Tranquilícese y cuénteme de ese sacrificio….
Los sollozos de la Sra. aumentan en un fino pañuelito de encajes, desde una abultada cartera de charol, viene en su ayuda.
—¡Ay! Doctor, con razón me dijo mi hijastra que Ud. podía adivinarle a una todo…. Es tan buena conmigo. ¿Sabe? Somos casi de la misma edad, jugábamos juntas cuando chicas, la señora, su madre, que en paz descanse, me quería pobrecita. La hija es tan inteligente. Se recibió junto con Ud. en la universidad, ¿verdad? Son todos tan buenos que me da no sé qué, doctor. Si llegaran a saber que lo que he hecho, creo no me lo perdonarían. Pero lo hice por él, por mi Luchito, para que tuviera un hogar, un padre que respete….
Y aquí el llanto remece a la pobre mujer con profundo y desgarradores estallidos.
—Cálmese, por favor, señora, tiene que decírmelo todo, es muy importante para que yo pueda comprender y tratar el caso de su hijo. Los niños a veces tienen extrañas reacciones si ven que su madre sufre; ahora presiento que hay algo muy especial que Ud. aún no me ha revelado.
Ya más tranquila, la Sra. Gutiérrez enfrenta al doctor con una húmeda y culpable mirada mientras retuerce entre sus manos sin guantes el pañuelo empapado.
—Sí doctor, sí es verdad. Pero esto se lo juro por mi madre, que me caiga yo muerta ahora si miento… Esto no se lo he contado a nadie, a nadie nunca; hasta he llegado a olvidarlo yo misma; a creer que todo fue un sueño, un hermoso sueño. Bueno, Luchito, mi Luchito, no es hijo de Don Pepe, bueno, de mi marido. Yo, esto pasó hace unos cuatro años en un verano en mi pueblo de Codegua, donde nací. Aunque Ud. lo crea difícil era una chiquilla de campo, yo era virgen. Aquí las mejillas gordinflonas se tiñen de un rosa intenso, los grandes ojos bovinos se entornan: Él era afuerino, un gringo alto y buen mozo que venía de Santiago a vender algo así como calentadores de sol, o qué sé yo. Tan buenmozo el gringo, rubio, tostado, con unos ojos calor miel, cariñosos y soñadores que, bueno, la mareaba a una. Iguales a los de mi niño. Yo no había tenido nunca un novio, puras molestias y proposiciones malas, doctor. Con él fue otra cosa, otro trato. Me fue envolviendo no sé cómo, con sus palabras y esos ojos que parecían calentarme por dentro, con esas manos tibias y esa piel quemada… Él era un calentador solar entero, doctor. Nada que ver con, bueno, con mi matrimonio y eso… Fueron tres días maravillosos, tres días que no podré borrar nunca. Para soportarlo me he hecho a la idea que lo soñé, y a no ser por el niño… Pero su hijo es diferente, su hijo me odia. Él era un pozo de amor. Sí, eso, un pozo de amor para mí. Ni siquiera trató de engañarme, me dijo que sólo se quedaría tres días y yo me entregué a él porque no pude decirle que no. Lo habría seguido hasta el fin del mundo si me lo hubiera pedido. Ninguna ha conocido hombre como él, lo sé por las conversaciones con otras amigas, ninguna. Callado sí, pero tierno comprensivo; si no hacía falta de hablarnos para que me entendieran todo lo que pensaba, lo que quería a lo que me molestaba. Tan delicado, tan hombre, doctor… Pero se fue y me dejó huérfano, viuda, muerta, todo junto. Ni siquiera sé cómo se llamaba. Un mes después me di cuenta que estaba embarazada y fui completamente feliz. Me parecía que él había vuelto, que no estaría más sola y aquí, aquí, doctor (la Sra. Gutiérrez se oprime con las dos manos el vientre recóndito que la pollera clara de Dacrón hace más visible), aquí sentí su calor, lo sentí durante los nuevos meses. Ud. comprende, yo sabía que el gringo no iba a volver, que no había nadie en el pueblo que valiera la pena echarle el ojo, como se dice, y pensando y pensando en las noches en mi desesperación, me acordé de Don Pedro, que me había hecho unas proposiciones no muy honestas desde chiquilla, ya que era sólo la costurera de la casa, la hija de la Lolo, mama de sus hijas. Creo que mi juventud hizo el resto. Él, un caballero viudo que andaba en los cincuenta, y yo, una muchacha pobre, pero con veintinueve años y mucha paciencia. Tenía que conquistarlo, no era muy difícil; los hombres, Ud. sabe, todo los hombres mayores, se creen al momento. Pero para mí, qué diferencia, que horrible diferencia. Dejé pasar unos días y le hice la gran escena, igual que en las telenovelas. Llorando fui a pedirle dinero para hacerme remedios. Él sabía por qué y yo sabía que Don Pedro era y es cada día más cristiano fanático. Lo pille en el momento justo y nos casamos. Ese es mi sacrificio doctor, cuatro años de aguantar un caballero muy caballero, pero brusco y engreído, para darle un nombre a mi hijo.
La mujercita calla y el doctor se queda mirándola unos minutos en silencio.
—Dígame, señora ¿Su marido no sospecha nada de esto? ¿No le extraña que el niño haya salido tan diferente a sus padres?
—Bueno, yo no sé si ahora, con todo lo que ha pasado, le habrán entrado las sospechas; pero cuando nació estaba encantado, decía que era igual a su madre, igual a los Schmits, todos rubios y de ojos claros. Ahora él me desprecia, doctor, dice que es culpa mía que el niño sea así; que no le he sabido enseñar, que soy una tonta ignorante. En fin, es terrible, yo ya no sé qué hacer, y como él no quiere ni oír hablar de Santiago, ni de psiquiatras, tuve que pedirle a mi hijastra, su colega, que me tomara hora aquí en la ciudad. Ayúdeme, doctor Jonnson, por favor. ¿Cree que se pueda hacer algo para convencer a mi hijo [de] que no haga esas escenas espantosas cada vez que tratamos de sacarlo fuera de su cuarto o queremos que vaya con nosotros al salón o a la cocina o fuera de la casa? ¿Ud. cree, doctor? Es tan chico todavía, cómo no se va a poder enseñarle ¿verdad? Ya le conté lo que fue el último paseo, cuando lo llevamos donde los tíos; creí morirme doctor, la gente nos miraba como asesinos. Pero lo peor fueron los gritos y los insultos de mi marido. ¿Qué habrán pensado en esa familia? Una humillación tan grande…
—Señora Gutiérrez, ¿vamos a ser amigos, verdad? Dígame, ¿cuál es su nombre de soltera?
—Me llamo Lucrecia Riquelmez, doctor, Lolo, como mi madre.
—A ver, Sra. Lucrecia, Ud. me ha dicho que el problema del niño que tiene tres años y medio, es que grita y se resiste cuando lo sacan de un cuarto para llevarlo a otro. ¿No es así?
—Sí, doctor, no quiere pasar ni por las puertas ni por las ventanas. Y eso es todos los días. Yo ya lo dejo que haga lo que quiera. Pero es pillo, porque a penas doy vuelta la espalda está en el jardín o en la huerta; no sé en qué minuto sale de su cuarto para aparecer en la cocina o en mi dormitorio con sus pasitos cortos y su risa alegre. Me mira y se ríe en mi cara con esos ojos dorados cada vez que me ve. Ya le digo. Dr. Jonnson, lo hace nada más que por molestarme.
—Señora Lucrecia, ¿Por qué se le ocurre a Ud. que es por las puertas que no quiere pasar? Y dígame: ¿esto lo hace solamente estando Ud. delante o con todo el mundo?
—Bueno, porque es cuando paso con él por una puerta, de un lugar a otro, o cuando trato de sentarlo en una ventana abierta o dejarlo caer por ella al patio grita y se defiende como si lo quemaran y esto lo hace desde muy chico, conmigo o con cualesquiera desde que comenzó a caminar a los nueve meses y un poco antes….
—¿Antes de los nueve meses? Señora, es un niño muy precoz, entonces. Y dígame, ¿ha comenzado a hablar, se da a entender ya?
-¡Oh sí, doctor! Habla de todo y entiende mucho más de lo que aparenta. Yo creo que es muy inteligente; mi marido dice que sacó la inteligencia de los Gutiérrez. Claro, como me cree tan estúpida. Pero yo que sé, me río sola de él y eso le da más rabia.
—Señora Lucrecia, creo que para hacerme cargo de este caso vamos a tener que conversar unas dos o tres veces más, los dos, antes de que me traiga al niño. No me parece un caso difícil, a esa edad todo se arregla rápido; los pequeños son como cera blanda todavía. Pero me gustaría, si me autoriza, consultar con otros colegas, todos tan discretos como yo. No tema en absoluto, señora, piense que cualesquiera indiscreción podría causarnos la carrera o la expulsión del Colegio Médico, como ya ha pasado en algunos casos. ¿Qué le parece que nos volvamos a ver el martes a las cuatro?
—Ud. no sabe cuánto se lo voy a agradecer. Lo dejo en sus manos. Entonces hasta el martes, Dr. Jonnson. Ah, ¿la cuenta se la pago a Ud. o a la secretaria?
—A la secretaria, por favor. Pero no se preocupe; hasta el martes, Lucrecia…. La pequeña señora Gutiérrez se levanta sobre sus zapatos de charol, se acomoda el moño con un gesto distraído, se coloca los guantes y limpia y gordita cruza el cuarto seguida del doctor para acercarse al escritorio de la señorita Lucia; pagar y con tímida sonrisa se despide mientras piensa espantada: ¡Qué caros son estos médicos de Santiago!
El psiquiatra vuelve a sentarse ante su escritorio de fina madera tallada y una intensa perplejidad se refleja en sus ojos al ojear los apuntes de este nuevo caso mientras toca el timbre para que se prepare el cliente que sigue. Interesante, habrá que hacer exámenes físicos y encefalogramas, tests, consultas con los colegas…. Interesante. Es la primera vez que interfiere en un caso como este. Un pequeño que estando acompañado por su madre sufre síntomas de angustia tal…. Muy extraño; por lo general, es en la soledad que se agudiza la fobia. Niños que no quieren salir de su cuarto, que le temen al afuera, deseo inconsciente de volver al vientre materno, pánico a la realidad, rechazo de un mundo desconocido e inhóspito. Y es padre-abuelo, anticuado y quién sabe si sospechoso y resentido… Le gustan estos desafíos….
Ahora era el niño el que estaba allí, frente al Dr. Jonnson. Era un hermoso niño, no cabe duda, aunque seguramente el padre debió tener algo de mulato. La oscura carita congestionada, por la que aún brillan las lágrimas, se calma de pronto a penas la secretaria cierra la puerta tras su compungida madre. Igual que en las consultas anteriores, que en las salas de espera de los colegas, en cuartos de exámenes y reuniones clínicas, en pasillos y entradas de hospitales y psiquiátricos, los que en estos últimos meses ha tenido que enfrentar con él. Las escenas de gritos, forcejeos e histerias han sido su diario martirio. Es bien poco lo que sus colegas logran dilucidar, llegando a resultados confusos y aún más desconcertantes exámenes y encefalogramas, tests en los que se ha llegado, sí, a una concreta y unánime conclusión: su coeficiente intelectual no es el de un niño de tres años y medio, corresponde a seis o más de gran inteligencia y capacidad; ninguna anomalía, ni física, ni psíquica, a pesar de esa temperatura corporal diez grados más alta que la usual en una niño sano. Los diferentes tratamientos y drogas no han dado mayores luces. La fobia del niño continúa y tal vez con más intensidad que antes.
El pequeño paciente contesta a las preguntas del doctor con su vocecita precisa, desafiante y dulce: “Sí, doctor; no doctor; no sé, doctor….,” como lo harían casi todos los niños del mundo. Grandes, ingenuos, maravillosos los ojos miran al Dr. Jonnson por entre sus largas y doradas pestañas, desde sus pupilas doradas que rasgan aquel rostro infantil de piel tersa y tostada….
Atrás quedó el rutinario escándalo de su entrada, de sus rabietas, de su angustioso llanto y esa extraña asfixia al cruzar los umbrales. Allí sentado con las piernas colgando, balancea unos piececitos calzados con blancas sandalias que contrastan con el sepia claro de su piel, y que no alcanzan al suelo. Su semblante es tranquilo, sonriente, interesado.
—Doc…. ¡No quiero que la mamá entre!
—Tú sabes que aquí estamos los dos solos, Julio, que nadie nos molesta. Somos amigos ¿verdad?
—Sí doctor.
El psiquiatra se ha recostado en su cómodo sillón de escritorio y jugueteando con un lápiz rojo, mira intensa y pensativamente al pequeño problema que a suvez lo mira. ¿Y ahora qué?, piensa, mientras una sonrisa profesional aflora en su rostro perfectamente afeitado y serio. ¿Y ahora qué diablos hago con este monstruito…? Mientras repasa la hoja clínica, un relámpago absurdo y fugaz enciende de pronto su desconcertado lucubrar. ¿Y por qué no? La madre le ha contado que lo único que le gusta es jugar a las escondidas; que es más que es a lo único que juega con los primos… Total, ya se ha probado todo…
Inclinándose hacia delante junta las manos y con una de sus voces más seductoras encara al pequeño para preguntarle como al descuido, con un dejo de incontenible ansiedad:
—Julito, ¿te gustaría jugar conmigo como lo haces cuando estás solo? Tú sabes que nunca le digo a tu mamá nada de lo que hacemos los dos aquí. Por qué los amigos no cuentan los secretos. ¿Qué te parece si entre nosotros hacemos un secreto bien grande?
—¿Secreto? No me gustan los secretos…. ¿A qué jugamos?
—Juguemos a las escondidas, ¿Ya?
—¡Ya!
—Yo me escondo primero y tú te tapas los ojos; cuando esté listo, golpeo tres veces y tú me buscas. El cuarto es grande, pero para que haya más lugar abriremos el baño y la puerta de mi salita de descanso. No tengas miedo, nadie te va a obligar a algo que no quieras. Ponte contra la pared y tapate los ojos. ¿Listo? ¡Ya!
Excitado, febril, el niño se tira debajo de la silla gritando:
—Noo, nooo, yo me escondo primero. Tú te tapas los ojos.
—Como quieras.
Julito corre por la habitación, psiquiatra se acerca a la pared y dándole la espalda, hace como si se tapara los ojos mientras por entre los dedos lo observa ansioso a través del espejo del baño, que refleja casi todo el cuarto por la puerta entre abierta. El pequeño sigue corriendo en la punta de los pies sobre la alfombra; corre alrededor del gran escritorio despacito, gira por entre el sillón y el diván de cuero pasa entre el estante de los libros y el canasto de papeles sin tocarlo, se mete de nuevo tras el escritorio para detenerse con una sofocada risita ante la ventana entornada de la pequeña sala, duda unos segundos y tomando la perilla de vidrio con las dos manos, suave, muy suave, la cierra… Da vuelta la cabeza para ver si el doctor no hace trampas y extendiendo los brazos como si fuera a volar, con alegres y susurrantes gorjeos, se apoya en la madera, sin ruido, sin esfuerzo, jugando, hasta traspasarla con todo su cuerpo, antes los ojos alucinados del doctor Jonnson que, ya de frente camina con las manos extendidas, heladas, para calentarlas en el rayo de sol que brilla en aquel cuarto cerrado, en el lugar exacto en que el niño acaba de desaparecer…

Katia Adaui - "El arte de perder"

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Novelista, cuantista y autora de literatura infantil peruana.
El cuento pertenece al volumen "Un nombre para tu isla" de 2025.



El día que regresé a Lima después de separarme perdí el reloj.
Me lo robaron. Fue un robo sutil. Casi amable. ¿No es extraño decir un robo amable? En mi ciudad te balean después de entregar el celular sin resistirte. Un hombre rozó mi brazo. Cuando me subí al micro y quise ver la hora, el vacío en la muñeca. La esfera del color favorito: azul noche; la correa plateada. Parecido a mí, casual o elegante. Algunas veces consigo adivinar la hora sin consultar el reloj. En el cielo gris -mi amigo Paul dice que el cielo de Lima está velando siempre un muerto, pero ¿cuál?- todas las horas se parecen a sí mismas. No vayas al centro con reloj o póntelo boca abajo para que les cueste arrancarlo. Lo olvidé. Viví cinco años fuera y olvidé cómo habitar el miedo.
La cuenta regresiva ha comenzado.
Tengo dos semanas para dejar mi departamento solo con lo necesario.
Mi mejor amigo desde el colegio lo ofrecerá en alquiler a largo plazo. Lo despidieron del trabajo y está entusiasmado con su nuevo papel de corredor inmobiliario.
Mauro me dice:
Es demasiado tú. Deja lo imprescindible. Saca todo, sin asco y sin cariño.
¿Cuántos platos, cuántas sábanas, cuántas tazas? ¿Regarán las plantas? ¿Qué es lo imprescindible? ¿Le pasarán cera a la madera y la frotarán hasta que reluzca? ¿Querrán el monigote a tamaño real que recogí del basurero y llamé Arturo y que instalé en el pasillo y espanta a las visitas que lo confunden con un ladrón?
Comprar cajas. Pero Mauro tenía cincuenta, de plástico, todavía por estrenar, con tapas rojas y verdes. Me prestó veinte, las amontonó en mi sala. Dos amigas que me visitaron celebraron su solidez y volumen. Especularon cuánto costaba cada una, las compararon con las que almacenaban en sus propios depósitos. Admirar cajas de mudanza… ¿La medida de la prescindencia es una caja por cada año de vida? Yo hubiera necesitado cuarenta y seis.
No creo en los depósitos: archivar es jubilar. Cuando por fin recoges las cosas, ya no las deseas, el encantamiento de su influencia prescribió. Polvo han sido y en dictadura se convertirán.
Los juegos de llaves. ¿Por qué son tantas y a qué cerraduras pertenecen? El mismo día que las inhabilitas desconocen sus puertas. Como medias que perdieron a su pareja, caducan, no abren, no calzan más.
Los cables, alambres de púas de nuestro tiempo, útiles para separar y aumentar la productividad, una vez recuperados del cajón, ¿a qué iban unidos y qué hacían funcionar? Maraña espantosa, nunca se la bota por separado, al tacho en rejunte.
Hacer lugar. Vender algunos objetos.
Comencé por la bicicleta eléctrica plegable. La ofrecí con una foto mía en la avenida, el pelo en el casco, los pies en el aire. Que se viera bien gozada. El aviso lo respondió una chica: Necesito recorrer grandes distancias sin llegar sudando al trabajo; la esperaba un amplio bicicletero, no una ducha. Dijo, es mía.
Yo la acababa de reparar, la batería y las cámaras nuevas, mantenimiento completo en todo el sistema, frenos de precisión. Al volverla a montar, la sensación de fundido, de ser una con esta bici que compré pionera hacía nueve años. Tuve ocho bicicletas a lo largo de mi vida. Pero a ninguna otra la quise como a esta. Seguridad para maniobrar, en la curva, en el bache, para escurrirme. En los semáforos me preguntaban:
¿Cómo haces para avanzar?
Al ras de los vehículos atorados en cada intersección, yo volaba, puntual, a todas partes, paralela al mar, salitrosa, bienvenida. Al entrar a la oficina desmontaba el manubrio, doblaba su cuerpo por la mitad y la acurrucaba, como a una mascota, bajo mis pies. Como yo, sabía hacer bulla y llamarse al silencio, ser frontal o esquiva.
Un primer intento de venta. A una de mis mejores amigas. Veinte años atrás, Lourdes se compró una bici para acompañarme. Cayó en un hueco, se rompió un colmillo y abandonó el pedaleo. Sigue siendo peatona, no maneja. Al ver que ofrecía mi bici eléctrica la compró. Por insistencia. Por insistir en contagiarse el deseo. ¿Segura? Segura. Esta vez ni siquiera cargó la batería o la sacó a un viajecito, terminó en su garaje, la llanta posterior desinflada sin haberla girado. La recuperé, me la devolví impecable. A la chica que dijo la quiero le escribí un día antes de que viniera a verla:
Te pido perdón. Me arrepentí. Sé que te gustaba, pero no puedo venderla.
Tampoco quedármela. Se la presté por tiempo indefinido a mi amiga Lidia, me había presentado las bicis eléctricas una semana antes de que le robaran la suya.
Te la guardo, me dijo, la monto alguna vez y te recargo la batería. Cuando vuelvas a venir, te la regreso.
Se la entregué con funda nueva, la cadena de seguridad, el casco. Le pedí que usara siempre las cintas reflectivas en los tobillos y el chaleco de neón. Dijo: ¿Todo eso te ponías para que te vieran?
Adoro a mi amiga Lidia, entre otras virtudes, porque trabaja en el aeropuerto y, al partir, el suyo es el último abrazo que recibo.
Puse a la venta mi escritorio. Sin asco y sin cariño.
Lo encontré en una calle de anticuarios que frecuentaba mucho antes de que explotara en fama y saliera en revistas y en televisión. El corazón anacrónico, fui retro cuando no se destinaba ese nombre a la nostalgia, cuando el pasado reciente no tenía potencia de aura. A los quince, a los veinte, fantaseaba con la vivienda propia, soñaba muebles desgastados para anidar. Algún día. Siglos después, calibré la evasión: había partido de la casa de mis padres sin haberme ido.
En cinco cuadras se exhibían las reliquias ajenas, lo que no resiste polilla ni óxido. Camionadas de deudos llegaban los fines de semana a rematar su herencia. Desconocían el valor. Regateaban minucias. Desmontaje de casas invadiendo veredas, como puestas a secar luego de la inundación. Tal mezcla de estilos, épocas, texturas, edad, calidad y gustos que todo barroco: lo sobrio y lo recargado, lo huachafo y lo mínimo. Intemperie de alfombras, sofás, pianos de cola, arañas, álbumes de fotos, veladores, cabeceras de cama, camas de hierro, baúles, triciclos, vitrinas, cofres, candelabros, cirios, ceniceros. Curioseaba entre las cosas y, sin dinero, las escogía de pensamiento, imaginaba para la vida después.
¿Vas a comprar algo?
No, solo estoy deseando.
Corras de capitán, espadas, sables, faros en miniatura, carros a pedal, coches de bebé, caballos de carrusel, menaje, bar. Por entonces, a esta zona solo venían productores de cine, de comerciales o de telenovelas que los alquilaban como escenografía. Se pasaban la voz conservando el secreto. Decorados con fecha de caducidad, no te los quedabas. Rellenos de ¡da y vuelta. Muchos años más tarde, varios de estos objetos los vi revendidos a precios impagables por casas de diseño. Una de ellas se llamaba Reencarnación. Cuando pude adquirirlos -una alacena, un velador, una mesa de noche; ninguno había sido eso antes- no intervine en modernizar, no lijaba ni pintaba, no reemplazaba remaches ni aceitaba bisagras, no abrillanté, mantuve cada una de sus marcas, como creo que deben envejecer los cuerpos.
Trabajo de embellecer y es un destino de toda la vida aprenderlo: hay cosas que no deben ser hermoseadas.
Un escritorio que hubiera sido otra cosa.
Quería más lugar para mis lapiceros, papeles, marcadores y libros, los materiales del aliento y la buena disposición. Rodearme de voces que subieran a mí en eco, ampararme en ellas por apremio de narrar o por alerta de ignorancia, para saber cuándo callar y no hablar de más. Apenas la vi lo supe. Una mesa que parecía liviana, pero de madera maciza. Me enamoré. Auxiliar de cocina, dijo el vendedor, dándole golpecitos. Así como hay un cocinero principal y otro adjunto, esta mesa no fue la esencial: continuidad de la otra, la buena sustituía. Surcada por quiñes, cortes, cuchillazos, algunas partes astilladas, otras parchadas a la mala con macilla y tintura marrón, no eran mis cicatrices y nunca lo serían, no mi mesa de sacrificio, sino altar.
Con los tres hijos del vendedor la cargamos, uno por pata, -¿dónde había estado antes, a quiénes perteneció?, ¿alguien se atragantó en Nochebuena y cayó sobre su plato recién servido?, asumimos, exageramos- durante diez cuadras, una por cada año que la tuve, esta mesa, la casa más querida. Auxiliar de escritura, recibió mis huellas, esbozos de personajes descritos a lápiz, café, tinta, agua de mar, la frase: Este es mi lugar de combate y de aquí no me voy, y la vieja madera, porosa y resistente, como papel de calcar.
Mi amigo Daniel pinta y dijo tiene la altura perfecta, yo quiero tu mesa. Llegó tarde a recogerla, vino con su hermano. Yo dictaba un taller cuando atravesaron el pasillo sin encender la luz, la mesa en alto, en puntas de pie para no hacer ruido, ladrones, sin soltarla sonrieron y dijeron chau. Los veía forzarla en el maletero. Debieron quitar una fila de asientos. Yo esperaba que no cupiera, regrésenla. Se me estrujaba el estómago. No pude más. Apagué el audio de la cámara y la computadora, y lo llamé:
Discúlpame, no puedo venderte el escritorio, no puedo. En él escribí casi todos los días.
Le voy a dar un buen uso, dijo, seguirá siendo para algo creativo. No te preocupes.
Me puse a llorar:
Soy una idiota. No sabía cuánto lo quería.
¡Es lo primero que ofreciste!
No sé por qué me quise deshacer de las únicas dos cosas que no puedo vender, la bici y la mesa.
La voy a cuidar.
Lo sé. Por favor no me odies.
Bueno, tendrás que contratar un camioncito para recogerla.
Apenas dijo eso, le respondí:
Dame hasta mañana para ver si cambio de opinión.
Tengo una idea, replicó. No me la vendas. Préstamela. Un año o cinco. Cuando vuelvas es tuya.
Suscribimos un contrato:

Mediante la presente,
el aquí firmante se compromete
a usar la mesa (añade medidas) con fines de placer y
devolverla a su dueña apenas lo solicite.

 
A los pocos días recibí una foto: despatarrado, sobre la mesa, su perro, aún cachorro, mordisqueaba un pincel.
¿De qué me deshice, qué pude sacar sin remordimiento?
Sentada, arrodillada, me detuve en cada objeto, encorvada, ensayé una distancia. Surgieron cartas de amistades fugaces, estampillas de países que ahora llevan otros nombres. Mayólicas, pepelmas, losetas, macilla, fragua, por si había que reparar parte del baño o la cocina. Réplicas en miniatura de estatuas, murallas, torres que no me interesa escalar, caracolas de mares de otros. Libros sin lenguaje que no leeré. Doné lo servible, al pie de la escalera, en la salida de emergencia: SE REGALA: todo desapareció en un instante.
De las veinte cajas solo usé diez. Son 4,6 años de vida por caja.
A ellas fueron a parar lo que me acompañaría a todas partes, por ahora.
A mi vuelta a Buenos Aires deberé mudarme. Que mi expareja se quede con casi todo: el palpito, el cuadro del bote con remos anclado en la arena y su dedicatoria, para ustedes dos, porque sí, la niebla, los letreros de la panadería del mercado, comíamos pasteles recién salidos del horno algunas tardes, con el listado de los nombres y sus precios, el nuevo dueño, cuarenta años más joven, emprendimiento, la convirtió en un restaurante carísimo.
Con qué claridad sabremos distinguir y seleccionar qué cosas serán de nuevo solo mías o solo tuyas, después de que fueran tan nuestras durante un tiempo importante. Perdóname, dije, dijiste, fui un monstruo. Una maceta me llevo. El brote de la planta que conseguimos en la primera semana de nuestra convivencia y creció y se multiplicó hasta rozar el suelo. Verdeará el camino entre su casa y la mía, el miembro fantasma de su presencia, la conversación en suspenso.
El día antes de partir de Lima perdí las llaves.
Me quedé afuera y debí colarme por la ventana entreabierta de mi habitación. El vecino me prestó su escalera, la sostuvo mientras yo subía. Un policía rondaba en su patrullero y me pidió deténgase.
Permítame alcanzar el muro, le dije, y le pruebo que es mía. Con un pie en el alféizar, le describí cada cosa.
Dijo:
Solo quería su DNI.
Apilé las cajas, sin orden de prioridad, y las llevé al sótano. Una vez por semana lo baldean y podrían mojarse, pese al plástico, ¿las habré cerrado bien? Los libros entrañables, los revisitados, los subrayados. Las fotos de mis antepasados, de las que soy la última tesorera: mis padres niños, niños en blanco y negro; los ojos en travesura, llenos de promesa, los viví a todo color. Esas miradas las suspendo. Se las llegué a ver, me fueron ofrecidas y quitadas, fueron acantilado, me fueron Dios.
Esta es la memoria acumulativa, esencial, estos son mis rastros y mis restos, si llegaran a perderse no me dolería tanto.
Perder las llaves, perder lenguaje, perder las horas, perder imágenes, ganar dos ciudades, dos mares, ganar un río.
Una última mirada cautelosa y cerré la puerta: esta vez no tendría cómo volver a entrar.
¿Quién se mudará? ¿Quién atravesará el pasillo y gritará ¡carajo! en cada reencuentro con Arturo?
Preguntarle a Lidia: ¿Estarás en el aeropuerto? Dime que sí. En el aire los aviones son golondrinas, en tierra; aluminio. Amiga, te doy la hora de mi vuelo.
Mauro se encargará de hacer las llaves nuevas, yo partiré sin ellas. Y sin reloj.
Me pidió indicaciones para el futuro inquilino. Aquí van:
Te dejo mis tazas, mis platos, mis vasos, las cosas de buena madera, haz reuniones, sobremesas, una fiesta, si se rompen, no será un desastre.