La muchacha vino en la primera y se sentó en el fondo de la sala junto a la barra. Las conversaciones en voz alta, el chasquido de las copas y los gritos en la cocina le sonaban en los oídos como un fatigoso runrún. Tuvo que cerrar los ojos por un instante. Entonces le pareció como si estuviera a la orilla del mar. El humo pendía pesadamente en el aire como una espesa niebla y se tejía en hilazas hacia el ventilador que rugía. La mayoría de la gente allí eran hombres que bebían vodka. La muchacha ordenó un té, pero el camarero le trajo cerveza, no acostumbrado a esa clase de pedidos. La cerveza era dulce y olía a tonel rancio. Bebió un trago, la espuma blanca se posó en sus labios. La borró rápidamente con el envés de la mano; nerviosa, olvidó la servilleta.
En la presentación de este cuento dije que Ida era polaca pero parece ser que, actualmente, el lugar en el que lda nació pertenece a Ucrania. De todas formas, la lengua en que escribió fue el polaco.
El cuento pertenece al volumen "Un pedacito de tiempo y otros relatos" de 1987.
La versión es la de Elzbieta Bortkiewicz.
—Quizá no venga —pensó con alivio, pero en el mismo instante se asustó, porque si no venía todo estaría perdido. Después empezó a temer que alguien pudiera reconocerla y pensó que lo que más le gustaría era esconderse detrás de la cortina que ocultaba la puerta del servicio.
Cuando él entró le temblaron las piernas, tuvo que apoyar en el suelo con más fuerza los tacones de los zapatos.
—Ya estás aquí. Bien —dijo el hombre, y se quitó el abrigo—. ¡Un chupito! —exclamó en dirección a la barra—, ¡rápido!
Era alto, proporcionado, el rostro tostado, mejillas algo carnosas, pero, en general, de buena planta. Ya había pasado de los cuarenta. Su traje estaba muy bien cortado, la corbata discreta en color y dibujo. Cuando cogió la copa ella notó que tenía las uñas sucias.
—¿Entonces…? —preguntó él y miró a la muchacha, que con su sencillo abrigo azul marino parecía una niña.
Los ojos de ella eran negros, rodeados de un tupido marco de cejas y pestañas, unos ojos preciosos. Tragó saliva y dijo: «Bien».
—¿Ves? —él soltó una risita—, así bien. El lobo sin hambre y la oveja intacta. ¿Hicieron falta tantas ceremonias? Hoy tendrías todo solucionado.
Estaba sentado de lado y la miraba de reojo, al bies.
—¿No quieres comer nada? La comida aquí es pésima, pero comprenderás que no podía invitarte a otro local. En un sitio como este hasta los soplones están pedos.
—No quiero comer.
—La señorita está nerviosa —se rió de nuevo.
Las piernas de ella seguían temblando como tras una larga caminata, no conseguía serenarlas.
—Vamos, ¿comemos algo? Hay que brindar…
—No.
Tenía miedo de desmayarse porque se sentía débil, con oleadas de frío y calor.
—¿Lo tiene usted preparado?… Traigo el dinero…
—¿Usted? ¡Muchacha, ya bebimos brudenshaft, y tú me llamas de usted! ¡Me parto de risa! ¡Es ridículo! Tengo todo preparado… Segurísimo. Nada de chapuzas: sellos, partida de nacimiento, alles in Ordnung! ¡Camarero, la cuenta!
La cogió del brazo, y ella pensó que hasta sería bueno tener a alguien que la llevara del brazo. Que no fuera él.
La calle estaba vacía y oscura, sólo cuando llegaron a la plaza del mercado las farolas diluyeron la negrura del anochecer y aparecieron algunos transeúntes. Ella pensó que tomarían el tranvía, habría sido más rápido, pero pasaron la parada de largo y siguieron caminando.
—¿Cuántos años tienes?, ¿dieciséis, sí?
—Dieciséis.
—Para tener dieciséis, definitivamente eres demasiado flaca y demasiado baja. Pero a mí me gustan las flacas, no me gustan las mujeres con grasa. Enseguida me gustaste, cuando viniste al trabajo. Y enseguida me di cuenta de quién eras. ¿Quién os ha hecho esos papeles? Qué chapuza. Con los míos puedes andar segura. Incluso con los ojos que tienes. ¿Cuánto les pagó tu madre?
—¿A quién?
—A los tipos que os chantajean.
—Les dio el anillo.
—¿Era grande?
—No lo sé.
—¿Un quilate, dos?
—No lo sé. Era bonito. De la abuela.
—Ah, de la abuela. Sería una piedra grande. Una pena… Ya ves, enseguida me di cuenta de que tenías un problema. Lo que no sabía era que fueras a reconocerlo tan rápido. Al fin y al cabo… Tienes suerte de haber topado conmigo, yo soy de los que hacen favores a la gente. Todos quieren vivir. ¿Y por qué lo has confesado tan rápido?
—Todo me daba igual.
—¡Cuentos! Sabías que me gustabas, ¿eh?
—Puede ser. No lo sé.
—¿Y por qué tu madre les dejó los papeles?
—Dijeron que querían verificar algo y desaparecieron.
—Y dijeron que se los devolverían cuando recibiesen la pasta, ¿verdad? —se rió—. ¿Eran los mismos que habían ido a vuestra casa?
—Sí.
—Claro. Cuando les das una vez, luego siguen sacándote la pasta. Seguro que sacaron un buen pellizco. ¿Qué fecha os dieron?
—Pasado mañana. Pero nosotros de verdad que ya no tenemos dinero. Lo de usted… es lo último…
La llevó a un portal. Subieron al tercer piso. La escalera estaba sucia, olía a orines.
—O sea que mañana quieres irte —y añadió—: me darás la dirección, vendré a verte…, te eché el ojo.
La habitación estaba limpia, bien amueblada. Ella miraba la blanca cama de hierro sobre la que había un pijama de hombre a rayas color cereza.
«Si vomito», —pensó—, «me echará y todo estará perdido».
—Por favor, deme los documentos, y al momento le entrego el dinero —dijo en voz alta.
—Usted, usted… ¡Cuándo te acuestas con alguien, sobra el usted! Guarda el dinero, hay tiempo.
«Esto no durará mucho», —pensó ella—, «no tengo miedo, no. Mamá se alegrará cuando le lleve los papeles. Tenía que haberlo hecho hace una semana. Ya estaríamos en Varsovia. Qué tonta fui. Él es incluso bastante agradable, siempre se portó bien conmigo en el trabajo, pudo haberlo denunciado…».
—No te quedes tan parada, pequeña…
Sentado en la cama, se estaba quitando los zapatos. Cuando se quitó el pantalón y lo dobló cuidadosamente siguiendo la raya, ella apartó la mirada.
—Yo… apagaré la luz —dijo ella. Oyó su risa y sintió un golpe de calor.
Pasada una hora alguien llamó a la puerta.
—¿Quién es? —gritó él desde la cama.
—¡Soy yo, tengo un asunto, abre!
—¡A la mierda el asunto!, ¡a buena hora! ¿Y qué es?
—No hablaré a través de la puerta. ¿Estás con alguien?
—Eh…
—Es un asunto importante y hay que hacerlo rápido porque nos lo pueden birlar. Es pasta.
—Vístete —dijo el hombre—. Ya lo has oído, alguien viene a verme por un negocio. ¡Ni un momento de respiro tiene uno! No pongas esta cara de funeral, ¡nada de que arrepentirse! ¡Vas a ser una mujer de verdad! Vamos, aquí tienes: la partida, la kenkarta…
Contó los billetes con destreza sin salivar las yemas de los dedos. Ella apenas se mantenía de pie, otra vez la sensación de mareo. Guardó los papeles en el bolso, el hombre abrió la puerta, le dio una palmadita en el hombro. El que estaba sentado en la escalera se dio la vuelta y la miró con curiosidad.
—¿Quién es esa muchacha? —preguntó entrando en la habitación.
—Ah, una puta.
—Creí que era virgen —se asombró—. Pálida, tambaleante, parecía que había llorado…
—¿Es que las vírgenes no pueden ser putas?
—¡Un filósofo estás hecho tú! —dijo el otro, y ambos estallaron de risa.
This entry was posted
on 01 octubre 2026
at 16:42
and is filed under
cuento,
fink
. You can follow any responses to this entry through the
comments feed
.

