Siempre intenta llegar a casa antes de que los chicos se vayan a dormir. Le gusta ese cariño blandito que tienen a esa hora en que el cansancio los afloja. Le gusta tanto el perfume del pelo recién lavado, la suavidad de la tela del piyama, uno con autitos y el otro con mariposas, las manos calentitas, y que lo esperen haciendo fuerza para no dormirse, para recibirlo, abrazarlo y apretarse contra su pecho.
Cuentista y ensayista argentina. También ha publicado libro técnico (es matemática y doctora en biología).
El cuento pertenece al volumen "El camino de la izquierda" de 2019.
Llega, se saca la campera, se lava las manos y va directo a la pieza a darles un beso. Los tapa bien, cierra las cortinas y deja el velador prendido hasta que se duerman.
Se saca el uniforme, lo deja en el cuartito de lavar y se sienta a la mesa. Ahí al lado del lavarropas están, en una palangana, las zapatillas de Nico en remojo. Están rotas. La cena está lista, siempre lista, siempre caliente. Tiene un trabajo difícil. No quiere explicar mucho, así que hablan poco. La mira, le mira sus dedos largos y finos, la piel ajada de las manos, las uñas despintadas, el vestido un poco ajustado, no mucho, engordó en los últimos años. No vas a ir a la peluquería, le pregunta cuando le ve las raíces. Nico necesita zapatillas, le contesta ella y él asiente en silencio. Se traga la cucharada de sopa como si fuera de cemento. Sí, las vi en el lavadero… Veo qué puedo hacer, le dice y ya no puede tragar más sopa. No tenés hambre, pregunta ella que lo ve abandonar la cuchara. No, es que comí facturas que trajo un compañero y me llené con eso, además ya no me prende la campera y no me van a dar otra. Qué pena, dice ella y vuelve la sopa a la olla.
Las cosas no están como antes. El auto sigue tirado en el patio, tiene que pagar la cuota de la casa, el arreglo va a tener que esperar. Igual lo cuida. Lo tiene tapado y cada tanto lo lava y le pasa la aspiradora. Esas cosas hace los domingos. También corta el pasto. Ella se ocupa de las flores, tiene mano para eso. Deberían pintar también, pero ya no puede, no puede más.
Le cuesta dormirse, da vueltas. No hay más guita, de dónde va a sacar, capaz si hiciera alguna guardia extra. Ella le pasa el dedo por la espalda pero él no quiere nada, encima viene la navidad y toda esa mierda de los regalos y la comida que hay que comprar. No prendieron el aire para ahorrar luz y él transpira, no quiere que lo toque, no quiere ni remotamente que vuelva a quedar embarazada, piensa que quizás en el bolsillo de la campera le quede un forro pero no está seguro y no quiere levantarse. Dormís, le pregunta ella y le pasa la mano por debajo del brazo. Dejame, le murmura. Ella se da vuelta y no le contesta nada.
Todo el camino piensa en pedir un aumento, va ensayando. Sabe que lo va a forrear. Odia que le hable así. Mientras le habla se mira los borcegos recién lustrados. ¿Usté es boludo, Gómez? Ya sabe que no hay más guita. Ya sabe pero vuelve a preguntar. Vaya.
Cuando vuelve a casa está armado el arbolito. Las cartitas, todo. Después de darles el beso a los chicos se va derecho al árbol. Abre la de Laura. Quiere la barby articulada que pasan en la tele. Tiene que llamarse barby, le explica a Papá Noel para que no se confunda. Abre la de Nico. Quiere la play. Se la había pedido para el cumpleaños. Va a la mesa. Hay fideos. Otra vez fideos, dice, y le va a decir que por eso se está poniendo como un chancho pero no, se calla, ya es quince y no les queda un peso del sueldo. Parece que pagan el aguinaldo antes de navidad, le dice. Podríamos hacer las compras la semana que viene, le contesta ella como preguntando. Vamoaver. Come en silencio, ya no quiere ver un puto fideo más en su vida. Mientras, en la tele la vieja de mierda esa muestra cómo hacer el mejor viteltoné. Mañana capaz tengo guardia, le dice, no me esperes a comer. Ella se queda mirando la novela y él se va a dormir. Los dos sienten una especie de alivio.
Sale a la mañana bien temprano para tomar el cole. Le da una mirada a la casa antes de irse. Son todas iguales pero no son todas iguales, piensa. La de él era la más linda del barrio pero se descascara, como todo.
Gómez, tiene descosida la camisa, dígale a su mujer que se la arregle. Siempre igual usté. A ver si se pone a hacer algo, ya le está quedando chica la ropa. Ah, oiga, tengo una changa si le interesa. Después de la guardia quédese.
Hace una llamada corta y le dice que les diga a los chicos que mañana les lleva algo rico. Además ya no van a la escuela, no necesitan dormir tan temprano. Algún día podrían cenar los cuatro.
Tiene calor, pero no se saca la campera. No sabe quién viene ni para qué, pero no quiere que le vea la camisa descosida. Al tipo que entra no lo conoce. No tiene uniforme. Tiene anteojos oscuros y trajecito azul como los de la Matrix. Descanse, Gómez. Así que usted anda necesitando un dinero extra. No puede descansar. Está reventado, quiere sacarse la campera y quiere irse a la mierda de ahí. Quiere ir a tirarse culo para arriba a la playa, quiere comprar la play y la barby articulada. Eso quiere. Asiente. Cuánto necesita Gómez. Noséseñor, es que los chicos… Cállese, Gómez. No me importa cuánto quiere ni para qué lo quiere. Dígame si estaría dispuesto a hacer un trabajo de unas… digamos unas dos horas al día por una semana, si le vienen bien cincuentamil.
No lo puede creer. Cincuentamil, la conchaesumadre. Gómez, el señor le hizo una pregunta. Síseñor, dice y se cuadra. Déjese de joder, Gómez. Oiga, le dice el otro a su jefe, ¿es de confianza este gordo pelotudo? Sí, interrumpe Gómez, como si tuviera miedo de que los billetes se le fueran por los agujeros de los bolsillos del pantalón. También los tiene descosidos. Cállese, Gómez, si no puede tener la jeta cerrada este trabajo no es para usted. No habla más. No va a abrir la boca en su puta vida más.
Vaya a su casa y venga con ropa de civil nomás. Y zapatillas, no quiero que me use el uniforme en cosas que no son del trabajo, ¿mentiende? Sale apurado y se engancha el bolsillo de la campera en el picaporte. Despacio, Gómez, aproveche a dejarle la campera también a su mujer, le hizo un siete. Mientras se aleja los escucha hablar, pero no sabe qué dicen, no entiende. Trata de hacer algunas cuentas. Nunca fue muy bueno para eso, pero el tipo dijo un par de horas y una semana. Es buena guita.
Cuando llega los chicos no duermen todavía. Les da un beso, juega un minuto a la pelea con Nico, después se da una ducha rápida. Se pone la camisa verde, el vaquero y zapatillas. Te dejé una ropa para coser, la necesito para mañana. Querés comer, le dice ella, pero él está apurado. No puede llegar tarde el primer día.
Los espera afuera, como le dijeron. Lo pasan a buscar en un auto que no conoce. Son dos que no había visto nunca. No le hablan. El camino es largo, oscuro, no está muy seguro de a dónde van. Dos veces tienen que parar el auto para abrir una tranquera. Cuando llegan ve que hay un galpón grande. Bajate, le dicen.
Uno de los tipos se acerca. Entrá, le ordena mientras hace un gesto con la cabeza señalando una puerta. El tipo tiene que hablar. Dos horas tenés. Si no habla volvés mañana. Una semana tenés para que hable. Te esperamos acá. En dos horas salí y nos vamos.
Cuando entra al galpón hay un tipo de rodillas con las manos atadas atrás con un alambre. Tiene los ojos vendados con un pañuelo mugriento. Hociquea como queriendo adivinar a través de la tela. Hay un farol de kerosén prendido sobre un cajón. Y olor a mierda. A mierda de vaca y a mierda humana.
Le camina alrededor. No sabe qué es lo que el tipo tiene que decir, pero se juró no abrir la boca así que no preguntó. El tipo intenta seguirle los pasos pero se marea, se tambalea. Él le pega una patada. Hablá. El tipo gime, pero no dice nada. Así dos horas. Dos horas de dar vueltas como en una calesita y no agarrar la sortija. Le da unas cuantas patadas no muy fuertes, el tipo tiene que hablar. Le da agua. Hablá pelotudo, le susurra, pero el tipo agacha la cabeza. Hace tiempo que está ahí, se nota por el olor a meo que tiene. Le cachetea la cabeza y apaga el farol antes de irse.
Sale. Los dos lo esperan apoyados en el auto. Está linda la noche. Fuman y cuando él aparece tiran el pucho adelante y se suben al auto. Nadie habla. Lo dejan a dos cuadras de la casa. Cuando llega ella ya duerme. Se ducha porque siente que toda la ropa tiene olor a mierda. Está cansado y se duerme enseguida.
Cuando suena el despertador pega un salto. Hacía mucho que no dormía así. Tiene la camisa del uniforme lavada y planchada, además tiene cosido el agujero. Ella se había ocupado, como se ocupa siempre. Le da un beso en la frente cuando le devuelve el mate. Dejé la ropa del otro trabajo para lavar, tenía olor a mierda. Bueno, le dice ella y se va al lavadero. Los chicos no necesitan levantarse temprano. Los va a ver antes de irse. Mirarlos dormir le gusta. Les pasa la mano despacito por el pelo, casi sin tocarlos. Le acomoda el piyama de mariposas a Laurita y la tapa un poco. Nico está todo enredado en las sábanas. Todo tiene un perfume de jazmines y le hace acordar a la crema Hinds de la abuela. Se va caminando, a ver si baja la panza.
Las dos horas las tengo que cumplir todos los días de la semana y el lugar es lejos, no me esperes a cenar, pero necesito la ropa limpia cuando venga a cambiarme, le dice y ella sonríe porque él está contento.
Cuatro días más lo llevan en el auto hasta el galpón y el tipo no habla. Decí lo que tengas que decir, no seas boludo, le grita mientras lo patea cada vez más fuerte. Las muñecas del tipo sangran. Le tira agua en la cabeza. Te cagaste, pelotudo de mierda, y la patada se le clava en el estómago. El tipo está medio desmayado. Decide salir del galpón y los otros le marcan que todavía falta media hora. Está medio desmayado, les dice. Bueno, fíjate vos, pero son dos horas si querés cobrar.
Vuelve a entrar y acerca un fuentón con agua, agarra al tipo de los pelos y le mete la cabeza en el fuentón. Cuenta cuarenticinco, cuarentiseis, cuarentisiete y ve que al tipo se le hinchan las venas del cuello. Le saca la cabeza con violencia para atrás. ¿Vas a hablar, forro? Pero el tipo no dice nada. Le acomoda el pañuelo en los ojos, lo deja arrodillado ahí. Tomá, mordé, le dice y le acerca una banana. Cuando abre la boca se la entierra hasta la garganta y el tipo hace una arcada. Después le vuelve a dar y lo deja comer. Le da agua y mira el reloj. Capaz los chicos estén despiertos cuando llegue.
En el camino nadie habla, como de costumbre. Lo dejan en la esquina del almacén porque él les pidió que lo dejen ahí. Todavía está abierto. Compra un vino y dos chocolatines.
Llega y los chicos están acostados pero despiertos. No se quisieron dormir porque te extrañan, le dice ella y él le muestra los chocolatines como un trofeo. Ya se lavaron los dientes, protesta ella y él le hace un guiño. Se saca la ropa y se pone una remera limpia y el pantalón del piyama antes de ir a la pieza. Entra sigiloso y los dos están escondidos abajo de las sábanas, no viste a los chicos gorda, dice en voz alta y ella contesta de lejos no, no los vi, y a Laurita se le escapa una risa. Él se les abalanza encima, les hace cosquillas y los dos se le cuelgan del cuello.
Juega una lucha con Nico, vuelan piñas y patadas y él cae vencido. Nico se sienta sobre su pecho y levanta el puño triunfante. Ahora baila con Laurita por la pieza, como un vals de vueltas cortas. Mi princesa, mi reina, le dice y ella se le prende del cuello y le flamea el piyama de mariposas. Se acuestan y los tapa bien. Hace calor, pero necesita taparlos, necesita saber que están bien cuidados.
Se duermen y él les acaricia el pelo suavecito. Tienen los cachetes rojos. Deja la puerta entornada y va al comedor. Se sirve un vino mientras ella plancha la camisa del uniforme. Creo que mañana es el último día, le dice. ¿Ya termina? Sí, te dije que era una changa, pero si lo hago bien capaz me dan otra. El otro sábado podemos ir a comprar los regalos si querés. Ella no le contesta, pero la raya de la manga de la camisa le sale más derechita que nunca.
A la mañana él sale temprano. No te levantes, le dice, capaz hoy llego más tarde, no sé. Se pone el uniforme y sale caminando con el primer sol de la mañana.
Llega temprano, Gómez, qué le pasó, ¿lo echaron a la mierda? Quería hablar con usté porque el tipo no habló. ¿Qué tipo? ¿Usté es boludo, Gómez? Vaya, ponga el agua para el mate y barra la oficina que está llena de tierra. Barre la nada mientras el agua se calienta. Hace el mate y ceba para los dos. Suena el teléfono un par de veces. Nada importante. Todo el día es así y él espera que llegue la hora de poder ir a cambiarse.
Cuando lo buscan esta vez va el tipo de la Matrix en el auto. Le pasa una pistola envuelta en un trapo. No la saques ahora, le dice. Si no te dice nada, usala. A las dos cuadras el tipo se baja. ¿Tus chicos bien? le pregunta uno y a él le corre un escalofrío por la espalda. Tranquilo, era una pregunta, Gómez, no seas cagón. Llegan. Apagan el motor y se escuchan los grillos y los sapos. Ha de haber una laguna por acá cerca, piensa Gómez. Además debe haber pasto y árboles, y capaz un arroyo. Lindo para pasar la tarde y que los chicos puedan correr.
Entra al galpón y el tipo sigue arrodillado. Acerca una silla y se sienta adelante. No dice nada, ni se mueve. Solo se escucha su respiración entrecortada. Mira el reloj. Faltan diez minutos. ¿Vas a hablar? Ni se mueve, tiene la cabeza caída hacia adelante. El tipo está de rodillas. Le caen mocos por la barba y tiene sangre seca pegada. No habla. Solo tiene una respiración cortada por un hipo como si llorara. Lo patea de costado y el tipo cae hecho un ovillo. Vuelve a patearlo. Tiene un labio hinchado.
El tipo no se mueve. Quedan dos minutos. No va a hacer horas extras. Lo vuelve a poner de rodillas. Saca el seguro y apoya el caño de la pistola en la cabeza mugrienta y peluda. En la nuca. Si no hablás te mato. Suena una bocina. La hora. Se aleja un poco y aprieta el gatillo. El tipo cae de costado. No se salpicó por suerte.
Les devuelve la pistola envuelta en el mismo trapo y el de la derecha la guarda en la guantera. Saca un sobre y se lo pasa. Él lo aprieta, lo mide. Es un montón de guita cincuentamil.
Cuando llega, ella está mirando la tele. No te esperaba, le dice y se levanta de un salto del sillón. ¿Los chicos? Duermen ya, como me dijiste que no venías. La agarra fuerte del brazo, la tironea, le tira el pelo, seguro que le duele pero no dice nada. Se la coge contra la mesada. Ella lo deja, no dice nada ni hace nada. Él le muerde el labio que se hincha enseguida. Le aprieta las tetas y salta un botón del vestido. Acaba y sin mirarla se sube la bragueta y se va al baño.
Ella no lo sigue, no dice nada. Se queda de nuevo en el sillón mirando la tele. Se acomoda un poco el vestido, le está quedando chico. No puede cerrarlo donde saltó el botón. Mañana vamos a comprar la barby y la play, le dice él cuando cierra la puerta de la pieza de los chicos. Y unas zapatillas para Nico.
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on 23 agosto 2026
at 12:06
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