Nuruddin Farah - "El romance"

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Novelista, cuentista y ensayista somalí. Sus obras abordan temas que van desde el feminismo a la política social y desde la familia hasta el terrorismo. En las casas de apuestas ha aparecido muchas veces como candidato al Nobel, aunque entre casas de apuestas y realidad suele mediar un abismo (recordemos que hace unos años años aparecía en esas apuestas E.L. James, la de las sombras de Grey).
Este cuento aparece en la antología de cuentistas africanos The Picador Book of African Stories de 2001 y desconozco si aparece en alguna publicación anterior.
La versión es la de Flora Botton-Burlá.



Nos conocíamos desde hacía años, ella y yo. ¿o sí?
Solía llamarla todas las veces que estaba en Londres, para darle mis noticias más recientes. Hablaba invariablemente de un marido al que yo nunca había conocido, contaba de una hija que acababa de iniciar sus interrupciones mensuales, o aludía a un hijo adolescente que se había roto un brazo, o hecho alguna travesura. Yo le contaba qué había hecho desde nuestra última conversación telefónica. Antes de colgar, porque siempre era yo quien hacía las llamadas, nos poníamos de acuerdo para encontrarnos. Sabíamos que nada resultaría de eso, aunque durante unos siete años habíamos hecho el gesto de concertar citas a las que ninguno de los dos acudía. Quizás el ponernos de acuerdo para encontrarnos daba un significado a nuestras conversaciones telefónicas, no tengo idea. Aun así, ninguno de los dos le recordaba al otro que sólo nos habíamos visto una vez y eso, hacía tantísimo tiempo. Habríamos olvidado tanto la fecha como la ocasión de nuestro encuentro si no fuera porque existía un folleto preparado para la conferencia que di aquella tarde. Me había ofrecido llevarme a mi hotel, y hablamos en el coche hasta que fue demasiado tarde para que ella subiera a mi cuarto a tomar una copa. En algún momento se refirió a un marido que esperaba con impaciencia su regreso. Prometí que me volvería a poner en contacto con ella cuando estuviera en Londres. A la mañana siguiente me fui a otra ciudad, ahora no recuerdo cuál, y antes de fines de mes le escribí una tarjeta, sin poner dirección. Estaba en tránsito por el aeropuerto Fiumicino de Roma, pero no le di ningún detalle. Sin embargo, le prometí que la llamaría para platicar cuando estuviera en Inglaterra.
De una cosa estaba seguro: ella era mayor que yo. Yo tenía poco más de treinta años, ella unos cuarenta y cinco. Tenía una hija que había empezado a pensar en sí misma como una joven y se comportaba como tal, y un muchacho que estaba terminando el bachillerato. Quizás había un tercer hijo, pero no estoy seguro. Recuerdo que su marido era el director de un colegio universitario en el que ella había enseñado. También recuerdo que me invitó a su casa para que pudiera conocer a toda su familia. Pero no me atraía la idea y decliné la invitación, prefiriendo mantener abierta una línea de comunicación secreta entre ella y yo. Temía no querer seguir alimentando nuestro contacto furtivo si conocía a su marido y a sus hijos. Lo cierto es que no siempre supe en mi interior si quería acostarme con ella, no. Como regla general, evito a las mujeres casadas. Además, me acuesto con mujeres al segundo o tercer encuentro, o nunca me acuesto con ellas. Así que cada vez que me invitaba a su casa, seguía declinando. Del mismo modo, ella prometía verme a solas en Londres, pero de alguna manera eso no parecía ocurrir.
De vez en cuando soñaba amorosamente con ella, y muchos de mis sueños terminaban en humedad. Pero nunca le conté de mis sueños cuando hablábamos por teléfono. Tampoco le conté cuánto deseaba que ella y yo comiéramos juntos a la luz de las velas, mientras miraba sus ojos color avellana en el cuarto de hotel suavemente iluminado, con mi pie rozando su pierna enfundada en una media. Imaginaba una precipitada escena de amor, la imaginaba consultando frecuentemente el reloj, y hablando de que su marido o sus hijos necesitaban de sus cuidados. Esperaba que, después de dejarme, le doliera mi ausencia al dar vuelta a las esquinas, al llegar a las curvas ciegas, que abrazaba en su recorrido, y que pensara con añoranza en mí y en el breve amor que habíamos compartido. Esperaba que mi nombre permaneciera para siempre en su agenda como una inicial, una letra misteriosa que nunca encarnaría en lo que se asocia con un nombre hecho de vocales y consonantes y con la materialidad de un nombre pronunciable.
Déjenme añadir esto: tengo una debilidad. Tengo una respuesta positiva a las mujeres mayores y, a su propia manera, más sabias que yo. Creo que es maravilloso tener una compañera capaz de llenar mis días con discusiones estimulantes. Encontrarme con esas mujeres me produce tales sentimientos de lujuria que, una vez encendido, trato de establecer un contacto material de tipo corpóreo.

No recuerdo su nombre. Pero es que pocas veces necesité llamarla por su nombre. Después de todo, conocía mi voz que, como ella decía, tenía un toque de arena, quizás porque vengo de las tierras semiáridas del norte de la península somalí. Además, la llamaba cuando su marido estaba en el trabajo y era probable que su hijo y su hija no estuvieran en casa. Sólo una vez contestó el marido. Corté la comunicación, explicando: "iLo siento, me equivoqué de número!" y colgué. En cuanto a ella, cuando contestaba percibía rápidamente la ronquera sensual de mi voz, y tomaba el mando, y hablaba y hablaba. Luego se callaba abruptamente, me hacía algunas preguntas y me daba unos minutos para contestarlas mientras esperaba con impaciencia para hablar. Le contaba mis noticias más recientes, dónde había estado, qué había hecho de mi tiempo. Me encantaba oír su voz, me encantaba escuchar sus teorías, que tenía en abundancia. Pensaba que su cabeza estaba explotando con la rica propensión de tantas teorías oídas por primera vez, y que yo le era de alguna utilidad, a ella que era tan capaz de discutir acerca de una cuestión filosófica como de limpiar la baba en el mentón de un bebé al que le están saliendo los dientes, pero que no tenía un marido lo suficientemente amoroso para escucharla. En el África de la que vienes, decía, parafraseando a Saint-Exupéry (con acento en la e), " .. .los intelectuales se guardan en reserva en los estantes del Ministerio de Propaganda, como tarros de mermelada para comerse cuando haya terminado la hambruna". Un día perdí mi reserva e hice una observación poco seria: que las mujeres como ella no deberían estar cuidando las ollas y los bebés, sino que deberían prestar atención al viento que gira en sus mentes, o deberían seguir el espejismo de su propio ser inasible. "Deberías estar libre -concluí- para criar pensamientos, no sólo bebés". Molesta, sin que yo supiera por qué, me colgó el teléfono.
La llamé la mañana siguiente. Y ninguno de los dos se refirió a lo que había pasado entre nosotros el día anterior. Como animado por eso, sugerí que ella y yo pasáramos unos cuantos días juntos en un aislamiento total, "días cuyos soles podrían avivar la sonrisa de sus ojos, y noches cuya luna podría humedecer la negrura escurrida de su rimel." Le desconcertaron los cambios en mi actitud frente a nuestra relación, y dejó claro que no le gustaba la dirección en la que iba. Noté un cambio en los dos. Colgué, un poco molesto, sin prometer llamarla en mi siguiente visita a Londres. No me deseó que me fuera bien en mis viajes, lo cual difería de sus cálidas despedidas habituales. Había ocurrido algo, pero ¿qué?
La próxima vez que estuve en Londres la llamé desde Heathrow para informarle que iba a estar en la ciudad por una semana. ¿Tenía tiempo para verme? Nunca antes había hablado breve y directamente, pero eso fue lo que hizo. Debía haberme preparado para más sorpresas que me esperaban, pero no lo hice. Diciendo que su marido y sus hijos se habían ido a Gales por unos días, preguntó si podríamos tener una cena a la luz de las velas como yo había sugerido a menudo. Le dí la dirección de donde me estaba quedando.

Se hubiera dicho que había estado muerta de hambre, por la forma torpe en que comía, rápido, respirando, resollando al tomar bocados de comida, a veces tirando las velas. Se hubiera dicho que estaba desquiciada, por los desmesurados ruidos que producía, cuando estábamos haciendo el amor. ¿Por qué tenía tanta prisa? ¿Estaba tratando de acabar con esto lo antes posible? ¿Por qué no podía esperar a que yo, que como despacio, acabara mi comida? ¿Por qué no mostraba el menor interés en hablar de la manera emocionantemente interesante en que a menudo me había hablado en el teléfono? Yo había estado esperando su llegada, y había pedido servicio en la habitación, sin escatimar gastos. Había un ramo de rosas, también estaba mi regalo para ella. Tengo tendencia a ser romántico y me gusta ser seducido primero por la fuerza de la inteligencia de la mujer antes de ser gradualmente persuadido por la elocuencia de una emoción compartida. Pero no iba a ser así.
iSu torpeza no tenía límites, su ruido no conocía trabas! Me pregunté si no podría oírnos alguien en el pasillo. Era mecánica, era metódica a la manera de una azafata, demasiado atrevida y demasiado brusca para mi gusto. En cosa de unos diez minutos, hicimos el amor dos veces. La primera vez hice como si estuviera gozando cada momento, pero no pude dejar de mostrar mi incomodidad cuando inició un segundo encuentro tan pronto después del primer desastre. La sorprendí mirándome, como si sus ojos color avellana se preguntaran por mi laxitud. Elegí ignorar las preguntas que ahora invadían mi mente y decidí cerrar la puerta a esas dudas de la misma manera en que se cierra la puerta a un terrible colpo d 'aria.
Sin desanimarse en su deseo de agradar, sugirió que nos preparáramos un baño, nos enjabonáramos mutuamente la espalda, nos pusiéramos a juguetear y viéramos qué pasaba. Consentí. Una vez que estuvimos juntos en la tina, seguí cambiando de tema, llevando nuestra conversación a una verdadera charla entre dos personas inteligentes. Me recosté en la tina, en frente de ella, y me puse tan formal como un chino. Por un rato pensé que había recuperado la gracia que asociaba con ella en mi mente cuando habló de la guerra. Era adolescente entonces, y le había tomado aversión a una marca de chocolates disponibles en Inglaterra en aquellos días. De pronto se levantó y, sin molestarse en dar explicaciones, salió de la tina. Hice lo mismo.
Cuando volví a estar parado junto a ella, olía a algún perfume francés rociado como después de un momento desastroso. Se sentó en una de las sillas junto a la cama, con cara de incomodidad. Sonreía torpemente, y en su mirada se traslucía un cierto antagonismo. Ninguno de los dos habló por un cuarto de hora.
-Crees que he sido vulgar, ¿verdad? -dijo.
No hablé, sino que esperé incómodo, considerando las implicaciones de su observación.
-Crees que he sido vulgar como una puta, ¿verdad? -acusó.
No sabía qué decir. No, lo diré de otra manera: no sabía cómo expresar los tristes pensamientos que se me habían ocurrido. Temeroso de que pudiera acusarme de imponerle mi voluntad, retrocedí, recordando con cuánta frecuencia se oía a las mujeres aconsejar que antes de hacer el amor, valía más que la pareja se conociera mejor. Se suponía que los hombres eran impacientes, cuando se trataba de hacer el amor, porque se ponían lujuriosos mientras las mujeres seguían calmadas y plácidas. No hay duda de que las cosas no tienen sentido cuando se dicen al calor del acoplamiento, cuando uno tiene la ingle mojada, cuando puede contar cualquier mentira para llegar a una verdad sexual. Antes de hoy, yo había creído que las mujeres tenían más control de sí mismas que los hombres, que en última instancia eran más capaces de tocar el origen de su propia otredad: ilos hombres, que se ponían calientes cuando las mujeres se quedaban frescas! En suma, me quedé pasmado por su total abandono del protocolo sexual.
-¿Y qué eres tú, si crees que soy tan vulgar como una puta? -dijo.
Me acerqué a ella, dominándola con mi altura, en una posición que sugería a un hombre que no está dispuesto a ser juzgado por una mujer condenada por sí misma. Una de sus rodillas tocaba el piso, la otra estaba detenida en el nudo que se había hecho al enrollarse el borde de la toalla. No tenía idea de qué estaba haciendo, pero extendí la mano, quizás en un gesto de pacificación. Cuando se me hizo obvio que ella no quería que nos tocáramos, dije:
-Se necesitan dos para hacer el amor.
Había esperado que me señalara que yo era un hombre, es decir, la pesadilla imaginada dé una mujer, las consecuencias de su fiebre de sarampión. Así fue como lo dijo cuando, en la primera semana de nuestro encuentro, habló de su marido, a quien comparó con una cebra. iQuitas las rayas, y la cebra no es más que un burro! Dudo que yo haya entendido lo que quería decir, sólo que había algo muy imaginativo en la forma en que decía esas cosas. Muy a menudo había repetido en la mente partes de nuestra conversación telefónica. ¿Ya no ocurriría esto?
Ahora estábamos callados sin sentido. Para cambiar nuestro estado de ánimo, la ayudé a levantarse. Y entonces las toallas de los dos cayeron al piso. Desnudos, nos tomamos de las manos unos instantes, nos besamos y nos tocamos aquí y allá. En un instante, para mi alivio, yo era una fibra erguida de músculos, y me sobrecogió un lujurioso deseo; ella estaba tibia, húmeda. Nos besamos un poco más apasionadamente; de sus ojos rodaban las lágrimas, que me manchaban las mejillas. La arrastré a la cama, quizás porque creía que podríamos mejorar las cosas pasando por encima de las desastrosas consecuencias de los minutos anteriores.
-Apenas te conozco -dijo ella.
-¡Tonterías! -dije.
-iY tú apenas me conoces a mí!
Insistí:
-Pero sí te conozco.
Hicimos el amor, como si el futuro de nuestra relación dependiera de ello. Borré sus lágrimas con besos, ella borró con besos los puntos mudos de mis dudas. No había necesidad de que me preocupara por sus ruidos inconvenientes, porque no hizo ninguno hasta el final cuando se vino. Le tapé la mano con la boca y la mordió con fuerza.
¡No podía dormir!
Ella estaba acostada de espaldas, como un vagón volteado, y sus piernas se movían de vez en cuando como si fueran las ruedas de un vehículo que alguien pusiera bruscamente en movimiento. Su ronquido me recordaba el trabajoso ruido que hace un coche cuando tiene la batería baja. Me levanté de la cama y encendí las luces, esperando quizás que esto la despertara. Necesitaba un minuto o dos para dormirme antes de que volvieran a empezar sus pesados ronquidos. Pero no hubo tal. Estaba acostada de espaldas, inconsciente de mis preocupaciones renovadas. Le piqué fuertemente las costillas y la llamé hasta que despertó. Se sentó, azorada. El brillo de las luces le molestaba y entrecerró los ojos.
-¿Qué pasa? -dijo.
Contesté:
-¡Estás roncando!
-¿Roncando? -preguntó, como si no conociera el significado de la palabra-. ¿yo, roncando?
Dije que sí con la cabeza.
-Pero nunca ronco -dijo-. Mi marido ronca. ¡Yo no!
Sin saber qué contestar, me quedé callado. Entonces se disculpó: tal vez sus preocupaciones internas hacían exigencias inauditas a su inconsciente. Le sugerí que me diera tiempo de dormirme. Accedió a mi petición. Pero apenas me había dado la espalda volvió a caer en su sueño profundamente intranquilo, roncando de nuevo.
Con las luces apagadas, me moví por el cuarto y me ocupé con otros pensamientos, otras tareas. Recogí los platos de la comida y los dejé afuera de la puerta para que los encontrara el personal del hotel por la mañana. Colgué el letrero de No Molestar en la puerta, hurgué en los armarios hasta encontrar una cobija y una almohada y me acosté en el piso alfombrado, en el rincón más alejado de ella. Podía oír la orquesta de su nariz, el la y el si mayor de sus senos nasales.
Ahora era ella la que se erguía encima de mí y me decía que por favor despertara.
Lo hice, preguntándome si yo también había roncado.
-Me voy -anunció.
Ya estaba vestida y lista para irse.
-¿Qué hora es? -pregunté.
-Me va a llamar mi marido -me dijo-, y quiero estar en casa cuando lo haga.
A partir de aquí comienzan las incertidumbres. ¿Me dormí después de que se fue? Porque no desperté hasta después de mediodía, en la cama, aunque no tenía idea de cómo había llegado ahí. Pero entonces, ¡por qué me sentía como si hubiera dormido todo el tiempo solo conmigo en mi cama de hotel! Muchas veces me he preguntado si lo habría soñado todo. ¿podría ser que ella y yo nunca nos encontramos una segunda vez, que yo había soñado el amor que hicimos, el altercado que tuvimos, la cena en el cuarto que habíamos comido juntos? Quizás había soñado con ella en la misma forma en que soñé con ella por muchísimo tiempo, sueños en los que hacíamos el amor. Más adelante se me ocurrieron expresiones en jerga psiquiátrica, algo relacionado con epifanías, con la venganza que cobra el inconsciente en el consciente. Al irme quedando dormido una vez más, oí su voz insistiendo en que yo apenas la conocía.

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