Camila Sosa Villada - "La merienda"

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Cuentista, novelista, poeta, ensayista y dramaturga (también actriz) argentina.
El cuento pertenece al volumen "Soy una tonta por quererte" de 2022.


Abuela… ¿Por qué somos marrones?
La abuela interrumpe la limpieza de los rifles. Está sentada a la mesa de la cocina con dos rifles y la caja de las balas.
—¿Qué dijiste?
—¿Por qué somos marrones?
—No somos marrones, somos morochas. ¿De dónde sacaste eso?
—Estábamos en clase de gimnasia y la Tati me gritó: «¡Qué asco, tiene los pezones marrones!».
La tapa de la pava comienza a temblar y la abuela se para. Apaga el fuego y con un repasador toma el mango de la pava que es de hierro. Pone dos saquitos de café en una taza y un saquito de té en otra y sirve el agua. Trae las dos tazas a la mesa. El azúcar y las cucharitas ya están sobre el mantel. Desenvuelve el pan que está escondido bajo muchos repasadores para mantenerlo caliente. No hace ni una hora que lo sacó del horno de barro.
—¿Y por qué te vio los pezones? —La abuela se sienta.
—Porque terminamos de hacer gimnasia y nos teníamos que poner ropa seca de nuevo. Así que me saqué la remera toda transpirada y me vio las tetas. ¿Por qué somos marrones?
—No somos marrones. —La abuela sopla la taza que tiene agarrada con las dos manos. Lleva una alianza de oro que le corta el dedo casi a la raíz—. No digas marrón, que es un color inmundo. Somos morochas, que es distinto.
Se manda un trago de café que está que pela. La abuela hace unas morisquetas involuntarias y se le llenan los ojos de lágrimas porque le quemó el garguero. La nieta se ríe.
—No somos marrones, somos morochas. ¿Estamos?
—Pero no me decís nada. —La nieta pone dos cucharadas colmadas de azúcar a la taza de té, agrega leche, corta pedacitos de pan y los tira dentro. El pan se hincha de té con leche y ella come con la cuchara como si fuera sopa.
—Somos morochas porque cuando nos hicieron no les alcanzó la pintura.
—¿Qué pintura?
—En el lugar donde hacen a las personas no les alcanzó la pintura para darnos ese color bien renegrido. Íbamos a ser negras, pero en la sección donde les dan el color a las personas se les acabó la pintura. Hay muchas como nosotras en el mundo. Nos dieron menos manos. A la gente blanca ni siquiera la pintan, o tienen muy poquitas capas de pintura, por eso se lastiman tanto. A veces nomás con asentarles un dedo ya se ponen rojas como un tomate.
—Me estás mintiendo.
—No. No lo digo yo, lo dicen las viejas.
—Vos sos vieja.
—Sí, pero hay más viejas que yo, creeme.
—¿Y por qué la Tati me dijo que es un asco tener los pezones marrones?
—Porque es una idiota. Por eso te lo dijo. Pero es mejor ser morocha. Ella podrá ser muy gringa, pero en el lugar donde hacen a las personas ni siquiera la pintaron. Por algo ha de ser que no la pintaron. —Toma otro sorbo de café, esta vez con más cuidado, y arremete de nuevo—: Además tiene muchas ventajas ser morocha. Te quedan mejor los colores, el rojo, el naranja, el amarillo. Andá a ponerle un amarillo a esa que te dijo que eran un asco los pezones marrones, a ver cómo le queda. Yo prefiero ponerme un vestido amarillo y que me quede bien. Y por si fuera poco podés ponerte al sol y no quedar colorada como una iguana, ni te quemás el lomo tan fácil como la Tati esa. Y me olvidaba: las morochas también envejecemos mejor. Mirá la piel de tu abuela.
La abuela le ofrece a su nieta el rostro como si mostrara una joya, o algo de gran valor. Primero una mejilla, luego la otra, luego un pómulo, luego otro. Con las manos se enmarca la cara.
—Mirá, mirá la piel de tu abuela.
Levanta el mentón. Cierra los ojos. Muestra el cuello. Se abre los botones del vestido amarillo y enseña las clavículas, mirá la piel de tu abuela, morena, los huesos del pecho, mirá, mirá. La vieja muestra el relieve del antebrazo, que puesto al sol brilla como una espada.
—Mirá. Nada mal para tener setenta y tres años. Acá solo hay crema de ordeñe y sol. Y si no fuera por los guadales que se levantan en agosto y la cal de la cantera, ni crema necesitaría. Pero ese polvaderal quema cualquier cosa.
La nieta hace un momento pensó que la abuela se iba a desabrochar toda la camisa y le iba a mostrar los pezones. Por eso la mira aterrada. ¿Por qué se puso a enseñarle así las arrugas? No le va a preguntar, mejor no tentar a la abuela. Sorbe las cucharadas de pan remojado en té con leche. Cuando se termina el pan dentro de la taza, corta más y lo zampa otra vez hecho pedacitos en el té. La abuela, que ya tiene los rifles limpios, se pone lenguaraz, el café le calentó el pico:
—Además somos más caras…
—¿Cómo más caras?
—Las cosas oscuras son más caras, por su rareza.
La nieta frunce el ceño. ¿Por qué dice esas cosas su abuela?
La casa se tragó la luz por las ventanas y es necesario prender el sol de noche y unas velas aquí y allá para iluminar un poco.
—Pensá en un mueble hecho todo con madera de ébano, que es la madera más negra del mundo. ¿Conocés a alguien que tenga una silla de ébano?
—No.
—Claro, porque es carísimo. ¿Conocés a alguien que use un collar de perlas negras?
—No —dice su nieta mientras resopla, molesta por esas preguntas que hace su abuela. Esa costumbre que tiene su abuela de hacer preguntas cuando ella le pregunta algo. ¿No sería más fácil si le respondiera por qué son marrones y ya?
—No conocés a nadie que use un collar de perlas negras porque cuestan un ojo de la cara y además es muy difícil encontrarse con una. Y no es solo el tema de la plata. Es que las cosas negras son mucho más lindas que las cosas de cualquier otro color. ¿Te acordás de la cantante negra que pasaron en la tele, que vos dijiste qué lindo que canta y se te puso la piel de gallina?
—¡Sí! —dice la nieta sonriente porque al fin tiene un sí para responder.
Hubo un tiempo en que tuvieron electricidad en la casa y miraban televisión. Otra vida.
—Mirá las panteras negras. ¡Las aceitunas negras! Las reinas moras… ¿No son más lindas que un canario? Es mejor ser así.
—Mi mamá, ¿de qué color era?
—Era como nosotras. Los compañeros de la escuela le decían chupetín de alquitrán. ¡Chupetín de alquitrán, chupetín de alquitrán! Y ella volvía llorando a casa y me decía que era mi culpa. Lo que me costó hacerle entender que era mejor ser morocha. ¡Que podíamos tirarnos a dormir bajo el sol sin ampollarnos íntegras! — Hace un gesto desesperado, como si las palabras no le alcanzaran para hacerse entender.
—A mí me gustaría ser como mis compañeras. Como la Tati. De ese color.
La abuela apura el último sorbo de café y apoya la taza con violencia sobre la mesa. La nieta pega un salto en la silla.
—Se está haciendo de noche. Vamos.
La nieta deja la taza con el fondo pegoteado de migas y va detrás de su abuela que carga con los dos rifles. Cruzan todo el patio que ya se va apagando, devorado por la hora. Las huellas de las dos quedan marcadas como rueditas de un vehículo pequeño.
Bordeando el alambrado hay bolsas y bolsas de tierra. Una trinchera hecha con bolsas de papa rellenadas con tierra. El polvoriento suelo de aquellos parajes. La abuela tira una lona al piso. Se arrodilla. La nieta la imita. Le da un rifle a la niña, que lo recibe con los ojitos asustados y mucho esfuerzo porque es muy pesado y grande para una criatura de su edad. La abuela la vigila mientras ella se acomoda como un soldado con el rifle. Eso es. Se apoyan sobre las bolsas de tierra y apuntan.
La casa se quedó sola y todos los animales en el patio duermen. Menos los perros. Los perros no duermen si alguna de las dos está despierta.
La niña y la anciana tienen vista de lince. En medio de la noche se manejan mejor que un espíritu.
—Cuando lleguen, si alguno de esos hijos de puta se baja de la camioneta, le apuntás a la cabeza. Que no te tiemble la mano —le dice la abuela, y la nieta acomo da el hombro, el dedo sobre el gatillo, traba los pies en el polvo y respira hondo. Como le han enseñado.

This entry was posted on 01 marzo 2026 at 21:18 and is filed under , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

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