Érase una vez un rey y una reina que todos los días se decían a sí mismos: «Qué felices seríamos si tuviésemos un hijito, así podríamos cobrar el cheque bebé y hacerle fotos y vídeos para subirlos a Instagram y presumir con nuestros amigos».
Novelista, poeta, ensayista y autora de literatura infantil española.
El cuento pertence al volumen "Cuentos clásicos feministas" de 2018.
Pasaba un año y otro año, y otro…, pero el ansiado hijo no llegaba, a pesar de que los reyes habían recurrido a todo tipo de técnicas de fertilidad. El ansiado retoño se hacía esperar. Era como aguardar un milagro.
Un día, la reina se estaba bañando en un spa que habían abierto en un hotel de muchísimas estrellas y varias lunas, en el centro del pueblo, cuando se le acercó un camarero con un zumo de melón africano espinudo y mangostino, con mucho hielo picado, y le dijo:
—Señora reina, tu deseo se hará realidad y dentro de poco serás madre de un precioso niño.
La reina lo miró encantada, y aunque al principio no se creyó sus palabras, sin saber muy bien por qué se fue alborozada del lugar, llena de esperanza, y contó maravillas de él a todas sus amigas.
—Ir allí es mejor que hacerse una liposucción, chicas. Por lo menos, una sale contenta del resultado.
La reina, a veces, soñaba con el camarero. En sus ensueños, el joven poseía una enorme cabeza de sapo y repetía una y otra vez: «¡Tendrás un niño, tendrás un hijo!».
Lo decía tantas veces que resultaba pesado, incluso.
Luego, la reina despertaba y, a su alrededor, todo seguía igual que el día anterior.
Sin embargo, una buena mañana la reina descubrió que estaba embarazada. Nueve meses y seis días después dio a luz un precioso hijo mediante cesárea, pues ni los médicos ni ella tuvieron paciencia para esperar a que el chavalote viniera al mundo por su cuenta. Después de dos días de parto infructuoso, tuvieron que sacarlo a la fuerza. Fue prácticamente una desokupación. El niño no quería salir ni con fórceps. Quizás no quería trabajar para pagar las pensiones de sus mayores.
El rey estaba tan contento que decidió organizar una gran fiesta, que es lo que suelen hacer los reyes cuando tienen algo que celebrar, y cuando no.
«Este nacimiento me viene fenomenal, ahora que entre mis súbditos cada vez hay más republicanos… —se dijo a sí mismo—. Porque el pequeño aumentará los índices de popularidad de la monarquía».
Así que invitó a todos los reyes del mundo a celebrar el feliz acontecimiento. También a todas las hadas, e incluso a las brujas, porque no quería que se enfadasen con él. Ya sabemos lo que pasa cuando un rey cabrea a una bruja…
—Preparadme una lista con todas las personas relevantes a las que tengo que invitar; y hacedlo por orden alfabético, que es el orden más justo que conozco. En el abecedario no caben las clases sociales —ordenó a sus secretarios, que desde que lo consultaban todo en Google habían olvidado qué era el orden alfabético. Y los demás órdenes.
—Depende, querido, de cómo lo mires —alegó la feliz reina—; incluso entre las letras hay mayúsculas y minúsculas.
—Sí, pero valen lo mismo.
—No según las reglas de ortografía.
—Me da igual, quiero una lista por orden alfabético, ¡y no os olvidéis de las brujas!
Lamentablemente, sí que olvidaron a una de ellas, solo porque su nombre empezaba por Z, que es la última letra del abecedario.
Se llamaba Zenutria, y todo el mundo la borraba de la memoria porque, además de ser irascible y rencorosa, era muy tímida, estaba acomplejada y, con su manía de no hacerse notar, conseguía finalmente que nadie se acordara de ella.
«Nadie sabe la cantidad de presión emocional que soportamos las brujas. —Solía quejarse, en la soledad de su cueva—. Este trabajo no está pagado ni agradecido. Las mujeres normales se preocupan por la celulitis. Le proporcionan dolor a su propio cuerpo mientras intentan inútilmente parecerse a una imagen retocada en una revista… Sí, soportan grandes dosis de miseria tratando de aparentar lo que no son, con objeto de complacer a los hombres. Blablablá. Pero… ¡peor es lo mío!».
De modo que a la fiesta llegaron de todas partes del mundo reyes y prebostes, príncipes, principitos y principotes, guías espirituales y gurús televisivos, capitanes de crucero y héroes del cómic, directores generales en general y conductores de autobuses en particular, además de todo aquel que tuviera una cuenta corriente no demasiado corriente.
El recién nacido recibió grandes cantidades de regalos completamente absurdos, que los soberanos tuvieron luego que donar a escondidas.
Le regalaron incluso un juego de horquillas y peinetas de oro, lo que no parecía muy apropiado teniendo en cuenta que el recién nacido estaba completamente calvo.
Las hadas, locas de contento, entregaron al niño dones maravillosos: integridad, belleza, riqueza, suerte para jugar al bingo… Alguien le llevó incluso una tablet con una cuenta abierta en Facebook donde ya habían subido varias fotos del pelón recién nacido.
Cuando todos estaban a punto de volver a casa, porque la fiesta tocaba a su fin, apareció por la puerta la bruja que no había sido invitada. Zenutria tenía un cabreo morrocotudo e hizo su aparición como un pequeño tornado negro.
Se había tomado alguna pócima misteriosa, pensaron los allí presentes, porque había sido capaz de vencer su habitual timidez hasta lograr materializarse dando voces en el centro de la pista de baile.
—¡Oh, Zenutria! Pero ¿qué le ocurre? —comentaron asombradas todas las hadas y sus colegas brujas, ignorantes de que no había sido invitada.
—Es la primera vez que la veo entrar así en una fiesta.
—Yo es la primera vez que la veo en una fiesta.
—Pues yo es la primera vez que la veo.
—Pues yo no la veo —dijo otra, y se ajustó las gafas.
—Con lo vergonzosa e indecisa que es… ¡No entiendo cómo ha podido irrumpir aquí de esta manera!, ¡pero si apenas sale de casa!, si vive de pizzas que pide por teléfono. ¡Y mírala ahora…, como si fuera a recoger un Óscar!
—Sí, y el Óscar al ridículo espantoso es para… ¡tachán, tachán! —aplaudió un hada joven, que sostenía una copa con algo de un color sospechoso dentro.
Se hizo un silencio expectante cuando la bruja Zenutria, muy enfadada, profirió una maldición.
La verdad es que todos esperaban que montase un numerito, pero no por eso causó menos impresión lo que dijo:
—Cuando este niño cumpla quince años, ¡se pinchará con una aguja y caerá muerto al suelo! —juró Zenutria.
—Sí, claro, y yo voy y me lo creo… ¡Eso significaría que tendría que aprender a coser! Esta bruja no se ha dado cuenta de que el príncipe es un chico, no una chica.
—No seas antigua: hoy los muchachos también se dedican a coser.
—Y luego montan marcas de alta costura. No como las mujeres, que no pasan de modistillas.
—No estás en el mundo.
Los invitados se quedaron de una pieza, prácticamente de piedra. Si alguien hubiese hecho fotos en aquel momento, ninguna habría salido movida.
Cuando consiguieron superar su estupor, una de las hadas, que era la jefa del sindicato, dio un paso adelante y se enfrentó a la bruja mala:
—Yo anularé tu magia con la mía. ¡Vamos a ver quién tiene la escoba más larga!
—Dirás la varita mágica.
—Digo lo que quiero, porque para eso soy la jefa de las hadas.
—Sí, pero solo hasta el mes que viene, cuando termina tu mandato. ¡Ya se te acaba la legislatura, so tirana! —Zenutria le hizo frente, con cara de pocos amigos.
—Lo que sea, el caso es que no será la muerte quien visite a este niño que acaba de nacer y que no tiene culpa de todos tus problemas y complejos. Cuando sea víctima de tu maldición, no morirá, sino que un profundo sueño lo envolverá durante cien años. Lo justo para que acabe la recesión económica que vivimos.
—¡Ay! —dijo la reina, agarrándose a la mano del rey y con cara de estar a punto de sufrir un colapso nervioso—, si nuestro hijo se echa una siesta de cien años, me temo que no vamos a poder ver cómo celebra su boda, ni cómo hereda la corona, ni cómo la pierde, en caso de que los republicanos se pongan bordes… ¡Ay, ay!
—Tampoco verán cómo se independiza en su propio palacete del jardín —dijo un hada.
—Ni cómo acaba un máster —dijo otra.
—Ni cómo se va de Erasmus —añadió la de más allá.
—Ni cómo se queda en el paro… —puntualizó una bruja.
—¡¡Shhh!! Ya se ve que eres republicana, tú…
O sea, que la fiesta fue un completo fracaso.
A los reyes se les quitaron las ganas de celebrar ninguna otra, y cayeron en una profunda melancolía.
—No solo no hemos conseguido nuestro propósito —se quejaba el soberano—, sino que además tenemos el palacio lleno de regalos inútiles que tendremos que vender en Wallapop.
—No, querido. Vamos a donarlos. Que luego los puede encontrar por ahí algún periodista y nos pondría verdes en los tabloides.
Después de aquello la reina pasó varios años llorando, hasta que se deshidrató y el médico le prohibió volver a soltar ni una sola lágrima.
—¡Buaaa! —se quejó ella—. Menuda solución.
El rey, por su parte, quiso evitar que la maldición alcanzase a su hijo, de modo que ordenó que destruyeran todas las ruecas del reino, y no solo eso, sino también las máquinas de coser, las agujas para zurcir, etc.
Esto es: que arruinó la industria textil de la nación.
A partir de entonces, todos los vestidos y costuras tendrían que ser importados, con lo cual la balanza de pagos sufrió una verdadera conmoción, aumentó el déficit fiscal y las hipotecas se pusieron por las nubes, los salarios bajaron y la inflación subió.
Total, que todo el mundo vivió cabreado durante varios años.
A pesar de aquel desastre, el príncipe creció sano fuerte y más bonito que un bitcoin.
Era el único que estaba contento en un reino sobre el que había caído la nostalgia y el desánimo. O sea, que parecía idiota.
Los reyes lo vigilaban obsesivamente, se turnaban para hacerlo de forma personal, porque ni siquiera se fiaban de los criados.
Hasta que un día tuvieron que ausentarse del castillo para ir a una convención de la ONU. Era necesario que viajasen porque de ello dependía que les ampliaran unos créditos que habían tenido que solicitar debido a la situación ruinosa de la industria nacional. No les quedaba más remedio que ir allí y hacerse los simpáticos.
—Detesto hacerme la campechana —le confesó la reina a su marido.
—Pues haber elegido otro oficio, porque este que tenemos nosotros consiste precisamente en eso: en sonreír hasta que las comisuras de los labios se junten por detrás de la cabeza, en la nuca.
Tuvieron que partir, pues, hacia un reino lejano, donde tendría lugar la reunión, de manera que dejaron a una legión de empleados encargados de vigilar a su hijo, el principito.
—No permitáis que se acerque a una aguja.
—¡Pero si no hay, majestad, no hay agujas por ningún lado!
—Pues cuidado con los objetos punzantes.
—Vale, tampoco dejaremos que lea la prensa del corazón.
—Al chico no se le pueden ni poner inyecciones, ¡que sea todo por vía oral en caso de que caiga enfermo en nuestra ausencia!
—Yo, una vez, cuando era niña, leí un cuento en el que a la protagonista, que era una princesa, le ocurría exactamente igual que a nuestro hijo…
—¿Y qué pasaba? ¿Cómo terminaba?
—No lo recuerdo bien. Creo que abusaba de ella uno que pasaba por allí, mientras la chica estaba dormida. Pero yo lo interpreté como que, preferiblemente, las mujeres debemos abstenernos de aprender a coser —dijo la reina, mientras se ponía crema antiojeras.
Los reyes se fueron de viaje oficial.
Los criados se turnaron para vigilar al joven príncipe, que estaba más aburrido que una ostra veraneando en los Alpes (no le gustaba leer).
Pero una noche, cuando todos dormían, el muchacho decidió dar una vuelta por el castillo, ya que no se le permitía salir al exterior; era joven y brioso y estaba hasta la coronilla de no poder trotar y jugar al aire libre. Su vida era bastante soporífera. Ni siquiera sabía lo que era salir con los amigos a hacer botellón. Decidió explorar una vieja torre abandonada en la que nadie entraba nunca.
Subió por una escalera de caracol y llegó hasta una puerta de madera muy adornada, pero en estado lamentable, como las de los bares de mala nota.
«Ni siquiera las puertas del centro de salud del pueblo tienen tan mal aspecto», se dijo el muchacho, que había visto fotos por Internet.
La curiosidad fue más fuerte que él y, a pesar de que le habían advertido una y otra vez de que no se moviese de sus habitaciones, vio que había una llave mohosa colgando de la cerradura; al girarla se encontró en un cuartito donde hilaba una anciana.
—Oh, cielos —dijo el príncipe—, ¿qué hace usted aquí, buena mujer?, ¿no la tendrán esclavizada trabajando por un salario de miseria para la industria textil extranjera? Su explotador tiene que ser de otro país, ya que nosotros no producimos nada en ese sector.
—Estoy hilando —contestó la anciana—. ¿Quieres que te explique cómo se hace?
El príncipe, que en su vida no encontraba muchos entretenimientos debido a todas las precauciones que se tomaban con él, miró la máquina de hilar con curiosidad y franco interés.
—Es un chisme muy bonito.
—Sí, ¿sabes?, hace cientos de años que coser no es solo cosa de mujeres, sino también de hombres. A ellos se les da mejor, claro, porque enseguida se convierten en estrellas internacionales y se pasan la vida rodeados de bellas modelos que lucen sus creaciones en las pasarelas y que son tan delgadas y guapas que parecen fotografías andantes retocadas.
—Puedo imaginarlo, conozco YouTube.
El muchacho se acercó a la rueca, que era preciosa.
En seguida se retiró, recordando las instrucciones severas de sus padres.
Pero vio algo en el suelo y se agachó a recogerlo.
Era un objeto raro.
Tan pronto como aproximó a él su mano, ¡se pinchó!
—Maldición —dijo el príncipe.
—Sí, justamente eso mismo decía yo… —contestó la anciana, transformándose de repente en la bruja que lo había condenado el día de la fiesta de su bautismo.
—Pero ¿qué es esto? ¿Con qué me he pinchado?
—Es una aguja hipodérmica. Algún yonqui la habrá dejado aquí olvidada. ¡Tu padre tiene cada súbdito…!
Justo en el segundo en que la aguja traspasó la tierna piel del efebo, este se quedó profundamente dormido.
El instante coincidió con la llegada del rey y la reina, ya de regreso de sus reuniones internacionales. Estaban traspasando la puerta del palacio.
—¡Ay, querido! —dijo la soberana—, me está entrando muchísimo sueño…
—Oh, mi señora reina, justamente a mí me ocurre igual, estaba a punto de comentártelo —respondió él.
… Y todos los habitantes del palacio y del reino, incluidos los caballos que había en las cuadras, las gallinas del corral, los perros del patio, las palomas del tejado, los animales domésticos y los salvajes, y los ciudadanos domésticos y los salvajes… Todos sin faltar uno se quedaron dormidos a la vez, junto con el príncipe.
Eran verdaderamente una unidad de destino en lo universal.
Pareció que el tiempo se detenía en ese segundo maldito, el fuego de la chimenea se paró, no es que se apagara, es que se congeló, como en una fotografía, y los asados que se estaban preparando en la cocina detuvieron su cocción y se quedaron a unos minutos de estar en su punto; el viento dejó de soplar y las hojas fosilizaron su posición a medio caer hacia el suelo…
El castillo se sumió en un sueño extraño, parecía que una enorme burbuja había rodeado el pequeño reino.
Todo se detuvo en el tiempo y en el espacio, y empezó a transcurrir un tiempo ajeno a los habitantes y a las cosas de aquel lugar.
Transcurrieron los meses y los años, y el mundo comenzó a olvidarse de todos ellos. Eso sí: por lo menos quedó solucionado el problema de la deuda externa y del déficit comercial.
Un gigantesco rosal de zarzas, que cada año se haría más fuerte y espeso, empezó a rodear la burbuja que encerraba aquel reino encantado; crecía con tanta prisa y con tanta fuerza que cubrió los edificios, las carreteras, los pequeños montes y los lagos. El paisaje se hizo invisible para cualquiera que pasara cerca de la frontera.
Era como si el reino hubiera quedado cubierto por un manto de flores. Las flores del olvido.
Poco a poco, el lugar, con sus personajes importantes, habitantes corrientes y sufridos contribuyentes, con su flora y fauna, con sus incontables historias…, fue cayendo en el más completo extravío. Demostrando que nadie es imprescindible y que tarde o temprano todo acaba.
En los reinos vecinos y en las repúblicas lejanas, se contaban leyendas sobre aquel mágico suceso, que nadie tenía muy claro; se decía que en algún sitio, enterrado bajo un manto de flores y espinas, un bello príncipe aguardaba a que pasara el tiempo.
—Pues si con eso esperan distraernos a los republicanos y que nos olvidemos del tema, ¡lo llevan claro…! —comentaban algunos.
Muchas doncellas arrojadas y temerarias intentaron encontrar el emplazamiento donde reposaba el adolescente, pero las espinas que rodeaban el lugar cortaban como espadas y les impedían avanzar apenas unos metros. Nadie tenía tanto interés como para sufrir aquello, así que acababan abandonando.
—Prefiero pescar tiburones a mano. Es más seguro —decían, y se marchaban de allí corriendo.
Pasaron más años, casi un siglo. Ya no vivía nadie que hubiese tratado y conocido a los reyes y a su hijo, pero la historia, que se había transmitido de generación en generación, seguía fascinando a todos. Incluso se hicieron varias películas de televisión basadas en aquellos hechos reales («reales»: de realeza).
—Serán hechos irreales —alegaba una muchachita llamada Eria, cuando su padre o su madre le contaban la historia, o veía el tráiler de una nueva película que pretendía explotar el fenómeno un poco más.
Eria acababa de cumplir quince años y vivía con su familia en uno de los pequeños reinos vecinos.
—Un día cruzaré toda esa espesura y llegaré hasta el lugar donde duerme plácidamente, en el interior del castillo, ese joven protagonista de tantas historias… —decía soñadoramente la muchacha.
Pero su padre y su madre la amenazaban con el dedo.
—A ti que no se te ocurra ir sola a ninguna parte.
—Blablablá, blablablá —respondía ella, con la insolencia de la juventud.
Un día salió al campo de excursión, con los chicos de su colegio. Eria no lo sabía, pero justo entonces se cumplían los cien años del encantamiento, y a medida que caminaban hacia las zarzas mágicas, Eria se dio cuenta de que se iban transformando en hermosas flores que le abrían el paso, escoltándola hasta la puerta de un castillo.
«¡No me lo puedo creer! ¿Será este el castillo encantado?».
Se percató de que estaba sola, todos sus compañeros habían desaparecido porque ninguno había sido capaz de ver lo que ella veía.
Las zarzas le señalaban un camino hacia lo desconocido.
«Como señales de tráfico, las he visto más claras…».
Anduvo rodeada de un paisaje abrumador, el color de las flores era tan vivo e intenso que pensó que iba a marearse, como si sus sentidos no pudieran soportar tanta fuerza.
A duras penas logró reponerse, siguió andando y entró en lo que, dedujo, había sido el patio de una gran fortaleza. Vio a los caballos y perros durmiendo, y a las palomas que tenían la cabeza bajo el ala.
«Madre mía, esto es asombroso —murmuró para sí Eria—, quiero decir que me parece increíble estar contemplando los restos de una monarquía…».
Avanzó en silencio, la quietud era extraña y absorbente; incluso el viento estaba dormido.
Subió por las escaleras y llegó hasta la puerta de la torre, aquella vieja y destartalada estancia donde el muchacho había quedado traspuesto.
«Oh, cielos, parece que haya salido por primera vez de juerga — musitó la joven— y que haya pillado una buena».
El chico era guapísimo, un chulazo. Podría haber despertado los celos del hermano guapo de Míster Universo.
Y Eria, que nunca se había considerado demasiado agraciada, sintió una punzada de ternura incontrolable. Se acercó al chaval, puso los labios en su mejilla y le dio un beso.
Suave, tierno. Ingenuo. Nada complicado.
Ella no era una abusadora.
No como otros.
Había un conocido de su familia que le daba pellizcos en el trasero cuando la veía. A Eria le hubiese gustado responder dándole una patada en la boca. Se sorprendía de la naturalidad con que sus propios parientes tomaban aquello, restando importancia a la vil actitud. E incluso creían que era culpa suya, y no del rijoso que trataba de toquetearla.
Bueno, pues no. Ella no era una aprovechada.
El muchacho estaba fuera de combate.
No quería utilizarlo.
A pesar de todo, el calor del aliento de Eria debió producir un efecto (¡mágico!) en el joven príncipe, que en ese instante abrió los ojos, dándole a la muchacha el mayor susto de su vida.
—¡¡Aaaagggg!!
Poco a poco, el príncipe se incorporó y miró alrededor, y cada cosa que miraba iba volviendo a la vida de forma milagrosa. (¡Mágica!).
—Si me lo cuentan, no me lo creo —suspiró Eria.
—Hola —dijo el chico, que nunca se había caracterizado por su originalidad. Y que en cien años no había espabilado mucho.
—Tu reino no era nada sin tu mirada —observó Eria—. El mundo no es nada si uno no es capaz de mirarlo.
No sabía de dónde le venía aquella inspiración.
Probablemente de unos libros con consejos filosóficos que leía a diario.
Eria tomó la mano del príncipe y ambos fueron corriendo por las estancias del castillo, que cobraban vida al paso de los dos muchachos.
Los reyes y la corte despertaron, y los animales del patio se desperezaron como si tal cosa, el fuego volvió a arder en la chimenea y los asados de la cocina terminaron de hacerse hasta llegar a su punto.
—El amor es redención y da vida —dijo la reina, que, a pesar de los cien años que habían transcurrido, no tenía ni una sola arruga de más.
—Y la verdadera felicidad no está en los bienes materiales — apuntó el rey—, excepto cuando hay que pagar la deuda externa.
—Por supuesto, querido. Hemos pasado cien años sin nada, pero no se puede decir que hayamos sido desgraciados —confirmó su esposa.
—Pronto será nuestro aniversario de bodas —añadió el monarca —, y dado que llevamos ciento treinta años casados, no sé, se me está ocurriendo que… ¡Podríamos celebrarlo con una gran fiesta!
—¡¡¡Oh, no, no, no, no, no!!! —gritó la reina.
—Celebrar una fiesta sería una manera de hacer justicia poética —aseguró el rey.
—Pero la justicia poética nunca es tan… poética —sentenció la reina. Luego se desmayó.
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on 09 marzo 2026
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