"Tea for Two"

Posted by La mujer Quijote in , , , , , , , ,

Otra nueva edición de escucha y compara. Hoy le toca el turno a "Tea for two", una canción de 1925 perteneciente al musical "No, No, Nanette", con música de Vincent Youmans y letras de Irving Caesar y Otto Harbach (esta comedia musical era a su vez una versión del libreto escrito por el propio Otto Harbach y Frank Mandel basado en el musical de Broadway de Mandel de 1919 titulado "My Lady Friends"). La canción, un dúo entre Nanette y Tom, describe el futuro que imaginan juntos. La canción se convirtió en un estándar (clásico) del jazz.
Las versiones, aunque casi todas jazzísticas, son bastante diferentes entre sí.

Frank Sinatra & Dinah Shore
Esta versión cantada sería el equivalente a la original (si consideramos como original la cantada por Binnie Hale y George Grossmith, Jr. en el estreno de la obra).


Dimitry Shostakovich
Esta versión, interpretada por la Concertgebouw Orchestra Amsterdam dirigida por Riccardo Chailly, corresponde a la orquestación que shostakovich hizo del tema en 1928 y que tituló "Tahiti-Trot".


Tommy Dorsey
Esta versión de la orquesta de Tommy Dorsey, a ritmo de cha cha cha, tal vez fuera la que más contribuyo a la popularización de la canción.


Art Tatum
Esto ya son palabras mayores. Las manos del fabuloso Art Tatum volando sobre las teclas.


Stephane Grappelli & Joe Venuti
Sin duda, mi versión favorita. Fue interpretada por los dos genios del violín en su disco "Venupelli Blues", tal vez el disco que más he escuchado (y así está el pobre). El resto de músicos son George Wein al piano, el grandísimo Barney Kessell a la guitarra, Larry Ridley al bajo y Don Lamond a la batería.

Bernard Malamud - "El barril mágico"

Posted by La mujer Quijote in ,

Malamud es uno de los principales representantes de lo que se dio en llamar literatura judía de los Estados Unidos, ese grupo al que pertencen autores como Henry Roth, Saul Bellow, Bashevis Singer o Cynthia Ozick. Casi toda su obra se centra en describir a la sociedad judía estadounidense, especialmente la neoyorkina.
Este cuento fue publicado en 1954 en Partisan Review y posteriormente (1958) fue publicado en una recopilación de trece relatos a la que da título.
Leo Finkle, estudiante rabínico en la Universidad Yeshivah, vivía no hace mucho en la parte alta de la ciudad de Nueva York, en un cuartito modesto pero lleno de libros. Tras seis años de estudios, Finkle iba a ser ordenado en junio, y un conocido suyo le había aconsejado que si se casaba, le sería más fácil obtener una congregación. Como nunca había pensado contraer nupcias, después de dos días atormentadores en que dio vueltas a la idea en su cabeza, llamó a Pinye Salzman, agente matrimonial, al leer el anuncio de dos líneas puesto por éste en Forward.
El agente surgió una noche del oscuro pasillo del piso cuarto de la casa de huéspedes, llevando en la mano una cartera negra gastada por el uso. Llevaba largo tiempo dedicándose a este negocio, era de figura delgada, rostro grave, cubríase la cabeza con un sombrero viejo y vestía un sobretodo demasiado corto y estrecho para él. Salzman olía a pescado, su plato favorito, y pese a que le faltaban algunos dientes, su presencia no era desagradable a causa de sus modales afables, que contrastaban curiosamente con la mirada triste de sus ojos. Su voz, sus labios, el pelo de la barba, sus dedos huesudos, tenían vida; pero en el más simple momento de reposo el dulce mirar de sus ojos azules revelaba en seguida un fondo de tristeza, característica que tranquilizó un poco a Leo, aun cuando para él la situación era tensa de por sí.
Explicó a Salzman el motivo de haberle rogado que viniese, que era de Cleveland y que se encontraría solo en el mundo a no ser por sus padres, que se habían casado relativamente tarde. Leo se había consagrado enteramente a sus estudios durante seis años, por lo cual era comprensible que no hubiese tenido tiempo para llevar una vida social y buscar la compañía de chicas jóvenes. Estaba convencido de que, para evitar tanteos innecesarios, lo mejor era consultar con una persona de experiencia que le aconsejase en la materia. Observó de pasada que la función del agente matrimonial era antigua y honorable, muy estimada en la comunidad judía porque hacía posible lo necesario sin impedir el placer. Además, sus padres se habían unido por mediación de un agente matrimonial. Habían hecho, si no un casamiento monetariamente provechoso —ya que ninguno de los dos poseía bienes dignos de mención—, sí, al menos, feliz en el sentido del perdurable afecto que se profesaban el uno al otro. Salzman escuchaba con turbada sorpresa, con la sensación de que le hacían una especie de apología. Después, sin embargo, se sintió orgulloso de su profesión, emoción que hacía años no experimentaba, y aprobó sincera y cordialmente la conducta de Finkle.
Los dos hombres se pusieron a tratar de su asunto. Leo había llevado a Salzman al único sitio claro del cuarto, una mesa junto a una ventana que miraba a la ciudad alumbrada por los faroles. Estaba sentado junto al agente, pero de cara a éste, intentando reprimir, con un acto de voluntad, el desagradable cosquilleo que notaba en su garganta. Salzman abrió impaciente su cartera y quitó una floja cinta de goma de un paquetito de tarjetas muy manoseadas. Al separarlas y examinarlas, ademán y ruido que molestaron físicamente a Leo, el estudiante aparentaba no mirar, absorto en lo que se veía a través de la ventana. Pese a estar todavía en febrero, el invierno iba a concluir, hecho que advertía por primera vez en muchos años. Veía ahora, con la boca medio abierta, que la pálida y redonda luna atravesaba, en lo alto del cielo, una nube parecida a un corral, donde una gallina gigantesca la engullía para devolverla luego como el ave que pone un huevo. Aunque fingía estar ocupado en leer tarjetas a través de los cristales de sus gafas, que se había calado un momento antes, Salzman lanzaba miradas de cuando en cuando, con disimulo, al noble rostro del joven, contemplando con agrado la nariz larga y severa del estudiante, los ojos pardos cargados de saber, los labios a la vez ascéticos y sensuales, las hundidas y morenas mejillas. Paseó la vista por las estanterías llenas de libros y soltó un suave suspiro de contento.
Leo posó los ojos en las tarjetas, contó seis, extendidas en la mano de Salzman.
—¿Tan pocas? —preguntó, desilusionado.
—No se puede imaginar cuántas tengo en mi despacho —respondió Salzman—. Los cajones están llenos hasta arriba, por lo que ahora las guardo en un barril. Pero, ¿le conviene una mujer cualquiera a un rabino?
Leo enrojeció al oír esto, lamentando lo que se había revelado de sí mismo en un curriculum vitae que envió a Salzman. Había creído que lo mejor era darle toda suerte de detalles, pero ahora juzgaba que dijo al agente matrimonial más de lo necesario.
Inquirió, titubeante:
—¿Conserva en su archivo fotografías de sus clientes?
—El dato más importante es la familia y la cuantía de la dote —repuso Salzman, desabrochándose su ajustado sobretodo y arrellanándose bien en la silla—. Las fotografías vienen después, rabino.
—Llámeme Finkle. No soy rabino todavía.
Salzman prometió hacerlo, pero luego le llamaba doctor, y rabino cuando Leo no escuchaba con mucha atención. Se colocó bien los lentes con montura de cuerno, carraspeó silenciosamente y leyó con vehemencia el contenido de la primera tarjeta.
—Sophie P. Veinticuatro años. Viuda desde hace un año. Educada en una escuela superior y dos años de estudios universitarios. Sin hijos. El padre ofrece una dote de ocho mil dólares. Un buen comercio al por mayor. Y fincas. Por parte de madre, familia de profesores y también un actor. Muy conocido en la Segunda Avenida.
Leo le miró con sorpresa.
—¿Ha dicho que es viuda?
—Viuda no quiere decir maleada, rabino. Vivió con su marido unos cuatro meses. Estaba enfermo. Cometió un error casándose con él.
—No pienso casarme con una viuda.
—Porque no tiene usted experiencia. Una viuda, sobre todo si es joven y sana, como esta mujer, es lo mejor que puede hallar para casarse. Le estará agradecida todo el resto de su vida. Créame, si yo hubiese de casarme ahora, lo haría con una viuda.
Leo reflexionó y luego meneó la cabeza.
Salzman se encogió de hombros con ademán casi imperceptible de desilusión. Dejo la tarjeta sobre la mesa y se puso a leer en otra.
—Lily H. Maestra de escuela superior. En plantilla. Sin sustituto. Tiene ahorros y un coche «Dodge» nuevo. Residió en París un año. El padre es un artista afamado desde hace treinta y cinco años. Le interesa un hombre que tenga carrera. Familia americanizada. Magnífica oportunidad.
Y Salzman añadió:
—Le conozco en persona. Me gustaría que la viese. Es un encanto. Y muy inteligente. Podría hablar con ella todo el día de libros, de teatro, de lo que quiera. También conoce los sucesos de actualidad.
—Me parece que no ha dicho su edad.
—¿Su edad? —repitió Salzman, sorprendido, enarcando las cejas— Treinta y dos años.
Leo dijo al cabo de un rato:
—Un poco vieja.
Salzman soltó la risa.
—¿Cuántos años tiene usted, rabino?
—Veintisiete.
—No es mucha la diferencia entre veintisiete y treinta y dos. Mi esposa me lleva siete. ¿He sufrido algo? En absoluto. Si una hija de Rothschild quisiera casarse con usted, ¿le contestaría que no a causa de la edad?
—Sí —replicó secamente Leo.
Salzman pasó por alto la negativa que implicaba aquel sí.
—Cinco años no tienen importancia. Le doy mi palabra de honor que si viviese con ella una semana, se olvidaría de la edad. ¿Qué importancia tienen cinco años? Ha vivido y sabe más que otra persona más joven. Con esta mujer, Dios la bendiga; nada se pierde con los años. Con cada año que pasa, mejora.
—¿Qué enseña en la escuela superior?
—Idiomas. Si la oyese leer en francés, le parecería música. Llevo treinta y cinco años ejerciendo mi oficio y se la recomiendo de todo corazón. Créame, rabino, sé lo que me digo.
—¿Qué dice en esa otra tarjeta? —preguntó de pronto Leo.
Salzman leyó de mala gana:
—Ruth K. Diecinueve años. Estudiante con matrícula de honor. El padre ofrece trece mil dólares en efectivo. Es doctor en Medicina, especialista en enfermedades del estómago, con buena y numerosa clientela. El cuñado es dueño de un negocio de prendas de vestir. Gente distinguida.
Salzman le miró con expresión de triunfo.
—¿Ha dicho diecinueve? —preguntó Leo con interés.
—Sí.
—¿Es atractiva? —Leo se ruborizó mientras preguntaba—. ¿Bonita?
Salzman se besó las yemas de los dedos.
—Una maravilla, le doy mi palabra de honor. Permítame que telefonee a su padre esta noche, y verá lo que es una mujer bonita.
Pero Leo estaba turbado.
—¿Está seguro de que es tan joven?
—Segurísimo. Su padre le enseñará la partida de nacimiento.
—¿Está seguro de que no tiene algún defecto? —insistió Leo.
—¿Quién habla de defectos?
—No alcanzo a comprender por qué una joven americana de su edad recurre a un agente matrimonial.
Una sonrisa se extendió por la cara de Salzman.
—Por la misma razón que usted.
Leo se puso como una amapola.
—A mí me apremia el tiempo.
Salzman, dándose cuenta de su falta de tacto, se apresuró a explicar:
—Vino el padre, no ella. El quiere para su hija lo mejor, y por eso busca. Cuando hayamos encontrado al joven digno de ella, él se lo presentará y alentará las relaciones. Resulta una boda más conveniente que cuando escoge por sí misma una joven sin experiencia. No es menester que se lo diga a usted.
—Pero, ¿piensa usted que esa joven cree en el amor? —quiso saber el inquieto Leo.
Salzman iba a soltar una carcajada, pero se contuvo y respondió juiciosamente:
—El amor viene con la persona que lo merece, no antes.
Leo despegó sus secos labios, pero nada dijo. Al observar que Salzman había lanzado una rápida mirada a otra tarjeta, tuvo la habilidad de preguntar:
—Y, ¿su salud?
—Perfecta —repuso Salzman, respirando con dificultad—. Aunque cojea un poco del pie derecho a causa de un accidente de automóvil que sufrió cuando tenía doce años; pero nadie lo nota, por ser ella tan inteligente y bonita.
Leo se puso en pie pesadamente y se acercó a la ventana. Sentía una extraña amargura, convencido de que había cometido un error al llamar al agente matrimonial. Finalmente, negó con la cabeza.
—¿Por qué no? —insistió Salzman, alzando más la voz.
—Porque me cargan los especialistas en enfermedades del estómago.
—¿Qué le importa a usted su profesión? Una vez se haya casado con su hija, ¿para qué le necesitará? ¿Quién le dice que vendrá todos los viernes por la noche a su casa?
Avergonzado del giro que iba tomando la conversación, Leo despidió a Salzman, quien se marchó con mirada triste.
Aunque Leo se quedó más tranquilo luego de haberse retirado el agente matrimonial, estaba abatido al día siguiente. Intentó explicarse que su estado de ánimo era debido al fracaso de Salzman en proporcionarle una novia conveniente. No le interesaba el género de clientela del agente. Pero al dudar de si debía o no buscar otro agente, uno más culto que Pinye, se preguntó si no sería —pese a sus protestas en contra y a honrar a sus padres— que, en el fondo, le era indiferente el matrimonio.
Apartó en seguida este pensamiento de su mente, pero no por ello se sintió menos contrariado. Estuvo perplejo el día entero: faltó a una cita importante, se olvidó de llevar la ropa sucia a la lavandería, salió sin pagar de una cafetería de Broadway y hubo de volver a ella con el ticket en la mano; ni siquiera reconoció en la calle, a su patrona cuando ésta, acompañada de una amiga, pasó por su lado y le saludó cortésmente diciendo: «Tenga muy buenas tardes, doctor Finkle». Sin embargo, al anochecer, había recuperado la serenidad suficiente como para ponerse a leer un libro y liberarse así de sus pensamientos.
Casi en seguida llamaron a la puerta. Antes de que Leo pudiese decir «pase», Salzman, cupido comercial, entró en el cuarto. Su rostro estaba pálido y más flaco, tenía una expresión hambrienta y parecía que fuese a morir de un momento a otro. Empero, el agente matrimonial logró con algún esfuerzo de los músculos mostrar una ancha sonrisa.
—Buenas noches. ¿Puedo quedarme a charlar un rato con usted?
Leo hizo una seña afirmativa con la cabeza, molesto de volverle a ver, aunque sin osar decirle que se fuera.
Salzman, radiante aun, dejó su cartera sobre la mesa.
—Rabino, esta noche le traigo buenas noticias.
—Le ruego otra vez que no me llame rabino. Estoy estudiando todavía.
—Se acabaron las preocupaciones. Tengo una novia de primera clase para usted.
—Déjeme en paz de una vez.
Leo aparentó falta de interés.
—El mundo bailará en su boda.
—Por favor, señor Salzman, no siga.
—Pero déjeme que primero restaure mis fuerzas —dijo Salzman débilmente.
Abrió la cartera y extrajo una bolsa de papel, pringada de aceite, de la que sacó un panecillo y un pez minúsculo parecido al salmón ahumado. Con la mano le quitó la piel y se puso a comer vorazmente.
—Todo el día he corrido por ahí —murmuró.
Leo le miraba comer.
—¿Tiene, por casualidad, una loncha de tomate? —preguntó, titubeando, Salzman.
—No.
El agente matrimonial cerró los ojos y siguió comiendo. Cuando hubo acabado, recogió cuidadosamente las migas de pan y metió los restos del pescado en la bolsa. Sus ojos ocultos por las gafas se pasearon por el cuarto hasta que descubrieron, entre los montones de libros, un hornillo de gas. Quitándose el sombrero, preguntó humildemente:
—¿Y una taza de té, rabino?
Leo, lleno de remordimientos, se levantó e hizo té. Lo sirvió con un pedazo de limón y dos terrones de azúcar, lo que hizo las delicias de Salzman.
Éste, después de haberse bebido el té y restaurado sus fuerzas, recobró su buen humor.
—Dígame, rabino —dijo amablemente—, ¿ha reflexionado sobre las tres clientes de que le hablé ayer?
—No había motivo para ello.
—¿Por qué no?
—Porque ninguna de ellas me conviene.
—¿Qué le conviene a usted, entonces?
Leo calló porque sólo podía dar una respuesta vaga.
Sin esperar contestación, Salzman demandó:
—¿Se acuerda de la mujer de que le hablé..., de la maestra de escuela superior?
—¿La que tiene treinta y dos años?
Inesperadamente, una sonrisa iluminó el rostro de Salzman.
—Veintinueve.
Leo le lanzó una mirada.
—¿Se quita años?
—Fue un error —confesó Salzman—. He hablado hoy con el dentista, que me ha llevado a la caja de caudales y enseñado la partida de nacimiento. Tenía veintinueve años en agosto pasado. Le dieron una fiesta en las montañas, donde pasó las vacaciones. Cuando su padre habló conmigo la primera vez, me olvidé de anotar su edad, y por eso le dije a usted que treinta y dos; pero ahora me acuerdo que se trata de otra cliente, una viuda.
—¿La misma que me propuso? Creo recordar que me dijo veinticuatro.
—Otra. ¿Tengo yo la culpa de que el mundo esté lleno de viudas?
—No; pero no me interesan las viudas, y menos aun si son maestras de escuela.
Salzman se llevó con vehemencia las manos al pecho. Mirando al techo, exclamó:
—¡Hijos de Israel! ¿Qué puedo decir a un hombre a quien no le interesan las maestras de escuela? ¿Qué le interesa a usted, pues?
Leo se puso colorado, pero se dominó.
—¿Qué mujer le conviene, si no le interesa una que habla cuatro idiomas y tiene diez mil dólares en el Banco? —prosiguió Salzman—. Además, su padre asegura doce mil más. Tiene también un coche nuevo, buena ropa, habla de todo lo divino y lo humano y le dará a usted hijos y un hogar de primera clase. ¿Se puede estar más cerca del paraíso en nuestra vida?
—Si tan extraordinaria es, ¿por qué no se casó diez años atrás?
—¿Por qué? —repitió Salzman, riéndose fuertemente—. ¿Por qué? Porque elige, por eso es. Quiere lo mejor.
Leo calló; le divertía ver cómo se había metido él mismo en la trampa. Pero Salzman había despertado su curiosidad hacia Lily H, y empezó a pensar seriamente en hacerle una visita. El agente matrimonial, viendo lo intensamente que trabajaba el cerebro de Leo, dio por seguro de que llegarían pronto a un acuerdo.
El sábado, a la caída de la tarde, Leo Pinkle salió con Lily Hirschorn a dar un paseo a lo largo de la Riverside Drive. Caminaba aprisa y erguido, vistiendo con distinción la chaqueta negra que se ponía los sábados, esmeradamente cepillada, y el sombrero del mismo color, de fieltro flexible con ala vuelta, que, por la mañana, había sacado con nerviosismo de la polvorienta sombrerera que estaba en el estante del armario. Leo poseía también un bastón, regalo de un pariente lejano; pero había decidido no llevarlo. Lily, diminuta y nada fea, lucía galas que anunciaban la próxima llegada de la primavera. Lily se hallaba al corriente de todos los temas, y él pesaba sus palabras y la encontraba sorprendentemente juiciosa, otro tanto que se apuntaba Salzman, pues el inquieto Leo tenía la impresión de que el agente no andaba muy lejos de allí, escondido quizá, en la copa de un árbol a lo largo de la calle; o tal vez en forma de un patihendido Pan, tocando con el caramillo marchas nupciales mientras seguía su invisible camino delante de ellos, derramando capullos silvestres por la acera y purpureas uvas de verano, que simbolizaban el fruto de una unión, de la cual ninguno había hablado aún.
Leo se estremeció cuando Lily dijo:
—Estaba pensando en el señor Salzman. Es un hombre raro, ¿no le parece?
Leo, no sabiendo qué contestar, asintió con la cabeza.
Lily, valerosamente, se sonrojó al añadir:
—Yo le estoy agradecida por habernos presentado. ¿Y usted?
—Yo también —respondió cortésmente Leo.
—Quiero decir —dijo Lily con una risita— que todo ha sido de buen gusto, o por lo menos, que no lo ha sido malo. ¿Le pesa que nos hayamos conocido de este modo?
Leo no temía la sinceridad de Lily; reconocía que ella se proponía establecer buenas relaciones y comprendía que se necesitaba alguna experiencia de la vida y valor para hacerlo en aquella forma. Había que tener algún género de pasado para empezar de ese modo. Dijo que no le pesaba. La profesión de Salzman era tradicional y honorable, valiosa por lo que podría lograr, aunque, a veces, resultaba estéril.
Lily asintió con un suspiro. Siguieron paseando un rato y, tras un largo silencio, Lily preguntó otra vez con risa nerviosa:
—¿Se molestaría si le preguntase algo un poco personal? Con franqueza, el tema me parece fascinante. —Aunque Leo se encogió de hombros, ella prosiguió medio turbada—: ¿Cómo empezó su vocación? ¿Fue inspiración súbita y vehemente?
Leo tardó algo en responder y lo hizo con lentitud.
—Siempre me he sentido interesado por la ley.
—¿Vio revelada en ella la presencia del Altísimo?
Finkle dijo que sí con la cabeza y cambió de conversación.
—Tengo entendido, señorita Hirschorn, que residió usted algún tiempo en París.
—¿Se lo ha contado el señor Salzman, rabino Finkle? —Leo se sobresaltó, pero ella continuó—: Hace ya muchos años, y casi lo he olvidado. Pero ahora recuerdo que hube de volver para asistir a la boda de mi hermana.
Pero Lily no quería desistir, y preguntó con voz trémula:
—¿Cuándo se enamoró usted de Dios?
Leo la miró. Luego, se le ocurrió pensar que ella no hablaba de Leo Finkle, sino de un extraño, un ser místico, acaso de un ardiente profeta que Salzman había evocado para ella, sin parentesco con los vivos ni los muertos. Leo temblaba de rabia y debilidad. El trapacero la había engañado, como le había engañado a él, a él que había esperado trabar conocimiento con una joven de veintinueve años, y que sólo veía, en el momento en que miró su rostro crispado e inquieto, una mujer de más de treinta y cinco años que estaba envejeciendo con rapidez. Pensó que únicamente su dominio de sí mismo le había permitido soportar tanto tiempo la presencia de Lily.
—No soy una persona religiosa —dijo gravemente, y, al buscar palabras para continuar, se halló lleno de miedo y vergüenza, por lo que hubo de hacer un esfuerzo para añadir—: Creo que llegué a Dios no porque le amase, sino porque no le amaba.
Esta contestación hecha tan ásperamente le hizo temblar por lo inesperada.
Lily perdió el ánimo. Leo veía una profusión de copos meciéndose como patos en el aire, en lo alto, sobre su cabeza. Por fortuna, nevaba, y esto no podía atribuirlo a las maquinaciones de Salzman. Estaba furioso contra el agente matrimonial y juraba que lo arrojaría del cuarto en el momento en que reapareciese. Pero Salzman no vino aquella noche, y, una vez se le hubo pasado el enojo a Leo dejó paso a una desesperación inexplicable. Al principio creyó que su causa era la desilusión que había tenido con Lily, pero pronto se hizo evidente que se había comprometido con Salzman sin conocer lo que verdaderamente deseaba. Fue comprendiendo poco a poco su futilidad, que había llamado al agente para que le buscase una novia porque era incapaz de hacerlo por sí mismo. Esta aterradora conclusión fue consecuencia de su encuentro con Lily Hirschorn. Las sondeantes preguntas de Lily le habían irritado hasta el extremo de hacerle revelar —a sí mismo más que a ella— la verdadera naturaleza de sus relaciones con Dios, y de esto había deducido, con fuerza terrible, que, aparte de sus padres, nunca había amado a nadie. O acaso fuese lo contrario, que no amaba a Dios tanto como debiera porque nunca había amado a los hombres. Leo sintió que su vida entera había perdido su misterio, y se veía, por primera vez, tal como era realmente..., sin amor ni amado. Esta cruel revelación, aunque no enteramente inesperada, le llevó a un momento de pánico dominado tan sólo con esfuerzo extraordinario. Se tapó la cara con las manos y lloró.
La semana siguiente fue la peor de su vida. No comió y perdió peso. Su barba se puso más áspera y oscura. Dejó de asistir a los cursos de investigación que hacían los seminarios de estudiantes y a las conferencias, y casi nunca abrió un libro. Pensaba seriamente en abandonar Yeshivah, si bien se sentía profundamente atribulado por el pensamiento de la pérdida de todos sus años de estudios —los veía como páginas de un libro esparcidas por la ciudad— y por el desolador efecto que esa decisión produciría en sus padres. Pero había vivido sin conocerse a sí mismo, y nunca en el Pentateuco, ni en todos los
Comentarios —mea culpa—, le había sido revelada la verdad. No sabía adonde dirigirse, y, en toda aquella triste soledad, no tenía a nadie, aunque pensaba a menudo en Lily, pero ni una sola vez se decidía a ir a la planta baja para telefonear. Se volvió susceptible e irritable, especialmente con su patrona, que le hacía toda clase de preguntas; por otra parte, consciente de que se había mostrado desagradable, la detenía en la escalera y se disculpaba abyectamente hasta que ella, mortificada, se iba. Fuera de esto, sin embargo, tenía el consuelo de ser aún judío y de que otro judío sufría por él. Pero, paulatinamente, conforme aquella larga y terrible semana llegaba a su fin, recobraba su serenidad, su interés por alguna meta en la vida: continuaría como tenía proyectado. Aunque él era imperfecto, su ideal no lo era. En lo referente a su búsqueda de una novia, el pensamiento de continuar le afligía con inquietud pero, acaso, con ese nuevo conocimiento de sí mismo, sería más afortunado que en el pasado. Tal vez el amor vendría ahora a él y una novia con ese amor. Y para esa búsqueda santificada, ¿quién necesitaba a Salzman?
El agente matrimonial, esqueleto con ojos de fantasma, volvió aquella misma noche. Parecía también la imagen de la esperanza frustrada, como si hubiese estado esperando con constancia durante la semana, junto a la señorita Lily Hirschorn, una llamada telefónica que nunca llegó.
Salzman, tosiendo de tiempo en tiempo, fue inmediatamente al grano.
—¿Qué le ha parecido esta mujer?
Creció la cólera de Leo, quien no resistió al impulso de increpar al agente matrimonial.
—¿Por qué me mintió usted, Salzman?
La pálida faz de Salzman se tornó mortalmente blanca como si el mundo hubiese nevado sobre su dueño.
—¿No me dijo que tiene veintinueve años? —insistió Leo.
—Le di mi palabra...
—Tiene treinta y cinco, al menos treinta y cinco.
—No estoy muy seguro de ello. Su padre me dijo...
—No importa. Lo peor es que le ha mentido a ella.
—Dígame cómo.
—Contándole cosas que no son verdad. Le ofreció usted una imagen demasiado favorable de mí y, por consiguiente, poco beneficiosa para mí. Ella se había imaginado una persona totalmente diferente, una especie de rabino excepcional, un místico.
—Lo único que dije es que es usted un hombre religioso.
—Me lo figuro.
Salzman suspiró.
—Este es mi punto flaco—confesó—. Mi esposa me dice que no debiera ser vendedor; pero cuando tengo dos personas excelentes que sería maravilloso contrajeran matrimonio, me siento tan feliz que hablo demasiado. —Sonrió tristemente—. Por esto Salzman es un pobre hombre.
Se calmó la cólera de Leo.
—Bien, Salzman, me temo que esto es todo.
El agente matrimonial clavó sus pobres ojos en Leo.
—¿Ya no quiere buscar novia?
—Quiero tener novia —respondió Leo—; pero he decidido buscarla de otro modo. No me interesa ya un casamiento arreglado. Para ser franco, admito ahora la necesidad del amor premarital. Es decir, quiero estar enamorado de la mujer con quien me case.
—¡El amor! —exclamó Salzman, consternado—. El amor es vida para nosotros, y para las mujeres, no. En el ghetto...
—Lo sé, lo sé —repuso Leo—. Lo he pensado muchas veces. El amor, me he dicho, debiera ser un producto accesorio de vida y dignidad más que su propio fin. Sin embargo, a mi entender, creo necesario determinar el nivel de mi necesidad y cubrirlo.
Salzman se encogió de hombros y respondió:
—Escuche, rabino, si quiere amor, también se lo puedo buscar. Tengo clientes bellas, a las que usted amará sólo con verlas.
Leo sonrió tristemente.
—Me temo que no lo ha entendido.
Pero Salzman se apresuró a abrir su cartera y de ella sacó un sobre de papel manila.
—Fotografías —dijo, dejando el sobre encima de la mesa.
Leo le llamó para que se llevase las fotografías; pero Salzman había desaparecido como volando en alas del viento.
Llegó marzo. Leo había vuelto a sus ocupaciones habituales. Aunque no se sentía aún del todo él mismo —le faltaba energía—, estaba trazando planes para una vida social más activa. Eso costaría algo, por supuesto; pero él era maestro en salir de apuros, y una vez superados, podría lograr que todo saliese a pedir de boca. Entretanto, las fotografías que había dejado Salzman seguían sobre la mesa, llenándose de polvo. A veces, cuando Leo se sentaba a estudiar o a saborear una taza de té, sus ojos se fijaban en el sobre de papel manila, pero no lo abría.
Pasaban los días sin que desarrollase vida social digna de mención con individuo del sexo opuesto, cosa difícil dadas las circunstancias de su situación. Una mañana Leo subió la escalera para ir a su cuarto y miró la ciudad por la ventana. El día era claro, pero él lo veía oscuro. Estuvo un rato viendo pasar a la gente por la calle y, luego, con tristeza en el alma, se metió en su cuartito. El sobre estaba sobre la mesa. Lo abrió con súbito e implacable ademán. Durante media hora permaneció en estado de excitación, examinando las fotografías de las mujeres a las que representaba Salzman. Finalmente, con un hondo suspiro, las dejó sobre la mesa. Eran seis, de diversos grados de donaire y atractivo; pero, al mirarlas largo rato, todas se volvían Lily Hirschorn: todas habían pasado la primavera de la vida, todas corrían hambrientas detrás de sonrisas luminosas, ninguna mostraba verdadera personalidad entre ellas. La vida, a despecho de las luchas angustiosas que ellas habían tenido y de los furiosos gritos que habían lanzado, las dejó atrás; eran fotografías conservadas en una cartera que apestaba a pescado. Al cabo de un rato, sin embargo, al ir a meterlas de nuevo en el sobre, Leo halló en éste otra, una instantánea pequeña del tipo de las que toma una máquina por veinticinco centavos. Leo la miró un momento y dio un grito. Le conmovía profundamente aquel rostro. No sabía explicar el motivo. Le daba una impresión de juventud, y, a la vez, de edad; la sensación de haberse consumido; todo esto venía de los ojos, obsesivamente familiares aunque muy extraños. Leo pensó que la había visto antes; pero, por más que lo intentó, no pudo precisar dónde, aunque casi recordaba su nombre como si lo leyese escrito de puño y letra de su propia dueña. No, no podía ser, porque la hubiera recordado.
No podía afirmarse que su belleza fuese extraordinaria, pero su cara era bastante graciosa; le conmovía un algo que había en ella. Rasgo por rasgo, algunas de las mujeres de las fotografías la superaban; pero ella se metía en el corazón. Había vivido o quería vivir —más de lo deseado, y acaso lo lamentase— pero, sea como fuese, había sufrido mucho: hecho claramente perceptible en las profundidades de aquellos ojos tímidos, en la luz interior que emanaba de ella para abrir reinos enteros de posibilidad. Era la deseada de Leo. Sintió que le dolía la cabeza y se le contraían las pupilas de mirar tan intensamente; luego, como si su mente estuviese envuelta en negra niebla, ella le infundió miedo, y comprendió que había recibido de algún modo una impresión de impureza. Se estremeció al murmurar «es lo que nos pasa a todos». Se hizo té en un pote pequeño y se lo bebió sin azúcar, con el fin de sosegarse. Antes de terminar, examinó el rostro otra vez con excitación y le pareció hermoso: hermoso para él. Sólo una mujer semejante podría comprender a Leo Finkle y ayudarle a buscar lo que deseaba.
Pero no lograba adivinar por qué se hallaba entre las descartadas del barril de Salzman. Comprendió que debía ir a buscarla con toda urgencia.
Leo bajó corriendo la escalera, tomó la guía telefónica de Bronx y buscó en ella el domicilio de Salzman. No figuraban en el listín el nombre de éste ni su despacho. Tampoco en la guía de Manhattan. Leo recordó haber apuntado las señas en una tira de papel tras haber leído el anuncio de Forward. Volvió a su cuarto y buscó entre sus papeles, sin suerte. Era como para desesperarse. Justamente cuando necesitaba al agente matrimonial, no lo podía encontrar por ninguna parte. Por fortuna, Leo se acordó de mirar en su cartera. En ella halló una tarjeta donde constaba el nombre del agente y un domicilio en Bronx. No figuraba el número del teléfono, lo que hizo recordar a Leo la razón de haberse comunicado por carta, al principio, con Salzman. Se puso la chaqueta y el sombrero y corrió a la estación del metro. Durante todo el trayecto hasta el extremo de Bronx estuvo sentado en el borde del asiento. Sintió más de una vez la tentación de sacar la fotografía para ver si el rostro de la joven era tal como él lo recordaba; pero se abstuvo de hacerlo y dejó que la instantánea siguiese en el bolsillo interior de su chaqueta, contento de tenerla tan cerca. Cuando el tren llegó a la estación, estaba esperando a la puerta, y salió de un salto. Encontró enseguida la calle que Salzman le había indicado.
El edificio que buscaba se hallaba a menos de una manzana de casas del metro, pero no era un edificio de despachos, ni tenía espacio para almacenes, ni siquiera un piso que pudiera alquilarse para oficinas. Era una vieja y sucia casa de vecindad. Leo vio el nombre de Salzman en un rótulo debajo del timbre, y hubo de subir tres tramos de escalera para llegar al apartamento. Llamó a la puerta, y la abrió una mujer delgada, de cabellera cana, asmática, calzada con zapatillas de fieltro.
—¿Qué desea? —preguntó la mujer, que no esperaba nada y escuchaba sin oír.
Leo hubiese jurado que la había visto antes, aun sabiendo que no era posible.
—¿Vive aquí Pinye Salzman, agente matrimonial?
La mujer le miró largo rato.
—Sí.
Leo estaba turbado.
—¿Está en casa?
—No.
La mujer se quedó con la boca abierta, pero no dijo Dada más.
—Es urgente. ¿Dónde está su despacho?
—En el aire —respondió ella, señalando hacia arriba.
—¿Es que no tiene despacho?
—Lo tiene en sus calcetines.
Leo miró hacia el interior del apartamento. Era oscuro, una espaciosa habitación dividida por una cortina medio corrida, detrás de la cual se veía una cama metálica. El extremo más próximo estaba atestado de sillas muy desvencijadas, cómodas viejas, una mesa de tres patas, batería de cocina. Pero no se veían señales de Salzman ni de su barril mágico, que debía de ser también un producto de la imaginación del agente matrimonial. Y molestaba el olor a pescado frito.
—¿Dónde está? Tengo que hablar con su marido.
La mujer respondió al fin:
—¡Quién sabe dónde está! Cada vez que se le ocurre una idea, se va a un sitio diferente. Ya pasará por su casa.
—Dígale que ha estado Leo Finkle.
La mujer no dio muestras de haber oído.
Leo bajó la escalera, profundamente deprimido.
Salzman, sin aliento, le estaba esperando a la puerta de su cuarto.
Leo estaba asombrado, enajenado de alegría.
—¿Cómo es que ha llegado antes que yo?
—He venido corriendo.
—Pase.
Entraron. Leo hizo té y un bocadillo de sardinas para Salzman. Mientras bebían, Leo tomó el sobre de fotografías y se lo entregó al agente matrimonial.
Salzman dejó la taza sobre la mesa y dijo, esperanzado:
—¿Ha encontrado alguna que le guste?
—Entre éstas, no.
El agente matrimonial volvió los ojos tristes a otra parte.
—Esta es la que me gusta.
Leo le mostró la instantánea.
Salzman se puso las gafas y tomó la fotografía con mano temblorosa. Se puso mortalmente pálido y emitió un gemido lastimero.
—¿Qué le ocurre?
—Perdóneme. Esta fotografía la puse en el sobre por error. Esta mujer no le conviene a usted.
Salzman metió frenéticamente en su cartera el sobre de papel manila, guardó la instantánea en uno de sus bolsillos y echó a correr escaleras abajo.
Tras una momentánea indecisión, Leo le siguió y le dio alcance en el vestíbulo. La patrona daba gritos histéricos, pero ninguno de ellos la escuchaba.
—Devuélvame esa fotografía, Salzman.
—No puede ser.
Los ojos del agente tenían una terrible expresión de dolor moral.
—Dígame, pues, quién es.
—No se lo puedo decir. Perdóneme.
El agente quiso irse, pero Leo, olvidándose de quién era, le asió de las solapas de la chaqueta y le zarandeó.
—¡Suélteme! —gritó Salzman—. ¡Haga el favor de soltarme!
Leo, avergonzado, le soltó.
—Dígame quién es —suplicó—. Me importa mucho saberlo.
—No es para usted. Es una loca..., desvergonzada. No es la mujer que conviene a un rabino.
—¿Qué quiere decir con eso de loca?
—Que es como un animal, como un perro. Para ella es un pecado ser pobre. ¡Más le valiera no haber nacido!
—¡Por amor de Dios! ¿Qué quiere usted decir?
—Que no se la puedo presentar.
—¿Por qué está tan agitado?
—¡Y me lo pregunta! —exclamó Salzman, deshaciéndose en lágrimas—. Porque es mi hija, Stella... ¡Ojalá se quemase en el infierno!
Leo se acostó, escondiéndose bajo las sábanas. Bajo las sábanas, recordó toda su vida. Aunque se durmió al punto, no pudo apartarla de su pensamiento. Se despertó dándose golpes en el pecho. Pese a rezar para olvidarla, sus ruegos no eran oídos. Durante días de tormento, luchó sin descanso por no quererla, y, temiendo el triunfo, huía de él. Llegó a la conclusión de que debía convertir a la joven a la virtud y él entregarse a Dios. La idea, alternativamente, le exaltaba y le daba náuseas.
No supo que había tomado una decisión definitiva quizá hasta que encontró a Salzman en una cafetería de Broadway. Éste estaba solo, sentado a una mesa al fondo del local, chupando las espinas de un pescado. El agente matrimonial estaba macilento y transparente hasta el extremo de desvanecerse.
Salzman miró al principio sin reconocer a Leo. Este se había dejado la barba, y sus ojos estaban cargados de sabiduría.
—Salzman, el amor ha venido a mi corazón.
—¿Quién puede amar por una fotografía? —se burló el agente matrimonial.
—No es imposible.
—Si la ama, puede amar entonces a cualquier otra. Déjeme que le enseñe nuevas clientes que me han mandado sus fotografías. Una de ellas es un encanto.
—La que quiero es ella —musitó Leo.
—Sea juicioso, doctor. No piense en ella.
—Preséntemela, Salzman —rogó Leo humildemente. —Acaso pueda hacerle un favor.
Salzman había acabado de comer. Y Leo comprendió con emoción que todo estaba arreglado ya.
Sin embargo, al salir de la cafetería le atormentaba la duda de que Salzman había tramado las cosas para que salieran así.
Leo fue informado por escrito de que ella se vería con él en cierta esquina, y allí estaba ella una noche de primavera, esperando bajo un farol. Él se presentó con un ramito de capullos de rosa y de violeta.
Stella permanecía junto al farol, fumando. La joven vestía de blanco con zapatos rojos, aunque, en un momento de aflicción, él había imaginado que el vestido sería encarnado y solamente los zapatos blancos. Stella, inquieta y tímida, esperaba. Leo vio de lejos que sus ojos —que eran como los de su padre— estaban llenos de temeraria inocencia. Vio en ella pintada su propia redención. Giraban en el cielo candelas encendidas y violines. Leo corrió hacia adelante con las flores.
Cerca de la esquina, Salzman, apoyado en la pared, oraba por los difuntos.

ZZ Packer - "Gideon"

Posted by La mujer Quijote in

Zuwena Packer (ZZ para sus amigos y familia) es uno de los nuevos valores de la literatura estadounidense. Ha sido incluida por "The New Yorker" en la lista (qué afición a hacer listas de todo) de los 20 mejores autores menores de 40 años. En su obra explora la sexualidad y las relaciones interaciales en la sociedad americana.
Este cuento fue publicado en octubre de 2007 en "The Guardian".

¿Sabes a qué me refiero? Tenía diecinueve años y andaba bastante pirada. Había conocido a un tipo judío con un nombre judío de veras: Gideon. Llevaba el pelo como una peluca en plan afro y tenía una sonrisa nerviosa que desplegaba una y otra vez rápidamente, como si fuera de papiroflexia. Era uno de esos tipos blancos a los que les van las mujeres negras, pero por lo visto le daba miedo invitarlas a salir, hasta que me conoció.
Aquel día, cuando todo empezó a desenmarañarse, Gideon estaba trabajando en su tesis, lo que implica que vestía unos tejanos que había cortado, estaba en la cama conmigo, el ventilador ronroneando por encima de nuestras cabezas mientras él lanzaba una perorata política sobre tal o cual cosa. Siempre se ponía en plan político a pesar de que su doctorado no tema nada que ver con la política y se titulaba «Modos temporales de discursos y écfrasis en la poesía isabelina». Aunque no le gustaba su tesis. Siempre andaba abriendo algún libro que olía a anticuado, lo leía un rato, luego lo cerraba y decía: «¿Sabes lo malo de estas corporaciones fascistas?» Fuera cual fuese tu respuesta, siempre te equivocabas, porque decía «¡Exacto!» y luego pasaba a contarte su teoría, que no tenía nada que ver con lo que acababas de decir.
Por lo general, filosofaba, imbuido de una energía nerviosa mientras alimentaba nuestros grillos. «Y tú —me decía, al tiempo que abría la tapa de un tarro de grillos y los contemplaba—, tú crees que el complejo neoindustrial no te atañe, pero sí te atañe, pues al participar de forma tácita bla bla bla tomas parte bla bla mercantilización de la mano de obra bla bla bla permitiendo que los neoreaganitas bla bla bla pero no puedes eludir la dialéctica.»
Lo que le iba ese verano eran los grillos, no sé por qué. Tal vez por la manera en que constituían una orquesta por la noche. En torno a nuestra cama, con el cielo tan caliente y las pantallas de la ventana rasgadas, lo único que se oía eran esos malditos grillos, moviendo sus musculosos muslitos y alitas para hacer música. Asomaba la nariz por la ventana y olía el aire. A veces salía descalzo con una linterna e intentaba cazar un grillo. Si tenía éxito, lo metía en uno de esos tarritos que antes contenían alimentos de gourmet como olivada y alioli. Yo nunca había oído hablar de cosas así, pero con Gideon, una noche me encontraba comiendo ese paté de aceitunas untado en un elegante pan rancio, y la noche siguiente lavábamos el tarro y voilá, pasaba a habitarlo un grillo.
Cuando volvía a acostarse después de recoger grillos, intentaba acomodar su cuerpo flaco y frío en torno a mi posición fetal. «Acércate», decía, y yo quería pero al mismo tiempo no quería. Siempre olía distinto después de estar fuera. Como un animal de granja o un berro. Además, tenía un montón de callos.
A veces me quedaba mirando en plena oscuridad lo blanco que era. Si le apretaba la piel, adoptaba un tono de magulladura fucsia intenso y se podía ver incluso en la oscuridad. Yo era muy oscura en comparación con él. Era tan blanco que a veces resultaba raro. Otras veces era hermoso ver cómo su piel resplandecía contra la mía, cómo nuestros cuerpos juntos parecían arte.
Bueno, aquel día —después de que hubiera despotricado contra el Consejo de la Reserva Federal, el Tratado de Libre Comercio de América de Norte, el grupo de presión armamentístico y el complejo neoindustrial— alimentamos a los grillos y nos acostamos. Cuando digo que nos acostamos, quiero decir que hicimos el amor. Antes lo llamaba sexo, pero Gideon decía que ya puestos podía llamarlo violación. Hacer el amor era un asunto que tenía que ver con la mente. Una vez, en una postura que habría sido una hermosa obra de arte, dijo: «Mírame. Mírame de veras.» No me gustaba mirar a la gente cuando lo hacía, como esas tribus temerosas de que les roben una parte de su alma si alguien les saca una fotografía. Pero cuando Gideon y yo trabamos contacto visual, debo reconocerlo, fue diferente. Como si, por un instante, formáramos parte de la misma imagen.

Esa noche volvimos a hacerlo. No sabría decir con seguridad si el condón se rompió o no, pero sentí que todo era extraño, y Gideon dijo: «Eso de que los condones se rompen es un mito.» Pero lo miramos a la luz, al condón, con un aspecto todo inerte y viscoso, y por fin él lo tiró hacia el otro lado de la habitación, donde se quedó pegado a la pared como una babosa y luego cayó.
—¡Putos Freestyles! ¿Quién coño compra putos Freestyles?
—Son gratis en la clínica —dije——. ¿Qué quieres?, ¿condones orgánicos?
Volvimos a mirarlo, pero eso no cambiaba que estuviera roto. Entonces Gideon puso una cara que a punto estuvo de hacerme perder los estribos.
Tenía que pensar. Fui al lavabo y me senté en el retrete. Lo había hecho todo bien. No me había quedado embarazada, ni me había drogado ni había hecho daño a nadie. Tenía mi modesta vida, trabajaba en Pita Delicious sirviendo hamburguesas y falafels. Allí casi todo era horrible, pero los falafels no estaban tan mal. Fue en Pita Delicious donde conocí a Gideon con aquella punta de la nariz oscilante y el pelo a lo afro. Los sirios propietarios del local siempre me hacían ir a hablar con él, porque no les caía bien. Las primeras dos veces que vino había intentado hablar con ellos acerca de Oriente Próximo y los palestinos y qué sé yo. Aunque estaba de su parte, lo detestaban. «Habla con el judío», me decían cada vez que entraba. Pronto empezamos a comer falafels en mi rato de descanso, con Gideon ayudándome a tramar cómo iba a volver a los estudios, lo que no era más que una forma de hablar, ya que por entonces ni siquiera había comenzado mis estudios.
Cuando regresé a la cama, Gideon estaba tumbado encima de la sábana, rebanadas de luna sobre su cuerpo huesudo.
—Vale —dijo—. Vamos a comprar un test de embarazo.
—¿Es que no te enteras de nada? No lo comprueba de inmediato.
Puso una cara rara y preguntó:
—¿Es la voz de la experiencia la que habla?
Lo miré.
—Todo el mundo sabe —dije, en un intento de mostrarme tranquila y condescendiente— que es después de la primera falta.
Pronunció un «vale» con afectación, muy lentamente, como si la tarada fuera yo.

Cuando mi período se ausentó sin permiso, me hice el test de embarazo en el lavabo del Pita Delicious. No sé por qué. Supongo que no quería a Gideon revoloteando a mi alrededor. Ni siquiera le dije cuándo iba a hacerlo. Una raya rosa. Negativo. Debería haberme supuesto un alivio recuperar mi patética vida, pero lo sorprendente fue que no me lo supuso. Entonces hice algo que nunca había pensado que haría, algo diferente a todo lo que hubiera hecho con anterioridad. Fue de lo más sencillo: cogí un rotulador rosa, retiré la cobertura de plástico y tracé otra rayita. «Dos rayas —ponía la prueba— significa que estás embarazada.»

Cuando regresé a casa, le dije que el test había dado positivo y se lo arrojé al regazo.
—Pero a ti te da igual, ¿verdad? —le espeté.
Y añadí que no sabía lo que iba a hacer, lo que íbamos a hacer. El se paseó delante de los grillos un rato. Luego me rodeó con los brazos, como si acabara de decirle que tenía el sida y se hubiese armado de valor para darme un abrazo.
—¿Qué vamos a hacer? —le pregunté.
No sé lo que esperaba, si creía que iba a cogerlo en un renuncio, o que diría algo acerca de que no quería el bebé, o qué: lo he olvidado. Lo único claro era que algo me estaba agobiando, me ahogaba. Si él hubiera dicho algo, cualquier cosa, me habría recuperado. Si hubiera empezado hablar sobre la dialéctica o el mesotelioma o el alioli o cuántas clases de cáncer podías contraer por fumar un solo cigarrillo mentolado Newport, me habría recuperado. Incluso si me hubiera maldecido y culpado y hubiera dicho que no quería el bebé, lo habría entendido.
Pero no dijo nada. Sin embargo, vi todo lo que estaba pensando. Lo vi pensando en sus padres —Sy y Rita—, preocupándose en la soleada cocina de su apartamento en Sarasota; lo vi no acabando la tesis y poniéndose a trabajar en algún mugriento organismo no lucrativo donde todo el mundo comía tempeh, no podía llevar prendas de cuero y casi tenía un doctorado; lo vi paseando al niño por parques, asegurando que era lo mejor que había hecho en su vida. De veras. Lo mejor.
Me fui de aquella habitación, de aquella casa que tenía alquilada con su madera tan bonita por doquier. Seguí caminando, deprisa al principio, luego tan rápido que las lágrimas eran lo único que me impedía arder hasta consumirme como un cometa. Ya no huía de Gideon, pero, aunque estuviera siguiéndome, era demasiado tarde. Incluso sin criatura, vi que no iba a llegar el día en que conocería a Sy y Rita, no iba a llegar el día en que dejaría de trabajar en el Pita Delicious antes de que me despidieran, no iba a llegar el día en que pasaría el rato sentada a una mesa de estudiantes hablando de posposfeminismo, no iba a llegar el día en que Gideon y yo nos cogeríamos de la mano delante de nuestra casa recién comprada. Cualquiera podría haberle dicho que era muy tarde para eso, para nosotros, pero Gideon era Gideon, y lo oí llamándome, esperando, como siempre esperaba, que las palabras le sacaran las castañas del fuego.

Eudora Welty - "Muerte de un viajante"

Posted by La mujer Quijote in

No ha de confundirse este cuento, "Death of a Traveling Salesman", publicado en 1936, con la obra de teatro de Arthur Miller ("Death of a Salesman") de 1949, aunque ambos tengan dos protagonistas comunes, un viajante y la soledad. La foto es de la propia Welty.

J. Bowman, que llevaba catorce años viajando para una empresa de calzado por Mississippi, conducía su Ford por un sendero polvoriento y lleno de rodadas. ¡Qué día tan largo! El tiempo parecía no superar el obstáculo del mediodía para asentarse en una tarde suave. El sol, que allí conservaba su fuerza incluso en invierno, permanecía fijo y alto, y cada vez que Bowman se asomaba por la ventanilla del coche polvoriento para mirar carretera adelante, parecía bajar un largo brazo y apretarle la cabeza, atravesando su sombrero, como la broma pesada de un viejo viajante, veterano de la carretera. Le hacía sentirse aún más irritado y desvalido. Se sentía febril, y no estaba muy seguro de la ruta.
Aquel día había vuelto a la carretera después de una larga gripe. Había tenido mucha fiebre y pesadillas, y estaba desmejorado y pálido, lo suficiente para que se apreciase en el espejo; y no podía pensar con claridad... Toda la tarde, muy irritado, y sin razón alguna, había pensado en su abuela muerta. Había sido esta abuela suya un alma tranquila. Bowman deseó, una vez más, poder hundirse en el gran lecho de plumas de la habitación de su abuela... Luego se olvidó otra vez de ella.
¡Aquel desolado paisaje de colinas! Y parecía que se había equivocado de camino, como si estuviera desviándose muchísimo de la ruta. No se veía ni una sola casa... De nada servía desear estar de nuevo en la cama, sin embargo. Haber pagado al médico del hotel demostraba su recuperación. Cuando la linda enfermera dijo adiós, ni siquiera lo había lamentado. No le gustaba la enfermedad, desconfiaba de ella, igual que de una carretera sin señales de tráfico. Le enfurecía. Había regalado a la enfermera una pulsera bastante cara, solo porque ella también hacía la maleta y se iba.
Pero ahora, ¿qué importaba que en catorce años de ruta nunca hubiera estado enfermo hasta entonces y nunca hubiera tenido un accidente? Su récord se había arruinado, y casi había empezado a dudar de él... Con el tiempo había ido alojándose en hoteles cada vez mejores, en pueblos más grandes, pero ¿no eran todos, en realidad, eternamente agobiantes en verano y desapacibles en invierno? ¿Mujeres? Solo podía recordar cuartitos dentro de cuartitos, como un juego de cajas chinas; y si pensaba en una mujer, veía la soledad gastada de que parecía hecho el mobiliario. Y él mismo... era un hombre que siempre llevaba sombreros negros de ala más bien ancha, y en los espejos de los hoteles tenía aspecto de algo así como un torero, cuando se detenía aquel inevitable instante en el descansillo, cuando bajaba la escalera para cenar... Volvió a asomarse por la ventanilla, el sol volvió a aplastarle la cabeza.
Bowman había planeado llegar a Beulah al anochecer, para acostarse y recuperar fuerzas con el sueño. Si no recordaba mal, Beulah estaba a cincuenta millas del último pueblo, por una carretera de grava. Y aquello solo era un camino de vacas. ¿Cómo podía haber ido a parar allí? Se enjugó el sudor del rostro con la mano y siguió conduciendo.
Ya había hecho antes el viaje a Beulah. Pero nunca había visto aquella colina ni aquel camino interminable (ni aquella nube, pensó con timidez, mirando hacia arriba y luego hacia abajo rápidamente), como tampoco había visto antes aquel día. ¿Por qué no aceptar sin más que se había perdido y que llevaba perdido muchas millas? No tenía costumbre de preguntar a desconocidos, y aquella gente nunca sabía adónde llevaban las carreteras junto a las que vivían. Además, ni siquiera había estado lo bastante cerca de nadie para preguntar. De vez en cuando veía a alguien trabajando en los campos, o sobre los almiares, pero demasiado lejos; parecían palos inclinados, o matorrales, volviéndose un momento ante el solitario estruendo de su coche, que atravesaba su territorio, contemplando el sobrio y pálido polvo invernal que saltaba tras él como grandes calabazas por el camino. Las miradas de aquellas personas lejanas le habían seguido sólidamente, impenetrables como un muro, tras el cual volvían después de que él hubiera pasado.
La nube flotaba a un lado como el travesaño del lecho de su abuela. Avanzaba sobre una cabaña al borde de una colina, en la que dos cinamomos sin hojas intentaban asir el cielo. Cruzó un montón de hojas de roble marchitas, las ruedas agitaron sus lados ingrávidos haciendo que el coche silbase una plateada melancolía al pasar a través de su lecho. Ningún coche había pasado por allí antes que él. Luego vio que estaba al borde de un barranco cortado a pico, una erosión roja, y que aquello era realmente el final de la carretera.
Pisó el freno. Pero aunque lo pisó a fondo, no respondió. El coche, inclinado hacia el borde, derrapó un poco. Era evidente que iba a caer.
Salió tranquilamente, como si le hubieran hecho algún agravio y tuviera que proteger su dignidad. Sacó del coche la bolsa y la caja de muestras, las dejó en el suelo, retrocedió y vio caer el coche por el barranco. Sin embargo, no oyó el estruendo que esperaba, sino un crujir lento y apagado. Con cierta decepción, se acercó a mirar, y vio que había caído en una maraña de inmensas vides, gruesas como su brazo, que lo atrapaban y lo sostenían; lo mecieron como a un niño grotesco en una cuna oscura, y luego, según observó, un tanto preocupado por no estar ya en el coche, lo soltaron suavemente y lo dejaron en el suelo.
Suspiró.
¿Dónde estoy?, se preguntó estremecido. ¿Por qué no he hecho algo? Toda su irritación pareció desvanecerse. Allá estaba la casa, en la colina. Cogió una bolsa en cada mano y con animación casi infantil se encaminó hacia ella. Pero le costaba trabajo respirar y tuvo que pararse a descansar.

Era una casa hecha precipitadamente, dos habitaciones y un corredor abierto entre ambas, encaramada en la colina. Toda ella se inclinaba un poco bajo la pesada y espesa parra que cubría el tejado, clara y verde, como olvidada desde el verano. Había una mujer en el corredor. Bowman se detuvo. Luego, de repente, su corazón empezó a comportarse de un modo extraño. Como un proyectil disparado, empezó a saltar y a expandirse siguiendo pautas desiguales de latidos que inundaban su cerebro y le impedían pensar. Pero al desparramarse y caer no se producía ruido alguno. Se disparaba con gran impulso, casi con entusiasmo, y caía suavemente, como los acróbatas en la red. Empezó a golpetear con gran intensidad; luego esperó de forma irresponsable, golpeando con una especie de burla interna primero en las costillas, después contra sus ojos, bajo los omóplatos luego, y contra el paladar cuando intentó decir «Buenas tardes, señora». Pero no podía oír su corazón, era tan silencioso como la ceniza cuando cae. Esto resultaba bastante reconfortante; aun así, le sorprendía sentir que seguía latiendo.
Paralizado por la confusión, dejó caer las bolsas, que parecieron surcar graciosamente el aire en lentas masas y acolcharse en la gris e inclinada hierba que había junto a la entrada de la casa. En cuanto a la mujer, advirtió de inmediato que era vieja. Como ella no podía oír los latidos de su corazón, él los ignoró y la examinó detenidamente, y, por distracción, con la boca abierta.
Ella había estado limpiando una lámpara, que llevaba aún en la mano a medio limpiar. Bowman la veía con el oscuro corredor detrás. Era una mujer grande, de rostro curtido pero sin arrugas. Tenía los labios apretados y sus ojos miraban a los de Bowman con una luminosidad curiosa y embotada.
Bowman se fijó en sus zapatos, que parecían bultos. De haber sido verano habría ido descalza... Bowman, que calculaba maquinalmente la edad de una mujer nada más verla, le echó unos cincuenta. Llevaba un vestido informe de un género gris y tosco, sin planchar, del que brotaban sus brazos rosados e inesperadamente redondeados. Como ella no decía una palabra y permanecía en su tranquila actitud, sujetando la lámpara, Bowman se convenció de la fortaleza de su cuerpo.
—Buenas tardes, señora —dijo.
Ella seguía mirando fijamente, él no podía estar seguro de si a él o al aire que le rodeaba, pero, al cabo de un momento, bajó los ojos para indicar que escucharía lo que tuviera que decirle.
—Perdone que la moleste... —intentó una vez más—. Un accidente... mi coche...
La voz de la mujer brotó baja y remota, como un ruido en la otra orilla de un lago.
—Sonny no está.
—¿Sonny?
—Sonny no está aquí.
Su hijo... Un tipo capaz de sacar mi coche de ahí, decidió Bowman con confuso alivio. Señaló la falda de la colina.
—Mi coche está en el fondo de la zanja, necesitaré ayuda.
—Sonny no está, pero vendrá.
Ahora la veía con mayor claridad, y percibía su voz más fuerte, y comprendió que era retrasada.
Apenas le sorprendió, entre la postergación y el tedio cada vez más intensos del viaje. Tomó aliento y oyó que su voz decía por encima de los latidos silentes de su corazón:
—He estado enfermo. Aún no estoy bien... ¿Me permite entrar?
Se agachó y dejó el sombrero grande y negro sobre el asa de la bolsa. Fue un movimiento humilde, casi una reverencia, que instantáneamente le pareció absurdo y revelador de toda su debilidad. Levantó la vista hacia la mujer; el viento agitaba su cabello. Podía haber seguido largo rato en aquella actitud extraña; nunca había sido un hombre paciente, pero durante su enfermedad había aprendido a hundirse sumiso en la almohada, esperando su medicina. Se quedó aguardando a la mujer.
Entonces ella, mirándole con ojos azules, se dio la vuelta y sostuvo la puerta abierta; al cabo de un momento, Bowman, como si actuara convencido, se irguió y la siguió al interior de la casa.

Ya dentro la oscuridad le acarició como una mano profesional, la de un médico. La mujer dejó la lámpara a medio limpiar en la mesa que había en el centro de la habitación y señaló, casi como un guía profesional, una silla con asiento amarillento de piel de vaca. A su vez ella se acuclilló junto al hogar, alzando las rodillas bajo la falda informe.
Al principio, Bowman se sintió esperanzadamente seguro. Se le calmó el corazón. La habitación estaba cercada en la penumbra de amarillas tablas de pino. Pudo ver la otra habitación, con el pie de una cama de hierro asomando, al otro lado del corredor. La cama estaba hecha con un edredón rojo y amarillo, que parecía un mapa o un cuadro, se parecía algo a un cuadro de Roma ardiendo que su abuela había pintado cuando era adolescente.
Había anhelado frescor, pero en aquella habitación hacía frío. Miró fijamente el hogar, con carbón consumido y cacerolas metálicas en los rincones. El hogar y la chimenea eran de la piedra que había visto en las laderas, pizarra principalmente. ¿Por qué el fuego no está encendido?, se preguntó.
Y había tanto silencio. El silencio de los campos parecía entrar y moverse con familiaridad por la casa. El viento utilizaba el corredor abierto. Tenía la impresión de estar en un peligro apacible, misterioso, frío. ¿Qué debía hacer?... Hablar.
—Tengo un magnífico muestrario de calzado femenino a buen precio... —dijo.
Pero la mujer contestó:
—Sonny volverá. Él es fuerte. Sonny le sacará el coche.
—¿Dónde está?
—Trabaja para el señor Redmond.
Señor Redmond. Señor Redmond. Alguien con quien nunca se encontraría, y se alegraba. No le agradaba nada el nombre, no sabía bien por qué. En un chispazo de irritación y angustia, Bowman deseó evitar incluso la mención de hombres desconocidos y sus granjas desconocidas.
—¿Viven aquí los dos solos? —Le sorprendió oír su vieja voz parlanchina, confidencial, modulada para vender zapatos, formulando una pregunta como aquella, algo que ni siquiera deseaba saber.
—Sí, estamos solos.
Le sorprendió su forma de contestar. La mujer se había tomado un buen rato para decirle aquello. Había asentido con la cabeza, además, notoriamente. ¿Había querido hacerle algún tipo de advertencia?, se preguntó sintiéndose desgraciado. ¿O sólo se trataba de que ella no le ayudaría, en realidad, hablando con él? Pues él no era lo bastante fuerte para aguantar el impacto de cosas extrañas sin una pequeña charla que amortiguara la caída. Había vivido un mes en el que nada había pasado excepto en su cabeza y en su cuerpo, una vida casi inaudible de latidos cardíacos y sueños recurrentes. Una vida de fiebre e intimidad, una vida delicada que le había dejado debilitado hasta el punto de... ¿de qué? De mendigar. El pulso le brincó en la palma como una trucha en un riachuelo.
Se preguntaba una y otra vez por qué no seguiría la mujer limpiando la lámpara. ¿Qué le impulsaba a permanecer allí al fondo de la habitación, dedicándole su silenciosa presencia? Vio que para ella no era el momento apropiado para hacer tareas sin importancia. Estaba muy seria, como comprobando hasta qué punto se había comportado bien. Quizá se tratara sólo de cortesía. Él mantenía los ojos rígidamente abiertos, dócil, fijos en las manos unidas de la mujer, como si ella sujetase una cuerda a la que estuviesen prendidos.
Entonces le dijo:
—Ya viene Sonny.
Él no había oído nada, pero apareció un hombre que pasó delante de la ventana y luego empujó la puerta y entró, con dos perros al lado. Sonny era un hombre bastante corpulento, con el cinturón bajo, sobre las caderas. Calculó que tendría como mínimo unos treinta años. Tenía la cara roja y ardiente, aún llena de silencio. Vestía pantalones azules manchados de lodo y un viejo chaquetón militar sucio y remendado. ¿De la guerra mundial?, se preguntó Bowman. Dios santo, era un chaquetón confederado. Sobre su cabello claro se asentaba un sombrero negro sucio, ancho, que parecía insultar al de Bowman. Apartó a los perros, que se le echaban al pecho. Era fuerte, y se movía con dignidad y gravedad... Se parecía a su madre.
Permanecían juntos, codo con codo... Debía explicar de nuevo el porqué de su presencia allí.
—Sonny, a este hombre se le ha caído el coche por el barranco y quiere saber si se lo sacarás —dijo la mujer al cabo de unos minutos.
Bowman ni siquiera pudo exponer su caso.
Sonny posó los ojos en él.
Sabía que debía dar explicaciones, enseñar dinero, mostrarse o bien quejumbroso o bien autoritario. Pero todo lo que pudo hacer fue encogerse levemente de hombros.
Sonny pasó a su lado dirigiéndose a la ventana, seguido de los ávidos perros, y miró afuera.
Había fuerza incluso en su forma de mirar, como si pudiera lanzar la visión como una soga.
Bowman percibió sin volverse que no vería nada. Estaba demasiado lejos.
—Con una mula y un aparejo de poleas —dijo Sonny con tono significativo—. Con mi mula y sogas enseguida podría sacar el coche del barranco.
Recorrió la estancia con la vista, como si meditara, los ojos ambulantes en su propia lejanía. Luego apretó los labios con firmeza y sin embargo con timidez, y, precedido ahora por los perros, bajó la cabeza y salió de la cabaña. La tierra resonaba, al compás de su enérgica forma de caminar; casi la hacía tambalearse.
Malignamente, a la señal de aquellos sonidos, el corazón de Bowman brincó de nuevo. Parecía estar paseando en su interior.
—Sonny lo hará —dijo la mujer. Lo dijo de nuevo, cantándolo casi, como una melodía. Estaba sentada en su sitio, junto al hogar.
Sin mirar al exterior, oyó unos gritos y los ladridos de los perros y el resonar de cascos en cortas carreras por la colina. Al cabo de unos minutos, Sonny pasó delante de la ventana con una soga, y junto a él una mula torda con temblorosas y relumbrantes orejas color púrpura. La mula miró realmente por la ventana. Bajo las pestañas giraron unos ojos como dianas, que se clavaron en los suyos. Bowman apartó la vista y vio que la mujer contemplaba a la mula con serenidad, el rostro lleno de satisfacción.
La mujer canturreó un poquito más, entre dientes. Bowman pensó, y le parecía absolutamente maravilloso, que en realidad la mujer no estaba hablándole, sino más bien siguiendo lo que sucedía con palabras inconscientes y con parte de su mirar.
Así que Bowman guardó silencio, y entonces, al no responder, sintió alzarse dentro de sí una emoción fuerte y extraña, que no era miedo.
Esta vez, cuando su corazón brincó, algo (su alma) pareció brincar también, como un potrillo invitado a salir del corral. Miró a la mujer fijamente, mientras la intensidad frenética de su sentimiento le hacía doblar la cabeza. No podía moverse; no podía hacer nada, salvo quizá abrazar a aquella mujer, vieja e informe, sentada ante él.
Pero deseó levantarse de un salto, decirle: he estado enfermo y entonces, solo entonces, he descubierto lo solo que estoy. ¿Es demasiado tarde? Mi corazón entabla una lucha dentro de mí, y tú puedes oírlo, protestando contra el vacío... Debería estar pleno, se precipitaría a contarle imaginando ahora su corazón como un lago profundo, debería estar lleno de amor como otros corazones. Debería estar inundado de amor. Sería un día cálido de primavera... Ven y asiéntate en mi corazón, quienquiera que seas, y un río entero cubrirá tus pies y se elevará más y envolverá en remolinos tus rodillas, y te arrastrará hacia abajo, hacia él mismo, todo tu cuerpo, tu corazón también.
Sin embargo, se pasó una temblorosa mano entre los ojos y contempló a la plácida mujer, acuclillada enfrente. Estaba inmóvil como una estatua. Se sintió avergonzado y exhausto ante la idea de que hubiese podido, en un momento más, haber intentado comunicar con simples palabras y abrazos una cosa extraña, algo que siempre parecía habérsele escapado hacía un instante.
La luz del sol acarició la cacerola más lejana del hogar. Acababa la tarde. Al día siguiente a aquella hora él estaría en otro sitio, en una buena carretera de grava, dejando atrás con el coche las cosas que le sucedían a gente, más deprisa que su mismo suceder. Pensando en el día siguiente se alegró, y se dio cuenta de que no era momento de abrazar a una anciana. Sentía en sus sienes palpitantes la disposición de su sangre al movimiento y a escapar precipitadamente.
—Sonny ya ha atado el coche —dijo la mujer—. Lo sacará enseguida.
—¡Estupendo! —exclamó él con su entusiasmo habitual.
Sin embargo, ahora parecía que hacía mucho tiempo que esperaban. Empezaba a oscurecer. Se sentía agarrotado en la silla. Cualquier hombre habría sido capaz de levantarse y caminar por la habitación mientras esperaba. Había una especie de culpabilidad en aquella quietud y aquel silencio.
En vez de levantarse, escuchaba... Contenido el aliento, los ojos impotentes en la creciente oscuridad, escuchaba inquieto un sonido de advertencia, olvidando en su cautela lo que sería. Al poco oyó algo suave, continuo, insinuante.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó, y su voz brincó en la penumbra. Luego, frenéticamente, temió que fuese su corazón latiendo con violencia en la habitación sosegada, y que ella se lo dijera.
—Será el arroyo —masculló la mujer.
La voz era más próxima. Estaba de pie junto a la mesa. Bowman se preguntó por qué no encendería la lámpara. Estaba allí plantada en las sombras, y no la encendía.
Bowman nunca le hablaría ya, había pasado el momento. Dormiré en la oscuridad, pensaba, compadeciéndose de sí mismo, desconcertado.
La mujer se acercó con paso cansino a la ventana. Su brazo, vagamente blanco, se alzó recto desde su flanco, y señaló la noche exterior.
—Aquella mancha blanca es Sonny —dijo hablando consigo misma.
Él se volvió involuntariamente y atisbó por encima del hombro de la mujer. Pensó vacilante en levantarse y colocarse a su lado. Sus ojos escrutaban el aire oscurecido. La mancha blanca flotaba suavemente hacia el dedo de ella, como una hoja en un río, haciéndose cada vez más blanca contra las sombras. Era como si le hubiera mostrado algo secreto, una parte de su vida, pero sin ofrecerle ninguna explicación. Bowman apartó la vista. Estaba conmovido casi hasta el llanto, sintiendo sin razón alguna que ella había hecho una declaración silenciosa equivalente a la suya propia. Bowman tenía la mano en el pecho.
Luego una pisada estremeció la casa y Sonny apareció en el cuarto. Bowman notó cómo la mujer se alejaba de él y se iba junto al otro hombre.
—Ya he sacado su coche, señor —dijo la voz de Sonny en la oscuridad—. Está en la carretera, le he dado la vuelta en la dirección por la que vino.
—¡Estupendo! —exclamó Bowman, emitiendo una voz estridente—. Se lo agradezco muchísimo, yo no habría sido capaz de hacerlo, he estado enfermo...
—Para mí ha sido muy fácil —repuso Sonny.
Bowman les percibía a ambos esperando en la penumbra, y oía el jadear de los perros fuera, aguardando para ladrar cuando él se fuese. Se sentía extrañamente desvalido y resentido. Ahora que podía irse anhelaba quedarse. ¿De qué estaban privándole? De repente la violencia de su corazón le sacudió el pecho. Aquella gente atesoraba allí algo que él no podía ver, retenían alguna antigua promesa de alimento y calor y luz. Había entre ellos una conspiración. Pensó en cómo la mujer se había apartado de él y se había acercado a Sonny. Había fluido hacia él. Temblaba de frío, estaba cansado y no era justo. Con humildad, pero irritado, metió la mano en el bolsillo.
—Le pagaré lo que sea por esto, desde luego...
—No aceptamos dinero por eso —dijo Sonny con voz beligerante.
—Yo quiero pagar. Pero haga algo más... Déjeme quedarme esta noche...
Dio otro paso hacia ellos. ¡Ay, si pudieran verle, se percatarían de su sinceridad, de su auténtica necesidad! Su voz prosiguió:
—Aún no estoy muy fuerte, apenas puedo caminar, quizá ni siquiera conseguiré llegar al coche... No sé... no sé exactamente dónde estoy...
Se detuvo. Tuvo la sensación de que podría echarse a llorar. ¿Qué pensarían de él?
Sonny se acercó y le puso las manos encima. Bowman sintió que recorrían su pecho (también eran profesionales), sus caderas. Sintió los ojos de Sonny escrutándole en la oscuridad.
—¿No será usted uno de esos recaudadores, verdad, no llevará armas?
¡En aquel lugar, que era el fin del mundo! Y sin embargo él había llegado hasta allí. Contestó con gravedad:
—No.
—Puede quedarse.
—Sonny —dijo la mujer—, tendrás que traer fuego.
—Iré a por él a casa de Redmond —contestó Sonny.
—¿Qué? —Bowman se esforzaba por oír lo que decían.
—Nuestro fuego se ha acabado, y Sonny tiene que traer más, porque está oscuro y hace frío —aclaró ella.
—Pero con cerillas... Yo tengo cerillas...
—No las necesitamos para nada —dijo ella, orgullosa—. Sonny irá a por fuego.
—Iré a casa de Redmond —añadió Sonny con aire de importancia, y salió.
Cuando llevaban un rato esperando, Bowman miró por la ventana y vio una luz que se movía por la colina. Se extendía como un pequeño abanico. Seguía zigzagueante a través del campo, rauda y segura, no parecía en absoluto Sonny... Al poco apareció Sonny con una tea sujeta con unas tenazas, que inundó de luz deslumbrante los rincones de la estancia.
—Ahora haremos fuego —dijo la mujer cogiendo el tizón.
Y luego encendió la lámpara. Mostró su oscuridad y su luz. La estancia entera se volvió de un amarillo dorado, como una especie de flor, y a flor olían las paredes, que parecían temblar con el quedo crepitar del fuego y el bailoteo de la mecha ardiente en su embudo de luz.
La mujer se movía entre las cacerolas metálicas. Con las tenazas colocó brasas sobre la rejilla de hierro. Las brasas lanzaron una serie de suaves vibraciones, como el rumor lejano de una campana.
La mujer alzó la vista y miró a Bowman, pero él no podía contestar. Estaba temblando...
—¿Quiere echar un trago, señor? —preguntó Sonny.
Había llevado una silla del otro cuarto y estaba sentado en ella a horcajadas, con los brazos cruzados en el respaldo. Ahora podemos vernos, pensó Bowman, y gritó:
—¡Pues claro, cómo no, gracias!
—Sígame y haga lo que haga yo —le dijo Sonny.
Fue otra excursión a oscuras. Cruzaron el corredor, salieron por la parte trasera de la casa, pasaron un cobertizo y un pozo techado. Llegaron a una espesura de matorrales.
—Póngase de rodillas —le dijo Sonny.
—¿Qué? —La frente le sudaba copiosamente.
Comprendió cuando Sonny empezó a arrastrarse por una especie de túnel que los matorrales formaban sobre el suelo. Le siguió, sobresaltándose a su pesar cuando una ramita o un espino le tocaban suavemente, sin un rumor, le enganchaban y luego le dejaban seguir.
Sonny dejó de arrastrarse y, encogido, comenzó a cavar con ambas manos en el suelo. Bowman rascó tímidamente una cerilla e iluminó. Al cabo de unos minutos, Sonny sacó una cántara. Vertió luego parte del whisky en una botella que sacó del bolsillo de la chaqueta y volvió a enterrar la cántara.
—Nunca sabes quién puede llamar a tu puerta —dijo entre risas—. Volvamos —añadió casi protocolariamente—. No tenemos por qué beber al aire libre como cerdos.
En la mesa, junto al fuego, sentados el uno frente al otro en sus sillas, Sonny y Bowman bebieron a tragos de la botella, pasándosela de uno a otro. Los perros dormían. Uno estaba soñando.
—Es bueno —dijo Bowman—. Justo lo que necesitaba.
Era como si estuviera bebiendo el fuego del hogar.
—Lo hace él —dijo la mujer con plácido orgullo.
La mujer estaba retirando las ollas de las brasas, y los aromas de pan de maíz y café llenaban la habitación. Lo puso todo en la mesa ante los hombres, con un cuchillo de mango de hueso clavado en una de las patatas, rompiendo su fibra dorada. Luego se quedó un momento quieta mirándoles, más alta y plena que los dos hombres sentados. Se inclinó un poco hacia ellos.
—Ahora ya podéis comer —dijo, y de pronto sonrió.
Bowman acababa de mirarla casualmente. Dejó de nuevo la taza en la mesa en un gesto de incrédula protesta. Sintió un dolor opresivo en los ojos. Vio que no era vieja. Era joven, todavía joven. No pudo figurarse cuántos años tendría. Era de la misma edad que Sonny, y le pertenecía.
Allí estaba plantada, con el rincón profundo y oscuro de la habitación tras ella, la cambiante luz amarilla derramada sobre la cabeza y el vestido gris e informe, temblando sobre su cuerpo alto cuando se inclinó sobre ellos en un gesto de súbita intimidad. Era joven. Le brillaban los dientes, le resplandecían los ojos. Se volvió y salió lenta y pausadamente de la estancia, y Bowman la oyó sentarse en el catre y tumbarse luego. La colcha se movió.
—Va a tener un niño —dijo Sonny llevándose la comida a la boca.
Bowman no podía hablar, sobrecogido al saber lo que era en realidad aquella casa. Un matrimonio, un matrimonio fecundo. Una cosa muy simple. Cualquiera podría haberlo conseguido.
Se sentía incapaz, sin saber por qué, de mostrarse indignado o de protestar, aunque le habían gastado algo así como una broma, sin duda. Allí no había nada remoto ni misterioso, solo algo privado. El único secreto era la antigua comunicación entre dos personas. Pero el recuerdo de la espera silenciosa de la mujer junto al hogar frío, del viaje obstinado de un kilómetro del hombre para buscar fuego, y de cómo al fin habían sacado su comida y su bebida y llenado orgullosamente la estancia con todo lo que tenían que ofrecer, se hizo de repente demasiado claro y demasiado enorme en su interior para poder reaccionar...
—No tenía tanta hambre como parecía —dijo Sonny.
La mujer salió del dormitorio en cuanto los dos hombres terminaron, y cenó a su vez mientras su marido contemplaba pacíficamente el fuego.
Luego sacaron los perros, con la comida que quedaba.
—Creo que será mejor que duerma aquí en el suelo, junto al fuego —dijo Bowman.
Tenía la impresión de que le habían engañado y de que ahora podía permitirse ser generoso. No les pediría su cama, aunque estuviera enfermo. Le fastidiaba pedir favores en aquella casa, ahora que comprendía lo que era.
—Claro, señor.
Pero aún no sabía bien lo despacio que entendía. Ellos no se habían propuesto cederle su cama. Poco después los dos se levantaron, le miraron serios y pasaron a la otra habitación. Se tumbó junto al fuego, que iba apagándose y muriendo. Vio desvanecerse y desaparecer una lengua de fuego tras otra.
—Habrá precios especiales reducidos en todo el calzado durante el mes de enero —se sorprendió repitiendo quedamente, y luego apretó los labios con fuerza y se quedó tumbado e inmóvil.
¡Cuántos ruidos en la noche! Oyó el rumor de un arroyo, el agonizar del fuego, y también tuvo la certeza de que oía el latir de su corazón, el ruido que había bajo las costillas. Oía la respiración profunda y redonda del hombre y su mujer en la habitación del otro lado del corredor. Y eso era todo. Pero la emoción desbordaba pacientemente su interior, y deseó que el hijo fuera suyo.
Debía volver a donde había estado antes. Se levantó frágilmente frente a las brasas y se puso el abrigo. Le pesaba demasiado en los hombros. Cuando se disponía a salir, miró y vio que la mujer no había acabado de limpiar la lámpara. Obedeciendo a un súbito impulso, sacó todo el dinero que llevaba en la cartera y lo puso bajo la base de cristal acanalado, casi ostentosamente.
Avergonzado, encogiéndose un poco de hombros y tiritando luego, cogió las bolsas y salió. El frío del aire pareció levantar su cuerpo. La luna estaba en el cielo.
Empezó a correr por la ladera, no pudo evitarlo. Cuando ya llegaba a la carretera donde su coche parecía asentado a la luz de la luna como un barco, su corazón empezó a lanzar tremendas explosiones, como un rifle, bang bang bang.
Cayó al suelo aterrado, las bolsas cayeron junto a él. Tenía la sensación de que todo aquello había pasado antes. Se cubrió el pecho con ambas manos, para que nadie oyese el ruido de su corazón.
Pero nadie lo oyó.

Edwidge Danticat - "Lélé"

Posted by La mujer Quijote in ,

Haití es algo más que miseria, terremotos y dictadores asesinos paseándose impunemente por ahí.

Aquel verano hacía tanto calor en Léogáne que la mayoría de las ranas explotaron, lo que atemorizó no sólo a los niños que antes las perseguían hasta el río al anochecer o a los padres que se apresuraban a arrebatarles los cadáveres raídos de entre los dedos, sino también a mi hermana de treinta y nueve años, Lélé, que estaba embarazada de cuatro meses de su primer hijo y temía que, de seguir subiendo la temperatura, ella también explotaría. Las ranas llevaban una temporada muriendo, pero no nos habíamos dado cuenta, sobre todo porque lo hacían con discreción. Tal vez por cada una fallecida otra había ocupado su lugar a la orilla del río, exactamente con el mismo aspecto que las demás, haciéndonos creer que tenía lugar un ciclo normal, que los jóvenes sustituían a los viejos y la vida sustituía a la muerte, a veces con lentitud y a veces aprisa, tal como sucede con nosotros.
«Sin duda esto es señal de que va a ocurrir algo terrible», me dijo Lélé, ambos sentados en la galería del piso superior de la casa de mis padres una noche particularmente sofocante. Aunque mi padre, antiguo juez de paz de la ciudad de Léogáne, había muerto más de diez años atrás y mi madre cinco años antes que él, nunca he podido dejar de pensar en el lugar que yo, y ahora mi hermana, llamaba hogar como si fiera de ellos. La fachada de casa de muñecas de nuestra vivienda de madera había sido meticulosamente bosquejada por papá, que pasaba sus veladas después de trabajar poniendo al día y revisando cada detalle conforme su casa se construía desde los cimientos. Él y maman habían ido a la capital para adquirir el metal ondulado y las celosías ribeteadas, un trayecto que por entonces, antes de que naciéramos mi hermana y yo, suponía varias horas atroces en una vieja furgoneta heredada de mi abuelo medio francés, el anterior juez de paz. La carcasa de la furgoneta seguía por ahí en alguna parte entre las docenas de almendros que salpicaban nuestras tres hectáreas, su motor antaño atronador oxidándose medio enterrado, como el desatendido monumento conmemorativo que era.
En mi galería el aire era levemente más fresco que en los dos dormitorios donde dormíamos mi hermana y yo, tal como habíamos dormido de niños, rodeados de estanterías cubiertas de libretas encuadernadas en cuero colmadas de las preocupaciones y quejas que consumieron los días, y a veces las noches, de nuestro padre y nuestro abuelo. El año pasado decidí leer todos sus cuadernos antes de trasladarlos al archivo de los juzgados de la ciudad. Y ahora, a pesar de su estado, mi hermana, que estaba en pleno proceso de separación de su marido, me ayudaba a revisarlos.
—En todas sus notas no he visto una sola mención de ranas que murieran así —decía Lélé.
Antes de quedarse embarazada, Lélé fumaba mucho, y a veces, cuando hacía alguna declaración —pues tenía una de esas voces que dan aire de estar haciendo siempre alguna declaración—, sonaba un tanto falta de resuello. Eso se veía agravado por el hecho de que ahora tenía una criatura oprimiéndole los pulmones, desde luego, pero, pensándolo bien, ya hablaba así incluso cuando era niña, a veces enfatizando a propósito un ceceo que curiosamente le otorgaba mayor seguridad.
—He hablado con varias personas al respecto —le dije—. Incluso llamé a unos amigos médicos de Puerto Príncipe.
—¿Qué sabrán los médicos sobre ranas muertas? —me atajó—. Lo que hace falta son especialistas en el mundo, gente que estudie la tierra. —Al tiempo que echaba la cabeza atrás, haciendo oscilar tres largas trenzas en el aire vespertino, Lélé se golpeó la palma de la mano para recalcar sus palabras y añadió—: Fíjate bien en lo que te digo: antes de que pase el verano ocurrirá aquí alguna catástrofe.
Puesto que vivíamos a un kilómetro escaso del río, pensé que el olor a ranas podridas podía ser como mínimo una catástrofe en potencia, pero en los días siguientes no llegó ningún olor. En cuanto las pieles bruñidas y los diminutos órganos quedaban expuestos al sol, las ranas despedazadas se secaban y se desvanecían en el lecho del río.
Eso fue un golpe de suerte para Lélé, que a esas alturas de su embarazo seguía luciendo un tipo esbelto y elegante, debido en parte a que no tenía mucho apetito. El olor de la mayor parte de las cosas la hacía vomitar, salvo la fragancia mohosa de la tinta antigua y el papel a medio deshacer, con los que disfrutaba tanto que francamente llegué a sospechar que estaba royendo pequeños fragmentos del legado judicial de la ciudad.
Una semana después de que Lélé hiciera su predicción, las ranas ya no suponían ningún problema. Habían caído unos cuantos centímetros de lluvia en algún punto de las montañas y el río se desbordó, ahogó el resto de la población de ranas y depositó una gruesa capa de marga arenosa mucho más allá de las orillas del río, arrasando, entre otras cosas, el campo de vetiver que, al igual que mi padre y mi abuelo antes que yo, había plantado fielmente al comienzo de cada año. Algunos años incluso había sacado beneficios con mi vetiver, que no sólo era bueno para la tierra sino también muy codiciado por los abastecedores de las empresas de perfumes. Esos años había utilizado el dinero para plantar unos almendros más cerca de la sección de nuestra propiedad que casi se confundía con la carretera. A Lélé le encantaban los almendros, y antes de quedarse embarazada, cada vez que venían de visita ella y su marido Gaspard, los dos pasaban horas partiendo los fibrosos frutos con piedras de río para extraer las almendras.
• • •
La mañana que Gaspard vino a ver a Lélé, tuve que irme a toda prisa a los juzgados. Debía declarar como testigo en el caso de un ex sacerdote que había presentado una querella para que se le abonaran los costes de su tratamiento psiquiátrico. El sacerdote aseguraba haber sido obligado por el jefe de policía a dar la extremaunción a unos presos que éste había ordenado ejecutar antes de que comparecieran ante un magistrado. A mí me había llamado la sobrina del sacerdote, con la que éste vivía después de haber sido expulsado de su parroquia, para que le tomara declaración sobre su impresión de la salud mental del cura, y lo único que tenía pensado hacer ante el tribunal era reiterar lo evidente: que por alguna razón el sacerdote había perdido el juicio. El juez, carecía de paciencia para casos en los que no había posibilidad de sobornos, probablemente lo desestimaría de inmediato. Sea como fuere, puesto que se esperaba la asistencia de dos periodistas de radios locales, el magistrado debía seguir con la farsa y fingir que nos escuchaba a todos antes de dictar su veredicto.
No tengo formación académica en asuntos de derecho. Todo lo que sé lo aprendí a la sombra de mi padre. Su enfoque siempre había sido el mismo. Estamos presentes sólo como testigos, no para participar, decía, sino para ofrecer un documento, una declaración jurada, un acta notarial, que tal vez resulte de utilidad en un procedimiento o acción legal posterior. Si se nos llama a prestar declaración ante un juez, basta con que digamos lo que hemos visto. No hacemos conjeturas ni suposiciones. Únicamente hablamos cuando se nos pregunta.
Esa era mi actitud con respecto a Lélé y Gaspard. El todoterreno de Gaspard aparcó delante de la casa justo cuando yo me marchaba en dirección contraria. Probablemente tendría que comparecer en su proceso de divorcio. Habría tiempo más que de sobra para ponerse de parte de alguien.
No se presentaron ni el sacerdote ni su sobrina, así que el magistrado desestimó el caso. En los diez años que llevaba haciendo aquello, había visto que son más los que no comparecen que los que comparecen. Muchos simplemente buscaban la ventaja de la vista inicial, sobre el terreno o en mi despacho, donde tomaba la mayor parte de mis notas. El resto ya sabía el desenlace más probable de su caso o estaba demasiado asustado para presentarse.
El coche de Gaspard seguía delante de la casa cuando regresé a comer. Gaspard era un hombre pequeño, más bajo incluso que mi hermana descalza. Sin embargo era atractivo, con cara de elfo marrón oscuro y una amplia sonrisa que parecía incapaz de contener aun cuando estaba furioso. Provenía de una familia de sastres y vestía muy bien, últimamente con camisas blancas holgadas y con bordados y pantalones de algodón amplios.
Lélé y Gaspard estaban sentados en extremos opuestos de la sala de estar cuando entré, él en nuestra tumbona de sesenta años de antigüedad con estampado de flores de lis y ella en una mecedora junto a las puertas acristaladas que daban al campo de vetiver, ahora arrasado.
Marthe, que llevaba con nosotros el tiempo suficiente como para habernos dado a luz a mi hermana ya mí, se acercó sin prisas con una bandejita reluciente para recoger el vaso vacío de Gaspard. Me vino a la cabeza una imagen de Gaspard sentado allí toda la mañana, tomando sorbitos de un único vaso de la jugosa limonada de Marthe aderezada con esencia de vainilla mientras contemplaba el perfil inexpresivo de Lélé.
Aunque yo había contratado a una chica más joven para que la ayudara, Marthe seguía prefiriendo encargarse de la mayor parte de las tareas livianas de la casa, incluida la de atender a nuestros invitados. Marthe tenía cerca de setenta años, la misma edad que hubiera tenido nuestra madre de haber seguido con vida. También poseía la misma cara con forma de luna y la constitución fornida. Cuando era pequeño, yo creía que ella y mi madre eran hermanas. Sigo sin estar convencido de que no lo fueran.
Esperé a que Marthe saliera de la sala y luego, frotándome las manos, dije:
—Y bien, les amoureux, ¿nos hemos reconciliado?
Gaspard levantó la vista hacia mí, su sonrisa incontrolable de pronto amenazadora. Por una vez, mientras sonreía, dio la impresión de que hacía rechinar los dientes.
—¿No te lo ha dicho? —me preguntó.
Encogí los hombros y desvié la vista hacia mi hermana, cuyos ojos no se apartaban del campo asolado de vetiver.
—Tenemos que limpiar ese campo —dijo por fin—. Y deberíamos darnos prisa. Es posible que todavía haya algo que salvar.
—A veces no hay nada que salvar —señaló Gaspard.
Se levantó y pasó rápidamente por mi lado, pero, cuando llegaba al umbral, donde más cerca estaba de mi hermana, retrocedió y me puso una mano en el hombro.
—Lo siento, hermano —me dijo—. No deberías haberlo visto.
Negué con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Tenía la impresión de que todas las cartas estaban en manos de Lélé. Era su turno.
Esperé hasta oír que arrancaba el coche de Gaspard. Cuando los neumáticos escarbaron en la gravilla del sendero de entrada, le pregunté a mi hermana:
—¿Seguro que es el momento adecuado para diferencias irreconciliables?
Se levantó de la mecedora y echó las persianas de las puertas acristaladas, oscureciendo considerablemente la sala.
—No quiero hablar de eso—dijo, y se dejó caer en uno de los viejos divanes junto a la chimenea cerrada.
—¿Te engaña? —pregunté—. Si te engaña, puedo encontrar el modo de hacer que lo metan en la cárcel.
—No me engaña.
—¿Le engañas tú?
Me lanzó una mirada con los ojos saltones y abiertos de par en par y luego se señaló el vientre.
—¿Es suya la criatura? —pregunté, a la vez que me sentaba en el suelo a sus pies.
—Bobo —me regañó.
Al apoyar la cabeza en su rodilla, me sentí igual que cuando era niño y volvía corriendo a casa, desolado, tras acompañar a mi padre a hacer el levantamiento de un cadáver.
«No puedes hacer esta clase de trabajo si lloras en el escenario», me decía mi padre al tiempo que me palmeaba la nuca delante de sus testigos. En una ocasión, incluso después de haber visto el cadáver despedazado de un hombre decapitado. El propio hermano del hombre le había asestado un machetazo en el cuello durante una disputa a causa de una parcela. Aquella noche, Lélé me dejó dormir en su cama, pero sobre todo me dejó llorar.
—¿Seguro que no quieres contármelo? —le pregunté.
—Quizá a su debido tiempo.
—¿Alguna vez hemos utilizado esa chimenea? —pregunté, y señalé la única parte de cemento de nuestra casa, un nicho cuadrado que Lélé había llenado recientemente de grandes velones decorativos.
—Es posible que Marthe se acuerde mejor —dijo-, pero sólo recuerdo que la utilizáramos una vez, la noche que naciste. Llenó toda la casa de humo y estuvo a punto de hacerla arder.
Al día siguiente llevaba una declaración jurada para un divorcio propiamente dicho cuando empezó a llover. Me inquietaba que el río se desbordara de nuevo, llegando esta vez allende los campos de vetiver y los almendros. La nuestra era la única casa tan cerca del río. Las demás, más nuevas y desvencijadas, habían sido arrastradas por inundaciones relámpago, muchas con familias enteras dentro. Tenía intención de decirle a Lélé que debíamos hacer algo respecto a la casa. Si me había abstenido de discutirlo con ella era porque aún no había decidido qué hacer. ¿Debíamos vendérsela a alguien a quien legaríamos el mismo problema al que ahora nos enfrentábamos? ¿Derribarla y reconstruirla en terreno más elevado? ¿Mudarnos a otra parte y utilizarla únicamente durante la estación seca? Estaba convencido de que Lélé ya tendría una solución, de la que estaría segura al cien por cien, de modo que quería decidirme por mi cuenta antes de hablar con ella. Aun así, conforme seguía lloviendo y más viandantes buscaban cobijo en la galería a la salida de mi oficina, tenía la acuciante sensación de que un muro me separaba de Lélé.
Desde hacía años celebraba reuniones trimestrales con los campesinos de los pueblos, sobre todo en los pueblos de río arriba, y les informaba que el río estaba causando estragos como respuesta a la falta de árboles, la erosión del terreno y la degeneración de la capa superficial del suelo.
—¿Qué quiere que hagamos? —me replicaban—. Denos algo con lo que sustituir el carbón vegetal y pararemos.
A veces, en mis intentos de convencerlos de que no cortaran arbolillos, recurría a las metáforas más viles, los ruegos más melodramáticos.
—Es igual que matar a un niño —les decía.
—Si tengo que matar un niño árbol para salvar a mi propio hijo, mataré al niño árbol —respondían.
Ahora, gracias a su estupidez, o más bien a la estupidez de sus necesidades, la casa de nuestros padres podía quedar muy pronto bajo las aguas. Tal vez despertáramos flotando sobre nuestras camas y tuviéramos que encaramarnos al tejado a esperar que menguara la corriente. Mi hermana bien podía dar a luz en un árbol.
—Merde —le dije al demandante que tenía ante mí—. ¿Por qué quieres divorciarte de tu mujer?
—Porque es fea —respondió, su semblante dotado de una seriedad mortal, aunque tal vez no tan ansioso como el mío.
—¿Cuándo se volvió tan fea? —Le estaba gritando, pero por lo visto ni se daba cuenta.
—Después de tener hijos —respondió—. Perdió unos cuantos dientes y ya no es cariñosa.
—¿Qué clase de cariño esperas de ella? —indagué.
—Toda clase de cariños —dijo, y me lanzó un guiño—. Ya sabe.
—¿Cuántos hijos tenéis?
—Diez.
Bajé el bolígrafo y dejé de tomar notas. Tuve ganas de golpearlo tal como mi padre me golpeaba a mí. «Pórtate como un hombre —sentí deseos de decirle—. Ésta es tu vida.»
Deseé mantener con él la charla que tal vez me vería obligado a mantener pronto con mi hermana, convencerlo de que, al abandonar a su familia, estaba portándose como un cobarde. Sea como fuere, cuando levanté la vista, volvía a lucir un sol perfecto de puertas afuera. Los que habían buscado refugio de la lluvia en la galería a la entrada de mi oficina volvían a salir ahora a la calle. Los coches también circulaban de nuevo, salpicando agua fangosa por todas partes.
—Vuelve mañana —le dije al desdichado marido. Planeaba hacerlo venir a verme al menos diez veces antes de tomar por escrito su declaración, tal como me estaba exigido por ley, y tramitársela.
Resultó que no había llovido cerca de la casa y el río no se había desbordado. De todas maneras, era insólito que se desbordase durante el día, lo que no hacía sino agravar mi ansiedad. Todas las inundaciones relámpago con resultados mortales habían tenido lugar por la noche. Tal vez mi miedo fuera levemente irracional. No obstante, el verano anterior, la cuarta ciudad más grande del país había quedado sumergida bajo las aguas durante semanas. Ya no podía seguir arriesgándome.
Cuando llegué a casa, me dispuse a abordar el asunto con Lélé de inmediato. La encontré en su antigua habitación, sentada en medio de la amplia cama de caoba con dosel que nuestros padres habían encargado para ella cuando era adolescente. De la casa que ella y Gaspard habían compartido los últimos veinte años, había traído una mosquitera de gran tamaño que colgó sobre el dosel, lo que le confería todo el aspecto de estar atrapada en un sueño translúcido. Las libretas de nuestro padre estaban esparcidas, abiertas, todo en torno a ella. En su regazo tenía su propio cuaderno. Garabateaba furiosamente, pasando una hoja tras otra mientras tomaba notas.
Salí a la terraza, donde Lélé tenía, entre sus muchas plantas en macetas, una silla de mimbre en la que se sentaba todas las mañanas, envuelta en una de sus sábanas, para ver salir el sol sobre las montañas. Llevé la silla adentro y la coloqué delante del armario ropero enfrente de ella. Cuando estaba sentándome, ella levantó la mirada, dándose por enterada de mi presencia por un momento, y luego volvió a centrar la atención en las libretas.
—¿Trabajas de la misma manera que ellos? —me preguntó.
—¿A qué te refieres?
Hablábamos a través de un velo, pero ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por apartarlo. En todo caso, me hacía sentir un poco más cómodo, más valiente.
—¿Guardas tus anotaciones como hacían grand-pere y papá? —me preguntó.
—Claro. Están todas en los archivos en la ciudad, que es donde deberían estar ésas. Las hemos guardado demasiado tiempo. No nos pertenecen solamente a nosotros. Pertenecen a Léogáne.
—Sí que nos pertenecen —replicó—. Escucha.
Incinándose, alargó el brazo y cogió una de las libretas que estaban a la altura de sus rodillas. Debió de ejercer demasiada presión sobre el vientre, pues de súbito echó la cabeza atrás, dejó caer la libreta y empezó a frotarse la barriga.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Dame un minuto. —Siguió frotándose, al tiempo que cerraba los ojos y susurraba para sí.
—¿Te has hecho daño?
—Estoy bien —dijo, y abrió los ojos de nuevo—. Déjame que te lea esto.
Cuando cogió una de las libretas de mi padre parecía serena, casi en perfecto estado otra vez.
—Aquí hay unos apuntes sobre el robo de una vaca. Ganado robado, etcétera, decía, pero en el margen escribió: «Hoy ha nacido Lélé. Le hemos puesto el nombre de Léogáne. Espero que no se crea que la ciudad entera le pertenece.» —Alargó el brazo de nuevo y cogió otra libreta—: «Lélé es la primera en el colegio —leyó—. Después de cenar me ha dicho al oído que quiere sucederme en mi puesto como juez de paz.»
Sentí deseos de preguntarle si nuestro padre había escrito algo parecido, o cualquier otra cosa, sobre mí. Cabía la posibilidad de que yo no lo hubiese visto. Pero sabía que no era así. Y ella también.
—Podrías haberlo sido —le dije—. Podríamos haber hecho el trabajo los dos.
—Supongo que hace treinta años no podías llevar por ahí a una niña mientras documentabas las desgracias de la ciudad. Eso me dijeron tanto él como mamá.
—Mira, te dieron su mundo entero, que era esta ciudad —le aseguré para animarla—. Te pusieron su nombre. Estaban muy orgullosos el día de tu boda. Adoraban a Gaspard. Les entristeció que no pudierais tener hijos. Ahora estarían felices.
Pasó las páginas de las libretas y las cerró todas. Creí que iba a levantar la mosquitera y salir, pero no lo hizo.
—Hablando de Gaspard... —dije.
—Quieres saber cuándo voy a volver, ¿verdad?
Tuve la sensación de estar hablando con una de las personas que venían a presentar sus querellas. Necesitaba lugares, fechas y horas específicos.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque estoy pensando en vender la casa.
—No —dijo—, la casa no.
—Empieza a resultar absurdo vivir aquí, tan cerca del río, presiento que es una trampa mortal.
Me entraron ganas de subirme a la cama y decirle que todo iba a ir bien, que ahora teníamos derecho a forjar nuestros propios caminos, a alejarnos del pasado. En cambio, ella recogió las libretas en una pila y se apartó de ellas hacia el borde de la cama. Levantó la mosquitera con tanta rapidez que en un instante nuestras caras casi se tocaban. Desprevenido, me vi obligado a apartar un poco la silla.
—¿Quieres saber por qué dejé a Gaspard? —dijo—. Es debido al bebé.
—¿Qué le pasa al bebé?
—Está enfermo.
—¿Enfermo?
—¿Es así como recuerdas todo lo que te dice la gente? ¿Sencillamente repites sus palabras?
—¿A qué te refieres con que el bebé está enfermo?
Justo en ese momento entró Marthe para anunciar la comida.
—Lélé, no has comido en todo el día —dijo, y agitó el índice a modo de regañina—. Tienes que comer para que ese niño venga fuerte.
—Enseguida bajamos, chérie —dijo mi hermana.
—De acuerdo, pero no vamos a dejar que se enfríe la comida. Ya sabes cuánto detesto la comida fría.
—¿Te das cuenta del tiempo que lleva diciéndonos eso? —comentó Lélé cuando Marthe se marchó.
—Probablemente toda nuestra vida.
—¿Te das cuenta de lo asombroso que es?
—Cuéntame lo del bebé —insistí.
—No quería hacerlo —dijo—, pero Gaspard se obstinó debido a mi edad, así que fui al hospital, L’Hópital Sainte Croix, y me lo hice.
No estoy seguro de haber entendido todo lo que dijo. Hubo una prueba con imágenes, una ecografía. Al bebé, que resultó ser niña, estaba creciéndole en la nuca un quiste de grandes dimensiones que descendía columna abajo. En caso de que viviera lo suficiente para nacer, probablemente moriría poco después.
—¿Qué ocurrió? —le pregunté—. ¿Qué lo ha causado?
—Un golpe de mala suerte. Nadie lo sabe.
Tanto el médico como Gaspard eran de la opinión de que abortara mientras pudiera. Pero ella quería seguir adelante con el asunto, llevarlo a término.
—Será tu ruina —le dije.
—¿Cómo?
—Haré lo que pueda para ayudarte.
—No hay nada que hacer —señaló—. A eso voy.
—¿Has pensado en el parto?
—Se encargará Marthe —dijo——. Me asistirá durante el parto tal como hizo con nosotros.
Esa noche, después de cenar hacía demasiado calor para estar dentro, así que volvimos a salir a la galería y escuchamos sonidos a los que otras noches no prestábamos atención: el lamento de las cigarras, el cacareo de algún gallo desorientado, la risa asordinada de vecinos lejanos que atajaban por nuestra propiedad. A diferencia de los veranos de nuestra infancia, cuando a pesar del calor habríamos estado correteando por ahí medio desnudos, no oímos el menor revuelo en los árboles cercanos ni pájaros que se aposentaran con vistas a la noche. Y tampoco oímos el croar de ranas chapoteando al entrar y salir del río. No oímos ranas en absoluto.
La criatura de mi hermana ya se sentía como una ausencia también, algo que debíamos llorar e ignorar al mismo tiempo. De vez en cuando la veía retorcer el cuerpo de lado a lado. Luego se levantaba un momento de la silla mientras el bebé despertaba en su interior, gesto que repitió varias veces. Bajaba la vista hacia la mansa curva creciente de su cuerpo, pero no se tocaba el vientre, y tampoco me invitó a que lo tocara o llevara la oreja hasta allí. Y yo no me atreví a pedírselo.
Gaspard se pasó por la casa de nuevo a primera hora del día siguiente. Hacía una mañana terriblemente hermosa. Todavía no estaba sofocante ni nublada, sino intensamente brillante, casi resplandeciente. Era una de esas mañanas que hacían evaporarse mis miedos acerca de vivir en la ribera del río, una de esas mañanas que probablemente lograrían que me quedara siempre en Léogáne, plantando mi vetiver y mis almendros.
Me marchaba a trabajar cuando vi a Gaspard sentado en su coche, las ruedas delanteras enfiladas hacia la terraza de Lélé. Di unos golpecitos en la ventanilla y él alargó el brazo y me abrió la puerta. Al tiempo que me acomodaba en el asiento del acompañante, apreté su hombro levemente tal como él solía apretar el mío, a guisa de saludo, de disculpa. Sentados en silencio, nos turnamos mirando el sendero de gravilla que llevaba entre los almendros hasta la carretera. Cuando éramos niños, Lélé y yo echábamos carreras desde la casa hasta la carretera. Nuestro sprint siempre parecía interminable, agotador, pero nos enorgullecíamos en extremo cuando alcanzábamos el final, ya fuera delante o detrás del otro. Con la vista levantada hacia la terraza donde Lélé se sentaba todas las mañanas a ver salir el sol arropada con una sábana, Gaspard y yo sólo veíamos sus pies asomando por la barandilla, encerrados tras el reborde con forma de puntilla de la galería.
—No voy a dejarla —dijo—. Después de que nazca el bebé, veremos adónde podemos ir.
Levantó las manos como para saludar en dirección a Lélé, pero ella miraba más allá de nosotros, hacia las montañas, enmarcada por un aura de cielo índigo.
—Quiere enterrar a la criatura aquí —me contó—. Quiere que haya pasado toda su vida aquí, en la casa de tus padres. Supongo que tiene la sensación de que, si no se hubiera marchado, nada de esto habría ocurrido. Estaría aquí igual que tú, sola, pero a salvo de las cosas que tan bien documentas tú.
—Sigue estando en tela de juicio lo bien que llevo a cabo mi documentación —señalé.
—Lélé te admira, y piensa que lo haces bien. —Y como yo no respondí, añadió—: Entre los árboles. Quiere enterrar a la criatura entre los almendros.
Justo entonces caí en la cuenta de que no estaba hablando conmigo. Hablaba con Lélé. Ella había apartado la vista de las montañas y lo miraba directamente a él, a nosotros, su mirada fija, casi como un reto, un desafío.
—Ha sido por un hongo —dijo Gaspard.
—Creía que no sabíais la causa —comenté.
—El bebé no —señaló——, las ranas.
La víspera, cuando había venido a ver a Lélé, ella le había encargado que averiguara qué podía haber acabado con las ranas del río. Había regresado a casa y llamado a varias personas, incluido uno de sus amigos de infancia, un botánico haitiano-canadiense, quien le explicó que, teniendo en cuenta las circunstancias, suponía que probablemente las ranas habían muerto debido a una enfermedad miótica provocada por las temperaturas más elevadas de las habituales.
—¿Podríamos haber hecho algo por ellas? —le preguntó Gaspard a su amigo.
—No —le contestó su amigo—. Todos tenemos nuestro camino a seguir, y ése era el suyo.