Ramón Gómez de la Serna - "Retratos de bodas"

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El texto pertenece al volumen "Gollerías" editado en 1926.





Los fotógrafos esperan las bodas con encanto. Son retratos por los que casi no se regatea.
Ellos ya tienen una gran experiencia de las parejas de recién casados, que llenan su alto estudio de una luz optimista, en que renace un día con el tipo de los días más crédulos de la vida. Quedan convertidos en incienso vaporoso, flotantes en el estudio, los velos blancos de las novias.
Por la misteriosa mirilla de la máquina observan a su gusto la clase de la pareja, y dictaminan para sus adentros, como si concibiesen el horóscopo definitivo: “Matrimonio mal avenido”. “Gran incompatibilidad de gustos...” “Ella, despegada; él, pegajoso...”. “Tendrán tantos niños como esas muñecas rusas que se disgregan, y de cuyo fondo sale, de mayor a menor, numerosa descendencia...” “El es el infiel personificado...”. “Ella se morirá del primer parto...”
El fotógrafo especialista en bodas tiene algo de comadrón y de echador de cartas. Su trato tiene la untuosidad de manos muy enjabonadas e impregnadas con vaselina de peluquero que tienen los doctores.
Es el fotógrafo el primer hombre que se encara con la novia después del fausto suceso, y, por tanto, es piedra de toque de lo que ha de pasar. El marido hace un gesto extraño y receloso al verlo. Es el primer tropiezo que tiene con el enemigo.
El fotógrafo manipula mucho con la máquina y con ese paño negro de encapuchamiento, que es una especie de muleta de luto con la que reciben el primer pase los predestinados. Observa bien. Recoge la primera sonrisa del otro, el primer éxtasis desviado, y lo saborea delicadamente.
—Más hacia aquí... —dice el fotógrafo.
—Usted, caballero, mire hacia aquel lado... Usted, señora, a la máquina —rectifica desde dentro de su escafandra.
Cuando lanza a la novia el “sonríame usted un poquito”, tiene la frase un atrevimiento que se resiste como sólo se resisten las cosas convencionales.
Para las mañanas tienen los fotógrafos precisamente el chaquet entallado de testigos de boda, y se peinan con mucha agua, con peinado muy cristiano.
Sus telones de palacio, sus decoraciones de salón del trono, es por la mañana cuando los preparan, y también por la mañana es cuando limpian los magníficos sillones matrimoniales, esos sillones de una bien alta crestería, que son lo que encuentran más atractivo las parejas, y por lo que se recomiendan la fotografía unas a otras:
—¡Qué sillón, chica! Cuando te cases no dejes de ir a ese fotógrafo.
El fotógrafo especialista en bodas descorre y corre cortinillas con su larga pértiga, buscando la luz que dé a la novia las ojeras y la lánguida mirada que después gusta tanto contemplar a través de toda la vida. También procura ponerle esa aureola de luz que necesitan las novias.
Es complicada una fotografía nupcial, y los que lo saben, sobre todo, son los que van ese día a hacerse unas americanas y están esperando una hora.
—Hay una boda —suele decir con cierta sorna el encargado, como dando a entender: “Hay que tener paciencia... Es el eterno engaño de la vida... Se representa la comedia privada e ingenua”.
El fotógrafo ya ha colocado bien su pareja, y recoge la sonrisa sospechosa de la adúltera —ya se podía divorciar el marido después de ver la prueba fotográfica del retrato esponsalicio—, y a veces el guiño contumaz en que queda cogida in fraganti la recién casada. Entonces saca la placa virgen, la prologal virginidad que se va a transgredir, y lanza el último exorcismo. Los recién casados se van en el coche de la fusta engalanada y del lacayo cándido que las cocheras tienen para las bodas.
A veces vuelven al cabo de quince días, otra vez vestidos de boda. El fotógrafo se queda suspenso. ¿No ha visto él ya a esa pareja? ¡Ah, sí! Es que quieren que les repita la placa, porque la otra salió mal.
Ya son otros. La verdadera fotografía de la boda no se puede contrafacer. El traje de la novia, cuyo primer día pasó, tiene algo de traje de novia de teatro, novia prestada, novia desajustada, novia de Carnaval.
No hay hipocresía parecida a la de ese retrato de novios imitados. Tiene algo de gran estafa, y ya toda la vida los dos tendrán que guardar el secreto de la falsedad del retrato colocado en el marco rimbombante, un poco desmayado hacia atrás sobre el soporte que lo apuntala.
—Hija, qué cara de valiente tuviste aquel día —le dirá esa amiga que no puede sospechar la verdad.
—Chico—le dirá a él un amigo—, qué gesto más impasible el tuyo en el día que hace temblar más.
Nadie sospechará que aquel retrato es el falso retrato de boda; pero hasta los nietos, caerá la ignominia de esa falsedad, y todos serán unos hipócritas empedernidos.

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