Agota Kristof - "Mi padre"

Posted by La mujer Quijote in ,


Este cuento pertenece al volumen "No importa" (C'est égal). Aunque publicado en 2005, el volumen recoge cuentos escritos a partir de 1956, cuentos que ella escribía en francés como ejercicio mientras asistía a clases de francés para extranjeros en la Universidad de Neuchâtel.
La versión es la de Julieta Carmona Lombardo.



Vosotros no le conocisteis.
Murió.
Por ese motivo fui el año pasado, a principios de diciembre, a mi país de origen, que tampoco conocéis.
Veinticuatro horas de tren hasta la capital, una noche de descanso en casa de mi hermano, y de nuevo el tren, durante doce horas, lo cual suma treinta y seis horas de viaje, hasta esa gran ciudad industrial donde iban a sepultar a mi padre, una urna blanca de porcelana, un agujerito cavado en el hormigón.
Treinta y seis horas de tren con esperas, paradas en estaciones desiertas y frías, rodeada de gente que no ha perdido a su padre, o que lo ha perdido hace tanto tiempo que ya no piensan en ello. Yo sí pensaba en él, pero no creía en él.
Había hecho ese trayecto varias veces, cuando mi padre aún vivía. Él me esperaba al final de mi viaje en esa ciudad industrial donde vivió tan poco, amó tan poco y nunca paseó conmigo cogidos de la mano.
En el entierro estuvo a punto de llover. Había bastante gente, coronas, cantos, un coro de hombres vestidos de negro. Era un entierro socialista, sin cura.
Puse un ramo de claveles cerca de la urna blanca, tan pequeña, no podía creer que mi padre estuviera dentro, él que era tan alto cuando yo todavía era su hija, su niña.
La urna de porcelana no era mi padre.
De todas maneras lloré cuando lo metieron en el hormigón. En un disco sonaba el himno nacional, que habla de Dios, al que se le reza para que bendiga a este país y a su pueblo que en el pasado sufrió tanto y para el futuro también.
El coro de hombres tuvo que exagerar un poco porque los dos sepultureros tenían dificultades, la placa del cierre no funcionaba, la urna, mi padre, no quería entrar en el agujerito de hormigón.
Después me enteré de que mi padre quería que lo enterraran y no que lo sepultaran en su pueblo natal, pero lo convencieron —mientras estaba moribundo, con un cáncer de estómago, apagándose a fuego lento en la ignorancia de su enfermedad y aliviado a base de inyecciones de morfina—, lo convencieron mi madre y mi hermano de que estaría mejor aquí, en el cementerio de esta horrible ciudad industrial que nunca amó y donde nunca paseamos juntos cogidos de la mano.
Luego tuve que saludar a mucha gente que era desconocida para mí, pero ellos a mí sí me conocían. Las mujeres me besaban.
Por fin se acabó todo. Pudimos, sobrecogidos, volver a casa de mis padres, quiero decir de mi madre. Había una especie de recepción. Comí y bebí como todos. Estaba cansada por el trayecto, la ceremonia, los invitados, por todo.
Fui a la pequeña habitación de mi padre, donde solía retirarse a leer, a aprender idiomas, a escribir en su diario.
Mi padre no estaba. Tampoco estaba en el jardín. Pensé que quizá había ido a hacer compras para toda la gente que había en su casa. Muchas veces hacía las compras, le gustaba.
Lo esperaba, quería volver a verlo porque pronto tenía que regresar, es decir volver aquí. Bebí mucho vino y él no aparecía.
—¿Dónde se ha metido papá? —dije al final, y la gente me miraba.
Mis hermanos me llevaron a su casa y me acostaron. Al día siguiente me fui. Veinticuatro horas, treinta y seis horas de tren.
Durante el viaje hice planes.
Pensaba volver al cabo de un tiempo, arrancar la placa de hormigón, robar la urna y enterrarlo en su ciudad natal, al borde del río, en la tierra negra.
Es una zona que no conozco bien, nunca he ido. Pero... una vez que robara la urna, ¿dónde podría enterrarla?
Mi padre no paseó conmigo cogidos de la mano por ninguna parte.

This entry was posted on 12 enero 2013 at 21:57 and is filed under , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

0 comentarios

Publicar un comentario