Mijaíl Zóschenko - "Matrimonio por interés"

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Escritor ruso con una abundante producción de cuentos, principalmente skaz , cuento ruso caracterizado por estar narrado en primera persona, con lenguaje coloquial, lleno de pseudocultismos y plagado de confusas expresiones y consignas comunistas mal entendidas por los personajes. Sin embargo su incursión en el skaz no se hizo desde el tradicionalismo sino desde el enfoque de las vanguardias reinantes en la época. Desde el humor y el costumbrismo, describe el absurdo al que lleva el choque entre las normas impuestas por la revolución comunista y las costumbres burguesas del ruso medio. Pese a ser adepto a la revolución, sus sátiras y su mal encaje en el "realismo soviético", corriente literaria dominante, le hicieron víctima de las purgas estalinistas.


Antes, queridos ciudadanos, ni comparar, las cosas eran más sencillas —dijo Grigori Ivánovich—. Y los que iban para novios lo tenían más que tirado. Aquí tienes la novia; allí, digamos, la suegra, y allá, la dote. Y, si había dote, pues, nuevamente, vaya dote: o en metálico o puede que una casa con cimientos.
Si es en metálico, entonces el muy honorable padre anunciará la suma. Pero si es una casa con cimientos, entonces será otro cantar, porque ¿cómo es esa casa? Puede que de madera, o puede que de piedra. Todo se ve, todo se entiende y no hay gato encerrado.
¿En cambio, ahora? Pues ahora, a ver, tomen a un novio cualquiera, y no sacará el agua clara. Porque los padres de ahora ya no tienen por costumbre dar dinero. Y en el caso de los novios para quienes lo importante son los bienes, pues aún peor.
Por ejemplo, los bienes inmuebles: tomemos un abrigo de pieles colgado de una percha. Allí está colgado. Y allí se pasa un mes y otro mes. De manera que podemos verlo cada día; lo podemos ver y, por ejemplo, tocar con nuestras manos, pero en cuanto pasamos a los hechos, resulta que, mira por dónde, lo ha colgado un vecino y no guardan relación alguna con la novia. O los edredones de plumón. Los miras y parecen de plumón, pero te acuestas y resulta que son de pluma.
¡Ya ven qué bienes! Con bienes así lo único que se consigue es hacerse mala sangre.
¡Las cosas que ocurren en este mundo; cualquiera se aclara!
Yo soy un viejo revolucionario del año diez, he estado en todos los partidos y, así y todo, me da vueltas la cabeza; que no me aclaro, vamos.
Sólo una cosa tengo clara y son las novias que sirven al Estado. Allí no hay engaño: sueldo, clase, categoría... Pero también con ellas te puedes equivocar.
Por ejemplo, a mí me gustó una. Nos echamos el ojo. Nos conocimos. Que si esto que si lo otro, ¿dónde está empleada?, le pregunto, ¿cuanto cobra? ¿Qué nivel es el suyo, qué sueldo?
—Estoy empleada en un almacén —me contesta—. Y mi nivel es tal y cual.
—Vaya —le digo—. Merci y perfecto. Usted —le digo— me gusta. Y su nivel me resulta simpático, tampoco el sueldo está mal. Presentémonos.
De manera que empezamos a visitar juntos los cinematógrafos. Pagando yo. Así transcurrió una semana o dos, hasta que le doy un ultimátum: lléveme a su casa, le digo.
Me llevó a su casa. Y en la casa había, claro está, una abuela, la madre. Y el papá, un viejo revolucionario. Allí estábamos la hija, o sea la novia, y yo, como quien dice el novio.
Y suma y sigue. Los empecé a visitar y entre tanto estudiaba el panorama. Con la mamita trataba temas filosóficos, en sentido de ¿qué tal la vida? ¿Muy achuchada, no? No vaya a ser que me toque echarles una mano, no lo quiera el Creador.
—No —me responde—, no necesitamos ayuda. Pero tampoco en cuanto a la dote te voy a mentir: no hay dote. Aunque algo de ropa y media docena de cucharas ya os caerán.
—¡Vaya con la abuelita, florecilla del cielo! Quien dice media docena, dice una docena entera. Ya se verá. A qué hablar del tema antes de tiempo. A mí su hija —le digo— me gusta así. Y además con su categoría, las ventajas y los talones... Esto ya es como una dote...
Y la abuelita, florecilla del cielo, va y se pone a llorar. Y hasta el padre, el viejo revolucionario, soltó una lagrimita.
—Bueno —me dice—, si así te parece, cásate.
Luego que si la promesa, que si los dimes y diretes y los suspirillos.
Pero entonces la abuelita, florecilla del cielo, me insinúa lo de la iglesia. No estaría mal que os casarais en el templo.
Yo, en cambio, le digo:
—Nos casaremos a nuestra manera. Yo, aunque salí del partido sin esperar las purgas, soy un viejo revolucionario. De manera que, añado, no puedo ir en contra de mi conciencia. Y no insista.
Lloró la viejita. Y hasta al padre, viejo revolucionario, se le escapó una lagrimita. Pero, no obstante, aceptaron.
Así que nos casamos.
Por las mañanas, la joven y hermosa esposa se marchaba a su empleo y a las cuatro ya estaba de vuelta. Y volvía con un paquetito.
Y entonces, cómo no, de nuevo venían las dulces palabras. En el sentido de que, vamos, Grisha, levanta. Que se te van a pegar las sábanas.
Y aún más lágrimas de dicha y más lunas de miel...
Así siguió aquel debate durante dos meses, según el nuevo calendario...
Pero un día la joven y hermosa esposa regresó sin el paquete y parece que llorando.
—¿Por qué llora usted? —le pregunto—. ¿No habrá perdido usted el paquetito, no lo quiera el Creador?
—Nada de eso —me dice—. Qué paquetito ni niño tuerto... Ha habido una reducción de personal y me han echado del trabajo.
— ¡¿Pero qué es esto —digo yo—, por favor?!
—Pues lo que oye —dice ella.
—Un momento —le digo—. No le he pedido dote —le digo— porque contaba con el empleo.
Y mi esposa llora desconsolada:
—Me han echado del empleo por ser casada.
—Esto no puede ser —le digo—; yo mismo iré a aclarar el asunto. Es inaudito.
De manera que me puse aprisa los pantalones y salí.
Llego a la oficina. El encargado era un viejo revolucionario de esos con barbita.
Le pongo al corriente, al muy canalla, de todas las entrañas del asunto, pero él, clavado en lo suyo, me dice: no quiero saber nada. Yo le vengo con la historia de la dote y él, en cambio, que yo no me meto en asuntos familiares.
Entonces le digo:
—Yo también soy un viejo revolucionario, del año cinco.
Y él en cambio me pide que, si tengo vergüenza, ahueque el ala.
De manera que me despido de él y para casa. Llego. Y la esposa está allí y no llora.
—¡¿Qué pasa que ha dejado de llorar?! —le digo—. ¿Yo me caso con usted —le digo— y usted se me va al paro?
La tomo de la mano y nos vamos a ver a su mamaíta.
—Gracias —le digo— por el préstamo. ¿Se cree usted que dándome una docena de cucharas me conformo?
Y la viejita, florecilla del cielo, va y se pone llorar. Y hasta al padre, viejo revolucionario, se le escapó una lágrima.
—Dios provee —me dice—. Quizá podáis vivir así.
Quise partirle la cara al papaíto por sus palabras, pero me contuve. Aún sería capaz de denunciarme, el buitre éste.
Le escupí al amigo en el chaleco y me largué.
Ahora me he divorciado y busco novia...

This entry was posted on 17 noviembre 2009 at 18:34 and is filed under . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

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