Babayada del dia (XII)

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La babayada de hoy no es reciente, fue escrita hace ya hace más de siglo y medio. Arthur Schopenhauer es considerado como uno de los grandes filósofos. Yo sólo había leído de él lo que ponía mi libro de filosofía de COU. Eso sí, lo conocía también como uno de los "enunciadores" (junto a Leibniz y basándose en Kant) del "Principio de razón suficiente", lo que en ciencia se conoce como "Principio de causalidad". Hace poco, en una librería de viejo, me encontré con un libro suyo "El amor, las mujeres y la muerte". Atractivo título y gran pensador detrás, nada, para mi. Entonces conocí su otra faceta. A la de gran filófoso se unía la de imbécil redomado, gentuza impresentable, machista repugnante y todo lo que se os ocurra. Si este tipejo era una de las lumbreras de su tiempo, ¿qué podíamos esperar de los demás? El texto corresponde al capítulo 2 del libro mencionado. Aunque es un poco largo (y eso que lo he recortado), no es necesario leerlo entero, con leerlo a saltos captarás perfectamente todo lo que piensa.

Las mujeres
Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia, ni a los grandes trabajos materiales. Paga su deuda a la vida, no con la noción, sino con el sufrimiento, los dolores del parto, los inquietos cuidados de la infancia; tiene que obedecer al hombre, ser una compañera paciente que le serene. No está hecha para los grandes esfuerzos, ni para las penas a los placeres excesivos. Su vida puede transcurrir más silenciosa, más insignificante y más dulce que la del hombre, sin ser por naturaleza mejor ni peor que éste.
Lo que hace a las mujeres particularmente aptas para cuidarnos y educarnos en la primera infancia, es que ellas mismas continúan siendo pueriles, fútiles y limitadas de inteligencia. Permanecen toda su vida como niños grandes, una especie de intermedio entre el niño y el hombre.
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En las jóvenes solteras, la naturaleza parece haber querido hacer lo que en estilo dramático se llama un efecto teatral. Durante algunos años las engalana con una belleza, una gracia y una perfección extraordinaria, a expensas de todo el resto de su vida, a fin de que durante esos rápidos años de esplendor puedan apoderarse fuertemente de la imaginación de un hombre y arrastrarle a cargar legalmente con ellas de cualquier modo. La pura reflexión y la razón no daban suficiente garantía para triunfar en esta empresa. Por eso la naturaleza ha armado a la mujer con las armas y los instrumentos necesarios para asegurar su existencia y sólo durante el tiempo preciso, porque en esto la naturaleza obra con su habitual economía. Así la hormiga hembra, después de unirse con el macho, pierde las alas que le serían inútiles y hasta peligrosas para el período de la incubación, así también la mayoría de las veces, después de dos o tres partos, la mujer pierde su belleza.
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Cuanto más noble y acabada es una cosa, más lento y tardo desarrollo tiene. La razón y la inteligencia del hombre no llega a su auge hasta la edad de veintiocho años; por el contrario, en la mujer la madurez de espíritu llega a la de dieciocho. Por eso tiene siempre un juicio de dieciocho años. Y por eso las mujeres son toda su vida verdaderos niños.
No ven más que lo que tienen delante de los ojos, se fijan solo en lo presente, toman las apariencias por la realidad y prefieren las fruslerías a las cosas más importantes. Lo que distingue al hombre del animal es la razón. Confinado en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el porvenir; de aquí su procedencia, sus cuidados, sus frecuentes aprensiones.
La débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes. Padece miopía intelectual que, por una especie de intuición, la permite ver de un modo penetrante las cosas próximas; pero su horizonte es muy pequeño y se le escapan las cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuanto no es inmediato, o sea lo pasado y lo venidero, obre más débilmente sobre la mujer que sobre nosotros. De ahí también esa frecuente inclinación a la prodigalidad, que a veces limita con la demencia.
En el fondo de su corazón, las mujeres se imaginan que los hombres han venido al mundo para ganar dinero y las mujeres para gastarlo Si se ven impedidas de hacerlo mientras vive su marido, se desquitan después de muerto éste. Y lo que contribuye a confirmarlas en esta convicción, es que el marido les da el dinero y les encarga de los gastos de la casa.
Tantas partes defectuosas se compensan, sin embargo, con un mérito. La mujer más absorta por el momento presente, goza más de él que nosotros. De ahí esa jovialidad que les es propia y las hace ser capaces de distraer y a veces consolar al hombre abrumado de preocupaciones y penas.
En las circunstancias difíciles no hay que desdeñar la costumbre de recurrir, como en otros tiempos los germanos, al consejo de las mujeres; porque tienen una manera de concebir las cosas enteramente diferente de la nuestra. Van derechas al fin por camino más corto; porque, en general, sus miradas se detienen en lo que está a su mano. Por el contrario, nuestra mirada pasa sin fijarse por encima de las cosas que se nos meten por los ojos, y buscan mucho más allá. Necesitamos que se nos traiga a una manera de ver más sencilla y más rápida. Añádase a eso que las mujeres tienen positivamente un juicio más aplomado y no ven en las cosas nada más que lo que hay en ellas en realidad: al paso que nosotros, por influjo de nuestras pasiones excitadas, amplificamos los objetos y nos fingimos quimeras.
Las mismas aptitudes nativas explican la conmiseración, la humanidad, la simpatía que las mujeres manifiestan por los desgraciados. Pero son inferiores a los hombres en todo lo que atañe a la equidad, a la rectitud y a la probidad escrupulosa. A causa de lo débil de su razón, todo lo que es de presente, visible e inmediato, ejerce en ellas un imperio contra el cual no pueden prevalecer las abstracciones, las máximas establecidas, las resoluciones enérgicas, ni ninguna consideración de lo pasado a lo venidero, de lo lejano a lo ausente. Tienen las primeras y principales cualidades de la virtud, pero les faltan las secundarias y accesorias... Por eso la injusticia es el defecto capital de las naturalezas femeninas. Eso proviene de sus escasos buen sentido y reflexión que hemos señalado. Y lo que agrava aún más este defecto es que la naturaleza les ha dado como patrimonio la astucia, para proteger su debilidad; y de ahí su falacia habitual y su invencible tendencia al embuste.
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El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera.
De este defecto fundamental y de sus consecuencias nacen la falsía, la infidelidad, la traición, la ingratitud, etc. Las mujeres perjuran ante los tribunales con mucha más frecuencia que los hombres, y sería cuestión de saber si debe admitírselas a prestar juramento. Ocurre de vez en cuando que señoras a quienes nada les falta son sorprendidas en los almacenes en flagrante delito de robo.
Los hombres jóvenes, hermosos, robustos, están destinados por la naturaleza a propagar la especie humana, a fin de que ésta no degenere. Tal es la firme voluntad que la naturaleza expresa por medio de las pasiones de las mujeres. Con seguridad, ésta es la más antigua y poderosa de todas las leyes. ¡Pobres, pues, de los intereses y derechos que se le pongan por obstáculos! Cuando llegue el momento, suceda lo que quiera, serán hollados sin misericordia.
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Pero las mujeres no se interesan de ningún modo in abstracto por ese principio superior; solamente lo comprenden in concreto, y cuando se presenta ocasión no tienen más manera de expresarlo que su manera de obrar. En este punto su conciencia las deja mucha más tranquilas de lo que se pudiera creer, porque en el fondo más oscuro de su corazón sienten vagamente que al hacer traición a sus deberes para con el individuo, los llenan tanto mejor para con la especie, que tienen derecho infinitamente superiores.
Como las mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie, y toda su vocación se concentra en ese punto, viven más para la especie que para los individuos, y toman más a pecho los intereses de la especie que los intereses de los individuos. Esto es lo que da a todo su ser y a su conducta cierta ligereza y miras opuestas a las del hombre. Tal es el origen de esa desunión tan frecuente en el matrimonio, que ha llegado a ser casi normal.
Los hombres son naturalmente indiferentes entre si; las mujeres son enemigas por naturaleza. (...)
La posición social que ocupa un hombre depende de mil consideraciones; para las mujeres, una sola circunstancia decide su posición: el hombre a quien ha sabido agradar. Su única función las pone bajo un pie de igualdad mucho más marcado, y por eso tratan de crear ellas entre si diferencias de categorías.
Preciso ha sido que el entendimiento del hombre se obscureciese por el amor para llamar bello a ese sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas. Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja a ellas. En vez de llamarle bello, hubiera sido más justo llamarle inestético.
Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas. En ellas todo es pura imitación, puro pretexto, pura afectación explotada por su deseo de agradar. Son incapaces de tomar parte con desinterés en nada, sea lo que fuere, y he aquí la razón. El hombre se esfuerza en todo por dominar directamente, ya por la inteligencia, ya por la fuerza; la mujer, por el contrario, siempre y en todas partes está reducida a una dominación en absoluto indirecta; es decir, sobre él ejerce una influencia inmediata. Por consiguiente, la naturaleza lleva a las mujeres a buscar en todas las cosas un medio de conquistar al hombre, y el interés que parecen tomarse por las cosas exteriores siempre es un fingimiento, un rodeo, es decir, pura coquetería y pura monada.
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Pero, ¿qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en el mundo entero no ha podido producir este sexo un solo ingenio verdaderamente grande, ni una sola completa y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero, sea en lo que fuere? Esto es muy notable en la pintura. Son tan aptas como nosotros para aprender la parte técnica y cultivan con asiduidad este arte, sin poder gloriarse de una sola obra maestra, precisamente porque les falta aquella objetividad del espíritu que es necesaria, sobre todo para la pintura. No pueden salir de si mismas.
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Gracias a nuestra organización social absurda en el mayor grado, que las hace participar del título y la situación del hombre, por elevados que sean, excitan con encarnizamiento las menos nobles ambiciones de éste; y por una consecuencia natural de este absurdo, su dominio y el tono que imponen ellas corrompen la sociedad moderna.
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Las mujeres son el sexus sequior, el sexo segundo desde todos los puntos de vista, hecho para estar a un lado y en segundo termino. Cierto que se deben tener consideraciones a su debilidad; pero es ridículo rendirles homenaje, y eso mismo nos degrada a sus ojos. La naturaleza, al separar la especie humana en dos categorías, no ha hecho iguales las partes.
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La mujer en Occidente, lo que se llama la señora, se encuentra en una posición enteramente falsa. Porque la mujer, el sexus sequior de los antiguos, no está en manera ninguna formada para inspirar veneración y recibir homenajes, ni para llevar la cabeza más alta que el hombre, ni para tener iguales derechos que éste.
Las consecuencias de esta falsa posición son harto evidentes. Sería de desear que en Europa se volviese a su puesto natural a ese número dos de la especie, humana y que se suprimiera la señora, objeto de mofa para el Asia entera, y de la cual también se hubieran burlado Roma y Grecia.
Desde el punto de vista político y social, esta reforma sería un verdadero beneficio. El principio de 1a ley sálica es tan evidente, tan indiscutible, que parece inútil formularlo. Lo que se llama propiamente la dama europea es una especie de ser que no debiera existir. No debería haber en el mundo más que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras aspirantes a ser lo que aquéllas, que se formasen, no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la sumisión.
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Las leyes que rigen al matrimonio en Europa suponen a la mujer igual al hombre, y así tienen un punto de partida falso.
En nuestro hemisferio monógamo, casarse es perder la mitad de sus derechos y duplicar sus deberes. En todo caso; puesto que las leyes han concedido a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, hubieran debido también conferirles una razón viril.
Cuántos más derechos y honores superiores a su mérito confieren las leyes a las mujeres, más restringen el número de las que en realidad participan de esos favores; y quitan a las demás sus derechos naturales en la misma proporción que a unas cuantas privilegiadas se los han dado excepcionales.
La ventaja que la monogamia o las leyes resultantes de ella conceden a la mujer, proclamándola igual al hombre produce la consecuencia de que los hombres sensatos y prudentes vacilan a menudo en dejarse arrastrar a un sacrificio tan grande, a un pacto tan desigual.
En los pueblos polígamos cada mujer encuentra alguien que cargue con ella; entre nosotros por el contrario, es muy restringido el número de las mujeres casadas y hay infinito número de mujeres que permanecen sin protección, solteronas que vegetan tristemente en las clases altas de la sociedad, pobres criaturas sometidas a rudos y penosos trabajos en las filas inferiores. O bien, se truecan en miserables prostitutas, que arrastran una vida vergonzosa y se ven conducidas por la fuerza de las circunstancias a formar una especie de clase pública y reconocida, cuyo fin especial es el de preservar de los riesgos de seducción a las felices mujeres que han pescado marido o que pueden esperarlo. Solo en la ciudad de Londres hay ochenta mil mujeres públicas, verdaderas víctimas de la monogamia, cruelmente inmoladas en el altar del matrimonio. Todas esas infelices son la comprensión inevitable de la dama europea, con su arrogancia y sus pretensiones. Por eso la poligamia es un verdadero beneficio para las mujeres, consideradas en conjunto.
Además, desde el punto de vista racional, no se ve por qué cuando una mujer sufre algún mal crónico, o no tiene hijos, o se ha hecho vieja, no había de tomar su marido otra más. Lo que dio prestigio a los mormones, fue precisamente la supresión de esta monstruosa monogamia.
Al conceder a la mujer derechos superiores a su naturaleza, se le han impuesto deberes también por encima de su naturaleza. De ahí demanda para ella una fuente de desdichas. En efecto, esas exigencias de clase y de fortuna son tan pesadas, que el hombre que se casa comete una imprudencia si no hace un casamiento brillante Si desea encontrar una mujer que le guste por completo, la buscará fuera del matrimonio, y se limitará a asegurar la suerte de su querida y la de sus hijos.
Si la mujer cede sin exigir en rigor los derechos exagerados que solo el matrimonio le concede, entonces pierde el honor, por, que el matrimonio es la base de la sociedad civil, y se prepara una triste vida, porque está en la naturaleza de los hombres el preocuparse desmedidamente de la opinión de los demás. Si, por el contrario, la mujer resiste, corre el riesgo de apencar con un marido que le desagrade o el de secarse en su sitio quedándose para vestir santos.
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Si todo hombre tiene necesidad de varias mujeres, justo es que sea libre y hasta que se le obligue a cargar con varias mujeres. Estas quedarán de ese modo reducidas a su verdadero papel, que es el de un ser subordinado; y verá desaparecer de este mundo la dama, ese monstruo de la civilización europea y de la estolidez germano-cristiana, con sus ridículas pretensiones al respeto y al honor. ¡No más señoras, pero también no más esas infelices mujeres que llenan al presente la Europa!...
Es evidente que por naturaleza la mujer está destinada a obedecer. Y prueba de ello que la que está colocada en ese estado de independencia absoluta, contrario a su naturaleza, se enreda en seguida, no importa con qué hombre, por quien se deja dirigir y dominar, porque necesita un amo. Si es joven, toma un amante; si es vieja, un confesor.
(...)
Lo que prueba de una manera general que el honor de las mujeres no tiene un origen verdaderamente conforme con la naturaleza es el número de sangrientas víctimas que se le ofrecen, infanticidios, suicidios de madres. Si una joven soltera que toma un amante comete una verdadera traición hacia su sexo, no olvidemos que el pacto femenino podrá haber sido aceptado tácitamente, pero sin compromiso formal por parte de ella. Y como en la mayoría de los casos ella es la primera víctima, su locura es infinitamente más grande que su perversidad.

Dicen que esta misogínia le vino al individuo en cuestión por culpa de una madre dominante. El machismo es una constante en la historia. No deberíamos espera mucho. Pero el tipejo este se lleva la palma.

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