Nadine Gordimer - "¿No hay otro lugar donde podamos encontrarnos?"

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El cuento pertenece al volumen "La suave voz de la serpiente" publicado en 1952.
La versión es la de Bárbara McShane y Javier Alfaya.



Era una fría mañana gris y el aire era como el humo. En esta inversión de los elementos que se produce a veces, el cielo gris, suave y apagado, se movía como el mar en un día silencioso.
Le picaba el áspero cuello del abrigo y tenía las mejillas suavemente frías, como si se hubiera lavado la cara con agua helada. Respiraba pausadamente; a la izquierda, una franja de rastrojos ardía en silencio, sin llama. Por encima zureaba una paloma. Pasó sobre la hierba apelmazada y pajiza, siguiendo los árboles unas veces por el sendero, otras no. A lo lejos, sobre el amasijo de ramas caídas, las líneas ondulantes de hierba negra y platino —tonos que se fundían sin color, como en un grabado—, estaba el horizonte, la orilla bañada por las nubes.
Venían bocanadas negras de hierba mojada y quemada, polvo ligero bajo sus pies. Oyó cómo tragaba saliva.
A lo lejos vio una figura que llevaba algo rojo en la cabeza, y tuvo una sensación de equilibrio, como si hubiera colocado la pincelada de una figura en un cuadro. Ella estaba aquí; alguien más estaba allí… Luego, el puntito rojo desapareció tras la curva de los árboles. Ella cambió el bolso y el paquete de un brazo a otro y sintió la mañana palpable, profundamente fría y pegada contra los ojos.
Llegó al final de la recta del sendero y dio la vuelta con este a un pino con flecos oscuros y a un arbusto, delicadamente podado, al que recordaba en verano cargado de ramas de flores blancas como cristales. En la siguiente arboleda había un nativo con gorro de lana roja; allí, el sendero cruzaba una zanja y lo bordeaban piedras blancas y pulidas. Ella arrancó unas agujas del pino, tres en un nudo de fino tejido marrón, y mientras caminaba se las pasó por el pulgar. Hacia abajo, suaves y tiesas; hacia arriba se encogían en una blanda resistencia cuando las diminutas puntitas se prendían a la piel. Él estaba de espaldas a ella, mirando hacia el camino por donde había venido; ella se pinchaba la yema del pulgar con las puntas de las agujas. Una de las perneras de los pantalones de él estaba cortada sobre la rodilla, y la parte de atrás de la pierna desnuda y el talón medio vuelto mostraba ese negro peculiarmente yerto y polvoriento que da el frío. Ella se le iba acercando a sabiendas de que él no la oía, pues caminaba sobre el polvo mojado del sendero. Llegó a su misma altura, le adelantó; él se volvió lentamente y miró más allá, sin el menor interés, como miran las vacas.
Vio que tenía los ojos rojos, como si no hubiera dormido en mucho tiempo, y el fuerte olor a sudor rancio le ardió en las narices. Cuando le adelantó, quiso toser, pero le frenó un pinchazo de culpabilidad por los ojos enrojecidos y cansados. Y él llevaba sólo unos harapos sucios —¿parte de una vieja camisa?—, sin mangas y deshilachados, con un agujero grande que iba desde la axila hasta la cintura. Aletearon los andrajos con las corrientes de frío que ella levantó al pasar. Había dejado caer el perfecto trío de agujas de pino en algún sitio, no supo en qué momento, de modo que, recordando alguna cosa de su niñez, levantó la mano hasta el rostro y se la olió. Sí, era como lo recordaba, no como pretenden los químicos con las sales de baño, un olor a verde polvoriento, más de vegetal que de flor. Era limpio, no humano. También ligeramente pegajoso, viscoso en los dedos. Tendría que lavárselos tan pronto llegara. A menos que sus manos estuvieran muy limpias, no conseguía desentenderse de ellas, se entrometían en sus pensamientos.
Oyó un ruido sordo en el suelo, como el sonido de una liebre que corre asustada, y a punto estaba de volverse cuando él apareció a su lado, sorprendente, totalmente inesperado, echándole en plena cara su aliento jadeante. Se quedó quieto y ella también. Todos los vestigios del control, de los sentidos, del pensamiento, desaparecieron en ella como cuando una habitación se queda a oscuras por un apagón eléctrico, y se encontró gimoteando como un idiota o un niño. De su garganta salieron sonidos animales. Farfulló. Por un instante fue el Miedo quien la atenazó por los brazos, las piernas, la garganta; no el miedo al hombre, ni la amenaza que pudiera representar, sino el Miedo absoluto, abstracto. Si la tierra se hubiera encendido en llamaradas a sus pies, si una bestia salvaje hubiera abierto su boca terrible para engullirla, no se hubiera sentido como en ese momento.
Vio ante sí un pecho que jadeaba por entre los desgarrones; un rostro acechante; debajo del gorro de lana roja, los ojos amarillentos y rojizos la miraban con desconfianza. Un pie, cuarteado por la intemperie hasta parecer madera resquebrajada, se movió para recuperar el equilibrio tras el aturdimiento que sigue a una carrera, pero cualquier movimiento parecía dirigirse a ella, que intentó gritar, aunque el terror de los sueños se hizo realidad y nada salió de su boca. Quiso arrojarle el bolso y el paquete, y mientras intentaba hacerlo, enloquecida, oyó un suspiro ronco y profundo; él hizo un ademán hacia ella y —¡ah!—. Ya estaba. Su mano le agarró el hombro.
Luchó con él y se estremeció con fuerza mientras forcejeaban. Se levantó el polvo alrededor de sus zapatos y de los pies descalzos al arrastrarse. El olor que él despedía la hizo atragantarse; llevaba una vieja chaqueta de pijama, no una camisa. Su rostro era tétrico y tenía una mancha rosada, despellejada. Ella aspiró desesperadamente por la nariz, sin aliento. Le castañetearon los dientes; le dio un cabezazo con furia y se apartó, pero él la aferró por los faldones del abrigo y la atrajo de un tirón. Ella alzó la cara y vio los tonos de un cielo gris y una grulla que volaba sobre ellos, hermosa como el mascarón de proa de un navío. Se tambaleó para recobrar el equilibrio y se le cayeron el bolso y el paquete. Inmediatamente, él se lanzó sobre ambos y ella se dio la vuelta, pero cuando estaba a punto de dejarse caer de rodillas sobre sus cosas, se apoderó de ella un alivio repentino, como un flujo de lágrimas, y en lugar de arrodillarse echó a correr. Corrió y corrió, tambaleándose locamente entre los altos tallos de hierba seca, tropezando con matas endurecidas por el invierno, metiéndose entre árboles y arbustos. Las jóvenes mimosas la rodearon, formando una espesura de ramitas que llegaba hasta el suelo, pero se abrió paso sintiendo el polvo en los ojos y las escamosas ramas que se le enredaban en el pelo. Había una zanja con matorrales que le llegaban hasta las rodillas; como alfileres atraídos por un imán, se pegaron a sus piernas, pero al otro lado había un cercado y luego la carretera… Tocó la cerca —sus manos no eran capaces de nada— e intentó arrastrarse por entre los alambres, pero las púas se enredaron en el abrigo y quedó aprisionada, doblada por la cintura, mientras oleadas de terror la recorrían sofocantes y temblorosas. Por fin las púas rasgaron la tela; estremecida y frenética, pasó la cerca.
Y ya estaba a salvo. Estaba en la carretera. A poca distancia había casas con jardines, buzones, el columpio de algún niño. Un perrito estaba sentado ante una verja. Oyó un débil zumbido, como si fuera la vida, conversaciones en alguna parte o, tal vez, los cables del teléfono.
Temblaba tanto que no podía estarse quieta. Tuvo que seguir andando rápidamente por la carretera. Todo estaba en silencio y gris, como la mañana. Y frío. Sentía el aire helado en torno a la boca y entre las cejas, donde el sudor le bañaba la piel, y la fría humedad que la empapaba bajo las axilas y entre las nalgas. Le latía lento y desacompasado el corazón. Sí, el viento era frío; de repente tuvo frío, un frío húmedo por todo el cuerpo. Levantó la mano, que seguía temblando incontrolable, y se alisó el pelo; notó húmedo el nacimiento de los cabellos. Se llevó la mano al bolsillo y encontró un pañuelo con el que sonarse.
Ante ella estaba la verja de la primera casa.
Pensó en la mujer que acudiría a la puerta, en las explicaciones, en el rostro de la mujer y en la policía. ¿Por qué luché?, pensó de repente. ¿Para qué luché? ¿Por qué no le di el dinero y le dejé marcharse? Sus ojos enrojecidos, el olor y sus pies agrietados, llenos de fisuras, de erosiones. Se estremeció. El frío de la mañana fluyó por todo su cuerpo.
Se alejó de la puerta y salió lentamente a la carretera, como una inválida, comenzando a quitarse las espinas de las medias.

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2 comentarios

Hoy hemos madrugado los dos.Como siempre un excelente cuento, la verdad que me quedo de piedra con la cantidad de coincidencias:"dio la vuelta con este a un pino con flecos oscuros y a un arbusto, delicadamente podado, al que recordaba en verano cargado de ramas de flores blancas como cristales"."no supo en qué momento, de modo que, recordando alguna cosa de su niñez, levantó la mano hasta el rostro y se la olió.Sí, era como lo recordaba, no como pretenden los químicos con las sales de baño,", y el hombre. Es como si el hombre del puente de cierto cuento hubiera llegado quién sabe cómo desde éste... Hablo de la coincidencia entre dos cuentos. Pero lo único cierto es que yo estoy seguro de que ambos cuentos aún no se conocían hasta ahora.Después de todo va a ser verdad eso que dicen de que todos escribimos en realidad lo mismo con sencillas variaciones en los temas... aunque el final de este cuento me gusta mucho más.

25 de mayo de 2014, 7:49

Hola Bruno.
Dicen los estudiosos de la liteatura que todo sobre lo que se podía escribir, sea divino o humano, ya está en la literatura griega y latina y que toda la literatura posterior es simplemente una variación y actualización de los mismos temas, así que tu opinión encaja con ello.
Un saludo.

25 de mayo de 2014, 14:36

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