Angela Carter - "Lobalicia"

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El cuento pertenece al Volumen "La cámara sangrienta y otros cuentos".
La versión es la de Matilde Horne.





Si esta chiquilla harapienta de orejas moteadas supiera hablar como hablamos nosotros, diría que es un lobo, pero ella no sabe hablar, aunque aúlla porque está muy sola —si bien tampoco aullar es la palabra justa ya que ella es todavía lo bastante pequeña para que esos ruidos que hace, burbujeantes, deliciosos, como de una paila con grasa puesta al fuego, sean ruidos de cachorro. A veces, el aguzado oído de su especie adoptiva escucha su llamada a través del irreparable abismo de ausencia; y desde los pinares lejanos, desde la yerma cresta de la montaña, ellos le responden. El contrapunto cruza y recruza el cielo de la noche; ellos tratan de hablarle, pero no pueden hacerlo porque ella, aunque sepa usarlo, no comprende su lenguaje, porque ella, ella misma, no es un lobo, aunque las lobas la hayan recruza el cielo de la noche; ellos tratan de hablarle, pero no pueden hacerlo porque ella, aunque sepa usarlo, no comprende su lenguaje, porque ella, ella misma, no es un lobo, aunque las lobas la hayan amamantado.
La lengua le cuelga, jadeante, fuera de la boca; sus labios son llenos, lozanos. Sus piernas, largas, delgadas y musculosas. Hay espesas callosidades en sus codos, manos y rodillas, porque siempre corre en cuatro patas. Jamás camina; o trota o galopa. Su andar no es el nuestro.
El bípedo escruta, el cuadrúpedo husmea. Su larga nariz está siempre alerta, trasegando cuanto olor le sale al paso. Con esa valiosa herramienta ella investiga minuciosamente todo cuanto vislumbran sus ojos. A través de los finos, velludos, sensitivos filtros de su nariz, ella percibe del mundo mucho más que nosotros, de modo que su pobre visión no la arredra. Su olfato es de noche más sutil que nuestra vista durante el día, y es por eso que ella prefiere la noche cuando la fría luz refleja de la luna no le irrita los ojos y decanta los diversos aromas de los bosques por donde ella merodea cuando puede. Pero los lobos, hoy en día, se cuidan de ponerse a tiro de las escopetas de los campesinos, y ya no habrá de encontrarlos en esos parajes.
Ancha de hombros, larga de brazos, duerme sucintamente enroscada, apelotonada como si con el rabo se abrigara el espinazo. Nada en ella es humano, salvo el hecho de que no es un lobo; es como si el pelaje que ella creía tener se hubiese amalgamado con su piel hasta volverse parte de ella, aunque no exista. Al igual que las bestias salvajes, ella vive sin futuro. Sólo habita el tiempo presente, la fuga del continuo, un mundo de inmediatez sensual tan sin esperanza como sin desesperanza.
Cuando la encontraron en la madriguera, junto al cadáver acribillado de su madre adoptiva, no era más que un montoncito oscuro, tan enredada en su largo pelo castaño que no creyeron al principio que fuera una niña sino un lobezno; ella atacó a sus supuestos salvadores a dentelladas con sus filosos caninos hasta que ellos la amarraron por la fuerza. Pasó sus primeros días entre nosotros agazapada e inmóvil, los ojos fijos en la blanca pared de la celda del convento al que la llevaron. Las monjas le tiraban agua, la aguijoneaban con sus bastones para hacerla reaccionar. Y entonces ella les arrebataba el pan de las manos y corría a un rincón para mordisquearlo de espaldas a ellas; fue un gran día entre las novicias aquel en que aprendió a sentarse sobre sus patas traseras y a mendigar un bocado.
Descubrieron que, si le demostraban un poco de ternura, no era intratable. Aprendió a reconocer su propio plato; luego, a beber de un tazón. Descubrieron que podía aprender con relativa facilidad ciertas habilidades simples, pero no sentía el frío y pasó mucho tiempo antes de que lograran que consintiera en pasarse por la cabeza una camisa que cubriera su insolente desnudez. Y sin embargo siempre parecía salvaje, rebelde a las restricciones, caprichosa; cuando la madre superiora intentó enseñarle a dar las gracias por haberla rescatado de los lobos, ella arqueó el lomo, piafó, corrió a refugiarse en un lejano rincón de la capilla, se agazapó, tembló, orinó, defecó; vuelta por completa, se hubiera dicho, a su estado natural. Por consiguiente, sin remordimiento alguno, tras nueve días de desconcierto y de fastidio, este engendro de niña fue entregada al servicio de la luctuosa y non sancta casa del duque.
Depositada en el castillo, jadeó y husmeó y sólo percibió un olor de carne rancia, ni la más leve vaharada de azufre ni de familiaridad. Se sentó en cuclillas, con ese suspiro perruno que no es sino una mera expulsión del aire y no implica ni alivio ni resignación.
El duque es seco como papel viejo; su piel apergaminada cruje contra las sábanas cuando él las hace a un lado para sacar sus piernas enjutas, escaradas de las viejas cicatrices que las espinas han rasgado en su pellejo. Vive en una tétrica mansión, absolutamente solo salvo esta niña que tiene tan poco en común con el resto de nosotros, como él. Su alcoba, pintada de color terracota, está enmohecida por una pátina de dolor, como las paredes de una carnicería ibérica, pero a él nada puede ya dañarlo, pues su imagen ha dejado de reflejarse en el espejo.
Duerme en una cama de opaco hierro negro ornada de cornamentas, hasta que la luna, emperatriz de las transformaciones y protectora de los sonámbulos, mete un dedo imperioso por la ventana estrecha y le golpea la cara: entonces sus ojos se abren.
De noche, esos ojos suyos, enormes, inconsolables, rapaces, son engullidos por las relucientes, dilatadas pupilas. Sus ojos no ven más que apetito. Se abren para devorar el mundo en el cual ya no ve, en parte alguna, su imagen reflejada; ha pasado a través del espejo y ahora, en adelante, vivirá como si estuviera al otro lado de las cosas.
Leche de luna derramada, brillante, sobre la hierba crispada de escarcha; dicen que en noches como ésta, noches lunadas, metamórficas, si uno ha sido lo bastante insensato como para aventurarse a salir a horas tardías, es fácil encontrarlo deslizándose a lo largo del muro del cementerio con medio torso suculento colgado a la espalda. La luz blanca lava los campos y los vuelve a lavar hasta que todo resplandece y él deja huellas de sus zarpas en la escarcha cuando, en sus nocturnas fiestas lobunas, corre aullando alrededor de los sepulcros.
A la temprana hora escarlata del ocaso invernal, todas las puertas, en millas a la redonda, están cerradas con tranca. Las vacas se acurrucan nerviosas en el establo cuando él pasa; los perros hunden lloriqueando el morro entre las patas. El lleva sobre sus frágiles hombros una espeluznante carga de horror; ha encarnado al comecadáveres, al ladrón de despojos que invade los últimos bastiones de los muertos. Es blanco como la lepra, las uñas de sus manos son escarpas, y nada lo arredra. Si rellenas con ajo un cadáver, qué va, a él se le hace agua la boca: cadavre provençale. Usará la santa cruz para rascarse la espalda y se echará sobre la pila para lamer, sediento, el agua bendita.
Ella duerme en las cenizas muelles, tibias del hogar; las camas son trampas, no se acostará en ellas. Puede realizar los contados, menudos quehaceres que le enseñaron las monjas, barre y recoge en una pala los cabellos, las vértebras y falanges, que se amontonan en el suelo del aposento del duque, le tiende la cama a la hora en que se pone el sol, cuando él se levanta y allá afuera las bestias salvajes aúllan como si supieran que su licantropía no es más que una parodia. Despiadados con sus presas, son tiernos con los de su misma especie; si el duque fuera un lobo, lo habrían expulsado con furia de la manada, y él hubiera tenido que cojear millas y millas en pos de ellos, arrastrándose sumiso sobre su vientre, para llegar al festín demasiado tarde, a roer los huesos ya sin carne y mordisquear los pellejos, cuando ellos, ya saciados, se hubieran dormido. Pero ella, amamantada como fue por las lobas allá en las tierras altas donde su madre la diera a luz y la abandonara, ella, que sólo es su sirvienta, que no es loba ni mujer, no sabe de otra suerte que la de realizar por él esos sucios menesteres.
Se ha criado con fieras salvajes. Si se pudiera transportarla, mugrienta como está, con sus andrajos y su confusión feral, al Edén de nuestros primeros albores donde Eva y el gruñón de Adán, acuclillados en un vergel de margaritas, se sacaban mutuamente los piojos, quizá llegara a ser la sabia criatura que los guiaría a todos, y su silencio y sus aullidos, un lenguaje tan auténtico como cualquier lenguaje de la naturaleza. En un mundo de bestias y flores hablantes, ella sería el capullo de carne en la boca del buen león: pero ¿cómo, de una cicatriz, podría regenerar su pulpa la manzana mordida?
La mutilación es un sino; no obstante, de cuando en cuando ella emite el involuntario susurro de un sonido, como si las cuerdas vírgenes de su garganta fueran un arpa eólica que se moviera al antojo del viento, y su voz fuera más oscura que las voces de los mudos.
Profanaciones familiares en el cementerio de la aldea. El ataúd había sido violado de un tirón, con la impaciencia con que un niño desempaqueta un regalo la mañana de Navidad, y, de su contenido, ni un rastro pudo hallarse, salvo un jirón del velo nupcial en que amortajaron el cadáver y que, enganchado en los zarzales del portal del cementerio, flotaba al viento, de modo que pudo saberse en qué dirección lo había llevado él, camino a su lóbrego castillo.
En el ínterin, el lapso de existencia de ese lugar de exilio, esta niña ha crecido rodeada de cosas que ella no podía nombrar ni percibir. Cómo pensaba, cómo sentía esta perenne extranjera con sus pensamientos hirsutos y su sensitividad primaria que existían en un fluir de impresiones cambiantes. No hay palabras para describir la forma en que salvó el abismo entre sus sueños, aquellos despertares extraños como su dormir. Los lobos habían cuidado de ella porque sabían que era una loba imperfecta; nosotros la recluimos en una soledad animal porque temíamos esa imperfección suya que nos mostraba lo que hubiéramos podido ser, y así pasó el tiempo, aunque casi sin que ella lo supiera. Y un día empezó a sangrar.
Su primera sangre la desconcertó. No sabía qué era aquello y los primeros atisbos de deducción que jamás intentara se encaminaron hacia su posible causa. La luna llena iluminaba la cocina cuando se despertó al sentir el extraño goteo entre los muslos y se le ocurrió que algún lobo encariñado con ella, como se encariñaban los lobos, y que habitara ¿quizá en la luna? debió de mordisquearle la vulva mientras ella dormía, la había sometido a una serie de picotazos demasiado delicados para despertarla pero lo bastante punzantes como para desgarrarle la piel. La forma de esta teoría era confusa, pero a partir de ella empezó a echar raíces una suerte de raciocinio salvaje, como una semilla que hubiese caído en su cerebro de la pata de un pájaro en vuelo.
El flujo continuó unos pocos días que a ella le parecieron un tiempo interminable. No tenía aún ninguna noción directa de pasado, ni de futuro, ni de duración, sólo de momento inmediato, inmensurable.
De noche, merodeaba por la casa vacía en busca de trapos que absorbieran la sangre. Había aprendido un poco de higiene elemental con las monjas, lo bastantes como para saber enterrar sus excrementos y limpiar sus secreciones naturales, y aunque las monjas no tenían los medios de informarle cómo sucederían las cosas, no fue pulcritud sino vergüenza lo que la indujo a hacerlo.
Encontró toallas, sábanas y fundas en armarios que nadie había abierto desde que el duque llegara al mundo chillando, con todos sus dientes para arrancar de un mordisco el pezón de su madre y echarse a llorar. Halló vestidos de baile usados sólo una vez en guardarropas cuajados de telarañas y, amontonados en los rincones de su cámara sangrienta, sudarios, camisones y mortajas que habían envuelto los diversos platos del menú del duque. Cortó tiras de las telas más absorbentes para improvisar sus toscos pañales. En el curso de tales merodeos tropezó con aquel espejo por cuya superficie pasaba el duque como un viento sobre el hielo.
Primero, restregó el morro contra su reflejo; luego, husmeándolo industriosamente, descubrió que no tenía olor. Se amorató la nariz contra el frío cristal y se rompió las uñas tratando de pelear con aquella criatura desconocida. Vio, irritada, luego divertida, cómo la criatura imitaba cada uno de sus gestos, cuando alzaba la zarpa delantera para rascarse, o se frotaba el culo contra la alfombra polvorienta para librarse de alguna molestia en los cuartos traseros. Restregó la cabeza contra el reflejo de su propio rostro para demostrarle amistad, y sintió una superficie fría, sólida, impenetrable entre ella y ella misma —¿una suerte, tal vez, de jaula invisible?—, pero a pesar de aquella barrera, se sentía lo bastante sola como para pedirle a la criatura, mostrándole los dientes y sonriéndole, que tratase de jugar con ella; al instante recibió una invitación idéntica.
Se regocijó; empezó a girar alrededor de sí misma, lanzando gañidos exultantes, pero al alejarse del espejo se detuvo perpleja en medio de su éxtasis al ver que su nueva pequeña se volvía cada vez más pequeña.
La luz de la luna se derramó desde atrás de una nube en la inmóvil alcoba del duque, y pudo ver cuán pálido era ese lobo-no lobo que jugaba con ella. La luna y los espejos tienen algo en común: no se ve lo que hay detrás. Iluminada por la luna y blanca, Lobalicia se miró en el espejo y se preguntó si no estaría viendo a la fiera que venía a mordisquearla por las noches. De pronto sus orejas sensitivas se irguieron: ruido de pasos en el vestíbulo; de regreso al trote a su cocina, encontró al duque con la pierna de un hombre en bandolera. Las uñas de sus pies repiquetearon escaleras abajo y pasó indiferente junto a él, ella, la serena, la inviolable en su absoluta y verminosa inocencia.
Pronto el flujo cesó. Ella lo olvidó. Desapareció la luna; pero poco a poco volvió a aparecer. Cuando una vez más brilló de lleno en la cocina, Lobalicia se sorprendió sangrando nuevamente, y así continuó sucediendo, con una puntualidad que transformó su hasta entonces vaga noción del tiempo. Aprendió a esperar esas sangrías, a preparar sus trapos para recibirlas y luego a enterrarlos pulcramente.
La secuencia se acuñó en costumbre y Lobalicia aprendió así a la perfección el principio circunambulatorio del reloj, pese a que todos los relojes habían sido desterrados de ese antro en el que ella y el duque compartían sus solitarias soledades. Podría pues decirse que en virtud de este ciclo recurrente ella había descubierto la acción misma del tiempo.
Cuando se acurrucaba entre las cenizas, el color de éstas, su textura y su tibieza le traían desde el pasado el vientre de su madre adoptiva y lo imprimían en su carne: su primer recuerdo consciente, doloroso como la primera vez que las monjas le peinaron los cabellos. Aullaba un poco, en una trayectoria más firme, cada vez más profunda para obtener el consuelo inescrutable de la respuesta de los lobos, pues ahora el mundo en torno de ella empezaba a cobrar forma. Percibía una diferencia esencial entre ella misma y lo que la rodeaba, ese entorno que se diría aún impalpable para ella —pero en el lobos, pues ahora el mundo en torno de ella empezaba a cobrar forma. Percibía una diferencia esencial entre ella misma y lo que la rodeaba, ese entorno que se diría aún impalpable para ella —pero en el que los árboles y las hierbas de los prados no parecían ya la emanación de su nariz inquisitiva y sus orejas erectas, y sin embargo suficiente en sí mismo, una especie de telón de fondo que esperaba su llegada para cobrar sentido. Se veía a sí misma en él y sus ojos, con su claridad sombría, adquirieron una expresión velada, introspectiva.
Pasaba horas examinando la nueva piel que le había nacido, parecíale, de sus sangrías. Se lamía las suaves redondeces con su larga lengua y se arreglaba el pelo con las uñas. Examinaba sus pechos nuevos con curiosidad; esas blancas excrecencias nada le recordaban tanto como ciertos bejines brotados de la noche a la mañana que ella encontraba, a veces, en sus vagabundeos nocturnos por el
bosque, una aparición natural aunque desconcertante; pero luego, para su asombro, descubrió una pequeña diadema de vello entre sus muslos. Se la mostró a su amiga del espejo, quien la tranquilizó mostrándole que también ella la tenía.
El duque maldito merodea por el cementerio. Cree ser a la vez menos y más que un hombre, como si su obscena diferencia fuera un signo de gracia. Durante el día, duerme. El espejo refleja fielmente la cama, pero nunca su magra figura bajo las mantas revueltas.
A veces, en esas noches blancas en que ella se quedaba sola en la casa, sacaba del arcón los vestidos de baile de la abuela del duque y se envolvía en terciopelos suaves y en encajes abrasivos porque el hacerlo deleitaba a su piel adolescente. Su íntima amiga del espejo se ceñía las mismas viejas prendas alrededor del cuerpo frunciendo la nariz con deleite al sentir los aromas vetustos pero aún potentes del almizcle y el civeto que se despertaban en las mangas y en los corpiños. Esa habitual y al cabo tediosa fidelidad a cada uno de sus movimientos terminó por abrirle los ojos a la triste sospecha de que su compañera no fuese nada más que una variedad particularmente ingeniosa de la sombra que ella proyectaba sobre la hierba a la luz del sol. ¿Acaso no habían jugueteado y retozado, ella y el resto de la carnada, tiempo atrás, con sus propias sombras? Asomó su ágil nariz por detrás del espejo; sólo encontró polvo, una araña atrapada en su tela, un montón de trapos. Una ligera humedad le rezumó de las comisuras de los ojos, y sin embargo su relación con el espejo se había vuelto ahora mucho más íntima, puesto que sabía que era ella misma a quien veía en él.
Tocó y removió durante un rato el vestido que el duque había dejado arrumbado detrás del espejo. Pronto le había quitado todo rastro de polvo; experimentalmente, insertó las patas delanteras en las mangas. Aunque el vestido estaba roto y arrugado, era tan blanco y de una textura tan sinuosa que pensó que antes de ponérselo debía lavarse la costra de ceniza bajo la bomba de agua del patio que con su diestra zarpa delantera ella sabía cómo accionar. En el espejo, vio cómo ese vestido blanco la hacía resplandecer.
Aunque con faldas y en dos patas ya no podía correr tan ligero, salió al trote de la casa con su vestido nuevo a investigar los fragantes setos de octubre, como una debutante del castillo enamorada de sí misma pero aún, de vez en cuando, cantando para los lobos en una suerte de triunfo melancólico, porque ahora había aprendido a llevar ropa y ésa era la prueba visible de su diferencia.
Sus pisadas en la tierra húmeda son hermosas y amenazadoras como las que dejaba sobre la arena el hombre llamado Viernes.
El joven esposo de la novia muerta ha pasado largo tiempo planeando su venganza. Ha llenado la iglesia de un arsenal de campanas, libros y velas; una batería de balas de plata; han traído desde la ciudad, donde fue bendecido por el propio arzobispo, un tanque de diez galones de agua bendita, para ahogar en ella al duque, por si las balas rebotaran en él. Se han congregado en la iglesia para cantar letanías y esperar a aquel que con las primeras muertes del invierno vendrá de visita.
Ahora Lobalicia sale más a menudo por las noches, el paisaje se congrega en torno de ella, ella parece imbuirlo de su presencia. Ella es su significado.
Le pareció que los feligreses reunidos en la iglesia intentaban en vano imitar el coro de los lobos. Durante un rato les prestó la ayuda de su voz educada, balanceándose contemplativamente sobre sus ancas a las puertas del cementerio; de pronto, las aletas de su nariz se crisparon al percibir un hedor a muerto que le hizo saber que su convecino andaba cerca; irguiendo la cabeza, ¿a quién divisaron sus nuevos ojos perspicaces sino al señor del castillo de las telarañas resuelto a perpetrar sus rituales caníbales?
Si las aletas de su nariz se agitan suspicaces ante el penetrante olor del incienso y las de él no, ello se debe a que Lobalicia es mucho más sensitiva. Por consiguiente, ella echa a correr, ¡correr!, al oír el estampido de las balas, porque ellas mataron a su madre adoptiva; y así, con el mismísimo rítmico galope, empapado en agua bendita, echará a correr también él, hasta que el joven viudo dispare la bala de plata que le muerda el hombro y le arranque la mitad del pellejo postizo, de modo que deberá erguirse como cualquier bípedo y renquear desesperado lo mejor que pueda.
Cuando vieron a la blanca desposada emerger de entre las lápidas y echar a correr hacia el castillo con el licántropo dando tumbos en pos de ella, los campesinos pensaron que la más amada víctima del duque había regresado para hacer justicia por su propia mano. Y profiriendo gritos, huyeron despavoridos de la presencia de una venganza fantasmal.
Pobre criatura herida... Atrapada a mitad de camino entre dos tan extraños estados, una transformación abortada, un misterio incluso, y ahora, contorsionándose en el negro lecho de esa alcoba semejante a una tumba micénica, aúlla como un lobo con la pata cogida en una trampa o como una parturienta, y sangra.
Al principio, cuando oyó los ruidos del dolor, Lobalicia tuvo miedo, miedo de que la dañaran, como lo hicieron antes. Dio vueltas y vueltas en torno de la cama, gruñendo, husmeándole esa herida que no huele como la suya. Luego, como su escuálida madre gris, sintió piedad; saltó a la cama para lamerle sin titubeos, sin repugnancia, con una gravedad tierna, espontánea, la sangre y el polvo de las mejillas y la frente.
La lucidez de la luz de la luna ha iluminado el espejo apoyado contra la pared roja; el cristal racional, el amo de lo visible, ha registrado imparcial a la niña canturreante.
Y mientras ella oficia su liturgia, este espejo, con lentitud infinita, ha ido cediendo a la fuerza refleja de su propia construcción material. Poco a poco ha ido apareciendo en él, cual la imagen que emerge en el papel fotográfico, primero una malla informe de tracería, la presa cogida en su propia red, y luego, con contornos más firmes aunque todavía borrosos, y al final tan vívidos como la vida misma, como creado por la lengua suave, húmeda, delicada de ella, el rostro del duque.

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