Roald Dahl - "Caperucita Roja y el Lobo"

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Por último, la visión perversa del genio galés. Tres versiones muy diferentes, leed y escoged. Viene de aquí y aquí.
Estando una mañana haciendo el bobo
le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
¿Puedo pasar, Señora? , preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando: ¡Este me come de un bocado! .
Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí le cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:
Sigo teniendo un hambre aterradora...
¡Tendré que merendarme otra señora! .
Y, al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la Selva!
‑‑que así llamaba al Bosque la alimaña,
creyéndose en Brasil y no en España‑.
Y porque no se viera su fiereza,
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.

Llegó por fin Caperu a mediodía
y dijo: ¿Cómo estás, abuela mía?
Por cierto, ¡me impresionan tus orejas! .
Para mejor oírte, que las viejas
somos un poco sordas . ¡Abuelita,
qué ojos tan grandes tienes! . Claro, hijita,
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte Don Ernesto
el oculista , dijo el animal
mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente. De repente
Caperucita dijo: ¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno! .
El Lobo, estupefacto, dijo: ¡Un cuerno!
0 no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!
'¿Me estás tomando el pelo ... ? Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa .
Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revólver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y ‑¡pam!‑ alli cayó la buena pieza.

Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el Bosque... ¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
Pues nada menos que un sobrepelliz
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.

This entry was posted on 21 mayo 2009 at 20:36 and is filed under , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

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