Heinrich von Kleist - "El terremoto de Chile"

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Poeta, dramaturgo, novelista y cuentista romántico alemán.
La versión es la de Roberto Bravo de la Varga.




En Santiago, la capital del reino de Chile, en el preciso instante en que se registraba el terrible temblor de tierra del año 1647, que se cobró la vida de miles y miles de personas, un joven español llamado Jerónimo Rugera estaba a punto de ahorcarse de un pilar de la prisión donde le habían encerrado acusado de un crimen. Haría como un año que don Henrico Asterón, uno de los hombres más nobles y acaudalados de la ciudad, le había expulsado de su casa, donde Jerónimo había entrado a trabajar como preceptor, al enterarse del tierno romance que mantenía con su única hija, doña Josefa. Tras amonestar con firmeza a la muchacha, y llevado por un malicioso celo, el orgulloso hermano puso al anciano caballero sobre la pista de un billete en el que los amantes concertaban una cita secreta; aquello indignó de tal modo al padre que decidió recluir a la joven en el monasterio de las carmelitas de Nuestra Señora del Monte. Una feliz coincidencia facilitó una salida a Jerónimo, que no sólo encontró el modo de continuar su relación, sino que además colmó sus últimas esperanzas en una noche callada en el jardín del propio convento. En la festividad del Corpus Christi, acababa de dar comienzo la solemne procesión de las monjas, seguidas por las novicias, cuando, al tañido de las campanas, la desdichada Josefa se desplomó sobre la escalinata de la catedral por los dolores del parto. Este incidente provocó un escándalo formidable; prendieron a la joven pecadora y, sin ninguna consideración por su estado, la mandaron directamente a la prisión. Apenas se había repuesto del parto, cuando, por orden del arzobispo, fue sometida a un implacable proceso. Los comentarios que se oyeron en la ciudad sobre este caso fueron de tal calibre y tan infames las calumnias que vertieron las afiladas lenguas del populacho sobre el convento de las carmelitas, que nada pudo aplacar el rigor con el que la ley eclesiástica cayó sobre la muchacha, ni la intercesión de la familia Asterón ni las recomendaciones de la propia abadesa, que había cogido cariño a la novicia por su intachable comportamiento. La condenaron a morir quemada, sentencia que levantó una gran indignación tanto entre las doncellas como entre las madres de Santiago, y que más tarde el virrey conmutó por la decapitación. No se pudo hacer más por ella. Las ventanas y balcones de las calles por las que había de pasar la comitiva hacia el cadalso se alquilaban y hasta se levantaron los tejados de las casas para que las piadosas hijas de la ciudad pudieran invitar a sus amigas a asistir en fraternal compañía al espectáculo con que la justicia divina vengaría aquella afrenta. Jerónimo, recluido a su vez en una prisión, estuvo a punto de perder el juicio al enterarse del espantoso giro que habían tomado los acontecimientos. En vano pensó en una forma de salvar a su amada. Donde quiera que le llevaran las alas de sus pensamientos más audaces, chocaba con cerrojos y muros. Trató de escapar limando los barrotes de su celda, pero fue descubierto y se le recluyó en un calabozo aún peor. Se arrojó a los pies de la imagen de la Santa Madre de Dios y le rezó con infinito fervor, pensando que sólo ella podía procurarle la salvación. Llegó el fatídico día y, consciente de que la situación era irrevocable, le embargó una profunda desolación. Al oír las campanadas que acompañaban al cadalso a Josefa, la angustia se apoderó de su alma. La vida se le antojó insoportable y decidió darse muerte colgándose de una soga que la casualidad había puesto en sus manos.
Como ya se ha dicho, en el preciso momento en que sujetaba a un pilar de la pared la soga que había de arrancarle de este valle de lágrimas, pasándola por una argolla de hierro que sobresalía de la cornisa, más de media ciudad se hundía de repente con un terrible estrépito, como si el firmamento entero acabara de desplomarse sobre ella, y todo lo que alentaba vida quedó enterrado bajo sus escombros. Petrificado de espanto y muy abatido, Jerónimo Rugera se agarró al pilar en el que poco antes buscaba la muerte para no caer. El suelo se estremeció bajo sus pies, todas las paredes de la prisión se resquebrajaron, el edificio entero se inclinó para desplomarse sobre la calle; sólo la caída de la casa de enfrente, con la que topó cuando estaba a punto de derrumbarse, evitó que quedara reducido a escombros. La casualidad quiso que entre ambas moles quedara un hueco. Temblando, con el cabello erizado y las rodillas vacilantes, Jerónimo se arrastró por el suelo buscando la abertura que la colisión de las dos construcciones había dejado en la pared delantera de la prisión. Una vez fuera, se produjo un segundo temblor que hundió la calle, dejándola completamente devastada. Sin saber qué hacer para salvarse de lo que parecía una muerte segura, se puso a correr y a saltar por encima de escombros y vigas, mientras la destrucción se cernía sobre él a cada paso que daba. Al final consiguió llegar a la puerta más cercana de la ciudad. Allí se desplomó otra casa. Los cascotes salieron volando en todas las direcciones y él se vio obligado a buscar refugio en una calle lateral, donde las llamas lamían ya los aleros de los tejados, destellando en medio de nubes de humo; Jerónimo huyó espantado a otro callejón, donde se topó con el río Mapocho, que se había desbordado, y cuyas aguas le arrastraron a una tercera calle. Allí encontró montones de víctimas; bajo los cascotes gemían algunas voces, otras gritaban desde los tejados en llamas, hombres y animales luchaban para no ser arrastrados por las aguas, algún valiente se esforzaba por salvarlos, otro, pálido como la muerte, alzaba las manos temblorosas hacia el cielo, mudo de espanto. Jerónimo consiguió salir de allí y ascendió a una colina que se elevaba a las puertas de la ciudad, donde quedó tendido en el suelo sin sentido. Habría pasado un cuarto de hora, en el que estuvo completamente inconsciente, cuando despertó y trató de incorporarse, con la espalda vuelta hacia la ciudad. Se palpó la frente y el pecho para cerciorarse de que no estaba herido. Cuando sintió de nuevo el viento del oeste que soplaba desde el mar le invadió una indescriptible sensación de bienestar, como si le insuflara vida. Recorrió con la mirada la floreciente comarca de Santiago, fijándose en todos los detalles. Vio gente por todas partes, y, al advertir la confusión reinante, le dio un vuelco el corazón; por unos instantes no entendió qué hacían allí y por qué él se hallaba en la montaña; sólo cuando se volvió y divisó la ciudad derruida, recordó la terrible experiencia que acababa de vivir. Postrado en tierra, tocando el suelo con la frente, dio gracias a Dios por su milagrosa salvación; se sentía profundamente conmovido; nuevas emociones borraban de su ánimo la tristeza y el dolor, y lloró de gozo por poder seguir disfrutando de la dulzura de la vida, llena de fuerza y color. De pronto, al ver el anillo que aún llevaba en el dedo, se acordó de Josefa, así como de su prisión y de las campanadas que había oído momentos antes de que el mundo se viniese abajo. De nuevo le embargó una profunda melancolía y empezó a arrepentirse de la oración que acababa de elevar a aquel ser terrible que reinaba por encima de las nubes. Se mezcló con la gente que intentaba poner a salvo sus pertenencias y salía a toda prisa por las puertas de la ciudad; y se atrevió a preguntar tímidamente por la hija de Asterón, pero nadie pudo darle razón de la joven ni aclararle si se la había ajusticiado. Pasó una mujer encorvada arrastrando una descomunal carga de enseres y dos niños agarrados a su falda que le dijo a Jerónimo, como si hubiera sido testigo presencial del hecho, que la joven novicia había sido decapitada. Jerónimo dio media vuelta. Considerando los minutos que habían transcurrido desde que oyera las campanas y el terremoto, tampoco a él le cabía ninguna duda de que la sentencia se hubiera cumplido; de ese modo, se refugió en un bosque solitario para entregarse por entero a su dolor, deseando que la fuerza destructora de la naturaleza se abatiera de nuevo sobre él. No comprendía por qué había escapado a la muerte, cuando ésta era la única salida a su pesadumbre, una solución que se le aparecía en cada esquina para redimirle. Se prometió a sí mismo que, aunque los robles se arrancaran de raíz y su copa se desplomase sobre él, no volvería a vacilar y se mantendría firme. Luego, conteniendo el llanto, descubrió entre ardientes lágrimas que la esperanza se abría paso en su pecho, así que se levantó y vagó sin rumbo por el campo. Recorrió la cumbre de la colina a la que seguía llegando gente de todas partes en busca de refugio. Jerónimo se abrió paso entre aquella marea humana agitada y bulliciosa. De vez en cuando, el vestido de alguna mujer ondeaba con el viento, y él se precipitaba con pasos temblorosos hacia el lugar donde le parecía haberla visto, pero nunca encontraba a la amada hija de Asterón. El sol se ocultó tras las montañas, y con él, se desvaneció su esperanza. Llegó al borde de una roca. Ante su vista se abría un amplio valle en el que no había demasiadas personas. Fue recorriendo de uno en uno los grupos que habían acampado allí, sin saber muy bien cómo debía actuar, y estaba a punto de volver sobre sus pasos cuando de pronto, junto a una fuente que recorría la garganta de un extremo al otro, acertó a divisar a una joven bañando a un niño. Su corazón se estremeció de alegría. Llegó hasta ella saltando por las piedras, con renovadas esperanzas. ¡Santa Madre de Dios! Al oír sus pasos, la mujer había vuelto la vista tímidamente, y él pudo reconocer a Josefa. ¡Con cuánto gozo se abrazaron aquellos desdichados a los que un milagro del cielo había concedido la salvación! Josefa se encaminaba a la muerte y ya estaba muy cerca del lugar donde iba a celebrarse la ejecución cuando uno de los edificios se había desplomado con un gran estruendo dispersando a la comitiva que la conducía al patíbulo. Llena de espanto, había dirigido sus pasos a la puerta más próxima; entonces había cobrado conciencia de la situación y se había encaminado precipitadamente hacia el convento, donde estaba su pequeño, que probablemente habría quedado desamparado. Había encontrado el claustro envuelto en llamas. La abadesa, que creía vivir sus últimos momentos, gritaba desesperada en el umbral pidiendo socorro para salvar al niño. Desafiando el denso humo que salía a su encuentro, Josefa había entrado en el edificio que ya se caía a pedazos y, como si todos los ángeles hubieran descendido del cielo para ampararla, al poco rato había salido por el pórtico ilesa y con su hijo en los brazos. Iba a echarse en los de la superiora del convento, que se llevaba las manos a la cabeza al advertir lo ocurrido, cuando ésta, y con ella casi todas sus monjas, desapareció sepultada por un derrumbamiento que, sin previo aviso, acabó con la fachada del edificio. Josefa se apartó temblando de aquella espantosa escena, se concedió el tiempo justo para cerrar los ojos a la abadesa y luego salió huyendo aterrorizada para arrancar a su amado hijo de las garras de la muerte, ahora que el cielo se lo había devuelto. No había dado más que unos pocos pasos cuando se encontró con el cadáver del arzobispo, que acababan de sacar de entre los escombros de la catedral y estaba destrozado. El palacio del virrey se había hundido, la corte de justicia en la que se había pronunciado la sentencia contra ella estaba en llamas y en el lugar que antes había ocupado la casa de su padre había aparecido un lago, que hervía lanzando al aire vapores rojizos. Josefa tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para seguir adelante. Caminó valientemente de calle en calle, sobreponiéndose como podía a la pena que anidaba en su pecho, y cuando estaba cerca de la puerta de la ciudad, vio reducida a escombros la prisión en la que Jerónimo había suspirado cautivo. Su ánimo vaciló y estuvo a punto de perder el sentido, pero, en ese instante, el edificio que tenía a su espalda, completamente deshecho por el terremoto, acabó de desplomarse obligándola a levantarse de nuevo; el miedo le insufló nuevas energías; besó al niño, se enjugó las lágrimas y, sin pararse a mirar el horror que la rodeaba, alcanzó la puerta de la ciudad. Una vez fuera, dio por sentado que quienes se encontraban dentro de aquellos edificios en el momento del terremoto habrían perecido por fuerza aplastados bajo los escombros. Llegó a un cruce de caminos y se detuvo. Aguardó un rato con la esperanza de ver aparecer a la persona que más amaba en el mundo, después del pequeño Felipe; pero, al darse cuenta de que no llegaba y de que el tumulto iba creciendo, decidió seguir su camino. Aún se detuvo una vez más para echar una última mirada a la ciudad, luego, derramando abundantes lágrimas, se internó en aquel oscuro valle, al que daban sombra las coníferas, para rezar por el alma de su amado, sin imaginarse que sería allí donde iba a encontrarle y que su felicidad convertiría aquel paraje en un auténtico Edén. Esto fue lo que relató a Jerónimo llena de emoción. Luego le tendió al niño para que le besara. Jerónimo tomó a su hijo y le acarició con indescriptible alegría. El niño, al ver ante sí el rostro de un desconocido, se puso a llorar, pero su padre se las arregló para tranquilizarle, cerrando su boquita con mimos. Aquella hermosísima noche, llena de destellos plateados, tan serena como sólo un poeta podría soñarla, extendió alrededor de la pareja un aroma de una dulzura prodigiosa. La gente llegaba de todas partes y se reunía en grupos a las orillas del manantial, cuyas aguas atravesaban el valle, iluminadas por el resplandor de la luz de la luna; allí preparaban blandos lechos de musgo y hojas para descansar de las fatigas de aquel aciago día. Los desdichados seguían quejándose por todo lo que habían perdido: éste, su casa; aquél, a su mujer y a su hijo; otro, todo en absoluto; así que Jerónimo y Josefa se internaron en lo más espeso de la floresta para no ofender a nadie con el secreto alborozo que sentían en el fondo de su alma. Encontraron un espléndido granado, cuyas ramas, llenas de aromáticos frutos, se extendían generosamente, y cuya copa albergaba a un ruiseñor que, con voz aflautada, entonaba una voluptuosa canción de amor. Jerónimo se echó a descansar junto al tronco; Josefa, en su regazo, y Felipe, en el de ella; y el primero cubrió a los tres con su capa. Recortándose contra la vaga luz del amanecer, la sombra del árbol se deslizó sobre ellos; la luna palideció ante la aurora y ellos saludaron el nuevo día sin haber pegado ojo en toda la noche, pues tenían infinidad de cosas sobre las que hablar: el jardín del convento, sus prisiones, lo que habían sufrido el uno por el otro, y se emocionaban al pensar la inmensa tragedia que había tenido que abatirse sobre el mundo para que ellos fueran felices. Decidieron que, en cuanto los temblores de tierra hubieran cesado, se marcharían a La Concepción, donde Josefa tenía una amiga de confianza; contaba con que ella les prestase algún dinero para comprar un pasaje y embarcar desde allí para España, donde residían unos familiares de Jerónimo por parte de madre. Allí vivirían felices hasta el fin de sus días. Con esta esperanza, entre incontables besos, se quedaron dormidos.
Cuando despertaron, el sol ya estaba en lo alto del cielo, y se dieron cuenta de que cerca de ellos había varias familias alrededor de un fuego ocupadas en preparar un pequeño desayuno. También Jerónimo empezó a pensar cómo haría para procurar alimento a los suyos. En ese momento, un joven bien vestido se acercó a Josefa con un niño pequeño en los brazos y le preguntó humildemente si no podría poner a su pecho a aquel pobre infeliz, aunque sólo fuera un rato, pues su madre yacía herida bajo los árboles. Josefa se quedó un poco confundida cuando reconoció al hombre, pero él, interpretando equivocadamente su confusión, siguió diciendo:
—No será más que un instante, doña Josefa. Tenga en cuenta que este niño no ha probado nada desde aquella hora que selló nuestra desgracia.
—Callaba… por otros motivos, don Fernando —replicó ella—. En estos terribles momentos nadie se niega a compartir lo poco que pueda tener.
Tomó a aquel pequeño, al que no conocía, y se puso a darle de mamar, dejando a su hijo con Jerónimo. Don Fernando se mostró muy agradecido por este favor, y les preguntó si no querrían unirse con él al resto del grupo, pues habían hecho un fuego y estaban a punto de preparar un pequeño desayuno. Josefa respondió que aceptaba gustosa el ofrecimiento y le siguió. Tampoco Jerónimo tuvo nada que objetar. Fueron hasta donde estaba su familia. Las cuñadas de don Fernando, damas jóvenes y dignas de todo respeto, les recibieron con sumo cariño y amabilidad. Doña Elvira, la esposa de don Fernando, yacía en el suelo con graves heridas en los pies. Cuando vio a su maltrecho bebé en el pecho de Josefa, se abrazó a ella agradecida. También don Pedro, su suegro, que estaba herido en el hombro, asintió con la cabeza afectuosamente. En el alma de Jerónimo y de Josefa se agitaban los pensamientos más insólitos. Al ver la confianza y la cordialidad con la que los trataban, no sabían qué pensar de lo que les había ocurrido en el pasado: el patíbulo, la prisión, las campanas…, ahora todo aquello les parecía una pesadilla. Era como si aquella terrible sacudida, que había estremecido hasta los cimientos de su alma, hubiera servido para que la gente se reconciliase con sus semejantes. Cuando se ponían a recordar, no lograban remontarse más allá del terremoto. La mañana anterior, una amiga había invitado a doña Elisabeth a su casa para presenciar el espectáculo que había tenido en vilo al pueblo en los últimos tiempos, pero ella no había aceptado la invitación. De vez en cuando dirigía su mirada a Josefa y se perdía en ensoñaciones, pero entonces llegaban noticias sobre cualquier nueva desgracia que la devolvían al terrible presente del que su alma acababa de escapar. Según decía, después del primer gran temblor muchas mujeres se habían puesto de parto y daban a luz a la vista de todo el mundo; los monjes recorrían las calles con el crucifijo en la mano gritando que había llegado el fin del mundo; cuando unos guardias exigieron el desalojo de un iglesia por orden del virrey, los de dentro les respondieron que en Chile ya no había virrey; de hecho, en los momentos más críticos, la autoridad había tenido que levantar cadalsos para poner freno al bandidaje; un inocente que trató de salvarse atravesando una casa en llamas y saltando por la parte de atrás, había sido atrapado por el propietario de la misma que, sin pensárselo dos veces, lo denunció, de modo que el infeliz fue ahorcado. Doña Elvira, a quien Josefa curaba las heridas, había aprovechado aquellos tortuosos relatos, a cuál más trágico, para preguntarle cómo había vivido ella aquel terrible día. Con el corazón en un puño, la joven refirió a grandes rasgos su historia. Al acabar, observó complacida que las lágrimas brotaban de los ojos de la dama. Doña Elvira le tomó la mano, la estrechó entre las suyas y le hizo un guiño para que no siguiera hablando. Josefa se sentía en la gloria. Por extraño que parezca, no podía dejar de pensar que el día anterior, con todas sus miserias, había sido una bendición, la mayor que el cielo hubiera derramado sobre ella. Ciertamente, en estos momentos de tribulación, cuando los bienes materiales que codician los hombres se habían desmoronado y hasta la naturaleza estaba a punto de quedar sepultada, el espíritu humano parecía abrirse como una hermosa flor. Hasta donde alcanzaba la vista, los campos estaban atestados de gente de toda clase y condición, mezclados entre sí: príncipes y mendigos, damas y campesinas, funcionarios y jornaleros, monjes y monjas, se compadecían unos de otros, se prestaban ayuda, compartían con alegría lo poco que habían salvado para su sustento, como si la desgracia que se había abatido sobre la población hubiera convertido a quienes habían escapado de ella en una familia. En lugar de las conversaciones vacías, de los temas triviales que solían tratarse a la hora del té, cobraba protagonismo la conducta ejemplar de hombres que hasta entonces habían pasado desapercibidos para la sociedad y, sin embargo, en esos instantes decisivos habían demostrado una altura gigantesca equiparable a la grandeza de los héroes clásicos de la antigua Roma y habían dado mil pruebas de valor, de abnegación, de sacrificio sobrehumano, despreciando el peligro alegremente y jugándose la vida, sin pensarlo dos veces, como si fuera el bien más insignificante y se pudiera recuperar en cualquier momento. No había nadie que aquel día no hubiera presenciado alguna escena conmovedora o que no hubiese realizado algo grandioso sacando fuerzas de flaqueza; por todo ello, el dolor que hombres y mujeres sentían en su pecho se mezclaba con una dulce alegría, y así, entrando en cuentas con uno mismo, era imposible determinar si la suma de lo que habían perdido y el bienestar al que habían tenido que renunciar no se compensaba con la bondad que ahora atesoraban. Llevaban un buen rato en silencio, dando vueltas a estas ideas en su cabeza, cuando Jerónimo tomó a Josefa del brazo con inefable júbilo y la invitó a dar un paseo por el bosque de granados, disfrutando de la sombra de los árboles. Después de ver el ánimo de la gente y el vuelco que había dado la situación, se había replanteado su proyecto de embarcarse para Europa. Tal vez no mereciera la pena. Iría a postrarse a los pies del virrey, en caso de que siguiera vivo, y suplicaría clemencia, pues siempre se había mostrado favorable a su causa. Mientras besaba a su amada, Jerónimo confesó que aún tenía esperanzas de quedarse a vivir con ella en Chile. Josefa admitió que a ella también se le habían pasado por la cabeza los mismos pensamientos y que tampoco dudaría en acudir a su padre, en el caso de que hubiera sobrevivido, para reconciliarse con él; ahora bien, en lugar de ir a postrarse a los pies del virrey, ella veía más prudente trasladarse a La Concepción y solicitar desde allí el indulto, pues, de esta manera, si no les concedían esa gracia estarían al lado del puerto; si por el contrario el asunto tenía el desenlace deseado, siempre podrían regresar a Santiago. Después de pensarlo un momento, Jerónimo aprobó la prudencia de su amada y convino en actuar según sus planes. Continuaron su paseo imaginando la felicidad que les depararía el futuro y, al cabo de un rato, volvieron con los demás.
Ya había caído la tarde, y los ánimos de quienes deambulaban por la colina buscando refugio se iban calmando al ver que los temblores de tierra remitían, cuando se extendió la noticia de que en la iglesia de los dominicos, la única que el terremoto había respetado, se iba a celebrar una misa solemne oficiada por el prelado del convento en persona para implorar al cielo su protección frente a nuevas desgracias. La gente se puso en marcha y acudió en tromba a la ciudad. Todos se apresuraban a regresar para asistir a la ceremonia. Don Fernando y los suyos también se plantearon unirse a los demás. Doña Elisabeth se quedó pensativa y, al recordar la desgracia que había ocurrido el día anterior en la iglesia, se dijo que a buen seguro ésa no sería la única misa de acción de gracias que se celebraría y que, cuando el peligro hubiera pasado definitivamente, podrían entregarse a la oración con todo el fervor, la tranquilidad y la alegría necesarios. Josefa se levantó inmediatamente y manifestó con entusiasmo que jamás había sentido un deseo tan vivo de ir a postrarse ante el Creador como ahora, cuando había mostrado su poder de una forma tan incomprensible y a la vez tan sublime. Doña Elvira respaldó resueltamente la opinión de Josefa. Insistió en que había que acudir a esa misa y suplicó a don Fernando que fuera él quien guiara al grupo. Cuando terminó de hablar, todos, incluso doña Elisabeth, se pusieron en pie. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que ésta no se sentía a gusto: mientras realizaba los pequeños preparativos para la partida, tenía el pecho agitado y la mirada perdida y llena de dudas. Cuando le preguntaron qué le ocurría, respondió que, por algún motivo, tenía la sensación de que algo malo iba a pasar. Doña Elvira la tranquilizó y le propuso que se quedara allí con ella y con su padre enfermo. Entonces Josefa dijo:
—Si es así, doña Elisabeth, no le importará quedarse con este amor de niño que tiene, pues, como ve usted, no se ha despegado de mi lado.
—Con mucho gusto —respondió doña Elisabeth e hizo ademán de cogerle.
Sin embargo, el pequeño empezó a gemir lastimeramente quejándose de la injusticia que se le hacía y que de ninguna manera estaba dispuesto a consentir. Viendo lo que pasaba, Josefa anunció sonriendo que se lo llevaría con ella a la ciudad. Volvió a cogerlo en sus brazos y procuró tranquilizarle con un beso. Don Fernando, gratamente sorprendido por la nobleza y la generosidad con la que se comportaba, le ofreció el brazo. Jerónimo, que llevaba al pequeño Felipe, hizo lo propio con doña Constanza. Los demás miembros de la familia los siguieron y en este orden la comitiva echó a andar hacia la ciudad. Apenas habían dado cincuenta pasos, cuando se oyó gritar a doña Elisabeth, que había mantenido una conversación privada con doña Elvira en la que se había expresado con mucha vehemencia:
—¡Don Fernando! —exclamó, mientras se aproximaba a la comitiva con paso presuroso e inquieto.
Don Fernando se detuvo, se dio la vuelta y, sin soltar a Josefa, preguntó qué deseaba. Ella no respondió; al contrario, se quedó a cierta distancia como si esperase que él saliera a su encuentro. Al ver que no era así, decidió acercarse a él algo contrariada y masculló unas palabras a su oído de forma que Josefa no pudiera oírlas.
—¿Y bien? —preguntó don Fernando.
—Me preocupa que ocurra una desgracia.
Doña Elisabeth, visiblemente afectada, volvió a susurrarle unas palabras al oído. Don Fernando se mostró muy contrariado y enrojeció. Respondió que todo iba a salir bien y que lo importante era que doña Elvira se tranquilizase. Luego siguió adelante con su dama del brazo. Cuando llegaron a la iglesia de los dominicos, ya se oía la suntuosa música del órgano, y una muchedumbre inmensa se agitaba en el interior del templo. La multitud llegaba más allá del pórtico y ocupaba todo el atrio de la iglesia. Los chiquillos se encaramaban a los muros, agarrándose incluso de los marcos de las pinturas, con las gorras en la mano, y observaban expectantes todo lo que sucedía a su alrededor. Las lámparas de cristal irradiaban su luz sobre los fieles, a medida que avanzaba el crepúsculo los pilares proyectaban misteriosas sombras, el gran rosetón ardía al fondo de la iglesia con sus cristales de colores como el sol de la tarde que lo iluminaba. Cuando el órgano calló, un silencio sepulcral se impuso en toda la asamblea, como si el corazón de todos los presentes hubiera dejado de latir. En ninguna catedral de la cristiandad se había elevado hacia el cielo tal llama de fervor como aquel día en la catedral de los dominicos de Santiago, y ningún ser humano sintió jamás tanto ardor como el que albergaban Jerónimo y Josefa en su pecho. La solemnidad comenzó con un sermón, que pronunció desde el púlpito uno de los canónigos más ancianos, vestido con ornamentos de gala. Empezó levantando hacia el cielo sus manos temblorosas, orladas por las amplias mangas de la sobrepelliz, y alabó, bendijo y dio gracias a Dios por que todavía hubiera hombres en esta parte del mundo reducida a escombros capaces de elevar una plegaria con voz balbuciente. Interpretó lo que había ocurrido como una señal del Todopoderoso. El Juicio Final no sería peor que lo que habían vivido. Luego, señalando una grieta que se había abierto en la catedral, aseguró que, pese a todo, el terremoto del día anterior no era más que un pálido anuncio de lo que podría llegar a ocurrir. Al oír aquello, un escalofrío recorrió la asamblea. A partir de ese momento el anciano canónigo dio rienda suelta a su elocuencia sacerdotal y aprovechó para condenar la corrupción de las costumbres, que, a su juicio, era la causa de la devastación de la ciudad, donde se habían cometido atrocidades como no se habían visto ni en Sodoma ni en Gomorra, y sólo la infinita misericordia de Dios podía explicar que el castigo que habían recibido no les hubiera borrado por completo de la faz de la tierra. Al oír esas palabras, a nuestros dos desventurados se les cayó el alma a los pies, y cuando el canónigo recordó el crimen que se había perpetrado en el jardín del convento de las carmelitas, y que parte del pueblo había contemplado con impía indulgencia, ambos sintieron que un puñal les atravesaba el corazón. El canónigo desgranó maldiciones y luego entregó literalmente el alma de los dos impíos a todos los príncipes del infierno. Doña Constanza, que seguía agarrada del brazo de Jerónimo, exclamó temblorosa:
—¡Don Fernando!
—Cállese, señora, no mueva ni una pestaña y haga como si se desmayara; luego abandonaremos la iglesia —respondió éste uniendo el énfasis a la discreción.
Pero antes de que doña Constanza pudiera entender que aquel improvisado plan era la única alternativa sensata para salvarse y actuara en consecuencia, una voz interrumpió el sermón del canónigo clamando:
—¡Apartaos, ciudadanos de Santiago, aquí están esos impíos!
—¿Dónde? —preguntó otra voz terrible, mientras los fieles retrocedían espantados y formaban un círculo alrededor de ellos.
—¡Aquí! —respondió un tercero, y lleno de santa ira, y también de maldad, agarró a Josefa de los cabellos para tirarla al suelo, de modo que, si no hubiera sido por don Fernando, habría caído a tierra con el hijo de éste en los brazos.
—¿Os habéis vuelto locos? —exclamó el joven, rodeando a Josefa con su brazo—. Soy don Fernando Ormez, hijo del comandante de la ciudad, al que todos vosotros conocéis.
—¿Don Fernando Ormez? —preguntó un zapatero remendón que había trabajado para Josefa y conocía su rostro como la palma de su mano; luego se encaró con ella y la interrogó con descaro—: Entonces, ¿quién es el padre de este niño?
Al oír esto, don Fernando palideció. Miró a Jerónimo de soslayo y luego recorrió con la vista la asamblea temiendo que alguno de los presentes pudiera reconocerle. Apremiada por las atroces circunstancias, Josefa declaró:
—Este niño no es hijo mío, maese Pedrillo; eso es lo que vos creéis, pero estáis muy confundido. —Luego, con una infinita angustia en el alma, miró a don Fernando—. ¡Este joven caballero es don Fernando Ormez, hijo del comandante de la ciudad, al que todos vosotros conocéis!
—Ciudadanos, ¿quién de vosotros conoce a este joven? —preguntó el zapatero.
—¿Quién conoce a Jerónimo Rugera? —repitieron algunos de los que estaban alrededor—. ¡Que dé un paso al frente!
En ese instante, el pequeño Juan, asustado por el tumulto, se apartó del pecho de Josefa y buscó los brazos de don Fernando. Al ver lo que había sucedido, una voz gritó:
—¡El padre es él!
—¡El «Jerónimo» Rugera! —replicó otra.
—¡Son los blasfemos que han ofendido a Dios! —se oyó decir a una tercera.
—¡Apedreadlos! ¡Apedreadlos! —clamó entonces toda la cristiandad que se había reunido en el templo de Jesucristo.
—¡Deteneos, malvados! —dijo entonces Jerónimo—. ¡Si buscáis a Jerónimo Rugera, aquí le tenéis! ¡Liberad a ese hombre, que es inocente!
Al oír esas palabras, la airada muchedumbre quedó desconcertada, y algunas manos soltaron a don Fernando. En ese preciso instante un alto oficial de la marina se abrió paso a empujones a través del gentío y preguntó:
—¡Don Fernando Ormez! ¿Qué le ocurre?
—¡Bueno, ya lo está viendo, don Alonso; son estos asesinos! —respondió zafándose de los que aún le apresaban y manteniendo una serenidad verdaderamente heroica—. Habría estado perdido si este noble caballero no se hubiera hecho pasar por Jerónimo Rugera para calmar a la multitud enloquecida. Tenga la bondad de proporcionarle una escolta a él y a esta joven dama para seguridad de ambos, y a este infame, que ha instigado toda la revuelta —añadió, mientras agarraba a maese Pedrillo—, póngale bajo custodia.
—Don Alonso Onoreja, os pregunto por vuestra conciencia si esta muchacha no es Josefa Asterón —clamó el zapatero.
Entonces, don Alonso, que conocía muy bien a Josefa, vaciló un instante antes de responder, y esto volvió a inflamar la ira del populacho. Varias voces gritaron:
—¡Lo es, lo es!
—¡Dadle muerte!
Así que Josefa entregó al pequeño Felipe, hasta entonces en brazos de Jerónimo, y al pequeño Juan a don Fernando, y le dijo:
—¡Márchese, don Fernando, salve a sus dos hijos, y deje que se cumpla nuestro destino!
Don Fernando tomó a los dos niños y declaró que prefería morir a permitir que alguien a quien él protegía sufriera algún mal. Ofreció el brazo a Josefa y, después de pedirle la espada al oficial de la marina, rogó a la pareja que le siguiera. Gracias a esta maniobra consiguieron salir de la iglesia, pues todos los presentes les abrían paso respetuosamente, y se creyeron salvados; pero en cuanto pisaron el atrio, también atestado, se oyó una voz que gritaba entre el delirio de la muchedumbre que los había seguido:
—¡Ciudadanos, éste es Jerónimo Rugera; lo sé porque yo soy su propio padre!
Acto seguido le propinó un tremendo porrazo, y el joven cayó muerto a los pies de doña Constanza.
—¡Jesús, María y José! —gritó doña Constanza, y corrió en dirección a su cuñado.
—¡Ramera de convento! —clamó una voz.
Otro golpe, esta vez desde el lado opuesto, la dejó sin vida junto a Jerónimo.
—¡Monstruo! —gritó un desconocido—. ¡Ésa era doña Constanza Xares!
—¿Por qué nos han mentido? —preguntó el zapatero—. ¡Buscad a los auténticos y matadlos!
Al ver a Constanza muerta, don Fernando sufrió un ataque de cólera. Desenvainó la espada y descargó un golpe descomunal que hubiera partido en dos al fanático asesino responsable de aquella atrocidad si éste no hubiese esquivado a tiempo la furiosa estocada con un hábil giro. Viendo que no podría contener a la muchedumbre que le acometía, Josefa gritó:
—¡Que sea muy feliz con don Fernando y los niños! —Y añadió—: ¡Venid aquí, tigres sedientos de sangre, asesinadme a mí!
Y, diciendo esto, se abalanzó sobre ellos para poner fin a la lucha cuanto antes. Maese Pedrillo la derribó con la porra. A continuación, salpicado de sangre, exclamó:
—¡Acabad con el bastardo, que le siga al infierno! —Y cargó contra él ávido de sangre, con un insaciable deseo de volver a matar.
Don Fernando, ese héroe divino, había apoyado la espalda contra el muro de la iglesia; en la mano izquierda sostenía a los niños; en la derecha, la espada. Con cada estocada derribaba a uno de sus enemigos; un león no se habría defendido mejor. Siete perros rabiosos yacían muertos a sus pies, y el mismo príncipe de aquella chusma satánica estaba herido; pero maese Pedrillo no descansaría hasta haber arrancado de su pecho a uno de los niños: cuando lo hubo agarrado por las piernas, y después de hacerle girar en lo alto, lo estrelló contra la esquina de uno de los pilares de la iglesia. En ese instante se hizo el silencio y todos se alejaron. Cuando Fernando vio a su pequeño Juan muerto en el suelo, con la masa del cerebro saliéndosele del cráneo, elevó sus ojos al cielo con un dolor imposible de describir. El oficial de la marina llegó a su lado e intentó consolarle; le faltaban palabras para expresar cuánto lamentaba no haber podido evitar aquella desgracia, pero había tenido sus razones para no intervenir. Don Fernando dijo que nada podía reprocharle y le rogó que le ayudara a retirar los cadáveres. Aprovechando la oscuridad de la noche, los llevaron a la vivienda de don Alonso. Don Fernando seguía derramando abundantes lágrimas sobre el rostro del pequeño Felipe. Pasó aquella noche en casa de don Alonso, y, sirviéndose de falsos pretextos, retrasó todo lo que pudo el momento en que debería informar a su esposa de la magnitud real de la tragedia; en parte porque estaba enferma, y además, porque tampoco estaba seguro de cómo juzgaría ella su comportamiento en el incidente. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que una visita casual la informó de cuanto había ocurrido. Entonces, aquella dama excepcional lloró en silencio, con dolor de madre, la pérdida de su hijo. Por fin, una mañana, con las huellas de una última lágrima resplandeciendo en su rostro, se arrojó al cuello de su marido y le besó. Don Fernando y doña Elvira acogieron al pequeño Felipe como hijo adoptivo; y cuando don Fernando lo comparaba con Juan, y pensaba cómo había llegado hasta él, no dejaba de alegrarse por haberlos tenido a ambos.

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