Lauro Olmo - "Tinajilla"

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Este cuento pertenece al volumen "Golfos de bien" de 1968.
Cuando don Ramón entraba, todos nos levantábamos y decíamos:
—¡Buenos días, don Ramón!
Aquello era la Jaula. A ninguno de los de la panda nos divertía. Por eso, casi siempre hacíamos novillos.
De lo que os voy a contar tuvo la culpa Sabañón. Aquel día solamente él y yo nos enjaulamos. Los demás desaparecieron al grito de: ¡marica el último!
Y no es que Sabañón y yo fuésemos maricas. Es que él tenía que presentarle al maestro un hermanito suyo, y yo... Bueno yo tenía que contaros esto.
Al hermanito de Sabañón le llamábamos Tinajilla. Era también menudo, muy poquita cosa, y casi tan listo como Sabañón. Cuando éste se pegaba, acudía Tinajilla con un cascote dispuesto a machacarse todas las espinillas del barrio. Esto si la cosa iba mal para Sabañón. Si no, allí lo teníamos dando saltos y animando a la familia:
—¡Duro con él Saba!. ¡Muérdele un ojo, que es tuyo!
Del mote tuvo la culpa su madre. Y es que de pequeño, si ésta salía, lo dejaba en un rincón del patio metido en una tinaja que apenas le llegaba a las tetillas. Era gracioso verlo así. Pero a veces, si la madre se retrasaba, el niño sentía ganas de eso, de eso que un niño, por muy grande que llegue a ser, nunca se ve libre, y se hacía eso en la tinaja. Pronto el aire se tornaba rancio, no había quien lo respirase. Y los chicos de la casa, husmeándolo, se asomaban a las ventanas del patio y, a grito limpio, preguntaban:
Tinajilla,
mierdecilla,
¿te measte
o te cagaste?
Y Tinajilla aguantaba, no sólo los gritos, sino los mondazos de patata, o de naranja, o de vaya usted a saber qué. Todo hasta que volvía la madre. Entonces —cosas de la vida—, le arreaba unos cuantos azotes que devolvían la calma a los chicos de arriba.
No duró mucho esto. Un buen día, como si fuese un huevo, se rompió la tinaja. Y de entre los pedazos salió Tinajilla, portal adelante, hacia la calle.
—¡Buenos días, don Ramón!
—¡Buenos!
Seco, autoritario, con cara de muía vieja, entraba don Ramón. Nunca un niño se atrevió a sonreír delante de él. Era el dos más dos, el cabo de Finisterre, y el pluscuamperfecto de subjuntivo del verbo ser. Demasiadas pocas cosas. Se dirigía, todo palo, a su mesa. Abría uno de los cajones, sacaba la lista, masticaba los extraños nombres de mis amigos: del Pecas, del Poca, del Doblao... ¡Qué mala persona era!
—Don Ramón.
—¿Qué quiere usted?
—Mi hermanito, he traído a mi hermanito. Ya le habló mi madre.
—Está bien. ¡Llámelo!
—¡Tinaji.J ¡Enrique, ven!
Y Tinajilla, huido de sí, adelantó un pie, luego otro, y otro. Muchos pies adelantó Tinajilla para llegar hasta don Ramón. Éste, dirigiéndose a Sabañón, ordenó.
—¡Usted a su sitio!
—¡No me dejes solo, Saba!
—¡A su sitio he dicho!
Tinajilla se quedó allí, solo: sin su padre, sin su madre, sin su hermano mayor: ¡solo!
—¿Como se llama usted?
—Tinajilla.
—¿Cómo?
—¡Tina...! ¡Tina...! ¡Saba, ven!
Y se echó a llorar, como si don Ramón fuese el tío ese de la noche; el que se agarra a las patas de la cama y tira: tira para volcarla por el hueco de la escalera.
—¿Qué le pasa? ¿No sabe decirme su nombre?
Saba, desde su banco, intentó ayudar a su hermano.
—¡Enrique Polo, don Ramón!
—A usted no le pregunto, ¡siéntese!
Y dirigiéndose nuevamente a Tinajilla, continúo:
—Vamos, no sea niño, dígame su nombre.
—Enrique PO...LO, don Ramón.
—¿Cuántos años tiene?
—Siete, don Ramón.
—¿Sabe leer?
—No, don Ramón.
—¿Y escribir?
—Hago palotes, don Ramón.
No le preguntó más. Desde entonces, Tinajilla, el de los palotes, tuvo su sitio en la Jaula. En el tercer banco de la derecha.

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