Edgar Neville - "Fin"

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Novelista, cuentista, dramaturgo y guionista y director de cine. Como guionista de cine fue, con su amigo Jardiel Poncela, uno de los pioneros españoles en Hollywood. Formó parte de lo que el también escritor y director de cine (y también pionero en el Hollywood de los años 30) José López Rubio llamó "la otra Generación del 27", esa otra Generación formada por autores (como Jardiel Poncela, Miguel Mihura o el propio Rubio) que cultivaron el humor (fueron discípulos intelectuales del genio de las letras españolas del siglo XX, Ramón Gómez de la Serna) y que políticamente pertenecieron al bando contrario al de la Generación oficial.
Coqueteó con las vanguardias de principios del siglo XX, su humor fue menos absurdo que el de Mihura, menos cínico que el de Poncela, tal vez más poético, pero, como debe de ocurrir con cualquier tipo de humor, crítico con la sociedad en la que vivió.

I
Se venía diciendo hacía mucho tiempo: la gente se moría cada vez más y cada día se hacían menos abriguitos de punto. Por si era poco, vinieron dos guerras seguidas de epidemias; la muerte era el pan nuestro de cada día. Hasta los que tenían que dar ejemplo de vida, que son los centenarios, se morían también; era espantoso; se morían hasta los portugueses...
Era tan inevitable la catástrofe, que la gente la había aceptado sin histerismo; pero el tono de la vida había cambiado, adaptándose a la realidad. Ya no se daban citas, ya no se decía: «hasta mañana»; la gente vivía al día, a la hora, preocupándose sólo de morirse lo mejor posible, de morirse sobre el lado derecho.
Hubo un momento en que apenas quedaba nadie, y los pocos que eran se reían al cruzarse en la calle, estoicos ante lo inevitable.
–Y usted, ¿cuándo se muere? –se oía decir de vez en cuando.
La tierra se puso nerviosa y se sacudió varias veces; Italia dejó de tener la forma de una bota.
Y una mañana no hubo nadie para hacer los desayunos: es que se había muerto todo el mundo.
Había un silencio tan grande, que parecía que alguien iba a dar con la batuta en un atril; pero nada, ni un pitido, ni una orden, un silencio asombrado. Después de haber oído bien el silencio se percibía el tenue siseo de una cañería rota, que lo imponía más.
Las cosas esperaban al hombre, como todas las mañanas; lo esperaban angustiadas, sin comprender nada, destemplándose. Máquinas, casas, calles, ciudades, en espera, a punto de echarse a llorar.
Por las calles volaban frases últimas en demanda de un oído, y sombras de cuerpo, sin amo, corrían en su busca hasta encontrar la muerte al mediodía. Las alcantarillas daban el último suspiro de la ciudad.
La torre Eiffel, cruzando la boca de París, imponía el silencio de Occidente; el Sena corría de puntillas. De las estaciones habían salido todos los trenes. Era el 1º de mayo de la muerte. Los muertos dormían.
Los carteles aumentaban el drama, prometiendo lo que ya no se podría dar: retratos de actores y actrices desaparecidos, y las ¡100 girls, l00!, del Casino, que habían caído en fila como los soldados de plomo.
Sólo había vida en los relojes que tienen cuerda para muchos años, y su tic-tac eran los puntos suspensivos después de la palabra vida. A cada hora se ponían a sonar como unos tontos, recordando la hora que era a nadie, y a lanzar señales de auxilio con su telégrafo de banderas. Los segundos eran el pulso de la Tierra.
Un despertador que aguardaba el momento de dar su broma se desbordó en la habitación de Susana, tan violentamente, que la muchacha se incorporó.
Susana no había muerto, porque alguien había de ser el último en morir, y ése era precisamente su caso. Ella había seguido su vida ordinaria a través de la catástrofe. Por la noche había bailado y bebido en el mismo cabaret de siempre, y casi siempre había vuelto a su casa en compañía de un señor que nunca era el mismo y que la había abandonado a la mañana siguiente, dejándole 50 francos encima de la cómoda. A veces menos.
No leía periódicos, y sólo se levantaba para ir a su cabaret; el mundo, para ella, terminaba allí, en la puerta que da a las cocinas.
La noche anterior sólo habían sido seis o siete; faltaba el dueño y dos o tres parroquianos. A Susana no le había importado volver sola, porque al día siguiente quería levantarse temprano para ir a comprarse unos zapatos.
El despertador seguía gruñendo en el suelo, tratando de incorporarse, y eso acabó de desvelar a Susana, que miró a su lado para ver si había alguien y luego se levantó.
Susana, pensando que era el primer día que salía temprano a la calle y que iba a pasearse por tiendas y calles, quiso esmerar su toilette, eligió sus mejores medias y se pasó una hora larga ante el espejo maquillándose.
Mientras tanto, la hierba aplastada por la ciudad, dándose cuenta de lo ocurrido, pugnaba por levantar su losa.
Susana salió a la calle. Parece domingo –pensaba, al notar el silencio.
Caminaba sin darse cuenta del drama. Miraba a derecha e izquierda antes de cruzar las calles. No se daba cuenta de su soledad, a causa del reflejo de los escaparates, que multiplicaban su imagen y le producían sensación de multitud. Era corno si una amiga fuese con ella. Entró en los Grandes Almacenes. Las altas bóvedas infladas de silencio parecía que iba a subir. En los mostradores estaban los postreros retales con el último sobo humano. Los cartones de los precios eran las esquelas de las cosas. Susana empezó a sentir miedo y trató de vencerlo, haciéndose la distraída, interesándose en los objetos expuestos.
Cruzó el patio central tocándolo todo, pero sus tacones hacían tanto ruido que parecía que la seguían. Huyendo de sí misma, caminando de puntillas, llegó al departamento de los trajes de señoras. Allí había docenas de maniquíes de cera, y respiró más tranquila porque le parecía haber entrado en una casa donde hubiera una fiesta.
Susana se sentó en una butaca y empezó a hablar. Contaba cosas a las muñecas, teniendo mucho cuidado de no hacerles preguntas. Sin embargo, en los silencios volvía el miedo y los maniquíes aumentaban su aspecto de desalmados, de muertos sorprendidos en un gesto difícil.
El que nadie la contestase le dio miedo y salió a la calle gritando. Corría en busca de alguien con quien hablar, pedía socorro en las encrucijadas, llamaba a todos los teléfonos para caso de incendio y siempre el silencio negro.
Se sentó en un banco al aire libre, tenía menos miedo; pero pensó en la noche y comprendió que no podría pasarla en la ciudad, especialmente por las esquinas que era lo que le hacía echar más de menos a la humanidad. Aquellas esquinas sin nadie detrás, sin la posibilidad de esconder a nadie.
Susana cogió un automóvil abandonado y partió en busca de alguien. Al principio todavía tocaba la bocina en los cruces, y sacaba la mano en las vueltas; al reflexionar, se indignaba con ella misma, y su mal humor le alejaba el miedo.
Rompió el espejo retrovisor, tiró el sombrero a la calle y se quitó el traje; era su respuesta al estado de cosas. En la plaza de la Ópera se quedó completamente desnuda. –Si queda alguien ahora viene, pensó. Pero nadie llegó a la oportunidad y, en vista que no la querían desnuda entró en la mejor peletería y se puso el abrigo más caro. Pero nada. Huyendo de la noche en la ciudad, se alejó de ella en automóvil, no sin derribar un quiosco de periódicos llenos de noticias que ya no interesaban a nadie.

II
A cien por hora regresaba hacia Oriente todo lo que quedaba de la humanidad, lo que quedaba después de millares de años de la emigración humana en sentido inverso. Era un regreso al hogar; aquel fin de raza se había enrollado las medias p or debajo de las rodillas para no romperlas.
Munich, Viena, Budapest; a las ciudades muertas les crecía la barba, y el auto de Susana espantaba perdices en las plazas de la Ópera.
Las ruinas traen el otoño, y los pájaros cantaban sobre la ciudad como sólo cantan en un octubre húmedo.
En las casas se habían quedado encerradas las moscas y sus cabezazos contra los cristales eran como un reloj más, con cuerda aún.
En las torres de las iglesias, las campanas parecían bailarinas ahorcadas.
A la tierra se le había quitado la fiebre y descansaba tranquila; nacieron árboles y nacieron piedras. Se movió lo inanimado y los continentes, al notar que no había nadie para corregirlos, cambiaron de estructura.
Los mapas, en las escuelas desiertas, tomaron pátina de grabado antiguo. Una estrella bajó a mojarse las puntas en el mar.
Entonces Inglaterra, no pudiendo resistir el sonrojo ante el caos, se hundió en el agua. Susana se quitó el soutien en Budapest y lo dejó abandonado en la vía pública.
Poco a poco había ido perdiendo el miedo y ahora distraía su rauda huida cantando cuplés del bulevar.
Así llegó a Constantinopla, donde los perros habían muerto sobre las tumbas de los turcos, como si durmieran: en forma de media luna.
Por esa calle que indudablemente lleva a Asia, Susana enfiló su automóvil. En medio del puente tuvo que detenerse. Había una bicicleta tirada a través del paso. Un caballero inflaba un neumático.
–A su edad podría usted saber no interrumpir la circulación –dijo Susana enfadada. El caballero cesó en su tarea y miró a la muchacha, que se echó a llorar y se echó en sus brazos.
Juntos siguieron el viaje; el desierto sonreía como el que está de vuelta de las cosas.
El caballero, profesor de Historia, hacía vagos gestos de mano. Citaba grandes nombres inmortales, que sonaban extrañamente en aquella desolación. Explicó a Susana el ciclo de las civilizaciones y tuvo frases de elogio para los griegos.
Susana poseía un concepto menos amplio de la humanidad. Sus grandes admiraciones eran para una prima suya, casada con un hombre que se emborrachaba mucho, pero que estaba empleado en la Dirección del Catastro. Esa prima hacia unos bordados como nadie en París, y en cuanto a coger un punto en una media, no había quien la igualase... La conversación de los dos últimos humanos quedaba detrás del automóvil, vibrando un momento, para caer después y confundirse con la arena.
El aire ceñía el fino tul al cuerpo de Susana.
–¿No le da a usted pena –prosiguió ésta– pensar que somos los últimos?
–Tal vez tenga remedio –contestó el caballero galantemente.
–Además –añadió intencionadamente, los últimos serán los primeros.
Hubo un silencio embarazoso y llegaron a la confluencia del Tigris y el Eufrates. Allí se les terminó la gasolina.
Se sentaron en el suelo buscando temas de conversación; el caballero era el que los encontraba con más facilidad, diciendo de vez en cuando:
–Pues, sí; eso de que somos los últimos es porque queremos, señorita...
Tal vez fuera porque Susana había dejado el abrigo en el coche.
Y en esas estaban cuando llegó un señor de barba larga y aspecto bondadoso; junto a Él, el ángel de la espada de fuego. Venían del Paraíso terrenal, que está allí mismo.
Susana no lo reconoció al pronto.
–¿Quién es usted? –fue lo primero que le dijo.
El Señor estaba sonriente, lleno de buena voluntad.
–¿Qué hacéis aquí? –preguntó, y a su voz se hizo el eco donde no lo había.
–Señor –balbució el caballero–. Yo soy alemán, luterano. Esta señorita es francesa y católica; nosotros...
Dios interrumpió cortésmente:
–Ustedes me dispensarán si les digo que no entiendo nada de esto. Quiero saber qué hacen ustedes fuera del Paraíso, que es más bonito y más agradable que el descampado.
El ángel terció:
–Señor, los expulsó porque se comieron la manzana.
Dios:
–¿Qué manzana?
Y el ángel, con un gruñido:
–La manzana.
Dios rió de buena gana, y les empujó suavemente, diciéndoles:
–Vaya, vaya; veo que han interpretado con demasiada severidad el reglamento; volved a entrar, hijos, y aquí no ha pasado nada.
Y una brisa nueva remozó el planeta, mientras que Eva entraba buscando fruta.

This entry was posted on 24 febrero 2012 at 21:28 and is filed under , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

2 comentarios

Pues mira, ya he aprendido otra cosa hoy. Solo conocía a Neville como cineasta. Lo descubrío de casualidad (programa de Garci mediante) con una película magnífica "La torre de los siete jorobados". Pero leyendo este relato, la verdad es que aprece interesante.
Saludos.

27 de febrero de 2012, 14:50

Me alegra que hayas descubierto una nueva faceta. Supongo que como escritor y humorista lo más fácil de encontrar es todo lo que hizo en "La codorniz", aunque otras cosas son relativamente fáciles de conseguir en una buena librería , si no siempre queda internet.
Saludos

27 de febrero de 2012, 19:49

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