Chimamanda Ngozi Adichie - "Mañana está demasiado lejos"

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Novelista y cuentista nigeriana. Dos novelas y una colección de cuentos (milagrosamente todo está disponible en castellano) le han bastado para ser considerada una de las autoras más importantes de la nueva literatura africana (entendiendo como nueva la literatura que se ha hecho a partir de Chinua Achebe, Ngugi wa Thiong'o y Camara Laye, y entendiendo como africana la literatura subsahariana, los autores del norte, autoras en este caso, como Fatema Mernisi, Malika Mokeddem o Salwa Bakr, no son considerados dentro de la literatura africana sino dentro de la literatura árabe, cosas de las etiquetas).
Aunque diferente en forma y fondo a su paisano Achebe, tiene en común con él el no tomar partido en sus historias, limitándose a exponer unos hechos y dejando al lector que saque las conclusiones que crea oportunas (nada que ver con Thiong'o, él sí se moja y toma partido). Pueden encontrarse algunos de sus cuentos (en inglés) en The New Yorker, aquí y aquí.
La versión del cuento es la de Aurora Echevarría.

Fue el último verano que pasaste en Nigeria, el verano anterior al divorcio de tus padres, antes de que tu madre jurara no volver a poner un pie en Nigeria para ver a la familia de tu padre, en particular a tu abuela. Todavía ahora, dieciocho años después, recuerdas claramente el calor que hizo ese verano, el ambiente bochornoso que se respiraba en el patio de tu abuela, un patio con tantos árboles que el cable del teléfono se enredaba con las hojas y las distintas ramas se tocaban, y a veces aparecían mangos en los castaños y guayabas en los mangos. La gruesa capa de hojas en descomposición era blanda bajo tus pies desnudos. Por las tardes las abejas de vientre amarillo zumbaban alrededor de tu cabeza, la de tu hermano Nonso y la de tu primo Dozie, y por las noches la abuela solo dejaba a tu hermano Nonso trepar a los árboles para sacudir una rama cargada de fruto, a pesar de que tú trepabas mejor. Llovían los aguacates, los anacardos, las guayabas, y el primo Dozie y tú llenabais viejos cubos.
Fue el verano que la abuela enseñó a Nonso a arrancar los cocos. Los cocoteros, tan altos y sin ramas, eran difíciles de trepar, y la abuela le dio un palo largo y le enseñó a agitar las vainas acolchadas. A ti no te enseñó porque decía que no era cosa de niñas. La abuela partía los cocos golpeándolos con cuidado contra una piedra y la leche acuosa se quedaba en la mitad inferior, una taza irregular. Todos bebían un sorbo de la leche enfriada por el viento, incluidos los niños de la calle que salían a jugar, y la abuela presidía el ritual para asegurarse de que Nonso era el primero.
Fue el verano que le preguntaste a tu abuela por qué el primer sorbo era para Nonso en lugar de para Dozie, que tenía trece años, uno más, y la abuela respondió que Nonso era el único hijo de su hijo, el que llevaría el apellido Nnabuisi, mientras que Dozie solo era un nwadiana, el hijo de una hija. Fue el verano que encontraste en el césped la piel de una serpiente, entera e intacta como una media transparente, y la abuela os dijo que se llamaba echí eteka, «Mañana está demasiado lejos». Un mordisco, dijo, y en diez minutos se ha acabado todo.
No fue el verano que te enamoraste de tu primo Dozie porque lo hiciste unos veranos antes, cuando él tenía diez años y tú siete, y os metías los dos en el diminuto espacio que había detrás del garaje de la abuela, y él trataba de embutir lo que llamabais su «plátano» en lo que llamabais tu «tomate», pero ninguno de los dos estaba seguro de cuál era el agujero. Pero sí fue el verano que cogiste piojos, y el primo Dozie y tú explorasteis tu larga melena buscando los diminutos insectos negros para aplastarlos entre las uñas y reíros del ruido que hacían sus estómagos llenos de sangre al reventar; el verano que tu odio hacia tu hermano Nonso aumentó tanto que notaste que te obstruía las fosas nasales, y tu amor por tu primo Dozie se infló y te rodeó la piel.
Fue el verano que viste cómo el mango se partía limpiamente en dos mitades en una tormenta en la que los rayos recorrieron con feroces líneas el cielo.
Fue el verano que Nonso murió.

La abuela no lo llamaba verano. Nadie lo hacía en Nigeria. Era agosto, entre la estación lluviosa y el harmattan. Llovía torrencialmente todo el día, y la lluvia plateada azotaba el porche donde Nonso, Dozie y tú apartabais los mosquitos a manotazos mientras comíais mazorcas asadas; o hacía un sol cegador y os bañabais en la balsa que la abuela había dividido por la mitad para que disfrutarais de una piscina improvisada. El día que Nonso murió hizo temperaturas bastante suaves; lloviznó por la mañana, el sol brilló suavemente por la tarde y por la noche murió él. La abuela le gritó, gritó a su cuerpo sin vida i laputago m, que la había traicionado, porque ¿quién iba a llevar ahora el apellido de Nnabuisi que protegía el linaje de la familia?
Al oírla los vecinos acudieron. Fue la mujer de la casa de enfrente, la del perro que hurgaba en el cubo de la basura de la abuela por las mañanas, quien sacó de tus labios entumecidos el número de Estados Unidos y llamó a tu madre. Fue la misma vecina quien te soltó de la mano de Dozie, os hizo sentar a los dos y os ofreció agua. También trató de abrazarte para que no oyeras hablar a la abuela con tu madre, pero te escabullíste y te acercaste al teléfono. La abuela y tu madre se concentraron en el cuerpo de Nonso antes que en su muerte. Tu madre insistía en trasladar inmediatamente el cadáver en avión a Estados Unidos y la abuela repetía las palabras de tu madre y sacudía la cabeza. La locura acechaba en sus ojos.
Sabías que a tu abuela nunca le había gustado tu madre. (Se lo habías oído decir un verano delante de una amiga: «Esa americana negra ha embaucado a mi hijo y se lo ha metido en el bolsillo».) Pero oyéndola hablar entonces por teléfono, entendiste que ella y tu madre estaban unidas. Estabas segura de que en los ojos de tu madre había la misma locura furiosa.
Cuando hablaste con tu madre, su voz resonó por la línea como nunca lo había hecho cuando Nonso y tú pasabais los veranos con la abuela. ¿Estás bien?, no paraba de preguntarte ella. ¿Estás bien? Sonaba asustada, como si sospechara que estabas bien a pesar de la muerte de Nonso. Jugueteaste con el cable del teléfono sin decir gran cosa. Ella dijo que avisaría a tu padre, aunque estaba en algún lugar perdido asistiendo a un festival de Black Arts donde no había teléfonos ni radio. Al final soltó un sollozo agudo que sonó como un ladrido, antes de decirte que todo se arreglaría y que se encargaría de que trasladaran en avión el cuerpo de Nonso. Te hizo pensar en su risa, que le nacía en el fondo del estómago y no se suavizaba al salir, contrastando con su cuerpo esbelto. Cuando entraba en la habitación de Nonso para darle las buenas noches, siempre salía riéndose con esa risa. La mayoría de las veces te tapabas los oídos para no oírla, y seguías tapándotelos aunque luego entrara en tu habitación para decirte: «Buenas noches, cariño, que duermas bien». Nunca salía de tu habitación riéndose con esa risa.
Después de la llamada telefónica la abuela se tumbó de espaldas en el suelo y, con la mirada fija, se balanceó de un lado al otro, como si se tratara de alguna clase de juego tonto. Decía que no le parecía bien trasladar el cadáver de Nonso a Estados Unidos, que su espíritu siempre flotaría allí. Pertenecía a esa tierra dura que no había sabido absorber el impacto de su caída. Su lugar estaba entre esos árboles, uno de los cuales lo había soltado. Tú te sentaste y la observaste, y al principio deseaste que se levantara y te abrazara, luego deseaste que no lo hiciera.

Han pasado dieciocho años y los árboles del patio de la abuela no han cambiado; siguen extendiendo las ramas y abrazándose, arrojando sombras por el patio. Pero todo lo demás parece más pequeño: la casa, el jardín del fondo, la balsa de color cobre a causa del óxido. Hasta la tumba de la abuela que está en el patio trasero parece diminuta, e imaginas el cuerpo encogido para caber en un ataúd tan pequeño. La tumba está cubierta de una fina capa de cemento; la tierra de alrededor ha sido removida hace poco, y te detienes a su lado y te la imaginas dentro de diez años, abandonada, con una maraña de malas hierbas que cubren el cemento, asfixiándola.
Dozie te está observando. En el aeropuerto te ha abrazado con cautela, te ha dicho bienvenida, qué sorpresa que hayas vuelto, y tú lo has mirado largo rato en la concurrida y caótica sala hasta que él ha desviado los ojos, castaños y tristes como los del caniche de tu amigo. Pero no te hace falta mirarlo para saber que el secreto sobre la muerte de Nonso está a salvo con él, siempre lo ha estado. Mientras te llevaba a casa de la abuela, te ha preguntado por tu madre y tú le has explicado que ahora vive en California; no has mencionado que está en una comuna entre gente que va con la cabeza afeitada y los pechos con piercings, ni que cuando te llama siempre cuelgas dejándola con la palabra en la boca.
Te diriges al aguacate. Dozie sigue observándote, y tú lo miras y tratas de recordar el amor que te inundó por completo ese verano en que tenías diez años, que te hizo cogerle la mano con fuerza la tarde en que murió Nonso, cuando la madre de Dozie, tu tía Mgbechibelije, fue a buscarlo. Hay un ligero pesar en las arrugas que le surcan la frente, cierta melancolía en su forma de estar de pie con los brazos a los costados. De pronto te preguntas si él también siente nostalgia. Nunca supiste lo que había detrás de su sonrisa serena, detrás de las veces en que se sentaba tan inmóvil que las moscas de la fruta se le posaban en los brazos, detrás de las fotos que te daba y de los pájaros que encerraba en una jaula de cartón, donde los cuidaba hasta que se morían. Te preguntas qué sentía, si sentía algo, por no ser el nieto que llevaría el apellido Nnabuisi.
Tocas el tronco del aguacate en el preciso momento en que Dozie empieza a decir algo. Crees que va a hablar de la muerte de Nonso y te sobresaltas, pero dice que nunca imaginó que volverías para despedirte de la abuela porque sabía cuánto la odiabas. Ese verbo, «odiar», flota en el aire entre vosotros como una acusación. Quieres decirle que cuando llamó a Nueva York y oíste su voz por primera vez en dieciocho años para decirte que había muerto la abuela («Pensé que querrías saberlo», fueron sus palabras), te inclinaste sobre tu escritorio porque te fallaban las piernas, sintiendo cómo toda una vida de silencio se derrumbaba, y no fue en la abuela en quien pensaste, sino en Nonso, y en él, en el aguacate y en ese verano húmedo en el reino amoral de la niñez, y en todas las cosas que nunca te habías permitido pensar, que habías reducido al mínimo y escondido sin más.
Pero te callas y aprietas las palmas contra el áspero tronco del árbol. El dolor te calma. Te recuerdas comiendo aguacates: a ti te gustaban con sal y a Nonso no, y la abuela siempre se reía diciendo que no sabías lo que era bueno al decir que el aguacate sin sal te provocaba náuseas.

En el funeral de Nonso que tuvo lugar en un frío cementerio de Virginia, entre lápidas que sobresalían de un modo obsceno, tu madre iba vestida de la cabeza a los pies de un negro desteñido, incluido el velo, que hacía brillar su piel color canela. Tu padre no se acercó a ninguna de las dos, con su habitual dashiki y sus cauríes color leche alrededor del cuello. No parecía un pariente, sino uno de los invitados que lloraba ruidosamente. Más tarde preguntó a tu madre cómo había muerto exactamente Nonso, cómo había caído de uno de los árboles que había trepado desde que era niño.
Tu madre no dijo nada a toda esa gente que hacía preguntas. Tampoco te dijo nada a ti, ni siquiera cuando limpió la habitación de Nonso y recogió sus cosas. No te preguntó si querías quedarte con algo suyo y te sentiste aliviada. No querías guardar ninguno de sus libros con esas anotaciones de su puño y letra que tu madre decía que se entendían mejor que las frases impresas. No querías ninguna de las fotos de palomas que había hecho en el parque y que tu madre aseguraba que eran tan prometedoras para un niño. No querías sus cuadros, que eran simples copias de los de tu padre pero con otros colores. Ni su ropa. Ni su colección de sellos.
Tu madre sacó por fin el tema de Nonso tres meses después de su funeral, cuando te habló del divorcio. Dijo que el divorcio no era por él, que tu padre y ella hacía mucho que se habían distanciado. (Tu padre estaba entonces en Zanzíbar; se había ido inmediatamente después del funeral.) Luego te preguntó: «¿Cómo murió Nonso?».
Sigues asombrándote de cómo salieron esas palabras de tu boca. Sigues sin reconocer a la niña de ojos claros que eras. Tal vez fuera por el modo en que ella dijo que el divorcio no era por Nonso, como si solo él pudiera ser el motivo y tú no pintaras nada. O tal vez fue simplemente por el ardiente deseo que todavía sientes a veces, la necesidad de alisar aristas, de allanar lo que te parece demasiado abrupto. Dijiste a tu madre, con el tono de quien es reacio a hablar, que la abuela había pedido a Nonso que subiera a la rama más alta del aguacate para demostrar lo hombre que era. Luego lo asustó, en broma, aseguraste a tu madre, diciéndole que había una serpiente, la echi eteka, en la rama de al lado. Le dijo que no se moviera. Él, como es natural, se movió y resbaló de la rama, y cuando aterrizó, el ruido fue el de muchos frutos cayendo a la vez. Un último plaf. La abuela se quedó allí mirándolo y empezó a gritarle que era el único hijo, que había traicionado el linaje al morir y lo enfadados que estarían sus antepasados. El todavía respiraba, dijiste a tu madre. Respiraba cuando cayó, pero la abuela se quedó allí parada gritando a su cuerpo destrozado hasta que expiró.
Tu madre empezó a chillar. Y te preguntaste si la gente gritaba enloquecida cuando decidía rechazar la verdad. Sabía perfectamente que Nonso se había golpeado la cabeza contra una piedra y había muerto en el acto, había visto el cuerpo, la cabeza abierta. Pero prefería creer que había estado vivo después de caer. Lloró, aulló y maldijo el día que había puesto los ojos en tu padre en la primera exposición de su obra. Luego lo llamó por teléfono y la oíste gritar: «¡Tu madre es la responsable! ¡Lo asustó y le hizo caer! ¡Podría haber hecho algo, pero se quedó allí plantada, esa estúpida africana fetichista, y lo dejó morir!».
Tu padre habló contigo luego, dijo que entendía lo duro que era para ti, pero que debías tener cuidado con lo que decías para no causar más daño. Y tú reflexionaste sobre sus palabras —cuidado con lo que dices— y te preguntaste si él sabía que mentías.

Ese verano de hacía dieciocho años fue el verano del primer descubrimiento de ti misma. El verano que supiste que tenía que ocurrirle algo a Nonso para que tú pudieras sobrevivir. Aun a los diez años, sabías que hay personas que ocupan demasiado espacio por el mero hecho de existir, que ahogan a las demás. Luego se lo explicaste a Dozie, le dijiste que los dos necesitabais que Nonso se hiciera daño, tal vez que se lisiara o se torciera las piernas. Querías que mermase la perfección de su cuerpo ágil, volverlo menos encantador, menos capaz de hacer todo lo que hacía. Menos capaz de ocupar tu espacio. Dozie no dijo nada, se limitó a dibujarte con los ojos en forma de estrellas.
La abuela estaba dentro de la casa cocinando y Dozie se quedó callado a tu lado, rozándote los hombros, cuando sugeriste a Nonso que subiera a lo alto del aguacate. Fue fácil convencerlo; solo tuviste que recordarle que tú trepabas mejor que él. Y era cierto, eras capaz de trepar cualquier árbol en unos segundos; eras mejor en todo lo que podías aprender a hacer tú sola, en todo lo que la abuela no podía enseñarle a hacer a él. Le pediste que fuera él primero, para ver si podía llegar a la rama más alta antes de seguirlo. Las ramas eran frágiles y Nonso pesaba más que tú, por toda la comida que la abuela le hacía comer. Come un poco más, le decía a menudo. ¿Para quién crees que lo he hecho? Como si tú no estuvieras allí. A veces te daba unas palmaditas en la espalda y te decía en igbo: Está muy bien que aprendas, nne, así podrás cuidar algún día de tu marido.
Nonso trepó por el árbol. Cada vez más alto. Esperaste a que llegara casi arriba, hasta que sus piernas titubearon antes de continuar. Esperaste ese breve momento entre dos movimientos. Un momento abierto en el que viste lo azul de todo, de la vida misma, el azul puro de uno de los cuadros de tu padre, de la oportunidad, de un cielo lavado por una lluvia matinal. Entonces gritaste: «¡Una serpiente! ¡Es la echi eteka!». No estabas segura de si añadir que estaba en la rama de al lado o deslizándose por el tronco. Pero no importó, porque en esos pocos segundos Nonso bajó la vista y se soltó, se le resbalaron los pies, se le desprendieron los brazos. O tal vez el árbol simplemente se desentendió de él.
No recuerdas cuánto tiempo te quedaste allí parada mirando a Nonso, con Dozie callado a tu lado, antes de entrar a llamar a la abuela.

La palabra que utiliza Dozie, «odiar», flota en tu cabeza. Odiar. Odiar. Odiar. Hace que te cueste respirar, como en los meses que siguieron a la muerte de Nonso, cuando esperaste que tu madre se fijara en que tenías la voz pura como el agua y las piernas elásticas como gomas, o que saliera de tu habitación por la noche con esa risa profunda. En lugar de ello te abrazaba con aprensión al darte las buenas noches, siempre en un susurro, y tú empezaste a evitar sus besos fingiendo toses y estornudos. En todos esos años que te llevó de un estado a otro, encendiendo velas rojas en su habitación, prohibiendo hablar de Nigeria o de la abuela, sin dejarte ver a tu padre, nunca volvió a reírse con esa risa.
Dozie habla, dice que hace unos años empezó a soñar con Nonso, que en los sueños Nonso es mayor y está más alto que él, y tú oyes caer un fruto de un árbol y le preguntas, sin volverte: «¿Qué querías? Ese verano, ¿qué querías?».
No sabes cuándo se ha movido Dozie, cuándo se ha colocado detrás de ti, tan cerca que te llega el olor a cítrico que desprende, tal vez ha pelado una naranja y no se la lavado las manos después. Te da la vuelta y te mira, y tú le sostienes la mirada, y hay finas arrugas en su frente y una nueva dureza en su mirada. Te dice que nunca se le ocurrió querer nada porque todo lo que importaba era lo que tú querías. Hay un largo silencio mientras observas la columna de hormigas negras que trepan por el tronco, cada una acarreando un poco de pelusa blanca, creando un diseño blanco y negro. Te pregunta si soñaste, como soñó él, y tú respondes que no rehuyendo su mirada. El te da la espalda. Quieres hablarle del dolor en el pecho, el vacío en los oídos y la agitación en el aire que notaste después de su llamada telefónica, las puertas que se abrieron de golpe, los sentimientos aplastados que afloraron, pero él ya se está alejando. Y te quedas sola debajo del aguacate, llorando.

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2 comentarios

Desde luego, te conoces a todos los escritores exólticos (si se me permite llamarles asi) del mundo. Asi cuando les dan el Nobel, tienes ventaja. He de confesar que no es con el tipo de literatura con el que ás facilmente conecto, aunque el primero de los relatos del New Yorker que pones me parece al menos muy interesante. En cualquier caso soy consciente de que la no total conoxión con los africanos se debe más a mi desconocimiento que a su calidad. Quizá sea solo cuestión de perseverar un poco.

Saludos.

20 de octubre de 2011, 3:03

Ese "todos" es excesivo. Pero sí, me gustan algunos (he dicho algunos) exóticos, tienen cosas distintas que contar y eso siempre es interesante.
De todas formas ya lo dije alguna vez aquí, mis exotismos son exotismos de manual, mis exóticos están en las enciclopedias o en los manuales de literatura, no hay sorpresas.
Lo que me da miedo es ese "perseverar" que pones, eso, viniendo de ti, podría significar que el año que viene no haya autor africano o asiático del que no hayas leído su obra completa. Y abrir mucho el abanico de posibilidades además es malo para tu economía.
Saludos.

20 de octubre de 2011, 10:18

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