Dorothy Parker - "El permiso maravilloso"

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Este cuento fue publicado en el número de diciembre de 1943 de la revista "Woman‘s Home Companion". La traducción es la de Celia Filipetto.

Su marido le había hecho una llamada interurbana para contarle lo del permiso. Ella no esperaba aquella llamada y no tenía preparadas las palabras. Desperdició segundos enteros explicándole lo sorprendida que se sentía de oírlo, y comentándole que en Nueva York llovía a cántaros, y preguntándole si hacía mucho calor donde él se encontraba. El la había interrumpido para decirle que no disponía de mucho tiempo para hablar; le había informado a toda prisa de que su escuadrón iba a ser trasladado a otro campo la semana siguiente, y de que de camino dispondría de un permiso de veinticuatro horas. A ella le costaba oírlo. Tras la voz de su marido le llegaba un coro intermitente de jóvenes voces masculinas que gritaban al unísono: «¡Eh!».
—Oh, no cuelgues todavía —le suplicó—. Por favor. Hablemos un minuto más, sólo un...
—Cariño, tengo que marcharme —le dijo él—. Todos los muchachos quieren llamar. Te veré dentro de una semana, a eso de las cinco. Adiós.
Luego se oyó un clic cuando él colgó el auricular. Ella se puso a acunar el teléfono despacio, mirándolo como si fuera el culpable de todas las frustraciones, perplejidades y separaciones. A través de aquel teléfono había oído su voz, que le llegaba desde muy lejos. Durante todos aquellos meses, había tratado de no pensar en la enorme y vacía distancia entre los dos; y ahora, esa voz lejana le hacía saber que no había pensado en otra cosa. Y sus palabras habían sido enérgicas y apuradas. Y como fondo le habían llegado otras voces alegres, jóvenes, alocadas; voces que él oía todos los días pero ella no; voces de quienes compartían con él su nueva vida. Y él había prestado atención a esas voces y no a ella cuando le suplicó que hablasen un minuto más. Apartó la mano del teléfono y lo mantuvo a cierta distancia con los dedos rígidos y separados, como si acabase de tocar algo horrendo. Entonces se dijo que debía dejarse de tonterías. Si buscas cosas por las que sentirte dolida, miserable e innecesaria, seguro que las encuentras, y cada vez con mayor facilidad, con tanta facilidad que ni siquiera te das cuenta de haberte puesto a buscarlas. Las mujeres solas suelen convertirse en expertas en esta práctica. Jamás debería formar parte de ese desgraciado grupo.
Al fin y al cabo, ¿a qué venía esa melancolía? Si él sólo disponía de unos breves instantes para hablar, pues sólo disponía de unos breves instantes para hablar, y nada más. Estaba claro que había tenido tiempo de contarle que iba a verla, de decirle que pronto estarían juntos. Y ahí estaba ella, ahí sentada, mirando ceñuda el teléfono, aquel teléfono bondadoso y fiel que le había llevado la maravillosa novedad. Lo vería dentro de una semana. Tan sólo una semana. Comenzó a sentir por la espalda y la cintura leves estremecimientos de entusiasmo, como muellecitos que al desenroscarse se convertían en espirales.
Este permiso no debía tener desperdicio. Pensó en la absurda timidez que se había apoderado de ella la última vez que él había vuelto a casa. Era la primera vez que lo veía de uniforme. Allí estaba él, en el diminuto apartamento, un elegante extraño, con ropas extrañas y elegantes. Hasta que se había marchado al ejército, jamás habían pasado una noche separados en todo lo que llevaban de casados; y cuando lo vio, apartó la mirada, retorció el pañuelo y no logró arrancarle a su garganta más que monosílabos. En esta ocasión no debía derrochar los minutos de ese modo. No debía mostrar esa timidez desgarbada que le robase siquiera un instante a sus veinticuatro horas de perfecta unión. Oh, Señor, sólo veinticuatro horas...
No. Era precisamente lo que no debía hacer; era justamente como no debía pensar. De ese modo lo había echado a perder la vez anterior. En cuanto la vergüenza la hubo abandonado y sintió que volvía a conocerlo, se había puesto a contar. Se sintió tan avasallada por la desesperada certeza del paso de las horas —sólo nos quedan doce horas, y ahora sólo cinco, ay, Dios mío, y ahora sólo una— que en ella no había cabida para la alegría y la naturalidad. Se había pasado el tiempo dorado quejándose de su paso. Mientras transcurría la última hora, se había mostrado tan desconsolada, y su conversación había sido tan triste y apocada, que él, nervioso y aburrido, le había hablado de malos modos y habían terminado riñendo. Cuando había tenido que marcharse para tomar el tren, no hubo adioses con abrazos, ni palabras tiernas que atesorar. Se había dirigido a la puerta, la había abierto, y había apoyado el hombro contra ella mientras sacudía la gorra de vuelo, se la colocaba y la ajustaba con sumo cuidado, un par de centímetros por encima de la oreja. Ella permaneció de pie en el centro de la sala, mirándolo, fría y muda. Cuando la gorra estuvo exactamente donde debía estar, él la miró y le dijo:
—Bueno. —Se aclaró la garganta—. Creo que será mejor que me marche.
—Supongo que sí —dijo ella.
Resuelto, él echó un vistazo al reloj y dijo:
—Llegaré justo a tiempo.
—Supongo que sí.
Ella se dio la vuelta, sin encogerse realmente de hombros, aunque el efecto fue como si lo hubiese hecho y se asomó a la ventana con indiferencia, como quien desea comprobar qué tiempo hace. Oyó el sonoro portazo y el chirrido del ascensor. Cuando supo que se había marchado, la fría calma la abandonó. Corrió por el pequeño apartamento, llorando y golpeándose el pecho.
Después le quedaron por delante dos meses para reflexionar sobre lo ocurrido, para ver cómo se las había arreglado para provocar aquel desagradable desastre. Se pasó las noches llorando. Ya no hacía falta que siguiera cavilando. Le habían dado una lección; ya podía olvidarse de cómo la había aprendido. Este nuevo permiso era el que debía recordar, el que ambos atesorarían para siempre. Iba a tener una segunda oportunidad, otras veinticuatro horas con él. Al fin y al cabo, no es tan poco, ¿sabes? Es decir, si no se piensa en ello como en una delgada fila de horas que van cayendo como las cuentas de un collar roto. Piensa en ello como en un largo día y una larga noche, brillantes y dulces, y verás que tanta suerte te parecerá increíble. Porque ¿cuántos pueden tener el recuerdo de un largo día y una larga noche, brillantes y dulces, para atesorar en sus corazones hasta el día de su muerte?
Para atesorar algo, debes cuidarlo. Más aún, debes comprender qué clase de cuidado requiere. Debes conocer las reglas y ceñirte a ellas. Eso haría. Lo mismo que había hecho durante todos aquellos meses, al escribirle sus cartas. En ese sentido, había tenido que aprender ciertas reglas; la primera de ellas era la más difícil: nunca le digas lo que quieres que él te diga a ti. Nunca le digas con cuánta pena lo echas de menos, cómo las cosas no mejoran, cómo cada día sin él es más amargo que el anterior. Enumérale los acontecimientos alegres que te rodean, cuéntale pequeñas y brillantes anécdotas, no necesariamente inventadas, pero atractivamente embellecidas. No lo acoses con los anhelos de tu fiel corazón porque es tu marido, tu hombre, tu amor. Pues a ninguno de ellos le escribes. Le escribes a un soldado.
Conocía aquellas reglas. Antes la muerte —y sus palabras habrían estado bastante cerca de la verdad— que enviarle una carta llena de quejas y tristezas o de fría rabia a su marido, un soldado que estaba lejos, cansado de fatigas, dándolo todo por una maravillosa causa. Si en sus cartas podía ser todo lo que él quería que fuera, cuánto más fácil le resultaría serlo cuando estuvieran juntos. Las cartas eran difíciles; había que considerar y escoger cada palabra. Cuando volvieran a estar juntos, cuando pudieran verse, oírse y tocarse, no habría afectación. Juntos hablarían y reirían. Habría ternura y emoción. Iba a ser como si jamás se hubiesen separado. Quizá nunca lo habían hecho. Quizá no existieran una vida extraña y nueva, ni una distancia extraña y vacía, ni voces extrañas y alegres para dos seres que en realidad eran uno solo.
Le había dado mil vueltas. Había aprendido las normas sobre lo que no debía hacer. Ahora podría abandonarse a la alegría de esperar su llegada.
Fue una semana estupenda. Volvió a contar los días, pero esta vez le resultó agradable ver cómo transcurría el tiempo. Llega dentro de tres días, llega pasado mañana, llega mañana. Yacía despierta en la oscuridad, pero la suya era una vigilia emocionante. Durante el día, caminaba erguida, orgullosa de su guerrero. En la calle, miraba con divertida compasión a las mujeres que iban del brazo de hombres de paisano.
Se compró un vestido nuevo; negro (a él le gustaban los vestidos negros); sencillo (a él le gustaban los vestidos normales), y tan caro que no quiso pensar en el precio. Lo cargó en cuenta, y supo que en los meses siguientes rompería la factura sin siquiera sacarla del sobre. Qué más daba, no eran momentos para pensar en los meses siguientes.
El día de permiso caía en sábado. Se sonrojó, agradecida al ejército por aquella coincidencia, porque, a partir de la una, el sábado le pertenecía por entero. Salió de la oficina, no se detuvo a comer y se compró un perfume, agua de colonia y aceites de baño. Le quedaban restos de las tres cosas en las botellas del tocador y en el baño, pero contar con más reservas la hacía sentirse deseada y segura. Se compró un camisón, una prenda deliciosa de suave gasa estampada con pequeños ramilletes, mangas vaporosas e inocentes, cuello estilo Romney y un lazo azul. No aguantaría ni un solo lavado, tendría que enviarlo a un tintorero francés..., qué más daba. Se lo llevó a casa a toda prisa, para guardarlo bien doblado en una funda de satén.
Después volvió a salir y compró lo necesario para preparar cócteles y whisky con soda; se echó a temblar al ver los precios. Recorrió doce manzanas para comprar el tipo de galletas saladas que a él le gustaba tomar con el aperitivo. Al regresar, pasó por delante de una floristería en cuyo escaparate exhibían tiestos con fucsias. Ni siquiera intentó resistirse. Eran demasiado encantadoras, con aquellos cálices invertidos y delicados, color pergamino, y sus graciosas campanillas color magenta. Compró seis tiestos. La semana siguiente tendría que saltarse los almuerzos..., qué más daba.
Cuando terminó de arreglar la sala, tenía un aspecto elegante y alegre. Alineó los tiestos de fucsias en el alféizar de la ventana, sacó una mesa y en ella dispuso copas y botellas, ahuecó los cojines y distribuyó de modo atractivo unas revistas de brillantes portadas. Aquél era un lugar que alguien que entrara con ilusión encontraría deliciosamente acogedor.
Antes de cambiarse de vestido, telefoneó al hombre que se ocupaba de la centralita y el ascensor.
—Oh —dijo cuando por fin le contestó—. Oh, quería pedirle que cuando llegue mi marido, el teniente McVicker, le diga que suba.
Aquella llamada era del todo innecesaria. El agotado conserje habría dejado subir a cualquiera a cualquier piso sin necesidad de que se lo anunciaran antes por teléfono. Pero ella deseaba pronunciar las palabras. Deseaba decir «mi marido» y deseaba decir «teniente».
Entró cantando en el dormitorio para vestirse. Tenía una vocecilla dulce e insegura que hizo parecer ridícula aquella alegre canción.
Surcaremos el azul del cielo
en raudo y vertiginoso vuelo.
Aquí vienen a por nuestros truenos.
Muchacho, disparad sin freno.
Siguió cantando con aire preocupado mientras prestaba suma atención a sus labios y sus pestañas. Después, al ponerse el vestido nuevo, dejó de cantar y contuvo el aliento. Le sentaba bien. El precio de aquellos vestidos negros tan sencillos tenía una razón de ser. Se contempló en el espejo con profundo interés, como si observara a una elegante desconocida, los detalles de cuyo vestido intentaba memorizar.
Mientras estaba allí de pie, sonó el timbre. Sonó tres veces, estridente y rápido. El había llegado.
Se quedó boquiabierta y sus manos revolotearon sobre el tocador. Aferró el atomizador y con violencia se rocié perfume por la cabeza y los hombros; algo alcanzó a tocarlos. Ya se había perfumado, pero quería disponer de otro minuto, de un momento más, de lo que fuese. Porque había vuelto a apoderarse de ella aquella ultrajante timidez. No lograba reunir el coraje suficiente para dirigirse a la puerta y abrirla. Allí estaba, temblando y echándose perfume.
El timbre volvió a sonar otras tres veces, estridente y rápido, y después siguió un repiqueteo interminable.
—¿No puedes esperar? —gritó. Tiró el atomizador, desesperada, miró por todo el cuarto como buscando un escondite, y después, con severidad, se obligó a erguirse cuan alta era y procuró controlar el estremecimiento de su cuerpo. El timbre parecía llenar el apartamento con su sonido agudo.
Se dirigió a la puerta. Antes de llegar a ella, se detuvo, se llevó las manos a la cara y rogó:
—Ay, que todo salga bien, por favor —susurró—. Ojalá no haga las cosas mal. Ojalá todo sea maravilloso.
Después, abrió la puerta. El sonido del timbre cesó. Allí estaba él, en el rellano brillantemente iluminado. Todas aquellas noches tristes e interminables, todas aquellas promesas sensatas. Y ahora él había llegado. Y allí estaba ella.
—¡Vaya, por el amor de Dios! —exclamó ella—. No tenía ni idea de que estuvieran llamando. Y tú aquí, tan calladito.
—¡Hay que ver! ¿No oías el timbre? —dijo él.
—¿Es que no puede una siquiera tener tiempo para calzarse? —dijo ella.
El entró y cerró la puerta.
—Oh, cariño —le dijo. La tomó entre sus brazos.
Ella le rozó los labios con la mejilla, inclinó la frente contra su hombro y se apartó de él.
—¡Bueno! —exclamó—. Me alegra verte, teniente. ¿Qué tal marcha la guerra?
—¿Cómo estás? —preguntó él—. Estás preciosa.
—¿Yo? Mirate tú.
Era digno de contemplar. Una ropa estupenda complementaba un estupendo cuerpo. La precisión de sus movimientos era absoluta; sin embargo, no parecía ser consciente de ello. Permanecía erguido y se movía con gracia y seguridad. Tenía el rostro bronceado. Era delgado, tan delgado que se le marcaban los huesos de las mejillas y de las mandíbulas; pero no mostraba síntomas de cansancio. Su aspecto era suave, sereno, confiado. Era un oficial estadounidense, y no había un espectáculo más estupendo que él.
—¡Bueno! —exclamó ella. Se obligó a mirarlo a los ojos y, de pronto, notó que ya no le resultaba difícil—. Bueno, no podemos quedarnos aquí de pie, diciéndonos «Bueno» todo el rato. Anda, pasa y siéntate. Tenemos un día entero por delante... ¡Oh, Steve!, ¿no es maravilloso? Por cierto, ¿no has traído una bolsa?
—Pues no, verás —comenzó a responder, y se interrumpió. Lanzó la gorra sobre la mesa, entre las botellas y las copas—. La he dejado en la estación. Me temo que tengo muy malas noticias, cariño.
Ella impidió que sus manos volaran a buscar cobijo en su pecho.
—¿Te vas..., te vas al extranjero de inmediato?
—Cielos, no —repuso él—. Claro que no. Te he dicho que eran muy malas noticias. No. Han cambiado las órdenes, cariño. Nos han retirado todos los permisos. Debemos trasladarnos directamente al nuevo campamento. He de tomar el tren de las seis y diez.
Ella se sentó en el sofá. Tenía ganas de echarse a llorar; pero no en silencio, con lágrimas lentas, de cristal, sino con la boca abierta y la cara toda manchada. Tenía ganas de tirarse al suelo, boca abajo, y patear y gritar y ponerse rígida si alguien intentaba levantarla.
—Me parece horrible —dijo——. Me parece detestable.
—Ya lo sé —admitió él—. Pero no podemos hacer nada. El ejército es así, señora Jones.
—¿Y no podías haber dicho algo? ¿No podías haberles dicho que sólo te han dado un permiso en seis meses? ¿No podías decirles que la única ocasión que tenía tu mujer de verte otra vez eran estas míseras veinticuatro horas? ¿No podías explicarles lo que este permiso significaba para mí? ¿No podías?
—Vamos, vamos, Mimi. Estamos en guerra.
—Lo siento, perdona. Lo sentí en cuanto lo dije. Lo sentí mientras te lo decía. Pero... ¡Oh, es que es tan difícil!...
—A nadie le resulta fácil —dijo él—. No sabes con qué ganas esperaban los muchachos este permiso.
—¡Me importan un cuerno los muchachos!
—Con ese espíritu, ganarán los nuestros —comentó él.
Se sentó en el sillón más grande, estiró las piernas y las cruzó.
—Lo único que te importan son esos pilotos —le reprochó ella.
—Mira, Mimi. No tenemos tiempo para esto. No tenemos tiempo para enfadamos y decirnos un montón de cosas que no sentirnos. Todo está tan..., tan acelerado. No tenemos tiempo para esto.
—Ya lo sé, pero es que... ¡Oh, Steve, no sé!
Se acercó a él y se sentó en el brazo del sillón para hundir el rostro en el hombro de su marido.
—Así está mejor —dijo él—. Cuánto he pensado en este momento.
Ella asintió frotando la cabeza contra su guerrera.
—Si supieras lo que significa volver a sentarse en un sillón decente... —dijo él.
Ella se irguió y repuso:
—Ah, lo dices por el sillón. Me alegro de que te guste.
—En la sala de pilotos tienen los peores sillones del mundo —le explicó él—. Un montón de mecedoras viejas y desvencijadas; mecedoras, como lo oyes; donadas por los patriotas de gran corazón, para que no ocuparan sitio en el desván. Si en el nuevo campamento los muebles no mejoran, tendré que hacer algo, aunque deba ir a comprarlos yo mismo.
—Eso haría yo si estuviera en tu lugar —dijo ella—. Me privaría de comer, de vestir y de mandar la ropa a la lavandería con tal de que los muchachos pudieran sentarse cómodamente y estar contentos. Te digo más, incluso sería capaz de no ahorrar para poder comprar sellos y escribirle una carta a mi mujer de vez en cuando.
Se puso en pie y se paseó por la sala.
—Mimi, ¿qué es lo que te ocurre? —inquirió él—. ¿Acaso estás..., estás celosa de los pilotos?
Para sus adentros, contó hasta ocho. Después se dio la vuelta y le sonrió.
—Bueno..., supongo que sí —repuso—. Supongo que eso es exactamente lo que me pasa. Y no sólo estoy celosa de los pilotos, sino de todo el cuerpo del aire. De todo el ejército de Estados Unidos.
—Eres maravillosa —le dijo él.
—Verás, es que tú tienes toda una vida nueva —dijo ella con sumo cuidado—, y yo... sólo tengo media vida de antes. Tu vida está tan lejos de la mía que no sé cómo van a hacer para volver a reunirse.
—Qué tonterías.
—No, por favor, espera —suplicó ella—. Es que me pongo tensa y... supongo que tengo miedo, y digo cosas por las que podría cortarme el cuello por decirlas. Pero sabes lo que de veras siento por ti. Estoy tan orgullosa de ti que no encuentro palabras para expresarlo. Sé que estás haciendo la cosa más importante del mundo, quizá la única cosa importante del mundo. Sólo que... ¡Oh, Steve, ojalá no te gustara tanto hacerla!
—Escúchame —le pidió él.
—No. No se debe interrumpir a una dama. Es impropio de un oficial, es como llevar paquetes por la calle. Sólo intento explicarte un poco cómo me siento. No logro acostumbrarme a que me excluyan de manera tan total. No te preguntas lo que hago, no quieres saber qué me pasa por la cabeza..., ¡vamos, que ni siquiera me preguntas cómo me encuentro!
—¡Sí que te lo pregunto! En cuanto entré, te pregunté cómo te encontrabas.
—Muy amable por tu parte.
—Por el amor de Dios! —exclamó él—. No hacía falta que te lo preguntara. Ya he visto el aspecto que tienes. Estás preciosa. Te lo he dicho.
Ella le sonrió y dijo:
—Sí, es verdad. Y al parecer lo decías en serio. ¿De veras te gusta mi vestido?
—Claro que sí. Siempre me ha gustado cómo te sienta ese vestido.
Ella se quedó de piedra.
—Este vestido —le dijo, pronunciando cada palabra con insultante nitidez— es nuevo. No me lo había puesto en mi vida. Y por si te interesa, lo compré especialmente para esta ocasión.
—Lo siento, cariño. Tienes razón, ahora me doy cuenta de que no es el otro. Me parece estupendo. Me encanta cómo te sienta el negro.
—En momentos como éste es cuando me entran ganas de ir de negro por otras razones.
—Basta ya —le pidió él—. Siéntate y cuéntame cosas de ti. ¿Qué has hecho últimamente?
—Pues nada.
—¿Qué tal la oficina?
—Aburrida —repuso ella—. Mortalmente aburrida.
—¿Con quién has salido?
—Pues con nadie —respondió ella.
—Bueno, pero ¿qué haces?
—¿Por la noche? —preguntó ella—. Pues me quedo aquí sentada, hago punto, leo cuentos de detectives que después descubro que ya había leído.
—Haces muy mal. Es una soberana tontería que te pases las veladas aquí sentada, aburriéndote. Eso no le hace el menor bien a nadie. ¿Por qué no sales más?
—Detesto salir sólo con mujeres —respondió ella.
—Pero ¿por qué tienes que salir sólo con mujeres? Ralph está en la ciudad, ¿no? Y John, y Bill, y Gerald. ¿Por qué no sales con ellos? Eres tonta si no lo haces.
—No se me había ocurrido pensar que serle fiel al propio marido fuera una tontería.
—¿No estás exagerando un poco? —preguntó él—. Se puede salir a cenar con un hombre y no por ello caer en el adulterio. Y no utilices palabras como «propio». Estás horrible cuando te haces la elegante.
—Ya lo sé. Nunca me sale bien cuando lo intento. No. Tú sí que te estás portando horriblemente, Steve. De veras. Trato de ofrecerte una breve visión de mi corazón, de contarte lo que siente cuando no estás, cuánto me desagrada estar en compañía de otros si no puedo estar contigo. Y tú te limitas a decirme que no le hago el menor bien a nadie. Será algo muy bonito en que pensar cuando te marches. No tienes ni idea de lo que significa para mí estar aquí sola. Ni idea.
—Sí que tengo idea. Sí que lo sé, Mimi. —Tendió la mano y cogió un cigarrillo de la mesita que tenía al lado, y le llamó la atención la brillante revista que había junto a la pitillera—. Oye, ¿es de esta semana? Todavía no la he leído. —Le echó un vistazo a las primeras páginas.
—Adelante, lee si quieres. Espero que mi presencia no te moleste.
—No estoy leyendo —replicó él, y dejó la revista—. Es que no sé qué decirte cuando te pones a hablar de ofrecerme una breve visión de tu corazón y cosas por el estilo. Ya sé que lo estarás pasando fatal. Pero ¿no te estarás compadeciendo demasiado de ti misma?
—Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?
—¿Por qué motivo querrías que te compadecieran? —preguntó——. Estarías perfectamente si dejaras de quedarte aquí encerrada y sola. Me gustaría pensar que te diviertes cuando yo no estoy.
Se acercó a él y le dio un beso en la frente.
—Teniente —le dijo—, eres un personaje mucho más noble que yo. O es eso, o hay algo más detrás de todo esto.
—Anda, calla —le dijo, y la atrajo hacia él y la abrazó. A ella le pareció que se derretía en sus brazos y se quedó allí, quieta.
Después, ella notó que él apartaba el brazo izquierdo y que levantaba la cabeza del sitio que había ocupado junto a la de ella. Alzó la mirada para observarlo. Estiraba el cuello por encima del hombro de ella para poder ver el reloj.
—Ya está bien! —exclamó ella. Le colocó las manos contra el pecho y se apartó de él enérgicamente.
—Es que se pasa tan deprisa... —dijo él en voz baja, sin apartar la mirada del reloj—. Sólo nos queda un ratito, cariño.
Ella volvió a derretirse.
—Oh, Steve —susurró—. Oh, amor mío.
—Me gustaría tomar un baño —dijo él—. Levántate, ¿quieres, nena?
Ella se levantó de un salto y le preguntó:
—¿Vas a tomar un baño?
—Sí. No te importa, ¿verdad?
—En absoluto —respondió ella—. Seguro que vas a disfrutarlo. Siempre me ha parecido que es una de las maneras más agradables de matar el tiempo.
—Ya sabes cómo se siente uno después de un largo viaje en tren.
—Vaya, claro.
El se levantó y fue al dormitorio, desde donde le gritó:
—Me daré prisa.
—¿Para qué?
Tuvo unos momentos para considerar su actitud. Entró en el dormitorio, llena de dulzura y renovada resolución. El había colgado prolijamente la guerrera y la corbata sobre una silla y se estaba desabrochando la camisa. Al entrar ella, se la quitó. Ella contempló el hermoso triángulo moreno de su espalda. Haría por él cualquier cosa, lo que fuera.
—Iré a..., iré a abrir el grifo de la bañera —le dijo ella.
Entró en el cuarto de baño, abrió los grifos de la bañera y preparó las toallas y la alfombrita.
Justo cuando regresaba al dormitorio, él entraba desde la sala, desnudo. Llevaba en la mano la brillante revista a la que acababa de echarle un vistazo. Ella se paró en seco.
—Vaya, ¿piensas leer en la bañera? —le preguntó.
—¡Si supieras cuánto he esperado este momento! —exclamó él—. ¡Un baño caliente! En el campamento sólo tenemos duchas, y cuando te duchas, hay cien muchachos haciendo cola, gritándote que te des prisa y salgas.
—Será porque no soportan estar alejados de ti —dijo ella.
El le sonrió.
—Te veré dentro de un par de minutos —le dijo, entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Ella oyó el lento chapoteo del agua cuando él se metió en la bañera.
No se movió de donde estaba. El dormitorio rebosaba de vida gracias al perfume que había rociado; demasiado presente, demasiado persistente. Su mirada se dirigió al cajón de la cómoda donde yacía, envuelto en suave fragancia, el camisón de los pequeños ramilletes y el cuello estilo Romney. Se acercó a la puerta del cuarto de baño, echó hacia atrás el pie derecho y le asestó una patada tan violenta a la base que hizo sacudir todo el marco.
—¿Qué pasa, cariño? —le gritó él—. ¿Quieres algo?
—¡No, qué va! Nada. Tengo todo lo que una mujer puede desear, ¿no?
—¿Cómo? —gritó él—. No te oigo, cariño.
—Nada —aulló ella.
Se fue a la sala. Se detuvo; respiró pesadamente, se hundió las uñas en las palmas de las manos mientras observaba las fucsias florecidas, sus cálices color pergamino sucio, sus vulgares campanillas color magenta.
Respiraba tranquilamente y tenía las manos relajadas cuando él volvió a entrar en la sala. Se había puesto los pantalones y la camisa, y llevaba la corbata admirablemente bien anudada. Llevaba el cinturón en la mano. Se volvió hacia él. Había cosas que habría querido decirle, pero cuando lo vio sólo logró sonreírle. El corazón se le derritió dentro del pecho.
El tenía el ceño fruncido.
—Oye, cariño, ¿por casualidad no tendrás líquido para limpiar bronce?
—Pues no —repuso ella—. Ni siquiera tenemos cosas de bronce.
—Bueno, ¿tendrás esmalte para uñas... incoloro? Muchos de los muchachos lo usan.
—Estoy segura de que les sentará adorablemente —comentó ella—. Sólo tengo esmalte de color rosa. ¿Te serviría de algo? Dios quiera que no.
—No —respondió él con aire preocupado—. El color rosa no me serviría. Diablos, supongo que no tendrás un paño Blitz, ¿verdad? ¿O un Shine-O?
—Si tuviera la más mínima idea de qué me estás hablando, podría resultar mejor compañía.
Le tendió el cinturón y le dijo:
—Quiero lustrar la hebilla.
—Oh..., Dios... me libre... y me guarde... —dijo ella—. Nos quedan diez minutos y quieres lustrar la hebilla del cinturón.
—No quiero presentarme ante mi nuevo comandante con la hebilla del cinturón sin lustrar.
—Para presentarte ante tu esposa la llevabas lo bastante lustrada, ¿no?
—Basta ya —le pidió él—. No quieres entenderme, eso es todo.
—No es que no quiera entenderte. Es que no me acuerdo. Hacía muchísimo tiempo que no estaba con un niño explorador.
Él la miró.
—Te estás portando de maravilla, ¿no? —Echó un vistazo a su alrededor—. Tiene que haber un paño por alguna parte... Vaya, con esto me arreglaré.
Cogió una bonita servilleta de cóctel de la mesa llena de copas y botellas sin tocar, se sentó con el cinturón sobre las rodillas y se puso a frotar la hebilla.
Ella lo observó durante un instante, después se precipitó sobre él y se aferró a su brazo.
—Por favor, Steve, no era mi intención.
—Por favor, dé jame terminar, ¿quieres? —Apartó el brazo de un tirón y siguió lustrando.
—¡A mí me dices que no quiero entenderte! —le gritó ella—. Eres tú quien no quiere entender a nadie. Salvo a esos pilotos chiflados.
—¡No son chiflados! Son unos chicos estupendos. Serán grandes luchadores. —Y siguió frotando la hebilla.
—Ya lo sé! —exclamó ella—. Y sabes que lo sé. Cuando me pongo en contra de ellos no lo hago en serio. ¿Cómo iba a hacerlo en serio? Arriesgan la vida, y la visión y la cordura, lo dan todo por...
—No hables de ese modo, ¿quieres? —le pidió él, y siguió frotando la hebilla.
—¡No hablo de ningún modo! Intento decirte algo. Sólo porque llevas puesto un bonito uniforme te crees que jamás deberías escuchar una cosa seria, ni triste, ni desagradable. ¡Me pones enferma, eso es lo que haces! Ya lo sé, ya lo sé... No intento quitarte nada, me hago cargo de lo que estás haciendo, y ya te he dicho lo que pienso al respecto. Por el amor de Dios, no vayas a pensar que soy tan malvada como para envidiarte la felicidad y la emoción que obtienes de todo ello. Sé que te resulta difícil. Pero nunca solitario, a eso quiero referirme. Gozas de un compañerismo que..., que ninguna esposa podrá ofrecerte. Supongo que es por la sensación de urgencia, tal vez la conciencia de vivir un tiempo prestado, el..., el saber que juntos vais a participar en lo mismo, quizá eso haga que la camaradería de los hombres en guerra sea algo tan firme, tan estable. Pero ¿por qué no intentas comprender cómo me siento? ¿No entiendes que todo esto es producto del asombro, de la ruptura y..., y del miedo que siento? ¿No entiendes qué es lo que me impulsa a hacer lo que hago, mientras me odio a mí misma por hacerlo? ¿Quieres comprenderme, por favor? Cariño, por favor.
El dejó la servilleta y le dijo:
—Mimi, no puedo soportar este tipo de cosas, y tú tampoco. —Echó un vistazo al reloj—. Vaya, ya es hora de irme.
Ella se irguió cuan alta era y se puso rígida.
—Supongo que sí.
—Será mejor que me ponga la guerrera.
—No veo razón alguna para que no lo hagas.
Él se levantó, pasó el cinturón por las trabillas de los pantalones y se fue al dormitorio. Ella se asomó a la ventana y se quedó mirando hacia fuera con indiferencia, como quien desea comprobar qué tiempo hace.
Lo oyó regresar a la sala, pero no se volvió. Oyó cómo se detenían sus pasos, supo que estaba allí de pie.
—Mimi.
Se volvió hacia él, echando los hombros hacia atrás, levantando la barbilla, fría, majestuosa.
Entonces le vio los ojos. Ya no estaban brillantes, alegres, confiados. Su tono azul se veía deslucido y parecían preocupados; la miraban suplicantes.
—Mimi, ¿acaso piensas que hago esto por gusto? —le preguntó—. ¿Acaso piensas que quiero estar lejos de ti? ¿Acaso piensas que es esto lo que creí que estaría haciendo en estos momentos? En los años en que..., bueno, en que deberíamos estar juntos.
Se interrumpió. Después volvió a hablar, pero con cierta dificultad.
—No puedo hablar de estas cosas. Ni siquiera puedo pensar en ellas.., porque si lo hiciera, sería incapaz de hacer mi trabajo. Pero el hecho de que no hable de este tema no significa que quiera hacer lo que estoy haciendo. Quiero estar contigo, Mimi. Que es donde debo estar. Y tú lo sabes, cariño. ¿No es verdad?
Le tendió los brazos. Ella corrió hacia ellos. Esta vez no rozó su mejilla contra los labios de él.
Cuando él se hubo marchado, ella se quedó un momento junto a las fucsias y tocó con delicadeza, con ternura, los encantadores cálices color pergamino, las exquisitas campanillas color magenta.
Sonó el teléfono. Al contestar la llamada, oyó que una amiga le preguntaba por Steve, quería saber qué aspecto tenía, cómo estaba, le pidió que se pusiera al teléfono para poder saludarlo.
—Ya se ha marchado —dijo ella—. Les anularon todos los permisos. Ha estado en casa apenas una hora.
La amiga se compadeció. Era una lástima, era horrible, era absolutamente terrible.
—No, no digas eso —dijo ella—. Sé que no hemos tenido mucho tiempo. ¡Pero ha sido maravilloso!

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2 comentarios

La señora Parker es una de las escritoras más interesantes para mi en los Estados Unidos. Tengo claro que no es probablemente de las tres o cuatro mejores, pero es totalmente imprescindible. Des de que conozco a Muriel Spark, muchas veces me recuerdan a una forma de escribir y un humor algo parecido, a ambos lados del océano.

En su tiempo leí muchos relatos de ella, pero no recordaba este. Me ha encantado volver a leerlo y me han dado muchas ganas de "meterle mano" a la Parker otra vez. Necesito quien me quite algo de estrés.

Muy buena selección, como siempre.

19 de marzo de 2011, 21:30

Sí, tienes razón, tal vez no sea de las grandes pero sí de las imprescindibles de la literatura norteamericana. Yo a veces, en este sentido la comparo con Wodehouse, no es de los grandes pero sí de los imprescindibles para entender lo británico, su literatura incluida.
La comparación con Spark se me escapa un poco, pero tengo poco leído de Spark todavía.

19 de marzo de 2011, 22:14

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