Alfonso Hernández Catá - "El testigo"

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Nacido en Salamanca de padre español y madre cubana. Fue novelista, cuentista, poeta y ensayista. Como autor de cuentos se encuentra entre los más importantes de la literatura hispanoamericana. Su obra se considera renovadora en Cuba y se enmarca claramente en el modernismo, es decir, abandona los límites del realismo decimonónico y vuelve a explorar el mundo de la fantasía y la imaginación que el naturalismo había desterrado de la literatura.

Aquel peligro con que había jugado noches y noches, hasta aclimatarse a él y casi olvidarlo, sobrevino al fin.
Apenas oyó las palmadas llamando al sereno, en la calle, tuvo el presentimiento de que su marido venía a sorprenderla; y sólo entonces su conciencia, adormecida durante tantos días entre la molicie del pecado, dio un salto en el alma; un salto espiritual casi tan grande como el físico de su amante, que había comenzado a vestirse, apresurado y trémulo.
Repentino instinto les hizo comprender los inconvenientes de aquel descenso peligroso y sobre todo escandaloso a través del balcón, proyectado desde el principio de sus relaciones, y la ventaja de sustituirlo por otro plan más factible. Sí, era mejor. Con esa fe irreverente de algunas mujeres, invocó a su Virgen venerada para que le valiese en el trance, prometiendo a cambio no delinquir más; y, ya tranquila, le dijo a su cómplice con desprecio, con ira de verlo acobardado:
-No te asustes; aun tiene que subir y que abrir la puerta... Mira, en vez de saltar por aquí, es mejor que cojas todo y esperes en el cuarto del niño, allí no ha de entrar él. Vendrá directamente aquí, y mientras que yo lo entretengo, tú descorres, sin hacer ruido, el pestillo y te vas.
Salieron en puntillas de la alcoba y entraron en el cuarto del niño, que estaba próximo a la puerta de la calle. La luz de la lamparilla hizo bambolearse sobre una pared dos siluetas, y ella, mientras escondía al amante bajo la cortina de un perchero, miró la cara de su hijito y tuvo la momentánea ilusión de verlo parpadear. Pero no, el nene dormía sosegadamente: basta oír su respiración apacible. La cobardía del hombre la había contagiado.
En seguida volvió a la alcoba, borró en la cama y en las almohadas las huellas del cómplice, y se estuvo quieta, en acecho. Ya la llave giraba con ruido mal evitado en la cerradura. ¡Su pobre marido era torpe para disimular hasta cuando pretendía sorprenderla! Y por primera vez se le manifestaron la franqueza y la hidalguía implícitas en aquella dificultad para el engaño.
"Yo, en su lugar - pensó -, habría aceitado la cerradura; me habría procurado de antemano, una llave de abajo para no tener que llamar al sereno, y en lugar de someterlo a aquel interrogatorio de seguro estéril, que, a pesar de las voces veladas resonó en el silencio de la noche como un aviso, dándole tiempo para apercibirse, habría subido silenciosa, felina..."
También por primera vez aquella idea de superioridad sobre su marido le produjo ternura. Estaba cierta de poder engañarle, estaba cierta de que al llegar delante de ella y no encontrar un hombre a su lado, se excusaría torpemente, arrepentido, convencido... Y esta inferioridad le hizo sentir toda la vergüenza de su culpa.
Fue uno de esos instantes inmensos que dan espacio a todas las recapitulaciones. Pensó en la estupidez de su falta, en el hijito idolatrado que iba a escudar con su inocencia a quien, por sensual capricho nada más, había hecho ser mala a su madre, comparó al marido con el egoísta que antes sus proposiciones de salvarlo y de quedar sola, expuesta a la venganza, no tuvo ni una sola protesta. Y entonces comprendió tardíamente, como llega tantas veces la comprensión, que aquel hombre había maleado su alma para poder apoderarse de lo único que deseaba de ella: de su cuerpo.
Pero ya se percibía por las rendijas de la puerta el resplandor de la luz; ya los pasos habían dejado detrás el cuarto del niño... Y de súbito la puerta de la alcoba se abrió con violencia.
Ella fingió despertar, y en cuanto vio en el rostro del marido la turbación, comprendió que estaba salvada. Apenas se cruzaron las primeras palabras pareció él el culpable.
Con conmovedora sorpresa trataba de justificar su regreso del club a hora extemporánea:
-Me encontraba mal... Ya repararías que casi no cené. Al abrir la puerta me pareció oír ruido, y por eso saqué el revólver. Perdóname el susto... No, no te molestes en hacerme nada... Me voy a acostar.
Mientras se desnudaba, ella no dejó de hablar volublemente, fingiendo haber creído todos los pretextos. Hablaba esforzando un poco la voz, para amortiguar cualquier ruido lejano. Al cabo oyó o adivinó que la puerta de la calle se cerraba con sigilo, e impelida por esa imprudencia hija del triunfo, le preguntó:
-¿Ese es el ruido que sentiste antes? Debe de ser alguna ventana abierta. Ve a ver.
Él tuvo un movimiento hacia la puerta, y luego, encogiéndose de hombros y ruborizándose, repuso:
-No, no. Hazme sitio... ¡Tengo un cansancio!
-¿No quieres que hablemos un rato?
-No, no... Hasta mañana.
Pasó largo tiempo. A pesar de la obscuridad y de la quietud, ella comprendió que estaba despierto. Algo eléctrico y febril hacía vibrar los cuerpos al menor contacto. De pronto, él le dijo con voz violenta y conmovida:
-Oye: yo no quiero vigilarte nunca ni hacer caso de anónimos ni habladurías. Necesito tener confianza en ti... Pero si algún día te cojo en lo más mínimo, te mato. ¡Por éstas!
Y cuando ella, sintiendo en el alma y en la carne la verdad de aquella amenaza, iba a incorporarse para responder, él le puso la diestra callosa y rotunda sobre la boca, impidiéndole hablar.
-No me contestes nada, es mejor. Ya está dicho.
Luego la abrazó con abrazos espasmódicos, que tenían algo de goce y algo de tortura, como en aquellos primeros tiempos del matrimonio; y mientras ella se abandonaba pesarosa y feliz a las caricias, propósitos de fidelidad llenaban su mente.
No era miedo a que el alma primitiva del marido dictase al brazo el cumplimiento de su amenaza, no. Ahora preferiría morir a faltarle de nuevo: ya conocía el gusto agrio del pecado, ya sabía lo que era ser infiel... Lo había sido por malsana curiosidad, pero sin causa, casi sin goce... Ningún hombre podía valer más que el suyo. En todo caso, aunque alguno valiese un poco más, debería conformarse y pensar en los que valían menos... Porque en todas las cosas de la vida debía haber siempre ricos y pobres y, si él era un poco brusco, la quería, y era, sobre todo el padre de su hijo idolatrado, que no los tenía más que a ellos en el mundo para hacerlo feliz.
Otra vez, de pronto, él le preguntó:
-¿En qué piensas?
-¡En ti, en ti, en ti!
La sinceridad y la vehemencia del tono lo convencieron. La volvió a acariciar, y también la carne, con su persuasión muda, le dijo que pensaba en él y que correspondía a sus caricias con esa violencia inconfundible de la pasión. Así permanecieron mucho rato, entre besos mudos, elocuentes. Y al día siguiente, contra la costumbre, se levantaron tarde.
Toda la mañana ella estuvo aturdida de dicha. Hasta la criada se lo notó. De tiempo en tiempo tenía que decirse a sí misma: "Cálmate, cálmate..." Una necesidad de ejercicio la obligó a trabajar, y le sobró tiempo para todo. A mediodía ocurriósele obsequiar a su marido con uno de sus platos predilectos, y guisó con esmero, con entusiasmo, con poesía casi. Luego mandó a comprar flores y adornó la mesa.
Estaba saturada de alegría, como una persona que creyéndose irremediablemente perdida encuentra de pronto el camino. Era cual si se acabase de casar, cual si tuviera otra vez toda la vida por delante, cual si hubiera pasado una enfermedad grave y renaciese en primavera... La monotonía de diez años de matrimonio habíase desvanecido. Y a las doce y media sintió aquella feliz impaciencia que al comienzo del matrimonio le producía la menor tardanza del esposo, y se asomó al balcón para esperarlo.
Al fin lo vio: venía allá por el final de la calle, con el niño, a quien todos los días iba a recoger al colegio. Una ola de ternura le subió a los ojos. ¡Ya su hijito era casi un hombre! Bastaba mirar su aire serio, el esmero con que traía el portalibros, su aspecto a la vez despierto y ponderado, para comprender que era excepcional. ¡Pocos niños de nueve años habría tan reflexivos, tan formales! ¿Cómo pudo ella manchar ni siquiera en sueños aquella infancia? ¡No merecía volver a ser dichosa después de...! Pero su nueva vida rescataría la mala, la anterior...
Los vio entrar, fue a abrirles la puerta, y los besó a los dos emocionadamente. Después, en la mesa, hubo de hacer esfuerzos para disimular que estaba alterada. Hubiese querido poder gritar: "Voy a ser buena". Hubiera querido arrodillarse, confesar su maldad y pedir perdón a todas las cosas profanadas: a las ropas íntimas, a los muebles, a aquella cama, sobre todo, que la había sustentado pura y culpable con los mismos crujidos de muelles. ¿Los mismos? Tal vez no. Tal vez no...
La luz, tamizándose en una cortina, suavizaba la blancura del mantel y la de las flores, y el humo de la sopera, la carita del hijo, la sana confianza del padre, todo, adquiría para ella un sentido de nobleza y de paz. ¡Esta era su verdadera vida! ¡Ahora sí que iba a ser feliz! Más que una comida, aquélla fue una comunión.
A los postres dio de su plato una cucharadita al niño y otra al marido... Sí, no bastaba ser buena: además, sería mimosa en adelante, porque los mimos contrarrestan el frío de la costumbre. Constituía una vergüenza la mancha que llevaba él en la solapa... Esa mancha, como la otra, la horrible, serían las últimas. "Desde hoy no habrá patena más limpia que sus trajes ni que mi conducta", se dijo. Al verlos levantarse para irse, se sorprendió. ¿Era ya la hora? Fue el tiempo más corto de su vida... Y los acompañó hasta la puerta.
Por la tarde salió decidida a ver al "otro" y a romper de una vez. Tenía cita con él en un parque lejano; pero, no queriendo hablarle para evitar complicaciones y posibles desfallecimientos, escribió una carta seca, irrevocable. Cada vez que recordaba su egoísmo y su miedo ridículo ante la posibilidad de la sorpresa, sentía hasta rubor. El falso Don Juan que había explotado su frivolidad y su novelería, en el caso de tener una mujer infame, como había sido ella, habría preferido aguantarse a matar. ¡Su marido sí que era un hombre!... Al ver al cómplice, de lejos, advirtió en su figura detalles defectuosos en que nunca se había fijado.
¿Y era aquél el ser que por poco tuerce para siempre su vida? Ahora era cólera contra sí misma lo que sentía, y se acusaba de ciega, de viciosa, de necia... Cuando estuvo junto a él le dijo, dándole la carta:
-Toma, toma y vete... Creo que me siguen.
El balbuceó, nervioso, casi al mismo tiempo:
-Estaba intranquilo por ti. ¿Te ha dicho algo tu hijito? Es monísimo. Anoche, en cuanto saliste, abrió los ojos y me habló. Debe haberme visto ya otras noches cuando no gritó y se dio cuenta... Él mismo cerró la puerta del pasillo para que no me oyeran salir.
Varias personas se aproximaban, y el hombre, separándose, siguió a paso largo por la avenida. Ella hubiera querido detenerlo, gritar, pedirle detalles, pero durante un largo minuto estuvo sin movimiento y sin voz, con las ideas dispersas, igual que si aquellas palabras que acababa de oír fueran de plomo y le hubiesen caído sobre la nuca...
Acaso su rostro reflejara su estado interior, porque algunos se volvían a mirarla con extrañeza. Inconscientemente anduvo sin rumbo más de dos horas, pasando y repasando por los mismos sitios. El frío de la tarde le restituyó la lucidez, y una idea única se hizo luminosa en su cerebro, lo llenó todo y calcinó su alma: ¡El niño lo sabía! Ya no era posible aquella vida de ventura y de bien a cuyo solo anuncio debía su única hora puramente feliz. ¿Cómo habría sido? ¿Qué palabras a la vez atroces e ingenuas se habrían cruzado entre aquel maldito hombre y su hijito? ¿Podría el niño haberse dado cuenta de todo, "de todo?" ¡Si fuera posible engañarlo!.. Pero no, ahora recordaba el aire sombrío del niño desde hacía algún tiempo, y, relacionándolo con la precocidad de la criatura, comprendió que ninguna esperanza era posible.
El mismo hecho de no haberle dicho ni una palabra, ni una alusión, confirmaba su certidumbre. Aquella inteligencia precoz de que ella con orgullo de madre se había tantas veces ufanado, habíale servido a su hijo para abrirle prematuramente esas cortinas de ilusión que ocultan durante algunos años la acritud de la vida.
¡Por su propia abyección y por la cobardía de aquel hombre iba a ser desgraciado su hijo! Hubiera preferido mil veces que la noche antes la hubiera sorprendido el esposo y dado la merecida muerte. Dios podía perdonarle la traición al hombre, pero no la traición al niño, porque un hombre puede insultar, puede vengarse, mientras que un niño es una pureza indefensa... Imaginaba el doloroso esfuerzo del nene para sobrellevar en silencio el descubrimiento de que tenía una mala madre. ¿Por qué había hecho ella eso? ¿Cómo iba a resistir ahora toda la vida aquella mirada de reproche? ¿Con qué autoridad iba a pretender inculcar en el alma infantil normas de rectitud? No, sería imposible, imposible.
Ocho campanadas traídas por la brisa pasaron sobre la arboleda. Era ya hora de cenar, y estaba muy lejos de su casa. Instintivamente se encaminó hacia la salida, mas al poco tiempo cambió de rumbo y volvió a internarse en el parque. Andaba de prisa, por voluntario paralelismo entre las ideas y los músculos. Cuando volvió a sonar otra hora, una nueva reacción de instinto le dictó: "Es mejor regresar ahora mismo. Inventa un pretexto y tu marido lo creerá". Y en seguida se pintó en su cerebro la mirada con que la acogería su hijo: Mirada triste, mirada que querría decir: "A mí no puedes engañarme: yo sé de dónde vienes, mamá... Pero no, tú no eres mi madre de antes: me has amargado con el vicio lo que con las entrañas me diste. Te debo este dolor que me obligará a entrar derrotado en la vida. Estamos iguales: si tú me diste la existencia, yo te la conservo callando".
¡Ella tendría que leer todo eso en los dulces ojos infantiles!... Y eso no sería sólo una vez, sino cada día que saliese, todos los días, siempre...
El tiempo pasaba. Una estrella fugaz fue a perderse hacia la ciudad, que se delataba a los lejos por una claridad blanquecina. En la casa, bajo la luz tranquila de la lámpara, el padre consultaba de rato en rato el reloj, taconeando de impaciencia, sin comprender, y el niño, para rehuir sus miradas, cruzó los brazos sobre el mantel, apoyó la cabeza y fingió dormir. La única que por fin logró descansar en aquella noche terrible, fue ella.
Los periódicos de la mañana anunciaron en pocas líneas que una mujer había aparecido ahogada en el estanque del parque. No pudo saberse si fue suicido o accidente. Los periodistas husmearon la pista de un suceso, pero faltos de datos hubieron de desistir de las pesquisas.
A los dos días otros dramas solicitaron la atención del público y sólo recordaron el hecho un niño, dos hombres y algunos allegados que fueron poco a poco olvidando.

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