Elena Poniatowska - "La casita de sololoi"

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Ensayista, novelista y cuentista mexicana nacida en Francia de padre polaco y madre mexicanofrancesa. Con Elena Garro, Rosario Castellanos e Inés Arredondo, tal vez, forma el poker de ases del cuento femenino mexicano. La situación de la mujer en la machista sociedad mexicana y la política están siempre presentes en sus narraciones. Para algunos críticos, su obra literaria y su activismo político son inseparables.

Magda, Magda, ven acá.
Oyó las risas infantiles en la sala y se asomó por la escalera.
—Magda, ¿no te estoy hablando?
Aumentaron las risas burlonas o al menos así las escuchó.
—Magda, ¡sube inmediatamente!
«Salieron a la calle —pensó— esto sí que ya es demasiado» y descendió de cuatro en cuatro la escalera, cepillo en mano. En el jardín las niñas seguían correteándose como si nada, el pelo de Magda volaba casi transparente a la luz del primer sol de la mañana, un papalote tras de ella, eso es lo que era, un papalote leve, quebradizo. Gloria, en cambio, con sus chinos cortos y casi pegados al
cráneo parecía un muchacho y Alicia nada tenía del país de las maravillas: sólo llevaba puesto el pantalón de su pijama, arrugadísimo, entre las piernas y seguramente oliendo a orines. Y descalza, claro, como era de esperarse.
—¿Qué no entienden? Me tienen harta.
Se les aventó encima. Las niñas se desbandaron, la esquivaban entre gritos. Laura, fuera de sí, alcanzó a la del pelo largo y delgado y con una mano férrea prendida a su brazo la condujo de regreso a la casa y la obligó a subir la escalera.
—¡Me estás lastimando!
—Y ¿tú crees que a mí no me duelen todas tus desobediencias? —En el baño la sentó de lado sobre el excusado. El pelo pendía lastimero sobre los hombros de la niña. Empezó a cepillarlo.
—¡Mira, nada más, cómo lo tienes de enredado!
A cada jalón, la niña metía la mano, retenía una mecha, impidiendo que la madre prosiguiera, había que trenzarlo, si no, en la tarde estaría hecho una maraña de nudos. Laura cepilló con fuerza: «¡Ay, ay, mamá, ya, me duele!» La madre siguió, la niña empezó a llorar. Laura no veía sino el pelo que se levantaba en cortinas interrumpidas por nudos; tenía que trozarlo para deshacerlos, los cabellos dejaban escapar levísimos quejidos, chirriaban como cuerdas que son atacadas arteramente por el arco, pero Laura seguía embistiendo una y otra vez, la mano asida al cepillo, las cerdas bien abiertas abarcando una gran porción de cabeza, zas, zas, zas, a dale y dale sobre el cuero cabelludo. Ahora sí, en los sollozos de su hija, la madre percibió miedo, un miedo que sacudía los hombros infantiles y picudos. La niña había escondido su cabeza entre sus manos y los cepillazos caían más abajo, en su nuca, sobre sus hombros. En un momento dado pretendió escapar, pero Laura la retuvo con un jalón definitivo, seco, viejo, como un portazo y la niña fue recorrida por un escalofrío. Laura no supo en qué instante la niña volteó a verla y captó su mirada de espanto que la acicateó como una espuela a través de los párpados, un relámpago rojo que hizo caer los cepillazos desde quién sabe dónde, desde todos esos años de trastes sucios y camas por hacer y sillones desfundados, desde el techo descascarado: proyectiles de cerda negra y plástico rosa transparente que se sucedían con una fuerza inexplicable, uno tras otro, a una velocidad que Laura no podía ni quería controlar, uno tras otro zas, zas, zas, zas, ya no llevaba la cuenta, el pelo ya no se levantaba como cortina al viento, la niña se había encorvado totalmente y la madre le pegaba en los hombros, en la espalda, en la cintura. Hasta que su brazo adolorido, como una aspa se quedó en el aire y Laura, sin volverse a ver a su hija, bajó la escalera corriendo y salió a la calle con el brazo todavía en alto, su mano coronada de cerdas de jabalí.
Entonces comprendió que debía irse.
Sólo al echarse a andar, Laura logró doblar el brazo. Un músculo jalaba a otro, todo volvía a su lugar y caminó resueltamente, si estaba fuera de sí no se daba cuenta de ello, apenas si notó que había lágrimas en su rostro y las secó con el dorso de la mano sin soltar el cepillo. No pensaba en su hija, no pensaba en nada. Debido a su estatura sus pasos no eran muy largos; nunca había podido acoplarse al ritmo de su marido cuyos zancos eran para ella desmesurados. Salió de su colonia y se encaminó hacia el césped verde de otros jardines que casi invadían la banqueta protegidos por una precaria barda de juguetería. Las casas, en el centro del césped, se veían blancas, hasta las manijas de la puerta brillaban al sol, cerraduras redondas, pequeños soles a la medida exacta de la mano, el mundo en la mano de los ricos. Al lado de la casa impoluta, una réplica en pequeño con techo rojo de asbestolit: la casa del perro, como en los House Beautiful, House and Garden, Ladie's Home Journal; qué casitas tan cuquitas, la mayoría de las ventanas tenían persianas de rendijas verdes de esas que los niños dibujan en sus cuadernos, y las persianas le hicieron pensar en Silvia, en la doble protección de su recámara.
«Pero si por aquí vive.» Arreció el paso. En un tiempo no se separaban ni a la hora de dormir puesto que eran roommates. Juntas hicieron el high school en Estados Unidos. ¡Silvia! Se puso a correr, sí, era por aquí, en esta cuadra, no, en la otra, o quizás allá, al final de la cuadra a la derecha. Qué parecidas eran todas estas casas, con sus garajes a un lado, su casita del perro y sus cuadriláteros de césped fresco, fresco como la pausa que refresca. Laura se detuvo frente a una puerta verde oscuro, brillantísima, y sólo en el momento en que le abrieron recordó el cepillo y lo aventó cerdas arriba a la cuneta, el agua que siempre corre a la orilla de las banquetas.
«Yo te había dicho que una vida así no era para ti, una mujer con tu talento, con tu belleza. Bien que me acuerdo cómo te sacabas los primeros lugares en los essay contests. Escribías tan bonito. Claro, te veo muy cansada y no es para menos con esa vida de perros que llevas, pero un buen corte de pelo y una mascarilla te harán sentirte como nueva; el azul siempre te ha sentado. Hoy, precisamente, doy una comida y quiero presentarte a mis amigos, les vas a encantar, ¿te acuerdas de Luis Morales? El me preguntó por ti mucho tiempo después de que te casaste, y va a venir; así es de que tú te quedas aquí; no, no, tú aquí te quedas, lástima que mandé al chófer por las flores, pero puedes tomar un taxi y yo más tarde, cuando me haya vestido, te alcanzaré en el salón de belleza. Cógelo, Laurita, por favor, ¿qué no somos amigas? Laura yo siempre te quise muchísimo y siempre lamenté tu matrimonio con ese imbécil, pero a partir de hoy vas a sentirte otra; anda, Laurita, por primera vez en tu vida haz algo por ti misma, piensa en lo que eres, en lo que han hecho contigo.»
Laura se había sentido bien mirando a Silvia al borde de su tina de mármol. Qué joven y lozana se veía dentro del agua y más cuando emergió para secarse exactamente como lo hacía en la escuela, sin ningún pudor, contenta de enseñarle sus músculos alargados, la tersura de su vientre, sus nalgas duras, el triángulo perfecto de su sexo, los nudos equidistantes de su espina dorsal, sus axilas rasuradas, sus piernas morenas a fuerza de sol, sus caderas, eso sí un poquito más opulentas, pero apenas. Desnuda frente al espejo se cepilló el pelo, sano y brillante. De hecho, todo el baño era un anuncio; enorme, satinado como las hojas del Yogue, las cremas aplíquense en pequeños toquecitos con la yema de los dedos en movimientos siempre ascendentes, almendras dulces, conservan la humedad natural de la piel, aroma fresco como el primer día de primavera, los desodorantes en aerosol, sea más adorable para él, el herhal-essence verde que contiene toda la frescura de la hierba del campo, de las flores silvestres; los ocho cepillos de la triunfadora, un espejo redondo amplificador del alma, algodones, lociones humectantes, secador-pistola-automática-con-tenaza-cepillo-dos peines, todo ello al alcance de la mano, en torno de la alfombra peluda y blanca, osa, armiño, desde la cual Silvia le comunicó: «A veces me seco rodando sobre ella, por jugar y también para sentir». Laura sintió vergüenza al recordar que no se había bañado, pensó en la vellonería enredada de su propio sexo, en sus pechos a la deriva, en la dura corteza de sus talones; pero su amiga, en un torbellino, un sinfín de palabras, verdadero rocío de la mañana, toallitas limpiadoras, suavizantes, la tomó de la mano y la guió a la recámara y siguió girando frente a ella envuelta a la romana en su gran toalla espumosa, suplemento íntimo, benzal para la higiene femenina, cuídese, consiéntase, introdúzcase, lo que sólo nosotras sabemos: las sales, la toalla de mayor absorbencia, lo que sólo nosotras podemos darnos, y Laura vio sobre la cama, una cama anchurosa que sabía mucho de amor, un camisón de suaves abandonos (¡qué cursi, qué ricamente cursi!) y una bata hecha bola, la charola del desayuno, el periódico abierto en la sección de Sociales. Laura nunca había vuelto a desayunar en la cama; es más: la charola yacía arrumbada en el cuarto de los trabajos. Sólo le sirvió a Gloria cuando le dio escarlatina y la cochina mocosa siempre se las arregló para tirar su contenido sobre la sábana. Ahora, al bajar la escalera circular, también joligudense —miel sobre hojuelas— de Silvia, recordaba sus bajadas y subidas por otra, llevándole la charola a Gloria, pesada por toda aquella loza de Valle de Bravo tan estorbosa que ella escogió, en contra de la de melamina y plástico-alta-resistencia, que Beto proponía. ¿Por qué en su casa estaban siempre abiertos los cajones, los roperos también, mostrando ropa colgada quién sabe cómo, zapatos apilados al aventón? En casa de Silvia, todo era etéreo, bajaba del cielo.
En la calle, Laura caminó para encontrar un taxi, atravesó de nuevo su barrio y por primera vez se sintió superior a la gente que pasaba junto a ella. Sin duda alguna, había que irse para triunfar, salir de este agujero, de la monotonía tan espesa como la espesa sopa de habas que tanto le gustaba a Beto. Qué grises y qué inelegantes le parecían todos, qué tristemente presurosos. Se preguntó si podría volver a escribir como lo hacía en el internado, si podría poner todos sus sentimientos en un poema por ejemplo, si el poema sería bueno, sí, lo sería, por desesperado, por original, Silvia siempre le había dicho que ella era eso: o-ri-gi-nal, un buen tinte de pelo haría destacar sus pómulos salientes, sus ojos grises deslavados a punta de calzoncillos, sus labios todavía plenos, los maquillajes hacen milagros. ¿Luis Morales? Pero, claro, Luis Morales tenía una mirada oscura y profunda, oriental seguramente, y Laura se sintió tan suya cuando la tomó del brazo y estiró su mano hacia la de ella para conducirla en medio del sonido de tantas voces —las voces siempre la marearon—, a un rincón apartado, ¡ay, Luis, qué gusto me da!; sí soy yo, al menos pretendo ser la que hace años enamoraste, ¿van a ir en grupo a Las Hadas el próximo weekend. Pero, claro que me encantaría, hace años que no veleo, en un barco de velas y a la mar me tiro, adentro y adentro y al agua contigo; sí, Luis, me gusta asolearme, sí, Luis, el daikirí es mi favorito; sí, Luis, en la espalda no alcanzo, ponme tú el sea-and-sky, ahora yo a ti, sí, Luis, sí... Laura pensaba tan ardientemente que no vio los taxis vacíos y se siguió de largo frente al sitio de alquiler indicado por Silvia.
Caminó, caminó; sí, podría ser una escritora, el poema estaba casi hecho, su nombre aparecía en los periódicos, tendría su círculo de adeptos y, hoy, en la comida, Silvia se sentiría orgullosa de ella, porque nada de lo de antes se le había olvidado, ni las rosas de talle larguísimo, ni las copas centellantes, ni los ojos que brillan de placer, ni la champaña, ni la espalda de los hombres dentro de sus trajes bien cortados, tan distinta a la espalda enflanelada y gruesa que Beto le daba todas las noches, un minuto antes de desplomarse y dejar escapar el primer ronquido, el estertor, el ruido de vapor que echaba: locomotora vencida que se asienta sobre los rieles al llegar a la estación.
De pronto, Laura vio muchos trenes bajo el puente que estaba cruzando; sí, ella viajaría, seguro viajaría, en Iberia, el asiento reclinable, la azafata junto a ella ofreciéndole un whisky, qué rico, qué sed, el avión atravesando el cielo azul como quien rasga una tela, así cortaba ella las camisas de los hijos, el cielo rasgado por el avión en que ella viajaría, el concierto de Aranjuez en sus oídos; España, agua, tierra, fuego, desde los techos de España encalada y negra. En España, los hombres piropean mucho a las mujeres, ¡guapa! qué feo era México y qué pobre y qué oscuro con toda esa hilera de casuchas negras, apiñadas allá en el fondo del abismo, los calzones en el tendedero, toda esa vieja ropa cubriéndose de polvo y hollín y tendida a toda esa porquería de aire que gira en torno a las estaciones de ferrocarril, aire de diesel, enchapopotado, apestoso, qué endebles habitaciones, cuan frágil la vida de los hombres que se revolcaban allá abajo mientras ella se dirigía el beauty shop del Hotel María Isabel pero ¿por qué estaba tan endiabladamente lejos el salón de belleza? Hacía mucho que no se veían grandes extensiones de pasto con casas al centro, al contrario: ni árboles había. Laura siguió avanzando, el monedero de Silvia fuertemente apretado en la mano; primero, el cepillo, ahora el monedero. No quiso aceptar una bolsa, se había desacostumbrado, le dijo a su amiga, sí claro, se daba cuenta que sólo las criadas usan monedero, pero el paso del monedero a la bolsa lo daría después, con el nuevo peinado. Por lo pronto, había que ir poco a poco, recuperarse con lentitud, como los enfermos que al entrar en convalecencia dan pasos cautelosos para no caerse. La sed la atenazó y, al ver un Sanborns se metió, al fin: ladies bar. En la barra, sin más, pidió un whisky igual al del Iberia. Qué sed, sed, saliva, semen; sí, su saliva ahora, seca en su boca, se volvería semen; crearía, al igual que los hombres, igual que Beto, quien por su solo falo y su semen de ostionería se sentía Tarzán, el rey de la creación, Dios, Santa Clos, el señor presidente, quién sabe qué diablos quién. Qué sed, qué sed, debió caminar mucho para tener esa sed y sentir ese cansancio, pero se le quitaría con el champú de cariño, y a la hora de la comida, sería emocionante ir de un grupo a otro, reír, hablar con prestancia del libro de poemas a punto de publicarse. El azul
le va muy bien, el azul siempre la ha hecho quererse a sí misma, ¿no decía el psiquiatra en ese artículo de Kena que el primer indicio de salud mental es empezar a quererse a sí mismo? Silvia le había enseñado sus vestidos azules. El segundo whisky le sonrojó a Laura las mejillas, al tercero descansó y un gringo se sentó junto a ella en la barra y le ofreció la cuarta copa. «Y eso que no estoy peinada», pensó agradecida. En una caballeriza extendió las piernas, para eso era el asiento de enfrente, ¿no? y se arrellanó. «Soy libre, libre de hacer lo que me dé la gana.»
Ahora sí el tiempo pasaba con lentitud y ningún pensamiento galopaba dentro de su cabeza. Cuando salió del Sanborns estaba oscureciendo y ya el regente había mandado prender las larguísimas hileras de luz neón del circuito interior. A Laura le dolía el cuerpo y el brazo en alto, varado en el aire llamó al primer taxi, automáticamente dio la dirección de su casa y al bajar le dejó al chófer hasta el último centavo que había en el monedero.
«Tome usted también el monedero.» Pensó que el chófer se parecía a Luis Morales o a lo que ella recordaba que era Luis Morales. Como siempre, la puerta de la casa estaba emparejada y Laura tropezó con el triciclo de una de las niñas, le parecieron muchos los juguetes esparcidos en la sala, muchos y muy grandes, un campo de juguetes, de caminar entre ellos le llegarían al tobillo. Un olor de tocino invadía la estancia y desde la cocina vio los trastes apilados en el fregadero. Pero lo que más golpeó a Laura fue su retrato de novia parada junto a Beto. Beto tenía unos ojos fríos y ella los miró con frialdad y le respondieron con la misma frialdad. No eran feos, pero había en ellos algo mezquino, la rechazaban y la desafiaban a la vez, sin ninguna pasión, sin afán, sin aliento; eran ojos que no iban a ninguna parte, desde ese sitio podía oír lo que anunciaba Paco Malgesto en la televisión, los panquecitos Bimbo; eran muy delgadas las paredes de la casa, se oía todo y al principio Laura pensó que era una ventaja, porque así sabría siempre dónde andaban los niños. Casi ninguno volvió la cabeza cuando entró al cuarto de la televisión, imantados como estaban por el Chavo del 8. El pelo de Magda pendía lastimero y enredado como siempre, la espalda de Beto se encorvaba abultadísima en los hombros —hay hombres que envejecen allí precisamente, en el cuello, como los bueyes—; Gloria y Alicia se habían tirado de panza sobre la alfombra raída y manchada, descalzas, claro. Ninguno pareció prestarle la menor atención. Laura, entonces, se dirigió a la recámara que nadie había hecho y estuvo a punto de aventarse con todo y zapatos sobre el lecho nupcial que nadie había tendido, cuando vio un calcetín en el andén y sin pensarlo lo recogió y buscó otro más abajo y lo juntó al primero: «¿Serán el par?» Recogió el suéter de Jorgito, la mochila de Quique, el patín de Betito, unos pañales impregnados con el amoniaco de orines viejos y los llevó al baño a la canasta de la ropa sucia; ya a Alicia le faltaba poco para dejar los pañales y entonces esa casa dejaría de oler a orines; en la tina vio los patos de plástico de Alicia, el buzo de Jorgito, los submarinos, veleros y barcos, un jabón multicolor e informe compuesto por todos los pedazos de jabón que iban sobrando y se puso a tallar el aro de mugre que sólo a ella le preocupaba. Tomó los cepillos familiares en el vaso dentífrico y los enjuagó; tenían pasta acumulada en la base. Empezó a subir y bajar la escalera tratando de encontrarle su lugar a cada cosa. ¿Cómo pueden amontonarse en tan poco espacio tantos objetos sin uso, tanta materia muerta? Mañana habría que airear los colchones, acomodar los zapatos, cuántos; de fútbol, tenis, botas de hule, sandalias, hacer una lista, el miércoles limpiaría los roperos, sólo limpiar los trasteros de la cocina le llevaría un día entero, el jueves la llamada biblioteca en que ella alguna vez pretendió escribir e instalaron la televisión porque en esa pieza se veía mejor, otro día entero para remendar suéteres, poner elástico a los calzones, coser botones, sí, remendar esos calcetines caídos en torno a los tobillos, el viernes para...
Beto se levantó, fue al baño, y sin detenerse siquiera a cerrar bien la puerta, orinó largamente y, al salir, la mano todavía sobre su bragueta. Laura sostuvo por un instante la frialdad de su mirada y su corazón se apretó al ver el odio que expresaba. Luego dio media vuelta y arrió de nuevo su cuerpo hacia el cuarto de la televisión. Pronto los niños se aburrirían y bajarían a la cocina: «Mamá, a mediodía casi no comimos». Descenderían caracoleando, ya podían oírse sus cascos en los peldaños. Laura abriría la boca para gritar pero no saldría sonido alguno; buscaría con qué defenderse, trataría de encontrar un cuchillo, algo para protegerse pero la cercarían: «Mamá, quiero un huevo frito y yo jotquéis y yo una sincronizada y yo otra vez tocino»; levantarían hacia ella sus alientos de leche, sus manos manchadas de tinta, y la boca de Laura se desharía en una sonrisa y sus dedos hechos puño, a punto de rechazarlos, engarrotados y temblorosos, se abrirían uno a uno jalados por los invisibles hilos del titiritero, lenta, blandamente, oh, qué cansinamente.

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