Ana Lydia Vega - "Encancaranublado"

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El cielo está encancaranublado.
¿Quién lo encancaranublaría?
El que lo encancaranubló
buen encancaranublador sería.

Septiembre, agitador profesional de huracanes, avisa guerra llenando los mares de erizos y aguavivas. Un vientecito sospechoso hincha la guayabera que funge de vela en la improvisada embarcación. El cielo es una conga encojonada para bembé de potencias.
Cosa mala, ese mollerudo brazo de mar que lo separa del pursuit of happiness. Los tiburones son pellizco de ñoco al lado de otros señores peligros que por allí jumean. Pero se brega. Antenor lleva dos días en la monotonía de un oleaje prolongación de nubes. Desde que salió de Haití no ha avistado siquiera un botecito de pescadores. Es como jugar al descubridor teniendo sus dudas de que la tierra es legalmente redonda. En cualquier momento se le aparece a uno el consabido precipicio de los monstruos.
Atrás quedan los mangós podridos de la diarrea y el hambre, la gritería de los macoutes, el miedo y la sequía. Acá el mareo y la amenaza de la sed cuando se agote la minúscula provisión de agua. Con todo y eso, la triste aventura marina es crucero de placer a la luz del recuerdo de la isla.
Antenor se acomoda bajo el caldero hirviente del cielo. Entre el merengue del bote y el cansancio del cuerpo se hubiera podido quedar dormido como un pueblo si no llega a ser por los gritos del dominicano. No había que saber español para entender que aquel náufrago quería pon. Antenor lo ayudó a subir como mejor pudo. Al botecito le entró con tal violencia un espíritu burlón de esos que sobrevuelan el Caribe que por poco se quedan los dos a pie. Pero por fin lograron amansarlo.
— Gracias, hermanito, dijo el quisqueyano con el suspiro de alivio que conmovió a la vela.
El haitiano le pasó la cantimplora y tuvo que arrancársela casi para que no se fuera a beber toda el agua que quedaba, así, de sopetón. Tras largos intercambios de miradas, palabras mutuamente impermeables y gestos agotadores llegaron al alegre convencimiento de que Miami no podía estar muy lejos. Y cada cual contó, sin que el otro entendiera, lo que dejaba —que era poco— y lo que salía a buscar. Allí se dijo la jodienda de ser antillano, negro y pobre. Se contaron los muertos por docenas. Se repartieron maldiciones a militares, curas y civiles. Se estableció el internacionalismo del hambre y la solidaridad del sueño. Y cuando más embollados estaban Antenor y Diógenes —gracia neoclásica del dominicano— en su bilingüe ceremonia, repercutieron nuevos gritos bajo la bóveda entorunada del cielo.
El dúo alzó la vista hacia las olas y divisó la cabeza encrespada del cubano detrás del tradicional tronco de náufrago.
— Como si fuéramos pocos parió la abuela, dijo Diógenes, frunciendo el ceño. El haitiano entendió como si hubiera nacido más allá del Masacre. Otro pasajero, otra alma, otro estómago, para ser exactos.
Pero el cubano aulló con tanto gusto y con tan convincente timbre santiaguero que acabaron por facilitarle el abordaje de un caribeñísimo ¡Que se joda! ante la rumba que emprendió en el acto el bote.
No obstante la urgencia de la situación, el cubano tuvo la prudencia de preguntar:
— ¿Van pa Miami, tú?
antes de agarrar la mano indecisa del dominicano.
Volvió a encampanarse la discusión. Diógenes y Carmelo —tal era el nombre de pila del inquieto santiaguero— montaron tremendo perico. Antenor intervenía con un ocasional Mais oui o un C‘est ça asaz timiducho cada vez que el furor del tono lo requería. Pero no le estaba gustando ni un poquito el monopolio cervantino en una embarcación que, destinada o no al exilio, navegaba después de todo bajo bandera haitiana.
Contrapunteado por Diógenes y respaldado por un discreto maraqueo haitiano, Carmelo contó las desventuras que lo habían alejado de las orientales playas de la Antilla Mayor.
— Óyeme, viejo, aquello era trabajo va y trabajo viene día y noche...
— Oh, pero en Santo Domingo ni trabajo había...
— Pica caña y caña pica de sol a sol, tú…
— Qué vaina, hombre. En mi país traen a los dichosos madamos pa que la piquen y a nosotros que nos coma un caballo...
El haitiano se estremeció ligeramente al roce de la palabra madamo, reservada a los suyos y pronunciada con velocidad supersónica por el quisqueyano. No dijo nada para no hacerle más cosquillas al bote, ya bastante engreído por la picadura del agua.
— Chico, ya tú ves que donde quiera se cuecen frijoles, dijo el cubano, iniciando la búsqueda de comestibles con su imprudente alusión.
Antenor tenía, en una caja de zapatos heredada de un zafacón de ricos, un poco de casabe, dos o tres mazorcas de maíz reseco, un saquito de tabaco y una canequita de ron, víveres que había reunido para el viaje con suma dificultad. Había tomado la precaución de sentarse sobre ella por aquello de que caridad contra caridad no es caridad. Pero el cubano tenía un olfato altamente desarrollado por el tráfico del mercado negro, que era su especialidad allá en Santiago, y:
— Levanta el corcho, prieto, dijo sin preámbulos, clavándole el ojo a la caja de zapatos como si fuera la mismísima Arca de la Alianza.
Antenor fingió no enterarse, aunque las intenciones del Carmelo eran claramente políglotas.
— Alza el cagadero, madamo, que te jiede a ron y a tabaco, tradujo Diógenes, olvidando súbitamente los votos de ayuda mutua contraídos, antes de la llegada del cubano, con su otra mitad insular.
Antenorrecord de analfabetismo mundial que nadie le disputaba a su país, pensó, asumiendo la actitud más despistada posible ante los reclamos de sus hermanos antillanos.
Al fin, impacientes e indignados por la resistencia pasiva de Antenor, le administraron tremendo empujón que por poco lo manda de excursión submarina fuera de su propio bote. Y se precipitaron sobre la cajita como si talmente fuera el mentado Cuerno de la Abundancia.
Almorzados el casabe y las mazorcas, los compinches reanudaron su análisis socioeconómico comparado de las naciones caribeñas. Carmelo mascaba tabaco y Diógenes empinaba el codo con la contentura del que liga los encantos de la Estatua de la Libertad bajo la desgastada túnica.
- Yo pienso meterme en negocios allá en Miami, dijo Carmelo. Tengo un primo que, de chulo humilde que era al principio, ya tiene su propio... club de citas, vaya...
Ese es país de progreso, mi hermano, asintió el dominicano con un latigazo de tufo a la cara del haitiano.
Antenor no había dicho ni esta boca es mía desde que lo habían condenado a solitaria. Pero sus ojos eran dos muñecas negras atravesadas por inmensos alfileres.
— Allá en Cuba, prosiguió Carmelo, los clubes de citas están prohibidos, chico. No hay quien viva con tantas limitaciones.
— Pues allá en la República hay tantas putas que hasta las exportarnos, ripostó Diógenes con una carcajada tan explosiva que espantó a un tiburón lucido de espoleta a la sombra del bote.
Tout Dominikenn se pit, masculló Antenor desde su pequeño Fuerte Allen. Con la suerte de que Diógenes no le prestó oreja, habitado como estaba por preocupaciones mayores.
— El problema, profundizó Carmelo, es que en Cuba las mujeres se creen iguales a los hombres y, vaya, no quieren dedicarse...
— Oh, pero eso será ahora porque antes las cubanas se las traían de a verdá, dijo su compañero, evocando los cotizados traseros cubanos de fama internacional.
A Carmelo no le había gustado nada la nostálgica alusión a la era batistiana y ya le estaba cargando el lomo la conversación del quisqueyano. Así es que le soltó de buenas a primeras:
— ¿Y qué? ¿Cómo está Santo Domingo después del temporal? Dicen los que saben que no se nota la diferencia...
Y acompañó el dudoso chiste con la carcajada que se oyó en Guantánamo.
El dominicano se puso jincho, lo cual era difícil, pero prefirió contener su cólera al fijarse en los impresionantes bíceps del pasajero cubano, que atribuyó al fatídico corte de caña.
Para disimular, buscó la cantimplora. El mar estaba jumo perdido y el bote se remeneaba más que caderas de mambó en servicio a Dambalá. La cantimplora rodó, cayendo a los inoportunos pies de Antenor. El dominicano se la disputó. Antenor forcejeó. El cubano seguía la pelea sonreído, con cierta condescendencia de adulto ante bronca de niños.
En eso, empezó a lloviznar. Entre el viento, el oleaje y el salpafuera antillano que se formó en aquel maldito bote, el tiburón recobró las esperanzas: Miami estaba más lejos que China.
El haitiano lanzó la cantimplora al agua. Mejor morir que saciarle la sed a un sarnoso dominicano. Diógenes se paró de casco, boquiabierto. Pa que se acuerde que los invadimos tres veces, pensó Antenor, enseñándole los dientes a su paisano.
— Trujillo tenía razón, mugía el quisqueyano, fajando como un toro bravo en dirección a la barriga haitiana.
El bote parecía un carrito loco de fiesta patronal. Carmelo salió por fin de su indiferencia para advertir:
— Dejen eso, caballero, ta bueno ya, que nos vamos a pique, coño...
Y a pique se fueron, tal y como lo hubiera profetizado el futuro hombre de negocios miamense. A pique y lloviendo, con truenos y viento de música de fondo y el sano entusiasmo de los tiburones.
Pero en el preciso instante en que los heroicos emigrantes estaban a punto de sucumbir a los peligros del Triángulo de Bermudas oyóse un silbato sordo, ronco y profundo cual cántico de cura en réquiem de político y:
— ¡Un barco!, gritó Carmelo, agitando la mano como macana de sádico fuera del agua.
Las tres voces náufragas se unieron en un largo, agudo y optimista alarido de auxilio.
Al cabo de un rato —y no me pregunten cómo carajo se zapatearon a los tiburones porque fue sin duda un milagro conjunto de la Altagracia, la Caridad del Cobre y las Siete Potencias Africanas— los habían rescatado y yacían, cansados pero satisfechos, en la cubierta del barco. Americano, por cierto.
El capitán, ario y apolíneo lobo de mar de sonrojadas mejillas, áureos cabellos y azulísimos ojos, se asomó para una rápida verificación de catástrofe y dijo:
Get those niggers down there and let the spiks take care of ‘em. Palabras que los incultos héroes no entendieron tan bien como nuestros bilingües lectores. Y tras de las cuales, los antillanos fueron cargados sin ternura hasta la cala del barco donde, entre cajas de madera y baúles mohosos, compartieron su primera mirada post naufragio: mixta de alivio y de susto sofrita en esperanzas ligeramente sancochadas.
Minutos después, el dominicano y el cubano tuvieron la grata experiencia de escuchar su lengua materna, algo maltratada pero siempre reconocible, cosa que hasta el haitiano celebró pues le parecía haberla estado oyendo desde su más tierna infancia y empezaba a sospechar que la oiría durante el resto de su vida. Ya iban repechando jalda arriba las comisuras de los salados labios del trío, cuando el puertorriqueño gruñó en la penumbra:
— Aquí si quieren comer tienen que meter mano y duro. Estos gringos no le dan na gratis ni a su mai.
Y sacó un brazo negro por entre las cajas para pasarles la ropa seca.

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2 comentarios

Una cubana en tu blog. Ana Lidia es una de las nuevas voces que se imponen en la narrativa cubana, su apellido Serova, nos dice su origen ruso, que tanta historia tiene por aquí. Gracias por traerla.
AD

29 de septiembre de 2010, 6:49

Hola Ade.
El parecido entre los nombres te ha confundido. Este cuento es de Ana Lydia Vega (autora puertorriqueña ya consagrada) que no ha de confundirse con la cubana Anna Lidia Vega Serova. A ésta que tu mencionas no la conocía pero la investigaré.
Por si te interesa, en el blog hay cosas de autores cubanos, desde autores consagrados (Pedro Juan Gutiérrez) hasta autores nuevos (Yordanka Almaguer o Anisley Negrín). Espero que te gusten.
Un saludo y gracias por la visita.

29 de septiembre de 2010, 13:41

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