Ivan Bunin - "Insolación"

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Novelista, poeta y cuentista ruso. Si bien él afirmaba no pertenecer a ninguna corriente literaria, ni a tendencia política alguna, su obra se enmarca muy claramente en el realismo, aunque sin ningún tipo de compromiso social. Tras la revolución se exilió en París. Allí siguió escribiendo, pero creía que sólo se puede escribir sobre lo que uno ha vivido, que únicamente así se alcanza a percibirlo y entenderlo mejor. Por esa razón, sus obras muestran siempre un retrato de la oscura vida provinciana de la Rusia previa a la revolución. Se le concedió el Nobel en 1933.

Habían ya cenado, y abandonando el comedor brillantemente iluminado, salieron a cubierta donde se detuvieron, apoyándose en la barandilla. Ella cerró los ojos y se puso la palma de la mano sobre la mejilla, echándose a reír con espontáneo encanto. En aquella mujercita todo era delicioso.
—Estoy casi bebida..., o debo estar enteramente enajenada. ¿De dónde dijiste que procedías? Hace tres horas que ni siquiera sospechaba tu existencia. Ni sé tampoco dónde subiste a bordo. ¿Fue en Samara? Bien..., no importa, querido. ¿Me da vueltas la cabeza, o está girando el barco?
Ante ellos se extendía una oscuridad llena de puntos luminosos. Una brisa fuerte y ligera acarició sus rostros, mientras las luces se deslizaban a lo largo del vapor, que efectuó un brusco viraje sobre la corriente del Volga, para acercarse al pequeño desembarcadero.
El teniente tomó la mano de la mujer y se la llevó a los labios. Era fuerte y pequeña y su bronceado le daba un peculiar perfume. La alegría y la angustia agitaron simultáneamente su corazón, trémulo ante el pensamiento de que bajo el ligero vestido de seda se escondía un cuerpo firme y tostado por el sol a lo largo de un mes entero sobre la ardiente arena del Sur (ella le había dicho que procedía de Anapu). El teniente murmuró:
—Bajemos aquí...
—¿Dónde? —preguntó ella asombrada.
—Aquí, en este desembarcadero.
—¿Por qué?
Él guardó silencio. La mujer apoyó de nuevo su mejilla en la palma de la mano.
—Estás loco...
—Bajemos —repitió torpemente—. Te lo ruego...
—Akh, como gustes —respondió ella.
Y uniendo la acción a la palabra se alejó.
El vapor continuó su marcha hasta chocar con un ruido sordo con el muelle débilmente iluminado, por lo que ambos casi cayeron uno encima del otro. El extremo de un cable pasó volando sobre sus cabezas, el vapor se bamboleó en el agua bulliciosa, la pasarela crujió... El teniente corrió en busca de los equipajes.
Recorrieron el soñoliento muelle hasta que, fuera de sus límites, se encontraron hundidos en la arena hasta los tobillos. En silencio, tomaron un polvoriento coche de alquiler. La ascensión por la empinada calle cubierta de polvo, puntuada por unas pocas lámparas colocadas oblicuamente, se les hizo inacabable. Al llegar a la cima, el carruaje traqueteó sobre la calle adoquinada; una plaza, algunos edificios administrativos, un campanario, el calor y los aromas de una noche de verano en una ciudad de provincia... El coche se detuvo ante una entrada iluminada, cuyas puertas entornadas dejaban vislumbrar los peldaños de una desvencijada escalera de madera.
Un viejo criado sin afeitar, vestido con una camisa roja y levita, tomó de mala gana sus equipajes, y emprendió la marcha con aire cansino. Entraron en una habitación grande pero terriblemente mal ventilada, todavía ardiente por el sol diurno, de ventanas cubiertas por blancas cortinas, y en la que un espejo presidía la repisa de la chimenea, provisto de dos velas que nunca habían sido encendidas.
Una vez entraron y el criado hubo cerrado la puerta, el teniente se arrojó impetuoso sobre ella, y ambos se fundieron en un beso de agonizante éxtasis, de tal duración que perdieron la noción del tiempo; jamás les había sucedido una cosa parecida a ninguno de los dos.
A las diez en punto de la mañana siguiente, una mañana cálida y soleada, a la que daba alegría el tañido de las campanas de la iglesia, la agitación de la plaza del mercado frente al hotel, el olor de heno y alquitrán, y toda esa mezcla de aromas que caracteriza a cada ciudad rusa de provincias, aquella mujercita sin nombre, el cual se había negado repetidamente a revelar, llamándose burlonamente «la bella desconocida», le abandonó, para reanudar su viaje. Habían dormido poco, pero cuando ella salió al cabo de cinco minutos, de detrás del biombo cercano a la cama, vestida y arreglada, parecía tan lozana como una muchacha de diecisiete años. ¿Mostraba confusión?... Apenas.
Como horas antes, era alegre, sencilla, y... bastante razonable.
—No, no, querido mío —exclamó.
Insistió en la negativa, que obedecía a la sugerencia del hombre de proseguir juntos, añadiendo:
—Debes permanecer aquí y tomar el próximo vapor. Si continuamos juntos, se estropearía todo, y no me gustaría. Por favor, créeme, no soy la clase de mujer que te conviene. Todo lo que ha pasado aquí, nunca ocurrió antes, ni sucederá de nuevo. Imagina que me he eclipsado..., o para ser más exactos, que ambos hemos sufrido una especie de insolación.
El teniente, casi aliviado, se mostró de acuerdo con ella. Con espíritu alegre, la escoltó en un carruaje hasta el desembarcadero, al que llegaron en el preciso instante en que el vapor pintado de rosa se disponía a zarpar. En el muelle, en presencia de otros pasajeros, la besó, con el tiempo justo de saltar sobre la pasarela que ya retrocedía.
Con la misma ligereza de espíritu volvió al hotel. Algo había cambiado.
La habitación parecía diferente sin ella. Estaba llena de su presencia... y vacía. ¡Qué extraño! Olía aún a su excelente agua de colonia inglesa, su taza sin terminar se hallaba todavía sobre la bandeja, pero ella ya no estaba allí... De pronto, el corazón del teniente sintió tal arrebato de ternura, que se apresuró a encender un cigarrillo y, golpeando con el látigo sus piernas calzadas de largas botas, empezó a medir a grandes pasos la habitación.
—¡Qué ocurrencia tan extraña! —exclamó en voz alta.
Y echándose a reír, consciente de las lágrimas que asomaban a sus ojos, añadió:
—«Por favor, créeme..., no soy la clase de mujer que te conviene...» Y ahora se ha ido... ¡Una mujer absurda! El biombo estaba corrido a un lado; y la cama permanecía deshecha. Al comprender que no tenía coraje para mirar otra vez al lecho, lo tapó con el biombo, cerró la ventana a fin de no oír el ruido de la plaza y los crujidos de las ruedas de los carruajes, y corriendo las blancas cortinas, se sentó en el diván.
Aquello era el fin de un «encuentro afortunado». Ella había partido. Estaría ya lejos, sentada sin duda en el blanco salón de espejos, o en cubierta, contemplando el inmenso río cuyas aguas centelleaban al sol, las veloces falúas, los amarillos bancos de arena, el resplandor del agua y el cielo, y toda la inmensa extensión del Volga... Adiós para siempre, para toda la eternidad— ¿Se encontrarían alguna vez de nuevo?
—Después de todo —murmuró—, me es imposible bajo ningún concepto visitar la ciudad donde vive su marido, su hija de tres años de edad, el resto de su familia, donde ella está siempre.
Aquella ciudad le pareció de repente excepcional, un lugar prohibido... Y con el pensamiento de que ella proseguiría su vida solitaria, que quizá le recordaría a menudo, rememorando el azar de su encuentro, de que él nunca volvería a verla, se sintió confundido y acobardado.
¡No podía ser! ¡Era completamente absurdo, extraño, increíble!
Experimentó tal angustia ante la futilidad de la existencia en los años futuros, que se vio invadido por el terror y la desesperación.
«¡Qué diablos! —pensó, levantándose y paseando de nuevo arriba y abajo por la habitación, sin mirar el lecho de detrás del biombo—. ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Quién hubiera creído posible que por primera vez... y allí...? ¿Qué hay en ella, qué ha sucedido exactamente? ¡Parece como si de verdad hayamos sufrido una insolación!... Tendré que hallar la forma de pasar el día entero sin ella en este rincón dejado de la mano de Dios.»
La recordó vividamente en todos sus detalles más íntimos: el perfume de su piel bronceada, el olor de su vestido de seda, el aroma de su cuerpo firme, el sonido vivaz, alegre y sencillo de su voz... La impresión de las delicias de su encantadora feminidad recientemente experimentadas, estaba todavía fuertemente grabada en él. Sin embargo, predominaba otra sensación enteramente nueva..., extraña e incomprensible, inexistente mientras estuvieron juntos, y que nunca hubiera podido imaginar el día anterior, cuando trabó conocimiento con ella, por el simple deseo de divertirse, una sensación de la que nunca le sería posible hablar con nadie, nadie en absoluto.
«Sí —prosiguió pensando—, nunca seré capaz de hablar de ello. No sé qué hacer, cómo pasar este día infinito, con mis recuerdos y mi angustia intolerable, en esta pequeña ciudad dejada de la mano de Dios, regada por el Volga radiante, sobre cuyas aguas navega el vapor pintado de rosa que se la llevó...»
Para liberarse le era absolutamente preciso hallar distracción en algo, divertirse, ir a alguna parte. Se puso el gorro resueltamente, y con vigorosas zancadas que hicieron resonar sus espuelas, salió al vacío corredor, y bajó con rapidez la empinada escalera hacia la entrada... ¿En qué dirección? En la entrada había un joven cochero, elegantemente vestido con una chaqueta de aldeano, que fumaba calmosamente un delgado cigarro en aparente espera. El teniente le echó una mirada de confusa interrogación. ¿Era posible que alguien estuviese sentado en un pescante con tanta tranquilidad, y fumase con un aspecto tan despreocupado e indiferente?
«Evidentemente, soy la persona más desgraciada de toda la ciudad», pensó, girando en dirección a la plaza del mercado. Los puestos se hallaban dispersos. De modo inconsciente, se puso a caminar entre el estiércol fresco, los carros, las cargas de pepinos, los cazos y cazuelas nuevos, mientras las mujeres, sentadas en el suelo, rivalizaban unas con otras en el intento de llamar su atención hacia sus cacharros, haciéndolos sonar con las puntas de los dedos para demostrar su calidad, y las campesinas lo ensordecían con sus gritos:
—¡Pepinos de primera clase, Señoría!
Aquello era tan absurdo y estúpido que salió corriendo de la plaza, para entrar en la iglesia donde, en aquel momento, comenzaban los cantos, sonoros y estridentes, como si sus intérpretes se hallaran convencidos de que cumplían un trascendental deber. Saliendo, echó a andar por las calles, y bajo el calor del sol deambuló por los senderos de un pequeño jardín abandonado en la falda de una colina, contemplando el ancho río que destellaba con un brillo de acero. Las hombreras y botones de su traje blanco de verano se calentaron hasta tal extremo, que resultaba imposible tocarlos. La banda interior de su gorro estaba húmeda por el sudor, y su rostro ardía...
Al volver al hotel sintió un indescriptible alivio al refugiarse en el enorme comedor fresco y vacío. Quitándose el gorro, se sentó en una mesita colocada ante una ventana abierta, por donde entraba un vientecillo que si bien cálido, era brisa al fin y al cabo. Pidió una sopa de hortalizas frías.
Todo era bueno. Cada cosa resultaba una fuente de ventura inconmensurable e intensa alegría, incluso el bochorno y los olores del mercado. La felicidad llenaba aquella pequeña ciudad desconocida, aquel viejo hotel provinciano, y sin embargo su corazón se desgarraba.
Tomó varios vasitos de vodka y un bocado de pepinos en escabeche, pensando que no le importaría morir sin vacilación al día siguiente, si por un milagro ella volviera a su lado para pasar la jornada con él..., si pudiera hablarle, persuadirla de algún modo, de su conmovedor y maravilloso amor... Pero, ¿por qué? ¿Por qué persuadirla? No le era posible responder a estos interrogantes, pero hacerlo resultaba más importante que la vida misma.
«Los nervios me están jugando una mala pasada», pensó mientras se escanciaba el quinto vaso de vodka. Consumió una garrafita entera, esperando que la embriaguez le hiciera olvidar, y terminara con su exultante agonía. Pero, no logró otra cosa que acrecentarla. Apartó a un lado la sopa, pidió un café muy cargado y empezó a fumar, reflexionando intensamente acerca de los medios para liberarse de aquel repentino e inesperado amor. No obstante, se dio cuenta, con aguda intuición, de que le sería imposible, y de súbito, con un movimiento brusco, se levantó, cogió el gorro y el látigo y, tras preguntar dónde se hallaba la oficina de correos, se dirigió con presteza a la dirección indicada, con las palabras de un telegrama bailándole en la cabeza: «De ahora en adelante, mi vida es enteramente tuya, hasta la muerte. Haz con ella lo que quieras».
Pero al llegar al edificio de gruesos muros, que albergaba las oficinas de correos y telégrafos, se detuvo lleno de horror: sabía la ciudad donde ella vivía, y que tenía un marido y una hija de tres años, pero no su apellido ni su nombre de pila. Varias veces, en el transcurso de la velada se lo preguntó, pero en cada ocasión ella se había echado a reír, diciendo:
¿Para qué quieres saber mi nombre? Soy María Green, la Reina del País de los Duendes..., o simplemente la «hermosa desconocida»... ¿No te basta?
En la esquina, cerca de la oficina de correos, divisó la vitrina de un fotógrafo. Contempló fijamente el enorme retrato de un militar de recargadas hombreras, ojos saltones y frente estrecha, propietario de unas patillas sorprendentemente magníficas y pecho abombado, condecorado con infinidad de medallas. En aquellos instantes en que sus sentimientos habían sido derrotados por la terrible «insolación», y por aquel amor y felicidad tan intensos, comprendía lo absurdo, ridículo, y horriblemente ordinario de cuanto le rodeaba. Fijó la mirada en una pareja nupcial compuesta por un hombre joven vestido con una larga levita y corbata blanca, y el pelo cortado como un erizo, en cuyo brazo se apoyaba un velo de desposada..., pero apartó la vista para posarla en la fotografía de una muchacha de aspecto atractivo y vivaz, tocada con un ladeado gorro estudiantil...
Atormentado por una angustiosa envidia hacia todos aquellos extraños, aquellos seres humanos que no sufrían, clavó su mirada calle abajo.
«¿Adonde voy? ¿Qué hago?»
En su cerebro y en su alma persistía la insoluble y opresiva cuestión. La calle estaba desierta, y las casas, pertenecientes a la clase media, todas parecidas, blancas con dos pisos y extensos jardines, parecían deshabitadas. Un espeso polvo blanco cubría el pavimento; todo deslumbraba y cada objeto se hallaba inundado por los tórridos, flameantes, alegres, y aparentemente inofensivos rayos del sol. A lo lejos, la calle ascendía en cuesta, pareciendo unirse con el horizonte gris, puro y sin nubes de reflejos violeta.
El ambiente tenía algo de meridional. Le recordaba Sebastopol Kertch..., Anapu. El recuerdo de esta última ciudad se le hizo particularmente insoportable. Con la cabeza baja, los ojos entrecerrados por el sol, y la mirada fija en el pavimento, vacilante y torpe, apretó la marcha, retrocediendo sobre sus pasos.
Volvió al hotel deshecho por la fatiga, como si hubiera transitado toda
una larga jornada por el Turquestán o el Sahara. Reuniendo sus últimas fuerzas, entró en la enorme y desolada habitación.
Estaba ya arreglada y los últimos rastros de ella habían desaparecido, a excepción de un alfiler del pelo olvidado que se hallaba sobre la mesita de noche.
Quitándose la casaca, se miró al espejo. Su rostro —el semblante normal de un oficial atezado, cuyos bigotes quemados por el sol y el azul claro de sus ojos parecían más claros en contraste con el rostro— mostraba disgusto y extravío, y la ligera camisa blanca de cuello almidonado, le otorgaba un aire joven e infinitamente patético.
Se tendió de espaldas sobre la cama, apoyando sus pies calzados con las botas cubiertas de polvo sobre una banqueta. Las ventanas estaban abiertas, y las cortinas corridas, las cuales, de vez en cuando se hinchaban a impulsos de una ligera brisa, introduciendo en la habitación el bochorno y el olor de los tejados calientes, y de todo aquel mundo, luminoso, mudo, casi desolado y desierto, característico del Volga.
Yaciendo con los brazos bajo la nuca y mirando al vacío, se forjaba una débil y fabulosa pintura del remoto Sur, del sol, del mar y de Anapu, como si la ciudad a la que ella había vuelto, y a la que, sin duda, había llegado, fuera única. Este pensamiento obsesivo provocó la aparición de cálidas y punzantes lágrimas, y al fin cayó dormido. Al abrir de nuevo los ojos, se percibía a través de las cortinas el resplandor rojizo de) sol crepuscular. La brisa había cesado y la habitación mal ventilada y seca, parecía un horno... Recordó la mañana del día anterior, a la que recordaba como si hubiera sucedido diez años antes.
Casi de mala gana se levantó, se lavó y descorriendo las cortinas, llamó a un criado para pedir un samovar y la cuenta. Durante un largo rato estuvo bebiendo té con limón, luego ordenó que llamaran un coche y metiesen en él su equipaje. Al sentarse en el asiento rojizo y quemado por el sol, dio al criado una moneda de cinco rublos como propina.
—¡Parece como si fuera ayer, cuando traje aquí a Su Señoría! — exclamó alegremente el cochero, cogiendo las riendas.
Cuando alcanzaron el desembarcadero, el resplandor azul de la noche de verano ya había oscurecido la superficie del Volga, y en sus aguas flotaba el reflejo de las luces multicolores y las llamas colgaban del mástil del vapor, ya próximo.
—¡Llega a tiempo! —exclamó el cochero en tono obsequioso.
El teniente le dio también cinco rublos, y con el billete en la mano se dirigió al desembarcadero... Al igual que el día anterior, resonaba el silbido de los cables, el ligero temblor de la plataforma bajo sus pies, el extremo del cable que llegó volando, y el burbujear de las aguas espumosas bajo las ruedas del vapor al retroceder tras el impacto... El espectáculo del barco abarrotado inundado de luz, y los olores procedentes de las cocinas, parecieron tributarle una cálida bienvenida.
Un minuto más tarde, el vapor ya había zarpado y remontaba el río en la misma dirección que tomó aquella misma mañana.
Ante el barco, la oscura puesta de sol veraniega se estaba desvaneciendo rápidamente, reflejándose sobre el río en tonos oscuros, fantásticos e iridiscentes, provocando a lo lejos, bajo el sol poniente, tenues manchas sobre las olas temblorosas, mientras los destellos de luz que brillaban en torno al vapor iban retrocediendo sin cesar.
El teniente se sentó bajo el toldo de cubierta, consciente de haber envejecido diez años.

This entry was posted on 17 julio 2010 at 19:00 and is filed under , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

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