Herman Melville - "El violinista"

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¡De modo que mi poema es un fracaso y la fama inmortal no se ha hecho para mí! Estoy condenado a ser un don nadie por toda la eternidad. ¡Suerte intolerable!
Tomando mi sombrero, arrojé contra el suelo la crítica leída y me precipité en Broadway, donde una masa de gente entusiasmada se apiñaba camino de un circo, situado en una calle lateral cercana, circo que muy poco antes había iniciado sus funciones y el cual gozaba de fama gracias a un payaso excepcional.
Poco después mi viejo amigo Standard me abordó de una manera bastante ruidosa.
—¡Lindo encuentro, Helmstone, mi viejo! ¡Eh! Pero, ¿qué pasa? ¿Cometiste un asesinato? ¿Estás huyendo de la justicia? ¡Se te ve descompuesto!
—Entonces, ¿no lo has visto? —pregunté, refiriéndome, claro está, al comentario crítico.
—Oh, claro que sí. Estuve en la función de la mañana. Un gran payaso, te lo aseguro. Pero mira, ahí viene Hautboy. Hautboy... Helmstone.
Sin que se me diera oportunidad —o sin que sintiera la inclinación— de protestar ante un error tan mortificante, de inmediato me sentí calmado al contemplar el rostro de aquel recién llegado, a quien tan poco ceremoniosamente me habían presentado. Era corto y macizo de cuerpo, aunque de aire juvenil y animoso. Su tez, quemada de estar a la intemperie; sus ojos, sinceros, alegres y grises. Sólo su cabello indicaba que no se estaba ante un muchacho desproporcionadamente crecido, y con base en el cabello le atribuí unos cuarenta años o algo más.
—Oye, Standard —exclamó con gozo dirigiéndose a mi amigo—, ¿no vas al circo? Me dicen que el payaso no tiene igual. Venga usted también, señor Helmstone; vengan los dos. Y cuando termine la función, cenaremos un delicioso cocido y un ponche donde Taylor.
Aquel contento genuino, aquel buen humor y aquella extraordinaria expresión saludable y sincera de mi singularísima nueva amistad actuaron sobre mí como magia. Me pareció cuestión de simple lealtad humana aceptar aquella invitación venida de un corazón inconfundiblemente cordial y honrado.
Durante la función más puse atención en Hautboy que en el celebrado payaso, pues el primero constituía el verdadero espectáculo para mí. Su disfrute auténtico me llegaba al alma por ser expresión real de eso que llamamos felicidad. Parecía saborear con la lengua los chistes del payaso, como si fueran el vino más delicioso. Y expresaba su agradecimiento aplaudiendo ahora con las manos y golpeando el piso luego con los pies. Si una de las humoradas le parecía más que buena, se volvía hacia Standard y hacia mí, por ver si compartíamos su extraordinario placer. En aquel hombre de cuarenta años tenía a un muchacho de doce, sin que ello hiciera disminuir en lo más mínimo mi respeto por él, pues todos sus actos eran tan honestos y naturales, sus expresiones y actitudes tan gráciles de bonhomía natural, que la juventud maravillosa de Hautboy adquiría una especie de aire divino e inmortal, como el de algún dios de Grecia eternamente joven.
Pero por mucho que observara a Hautboy y por mucho que admirara su talante, el humor desesperado con que había partido de casa no me había abandonado al grado de no molestarme con reapariciones momentáneas. Pero salía de aquellas recaídas y miraba apresurado a mi alrededor, a todo aquel amplio anfiteatro lleno de rostros humanos ávidamente interesados y aplaudidores. ¡Escuchen! Palmadas, golpes, hurras ensordecedoras. Todos los allí reunidos parecían enloquecidos en sus aclamaciones. ¿Y qué, me pregunté, ha causado todo esto? Pues hombre, que el payaso acababa de gesticular cómicamente con una de sus mejores muecas.
Me repetí entonces aquel sublime pasaje de mi poema en que Cletemes el argivo vindica la justicia de la guerra. Ay, me dije, si en este momento saltara al escenario y repitiera dicho pasaje; o mejor aún, recitara ante el público todo mi poema trágico ¿aplaudirían al poeta como están aplaudiendo al payaso? ¡No! Me abuchearían, acusándome de ido o de loco. Entonces, ¿qué prueba todo esto? ¿Mi engaño o su insensibilidad? Acaso ambos, pero sin duda alguna lo primero. Mas, ¿por qué lamentarse? ¿Estás buscando la admiración de quienes admiran a un bufón? Mejor trae a mientes la anécdota del ateniense que, cuando la gente lo aplaudía rabiosamente en el foro, preguntaba a su amigo en un susurro: ¿Qué tontería he dicho?
Una vez más mis ojos recorrieron aquel circo, cayendo finalmente sobre el radiante rostro de Hautboy. Su alegría clara y honesta respondía con el desdén a mi desdén y mi orgullo intolerante sufrió un golpe, aunque Hautboy ignorara qué reproche mágico significaba su rostro reidor para un alma como la mía. En el momento mismo de estar sintiendo yo el dardo de la censura, sus ojos brillaron, su mano hizo un gesto y su voz se elevó en jubiloso deleite cuando el inagotable payaso concluía otra más de sus gracias.
Terminado el circo, fuimos a Taylor. En medio de una multitud nos sentamos a una de las mesas de mármol, para saborear nuestro cocido y nuestros ponches. Hautboy se había acomodado frente a mí. Aunque su anterior hilaridad se encontraba muy atenuada ya, su rostro seguía brillando de gozo, si bien ahora se presentaba en él un rasgo hasta hace poco no muy sobresaliente: una cierta expresión serena de bienestar profundo y calmado. En este hombre se daban la mano el sentido común y el buen humor. Según proseguía la conversación entre el enérgico Standard y Hautboy —pues yo apenas dije nada—, me sentí cada vez más sorprendido por el buen juicio que el segundo mostraba. En casi todos sus comentarios a los distintos temas abordados parecía encontrar instintivamente la línea exacta entre entusiasmo y apatía. Se veía obviamente que si bien Hautboy captaba el mundo tal y como era, en teoría no le daba apoyo ni al lado brillante ni al lado oscuro. Rechazaba todas las soluciones y sólo aceptaba los hechos. No negaba superficialmente lo que en el mundo había de triste, no menospreciaba cínicamente lo que de alegre había en él y con agradecimiento aceptaba de corazón todo lo que personalmente le parecía placentero. Por ello me parecía obvio —al menos en aquel momento— que su alegría extraordinaria no tenía como causa una deficiencia de sentimientos o de capacidad mental.
Recordando de súbito un compromiso, Hautboy tomó su sombrero, se despidió agradablemente y se fue.
—Bien, Helmstone —preguntó Standard, que tamborileaba levemente con los dedos sobre la mesa—, ¿y qué piensas de tu nuevo conocido?
Las dos últimas palabras adquirieron un significado peculiar y distinto.
—Nuevo en verdad —repetí—. Standard, mil gracias te doy por haberme presentado a uno de los seres más singulares que haya conocido. Me era necesario ver a un hombre tal para poder creer en la posibilidad de su existencia.
—Pareces gustar de él —contestó Standard con sequedad irónica.
—Lo amo y admiro enormemente, Standard. Me gustaría ser él.
—¿Ah, sí? Lástima, pues en el mundo sólo hay un Haut-boy.
Este comentario me ensombreció de nuevo y en cierta medida reavivó mi anterior disposición de ánimo.
—Supongo —dije, mofándome con rencor— que su admirable alegría se origina por igual en una fortuna y un temperamento felices. Es obvio su gran sentido común, pero puede darse éste sin ningún otro don sublime. Antes bien, creo que en ciertos casos tener sentido común significa simplemente carecer de las otras virtudes. Con mayor razón tener alegría. Por estar desposeído de genio, Hautboy es una persona eternamente bienaventurada.
—Ah, con que no lo crees un genio extraordinario.
—¿Genio? ¿Ese hombre corto de estatura y gordo un genio? Los genios son delgados, como Casio.
—¿Ah, sí? ¿No podrías imaginar que Hautboy tuvo genio, pero que, afortunadamente, pudo deshacerse de él y engordar?
—A un genio le es tan imposible deshacerse de su genio como curarse a un hombre enfermo de tisis galopante.
—¿Ah, sí? Hablas con mucha seguridad.
—Así es, Standard —exclamé, sintiendo crecer mi reconcomio—. Después de todo, ninguna lección puede darnos, ni a ti ni a mí, tu alegre Hautboy. Con sus capacidades normales; sus opiniones claras, por limitadas; sus pasiones dóciles a fuerza de débiles; su temperamento alegre porque con él nació, ¿cómo puede ser ejemplo adecuado para un tipo temerario como tú o para un soñador ambicioso como yo? Fuera de los límites comunes, nada lo tienta; no tiene en sí nada que necesite refrenar. Por naturaleza está libre de todo daño moral. Tu Hautboy sería un hombre por completo diferente si lo infectara la ambición, si escuchara por una vez el aplauso de la gente o tuviera que sufrir desprecios. Conformista y calmo desde la cuna hasta la sepultura, es obvio que se va deslizando sin tropiezos por entre la multitud.
—¿Ah, sí?
—¿Por qué me respondes Ah, sí de un modo tan extraño cada vez que te contesto?
—¿Has oído hablar del maestro Betty?
—¿Aquel joven prodigio inglés que hace mucho tiempo desalojó a los Siddon y a los Kemble de Drury Lane e hizo que toda la ciudad lo aclamara rabiosamente?
—El mismo —dijo Standard, una vez más tamborileando suavemente sobre la mesa.
Lo miré perplejo. Parecía guardar con reserva misteriosa la clave de nuestra conversación; parecía estar lanzándome su maestro Betty para intrigarme aún más.
—¿Y qué carambas tiene que ver el maestro Betty, el insuperable genio y prodigio inglés de doce años, con Hautboy, este pobre norteamericano de cuarenta años, tan común y corriente, tan empeñoso?
—Oh, nada, nada en absoluto. No creo que jamás se hayan visto. Además, el maestro Betty debe estar muerto y enterrado desde hace mucho tiempo.
—Y entonces, ¿para qué cruzar el océano, para qué perturbar su tumba y para qué introducir sus restos en esta conversación de vivos?
—Distracción, supongo. Te pido perdón humildemente. Sigue con tus comentarios sobre Hautboy. Así pues, piensas que nunca poseyó genio por ser un hombre demasiado satisfecho, feliz y gordo para ello, ¿no es eso? No lo consideras un ejemplo para los hombres en general. No concedes valor al mérito pasado por alto, al genio ignorado o a la presunción impotente, eh. Los tres significan lo mismo. Y admiras su buen humor mientras que a la vez desprecias su alma vulgar. ¡Pobre Hautboy, cuan triste que tu alegría sea causa accidental del desprecio que se te muestra!
—No he dicho que lo desprecie. Eres injusto. Simplemente afirmé que Hautboy no me sirve de norma.
Un ruido súbito ocurrido a mi lado atrajo mi atención. Volviéndome, me encontré con Hautboy, quien alegremente volvía a sentarse en la silla que había abandonado tiempo atrás.
—Llegué tarde a mi cita —dijo—, así que volví corriendo a reunirme con ustedes. Pero creo que ya han estado tiempo suficiente en este sitio. Vayamos a mis habitaciones. Sólo hay que caminar cinco minutos.
—Si prometes tocar el violín para nosotros, te acompañaremos —contestó Standard.
¡Un violinista!, pensé. ¿Se trata entonces de un violinista de feria? ¿Cómo extrañarse, pues, de que el genio haya declinado para adaptarse al ritmo de un arco de violín? Mi depresión era en verdad profunda en aquel momento.
—Gustosamente tocaré hasta que se harten —respondió Hautboy a Standard—. ¡Vamos!
A los pocos minutos nos encontramos en el quinto piso de una especie de almacén, en una calle lateral a Broadway. Estaba curiosamente amueblada con todo tipo de enseres estrafalarios, se diría que comprados, de uno en uno, en subastas de moblaje de casas antiguas. Pero todo estaba limpio y era placenteramente acogedor.
Apremiado por Standard, Hautboy sacó del estuche su maltratado violín y, sentándose en un banco alto y destartalado, comenzó a tocar alegremente “Yankee Doodle” (1) y otros aires ligeros, brillantes y desdeñosamente despreocupados. Pero pese a lo común de las tonadas, quedé anonadado por algo que de milagroso había en el estilo. Allí sentado, en aquel viejo banco, el rojo sombrero ladeado sobre la cabeza y balanceando un pie, Hautboy tocaba con el arco de un encantador. Huyó de mí todo descontento, todo vestigio de mal humor. Mi espíritu esplénico en pleno capituló ante aquel violín mágico.
—Algo de Orfeo tenemos aquí, ¿verdad? —comentó Standard, dándome pícaramente un ligero codazo en el lado izquierdo.
—Y yo soy el oso encantado —murmuré.
Cesó la música. Una vez más, con redoblada curiosidad, contemplé al indiferente y calmado Hautboy. Pero el hombre frustraba por completo cualquier intento de penetración.
Cuando, tras dejarlo, Standard y yo nos encontramos una vez más en la calle, encarecidamente le rogué que me dijera, sin cortapisas, quién era aquel maravilloso Hautboy.
—¡Pero, cómo! ¿No lo has visto tú mismo? ¿No dejaste al descubierto su anatomía en la plancha de mármol de Taylor? ¿Qué más podrías descubrir? No me cabe duda de que tu pasmosa perspicacia te ha puesto ya al tanto de todo.
—Te burlas de mí, Standard. Existe en todo esto algún misterio. ¡Por favor, te lo ruego, dime quién es Hautboy!
—Un genio extraordinario, Helmstone —dijo Standard con súbito ardor—, que en su adolescencia bebió hasta agotarlo el licor de la gloria, cuya gira de ciudad en ciudad era ir de un triunfo a otro. Una persona que hizo maravillarse a los sabios, que obtuvo las caricias de las mujeres más hermosas, que recibió el homenaje abierto de miles y miles de personas del pueblo. Y, míralo, hoy camina por Broadway sin que nadie lo reconozca. Tú, yo, el empleado que lleva prisa y la gente del ómnibus lo apartamos a codazos. Él, que en cientos de ocasiones fue coronado de laureles, viste hoy, como habrás podido ver, una chistera deslustrada. Él, en cuyos bolsillos la fortuna hizo llover oro y hojas de laurel sobre sus sienes, va hoy de casa en casa, enseñando a tocar el violín para ganarse la vida. Atosigado alguna vez por la fama, hoy vive jubilosamente sin ella. Con su genio y sin la fama, vive más feliz que un rey. Y es hoy un prodigio más grande que nunca.
—¿Y su nombre verdadero?
—Te lo murmuraré al oído.
—¿Cómo? Pero, Standard, yo mismo de niño grité su nombre en el teatro hasta quedarme ronco.
—Supe que no recibieron muy bien tu poema —me dijo Standard, cambiando de súbito el tema.
—¡Ni una palabra acerca de eso, por amor de Dios! —grité. Si Cicerón, al viajar por el Este, encontró alivio compasivo para su dolor al contemplar las áridas ruinas de una ciudad alguna vez suntuosa, ¿no quedarán mis nimios problemas en nada cuando en Hautboy contemplo cómo las vides y las rosas trepan por las derruidas columnas de su destrozado templo de la Fama?
Al día siguiente rompí todos mis manuscritos, compré un violín y comencé a tomar regularmente lecciones con Hautboy.


(1) Quién sabe si la versión Yankee Doodley de Hautboy se parecería a la de Ann Fontanella.

This entry was posted on 31 enero 2010 at 21:04 and is filed under , , , . You can follow any responses to this entry through the comments feed .

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