Marcos Winocur - "¿Que un día me voy a morir? No lo creo.

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P. ¿Cuándo, a qué edad y cómo se enteró de la existencia de la muerte?

R. No sabía nada... Una vez pasamos con mi papá por un cementerio, le pregunté y me contestó que eran las casitas donde vivían los gnomos, que estaba prohibido entrar sin pasaporte especial porque te podía llevar ya se imagina quien...

P. No me imagino... ¿quién?

R. Mi papá dijo que la Chingada.

P. ¿Así se expresó?

R. Bueno, dijo la señora Chingada, mi papá era muy propio.

P. Muy bien, volvamos a mi pregunta: ¿cuándo, a qué edad y cómo se enteró de la existencia de la muerte?

R. Ah, sí. Fue el otro día, dijeron por la radio que la muerte existe, yo no sabía nada, pero no lo creo, usted sabe, los medios están cada día más mentirosos... ¿qué otra cosa era? ah, sí, mi edad (coqueta) no se la digo.

P. Está bien... ¿Y cuánto tiempo lleva estudiando Filosofía?

R. Me inscribí por primera vez en la Facultad en 1978, después dejé y volví a empezar. Le decía que yo no supe de la muerte hasta el otro día, pero igual, no lo creo, la muerte no existe. Además, no recuerdo haberme muerto nunca. Y si en todos estos años no me pasó ¿por qué habría de sucederme después, eh, por qué? Es cierto que tengo mala memoria, pero de una cosa así me acordaría ¿no? ¿verdad? Y ésta es del tipo de argumentación común en la gente: puesto que hasta hoy todos los hombres han muerto, también me tocará a mí. ¿Y por qué ? Muy sencillo: si hasta ahora no me he muerto, ya no me tocará a mí. A ver, dígame. ¿Lo que ocurrió, ocurrirá? Pues yo afirmo: lo que me ocurrió, me ocurrirá; y lo que no me ocurrió, no me ocurrirá. Ya sé, hay un conjunto de signos que indican la marcha hacia el final y se llama envejecimiento. Pero si puede ser retardado ¿por qué no detenido? Estoy pisando el terreno de las posibilidades, donde nada puede ser descartado, por más improbable que parezca, allí donde se ubicaba Sherlock Holmes para resolver los crímenes. ¿Lo ha leído, ha leído a Conan Doyle?
Yo, le soy franca, he pasado de la inocente ignorancia a la sabia negación ¿cómo la ve?

P. Así que usted niega abiertamente la muerte, tal vez como secuela de lo ocurrido en la infancia; le confieso que nunca me había topado con un caso tan extremo.

R. Pero (molesta) ¿está sordo o qué le pasa?

P. (atónito) ¿Por qué?

R. ¿No acabo de decirle que no creo en la muerte aunque lo diga la radio? ¿Y que mi negación de ella es sabia? Sa-bia, sa-bia: no lo hago por miedo, sino rindiendo tributo a la lógica.

P. ¿A poco usted no se considera mortal, es una diosa, acaso?

R. (coqueta) Algunos novios que he tenido llegaron a llamarme diosa... Pero (airada) ¿de qué se trata? Aquí la cuestión es otra: no tengo ninguna obligación lógica de creer en la muerte. Oígame bien, de nadie se puede afirmar que va a morir antes de que esté muerto, y de él entonces se dirá, en pasado, sólo en pasado: iba a morir. Cuanto les haya sucedido a todos los otros, por muchos que sean y sin registrar excepción, no me concierne. No hay lógica basada en experiencias anteriores, eso ya lo explicó el filósofo Hume. Que yo vaya a morir, lo siento, no está probado.

P. Lo que pasa contigo, aunque no quieres reconocerlo, es que tienes pánico a la muerte, y estás buscando argumentos para negarla, según tú, en la lógica. Pero la muerte te supera en necedad y un día vendrá a buscarte.

R. Por lo visto, no has entendido nada. ¿Cómo quieres que te lo explique? Voy a dejar el terreno de la lógica. Sí, allí donde la muerte es sólo una posibilidad. No una certeza, algo "casi" seguro que ocurra, te concedo, pero no una certeza. Precisamente, es tomándose con uñas y dientes a los "casis" que la evolución sale adelante... Pero bueno, te decía, voy a dejar ese terreno, el de la lógica, para pasar al de las probabilidades, a ver si de ese modo... Mira, mientras estoy viva, puede pasar algo que cancele la muerte. ¿Te imaginabas el viaje a la luna hace cien, hace cincuenta años? La luna era cosa de enamorados o de
Julio Verne, nada que ver con las tecnologías. ¿Cuánto hace que comenzaron a ser científicamente concebibles la ingeniería genética, la clonación, la energía nuclear, la cosmonáutica, los trasplantes de órganos, la cibernética, la computadora...? ¡Ni el rock existía! ¿Qué será de la humanidad dentro de cincuenta o cien años? ¿Estará todavía la muerte dando lata o ya habrá sido abolida? ¡Quién lo puede saber...!

P. Pero... (desconcertado) no me cambies las cosas, no te hagas la boluda [1].

R. No discuto más contigo. Y más boluda tu abuela.

P. Bueno, bueno, no lo tomes así. Volvamos por favor al cuestionario. Si tuvieras la certidumbre de morir dentro de dos meses -ya sé, según tú esa certidumbre no puede existir, pero, digamos, te encuentras enferma en fase terminal- ¿qué modificaciones introducirías en tus patrones de conducta?

R. Ora sí, con el que quiera.

P. ¿Conmigo también?

R. Con el que quiera yo, güey. Y tú no estás en mi lista.

Y bien, habiéndose demostrado la total incompatibilidad entre entrevistada y entrevistador, la encuesta toca fin, bai, bai.



[1]. El psicólogo emplea la palabra boluda para referirse a la entrevistada. Como es argentino quiso decir pendeja en versión atenuada. Como la entrevistada es mexicana, entiende lo de boluda en el sentido de bien gorda, lo cual le cae peor que si hubiera comprendido la palabra dicha en argentino.

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