Carmen González Huguet

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PALABRA DE DIOSA

I
Mi delicada flor se abre.
Tu luz penetra:
Gozo.

II
Soy la aguja,
tú el hilo:
Borda.

III
Éste es mi cuerpo.
Éste
el río de mi sangre.
Te envuelvo en él, sumerges
tu propio río oculto.

Naces de nuevo,
sales hacia el mundo.

En mí
crece la dicha.

IV
Todo sale de mí.
Doy a luz a este mundo
y cada día mi vientre
pare de nuevo al Universo.

En mí la vida tiene
cauce y manantial.

Todo hasta mí regresa.
Todo vuelve
al descanso final entre mis huesos.

Y sin embargo,
desafío a la muerte cada día.

El mundo entero cabe en mi vagina.

Todo penetra en mi ser, todo fecunda
mi cuerpo.

Yo soy la tierra,
la materia, la luz,
soy la energía.

Estoy en cada uno de tus nervios,
debajo de tu lengua
y en tus dedos.

En todo lo que fluye de tus manos.

Soy la piel y el polvo de tus pasos.
Tu mirada.

No te podrás librar de mí:
Yo soy tu sombra.
La otra que te mira en el espejo.
Tu próxima enemiga.
Tu amante más oscura.
Soy tu hija, tu madre, los latidos
de la sangre meciéndote la vida.

Soy plenitud, vacío.
silencio, voz y eco.

Soy el significado que te llena,
palabra.

Sonido que te eleva
y consagra.

Soy tuya, soy ajena, soy de nadie:
Tu propia imagen soy,
tu propia esencia.

Mírame bien,
reconóceme:
soy tú mismo.

V
De ti vengo:
Gota en el mar.

Tu semilla llevaba
implícitas
mi raíz y mi flor.

De mi vienes:
soy el mar en que nadas,
pez indómito.

Hoy que al fin
navegas por mis venas
soy fruta henchida,
manantial, cauce, estero
donde la vida fluye
su viaje interminable.

Ven,
naufraga conmigo
una,
y otra,
y otra vez,
hasta anegar al mundo.

VI
Los vocablos se encuentran
y se besan:
nace el sentido,
la poesía sonríe.

Tus labios y los míos
se encuentran,
dialogan:
la dicha llaga
cuerpo y alma.

Esta palabra alada, ahora,
¿te besa?

VII
Cada vez que camino,
mis caderas mecen
la cuna del mundo.

VIII
Nueve lunas
tejiéndote en mi vientre.

Y tú toda la vida
queriendo regresar.

IX
Esta palabra soy: Contiene
todo mi ser.

Plena y colmada
rebosante de mí,
me derrama en tu boca.

Cuando dices mi nombre
te beso en cada sílaba, tus labios
besan mi carne, me recorren,
penetran en mi oído, me poseen.

Toda soy
una extensión quemada por tu voz.

X
Tu imagen
tu reflejo
tu sombra:

El reverso de ti: moneda,
palabra.

La tierra que va
debajo de tus pasos.

El aire que respiras
y te besa
por dentro y por fuera.

El agua que te moja,
te rodea,
penetras,
te bebe.

Si yo muero,
tú mueres.

Si tú mueres,
yo muero.

¿Cómo pretendes sobrevivir
cada vez que me matas?

Sin mí no hay vida.

Y si a pesar de todo sobrevives,
pobre de ti.

Huérfano definitivo.
Palabra sin sentido.
Eco sin voz.
Ausencia sin olvido.
Silencio sin sonido.
Órbita ciega.
Fuego sin luz.
Noche sin término.
Tiempo inexorable
exilio sin otro objeto que la muerte.

Sin mí no hay salvación.

XI
El deseo tiene garfios de hierro,
dedos de mar
raíces.

Con ellos se aferra a la carne
como el árbol al borde del abismo.

En él la vida afirma
su inquebrantable voluntad
de no cesar.

Sigue lloviendo, entonces,
incontenible
como el huracán más olvidado
como la tormenta más ciega
que habita
en el fondo de la gota de rocío.

Sigue lloviendo, amor,
sin pausa,
hasta que entienda el mundo.

XII
Redondo es este anillo.

Redonda mi cintura
rebosante mi vida.

Redonda la órbita que tejo en el camino.

Redondo
el Universo que te contiene
y pueblas.

Ven, planeta.
Por una vez, conviértete en satélite dichoso.

Ven, por fin:
Gira conmigo
hasta la dicha.

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